julio 25, 2005

Hay que darle duro a las AUC - En algo coinciden las FARC, el ELN, la izquierda, el populismo, y el ‘uribismo’

Colombia, 14 de junio de 2005

Por Rubiño


Cuando inició el proceso de Ralito los interrogantes giraban alrededor de las razones que tendrían las AUC, exitosas en lo militar y en lo económico, para negociar políticamente su desmovilización mientras las FARC y el ELN seguían en lo suyo.

Las AUC fueron claras en la expresión de sus voceros cuando respondieron que hasta donde llegaron militarmente en 2002 hasta allí llegaron y que la ofensiva final contra las guerrillas debía ganarla el Estado materializando la voluntad política de los colombianos de acabar con las guerrillas, manifestada ese mismo año en las urnas a favor del candidato antítesis de las FARC y el ELN, el presidente Uribe. Existiendo Estado, ciudadanía y Presidente con disposición de darles el puntillazo final a las guerrillas las AUC comenzaban a sobrar.

Las AUC también hicieron mención, entonces, a que su ingreso en la guerra no había dependido solamente de la existencia de las guerrillas sino fundamentalmente de la falta de voluntad y acciones políticas y militares del Estado para defender a los ciudadanos del terrorismo guerrillero.

Las respuestas de los máximos líderes de las AUC hicieron énfasis en que se sentían fuertes militarmente, sólidos en su logística de apoyo y con gran respaldo de las poblaciones que eran protegidas por la presencia de Autodefensas en territorios que el Estado nunca había ocupado, o que había abandonado y que las guerrillas habían usurpado. Sin embargo, también mencionaron que la ilegalidad de su accionar militar y sus fuentes de financiamiento tenían insoportables costos políticos, jurídicos y económicos, nacionales e internacionales, que las AUC ya no estaban en condiciones de solventar, y que tampoco era bueno para Colombia que Autodefensas con razones tan poderosas siguieran existiendo en la ilegalidad. Es decir, si las AUC seguían creciendo en la ilegalidad y el Estado empequeñeciéndose, lo que había nacido para ser un remedio coyuntural terminaría siendo una enfermedad terminal. Precisamente los que las FARC y el ELN anhelaron siempre.

Cuando los interrogantes iniciales quedaron satisfechos, las preguntas comenzaron a girar alrededor de temas tales como la verdad, la impunidad y la reparación, privilegiándose –por primera vez en Colombia- esos aspectos, ciertamente relevantes, por sobre los fundamentales de paz, perdón y reconciliación –temas igualmente o aún más relevantes que aquellos. Estos aspectos de verdad, impunidad y reparación habían sido soslayados en todos los procesos de paz anteriores con guerrilleros al borde del colapso militar, e incluso no habían sido mencionados en absoluto durante los años que duró la fallida experiencia del Caguán entre Pastrana y las FARC. La presión política nacional e internacional sobre el castigo y la cero impunidad para quienes quisieran desmovilizarse, no demoró en volcarse al campo mediático, y volvió eminentemente judicial y amarillista un asunto como el de la desmovilización de las AUC cuyas raíces profundas y sus implicancias prácticas eran fundamentalmente de seguridad, sociales, políticas y militares.

Las AUC se mostraron dispuestas a pagar penas alternativas en colonias agrícolas, a ensayar formas de reparación social y a colaborar en la mayor claridad posible y necesaria sobre las razones y los métodos de la guerra en Colombia por más de cuarenta años entre guerrillas, Estado y autodefensas, en un fuego cruzado que hizo sus mayores víctimas entre la población civil, en el contexto de una guerra irregular donde por las tácticas insurgentes utilizadas por las guerrillas resultaba imposible no afectar, en mayor o menor medida, a la población civil, cualquiera fuese la estrategia contrainsurgente adoptada, fuese esta privada o estatal. Lo que hace peligroso al alacrán –en este caso la guerra irregular- no es la buena voluntad del alacrán sino su naturaleza, como nos ilustra el humor popular.

Pese a los esfuerzos realizados por los comandantes de las AUC, para acercar respuestas a los interrogantes planteados por las negociaciones de Paz, en los medios periodísticos y en las clases políticas siguen existiendo densos bancos de incomprensión y críticas feroces, que lejos de perder fuerza han permanecido en puntos altos de ebullición, y vuelven a agitarse cada vez que un comandante de las AUC abre la boca, o se pronuncian los EEUU, o la Fiscalía, o Frühling, Petro o Vivanco.

Por eso hoy aquí vamos a intentar el ejercicio –nada sencillo- de responder la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las razones por las que la actitud pacifista y dialoguista, conciliadora y negociadora, de las AUC, no consigue producir efectos de simpatía y reconocimiento de parte de importantes núcleos políticos y caracterizados e influyentes medios de prensa? Demás está decir que esta oposición de los gremios político y periodístico a las AUC, se trasladó al cuestionamiento de la Mesa de Ralito, y con mayor razón se reproduce en el exterior, donde las AUC no han desarrollado ningún tipo de ambientación sociológica, histórica y política de su proceso de paz, y pululan las explicaciones frívolas e insustanciales de los burócratas de las Naciones Unidas, o de diplomáticos extranjeros afines con las ONG decididamente inclinadas en favor de las FARC y del ELN.

Comencemos por el modo en que la desmovilización y politización de las AUC afecta los intereses políticos y el discurso de las FARC, del ELN y de buena parte de la izquierda democrática, incluyendo a estos efectos el Partido Comunista Colombiano, Alternativa Democrática, el PDI y la izquierda liberal. Y, por consiguiente, cómo afecta también el discurso sesgado de sus socios multiplicadores extranjeros de opinión, particularmente en Europa la socialdemocracia y la extrema izquierda. Seguidamente veremos en qué modo las iniciativas negociadoras y políticas de las Autodefensas afectan al populismo colombiano en sus variantes de ‘oficialismo liberal’ y de lo que ha dado en llamarse el ‘pastranismo’ conservador. Finalmente pasaremos revista a la manera en que la metamorfosis de las AUC afecta políticamente a los sectores genéricamente calificados como ‘uribistas’, particularmente los que están más preocupados por sus curules, alcaldías y gobernaciones que por el florecimiento en Colombia de un Polo de la Libertad que actúe como contrapeso del desbalance actual en favor de la izquierda y el populismo.


1. Ultraizquierda, extrema izquierda e izquierda (incluida la izquierda liberal): El discurso de izquierda (en cualquiera de sus gamas), en Colombia, está edificado sobre dos pilares: a) la necesidad de construir niveles de igualdad crecientes, que alejen a Colombia de ser considerada una de las sociedades latinoamericanas con mayor grado de desigualdad en la distribución del ingreso, e injusticia social; b) el rol determinante que cumple el Estado en la función ‘igualadora’ por lo que destruir el Estado que conocemos, infiltrarlo, ‘clientelizarlo’ y en definitiva volverlo un botín político –según el matiz de izquierda de cada agrupación- pasa a ser prioridad de acción número uno. Quedémonos en esto porque a los efectos de esta nota es lo que importa. Desde esta perspectiva las AUC son vistas algo así como el ‘demonio’ ya que se considera, a las AUC, enemigas del cambio social, defensoras del estatus quo, de la desigualdad social, insensibles a las necesidades populares y finalmente dispuestas a apelar a los métodos más descalificadores e inhumanos con tal que la izquierda no se afiance políticamente en Colombia. Vistas así las AUC, todo lo que haga daño a las AUC bienvenido sea, la muerte, la cárcel, el escarnio, la estigmatización, la calumnia, la desinformación. Nada bueno puede esperarse de las AUC, y aun cuando hacen el bien están haciendo el mal. Todo lo que viene de las AUC no puede sino ser malo, y debe ser combatido, perseguido, anatematizado a como dé lugar. Este tipo de visión sobre las AUC va paralelo con un discurso social que ve con simpatía la supuesta rebeldía y romanticismo de las guerrillas, y aun cuando las guerrillas hacen mal están haciendo el bien, porque en definitiva su lucha –dicen desde la izquierda- es para que en Colombia no exista la injusticia social, y eso termina justificándolo todo, desde los asesinatos, los secuestros, la voladura de infraestructura, el ataque a pueblos indefensos, y los indultos, las amnistías y las críticas benévolas. Este discurso de izquierda crítico del capital privado como generador de riqueza y del Estado como factor de orden y autoridad, cuya prédica legitimadora de la violencia, siempre que venga desde la izquierda, la vuelve consciente o inconscientemente sostenedora de un fundamentalismo laico al estilo del ‘clericalismo’ de otrora pero esta vez marxista, castrista, maoísta, ‘chavista’, e incluso ‘binladinista’. Finalmente, todo lo que esté en contra del capitalismo como sistema económico y de los EEUU como ‘imperio a vencer’, se vuelve bueno, y todo lo que defienda la iniciativa privada y reconozca el liderazgo de los EEUU es calificado de neoliberal, fascista y autoritario. A este discurso de izquierda la existencia de las AUC -en la ilegalidad de la lucha armada- le resulta funcional y le produce réditos políticos, porque lo presentan como ‘paramilitarismo’, es decir le quitan el componente sustancial de pueblo que se arma y se defiende de la agresión guerrillera, y le superponen el supuesto paralelismo de las AUC con el aparato represivo legal del Estado. Entonces, lo que es en esencia un mecanismo defensivo privado de la sociedad agredida por las guerrillas, el discurso de izquierda lo convierte en una perversidad del Estado propiciando la guerra sucia contra Robin Hood. Aquí hay dos puntos por destacar: 1) Por un lado, las AUC no son presentadas en el discurso de izquierda como surgidas del pueblo para defender al pueblo, sino como un instrumento del Estado auspiciado por el Estado para defender al Estado de sus enemigos. A este discurso original se le adicionó más tarde otro que hoy figura combinado –contradictoriamente- con el primitivo: las autodefensas solo se defienden a sí mismas, es decir defienden sus intereses legales (en el caso de los terratenientes) o sus intereses ilegales (en el caso de los narcotraficantes). 2) Por otro lado, las AUC no representan en el discurso de izquierda ningún elemento político, sino que son encasilladas como fuerzas exclusivamente dedicadas a la lucha militar antiguerrillera –y, en general, contra toda manifestación de protesta social-, con el agregado que solamente buscan el enriquecimiento personal o del grupo en un proceso acelerado y desbordado de acumulación capitalista, sea mediante la propiedad de la tierra al modo latifundista, sea mediante el lavado de activos provenientes del narcotráfico en distintas actividades lícitas de la economía nacional. Esta visión interesada y sesgada de la izquierda sobre el fenómeno de las Autodefensas no solo deforma notablemente la perspectiva realista de las cosas sino que además produce un efecto de auto-legitimación de las guerrillas y de la izquierda en general fundada ya no en la existencia de la pobreza y la miseria –que la misma acción predadora de las guerrillas y las recetas económicas de la izquierda- tienden a perpetuar, sino en que le dan tamaña vuelta a la realidad de la historia, que según piensan en la izquierda colombiana las guerrillas existen en Colombia por la presencia del fenómeno ‘paramilitar’ y por autoritarismo del Estado que les impiden –ambos- su expresión política desarmada y pacífica. A esto hemos llegado tras décadas de conflicto, y tras décadas de manipulación de la información y la interpretación de la realidad política colombiana y de su conflicto armado.

Obviamente, si ahora resulta que las AUC se quieren desmovilizar y hacer política en la legalidad, la columna central del discurso izquierdista –particularmente el de las guerrillas y de los sectores más afines con ellas- se comienza a desmoronar y la ventaja militar que obtienen las FARC y el ELN frente a la salida del escenario de la Autodefensa armada, se ve opacada y neutralizada, y aun más superada negativamente para las guerrillas, si las AUC ‘se dan la pela’ de volcar todo su acumulado de experiencia y validación social en las zonas de conflicto para colaborar política y socialmente en el fortalecimiento de la presencia estatal en las zonas antes abandonadas a su suerte, siendo factores de reinstitucionalización estatal como actores políticos representativos de amplios sectores de la sociedad colombiana, preferentemente en las zonas rurales, pero con influencia creciente en los grandes centros urbanos donde el conflicto terminó llegando como retaguardia de sus actores ilegales y como lugares de concentración de desplazados, desmovilizados y perjudicados varios de las hostilidades prolongadas.

Desde esta perspectiva a las FARC y al ELN les conviene un millón de veces más la AUC ilegal y armada que la AUC legal, desarmada y participando en política. Porque el significado profundo de las AUC haciendo política y obteniendo reconocimiento popular es que la población para salir de sus angustias y sus necesidades –el estatus quo insoportable e inmerecido- encuentra una vía diferente a la propuesta por las guerrillas. Así como la Autodefensa ilegal le quitó durante años al Estado el monopolio de la fuerza en la defensa de las poblaciones, la economía y la democracia, la AUC política, legalizada y desarmada, se propone quitarle a las guerrillas, pero también a la izquierda en general, -y por supuesto, también a los populistas estilo Serpa o Pastrana- el ‘cuentico’ manipulador del tema social, haciendo añicos aquel concepto perimido de que para salir de su crisis y su desigualdad social Colombia está condenada a padecer el monopolio de la izquierda –o del populismo en sus distintos matices- sobre cuáles son los mejores caminos y las mejores soluciones para salir de la postración nacional.

En lo anterior está el quid de la cuestión respecto de la izquierda y su animadversión frente a las AUC. Aunque disfracen eso con la hipocresía de su preocupación por las víctimas de las Autodefensas durante el conflicto, o se rasguen las vestiduras con la cuestión de la impunidad, y pretendan revivir la misma Inquisición y sus tribunales especiales para arrancar de las AUC cualquier verdad que las auto-incrimine, des-incriminando de paso a las guerrillas.

2. Populismo del ‘oficialismo liberal’ y del ‘pastranismo’ conservador: A los hijos y los nietos del Frente Nacional no les cabe en la cabeza que en Colombia crezcan fuerzas democráticas nuevas con aceptación social, ni por los lados del Polo Democrático, ni por los lados de lo que hemos llamado el Polo de la Libertad. Tales populismos oficialistas y seudo-opositores de turno, liberales, conservadores o auto rotulados como independientes, finalmente reaccionarios de todo lo que signifique volver más inclusivo, representativo y participativo, el sistema democrático colombiano, consideran la política como un feudo inexpugnable que les pertenece por ‘linaje’, por ‘dinastía, o porque así fue siempre y no tiene porqué cambiar. Estas fuerzas políticas, a diferencia de la izquierda, tienen sobre las AUC una posición ambigua. Son funcionales a sus intereses políticos y económicos las Autodefensas en el monte, ilegales, criminalizadas, pero de últimas –y muy a pesar de las mismas AUC- defendiendo también los intereses políticos y económicos del populismo ‘liberal oficialista’ o ‘pastranista’, amenazados ambos por el terrorismo de las FARC y el ELN y sus prácticas extorsionistas, secuestradoras y de enfrentamiento antiestatal, amén de competidoras solapadas y a veces no tanto en vastos escenarios del territorio nacional donde cada vez le resulta más difícil a los caciques históricos imponer sus hegemonías y sus dictados. Puede que hoy las guerrillas estén replegadas estratégicamente pero cuando la desmovilización de las AUC se concrete el ‘populismo’ al que hacemos referencia se verá ante un doble problema: por un lado las guerrillas volverán a hacerse sentir donde hasta hoy las AUC las tenían alejadas, y por otro lado las mismas AUC legalizadas y desarmadas serán un competidor político con el que no contaban y al que les resultará difícil derrotar. Con lo dicho basta para comprender por qué todo el ruido de los Serpa, los Pastrana y los Cristo con lo de la supuesta ‘paramilitarización’ del País, cuando lo que los asusta es precisamente lo contrario: la ‘desparamilitarización’ y la transformación del poder militar –que no los agredía- de las AUC en poder político y social dispuesto a competir con ellos y derrotarlos por ser precisamente ellos, los populistas liberales y conservadores, los principales responsables de la indefensión del Estado y de la sociedad que obligó a los civiles a armarse y confederarse en las AUC para hacer lo que el Estado debió haber hecho y no hizo, por la incompetencia, la laxitud y la falta de grandeza de estos populistas anacrónicos, pigmeos al que el País se les creció y salió de las manos cuando guerrillas, narcos y autodefensas obraron cada quien defendiendo su norte y los gobernantes perdieron la brújula.

No pueden entonces, las AUC, esperar aquiescencia, comprensión y generosidad de parte de estas clases políticas ‘populistas’, superadas hoy por Uribe, pero hoy y mañana también mandadas a recoger por la Historia. Demasiado preocupadas están por su propia supervivencia, como para preocuparse por asuntos tales como la Paz de Colombia o el Desarrollo y Crecimiento de la economía nacional, mucho menos por la vigencia de una democracia amplia extendida a derecha e izquierda por la incorporación de quienes hasta aquí solo han operado en la ilegalidad del conflicto. Desde la perspectiva de estos ‘parásitos’ de la política colombiana ampliar la competencia política es cavar centímetro a centímetro, desmovilizado tras desmovilizado, su propia tumba política donde saben caerá inexorablemente su espectral cadáver insepulto.

3. Uribismo: Si de los dos sub-conjuntos políticos anteriores no pueden esperar las AUC ninguna ayuda para dotar de credibilidad y apoyo a su Proceso con el Gobierno nacional, por razones distintas, pero igualmente poderosas, tampoco el ‘uribismo’ está en condiciones de proveer ese apoyo. Cuando izquierdistas y populistas ‘le dan palo’ al supuesto respaldo de Uribe al ‘paramilitarismo’ atacan preventivamente cualquier posibilidad latente en este sentido y desde ese campo del ‘uribismo’. Decir y repetir que el de Ralito es un ‘proceso de yo con yo’ es un misil dirigido por izquierdistas y populistas para minar cualquier tipo de reivindicación histórica por parte del ‘uribismo’ para con las Autodefensas a partir de la Mesa de Negociaciones. El Gobierno nacional está así paralizado en cualquier intento que quisiera hacer –en honor de la verdad histórica- por darle a las AUC un tratamiento público siquiera similar al que otros gobiernos –no olvidemos el de Pastrana con las FARC, ni el de Samper-Serpa con el ELN- supieron darle a las guerrillas colombianas, en Colombia y en el exterior: para nada terroristas, para nada narcotraficantes, para nada violadores de los derechos humanos, ¡qué va!, sino muchachos idealistas, generosos, un poquitín equivocados tal vez, pero siempre recuperables, siempre con las puertas abiertas de la política, para cuando se cansaran de echar bala y de sembrar coca. Además con el ‘uribismo’ existe otro problema que agrava la soledad política de las AUC en el cuerpo oficial de la política colombiana. Y es que ha hecho carrera en el ‘uribismo’ -sobre todo en sus sectores más frágiles ideológicamente, menos compenetrados con la realidad y la gravedad del conflicto vivido en estos últimos cuarenta años- aquello de que las Autodefensas le quitan votos al ‘uribismo’ y espantan a su electorado, por lo cual con las AUC cuanto más distancia se ponga, mejor. En la práctica esto ha significado que el discurso de un ‘uribista’ promedio –de entre quienes se expresan a través de los medios- no difiera sustancialmente del discurso anti AUC de un guerrillero de las FARC y del ELN, de un izquierdista democrático, o de un populista liberal o conservador. Y esto es lo que recoge la Prensa y los medios y que no llegan a re-codificar acertadamente los analistas y editorialistas, pero no nos descorazonemos, habrá tiempo y espacio para llegar allá.


Por distintas razones –de las que aquí acabamos de hacer un rápido repaso- el TODOS CONTRA LAS AUC es un hecho de la política colombiana de superficie, y digo de superficie, porque por debajo, cerca de las bases sociales, sobre todo de las bases sociales que han padecido las acciones terroristas de las FARC y del ELN, o que han vivido en carne propia la tragedia de ser gobernados por dirigentes de la ‘partidocracia’ populista liberal o conservadora, la situación es bien distinta y las acciones políticas de las AUC se cotizan sensiblemente ‘al alza’, particularmente después del hecho inesperado, contundente e irreversible de la desmovilización inicial y señera de Salvatore Mancuso, y las declaraciones últimas del líder histórico Vicente Castaño sobre ‘que las armas sobran’ y que las AUC tienen que sumar más amigos en la política –vengan del partido dónde vengan- y en la sociedad colombiana –sin discriminar entre los pocos ricos, para que sean más, y entre los muchos pobres, para que lo sean cada vez menos. La decisión tomada de los líderes máximos de las AUC hacia el adiós a las armas y la actividad política late también con fuerza y convicción en las próximas desmovilizaciones de miles de combatientes con don Adolfo Paz, Diego Vecino y Gabriel Galindo a la cabeza de los bloques y frentes conducidos social y políticamente por ellos.

Antes de terminar, dediquemos algún párrafo a la Prensa y su forma de presentar a las Autodefensas y el significado histórico de su nacimiento, existencia, actuación y presente proceso de transformación en actores políticos. Las AUC no pueden ignorar el peso relativo que el pensamiento político de izquierda, pero también el populista de siempre, y el más nuevo del ‘uribismo’ ejercen sobre el periodismo. Finalmente los periodistas son hijos de su profesión pero también respiran el mismo aire político que el resto de los ciudadanos. Que sean profesionales de lo suyo no significa que en materia política tengan que ser necesariamente los mejores orientadores, mucho menos los pontífices máximos de la Opinión pública. Los dueños de los medios de comunicación, además, dependen económicamente de los lectores –o los televidentes, o radioyentes- que compran sus servicios, pero también de los avisadores que con sus anuncios permiten la supervivencia económica y financiera de cada medio. Por las razones que arriba se explicitaron –y que influyen sobre el ejercicio del periodismo- el ambiente de los medios está viciado en cuanto al tratamiento de las Autodefensas por un sesgo negativo y descalificador que excede en mucho los errores –e incluso horrores- que las AUC pudieron haber cometido. Las razones de ese tratamiento discriminador, respecto del más benévolo que reciben las guerrillas, reside probablemente en que lo que es validado como políticamente correcto por las elites políticas termina influyendo en las líneas editoriales, porque en definitiva –salvo excepciones- los medios están orientados a lo que vende, a lo masivamente buscado por el consumidor. Y si por distintas razones e intereses en Colombia ha habido un mayoritario interés político por desacreditar a las Autodefensas, es apenas obvio que esto se refleja en la Opinión pública y se realimenta vía la compra de aquellos medios de prensa que enfatizan sobre tal o cual aspecto, no importa cuanto amarillismo contenga. Entonces, el mecanismo circulatorio de la prédica anti-AUC está activado y resulta muy complejo revertirlo por las AUC, sobre todo por la ilegalidad en la que han vivido durante tantos años, sin contar –como si han contado y siguen contando las FARC y el ELN- con un amplio e influyente sector político de izquierda siempre dispuesto a engrandecer sus escasos méritos y empequeñecer sus grandes horrores. Este sesgo anti AUC y pro guerrillas –disminuido ciertamente tras el fracaso estruendoso del Caguán- comienza en las elites políticas, de allí pasa a las elites poseedoras de los medios, se masifica en términos de mercados masivos de comunicación y termina avalado y financiado por quienes buscan los medios de mayor circulación para publicar sus avisos publicitarios.

Claro que lo anterior es susceptible de cambio. Pero se requiere no solo de tiempo, sino de acciones políticas por parte de las AUC que reviertan la situación desventajosa de inicio. Para quienes, dentro de las AUC, pensaron que bastaba con decir ‘me desmovilizo’, ‘abandono la guerra’, ‘pido perdón’, ‘me dedico a la política’, era suficiente, han visto y comprobado que esto no es tan sencillo. Es más simple desactivar el aparato de guerra, que poner a caminar el aparato político. Puede que esto no sea así en el contacto cotidiano con las bases sociales que van acompañando –y también generando- la transformación de lo militar a lo político, de lo ilegal a lo legal, de lo clandestino a lo público. Es esto lo que, precisamente, porque va debajo de la superficie los medios no perciben, o lo procesan mal porque entre las bases sociales y los medios, median los intereses de los distintos sectores políticos enemigos o adversarios de las AUC. Son estos sectores políticos –a los cuales más arriba pasamos revista- los interesados en mantener desinformada a la ciudadanía, y es esto lo que los medios están aprendiendo a distinguir –para no seguir siendo también ellos manipulados- en medio de toda la enorme y bienvenida novedad que significa para la democracia colombiana el advenimiento de las AUC como actor político.

Pero como todo no puede descargarse sobre las espaldas de los opositores políticos, ni sobre la falta de comprensión de analistas políticos y periodistas, también hay que decir, llegados a este punto, que las AUC están en mora de presentarse políticamente en sociedad. Desde la salida de escena de Carlos Castaño y la desmovilización de Salvatore Mancuso los documentos y editoriales de las AUC –al menos los que públicamente aparecen en www.colombialibre.org, su página oficial- poco, o muy poco, es lo que dejan traslucir sobre sus próximos pasos en materia de organización y acción políticas, sobre sus metas a corto, mediano y largo plazo. Algunos reportajes a sus máximos líderes han encendido algunas luces, pero ellas distan de iluminar todo el escenario, y la visión del ideario y estrategias de las AUC permanecen desconocidos para la Opinión pública nacional y la Comunidad internacional. Es probable que las enormes dificultades y las crisis de la negociación con el Gobierno nacional hayan absorbido todas sus energías y ocupaciones, pero también es posible que medie un compromiso solicitado por el Gobierno nacional de que las AUC no se expresen públicamente a través de los medios, como actores políticos, para no transmitir la imagen equívoca de que siendo todavía actores armados del conflicto disponen ya de escenarios y comportamientos políticos como si estuvieran desarmados. Puede que algo de esto último exista y que las AUC hagan bien en respetar sus compromisos en la Mesa. Sin embargo, el silencio de las AUC las daña políticamente, y cuanto más se extienda el actual mutismo sobre sus anuncios políticos más crecerán las especulaciones y los rumores. Los comandantes y los ex comandantes de las AUC deberán evaluar en conciencia cuánto les ha costado ya –en términos de capital político- su aparente displicencia por constituirse como partido político, o como movimiento político, su demora en dar a conocer su plataforma ideológica, sus propuestas políticas y su visión del mundo en el que Colombia tendrá que vivir sus próximos años. ¿O será que las AUC nos tienen reservada esa sorpresa para los próximos meses cuando ya no haya crisis por superar en la Mesa y Ralito comience a ser recuerdo e historia patria?

Las AUC demuestran sabiduría política cuando manifiestan –Vicente Castaño a Semana- que en una democracia, teniendo razones –y un Estado que defienda a sus ciudadanos-, las armas son un estorbo y no una ayuda. Y cuando asumen en consecuencia que quien tiene la razón no puede abusar de la fuerza. Igualmente es aplicable en política –y las AUC no ignoran esto- aquel proverbio que dice que ‘el hombre es dueño de las palabras que calla y esclavo de las que pronuncia’. Ahora bien, las AUC en su tránsito a la vida social y política plenas también deberán atender aquel principio que dicta que ‘en política los espacios vacíos no existen, y los que no ocupa uno, lo terminan ocupando los enemigos, los adversarios o los competidores’.

Y por lo considerado hasta aquí si algo no les falta a las AUC son amigos, pero tampoco enemigos, adversarios y competidores.

Así la veo yo.

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