junio 30, 2005

El dilema de las AUC - El Proceso de Paz es irreversible pero no irrompible

Colombia, 24 de marzo de 2005


Por Rubiño


La Semana Santa invita a cambiar las prisas por la pausa, y facilita el tiempo para la reflexión. También provee del tiempo necesario para hurgar en el arcón de las lecturas y encontrar allí cuanto de acertado y también de equivocado se discurrió sobre el tiempo por venir.

Mientras las AUC definen sus próximos pasos y el ‘marco legal’ hace su tránsito por el Congreso es conveniente tomar nota del contenido de un documento escrito por ‘Pablo Asís’ para la plana mayor de las AUC a mediados de 2001, unos meses antes de la Cuarta Cumbre Nacional de Comandantes de finales de ese año.


Sobre el documento y su contexto, haré algunas precisiones:


1. Aparece fechado el 11 de agosto de 2001 y así fue publicado en su momento en Internet en www.colombialibre.org, la página oficial de las AUC.

2. El documento se dio a conocer cuando los EEUU no habían todavía incluido a las AUC en su lista de organizaciones terroristas. Fue anterior a la tragedia del 11 de septiembre de 2001. Presidía el Gobierno de Colombia Andrés Pastrana y llevaban más de dos años las negociaciones con las FARC en el Caguán. Más de un año debería pasar entre la escritura de Las dos orillas y el pedido en extradición por parte de los EEUU de Carlos Castaño y Salvatore Mancuso. No se consideraba a Álvaro Uribe como uno de los candidatos con posibilidades de ganar las elecciones presidenciales de 2002. Tampoco parecía probable que el proceso de paz con las FARC fuera a romperse. Rondaba en el ambiente el rumor de una Constituyente donde los pactos a firmar entre el Gobierno nacional y las FARC quedarían refrendados.

3. La plena conciencia acerca del paso inevitable de lo militar a lo político era ya en 2001 una realidad en el más alto nivel de conducción de las AUC. La dificultad mayor para ‘desembarcar en la otra orilla’ no residía en el seno de la Organización sino en la realidad de un Gobierno nacional que se negaba sistemáticamente a abrir el diálogo con las Autodefensas, con lo cual la condenaba a rendirse incondicionalmente o a permanecer en la ilegalidad y seguir en la guerra hasta que asumiera un Gobierno que viera las cosas de otro modo.

4. Andrés Pastrana, recién a mediados de 2002, una vez roto el proceso del Caguán, y ya electo Uribe en primera vuelta, en las postrimerías del ejercicio de su función, encomendó a la Iglesia Católica la delicada misión de visitar con mucha reserva y discreción a los líderes de las AUC para saber exactamente de qué se trataba el diálogo político que le venían pidiendo las AUC al presidente Pastrana desde el inicio de su gestión y que él había desatendido y descalificado permanentemente hasta ese momento.

5. El cambio en la posición oficial del Gobierno nacional con la presidencia de Álvaro Uribe y su política de paz abierta a todas las organizaciones al margen de la ley participantes en el conflicto armado, con la sola condición de la declaración del cese de hostilidades, permitió que la voluntad política de las AUC hallara eco en la Casa de Nariño y se concretara, firmándose entre Gobierno nacional y AUC el 15 de julio de 2003 (dos años después de la publicación de Las dos orillas), el Acuerdo de Santa Fe de Ralito para la Paz de Colombia.


No fueron, entonces, las AUC quienes cambiaron de visión estratégica en cuanto a su rol en el conflicto armado cuando asumió Uribe la presidencia, sino que fue el Gobierno nacional quien cambió de parecer y de actuar cuando Uribe ganó las elecciones presidenciales en mayo de 2002.

Uno se pregunta entonces qué puede estar pasando por las mentes que conducen las AUC cuando desde el amplio –y tal vez irrepetible- escenario de la negociación política abierta –impensable para las Autodefensas desde la perspectiva del Estado colombiano hasta el 7 de agosto de 2002- se están enviando mensajes a la sociedad desde el Estado Mayor Negociador AUC relacionados con su eventual regreso al monte para proseguir la guerra contraguerrillera.

¿Desencanto con el rumbo de la negociación y con la perspectiva incierta de un marco legal insatisfactorio y a la deriva? ¿Balance realista sobre los avances de la política de Seguridad Democrática y sus limitaciones para obtener una victoria militar sobre las FARC y el ELN antes de 2006? o más bien ¿necesidad estratégica de utilizar las imperfecciones y los limitantes de la negociación presente y los resultados no satisfactorios de la Seguridad Democrática como herramienta política legitimadora de la prosecución en la guerra por parte de las AUC?

En Las dos orillas asoma la perspectiva estratégica de una opción de las AUC por la política pero también la visión –no menos estratégica- de una participación militar –mientras fuese necesario- en el marco organizativo interno renovado y transformado por el realce valorativo de lo político y lo social. Si esto pudo parecernos no privado de lógica en el contexto de los azarosos tiempos de Pastrana y su sordera ante los reclamos de las AUC por un diálogo político, no aparece a primera vista como lo ‘políticamente correcto’ en tiempos de Uribe, los tiempos de la ‘seguridad democrática’ y la mera ‘amenaza terrorista’, y sobre todo si finalmente se ha llegado por parte de las AUC al ‘diálogo político’ con el Gobierno nacional que apenas tres años atrás era un imposible.

El dilema en el interior de las AUC no puede sino existir y ser de relevante magnitud. Esto el País, el Gobierno nacional y el Congreso de la República lo debieran comprender y los comandantes de las AUC –los que están en ejercicio y también los ex ya desmovilizados- lo debieran dar a conocer con diáfana claridad y sin cortapisas. No hay que esforzarse demasiado para imaginar que las AUC están siendo sometidas a la ‘presión desbordada’ interna o externa de quienes sin dejar de valorar la opción política y legal dentro del marco democrático no consideran todavía agotada la etapa militar, no sólo por exigencias del inestable equilibrio de fuerzas del conflicto armado, sino también por constituir el accionar militar defendiendo a la población y sus economías amenazadas por las guerrillas y su terrorismo un elemento clave para la acumulación de prestigio político de las AUC de cara al futuro.

Entre los factores externos que pujan resulta al menos ingenuo no considerar que más de un factor de producción y exportación de drogas ilícitas puede estar pensando seriamente en ocupar política y militarmente el espacio contraguerrillero que se aprestan a dejar las AUC si se cumplen los plazos del 31 de diciembre de este año según lo acordado y firmado en Ralito.

En los mentideros políticos y en las salas de redacción se predica abundantemente sobre el ‘desmonte del paramilitarismo’ al modo de Quijotes y Sanchos Panza tropicales. ¿No sería más provechoso y aterrizado que en vez de lanzarse a pelear contra ‘molinos de viento’ se le exija al Estado que el territorio que están retornando los ‘paras’ y que prometen retornar totalmente en diciembre de este año, no sea finalmente ocupado por las FARC y el ELN, o por nacientes grupos de delincuentes varios armados con la coraza legitimadora de la lucha antisubversiva? No nos pase que ocupados en ‘desmontar el paramilitarismo’ terminemos descubriendo que mientras nos entreteníamos convocando a una cruzada contra fantasmales ‘molinos de viento’ se nos fueron ‘metiendo al rancho’ pestes mucho menos novelescas e infinitamente más reales y dolorosas.

Debieran evaluar el País, el Gobierno nacional y el Congreso de la República si las AUC no han realizado un gigantesco cambio positivo de rumbo en los últimos cuatro años, particularmente a partir de la puesta en práctica de los lineamientos de la Cuarta Cumbre de Comandantes realizada a finales de 2001. Contra todos los pronósticos lapidarios y agoreros han llegado hoy las AUC al umbral de la firma de los acuerdos definitivos de desmovilización y reincorporación a la vida civil. Y ya han desmovilizado por propia iniciativa como Acto de Fe y apuesta por la Paz cuatro mil combatientes entre Medellín, Urabá, el Catatumbo, Córdoba, Valle del Cauca, La Mojana, Suroeste Antioqueño

¿Qué han hecho durante este mismo tiempo hacia la misma dirección de la Paz las FARC y el ELN cuando su única política ha sido la de perseverar en la guerra e incursionar cada día más en actos terroristas? Coincidamos en que el cese de hostilidades de las AUC no se ha cumplido en el ciento por ciento, pero los grados de cumplimiento son crecientes y ostensibles. ¿Qué han hecho durante el mismo período las FARC y el ELN en beneficio de la población civil, por reducir la exposición de los inocentes a los riesgos del conflicto? ¿O será que para las FARC y el ELN no hay más población civil ni inocentes que ellos mismos?

El dilema en las AUC es grande y son muchos los colombianos que comprenden la gravedad del tema. Es absolutamente necesario que ni el País, ni el Gobierno nacional ni el Congreso de la República subestimen todo lo que se juega Colombia en estos momentos. Iniciar el proceso de paz fue una valiente e inteligente decisión política del conjunto de las AUC pero fue una decisión eminentemente política sin tomar en cuenta lo militar, dejando este componente en manos exclusivas del Gobierno nacional.

Haber desmovilizado ya el 20 por ciento de las estructuras militares de las AUC ha sido esencialmente un Acto de Fe sin ningún cálculo político, supeditando lo militar y lo político a hacer manifiesta una Voluntad de Paz inequívoca.

Lo que sigue ahora para llegar al ciento por ciento de desmovilización acordada es el cumplimiento por parte del Gobierno nacional de la totalidad de lo acordado. Y no me refiero a acuerdos bajo la mesa, ni nada por el estilo, sino lo que está firmado por el Alto Comisionado para la Paz y por las AUC en documentos que han sido dados a conocer públicamente, y que comprometen a las AUC ciertamente, pero también al Gobierno nacional.

El factor militar no puede estar ausente a la hora de verificar por parte de las AUC si el Gobierno nacional ha cumplido su parte en todo este proceso para proceder entonces a la firma de los Acuerdos finales. No podría entenderse por parte de las AUC un retiro del campo de batalla mientras las FARC y el ELN siguen combatiendo, solo con base en consideraciones políticas donde el factor militar no haya sido evaluado o no tenga cabida. Esto debiera decirlo con todas las letras el Estado Mayor Negociador cuando le comunica al País que se está entrando en la ‘verdadera negociación’, donde la fe permanece inquebrantable, la opción política afianza su presencia pero donde también, el análisis estratégico militar adquiere plena vigencia, dentro de un criterio político que no puede renunciar a considerar también el componente militar. De otro modo la Opinión Pública tiene todo su derecho de pensar que las AUC solo están preocupadas por la cuestión jurídica y muy poco, -o casi nada-, por la Seguridad de las poblaciones y sus economías.

¿O acaso alguien puede pensar que dejar abandonadas a su suerte a las regiones, poblaciones y economías del País que las AUC defendieron de las guerrillas y de las amenazas terroristas a cambio sólo de un marco jurídico y de promesas de seguridad puede ser el camino ‘políticamente correcto’ para una Organización política que quiere nutrirse de la confianza y la credibilidad de las poblaciones, particularmente aquellas en riesgo de ser subyugadas por el azote comunista de las FARC y el ELN?

No puede siquiera imaginarse que a la ausencia del Estado vaya a sumarse ahora la deserción de las AUC. Eso no es políticamente correcto, ni militarmente soportable, ni tampoco éticamente posible para las AUC.

Por estas cosas y otras, que aquí apenas se insinuaron, manifiestan las AUC que es ahora cuando comienza la verdadera negociación. Tal vez quieran decir realmente que ahora sí la negociación entra en sus tramos definitorios.

Paradójicamente quienes estuvieron en los prolegómenos y también en las primeras decisivas fases de la negociación, Carlos Castaño y Salvatore Mancuso, hoy ya no están en el Equipo Negociador de las AUC. A nadie le cabe duda que ambos inspiraron el paso de las AUC de la guerra a la política a través del puente del Proceso de Paz con el Gobierno nacional. O dicho de otra manera, a nadie le cabe duda que sin ellos estar al frente de la representación de las AUC el Proceso de Paz se les hace mucho más difícil de conducir al resto de comandantes quienes tienen grandes dificultades para generar en sus filas la misma disciplina.

¿Qué alcances tendrán estas ausencias en el desenlace final de las negociaciones? Desenlace que por ahora se anuncia como de imprevisible final y de inciertas consecuencias. Y no sólo por el marco legal inexistente sino tal vez, fundamentalmente, porque la opción inevitable de la política por parte de las AUC se debate aún entre las exigencias de la guerra y las de la paz, ambas a nutrirse por la concepción política sí, pero que llevan en el ‘mientras tanto’ a orillas diferentes. ¿Serán capaces las AUC sin la orientación de Carlos Castaño y Salvatore Mancuso de arribar a buen puerto?

¿Habrá partición de aguas en las Autodefensas entre unos y otros, o sabrán mantenerse todos sobre la misma nave? ¿Será el Gobierno nacional lo suficientemente amplio de miras para aceptar que el asunto que tiene entre las manos es algo inmensamente más complejo de resolver que simples ‘amenazas terroristas’? ¿Será el Congreso de la República lo suficientemente visionario como para hacer posible el desembarco de las AUC sobre las orillas promisorias de la participación política legal sin restricciones de ningún tipo? Porque si el Gobierno nacional no quiere ver y el Congreso de la República no quiere untarse de barro y llenarse de realismo el Proceso de Ralito sí puede romperse. Las AUC siempre manifestaron que el Proceso es irreversible pero jamás aseguraron que fuera irrompible. Porque una cosa es no volverse atrás y otra es romperse en el intento.

Estos interrogantes explican el nerviosismo de los ‘paras’ y vuelve urgente el pronunciamiento cada día más claro y contundente de sus máximos líderes y referentes, los que inspiraron e iniciaron el Proceso y los que hoy lo conducen. Esto obliga a encontrar fórmulas de trabajo en común entre los ya desmovilizados y los que asumen la representación formal como integrantes del Estado Mayor Negociador. También obliga a la comprensión y al esfuerzo mayor por parte del País, el Gobierno nacional y el Congreso de la República.

Así la veo yo.

Nota: A continuación la copia textual de Las dos orillas, de Pablo Asís. Rescaté este escrito desde el arcón de las viejas cosas, aprovechando la Semana Santa que aspiro cristianamente no sea solamente de Pasión y Muerte sino también de Resurrección y Salvación. Como misterio de Fe y también como metáfora de la Colombia que todos anhelamos construir y poner a salvo de cualquier violencia. Ojalá se encuentren en la lectura de este texto no sólo claves que nos ayuden a mejorar la interpretación del pasado sino también signos que nos permitan vislumbrar con más claridad y compromiso de Paz el futuro.


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11 de agosto de 2001
Las dos orillas
Por Pablo Asís

Reconocimiento de la orilla política
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"La muerte no es nada. Pero vivir vencidos y sin gloria, es morir todos los días"
Napoleón Bonaparte

Introducción

El siguiente análisis procura ser un testimonio acerca de la relación existente entre el Movimiento que nuestra Organización encarna y la conveniencia de Diálogo que tal naturaleza "movimientista" implica, en sus distintos niveles, y con cada uno de nuestros posibles interlocutores.

La atención sobre el tema surge de un doble motivo:


1. De un crecimiento espontáneo en la conciencia político-social de los miembros de la Organización que obra fundacionalmente en una comunidad originalmente reunida tras un propósito esencial de defensa personal y colectiva, reconocida principalmente como Autodefensa militar.

2. Y de una necesidad: responder a las inquietudes planteadas por las distintas personas y organizaciones que perciben, como una crisis a resolver, la ausencia de criterios rectores a la hora de conducir nuestra actividad político-social en el seno de las comunidades en las cuales desarrollamos nuestro proceso de enraizamiento, ausencia que al ser visualizada como una carencia organizacional por parte de eventuales interlocutores inhabilita, o al menos dificulta, que se nos convoque al diálogo político.

La presencia de las Autodefensas en las comunidades genera, en éstas, expectativas de tipo político-social, inexistentes antes de nuestra inserción, las cuales nos vemos obligados a canalizar y satisfacer para que la acción preventiva vaya sustituyendo la acción correctiva a la cual debimos dedicarnos en un primer momento ante la realidad del Estado indefenso, ausente y permisivo.

Nuestra Organización necesita reflexionar, muy seriamente, sobre la responsabilidad que pesa sobre nuestras espaldas y que hoy nos convoca a constituirnos como un Movimiento Nacional y Democrático, destinado a generar y conducir un proceso histórico de Afirmación de la Nación y de la Democracia cuya justificación urgente nace de la imperiosa necesidad de unirnos para derrotar la subversión armada, pero cuyo desarrollo actual y futuro permite vislumbrar una labor aún más titánica: la de fundar un nuevo Estado a partir de los límites estrechos del actual, de cuyas cenizas habrá que levantar vuelo cual Ave Fénix si es que no queremos quedar reducidos a la impotencia y a la inopia.

Debemos superar un estado inicial de puro entusiasmo e intuición, para diseñar, levantar y tender un puente que nos permita llegar hasta la otra orilla: orilla donde nos aguarda una comunidad desorientada política y socialmente. Las Autodefensas debemos constituirnos primero como comunidad organizada, de tal manera que nuestra acción contagie y vivifique el espíritu de las comunidades donde queremos insertarnos y reproducirnos creciendo a la par, ellas y nosotros, en calidad y cantidad.
El carisma originario

La primera orilla de lo que hoy son las Autodefensas consistió en el derramamiento de un carisma originario: el que nos permitió nacer de la nada, en medio del caos y de la confusión inicial; algo que imprevistamente, en algún lugar de Colombia, comienza a aparecer y desarrollarse. Los que están aquí desde los inicios, pueden recordar cómo la gente se iba incorporando a esta novedad de las Autodefensas. El acercamiento se producía en un momento histórico del País, cuando jóvenes y adultos desertaban de las guerrillas y de las fuerzas políticas tradicionales, desencantados por lo viejo, por lo ineficaz, por lo anacrónico.

El enorme poder arrollador de lo nuevo fue creando formas e ilusiones inesperadas que anidaron en las Autodefensas en busca de protección y alivio esperanzador. Cada vez que aparece una novedad, es como cuando aparece un hijo nuevo en una familia: los hermanos tienen que prepararse para recibirlo.

La experiencia originaria de la novedad militar se pudo vivir, inicialmente, con cierta ingenuidad en medio de la alegría, la primicia y su comunicación y contagio. En ese momento uno no se hace muchas preguntas, no habla de lo que hablaríamos ahora, por ejemplo. En el momento inicial simplemente hay impulsos que mueven y que compaginan alrededor de lo que está naciendo, en medio de un ambiente optimista y alegre. Esto atrae la llegada de otra gente que se va sumando sin preguntarse demasiado. La alegría atrae a los que son tocados por la varita del imán y del contagio, empujados por las circunstancias a conocer y experimentar la novedad.

Por su naturaleza, los carismas originales son comunicativos y suscitan la afinidad espiritual entre las personas, y la amistad centrada, en nuestro caso, en el deseo de derrotar al enemigo común, lo que va generando un sentir interior compartido que, a su vez, define una identidad y un propósito donde no caben ni el escepticismo ni la duda.

Esa experiencia originaria marca fuertemente la vida, el corazón y la memoria de quienes la reciben. Esto es notable en todos los principios, y el comienzo de las Autodefensas no pudo ser ajeno a esto. Porque también, en el espíritu de las organizaciones, como en la infancia, se reciben las improntas; las raíces que van a ser para siempre, como ocurre en el orden natural y psicológico.

Esta experiencia originaria, que marca fuertemente la vida, es un llamado a cambio de vida. Es también un redescubrimiento del rostro profundo de la Patria. La Patria comienza a ser mirada de manera distinta, superando los cuestionamientos propios de las malas experiencias, producto de las malas administraciones, de los malos gobiernos. Así es como en el caso de las Autodefensas comienza una misión, cuyos alcances antes se ignoraban. Uno empieza a ser misionero por compartir lo que está viviendo, la novedad, lo que descubrió. Y lo que se descubrió no es que las guerrillas le estaban haciendo un gran mal a Colombia: ese mal se conocía y se sufría y fue el motor inicial de la rebeldía frente a ellas; lo que se vino a descubrir es el grado de complicidad que con las guerrillas vinculaba a las clases políticas y sus agentes en el Estado colombiano. Si la chispa que encendió el motor fue inicialmente militar, la marcha iría enseñando poco a poco lo inevitable de la confrontación política y la necesidad del fortalecimiento económico. En la orilla inicial no cabía más que lo militar.

Para el desembarco en la otra orilla la lucha ya era por territorios distintos al militar, donde lo económico y lo político, lo productivo y lo ideológico, confluían para el tendido de un puente en el cual las solas armas de fuego no alcanzaban para acceder a la victoria final.


El puente hacia la otra orilla

El carisma originario -en nuestro caso, el militar- no genera de por sí una comunidad organizada, aunque puede generar una fuerte corriente de afinidad espiritual en la Organización, uniendo estrechamente a sus miembros, en una fase previa a la de la organización. En un momento determinado la Patria derramó el carisma militar en las Autodefensas, o sea un carisma para dedicarse a la guerra de liberación de la opresión guerrillera.

Sin embargo, es necesario un puente, un paso, un proceso que vaya desde el carisma originario a la constitución y al reconocimiento público -¿político?- de una nueva comunidad política. El don original se desarrolla, históricamente, como una virtud fundacional. No todas las organizaciones con pretensiones de constituir una comunidad política alcanzan el objetivo de ser aprobadas como tales. Para ello hay que superar determinadas pruebas las que exigen un desarrollo cualitativo del don fundacional y una multiplicidad de factores organizacionales dispuestos de tal manera sobre el escenario de la política nacional que constituyan a los ojos de los examinadores suficiente acopio de inteligencia y voluntad políticas que permitan alcanzar la meta del reconocimiento como actores políticos.

Los movimientos políticos nacen de una persona, o de un grupo pequeño de personas carismáticas guías. Se configuran en comunidades concretas, que en fuerza de su origen reivindican la acción política y reconocen en la Patria su razón de ser, ideas y territorio sin los cuales no podrían subsistir. Se trata de vivir la vida político-social de la comunidad de una manera radical, enraizándose en ella como razón de ser y de hacer principal y prioritaria.

En el proceso de apropiación de la idea política y de formación del cuerpo político, el Movimiento purifica sus principios, afina la pertenencia, la identidad de los que están agrupados bajo su manto protector. Las Autodefensas han pasado por estas etapas del proceso de constitución del ente político. En el paso de este proceso es necesario distinguir entre el puente -el conflicto- y la virtud, inicialmente militar, que permite pasar a la otra orilla, la política; entre el instrumento elegido y utilizado y el carisma fundacional.

Quienes conformamos las Autodefensas asumimos la participación en el conflicto militar colombiano como camino de vida. Esta opción por ser actores del conflicto bélico, en oposición a la subversión armada y en defensa de la libertad y la dignidad de nuestra Nación, no es sólo una opción histórica, es también una determinación profética: el triunfo de la libertad frente al totalitarismo es posible, en la medida de nuestro compromiso consecuente y vivencial. La práctica precede a la teoría pero el compromiso nutre de antemano las decisiones sobre el campo de batalla.

Ante los males endémicos de nuestra Patria que impedían la solución del conflicto y desencadenaban la guerra inevitable la idea fundacional de las Autodefensas, anterior a toda ideología y a todo proyecto político inicial, era que son necesarios odres nuevos para almacenar el vino nuevo y que durante la lucha, la misma lucha nos iba a ir indicando el camino correcto. ¿Cómo saber desde la pasividad anterior cuáles eran las fórmulas de la novedad imprescindible? La intuición y el fervor patriótico nos aconsejaron desencadenar la participación en la acción, con mucha confianza en nuestra iniciativa, con mucha perseverancia, y suficiente esperanza y paciencia en la lógica de la historia.

El compromiso asumido con nuestra conciencia y con nuestra comunidad nos movía a la entrega de lo mejor de nosotros para lo mejor de nuestra Nación, sabiendo que la entrega era costosa y los resultados inmediatos inciertos. Nos tocaba ir esperando los efectos, discerniendo las circunstancias y viendo por dónde iban los acontecimientos. Se trataba de aprender los nuevos caminos desde la fe en nuestra Causa, desde la confianza en la victoria de la Nación por sobre las fuerzas oscuras que agredían a nuestro Pueblo con su criminalidad y soberbia.

En el acontecer histórico de los comienzos, la palabra de nuestros campesinos nos dio la posibilidad de analizar bajo el prisma del sentido común y de la sabiduría popular el sentido de los pasos siguientes, descubriendo a nuestro Pueblo como nuestro Amigo fiel, en el desarrollo de la lucha. Progresábamos en lo militar, en nuestras tácticas defensivas y ofensivas, pero una pregunta nos inquietaba: ¿hasta cuándo sería necesaria la guerra?, ¿hasta cuándo lo principal sería la guerra?

Estábamos con esos interrogantes, cuando se nos ocurrió pensar en una incipiente Escuela de Conducción Política, como un modo de abrir un camino hacia algo diferente, superador de los marcos estrechos del enfrentamiento bélico. Había llegado mucha gente nueva y no estábamos preparados para absorber las nuevas preguntas; no habíamos pensado seriamente, hasta entonces, en la multiplicación de los grupos iniciales. Nosotros seguíamos, en el fondo, pensando en función de las Indias, y mientras tanto, estábamos descubriendo América. La revelación de las nuevas condiciones de lucha se nos fue haciendo de manera progresiva; el camino se nos fue apareciendo distinto en la medida en que seguíamos caminando. Es como si un carro avanza en la noche. La luz es suficiente para el camino que se tiene adelante, después todo está oscuro. Pero al llegar ahí tienes la luz para la siguiente parte del camino. La repetición de la secuencia nos fue dando la confianza que necesitábamos en cada fase y así es como hemos llegado hasta aquí, sin detenernos y sin dejar de crecer.

Fuimos tomando conciencia de que ya no éramos simplemente grupos más o menos articulados que enfrentábamos militarmente al enemigo común sino que nos estábamos transformando en un Movimiento de alcance nacional y con propósitos que superan con creces el objetivo militar inicial. Esa conciencia la fuimos incorporando más desde fuera de nosotros mismos que desde dentro, como consecuencia de las preguntas que nos comenzó a hacer la población, y también los periodistas que venían a visitarnos, nacionales pero también extranjeros. ¿Será cierto esto que manifiestan los demás sobre el poderío que hemos desarrollado? ¿Será inevitable la transformación de nuestro poder militar en poderío político? ¿Qué significado tiene lo político y de qué manera transforma los objetivos iniciales sin desvirtuarlos ni subordinarlos? Fue necesario hacernos cargo de que el conflicto, su naturaleza y sus derivaciones, habían construido un puente, un paso, más allá del cual aparecía una orilla impensable en nuestros orígenes, como culminación de un proceso histórico de entrega, de lucha, de trabajo intenso y sin descanso.


La otra orilla


Tenemos entonces el carácter inicial, el carisma original de las Autodefensas, constituido por la capacidad militar de hacerle daño al enemigo subversivo. En el desarrollo de la contienda las fuerzas que se nos fueron sumando fueron aportando lo suyo, entre ello, el ingrediente político y social que no estaba presente en lo nuestro desde un inicio. Entre todos nosotros se producía una cierta conversión hacia la novedad que descubríamos cada uno de nosotros en los otros que conocíamos al sumarse a la lucha común.

Es como si hubiese una invitación, donde alguno acude y dice "esta fiesta no me interesa", y otro dice "es como si yo hubiese nacido para esta fiesta".

Así se pone en marcha una travesía por el desierto de descubrir la invitación a la nueva identidad. Es trabajoso descubrir la invitación a la nueva identidad -en nuestro caso, el pasaje de lo sólo militar, a lo a la vez político-social-militar-; desata también el desafío de ingresar a territorios de actividad y de conocimientos hasta allí desconocidos, en medio de contradicciones, ignorancias y prejuicios que a cada uno nos pueden tocar. ¿Qué es el Movimiento, sino una gigantesca bola que rueda y rueda sin poder detenerse más que para tomar nuevo impulso?

Se trató entonces de perfilar un cierto éxodo desde las posiciones iniciales, alentando una travesía hacia lo político-social que no sin angustias y largas tertulias hemos logrado emprender en los últimos tiempos. La visión que todos tenemos es la de una tierra prometida que se abre ante nuestra mirada como fruto de nuestra lucha militar pero también, sobre todo ahora, como consecuencia deseada de una victoria política contra adversarios diferentes a los iniciales que han comenzado a ser visualizados como tales recién ahora, a la hora de constituir alianzas y proyectos comunes.

Estamos llegando al punto del camino donde, al mirar hacia atrás, podemos reconocer el significado de los hechos y de los desarrollos habidos. Identificando ahora las crisis de crecimiento que nos envolvieron, podemos tener una comprensión más adecuada de los riesgos en los que hemos incurrido así como descifrar aquellos signos de contradicción que permanecían ocultos y camuflados a favor de nuestra ignorancia de los fenómenos políticos y de su largo proceso de incubación.

En este trascender a la otra orilla del Movimiento -la político-social-, ya no como intuitivo paso sino como consciente objetivo, advertimos que todo aquello que nos precedió conforma una pre-historia tan necesaria como valiosa cuyo capital por excelencia es el desprendimiento personal y la entrega valiente y desinteresada de la vida a un fin superior: la Vida misma de la comunidad, que se confunde con la Existencia misma de la Patria.

En este momento de nuestra evolución como Organización es clave producir un encuentro enriquecedor entre el Movimiento Guerrero y el Movimiento Político con la finalidad de proseguir el avance con ropa nueva pero asentada sobre el mismo cuerpo victorioso y heroico, con los pies sobre el territorio físico y el espíritu y la mente reinando sobre el Universo de las ideas y los nobles propósitos.

El Movimiento Nacional y Democrático es un ejército civil al servicio del bien común, no al servicio de fines personales o colectivos egoístas, bajo el discernimiento de una Conducción Política colegiada y el control democrático de unas bases esclarecidas y comprometidas con su Causa. La enseñanza y la sabiduría están al servicio de la consolidación y perfeccionamiento de la victoria prosiguiendo lo que inició de manera militar y que ahora continúa en terrenos cada día más exigentes, complejos y sofisticados.

Nos esperan otras tentaciones y otros peligros, a los cuales deberemos enfrentar con el recurso del conocimiento, la valentía y la persistencia. El Norte deberá seguir siendo lo que propicia el bienestar de nuestra Nación y la felicidad de nuestro Pueblo.

El discernimiento nos muestra la tierra hacia donde dirigir nuestros pasos, los fines hacia los cuales tensar la cuerda de nuestros arcos, pero luego hay que poner en práctica los hechos consecuentes durante todo el tiempo necesario para que las acciones produzcan el fruto deseado. Es todo un proceso para llegar a la meta con los que sienten esto, con los que avanzan, con los que dejan, los que se quedan, y con los que siguen resolviendo sus problemas, su momento histórico o de crecimiento, hasta llegar.

Si nuestro Movimiento fue audaz y exitoso en el desarrollo de su carisma militar, le toca ahora ser audaz y exitoso en la puesta en marcha de su carisma político-social. De una orilla a la otra orilla hemos atravesado el puente del conflicto nacional, sin alejarnos, paradójicamente, de ninguna de ambas orillas, las cuales siguen exigiendo como el primer día lo mejor de nuestros esfuerzos y lo más sano de nuestros propósitos, en el período preciso en el que las necesidades militares no cejan y los compromisos políticos y sociales se hacen crecientes en todos los territorios de nuestra Patria, los que dominamos y los que permanecen en poder del enemigo.

Asistimos al comienzo de un nuevo tiempo de crecimiento de las Autodefensas que llamamos "nuevo tiempo de fundación", o adultez institucional del Movimiento. Es un tiempo de transición: se termina un tiempo y comienza otro. La misma fundación pero un tiempo distinto, nuevo, caracterizado por análisis distintos sobre materias novedosas, que exigen comprensión y diálogo, estudio y reflexión.

Nos corresponde estimular la relación maestros-alumnos, el diálogo Organización-Comunidad, el conocimiento Colombia-Mundo, en una dialéctica de la Palabra y la Acción que acerque la Práctica y la Teoría, el Pasado-Presente y el Presente-Futuro.

La historia de las Autodefensas nos ha sorprendido por sus resultados: es la mejor evidencia de lo que la Organización es capaz de hacer, no sólo de lo que es capaz de hacer uno. Debemos perseverar en esto de seguirle la pista al éxito, de no desmayar en la búsqueda del logro de nuestros objetivos. Más que nunca, ahora que disponemos de un Movimiento en marcha, unido en mística de trabajo y victoria.

Este período de la gestación del tiempo adulto de nuestro Movimiento, se caracterizará por el llamado al diálogo que más temprano que tarde nos hará la comunidad política nacional e internacional, a través de sus voceros más representativos y sus organizaciones rectoras.

Es el nacimiento de este tiempo adulto y políticamente maduro de las Autodefensas el que define sus coordenadas por el pasaje de lo meramente militar a lo inexorablemente unido a través de las prácticas militares, políticas, sociales y económicas, en coincidencia con el alumbrar de un nuevo siglo y de un nuevo milenio.

No sabíamos, hasta hace muy poco tiempo, cuándo íbamos a completar nuestro ciclo de fundación inicial y maduración adolescente; ahora lo sabemos al irrumpir con nuestro desarrollo organizacional en una nueva fase enriquecedora y distinta con su llamado a una nueva forma de participación de parte nuestra acorde con nuestro crecimiento y nuestros valores desarrollados en las diferentes y sucesivas etapas de nuestro accionar histórico.

Ya dijimos que entre el carisma originario que nos dio luces para enfrentar militarmente al enemigo de nuestra Patria y la constitución de un Movimiento Nacional y Democrático, de naturaleza política, se extiende un puente: el puente del conflicto colombiano, prolongado y atroz. Ese puente ha sido el lecho en el que se ha logrado estabilizar y encauzar el carisma para que pueda tener expresión institucional organizada y visible.

El puente del conflicto y la fragmentación nacional tiene dos elementos antagónicos: su realidad histórica y la necesidad de asegurar y legitimar su superación. Así como la Historia fundó el problema la misma Historia ha de fundar la solución al problema. El Movimiento Nacional y Democrático, prolongación de las Autodefensas y legitimador de sus iniciativas bélicas, es el elemento organizacional fundante que sobre los restos humeantes del puente establece los cimientos de la refundación de Colombia y de sus instituciones políticas.

Somos conscientes de nuestras limitaciones humanas como instrumento humano que somos; por eso depositamos nuestra confianza en la Democracia y sus consensos y no en nuestra falibilidad humana y los riesgos consecuentes de cualquier mesianismo providencial que pudiera derivarse de nuestra victoria militar y política.

Tal percepción de nuestras limitaciones, realizada intuitiva y espontáneamente, es un don político que nos predispone al diálogo con los demás aspirantes al juego de la democracia política nacional e internacional. Por eso no entendemos ni justificamos las demoras en convocarnos a la libre expresión de nuestro pensamiento y proyecto político en las mesas de generación de consensos, dentro y fuera de nuestro País, acerca de la solución de los graves problemas colombianos derivados de la ausencia de paz y de la prolongación de la guerra.

Subjetivamente, por evolución de nuestras ideas del conflicto al calor de la guerra y convencidos de las bondades de la democracia y de la paz, invitamos a los factores de convivencia que bregan por superar las antinomias y los prejuicios, los enconos y los odios viscerales, a deponer cualquier actitud sectaria que propicia todavía nuestra exclusión del debate para que podamos sumarnos cuanto antes al estudio y desarrollo conjunto de soluciones que favorezcan el clima de reconciliación y pacificación nacional que tanto necesita nuestro Pueblo como exige la vocación de paz, patrimonio y orgullo de la Humanidad.

La conciencia de haber llegado a la otra orilla, la de la Política con mayúsculas, es la que cierra este tiempo previo de maduración y nos proyecta mucho más cohesionados, definidos y claros como comunidad político-militar organizada en el ámbito de nuestra Patria pero trascendentes desde nuestra identidad hacia lo universal.

Hoy podríamos expresar así, el carisma del Movimiento desde su orilla original:

Nacimos con la Guerra para acabar con la Guerra, confluimos en lo Político para dignificar la Política y hacer posible la Paz.

Anunciamos entonces a Colombia y al mundo que hemos hecho pie en la otra orilla, la de la Política, y que allí nos haremos fuertes por nuestras convicciones, y grandes por nuestro espíritu de construir Patria y Comunidad, libres, dignos y en Paz.

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