julio 08, 2005

Del Congreso al Vaticano - Debe ser atendido el clamor universal por el Desarrollo y la Paz

Colombia, 25 de abril de 2005


Por Rubiño



No es gratuito que la Iglesia goce en Colombia de tan alta favorabilidad pública. Las máximas jerarquías católicas y los más modestos sacerdotes y diáconos conocen bien el terreno en el que pisan. Están muy atentos al magisterio eclesial que sabiamente se imparte desde El Vaticano. En la hora de abrir caminos de Paz la Iglesia colombiana siempre ha dicho presente. Esta actitud generosa e invariable de la Iglesia de Cristo es la contracara más visible de la opaca actuación y la oscura responsabilidad de la gran mayoría de los políticos colombianos en la prolongación del conflicto, década tras década, sin solución.

Para Paulo VI, en su histórica encíclica, Populorum Progressio, de 1967, “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. No habrá Desarrollo sin Paz, y así será utópico soñar con la Justicia.

Sin Paz, sin Desarrollo y sin Justicia jamás sabremos la Verdad –cada día habrá más mentiras- y nunca será posible la Reparación –sino que habrá más y más víctimas.

En el caos no hay Libertad, ni Memoria ni Identidad, solamente caos. En el principio sólo había caos y del principio no hemos salido los colombianos. Para deshacer el caos resulta imperioso que se desarme la Palabra y se dignifique la Política. El Desarrollo y la Paz nacerán de la Política, pero no de cualquier política.

Las Plenarias del Congreso comenzarán a tratar en los próximos días el proyecto de Justicia y Paz. Se conoce la opinión de algunos congresistas menos dispuestos a tratar el proyecto que a maltratarlo, algunos iracundos incluso aseguran que quieren hundirlo. Otros querrán someterlo a la justicia y librarlo de ‘narcomicos’. Hay quienes en un tono más light consideran que con algo de cosmética la cosa no es tan grave. En el coro no faltan agoreros y ventrílocuos, algunos bien pensantes que afortunadamente no son pocos y ciertos mal pensantes atrevidos que desafortunadamente son bastantes. Hay también quienes pretenden pasar a la historia como guerreros de la cruzada ‘antinarca’, y de la legión extranjera contra los ‘paras’ y no como pacíficos hacedores del final de la guerra y apóstoles de la reconciliación.

¿Qué encanto tienen la guerra y el terrorismo que tantos que no los conocen sino de haberlos visto en el cine o en la televisión se empeñan en perpetuarlos? ¿Será qué prefieren a guerrilleros, ‘paras’ y ‘narcos’ en el monte, unos contando muertos propios y ajenos, y otros además contando y repartiendo billete ilegal, en vez de recibirlos a todos estos –ex guerrilleros, ex ‘paras’ y ex ‘narcos’- en la civilidad democrática y la economía lícita, votando y siendo elegidos, y además pagando impuestos, que es la forma democrática de repartir en bienestar los frutos de la economía? ¿Será que son tan poderosos los congresistas que quieren perpetuar la guerra y volver cotidianas las amenazas terroristas, y están tan faltos de argumentos y don de persuasión quienes aspiran a vivir en paz? ¿Será que más de cuarenta millones de colombianos estamos equivocados y un puñado de congresistas pretende imponernos su dictadura de pupitre anteponiendo sus intereses farisaicos a los intereses legítimos de todo el País?

Mientras los congresistas, en el interior de sus conciencias, meditan tironeados por los conflictos de lealtades que el proyecto de Justicia y Paz les presenta, prestemos atención a lo que escribió Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, hace poco más de un año en el Avvenire, prestigioso periódico italiano.

“1989 marcó el sorprendente derrumbe de los regímenes socialistas de Europa, que dejaron tras de sí una triste secuela de tierras y de almas destruidas. Quien pensó que la hora del mensaje cristiano había nuevamente sonado comprobó que ello era una ilusión: si bien el número de cristianos creyentes en el mundo no sea modesto, en este momento histórico el cristianismo no consiguió distinguirse como una alternativa de la época. La doctrina 'de salvación' marxista, en sustancia, había nacido, en sus numerosas versiones, variadamente instrumentadas, como la única visión científica del mundo provista de motivación ética y ajustada al acompañamiento de la humanidad en el futuro. De ahí su difícil despedida aun después del trauma de 1989.

“Baste pensar cuán contenida ha sido la discusión sobre los horrores de los gulag comunistas y cuánta falta de oídos se prestó a la voz de Solzenitsyn, de todo esto no se habla. Al imponer el silencio hay una suerte de pudor. Hasta el sanguinario régimen de Pol Pot se menciona ocasionalmente, de pasada. Pero ha quedado el desengaño junto a una profunda confusión. Nadie cree hoy más en las grandes promesas morales. Y precisamente en estos términos había sido entendido el marxismo: una corriente que auspiciaba justicia para todos, el advenimiento de la paz, la abolición de las injustificadas relaciones de predominio del hombre sobre el hombre. Para estos nobles propósitos se pensó en tener que renunciar a los principios éticos y poder utilizar el terror como instrumento del bien. Desde que afloraron sobre superficie, visibles a todos, las ruindades de la humanidad producidas por esta idea, la gente prefiere refugiarse en el pragmatismo o profesar públicamente el desprecio por la ética.

“Un trágico ejemplo es el de Colombia, donde con la bandera del marxismo se emprendió una lucha por la liberación de los pequeños agricultores, sofocados por los grandes capitalistas. En su lugar hoy ha quedado una república de rebeldes sustraídos al poder estatal, que vive abiertamente del tráfico ilícito de drogas y no busca para esto justificaciones morales, sobre todo porque, satisfaciendo la demanda de los países ricos, consigue quitarle el hambre a un pueblo que de otro modo encontraría fatigoso encontrar su lugar en el orden económico mundial.”

En tan pocas y escogidas palabras está pintado todo el drama colombiano, visto con los ojos de un europeo, pero no de cualquier europeo. Quien escribió lo anterior hoy es el Papa Benedicto XVI, el sucesor de Pedro, y de Juan Pablo II. Esta visión del Papa, no lo dudemos, forma parte del acervo probatorio donde constan abreviados la génesis y el desarrollo complejo del conflicto armado interno colombiano, y es sobre esta visión que cabe construir la solución política negociada a la cual la Iglesia de Roma nos invitará más temprano que tarde con la discreta y hábil diplomacia de quien sabe que su Reino no es de este mundo, y por lo tanto está en condiciones ideales de ponerse por encima del bien y del mal terrenales.

La insensibilidad de los grandes capitalistas, las banderas del marxismo privadas de justificaciones morales, los agobios de los pequeños agricultores, el poder estatal que no cubre el territorio, el hambre del pueblo, la demanda de los países ricos inyectándole miles de millones dólares al tráfico ilícito de drogas, la fatiga y la soledad de Colombia para encontrar un lugar en el orden económico mundial, una ‘república’ de rebeldes: he aquí los ingredientes del problema. ¡Tamaño problema!

A miles de kilómetros de distancia un hombre sabio, probablemente con el correr de los años un hombre santo, describe con enorme poder de síntesis el cuadro del horror que vive Colombia. El mismo cuadro de horror en el que el Gobierno nacional, el Congreso, las Cortes, toda la institucionalidad constitucional deben intervenir armoniosamente conectados entre sí, porque asistimos a una injusticia social descomunal, principalmente hacia los más desamparados y pobres de Colombia, que clama al Cielo.

El proyecto de Justicia y Paz ha de servir para acallar el fuego de los fusiles o no servirá para nada y merecerá ser hundido. Aunque siempre será mejor el barco andando –o amarrado al muelle, en reparaciones- que uno hundido. Yo no seré de los que se alegren del hundimiento, pasajero del barco como soy, solidario con quienes navegan sobre él – y con quienes aguardan en el puerto de la Paz. No me resultan para nada indiferentes sus angustias ni creo que sea de buen político el ignorarlas, o pisar sobre ellas como si tal cosa.

Se equivocan de cabo a rabo quienes piensan que se está legislando para los ‘paras’. Se está legislando también para los ‘paras’, como no podía ser de otra manera, pero no dejemos por fuera a las Farc –tan ‘revolucionarias’ y tan ‘políticas’ hoy atacando y aterrorizando pueblos desarmados como Toribío- ni al ELN –tan ‘revolucionario’ y tan ‘político’, siempre tan post-conciliar por supuesto, en estos días secuestrando y aterrorizando colombianos y colombianas indefensos. Habrá que legislar también para que los ‘narcos’ se sienten a manteles invitados a la Mesa de la Paz colombiana. Si es en esta Ley de Justicia y Paz tanto mejor, porque entonces acudirían no solo los prestatarios sino también los mercaderes y los banqueros de la guerra y estaríamos ganando un precioso tiempo. Si es en otra Ley esa Ley no debiera demorar miles y miles de víctimas más para ser aprobada, ni miles y miles de millones de dólares más volcados a la economía negra en corrupción y muerte -sin generar inversiones lícitas, ni riqueza bien habida ni empleos, ni mucho menos pagando los impuestos.

Curiosamente el Papa no menciona en su dantesco cuadro de Colombia a los ‘paras’, y no se equivoca en la omisión: Él, en su sabiduría, le apunta los dardos a las causas del problema, no a sus consecuencias. Sin Estado débil, sin capitalistas voraces e insensibles, sin guerrillas enceguecidas por los desvaríos mentales del marxismo, sin los ilimitados dineros de los ricos del mundo generando demanda de drogas ilícitas, jamás hubieran existido las AUC. Y sus comandantes nunca hubieran sido comandantes, sino ciudadanos comunes y corrientes. No estarían hoy en Ralito ni en el monte de Colombia, sino en sus hogares –como ellos siempre lo han querido y como debe ser- junto a sus familiares y demás seres queridos.

Desmontar el ‘paramilitarismo’ es una tarea que les compete a las AUC en lo que les toca, y ya desmovilizados. Desmontar el ‘paramilitarismo’ solo será posible si son los mismos ‘paras’ quienes desarmados, en la legalidad, y dotados de todos sus derechos políticos marcan inevitablemente su diferenciación humana y política de todos aquellos que hoy, protegidos por las sombras y las tinieblas del conflicto armado, se benefician del no pago de sus cuentas a la Justicia y a la Política, precisamente porque todas las facturas que pasan los Petro, que pasan las Piedades, que pasan los politólogos, que pasan los editorialistas, en vez de ser dirigidas a los verdaderos destinatarios siguen llegando al buzón de las AUC. Tamaña insistencia nos mueve a pensar que equivocarse en la dirección y el sujeto a denunciar ante los medios, al momento de denunciar, no sea tanto un error involuntario del ‘denunciante’ sino más bien bellaquería y desinformación politiqueras de quien hace la ‘denuncia’ con propósitos inconfesables, multiplicados por el amarillismo mediático.

Las AUC serán las primeras beneficiadas por la Verdad de la ley en la medida en que sea universal- también por eso están en Ralito y ahí se quedarán- dispuestas a contar y defender su Verdad, y evitar así seguir acumulando cuentas y más cuentas, e intereses sobre intereses, acerca de parrandas ajenas, sin comerlas ni beberlas, de los cuales ni fueron ni son arte ni parte. Son los pescadores en aguas revueltas quienes quieren abortar las negociaciones de paz con las AUC para que la confusión continúe y el Pueblo nunca sepa la Verdad de quienes son los verdaderos culpables del luto y la miseria nacional.

Las AUC están dando finalmente el salto a la vida civil y política, y lo harán convencidas de que con su aporte la democracia será más Democracia, y el drama colombiano será mejor comprendido en el mundo. Para que el cuadro de horror que pinta Benedicto XVI sea debidamente completado y enriquecido con la Voz auténtica del Pueblo colombiano, en la que también se exprese desarmada la voz de las ex AUC.

23 de millones de colombianos y colombianas por debajo de la línea de pobreza y 7,5 millones en la indigencia no pueden seguir en las mismas. Su clamor de dignidad humana por el Desarrollo y la Paz debe llegar al Congreso de la República y también al Vicario de Cristo.

Así la veo yo.

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