julio 28, 2005

FARC y ELN: de la ‘Revolución que no fue’ a la ‘Contrarrevolución en marcha’

‘Marulanda’ y Mancuso, ¿cara a cara?
Colombia, 28 de julio de 2005


Así la veo yo



Resulta paradójico, pero no carece de lógica política, el presente contrarrevolucionario de las FARC y el ELN. Sin embargo, esto no es irreversible ni asunto concluido. Ni la dialéctica comenzó y terminó con Marx ni el bienestar de las comunidades está subordinado a la aplicación de las tesis comunistas. Tampoco la economía se agota en el crudo capitalismo, así como la política no se somete a las armas. La realidad del mundo es el cambio, no el dogma. Lo que transforma a los pueblos y los engrandece no es la retórica sino los hechos.

Las FARC están empeñadas en armarse hasta los dientes, visto que, no han sido suficientes más de cuarenta años de existencia para gozar de un acumulado de poder político y disfrutar de prestigio entre las masas trabajadoras, proporcional al tiempo, la violencia y los narcodólares invertidos en fomentar el conflicto armado y desatar –y concretar- todo tipo de amenazas terroristas. Es sabido que con las armas –y sin apoyo popular- es más sencillo producir una contrarrevolución que una revolución. No es extraño, entonces, que las FARC manifiesten a través de ‘Reyes’ haber abandonado sus ideas revolucionarias y estar dispuestas a alianzas programáticas con sectores de izquierda democrática, liberales o no, incluso conservadores, cuya única propuesta clara es la de querer impedirle a Uribe la posibilidad de su reelección. De lo que se trata para las FARC no sería ya de alcanzar el poder –como soñaban incluso hasta El Caguán- sino de impedir la revolución democrática impulsada por el presidente Uribe y celebrada hoy, tras tres años de ejercicio del poder, por no menos del 70 por ciento de los colombianos.

El ELN, por su parte, está a años luz de permitirse las condiciones autónomas de armarse hasta los dientes y de ejercer por sí mismo más presión que la del secuestro y la extorsión, por lo que se empeña en producir comunicados que bien podrían ser escritos en las oficinas de redacción de cierta prensa capitalina, por su prosa rebosante de socialdemocracia bogotana tipo zona T, cultivada lejos del monte y del pueblo trabajador, y plagada -¿o plagiada?- por los epítetos antiuribistas tan de moda en los círculos del poder mediático burgués, envidioso del capital político del Presidente y temeroso de hasta dónde ha de llegar el poder transformador del Polo de la Libertad en el segundo mandato de Uribe –Corte Constitucional mediante .

El pueblo colombiano ha tomado nota que –al menos en el corto plazo- de las FARC y el ELN no cabe esperar otra cosa que más de lo mismo en términos de retórica y balas. Lo único nuevo –estratégicamente hablando- es su paso a la contrarrevolución armada, visto que la Revolución comunista le quedó demasiado grande, y la Revolución democrática sigue siendo incomprensible y lejana para su dogmatismo.

El discurso antiuribista de las FARC y del ELN está alentado de hecho por la prédica antiuribista de quienes desde la izquierda democrática y el populismo liberal y pastranista esperan del militarismo guerrillero las acciones terroristas y el rédito político que llevaría aguas para sus molinos electorales si logran hacer fracasar la política de seguridad democrática, o al menos ponerla en entredicho. No es que se predique expresamente que las FARC y el ELN sigan asesinando y secuestrando –ni más faltaría- pero sí se trata de sentarse a esperar –mientras siguen muriendo y secuestrando colombianos- que el Gobierno de Uribe fracase allí donde más daño le haga al presidente candidato. Y no puede fracasar Uribe -en materia de seguridad democrática- a menos que las FARC y el ELN lo pongan en jaque asesinando y secuestrando colombianos, de tal manera que esas calamidades sean susceptibles de ser explotadas políticamente por los opositores de Uribe. Tamaña alianza macabra culmina de manera siniestra, tanto en las falacias de Petro-Piedad como en la incontinencia verbal de Serpa-Gaviria: si el antiuribismo tiene éxito, los mismos que le dan alas desde las sombras a los desbordes de las FARC y el ELN, en su propósito de derrotar a Uribe, manifiestan que con ellos gobernando en Colombia, sí será posible para las FARC y el ELN un proceso de paz a la medida de sus intereses, ya no ‘revolucionarios’ sino ‘contrarrevolucionarios’ para destruir todo aquello que Álvaro Uribe ha puesto en marcha.

Mientras el frente opositor a Uribe espera, por un lado, de las FARC y del ELN, que por nada del mundo inicien negociaciones serias de paz con este Gobierno, por otro lado se espera también –en estos círculos antiuribistas- que el proceso de paz con las AUC fracase, o al menos, no resulte un éxito total. En estos años de Ralito no le han dejado de llegar a los comandantes de las AUC sugerencias de romper el proceso y continuar las hostilidades, así como no han sido pocos los intentos de cerrarle a la negociación toda posibilidad de acceder a un marco legal. Por un lado y por otro, tirios y troyanos, se empeñaron durante los últimos tres años en que las AUC no avanzaran exitosamente en su compromiso con Colombia de relegitimar la Democracia y permitir el regreso del Estado social de derecho a las diversas regiones de influencia AUC, reintegrando el monopolio del uso de la fuerza en manos del Estado.

Las AUC comparten la angustia de las comunidades frente a la contraofensiva anunciada que preparan las FARC y el ELN en lo que fueron las zonas de influencia AUC. Sin embargo, el regreso al uso de las armas es un imposible categórico para las AUC, en el marco de la negociación política en curso que todavía no está cerrada, ni lo estará, hasta que el ciento por ciento del aparato militar esté desmontado junto a la totalidad de las estructuras ilegales. En este sentido, quienes especulan con que tal o cual comandante no acepte finalmente desmovilizarse, o que tal o cual comandante decida retomar las armas, se equivocan de medio a medio, ya que debieran suceder situaciones gravísimas que pongan en riesgo el normal curso democrático, tal como un magnicidio o un ‘terremoto político’, para que el proceso de paz con las AUC se reviente y salte por los aires. Por el contrario, lo único que podrán lograr como efecto las FARC y el ELN, si deciden escalar sus acciones militares contra el Estado y sus actos terroristas contra la población civil, es el crecimiento político –aún más acelerado que el actual- en las filas renovadoras de las nuevas corrientes políticas afines con la visión política de los ex comandantes de las AUC, lo cual, precisamente, alejaría aún más la ya remotísima posibilidad de un rearme de las AUC en la ilegalidad. ¿Qué sentido tiene para las AUC regresar a la ilegalidad cuando se cuenta con el favor popular y existen votos suficientes para hacer carrera dentro de la democracia y sus instituciones?

Las FARC y el ELN no quieren admitir la derrota estratégica de su proyecto militar y por eso no callan sus fusiles ni cesan sus acciones terroristas. Faltos de una estrategia ganadora, abusan de las tácticas y las marrullerías. Tampoco quieren las cúpulas guerrilleras admitir su fracaso político y por eso no se sientan a negociar, conscientes que dentro del sistema democrático no caben negociaciones de paz que vayan más allá de su reincorporación a la vida civil, un cierto margen de favorabilidad política y alguna que otra condescendencia con las penas que se les apliquen por sus delitos atroces y de lesa humanidad. ¿A qué más pueden aspirar los máximos comandantes de las FARC y del ELN en estos tiempos de nuevos estándares internacionales de justicia, con requisitos no solo de justicia, sino también de verdad y reparación a las víctimas?

Si la izquierda democrática y los populismos liberales y pastranistas, en sus distintas vertientes, antepusieran la Paz de Colombia por encima de sus intereses políticos de coyuntura electoral, y le echaran más cabeza a persuadir a FARC y ELN del enorme embrollo en el que están metidos – y que todos los días se les complica un poco más, nacional e internacionalmente- en cambio de escupir hacia el cielo –o hacia el monte- con sus discursos en el Congreso, o uno que otro editorial en la Prensa bogotana, acerca del verbo y la literatura que deben incorporar las FARC y el ELN, con tal de encender un clima antiuribista en el País, otro sería el porvenir inmediato de Colombia.

En pocas palabras: para ambientar las condiciones que hagan posible la Paz en Colombia –o lo que es lo mismo: la desmovilización de las FARC y el ELN, ahora que las AUC están saliendo de la guerra- cada día que pasa creo más en lo que puedan hacer, en favor de los colombianos, los diálogos directos entre los comandantes guerrilleros y los ex comandantes de las AUC.

Porque si de los Petro, de las Piedades, o de los Serpa, e incluso de los Gaviria –Carlos y César- se esperan gestos de grandeza en defensa de la democracia y de disuasión concertada de la violencia de las FARC y el ELN a favor de la Paz de Colombia, la espera puede ser larga y finalmente infructuosa. Porque estos políticos y unos cuantos más como ellos supeditan la Paz a la Política. Y por ahí no es la cosa. Y es allí donde se equivocan los Petro y compañía. Lo que se les puede comprender y hasta perdonar a las FARC y al ELN –al fin de cuentas su opción ha sido por la revolución armada y la destrucción del Estado- resulta incomprensible y de alguna manera imperdonable en ciertos congresistas que se consideran ‘padres de la patria’, o en ex altos funcionarios del Estado y hasta en ex presidentes.

Creo más, en términos de Paz para Colombia, en el encuentro cara a cara entre ‘guerrillos’ y ex ‘paras’, de cara al País y al Mundo, que en los papeles cifrados que circulan entre el antiuribismo de algunas campañas electorales en marcha y las montañas de Colombia.

El Gobierno nacional ha modificado sustancialmente en estos últimos días su estrategia frente a las organizaciones armadas ilegales. Esta es la primera evidencia positiva que produce en la práctica gubernamental la aprobación de la ley de Justicia y Paz.

Teniendo a disposición el nuevo marco legal ha llegado la hora de su estreno con las FARC y el ELN y los diferentes grupos de Autodefensas que no integran las AUC. Esto le da al Gobierno nacional elementos concretos con los cuales iniciar acercamientos con quienes hasta hoy permanecieron por fuera del llamado a la paz del presidente Uribe. Esto no significa que el Estado no seguirá confrontando militarmente a todos los alzados en armas por fuera de la ley. Esa es su obligación constitucional y no otra cosa puede esperarse de un Estado que se respete y defienda a sus ciudadanos de los violentos.

Pero también los colombianos tienen derecho de esperar de su Gobierno, así como de guerrilleros y autodefensas, que no dejen de explorarse y construirse todos los caminos de paz que se conciban no como estrategias de guerra sino como hechos contundentes nacidos de la voluntad de paz.

Por eso insisto, ya no es descabellado pensar en la utilidad nacional de un encuentro entre ‘Marulanda’ y Mancuso, ni suena inverosímil que el presidente Uribe asista como invitado especial a la Convención Nacional del ELN.

Lo que suena descabellado, e inverosímil, es que haya quienes, dentro de la izquierda democrática, liberal o no, o quienes rondando a los viudos del poder pastranista, sigan pensando en enredar y manipular a las FARC y al ELN en sus estrategias de campaña electoral, como si los ciudadanos no distinguiéramos entre el bien y el mal, y el Estado, los Gobiernos y las clases políticas no aprendiesen finalmente de sus propios errores.

Ni Colombia está condenada por el Destino a la guerra permanente, ni las FARC y el ELN tienen porqué ser fatalmente cómplices de la contrarrevolución en marcha.


Así la veo yo.

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