diciembre 13, 2005

Uribe y las AUC: dos fenómenos políticos distintos y exitosos

La necesidad imperiosa de ‘revolucionar’ la política colombiana


Colombia, 13 de diciembre de 2005


Así la veo yo



Por RUBIÑO


Llegados al umbral de las Fiestas de Navidad y Fin de Año, se completan hoy las primeras cuarenta ‘columnas semanales de Rubiño’ que, desde marzo, se fueron jalonando, unas tras otras, discurriendo sobre la realidad incontrastable del fenómeno político más sorpresivo -también más desconocido y estigmatizado- de los últimos veinte años en Colombia: las AUC.

Es el tremendo éxito de las AUC, como organización político-militar, lo que explica las invectivas de sus enemigos guerrilleros y los venenos que destilan los ´pro-guerrillos de superficie’, en la prensa y por internet, en contra de los ´paras´. Ni qué hablar de aquellos políticos ‘tradicionales-tradicionales’, y ‘tradicionales-independientes’, o ‘ex guerrilleros-ya tradicionales’, que se desvelan pensando en cómo cerrarle el camino a la inédita competencia que se les viene ‘piernas arriba’ por parte de los desmovilizados comandantes de las AUC y sus ‘cuadros’ políticos y bases sociales.

Hay una cifra –la del famoso 35 % que lanzara Salvatore Mancuso en 2002 y sobre cuyos hilos tejiera políticamente Vicente Castaño en su reportaje de este año a SEMANA- que les ha quitado el sueño durante todos estos años a tantos ‘mercaderes de la política’. Porque la cifra puede ser correcta o puede ser solo ‘cañazo’ pero lo evidente políticamente es que ha resultado creíble y, sobre todo, ha dado en el blanco.

Algunos dirán que el fenómeno Uribe también ha sido sorpresivo y contundente y que su éxito supera en mucho lo que hasta aquí han logrado alcanzar las AUC. Es que una cosa es subir las escaleras por la alfombra roja y liberal de los caminos de la legalidad política, y otra, bien distinta, es hacerlo desde el infierno de los condenados a la guerra y desde el bando de los ‘excomulgados’ por la izquierda colombiana y mundial. Resulta evidente que ambos –Uribe y las AUC-, no son santos de la devoción de las izquierdas, sino todo lo contrario. Sin embargo, a pesar de ser emblemas de lo que César Gaviria llamaría ‘la nueva derecha’, Álvaro Uribe y las AUC, son fenómenos llamados a ‘revolucionar’ la política colombiana y a dejar huellas imposibles de soslayar de aquí en adelante. Incluso bien puede suceder que habiendo partido de orígenes tan diferentes y de lugares tan distintos de la geografía política colombiana no pueda descartarse –en todo caso después de 2006- que los caminos del futuro ex presidente Uribe –algún día lo será- y las ex AUC –ya completamente desmovilizadas- hallen más puntos de encuentro que los muy pocos y espinosos de la Mesa de Ralito, y más motivos de coincidencias ideológicas y programáticas que las casi nulas habidas durante el Proceso de Paz.

Mientras el fenómeno Uribe y su sintonía favorable con la Opinión pública no puede calificarse precisamente de un éxito organizacional sino de un caso excepcional de carisma y liderazgo personal, el fenómeno de las AUC –exitosas en la guerra y pioneras en la construcción de paz- es un caso poco estudiado todavía de organización colectiva eficaz –de lo cual el ‘uribismo’ está muy lejos de poder felicitarse. Nunca con tan poco se logró tanto como las AUC han logrado desde sus antecedentes fundacionales –en todo caso no más de dos décadas si nos queremos remontar atrás de la década de los 90’- hasta hoy. La comparación con las FARC y el ELN no resiste análisis alguno en cuanto al éxito que han alcanzado en la ilegalidad las AUC –en lo militar y en lo político- y los fracasos que han acompañado más de cuarenta años de delincuencia política guerrillera. ¿Qué queda hoy de lo que intentaron en materia revolucionaria los líderes que le dieron vida al ELN? ¿Pensaron alguna vez que terminarían aceptando una ley como la de Justicia y Paz, sin ningún apoyo social de masas, y sin otro salvavidas distinto del que que pueden brindarle sus escasos simpatizantes en la civilidad, uno que otro político que aspira agradar a Chávez, algunos obispos y sacerdotes, un puñado de congresistas y cuatro o cinco columnistas bienintencionados y perdonavidas con el ELN? ¿Qué queda hoy de las FARC y de su otrora mandamás e indiscutido Secretariado, sino una red cada día más inmanejable de energúmenos salvajes armados hasta los dientes, descompuestos por los dólares del narcotráfico, envilecidos por sus prácticas inhumanas contra inermes secuestrados, y no dispuestos a seguir otras directivas que los de sus propios intereses personales y de secta sin otro horizonte que seguir asesinando civiles y uniformados?

Por distintos caminos y sobre estos desvaríos de las FARC y del ELN es que Uribe y las AUC han ido construyendo su propio capital político. El éxito de ambos se apoya seguramente en méritos propios pero no podría haberse abierto paso sin el fracaso estrepitoso y trágico de las guerrillas comunistas. Fracaso que no solamente es militar y político sino que fundamentalmente constituye una debacle ética, una pérdida de humanidad que ha ido volviendo a las FARC y al ELN cadáveres insepultos cuya presencia acabará volviéndose insoportable aun para ellos mismos. Y no es que las AUC no se hayan encontrado en algún momento de la guerra ante una situación parecida, solamente que en este caso las AUC supieron decir basta cuando todavía era el momento, cuando no era ya irremisiblemente tarde. Puede que ‘Francisco Galán’ esté percibiendo hoy algo similar a lo que vislumbraron hace unos años los hermanos Castaño y Salvatore Mancuso, y también ‘Adolfo Paz’ y los demás comandantes AUC cuando asumieron la voz de sus conciencias y el clamor de su propia humanidad en crisis y supieron pegar el ‘volantazo’ a pocos metros del abismo.

Es mucho el trecho que va desde el Uribe político, presidente y candidato y su inexistente organización ‘uribista’ que sigue siendo ni ‘chicha ni limoná’ y corre el riesgo de convertirse en un aparato clientelista más, un mero ‘oficialismo uribista’ sin otro horizonte que el aprovechamiento personal y sectario de la coyuntura.

Tanto Uribe como las AUC le deben buena parte de su éxito al fracaso de las clases políticas incapaces de extender y volver participativa la democracia, de fortalecer el Estado y derrotar la criminalidad en el País. Sin embargo, no se pueden explicar los triunfos propios solamente por el fracaso de los adversarios y de los enemigos. Porque esto último solo ofrece el escenario y la oportunidad pero es en definitiva el actor político quien debe mostrar sus bondades para que la ciudadanía lo premie con el voto o con el respaldo popular.

No se entienda, sin embargo, este cierre que le estoy dando a las columnas de Rubiño en el 2005, como dos cheques en blanco, uno a la orden de Álvaro Uribe y otro en favor de las AUC. Por el contrario, valorar los méritos y apreciar los triunfos no significa estimular el ‘culto a la personalidad’ ni los ‘comités de aplausos’, sino solicitar el mayor compromiso con los colombianos y colombianas por parte de quienes han demostrado con su modo de hacer la guerra y la paz –y también la política- que son ‘distintos’. Dueños de un carisma y de una capacidad para transformar sus sueños personales en sueños colectivos, acerca de que ‘sí se puede’ si se trata de que Colombia supere sus males y sus desgracias.

Uribe tiene frente a sí el enorme desafío de traducir su excelente sintonía con la Opinión pública en un poder organizacional democrático que transforme a Colombia y multiplique la calidad de vida de su población. Para ello deberá encontrar el camino de la paz, reducir notablemente las desigualdades sociales, recuperar la seguridad, atraer las inversiones internacionales, erradicar la corrupción e integrar a Colombia a los circuitos comerciales y financieros que irrigan con desarrollo sostenible la globalización.

Las AUC tienen por lo pronto que ser fieles a la palabra empeñada en Santa Fe de Ralito y desmontar en los plazos previstos –mediados de febrero- todas sus estructuras armadas ilegales. El compromiso asumido con el País y también con sus miles de ex combatientes desmovilizados y con las poblaciones que hallaron en las AUC protección y formas elementales de asociación comunitaria no puede quedar al garete ni exclusivamente en manos de burócratas estatales. Los ex comandantes deben asumir el deber de darle sepultura digna a su criatura y declarar solemnemente ante el mundo que las AUC han dejado de existir con el último combatiente desmovilizado y el último fusil entregado.

Reconocer la muerte de las AUC es dar el auténtico salto de la orilla de la ilegalidad a la orilla de la legalidad. Es hacer visible e irreversible el tránsito de la guerra hacia la paz. Es volver cada ex comandante y ex combatiente a la vida ciudadana. Es el regreso victorioso desde la despedida del fusil al abrazo de la familia.

Lo que sigue después de febrero de 2006 está en la conciencia íntima y la vocación profunda de cada ex integrante de las AUC. Unos preferirán no regresar nunca más al escenario público. Otros escogerán solicitar su admisión en las filas de los distintos matices y canales que ofrece la vital –y prolífica- política colombiana. Nunca ha habido, en el momento del ingreso a las AUC, discriminaciones entre liberales, conservadores, independientes, católicos, cristianos e incluso vertientes del socialismo democrático y hasta ex guerrilleros. Cada uno ingresó a las AUC con sus colores partidarios, su fe religiosa, su agnosticismo o ateísmo, y sus preferencias ideológicas o doctrinarias, y jamás se les pidió que abandonaran aquello en que creían. Algunos ex comandantes querrán ser reconocidos por su empuje empresarial y su aporte al desarrollo de las regiones donde han nacido o donde la vida y la guerra los fue llevando. No es de descartar que algunos soliciten su ingreso a algunas de las Fuerzas Militares y de Seguridad, y habrá quienes quieran adelantar estudios en el País o en el exterior.

Por supuesto, habrá quienes impulsen la creación de un movimiento político que le dé cabida a aquellos que fueron integrantes de las ex AUC y que quieran abrirse un camino nuevo en el mundo de la política partidaria. No es aquí donde abriré hipótesis sobre las posibles alternativas. Ese es material para el 2006 cuando el ‘paso a paso’ y ‘el acto de fe’ de las desmovilizaciones haya concluido exitosamente. No es el momento para imaginar los caminos futuros de las ex AUC sino para celebrar que el gran fenómeno de la política colombiana de los últimos veinte años esté alcanzando una de sus metas soñada: el salto de la orilla de la ‘ilegalidad armada’ a la orilla de la ‘legalidad desarmada’.

Que es lo mismo que decir que ya los colombianos y las colombianas no podrán contar con las AUC para defenderse tácticamente de la subversión armada pero sí podrán contar con sus ex integrantes para algo infinitamente más importante y estratégicamente decisivo: extender y profundizar el ejercicio de la democracia, fortalecer en toda su amplitud el Estado social de derecho y ganar la guerra contra la pobreza, la marginación y la falta de oportunidades.

No es el momento de llorar temerosos o nostálgicos por el final de las AUC sino de ‘resucitar al tercer día’ revestidos del Hombre Nuevo y dispuestos a ser más y mejores, reconciliados con los hermanos y hermanas colombianos, con Dios y con la Patria, y con los más de cuarenta millones de colombianos y colombianas que quieren vivir en Paz, Libres y Dignos, con Democracia y Justicia Social.

Espero que nos volvamos a encontrar, ya en 2006, con las AUC en el ultímisimo tramo de su desmovilización al ciento por ciento, el Gobierno y el ELN negociando con seriedad y sin levantarse de la Mesa, y el Gobierno y las FARC definiendo en firme las condiciones para la Libertad de todos los secuestrados.

Solo así habrá motivos reales para sentirse optimistas en la recta final de las campañas al Congreso y a la Presidencia.

Les adelanto que en lo que tiene que ver con la Presidencia, en la primera vuelta votaré por Antanas Mockus, y en la segunda, si es que la hay -que yo no creo- mi voto será por Álvaro Uribe.

Y no es que quiera quedar bien con Dios y con el diablo –los políticos y los analistas políticos no somos finalmente ángeles ni demonios, sino seres humanos de carne y hueso, con nuestras fortalezas y debilidades humanas- sino que al anunciar públicamente mis intenciones de voto persigo con fe democrática conciliar el Presente con el Futuro, mi propia vida con la vida de mis hijos y mis nietos.

Esa Colombia próspera y feliz que quizás nunca veremos los de nuestra generación pero que los que vienen llegando y vendrán después de nosotros merecen y por cuyo logro bien vale arriesgar hoy y siempre la propia vida y jugársela por la Paz.

Así la veo yo.

¡FELICES FIESTAS A TODOS!



Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados en
www.lapazencolombia.blogspot.com y en www.salvatoremancuso.com

diciembre 06, 2005

AUC, FARC, ELN: Las puertas se han de abrir igual para todos

La Historia los absolverá sin distingos – a guerrilleros y autodefensas- si hoy le dicen sí a la Paz de Colombia
Colombia, 6 de diciembre de 2005

Así la veo yo


Por RUBIÑO



Es de esperar que quienes por estos días se sientan a conversar con ‘Francisco Galán’ en representación de la sociedad civil, el mundo de la política y la Comunidad internacional –ni hablar de lo que le corresponde en estos asuntos al Gobierno nacional- le hagan suficiente claridad al hoy habitante de la ‘Casa de Paz’ sobre lo que deben esperar el ELN, y sus comandantes y combatientes, en cumplimiento de los estándares internacionalmente aceptados –y nacionalmente asumidos- de verdad, justicia y reparación en el caso de concretar exitosamente un proceso de paz. No vaya a imaginar el ELN que existe una inmunidad o fuero particular –una especie de ‘permiso para delinquir y matar’- que los exime de pasar por el mismo camino de Justicia que hoy transitan las AUC en su retorno a la vida civil.

Si el deseable proceso con el ELN está próximo a comenzar, no vaya a ser que se alimente de promesas y demagogias triunfalistas imposibles de satisfacer. Con razón los comandantes elenos se sentirían engañados y ello podría producir un desastroso regreso a sus hostilidades habituales –minas antipersona, secuestros, asesinatos, extorsiones, cultivos ilícitos, atentados a las torres de energía, voladura de oleoductos y clientelismo armado.

También sonaría a incitación para que ardiera Troya si se intentase algún tipo de discriminación positiva en favor de la desmovilización del ELN que significara que los desmovilizados de las AUC vayan a ser medidos judicialmente por un rasero distinto que obrase en perjuicio de las AUC el ejercicio de una discriminación negativa. Nunca la ley es más injusta que cuando se aplica de manera dispar, o peor aún, cuando unos sufren el castigo de la ley y otros pasan indemnes ante los jueces –o ni siquiera ante ellos- como si jamás hubiesen delinquido, o se obrase frente a ellos presumiendo que sus delitos son desde el vamos amnistiables o indultables en virtud de las ideas políticas que sostienen al momento de delinquir.

Esto es bueno decirlo y que la Opinión pública comience el debate al respecto porque resulta sugestivo –llamativamente sugestivo- que ni en los Editoriales de los periódicos ni en los artículos de los columnistas que siguen el conflicto haya habido hasta aquí ninguna referencia a la aplicación de la Ley de Justicia y Paz a los ‘elenos’ como si con el ELN la cosa fuera a ser distinta que con las AUC o -no sé que sería peor- como si se estuviera atrayendo con el doble señuelo de la 'negociación política' y la 'convención nacional' al ELN a algún tipo de encerrona político-mediática donde hoy rigiese aquello de que ‘silencio todos’, que ‘de esto no se habla’, por ahora.

Lo anterior viene a cuento porque a continuación me detendré en un tema que se relaciona con la reincorporación a la legalidad de los integrantes de las AUC y también a la reinserción futura de las FARC y del ELN. Y lo hago –este análisis- partiendo del principio constitucional de la igualdad de los ciudadanos ante la Ley.

Ahora que las AUC van llegando a la meta de desmovilización de su aparato militar ilegal han comenzado algunas crónicas periodísticas a emitir llamados de alerta acerca de los espacios que, en términos de seguridad rural y urbana -para la población y sus comunidades más vulnerables- las autodefensas están dejando vacíos y que procuran aprovechar las FARC y otros actores armados ilegales.

La cuestión clave, para la interpretación histórica, del rol estratégico cumplido por las AUC en el ‘frente social de facto’ de resistencia y liberación 'paso a paso', regional y nacional, contra las guerrillas comunistas -que ha sido tabú en la prensa y en la academia durante todos estos años- comienza a insinuarse como prolegómeno del debate público que los colombianos aún nos debemos al respecto. Y digo público, porque en privado, desde lo más íntimamente familiar, los colombianos sabemos exactamente por qué las Autodefensas han sido necesarias para la contención de las bandas subversivas y el más conveniente equilibrio militar del conflicto desatado por las guerrillas ante la desidia, indolencia y debilidad manifiestas del Estado. En este terreno no faltan quienes juzgan prematuro el retiro de las AUC del escenario de la guerra inconclusa. No son pocos los que sostienen que Uribe es la excepción en la política colombiana –y no la regla- lo cual augura nefastos días más allá de los tiempos de su Presidencia.

Cuántas frivolidades se han repetido en todo este tiempo de diálogos en Santa Fe de Ralito acerca de que las AUC son el brazo militar del narcotráfico, o desalmados criminales defensores de sus propios intereses legales e ilegales. Cuántas supuestas 'contrarreformas agrarias' atribuidas a las AUC fueron ventiladas como científicamente comprobadas mientras sus comandantes se sentaban a conversar de paz con el Gobierno.

Entre las verdades ‘represadas’ que saldrán a relucir –especialmente si la seguridad democrática continúa manifestando huecos dolorosos como los más recientes en el Cauca, el Valle, Arauca, Huila y el Guaviare- están aquellas referidas al silencioso y sacrificado papel desempeñado por miles de combatientes de las AUC al neutralizar durante años los corredores estratégicos de las FARC y del ELN regados por los rincones más apartados del territorio nacional. Las AUC constituyeron un auténtico ‘tapón del Darién” en vastas extensiones del País para las ambiciones y la voracidad de las guerrillas. Que este ´tapón´ se esté quitando sin que el Estado esté llegando a tiempo en su reemplazo solo se explica porque el Gobierno actuó con dosis inocultables de soberbia y excesivamente confiado en sus propias fuerzas en la Mesa de Ralito. Cada vez que las AUC buscaron en la Mesa fórmulas para prevenir y evitar el ‘desborde’ guerrillero una vez se retirara el ‘tapón de las autodefensas’ la respuesta del Gobierno fue siempre la misma: ‘sabemos lo que hacemos y lo estamos haciendo bien’. Amanecerá y veremos. Dios quiera que los videos y fotografías de las desmovilizaciones y los fusiles entregados por las AUC no se conviertan mañana en la trágica Crónica de Muertes Anunciadas - de lo que pudo haberse evitado con esas mismas armas y combatientes hoy desmovilizados, o prontos a hacerlo en estos días. Y no porque las AUC como tales hubiesen debido permanecer en el escenario del conflicto sino porque el Estado bien podría haber acordado con los integrantes de las ex AUC lo que finalmente no se hizo: el empalme eficaz entre lo ilegal que sale y lo legal que llega para hacerle frente a la inminencia del peligro que acecha.

Paradójicamente, una buen parte de esos mismos miles de ex combatientes de las AUC que hicieron frente a las FARC y al ELN, en las condiciones más adversas y peligrosas, hoy deambulan angustiados por las calles inseguras sin conseguir empleo y sin recibir siquiera los ingresos y la atención humanitaria que el Gobierno se comprometió a cumplir como contraprestación a su desmovilización.

Los Gobiernos que ganan las guerras que los Pueblos necesitan ganar son aquellos que se preocupan más por la seguridad y el bienestar de su población que por los costos políticos que tienen que pagar. Si el presidente Uribe quiere pasar a la Historia como el gobernante que fortaleció a Colombia y eliminó definitivamente la amenaza guerrillera no puede darse el lujo de prescindir olímpicamente de los servicios de más de veinte mil combatientes contraguerrilleros que le dijeron sí a Colombia cuando el Estado desertaba de sus obligaciones y su clase política estaba más ocupada en cortejar a las FARC y al ELN que en combatirlos.

Cuando el último combatiente de las AUC haya entregado sus armas al Alto Comisionado para la Paz y cuando la totalidad de sus comandantes se haya acogido a la Ley de Justicia y Paz no habrá ninguna ‘razón razonable’ que impida que los ex combatientes rasos y los ex comandantes de las AUC, que no estén pagando condenas, sean convocados para servir al Estado colombiano en materia de seguridad.

¡Cómo puede Colombia desaprovechar y dejar botados al garete los conocimientos y la experiencia militar en el terreno de quienes integraron las AUC! No se trata –obviamente- de incorporarlos obligatoriamente pero sí de abrirles las puertas como ciudadanos –no como grupo- y brindarles la posibilidad de servir a la Patria en el cumplimiento de la misión sagrada de defender las Instituciones y la Constitución. No serían pocos los desmovilizados de las AUC que acudirían al llamado.

Es plausible que el Gobierno nacional siga realizando esfuerzos para hacer entrar en razones a las FARC y al ELN y sentarse a negociar políticamente –y sin intermediarios- su reincorporación a la civilidad. Es encomiable que el presidente Uribe esté dispuesto a pagar un costo político bastante alto por la libertad de los miles de secuestrados en manos de las guerrillas. Nadie entendería que desde el Gobierno no se alentasen valientes esfuerzos personales como los que viene realizando ‘Francisco Galán’ desde la Casa de Paz.

Lo que no encuentra explicación válida –más allá de los costos políticos que cierto ‘uribismo’ oportunista teme pagar- es por qué se les tienen cercenados a los ex miembros de las AUC sus derechos de servir a la Patria, bajo las órdenes de los mandos jerárquicos de las Fuerzas Militares y Policiales del Estado, con la finalidad de sumar su aporte experimentado y su probada valentía al fortalecimiento de la seguridad pública.

Servir a las fuerzas militares de la Nación no es solamente un aporte valioso a la guerra que Colombia quiere ganar definitivamente contra la subversión terrorista; es también colaborar en el sostenimiento de un aparato militar de disuasión que fortalezca el poder negociador del Estado legítimo de todos los colombianos y colombianas.

No es hilar muy fino, ni tampoco mirar demasiado lejos, si comenzamos a vislumbrar que una de las posibles derivaciones de la paz final con las guerrillas sea la incorporación de sus ex comandantes, combatientes y milicianos a las fuerzas del orden de la Constitución en los territorios donde ellos han vivido y padecido las privaciones y los horrores de la guerra durante años y años.

Lo que aquí se plantea en función de los ex autodefensas es entonces el anticipo audaz de lo que casi seguramente tocará hacer algún día con los ex guerrilleros. Las Fuerzas Militares de Colombia serán entonces el regazo protector y amoroso que la Patria disponga para recibir en su seno a quienes vivieron en la guerra irregular una parte crucial de su vida anterior.

De habilitarse este camino de ingreso a las fuerzas de seguridad del Estado –para quienes tengan acendrada vocación militar- los ex AUC en estos días, como ojalá mañana los ex FARC y ex ELN, sentirán que Colombia no los abandonó en el momento de la desmovilización, así como seguramente los había abandonado antes cuando por razones aparentemente diferentes –pero finalmente las mismas- el Estado ausente e irresponsable se alejó del cumplimiento de sus obligaciones en favor de la preservación y defensa de los derechos ciudadanos desentendiéndose de la justicia social y de la seguridad ciudadana rural y urbana.

No tiene sentido ni resiste ningún análisis serio que si en los próximos años un ex AUC o un ex FARC o ELN pueden aspirar a la Presidencia de la Nación –de la misma manera que Navarro -ex guerrillero del M-19- es pre-candidato hoy y fue candidato antes- no pueda un ex autodefensa o un ex guerrillero aspirar a los máximos honores y cargos en las Fuerzas de Seguridad del Estado si se prepara disciplinadamente para ello y cumple a cabalidad los reglamentos y estudios correspondientes.

Colombia debe demostrarse a sí misma que en la tarea de construir la Paz los ‘imposibles’ no existen y que no hay territorios vedados, ni en la política ni en las armas de la Nación, para aquellos que han tenido o tendrán en el futuro la valentía de encabezar procesos de paz o de participar de ellos, el coraje de abandonar las fuerzas armadas ilegales, la firme decisión de someterse a la Justicia, honrar la verdad y reparar a las víctimas.

Lo anterior significa que en el mundo de la vida legal las puertas de la reincorporación plena deberán abrirse por igual, de par en par, para todos quienes junto a su desmovilización y entrega de armas hayan dado fe de sus convicciones democráticas y tenido el coraje de pedir perdón público por sus errores con disposición plena para reconciliarse con sus anteriores enemigos y con la sociedad entera.


Así la veo yo.


Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados en www.salvatoremancuso.com

noviembre 28, 2005

AUC, de Ralito a las ‘Aldeas de Paz’ según el modelo ‘kibbutz’

FARC, ‘NARC’ y ‘ANG’ dispuestos a copar el escenario del conflicto

Colombia, 28 de noviembre de 2005



Así la veo yo




Por RUBIÑO




Si Colombia, en el así llamado caso de la ‘delincuencia política’, aspira a salir algún día del círculo nefasto de “violencia-cárcel-postgrado del crimen-libertad-retaliación-reincidencia-violencia-cárcel”, en un encadenamiento de causa y efecto ascendente e interminable, el modelo israelí de los ‘kibbutz’ puede servir de orientación para los sitios de reclusión donde los comandantes de los grupos armados al margen de la ley vayan a pagar sus penas alternativas previstas en la Ley de Justicia y Paz tras la desmovilización. Y esto es tan válido en estos días para las AUC, como mañana para el ELN y las FARC, y en general para todos los actores armados ilegales del conflicto colombiano.

La práctica israelí de los ‘kibbutz’ posee características muy particulares sobre las que no me detendré en este análisis, el cual estará centrado más bien en establecer paralelismos con el procedimiento ‘Casa de Paz’ estrenado hace un par de meses y dirigido a atraer al ELN a una negociación de paz. El modelo de los ‘kibbutz’ merece por parte de las autoridades –y de las propias AUC- un estudio esclarecedor y profundo, porque es precisamente sobre ese modelo donde se podría establecer un procedimiento ‘ad hoc’ para el caso de los comandantes desmovilizados de las AUC –que es el que nos ocupa aquí- en su factible rol a corto y mediano plazo como ‘facilitadores de paz’.

El período de penas alternativas que le corresponda pagar a los ex comandantes de las AUC bien puede ser utilizado –entre otras actividades productivas, de formación académica y práctica reconciliadora- en sitios apropiados para ello –aquí los llamaremos ‘Aldeas de Paz’- con el propósito de abrir canales de comunicación en pos de la paz y el desarme, principalmente, con dos actores llamados a convertirse en los ‘sucesores’ no testamentarios de las AUC: las ‘autodefensas de nueva generación’ (‘ANG’) y los ‘NARC’, sobre los cuales discurriremos más abajo. Sin descartar, obviamente, la existencia presente de otros grupos de autodefensas que han ido evolucionando históricamente al margen de las AUC, y con los cuales también habrá que facilitar acercamientos.

Lo anterior viene a cuento, ahora que el presidente Uribe está mutando en el imaginario colectivo su actitud de ‘guerrero a ultranza’ por otra más acorde con su talento más íntimo: la de ‘ingeniero político’ de reglas de paz, convivencia y autoridad.

No se trata –como algunos malician- de una actitud oportunista y electorera. Por el contrario, hay más ánimo ‘anti-guerrillas’ en la calle que en el propio presidente. Se trata en Uribe de algo más franco y llano que Colombia está interiorizando: el sistema democrático no se negocia con los alzados en armas, sino que constituye un valor intangible –pero real- que a toda hora corresponde enaltecer y respetar.

No son los violentos los que van a imponer sus amenazas y su soberbia armada y militarista sobre la sociedad colombiana, sino que es la sociedad colombiana, a través de sus legítimos representantes, quien le abrirá las puertas del diálogo a quienes quieran adelantar conversaciones serias y no estériles.

Bienvenidas entonces las gestiones de paz que adelanta el Gobierno con ‘Francisco Galán’. Serán los próximos meses los que hagan claridad acerca de la voluntad de paz del ELN. Por el momento siguen en las suyas: secuestros, atentados, extorsiones, minas antipersona y asociación cada vez más extendida con las FARC. Basta abrir los periódicos y enterarse.

Promisorio también que la Comunidad internacional –tan displicente e incluso irrespetuosa y agresiva con el proceso entre Gobierno y AUC- responda con entusiasmo al llamado del Presidente de todos los colombianos para acercarse a las FARC y exigirle conjuntamente la libertad de todos los secuestrados.

No se entiende por qué se insiste en recurrir lingüísticamente a lo del manido ‘intercambio humanitario’, o ‘acuerdo humanitario’, o ‘canje’ a secas, cuando de lo que se trata, desde la legalidad y la civilidad, es de pedir por la libertad de todos los secuestrados en poder de las FARC y punto. Son las FARC las que exigen la excarcelación de sus presos en ‘canje’ por los secuestrados. Lo que le corresponde al Gobierno y a la Comunidad internacional –y a los familiares de las víctimas- es limitarse en reclamar a las FARC por la libertad de los secuestrados. Como Colombia está tan acostumbrada a hacerse eco de las demandas de la subversión armada, ni este Gobierno, tan diferente en otros aspectos, ha escapado en esto de clamar por el ‘intercambio’. Alerta, no olvidemos que cualquier ‘guiño’ a las FARC, ellas lo ven como debilidad en la contraparte. Y así ha sucedido con la modalidad del ‘canje’ que las FARC se inventaron y a partir de allí, todos le seguimos la corriente. Las FARC han convencido a todo el mundo de que ese es su ‘derecho’: cambiar unos por otros. Cuando en realidad, es su obligación liberar a los secuestrados, mientras que no es una obligación del Estado liberar a los presos, guerrilleros o no, que en Justicia pagan condenas.

Mientras la Mesa de Ralito, aún con sus tropiezos y sus crisis, sigue adelante en pos de la meta de la total desmovilización de las AUC –antes de concluir febrero próximo- resulta alentador que haya indicios de una negociación –aunque más no sea en el nivel de acordar borradores- con el ELN. No es el momento aún de poner ‘los puntos sobre las íes’ en esta materia, ni de amplificar escepticismos que abundan por todas partes –los tiempos de Maguncia y la credibilidad internacional del ELN han quedado definitivamente atrás, hechos añicos por su vil práctica sistemática del secuestro y la siembra de minas antipersona. Ojalá el ELN entienda esto y actúe en consonancia. Lo que Colombia entera pide hoy es la desmovilización del ELN, no recibir de sus comandantes directivas sobre lo que el Gobierno y la población deben o no deben hacer. Es el ELN quien le debe pedir perdón a Colombia y no al revés. Lo malo no es que el ELN tenga ideas políticas, lo perverso es que haya estado por décadas tratando de imponerlas por la fuerza y secuestrando y asesinando colombianos para lograrlo.

Y aunque con las FARC no hay por el momento otra expectativa que la de sentarse a conversar sobre la libertad de los secuestrados, a nadie se le escapa que si el ELN finalmente se sienta a negociar, será porque las FARC le dan su consentimiento. Este ‘detalle’ significa que serán las FARC quienes envían a las negociaciones con el Gobierno a su rojinegro ‘conejillo de Indias’. Aún así, válido es por parte del Gobierno el intento de quitar del conflicto armado una de las organizaciones más siniestras en eso de secuestrar y sembrar minas antipersona. Si las FARC validan positivamente la experiencia en ‘cuerpo ajeno’ puede que se sumen posteriormente de cuerpo entero a la negociación de su desmovilización una vez que el conejillo ‘eleno’ salga vivito y coleando, con alguna que otra ‘ventajita’ política.

En el hipotético escenario del conflicto armado sin AUC y sin ELN estaremos a continuación a merced de lo que hayan podido avanzar los ejércitos de la Constitución y la Democracia, y lo que estén en condiciones de hacer –y deshacer- las FARC. Es aquí dónde cabe hacerse la pregunta: ¿Habrá espacio político-militar para autodefensas de nueva generación, ‘ANG’? ¿Evolucionará el narcotráfico en su conjunto –o al menos sus elementos más dinámicos y poderosos- en su articulación creciente al conflicto armado dando vida a las ‘NARC’? Las incógnitas al respecto son muchas y no está de más estudiar derroteros y prepararse para resolver sus derivaciones más peligrosas.

Ante este panorama post-AUC -y pongamos el caso también post-ELN-, la iniciativa de la ‘Casa de Paz’ transitada con ‘Francisco Galán’ será un antecedente de inmenso valor a la hora de considerar en qué medida los ex comandantes de las AUC pudieran convertirse en interlocutores de paz posibles y válidos con las otras agrupaciones de autodefensas no desmovilizadas, con las eventuales autodefensas de nueva generación, ‘ANG’, e incluso con los ‘NARC’ que esperan su turno para involucrarse a tiempo completo en el conflicto armado una vez que las AUC se hayan desmovilizado al ciento por ciento.

La ‘Casa de Paz’ es una iniciativa que merece perfeccionarse y ampliarse para ser aplicada dentro de algunos meses a los que fueron los máximos líderes, voceros y negociadores de las AUC desmovilizadas.

Pudiera estar gestándose lo que toda Colombia espera y necesita: el principio del fin del conflicto armado interminable. Es decir, no solo quitarle combatientes y fusiles a la guerra, sino también recursos económicos y de financiación.

Los pasos que se van dando son alentadores, pero deberán convertirse en pasos aún más veloces y audaces en la dirección correcta del cese de todos los fuegos y todas las hostilidades.

Para avanzar en esto será bueno ir madurando la idea de pasar –en el caso de las AUC desmovilizadas- del antecedente de la ‘Casa de Paz’ al proyecto social y políticamente consensuado de las ‘Aldeas de Paz’ desde las cuales se siga adelantando la tarea de sumar al territorio de la paz a todos los actores armados que permanecen en el escenario de la guerra, incluso sus grandes banqueros y financistas, los ‘NARC’, que ahora sí parecen dispuestos a imbricarse sustancialmente con el conflicto armado en calidad de actores, al efecto de ‘politizar’ directamente –y sin intermediarios- lo suyo.

Si el conflicto armado va en esa dirección la tarea de los ex comandantes AUC, en sus ‘Aldeas de Paz’, promete ser mucha y allí podría estar la clave, la llave maestra que comience a cerrar la era de la guerra en Colombia, y abra otra puerta inmensamente apetecida: la de la Paz y la reconciliación definitivas.

Podría llegar el momento en que la ‘Casa de Paz’ y las ‘Aldeas de Paz’ coexistan y confluyan en el mismo objetivo final de quitarle actores y recursos a la guerra, comenzando desde los más modestos y, en apariencia, insignificantes ‘borradores’ iniciales entre ‘Antonio García’ y Luis Carlos Restrepo que se anuncian para los próximos días.

Todo tiene un comienzo: Ralito es uno, la ‘Casa de Paz’ es otro.

¿Por qué entonces no abrir trocha con las ‘Aldeas de Paz’ para los ex comandantes AUC desmovilizados con el fin de que –una vez adelantada su presentación judicial en los términos de la Ley de Justicia y Paz- inicien contactos con la sociedad civil y los actores armados fuera de la ley que pretenden ‘sucederlos’ incluidos los ‘NARC’?

Interlocutores en el monte y en las cárceles de máxima seguridad –e incluso representantes de otros Países- no les faltarían a los ex comandantes AUC, y sociedad civil tampoco.

Así la veo yo.


Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados en www.salvatoremancuso.com

noviembre 21, 2005

Las AUC y su ‘rebelión de los condones’ - Lo que FARC, ELN y ‘Establecimiento’ no le perdonan a las AUC

Colombia, 21 de noviembre de 2005


Por RUBIÑO




El avasallante éxito militar de las AUC ha tenido como 'talón de Aquiles', en su desarrollo victorioso, la contrapartida de insoportables costos políticos para el Estado y también para las AUC. Los golpes que recibían las FARC y el ELN les producían a sus planes subversivos pérdidas de territorios y de apoyo social pero les entregaban enormes réditos políticos –sobre todo en el exterior y particularmente en Europa. Las guerrillas hace años ya que abandonaron la idea de triunfar por las armas y asumieron como cierta la hipótesis de que finalmente encontrarán el Gobierno adecuado para negociar en los términos que ellas -todavía hoy- quieren imponer. Llegaría el momento –eso pensaban los cerebros de las FARC y del ELN- en que las Autodefensas serían el ‘pavo de la boda’ y pagarían todos los 'costos' de la guerra pasada. Pero todo este sueño guerrillero se derrumbó con la desmovilización que las AUC propusieron antes del final del conflicto. A partir de aquí, los ‘patos de la boda’ bien podrán ser las FARC y el ELN si el Secretariado y el COCE no se ‘ponen las pilas’ y admiten públicamente lo que ya comienzan a conversar en privado: No sólo las AUC les ganaron de mano, sino que el mundo cambió bastante en los últimos quince años, y Colombia no se diga, con cuatro años más por delante de ‘uribismo’ y de una izquierda democrática –dentro y fuera del Polo- en vías de tomar más distancias, cada día más insalvables, frente a las FARC y el ELN y su ‘interminable’ – e indefendible políticamente- lucha armada contra la voluntad pacífica y democrática de 40 millones de colombianos.

La visión de Uribe y la intuición política de las AUC están a punto de lograr el 'milagro'. Sin ‘paramilitarismo’ el Estado se legitima definitivamente ante sus propios ciudadanos y a los ojos del mundo. Con las Fuerzas Militares del Estado ocupando los espacios que dejan las Autodefensas –es un compromiso de honor reafirmado en Ralito por este Gobierno- la supremacía militar no se va a inclinar –como algunos todavía temen- en favor de las guerrillas. La derrota de las FARC y del ELN es doble: en materia política pierden de un solo tajo su ‘argumento estrella’ de autojustificación existencial. En asuntos militares, el 'respiro' concedido por las AUC y su desmovilización, no les alcanza y solo lo podrán sostener frente al poder del Estado en el corto plazo y en algunas zonas del País.

El punto de contacto habido en Santa Fe de Ralito entre la ‘seguridad democrática’ y las ‘autodefensas’ produjo el milagro de acercar como nunca antes el comienzo del final de la guerra, mal que le pese a los agoreros y a los escépticos, y a las guerrillas que jamás tomaron en serio lo que iba a suceder en contra de sus intereses estratégicos.

El Waterloo de las FARC y del ELN comenzó a tomar forma cuando a partir de los ‘erores y horrores’ del Caguán se gestó el ´huracán´ Uribe y cuando germinó en los campamentos de las AUC lo que aquí denominaremos –si se me permite la expresión- ‘la rebelión de los condones’.

Hay quienes hoy miran melancólicos hacia atrás y sienten nostalgias por aquel tiempo donde todo parecía ir muy bien para sus intereses sectarios. Ciertamente, las FARC y el ELN acusaban en ‘sus plataformas de apoyo’ y 'retaguardias logísticas' los golpes militares de las AUC, pero era más lo que ganaban ‘políticamente’ con ello, que lo que perdían militarmente. Mientras tanto, el ‘Establecimiento’ había encontrado la coartada perfecta para eludir los costos de la guerra y lograr que, por propia iniciativa, los ‘paras’ hicieran por Colombia lo que ni sus Gobiernos ni el ‘Establecimiento’ estaban dispuestos a hacer: mantener las guerrillas a raya.

Todo fue de maravillas para las guerrillas y el ‘establishment’ político y económico mientras las Autodefensas fueron ganando su espacio en el conflicto armado. Este ‘matrimonio de conveniencia’ entre ‘revolucionarios’ y ‘contrarrevolucionarios’ comenzó a derrumbarse a mediados de 2001 cuando el Caguán hizo agua por todos lados, el sur de Bolívar se levantó contra el ELN y Andrés Pastrana miró exhausto a su rincón cual boxeador que sabe que solo el tañido de la campana lo puede salvar.

Las FARC y el ELN se habían encargado por años de elucubrar y difundir la leyenda negra del ‘paramilitarismo’. Mientras secuestraban y asesinaban miles de colombianos a punta de tomas de pueblos indefensos, ‘planes pistola’ y AK 47, por la vertiente intelectualoide de su ‘diplomacia guerrillera’ desparramaban en el mundo literatura inverosímil acerca de los feroces ‘paracos’ que cargaban motosierras en su morral como si fueran loncheras y jugaban al fútbol con los cráneos de sus víctimas. El Secretariado y el COCE festejaban cada masacre de campesinos como un triunfo propio y corrían a atribuírselas a los ‘paramilitares’.

Eran los tiempos gloriosos e irrepetibles para ‘Marulanda’ y ‘Antonio García’ en que los europeos tragaban entero acerca del supuesto tenebroso y despótico Estado colombiano auspiciante inescrupuloso de crueles ‘escuadrones de la muerte’ conducidos ‘bajo cuerda’ por los mandos superiores de las Fuerzas Militares para hacer el trabajo sucio que ‘supuestamente’ los agazapados 'Pinochet' y 'Videla' criollos no se atrevían a hacer a la luz pública.

Del otro lado del escenario de la ‘lucha de clases’ no faltaron quienes desde el ‘Establecimiento’ económico y político, desde las grandes ligas de los factores de poder, encontraron el modo de darle alas a la ‘leyenda negra del paramilitarismo’. Resultaba funcional a sus intereses hegemónicos que no fuese el Estado –el de sus gobernantes muchas veces ‘de bolsillo’-, sino el ‘paramilitarismo’ de algunos militares el que quedara ensuciado con la difamación y el escarnio. Así no corría mengua su poder frente a coronel ni general alguno, ni había riesgos de que la cuota de sacrificio de los militares en la guerra significara cuota de poder en las grandes decisiones de la Nación. ‘Sponsors’, ‘protegidos' y 'delfines políticos’ se curaban en salud de los eventuales mesías uniformados ocupando ministerios, curules y embajadas.

Cuando el negocio del narcotráfico se convirtió en el descomunal negocio mundial que hoy es las FARC –y también el ELN- cayeron en la nueva trampa –esta vez burguesa y capitalista- y abandonaron la lectura tediosa de Marx, Lenin, Mao y Ho Chi Minh por el nuevo gran best-seller 'internacionalista' –pero no proletario-: ‘cómo hacerse millonarios con la coca’.

Ni lentos ni perezosos los que ayer estigmatizaban a las Autodefensas como ‘paramilitares’ encontraron que resultaba útil a su propaganda subversiva calificarlos también de ‘narcos’. Desde el lado de las guerrillas porque era un modo de justificarse ante su abandono de la ‘ética revolucionaria’ que significó abrazar los cultivos ilícitos y los sucesivos eslabones 'narcos' de integración vertical. Desde el lado del ‘Establecimiento’ económico y político porque así revestían su ‘antimilitarismo’ –innecesario y en desuso después de la caída del Muro de Berlín y la extinción de la Unión Soviética- por un renovado guiño a EEUU –en los tiempos post-modernos del ‘unilateralismo’ yanki- y su ‘cruzada contra el narcotráfico’.

Además, si algunos ‘cacaos’ habían donado alguna vez unos céntimos de su fortuna a los comandantes de las Autodefensas –en lo que Carlos Castaño llamó ‘extorsiones concertadas’ -, ahora se tapaban la nariz para no ‘oler la sangre de los caídos en la guerra’ y –sin dejar de pagar extorsiones a los ‘chepitos’ de las FARC y del ELN- cerraban los ojos para no ver a qué clase de guerra estaban empujando a Colombia. De paso recomendaban a los civiles que se armaban y hacían frente a las guerrillas: “úntense de narcotráfico, alimenten con ello sus ejércitos, y no nos pidan más un solo centavo. Aprendan de las guerrillas y no sean ‘pendejos’, que las guerras se ganan con dinero, con muchísimo dinero, y eso los ‘gringos’ lo saben y lo toleran”.

Sucedió así que como los guerrilleros utilizan el dinero de los eslabones del narcotráfico para financiar su proyecto revolucionario, las autodefensas han utilizado el mismo dinero –dólares casualmente, no pesos- para que las guerrillas no triunfen.

Pero hay más de una diferencia entre las FARC y el ELN, y las AUC. A los presidentes de Colombia anteriores a Uribe siempre les ‘sonó’ que con unos se podía ser generosos a la hora de negociar su abandono de las armas, mientras que con las Autodefensas la cosa era a otro precio. Sencillo de explicar: los anteriores gobiernos siempre consideraron a las Autodefensas como los ‘condones’ del paseo. Los Castaño y los Mancuso - y los ‘don Berna’ y los ‘Macaco’ - ponían sus pechos a las balas y sus vidas en peligro de muerte para que el ‘Establecimiento’ político y económico gozase y no se viera amenazado por el virus de la revolución.

Qué fácil fue ser generosos a los anteriores Gobiernos -y al propio 'Establecimiento'- con los ‘elenos’ del hoy columnista León Valencia, con los ‘emes’ de los hoy honorables Navarro y Petro, con los EPL y los Quintín Lame de turno, cuando sacaban la mano y querían salirse de la guerra. Claro, eran brazos enemigos que se sacaban del conflicto, eran ‘golpes’ silenciosos pero a la larga letales contra los guerrilleros que permanecían en el monte –y en los cultivos de coca y heroína- degradando sus métodos y sus ideales.

Las Autodefensas nunca fueron vistas como enemigos por los Gobiernos anteriores a Uribe, ni por el ‘Establecimiento’ liberal y conservador. Mucho menos por los dueños de la economía. A lo sumo eran percibidos como ‘males necesarios’, y siempre como ‘condones’ bienvenidos, que si no existiesen habría que haberlos inventado para curarse en salud del SIDA político que inoculaban las FARC y el ELN.

Lo que sorprendió en grande al País -y llenó de temor al 'Establecimiento' que fue tomado con los calzones abajo- fue la ‘rebelión de los condones’ cuya cabeza visible fue primero Carlos Castaño y poco después Salvatore Mancuso. Esta ‘rebelión’ coincidió con el ‘nodo epocal’ de los hechos del 11 de septiembre de 2001 en los EEUU, con la ruptura del proceso de Pastrana con las FARC en el Caguán y con el triunfo de Álvaro Uribe sobre el oficialismo liberal y toda la izquierda en mayo de 2002.

En ese momento las AUC estaban situadas en la cima de su poder militar. Su historia trascendía las fronteras y era estudiada a futuro como un eventual ‘modelo informal de reaseguro’ de las democracias sudamericanas más frágiles –Perú, Ecuador, Bolivia y Paraguay- frente al fenómeno Chávez y su alianza estratégica con la Cuba de Fidel, los ‘coroneles ecuatorianos’, las FARC, el ELN y los cocaleros bolivianos.

Los ‘condones’ AUC estaban en 2002 ad portas de convertirse en un dolor de cabeza mayúsculo para quienes desde Washington no podían aceptar una alianza ‘ilegal’ contra los ‘neo-comunistas latinoamericanos’ financiada generosa e incautamente por dólares provenientes de los adictos norteamericanos y europeos a la cocaína y encabezada por los líderes ‘paras’ colombianos.

Admitámoslo, el pragmatismo de los EEUU tiene sus límites y también su estilo y sus formas sutiles y no tan sutiles. La respuesta fue inmediata y tajante: antes de finalizar 2002 las AUC fueron notificadas que sus máximos voceros y líderes Carlos Castaño y Salvatore Mancuso eran pedidos en extradición. De allí para abajo no quedaba títere con cabeza en las AUC. Quienes se acercasen a ellos podían correr la misma mala suerte.

Todo sucedió tan rápido que resulta indescifrable para el gran público asegurar qué fue primero, si el huevo o la gallina. Sin embargo, la Iglesia colombiana es testigo privilegiado de que las AUC –a través de Salvatore Mancuso- hicieron saber al gobierno de Andrés Pastrana que estaban dispuestas a iniciar negociaciones serias de paz unos cuantos meses antes de que Uribe asumiera el Gobierno en agosto de 2002, y antes, entonces, de que EEUU pidiese en extradición a Castaño y Mancuso.

Cuando uno ha leído acuciosamente los periódicos y las revistas, desde finales de 2002 hasta hoy, ha podido advertir que nunca fueron las AUC tan atacadas y vilipendiadas por la prensa y los columnistas nacionales e internacionales como desde el momento en que hicieron pública su voluntad de iniciar negociaciones de paz. El pedido de extradición de sus líderes y todo el trámite de las conversaciones en Ralito, así como la discusión en el Congreso de lo que finalmente resultó la Ley de Justicia y Paz, ha estado atravesado por un sinnúmero de diatribas, suspicacias y malevolencias hacia las AUC. Y esto tanto desde la izquierda, como desde el mismo ‘uribismo’ y el ‘antiuribismo’. Ni qué hablar desde las declaraciones del embajador de los EEUU, y de las Amnesty y HRW.

Llama la atención –al más desprevenido- la diferencia abismal entre el tratamiento dado a ‘Marulanda’ en el Caguán cuando inició su proceso –y aún muchos meses después- y el que recibieron por parte del ‘Establecimiento’ político y económico, y la Comunidad internacional, los Castaño y los Mancuso de estos días cuando dieron su primer paso hacia una negociación de paz.

Uno piensa entonces que a las FARC y el ELN se está dispuestos a perdonarles todo con tal de que dejen las armas –porque son los verdaderos enemigos- y a las AUC no perdonarles nada por haber tomado la iniciativa de abandonarlas, y además, culparlos de todo -como novio despechado- porque de ultima defendieron también de hecho, junto a sus propias vidas y las de sus comunidades, en solitario y recibiendo todas las facturas –las propias y las impropias- los intereses políticos y económicos de todos quienes no quieren ver a las guerrillas comunistas alcanzando el poder –clase política, industriales, terratenientes, banqueros principalmente, ni hablar de los EEUU- y que ahora se sienten 'abandonados' y 'desprotegidos' por la desmovilización de las AUC.

Mientras que para las FARC y el ELN su terrorismo, contundencia criminal y crueldad les han dado, hasta la llegada de Uribe a la Presidencia, margen y poder de negociación, a las AUC su falta de voluntad y decisión para actuar de la misma manera que las FARC y el ELN les ha quitado poder de negociación. Es cierto que Uribe promete igual dureza con unos y con otros, y que manifiesta que la Ley de Justicia y Paz se aplicará a todos los actores armados ilegales de raíz política. Pero eso no condice con todo un pasado de concesiones que otros gobiernos hicieron a los guerrilleros que optaron por desmovilizarse, en Colombia y en el mundo, para no ir tan lejos en la cercana Centroamérica. Amanecerá y veremos cuando sean las FARC o el ELN quienes negocien con Uribe u otro presidente. Por lo pronto, todavía no ha salido ningún columnista ni editorialista -ni ningún embajador- a pedirle a ‘Francisco Galán’ que denuncie las rutas del narcotráfico que utilizan las FARC, siendo que el ELN se ha ‘asociado’ con ellas en el vértice de sus cúpulas para atacar en acciones coordinadas y conjuntas al Ejército y la Policía que defienden la institucionalidad democrática y la población colombiana.

Así las cosas a las AUC, parece que los poderosos de adentro y de afuera no están dispuestos a perdonarles su voluntad de salir de la guerra y legitimar al Estado colombiano y fortalecer la democracia con la desmovilización del ‘paramilitarismo’. Una vez más se comprueba aquello de que la víscera más sensible del ser humano es el bolsillo. Estos intereses prefieren menos legitimidad del Estado y más eficacia –legal o ilegal- en la contención de las FARC y el ELN.

Como si temieran esos poderosos –con sus poderosos órganos de prensa generando ‘opinión’- que sin Autodefensas ahora sí que sus intereses quedarán más expuestos que nunca antes al fuego destructor de las FARC y del ELN.

Así uno se explica porqué la derecha y la izquierda le quieren cobrar a las AUC y al mismo presidente Uribe que la Mesa de Ralito no hubiera estallado en pedazos, y que en vez de suspender las extradiciones de Mancuso y de ‘don Berna’ por el interés nacional de la Paz las mismas se hubiesen diligenciado en contra de los comandantes 'paras' que les dañaron el paseo.

Lo que quieren en realidad –a izquierda y derecha- es que los comandantes ‘paras’ se harten de negociar en términos de sometimiento a la Justicia y se regresen al monte. Lo que más molesta a estos intereses ‘amangualados’ a pesar de sus divergencias de fondo es el empecinamiento de las AUC en seguir sentados en la Mesa de Ralito decididos a llegar hasta el final en su proceso de desmovilización y reincorporación a la vida civil.

Las guerrillas y los de cierta izquierda están furiosos porque la Mesa de Ralito les está quitando de la boca el jugoso plato político del ‘paramilitarismo’ tan del gusto de ciertos paladares del ‘primer mundo’ lo que hace de la no desmovilización de las AUC un manjar imprescindible para su ‘marketing’ político.

Las guerrillas y los de cierta izquierda están también enfurecidos porque el antecedente de los ocho años de penas a los comandantes de las AUC -en aplicación de la Ley de Justicia y Paz- les cierra la posibilidad de que las FARC y el ELN reciban mañana lo que siempre fue en su beneficio: indulto y amnistía.

El ‘Establecimiento’ político-económico ya no tendrá ‘condones’ AUC que protejan las zonas planas, plenas de industria y comercio, desde su vigilancia 'patrullera' en el monte y la selva de los ‘corredores estratégicos’ de las FARC y el ELN. Los miembros del ‘Establecimiento’ deberán pagar a partir de aquí sustanciosos impuestos de sus bolsillos al Estado para mantener el mismo nivel de seguridad que hoy disfrutan.

Los EEUU deberán apoyar a las Fuerzas Militares con bastantes más millones de dólares que los utilizados hasta aquí. Ya no existirán los vetos del Congreso yanki sobre la supuesta 'convivencia' de militares y 'paramilitares'.

Esta es una aproximación al tema ‘tabú’ de porqué ‘todo el mundo’ ha querido cerrarles a las AUC su camino de salida de la guerra, queriendo disuadirlos de su reincorporación a la civilidad. Y así uno entiende las razones por las cuales su voluntad de paz no recibió aplauso ni premio sino resentimiento y castigo.

Ninguno de los anteriores ‘poderes’ –mucho menos las guerrillas- se preocupa seriamente por el grado de exposición a la violencia guerrillera y terrorista al que se verán expuestos los pobres y las clases medias urbanas y rurales.

Este oscuro panorama explica porqué las AUC tienen necesidad estratégica y urgencia de entrar en la vida política, ahora que su adiós a las armas es definitivo. Si la única salvación de Colombia – frente a la arremetida de las FARC y el ELN- estará a partir de 2006 en manos del Estado colombiano y su sistema democrático, las AUC desmovilizadas no pueden demorar un día más su inserción legal en la vida civil, política y económica.

La rebelión de los ‘condones’ está a punto de culminar con éxito. Esto no puede sino ser recibido con ‘caraculismo’ por las FARC, el ELN, el ‘Establecimiento’ político y económico, los halcones que sobrevuelan el gobierno de EEUU, y los ricos y burócratas de Europa con intereses en Colombia. Con un Gobierno colombiano ´legitimado´ por la ausencia de ‘paramilitarismo’ la cosa será a otro precio.

Ánimo comandantes AUC, que no están solos, acompañados del sentir de tantos colombianos que siguen creyendo en las bondades de su causa y en el valor de su sacrificio durante tantos años. Espero no se sientan agraviados por la metáfora de los ‘condones’. Es decir, por reconocer –como millones de colombianos- que entre el ’90 y el inicio de Ralito, sin AUC la cuestión era ‘ni pío’. Y esto no significa que los colombianos no seamos también ‘derechos y humanos’ ¿Me explico?

La Historia les reconocerá finalmente a las AUC que ayudaron a transitar un camino que, de otra manera, hubiese llegado –inevitablemente- a un sitio híbrido –e insufrible- a medias entre lo que es la Cuba ‘amordazada’ de Fidel y lo que comienza a ser visible como la Venezuela ‘enloquecida’ de Chávez. O también a algo peor, lo que en el fondo las FARC y el ELN desearon toda la vida y no lograron: que hubiese en Colombia una dictadura a lo Pinochet, o a lo Videla, con invasión ‘gringa’ además, que escalara su delirio revolucionario y aderezara su voracidad de poder con lucha antiimperialista en serio.

Los caminos del Señor son infinitos. Dios sabe cómo hace las cosas.

Así la veo yo.

Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados en www.salvatoremancuso.com

noviembre 15, 2005

La verdadera negociación no es con las AUC, ni con las FARC y el ELN

Que el Gobierno se baje de la nube y ponga en marcha un auténtico Pacto Social y Democrático de Unidad Nacional
Colombia, 15 de noviembre de 2005


Así la veo yo


El asunto de los medios y los fines era ya un tema antiguo para la Humanidad cuando Maquiavelo –hace cinco siglos- lo trajo al primer plano del análisis político. La misma Iglesia Católica defensora del ‘no matarás’, uno de los famosos diez mandamientos, en dos episodios centrales de la Historia –las Cruzadas y la Inquisición-, encontró válidos –y nada condenables- la utilización de la tortura y el asesinato –a escala masiva- para asegurar el ‘reino de Dios’ sobre la Tierra. No mencionemos entonces Hiroshima, ni Vietnam, ni Camboya, ni Irak. ¿Para qué insistir sobre lo mismo?

Lo anterior no intenta justificar los horrores del nazismo, ni la realidad de los ‘gulags’ en la ex Unión Soviética, ni el sistemático secuestro de civiles y asesinato de policías y soldados por parte de las FARC y del ELN. Por supuesto tampoco intenta tender un manto de olvido sobre los excesos en que incurrieron las AUC en algunas de sus acciones contraguerrilleras.

Hay quienes al tratar la evolución del conflicto armado en Colombia se rasgan las vestiduras por la utilización de finanzas provenientes de los distintos eslabones del narcotráfico por parte de guerrillas y autodefensas. Más aún, endurecen sus críticas hacia unos y hacia otros, en la medida en que descubren que la lucha por el control de los recursos originados por las matas de coca ocupa buena parte de las estrategias de guerra. Ni qué decir cuando aparece la cuestión de la protección a los laboratorios, o la vigilancia de ciertos tramos de ciertas rutas utilizadas en la logística de transporte de las sustancias prohibidas.

Es la lógica de la guerra la que determina el comportamiento de sus actores, no la ética que interiormente cada uno posee. No se trata de que unos sean más malos y otros menos buenos en la medida en que incurren en finanzas ilícitas o desarrollan acciones violatorias del DIH. Llegado el momento de decidir entre lo propio y lo del enemigo está claro que los actores de la guerra privilegian lo propio sobre lo ajeno, sobre todo si lo ajeno coincide con el interés del enemigo. En su momento fueron los baños de sangre por retomar Jerusalén, o la bomba atómica sobre miles de japoneses para acabar con el eje Tokio-Berlín. En otras fue la guerra química del ‘napalm’ contra los vietnamitas, y más recientemente todo valió para acabar con Saddam Hussein, así como antes fueron millones los muertos en Europa en la lucha cruzada de nazis, comunistas y aliados de Londres y después de Washington.

De hecho, quienes incurren en el campo vedado del narcotráfico en Colombia hallan principio de justificación en que así preservan la fuente de ingresos de centenares de miles de campesinos carentes de otra alternativa, condenados a ser los parias post-modernos del nuevo ‘desorden’ internacional. Y quienes violan el DIH lo hacen bajo el concepto de que en el desarrollo de la guerra irregular –o de baja intensidad- su opción no radica entre elegir entre dos caminos buenos el mejor, sino entre dos caminos malos el menos malo. Y así sucede, que interiormente satisfacen a sus conciencias diciéndose que la muerte de unos cuantos preserva la vida y la libertad de muchos más. En esto seguramente ‘Marulanda’ y Castaño coinciden, y sus herederos también.

Si se insiste en ver la guerra como una cuestión de buenos y de malos se incurre a la larga en el mismo error en el que se cae cuando se considera que se trata de dos demonios enfrentados. El asunto no es tan simple, es infinitamente más complejo, y por sobre todas las cosas es materia esencialmente humana, personal y colectiva, de construcción y destrucción de vida humana y de tejido social. En la guerra no se enfrentan ángeles y demonios, ni tampoco demonios entre sí. Se trata de hombres y mujeres que han encontrado razones para hacer lo que hacen, y que no han creído en la existencia de otros caminos para alcanzar sus fines.

Por eso es tan importante quitarle razones a los guerreros, como recursos humanos y materiales a sus estrategias bélicas.

El caso colombiano no es la excepción: los recursos esenciales que aseguran la prosecución de la guerra son humanos y son materiales.

Cualquier estrategia de resolución del conflicto debe privilegiar en la población respuestas concientes, actitudes reflexivas y profundas ante los interrogantes del tipo ¿qué gano yo, qué ganan mis hijos, con mi tomar parte de esta guerra, por fuera del Estado? ¿Qué razones tengo para justificar mi incorporación, o la de integrantes de mi familia a las guerrillas o a las autodefensas? Colombia no puede darse el lujo de solazarse en el argumento falaz de que aquí no existen razones para incorporarse a uno y otro bando. Porque sí existen razones en la medida de que de la ausencia o debilidad del Estado se nutren las ‘tentaciones’ de acabarlo o suplantarlo. Que unos luchen por la reivindicación social y otros por su propia seguridad y las de sus familias y economías encuentra asidero en la medida en que el Estado no existe en vastas extensiones del territorio. Esta inexistencia, aliada a su poca eficacia en las zonas donde el Estado es visible, propicia que unos y otros encuentren en sus conciencias exigencias –incluso de tipo ético- que las alientan a incorporarse a unas o a otras fuerzas en pugna al margen del Estado. No se trata en la mayoría de los casos de la sola concatenación de medios y fines, en un análisis de tipo político, o ideológico, sino de algo más urgente y decisivo: la propia supervivencia frente al riesgo de aniquilación en el terreno.

No se trata entonces de razonar primitivamente que porque hay pobreza hay guerrillas, ni de que porque hay inseguridad existen las autodefensas. De lo que se trata es de admitir que es de la ausencia y deserción del Estado de sus obligaciones hacia los ciudadanos que los ciudadanos encuentran razones para sentirse abandonados e intentan encontrar las soluciones por fuera del Estado y no por dentro de sus instituciones. Que unos se unan con las guerrillas y que otros se refugien en las autodefensas son manifestaciones del mismo problema central: el déficit de Estado y su debilidad producto de la desidia, el clientelismo y la corrupción.

Abandonemos entonces las visiones simplistas hasta la deformación, que hacen ver en cada guerrillero y en cada autodefensa un narcotraficante camuflado. Y vayamos un poco más allá: el narcotráfico es también en Colombia una manifestación de la ausencia y debilidad del Estado. Es el mismo Estado que no resuelve la cuestión social, el que no ofrece ni seguridad ni confianza a sus ciudadanos, el que no puede enfrentar la lucha desigual contra los millones de dólares que se originan fuera de nuestras fronteras y que llegan a través de ellas para montar su propio negocio al amparo del poco Estado que existe para enfrentar el fenómeno económico delincuencial más importante en el mundo de hoy.

Que el fenómeno del narcotráfico se haya articulado al conflicto armado tiene que ver con los recursos materiales que exigen las guerras, y las tecnologías cada día más sofisticadas que los actores se ven compelidos a introducir en sus organizaciones para no quedar atrás en la ‘carrera armamentista’. Una vez que el ciudadano se deja vencer por la tentación de no recurrir al Estado para la solución de sus problemas, sino que golpea la puerta de los campamentos de uno u otro actor armado ilegal, el problema a resolver es cómo dotar al ciudadano-combatiente de sus pertrechos para la guerra. Es aquí, en el aprovisionamiento y en la logística donde el ‘capital de trabajo’ exige más y más fondos para alimentar el aparato de guerra –y sus colaterales de propaganda y política. Pues bien, después de golpear la puerta del campamento guerrillero o de autodefensa –son dos opciones que ofrece el ‘mercado del conflicto’-, hay que salir del campamento para tocar las puertas del ‘narco’ de turno. ¿Quién más tiene los recursos líquidos e inmediatos a disposición?

Llegados a este punto el asunto adquiere una complejidad mayor dado que tanto las guerrillas como las autodefensas –al crecer de manera acelerada sus necesidades de financiar su capital de trabajo- caen en los mismos riesgos en que caen las empresas cuando deben recurrir más y más al sistema bancario. Así como las empresas corren el riesgo de quedar en poder de los bancos, el conflicto colombiano corre cada día más el riesgo de quedar en poder del narcotráfico. Otra vez es bueno insistir, en que no se trata de una cuestión de falta de ética, o de inmoralidad, de guerrilleros y de autodefensas –esto puede ser la excepción de algunos individuos pero no es la regla de las organizaciones, ni de las guerrillas ni de las autodefensas- sino de pura lógica capitalista. El que pone el dinero tarde o temprano pone las condiciones. Eso es tan válido para un empresario con el banco, para un País con el FMI, o para un guerrillero o un autodefensa con su ‘financista’ de turno. Existen casos de empresarios que crean sus propios bancos, y de Países que rompen con el FMI y se autofinancian, y puede que ¿por qué no? sean las guerrillas y las autodefensas quienes consoliden redes propias de autofinanciación, sea con actividades lícitas o ilícitas de distinto calibre, donde entra también la opción del narcotráfico. Esto no debe escandalizar a nadie, ni mucho menos hacer pensar que lo que subyace no es la cuestión política de fondo, sea de apropiarse de un nuevo Estado, sea para reemplazar al existente –caso de las guerrillas- o suplantarlo –caso de las autodefensas. Claro que finalmente, y por distintos caminos, quienes hoy se conforman con suplantarlo donde no existe, pueden comenzar a ver la conveniencia –o incluso la necesidad- de destruirlo allí donde todavía permanece.

Colombia y su Estado están en un punto donde todavía es posible encontrar una solución política con quienes dentro de las organizaciones armadas ilegales buscan precisamente eso: una solución política. Me refiero a una solución política de transacción donde ninguna de las partes exija el sometimiento de la otra a sus dictados. En este sentido la política de sometimiento a la ley de Justicia y Paz que presiona el Gobierno como respuesta a los actos de fe de las AUC es una pésima señal porque no solo no logra –obviamente- convencer a sus interlocutores en Ralito sino que envía señales de guerra sin cuartel a las FARC y el ELN. Esto puede que lo avale la administración Bush, pero ni lo comprende ni lo acepta EEUU en su generalidad y mucho menos Europa.

Flaco favor le hace al País que una generación de autodefensas sea reemplazada por otra que nazca precisamente de un Proceso que intentó ser de Paz, donde se perciba a los actuales comandantes como claudicantes en la Mesa de Ralito, serviles ante el Gobierno de turno, desertores de sus responsabilidades asumidas con el País durante casi dos décadas, a cambio de lentejas servidas en Cómbita o en Itagüí. Sería como negociar la paz con las FARC y el ELN, y que aparezcan otros, con otras siglas o con las mismas. Sería un cuento de nunca acabar. Un círculo vicioso donde el final de una guerra es solamente el comienzo de otra.

Volvemos entonces a la cuestión central: el recurso humano y el recurso económico que alimenta las maquinarias de guerra. Más que un dilema de negociar políticamente o vencer militarmente a las organizaciones armadas ilegales la cuestión central para Colombia sigue siendo la de fortalecer el Estado, su sistema democrático y sus instituciones, cubriendo todo el territorio, durante todo el tiempo y con todo su ‘arsenal’ de oferta democrática, social, económica y de seguridad. En otras palabras, la verdadera negociación del Gobierno ha de ser con la sociedad, con los ciudadanos, con los partidos políticos oficialistas y de oposición, con las organizaciones representativas del quehacer económico, social y cultural, con la comunidad internacional.

Solo así se irán quitando recursos humanos y materiales a los actores armados ilegales hasta reducirlos a su mínima expresión y a su mínima capacidad de hacer daño. Ya no será necesario negociar con ellos absolutamente nada sino que habrá llegado la hora de recibir a los hijos pródigos que quieran regresar a la civilidad y la legalidad.

Los actores armados ilegales –incluso los narcotraficantes- son peces que sobreviven y proliferan en el agua que el mismo Estado les provee y les tolera. No son demonios, ni extraterrestres. No hay tampoco ángeles ni Robin Hood entre ellos. Son seres humanos capaces de amar y de odiar como todos nosotros, capaces de dar sus vidas por sus hijos y por sus padres. Son héroes a su manera, y podrían seguir siéndolo, en el seno de sus familias reincorporados a la vida civil. La gran tarea del Estado no es acabarlos ni encerrarlos en las cárceles, sino hacer de ellos ‘hombres nuevos’ reconciliados con sus enemigos y constructores de convivencia en el seno de las instituciones. Se trata de convencerlos para que dejen las armas y se pongan a construir Estado y tejido social desde el primer día, no precisamente desde las cárceles –universidades del crimen en Colombia- sino desde ámbitos que hagan posible el trabajo productivo y la reflexión política y académica sobre los problemas nacionales y regionales.

Bien haría el Gobierno de Uribe si quiere comenzar a resolver el problema de la violencia cruzada en Colombia, y su articulación creciente al narcotráfico, en considerar a guerrilleros, autodefensas y narcotraficantes como ciudadanos que bajo otro Estado y otras condiciones de vida de los colombianos hubiesen sido excelentes políticos, exitosos empresarios, reconocidos hombres y mujeres de la cultura, militares comprometidos con la seguridad de Colombia, y por qué no sacerdotes y pastores de Dios.

El problema central y más grave de Colombia no está en las guerrillas ni en las autodefensas, ni siquiera en los narcotraficantes, sino en el centro de su propio Estado, en el modo en que desde Bogotá se mira y no se ve el País real.

En la ceguera de los sucesivos Gobiernos y en el culto ridículo de su propio poder formal y su impotencia para ver lo esencial de los problemas del País radica finalmente la perduración y la articulación de todas las violencias en un mismo haz.

Sobre el umbral de esa alianza estratégica en vías de consolidación –entre guerrillas, autodefensas y narcotraficantes- al margen del Estado, está parada hoy Colombia. En manos de la institucionalidad existe todavía la posibilidad de invitar a los que están por fuera del umbral a sumarse a la construcción colectiva a través del mecanismo de una Nueva Constituyente donde todos sean invitados a participar bajo ciertas reglas. Esto bien podría concretarse no más allá de 2010.

Uribe podrá o no ser el próximo Presidente. El gran obstáculo para su continuidad está en que el País le cobre en las urnas, dentro de pocos meses, su falta de visión acerca de dónde nacen las aguas turbias y cómo descontaminar su curso. Con toda su buena voluntad este Gobierno ha insistido como los anteriores en ver los problemas aguas abajo.

Sin embargo, los diagnósticos comienzan a coincidir, desde la derecha y la izquierda, dentro y fuera del País.

El verdadero problema de Colombia está aguas arriba, en el corazón donde se determina su rumbo político, donde se traza su ocupación real del territorio y su modo de inserción en el mundo.

El candidato que acierte en esto y lo sepa explicar al País estará en condiciones de superar a Uribe.

Aunque tampoco es tarde para que sea Uribe quien acierte con la nueva mirada a los problemas del presente. Pero para ello la propuesta de Uribe 2006 deberá ser más amplia y más profunda, más pragmática y menos ideologizada que la desgastada visión de Uribe 2002.

Después de todo, Uribe está en el mejor lugar para ver lo que sucede y en el momento preciso para rectificar el rumbo.

Así la veo yo.

Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados en www.salvatoremancuso.com

noviembre 08, 2005

Los actos de fe de las AUC y la poca fe del Gobierno en las AUC - De la negociación política al sometimiento a la Ley de Justicia y Paz

Colombia, 8 de noviembre de 2005



Así la veo yo




Por RUBIÑO



La voluntad negociadora del Gobierno con las AUC se terminó de venir al suelo con la sanción en el Congreso de la Ley de Justicia y Paz. Lo que debió haber sido propiamente el comienzo del final de la negociación constituyó en realidad su abortivo final. La sanción de la Ley y la simultánea ausencia de caminos de paz con las FARC y el ELN hicieron demasiado gravoso para el ‘candidato-presidente’ el 'costo político' de negociar con las AUC las condiciones de su reincorporación a la vida civil.

Esto lo percibieron primero Pardo y Parody, y hoy lo suyo ha hecho carrera entre las filas ‘uribistas’ más afines a César Gaviria –o a Enrique Peñalosa- que al mismo Uribe. Si no existiera de por medio el anacronismo amurallado de Serpa, estas cercanías –alentadas por EEUU- se harían más evidentes y contundentes. No se nos olvide que a partir del 7 de agosto de 2006 Uribe será –probablemente- el primer presidente de Colombia en muchos años que inicie un cuatrienio de Gobierno en el mediodía de su esplendor –no en el amanecer- con el ‘sol poniéndose a sus espaldas’ desde el mismo día de su posesión… y con la ‘ñapa’ de contar –o descontar- con Bush en retirada.

Llegados a este punto –y con sus referentes históricos desmovilizados- solo cabe a las AUC someterse a la Ley de Justicia y Paz. No hay otra. El Gobierno puede darse el lujo de preferir los costos políticos de la guerra a los costos políticos de la paz. Las AUC no tienen esa opción –en términos políticos hablando- y es bueno para Colombia que no la tengan. De otro modo podrían verse tentados de desafiar al Gobierno y enredarlo donde más pueden hacerlo: en los mil vericuetos de la guerra irregular. Donde, paradójicamente, las AUC todavía tienen mercado que demanda generosamente por ellas y espacios militares grandes que ocupar. No se nos olvide que ‘el poder de hacer daño es poder de negociación’. Y en esto último las AUC han estado a punto de coincidir con las FARC y el ELN pero vencieron la tentación y no pasaron de la raya durante la entera negociación. No se entendería que lo hiciesen ahora. Las nuevas generaciones de ‘paras’ seguramente tomarán nota de esto y de los resultados obtenidos por sus antecesores. Pero esta es otra historia, no la de las AUC.

Lo que no es halagüeño para Colombia es que, visto desde la Comunidad internacional, el Gobierno prefiera tales costos –los de la guerra- sobre los otros –los de la paz. Menos todavía que se perciba allí –y también aquí- que los ‘gritos’ y las ‘amenazas’ a las AUC van hechos principalmente para que las FARC y el ELN sepan a qué atenerse. Los límites entre autoridad y autoritarismo suelen confundirse con extrema facilidad cuando se privilegia el efecto del ‘golpe sobre la mesa’ o ‘sobre el micrófono’ por encima de la voz y el tono persuasivos.

No caen bien los "ultimátums" en negociaciones de paz. Menos si vienen de la parte que tiene todo el poder del Estado y de quien se esperan ejemplos de cordura en cada ocasión –sobre todo cuando hay dificultades y crisis. Salirse de las casillas y perder los estribos, para que el mundo sepa de la dureza del Presidente, flaco favor le hace a un Gobierno que es calificado de autoritario y guerrerista en poderosos e influyentes círculos de la Comunidad internacional, incluso en EEUU por fuera del círculo íntimo de Bush. Son estos pasos en falso los que inclinan al mundo a pensar que el Gobierno no está seriamente interesado en las soluciones políticas negociadas, ni en el acuerdo humanitario, ni en la paz con las guerrillas.

Mientras el mundo razone así la credibilidad del proceso de paz con las AUC seguirá siendo nula. La dureza del Gobierno, que es real con las AUC, cae bajo sospecha de ser un burdo montaje que pocos están dispuestos a creer. Sin embargo, el fondo de la cuestión –la intransigencia autoritaria de Uribe- gana adeptos con estos ‘ultimátums’ en la medida que –paralelamente- no se avanza en nada sustancial con las guerrillas –en materia de paz, o al menos, de libertad de secuestrados. En este contexto enrarecido, que las AUC alcen el tono de sus voces y no se queden calladas ante los ataques que reciben dentro y fuera de la Mesa, sin romper el proceso, despiertan más suspicacias que credibilidad y confianza, como si todo se tratara de la simple ‘puesta en escena’ de un libreto preacordado.

Para salir de este ‘impasse’ el Gobierno podría manifestar de una vez, con todas las letras, que no está en condiciones de brindar ninguna seguridad jurídica, ni nacional ni internacional, al proceso de paz con las AUC, más allá de la Ley de Justicia y Paz, por la sencilla razón de que sectores de la Comunidad internacional y la oposición nacional se han confabulado para ponerle talanqueras insalvables a la negociación política con las AUC.

El Gobierno también podría ir más allá, y romper unilateralmente el Proceso de Paz y ofrecer a los comandantes de las AUC su inmediato ‘sometimiento a la Ley de Justicia y Paz’. Si el Gobierno, pese a su buena voluntad, no tiene poder de convicción suficiente para garantizar internacionalmente los acuerdos de paz con las AUC, entonces bueno sería que quitase de su léxico la palabra negociación y hablara sin ambages de ‘sometimiento a la ley de Justicia y Paz’. Se evitaría así el desgaste inútil, a estas horas, de seguir insistiendo en aclimatar el proceso con las AUC como una negociación cuando sólo ha habido imposiciones de un lado de la Mesa y actos de fe y entrega de armas y desmovilizaciones por el otro.

El tema de la extradición quedará atado –como marca la Constitución pero se ha diluido un tanto con Uribe- a la discrecionalidad del presidente de turno. Con lo cual los gobiernos de Colombia y sus presidentes tendrán que asumir de una buena vez su responsabilidad, y la vocería y representación de los colombianos ante el mundo, por lo que consideran su interés nacional. EEUU y la Comunidad internacional estarán siempre en su derecho de solicitar, pero Colombia tendrá una magnífica ocasión de recuperar ‘al ciento por ciento’ su hoy menguada capacidad de decidir por sí –como Estado ‘mayor de edad’ que es- cuándo extradita y cuándo no.

A casi doscientos años de la Independencia nacional sería un buen regalo de cumpleaños para los colombianos saber que se ha recuperado en Colombia –no solo en el caso de la extradición- el poder de decisión autónomo del Gobierno, del sistema democrático y de Justicia, despolitizando su ejercicio subalterno como apéndice del ‘sometimiento al Imperio”. En estas nuevas condiciones conceder la extradición sería la excepción, no la regla.

Así las cosas, que carguen el presidente Uribe y su gobierno con su parte insoslayable en la tarea de hacer claridades sobre el porqué de la ‘no negociación’ con las AUC. Porque si no han querido hacer esas claridades ante Colombia y el mundo en el caso de Ralito y lo que está en juego allí, que al menos lo hagan frente a su propia incapacidad y falta de voluntad de ‘negociar’ políticamente con las AUC. Lástima, porque cuando se tienen buenas razones –y este Gobierno las tiene- nunca es bueno abusar de la fuerza de las armas, ni hacer de la ‘amenaza’ de las armas la única política.

Por el bien de Colombia, las AUC no deben volver jamás al monte. El balance estratégico de la guerra ya no está seriamente amenazado para las fuerzas legales y legítimas que defienden la Democracia y la Libertad de los colombianos. En este sentido las AUC pasan al buen uso de su retiro y se incorporan a las Reservas ‘desarmadas’ pero ‘no vencidas’ de la Nación.

Las AUC bien pueden tomar la iniciativa de ofrecerle al País, en los próximos días, entrar en un proceso de ‘pre-desmovilización’ que esté completado antes de la próxima Navidad, para que el 24 de diciembre de 2005 traiga la buena nueva a todos los colombianos sobre la concentración del 100 % de las AUC y la entrega de sus armas. Esto significará, por parte de las AUC, el cumplimiento de la palabra empeñada y la decisión inquebrantable de ‘someterse a la Ley de Justicia y Paz’.

Precipitar la desmovilización no le conviene a nadie, ni siquiera al Gobierno. La imposibilidad para la desmovilización total antes de finalizar el año radica en la necesidad de que el proceso de reincorporación a la vida civil de los ex combatientes goce de todas las garantías, no solo para los ex AUC, sino también para las poblaciones donde ellos se reinserten a la sociedad. No se trata de organizar la salida de un estadio de fútbol, sino la salida de miles de combatientes del escenario de la guerra.

Si algo ha hecho evidente la escasa preparación de este Gobierno, para estar a la altura del desafío que plantea la desmovilización de las AUC, no ha sido la muy escasa credibilidad y apoyo internacional que logró concitar –esto pude entenderse en los laberintos de la geopolítica mundial- sino el monumental ‘oso’ que ha significado hasta ahora el hecho del regreso a la vida civil del 50 % de los ex combatientes AUC –insuceso ciertamente difícil de explicar.

A partir de aquí y ya por fuera de la Mesa –no le sigamos pidiendo peras al olmo- la labor de las AUC desmovilizadas es totalmente de carácter político y está en sus solas manos y mentes poner a salvo los esfuerzos hechos en pro de su desmovilización. Con o sin apoyo de este Gobierno el proceso de su pasaje de lo militar a lo político debe concluir en buenos términos para Colombia, para las propias AUC y para su credibilidad ante la Comunidad internacional, finalmente más pragmática y menos ciega de lo que aparenta ser y más amiga de los hechos concretos que de las promesas en el aire.

Es una prueba difícil pero no insuperable para las AUC. El camino a la política puede quedar allanado, aun en los términos mínimos que los plantea la Ley de Justicia y Paz, sobre la cual pesa todavía la ausencia de reglamentación. El acuerdo se habrá establecido, entonces, no entre una organización y un Gobierno, sino entre una parte entrañable del Pueblo –que un día tomó las armas- y el mismo Pueblo –que quiere vivir protegido exclusivamente por su propio Estado y bajo el amparo de las Leyes.

Para que todo el proceso culmine con éxito, a la desmovilización de las AUC debe sucederle la ‘movilización pacífica’ de centenares de miles de voluntades que reciban y capten su influjo. Esta es la ‘madre de todas las batallas’ para las AUC: el camino abierto al intrincado mundo de la política, para lo cual no hay un solo trayecto, sino todos los que resulten conducentes y efectivos en función de objetivos sociales, nunca personales ni sectarios. Si no hubo ‘unanimismo’ durante la guerra contra las guerrillas ni en la negociación con el Gobierno, menos puede haberlo –y es bueno que sea así- en el juego serio de la política.

No existen ya en Colombia espacios ‘políticos’ para organizaciones armadas al margen de la ley ni para Gobiernos pusilánimes ante la violencia terrorista ni débiles ante el chantaje. Esto es válido –y lo será cada día más- para las FARC y el ELN, así como también lo es para las AUC.

No se trata entonces, a estas alturas, de hacer claridades ‘póstumas’ sobre una negociación política con las AUC que el Gobierno nunca estuvo en condiciones de concretar por razones que muchos podemos intuir pero que sólo el Presidente conoce. No es el caso de volverse al monte para las AUC, sino de aplicarle la eutanasia a la ‘negociación que no fue’, y renacer a la vida política desde las entrañas de la Ley de Justicia y Paz.

La Historia juzgará a las AUC por lo que hicieron en la guerra y por lo que quisieron lograr en la Mesa de la Paz. Lo mismo sucederá con este Gobierno y su actitud en la Mesa y frente a las AUC. Así será de implacable la Historia con las guerrillas y su ‘millón de babas y balas’ para ‘desatar la guerra’ y no querer ‘anudar la paz’. Entre estas últimas ‘babas’ recomiendo la lectura atenta de las más recientes ‘cinco perlas retóricas’ del ELN que ‘Galán’ exhibe como diamantes finos ante tanto europeo ‘verde’ de inmadurez y unos que otros colombianos que contra toda evidencia, se empeñan en creer en lo increíble, o en hacer como que creen porque les toca. No es que sea mala la credulidad, lo que son malos son los embustes. Y no lo digo por ‘Galán’, cada día más cerca de la verdad de su conciencia y más alejado de la inconsciencia de sus ex.

Lo que seguramente Colombia aplaudirá en las AUC es que no fueron cobardes ante el ataque de las guerrillas, ni faltas de coraje a la hora de dar, con su desarme, el primer gran paso, en el siglo XXI, de los ‘grupos armados ilegales’ hacia la Paz de Colombia.

Si el gran ‘pecado’ de las AUC ha sido creer en la voluntad del primer Presidente que iluminó el camino de la victoria sobre la subversión guerrillera eso está en manos de Dios y lo juzgará la Historia.

La victoria final de las AUC no se dará en el campo de batalla, ni en la Mesa de Negociaciones que finalmente ‘no fue de negociaciones’. El gran mérito de las AUC en la Mesa es que nunca se propusieron derrotar y humillar al Gobierno en el marco de las negociaciones. El inocultable ‘pecado’ del Gobierno en la Mesa es que llegó a ella con más sed de victoria que de conciliación, con más ánimos de imponer que de negociar.

Que las AUC se propusieran hoy derrotar al Gobierno de Uribe en la Mesa de la Paz no tiene sentido ni justificación histórica. El lema de siempre de las AUC ha sido luchar –con armas, con ideas y acciones sociales y políticas, y también, desde 2002, con voluntad y hechos de Paz- por remediar y compensar las debilidades del Estado, nunca para agrandarlas y profundizarlas. El lema de ‘cuanto peor para el Estado, mejor para nosotros’ es bandera guerrillera no de las autodefensas.

Es preferible retirarse de la negociación ahora y someterse a la Ley de Justicia y Paz que entrar en el juego de presiones y contrapresiones que sólo favorecen a las guerrillas y a sus aliados en la política, y a uno que otro ‘uribista’ que oculta debajo de su túnica farisaica el gélido filo del puñal. La Historia conoce de sobra acerca de quienes en su lucha por el poder, ‘Césares’ y ‘Brutos’ han sido.

La victoria final de la causa de las Autodefensas se dará en el corazón de la democracia colombiana y en el trabajo político, social y económico sin desmayos por una Colombia libre, digna, sin pobreza y sin violencia. Esto podrán hacerlo colectivamente, o a título individual, desde una o varias agrupaciones políticas. No se trata -una vez más- como en el adagio chino, de que ‘el gato sea blanco o negro, sino de que cace ratones’

Allí se sabrá si las AUC aprendieron de su propias heridas y desgracias y si están a la altura de lo que Colombia –y no algunos pícaros ‘uribistas’- necesitan hoy de ellas.

Mientras unos ponen las trampas y quieren quedarse con el queso y con el ratón, también hay otros que saben eludir las trampas -y sin poner otras- compartir el queso con los demás.

No se trata, finalmente, de gatos y ratones, sino de aprender de los adagios y las fábulas y crecer solidarios en Humanidad.


Así la veo yo.


Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados en www.salvatoremancuso.com

noviembre 01, 2005

Las AUC iniciaron su viaje desde el reconocimiento político al ejercicio de la política aunque tengan que llegar ‘pisando callos’

Los ‘uribistas’ que hoy se desviven por controlar el Congreso, ¿querrán después ‘maniatar’ a Uribe?


Colombia, 1 de noviembre de 2005


Así la veo yo


Por RUBIÑO


El reconocimiento político obtenido por las AUC durante el proceso de negociación (2003-2005) podría llevarlas a pensar que regresar al monte y esperar tiempos mejores es lo más acertado. Coincidirían en esto con las FARC y el ELN, que tampoco ven condiciones propicias para una negociación política.

Por el lado del ‘uribismo’ también podría estarse pensando que una ruptura de las negociaciones con los ‘paras’ es un ‘negocio redondo’ en medio de la campaña electoral. Lo de Pastrana rompiendo el Caguán funcionó en contra del opositor liberalismo oficial. Lo de Uribe rompiendo con los ´paras’ podría funcionar en la misma dirección pero esta vez de cara a las elecciones al Congreso que es donde se juega en 2006 el ‘verdadero partido’.

En el caso de las AUC salir del monte para ingresar a una cárcel no queda como sonando. Para colmo de males, que la cárcel en Colombia cumpla las veces de sala de embarque hacia otra cárcel en EEUU no solo no suena, sino que resulta un despropósito mayor.

Así las cosas, no es extraño que el juego de poderes se haya polarizado en ambos lados de la mesa entre Gobierno y AUC.

Del lado del Gobierno asistimos a la ‘rebelión de los políticos y congresistas uribistas’ pretendiendo imponerle a Uribe sus condiciones, entre ellas, ‘la ruptura de la Mesa’. No se trataría realmente, de terminar con las negociaciones, pero sí retrasarlas más allá del 2006, cuando el mapa político de Colombia haya quedado totalmente definido.

No quieren los ‘uribistas’ pagar el costo político que Uribe sí pareció dispuesto a pagar desde el inicio de su Gobierno. Hoy las condiciones que impone la reelección –impensable al momento de la firma del Acuerdo de Ralito- tampoco hacen aconsejable al Presidente el pago de ese costo. Se lo podrían pasar a cobrar por ventanilla no solo los opositores, sino también los ‘uribistas’, ni qué decir los EEUU.

Esta realidad política solo podría cambiar una vez conocidos los resultados de las elecciones al Congreso y a la Presidencia. Nunca antes.

De estos nubarrones en el horizonte quienes parecen haberse percatado primero son las AUC. Hábilmente utilizaron el ‘caso Adolfo Paz’ para congelar las desmovilizaciones en el momento en que la percepción de inseguridad ante los ‘paros armados’ y ataques de las FARC mantiene sensibilizada a una población que está lejos de sentir en carne propia la seguridad democrática. Más bien, sucede todo lo contrario, y para esto mejor que las estadísticas –que vendrán más adelante a corroborar los temores de hoy- sería bueno que el Gobierno se diera una vuelta por las regiones del país donde las AUC ‘mantenían’ el orden. Precario sí, pero ‘orden’ al fin.

Al Gobierno le salió el tiro por la culata con su insistencia por reemplazar semánticamente el conflicto armado por las amenazas terroristas. Lo hizo precisamente cuando al ir saliendo de escena las AUC el gran problema de las poblaciones afectadas por el conflicto pasó a ser la amenaza por el regreso de las guerrillas. El término ‘amenaza terrorista’ es más claro, contundente y produce más angustia en la población que el de de ‘conflicto armado’. El colombiano del común vive ahora en el peor de los mundos: el de la coexistencia del conflicto armado en el campo –que nunca desapareció- con el ‘discurso’ de las amenazas terroristas originado en las ciudades –que ahora sí, desde 2001 en EEUU, se perciben en toda su magnitud ‘terrorífica’. Las imágenes de las Torres Gemelas en Nueva York y de las ruinas de El Nogal en Bogotá valen más que mil discursos.

Las AUC saben esto, entre otras cosas, porque viven entre la gente del común, en el campo y en las ciudades, y le toman el pulso a la realidad de cuerpo presente, no mediante millonarias encuestas de los especialistas en mercadeo.

La gente entiende muy bien que si la defensa no viene del Estado tiene que venir de algún lado. También entiende que esa ‘defensa’ no cuenta con los impuestos del Estado ni con los préstamos de los EEUU. Las ‘causas objetivas’ de las AUC –la inseguridad reinante y el discurso de las amenazas terroristas- han hecho subir sus ‘acciones’ precisamente en el momento en que estaban reduciendo su oferta al crecer las desmovilizaciones. Tremenda contradicción. Y es en este escenario caótico que el Gobierno acaba en la práctica con la Mesa de Ralito, encarcela a ‘Adolfo Paz’, uno de los líderes históricos emblemáticos –junto a los hermanos Castaño y Mancuso- de la iniciativa de paz AUC. Le incumple a los desmovilizados y los pone en la disyuntiva de delinquir en cualquiera de las amplias gamas de demanda existentes –entre ellas la rebelión, la sedición y el narcotráfico. Y como si fuera poco se abre camino en Colombia -con la ‘desmovilización fallida’ de tanto ‘para y guerrillo’ la gripe aviar de la delincuencia: los ‘maras’ de Centroamérica.

Llegados a este punto uno entiende que en las AUC se propicien diversas tendencias menos la del inmovilismo o el ‘seguidismo’ gubernamental. Nadie entendería que las AUC no se movieran intelectual y pragmáticamente en un escenario político agitado por la reelección y el ‘toconur’ en gestación. Tampoco el recurso del ‘seguidismo’ a ciegas puede tener adeptos cuando los ‘uribistas’ parecen ir por un lado y el Presidente por otro, exacerbados unos por la proximidad de marzo y tranquilo el otro por lo que las encuestas le predicen para mayo.

Lo que está claro es que en su gran mayoría las AUC no quieren regresar al monte pero sí avanzar hacia la política y no hacia la cárcel, ni en Colombia ni en EEUU ni en ningún lugar del mundo. Lo que no significa que no estén dispuestos a pagar sus penas alternativas en sitios especiales donde no se vean rejas por ningún lado y se sientan parte activa de la reconstrucción del tejido social y productivo de Colombia. Vigilados, protegidos y condicionados en su libertad sí, pero arrinconados, humillados e inseguros ciertamente no.

Es entre estos dilemas donde crecen los aspirantes a voceros de los desmovilizados lo cual revela una sana e incipiente competencia interna por espacios que en definitiva son políticos. Se abren así caminos promisorios que ineludiblemente terminarán en partidos, banderas, matices internos, programas y candidaturas cuando ya no existan ni armas ni procesos judiciales de por medio, es decir, después de 2006.

Aunque Juan Manuel Santos y Germán Vargas Lleras se empeñen en cerrarles el paso desde hoy con la idea –peligrosa para Colombia- de que las AUC son más útiles en el monte o tras las rejas, que en el llano y la libertad.

Opiniones muy respetables de tan distinguidos ‘uribistas’. Con quienes no parecen coincidir ni las AUC, ni el Alto Comisionado, ni el mismo Uribe. Tampoco Enrique Peñalosa, que viene asomando ‘independiente’ y sin prisa en medio de la polvareda levantada.
Así la veo yo.


Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados en www.salvatoremancuso.com