julio 19, 2005

Las ‘manos largas’ de la extradición y la politiquería

Asumir como banderas políticas propias lo que el Gobierno no ha querido negociar en la Mesa
Colombia, 30 de mayo de 2005


Por Rubiño



La secuencia de estos análisis y su encadenamiento conceptual van adquiriendo un tramado y una consistencia tales que vuelve conveniente el siguiente comentario de mi parte: me permito al escribir dar por descontado que quien lee cada una de estas columnas está al corriente del contenido de las que las preceden.



Las AUC, en su estado de precariedad organizativa e indefensión política actual, no pueden desde su aislamiento en Ralito y la falta de vasos comunicantes con la sociedad nacional, y con la Comunidad internacional, seguir apostándole a que el Gobierno quiera entender sus razones de ser y de hacer. Las razones de Estado ocultan poderosas razones que ni la razón ni el sentimiento humano aceptarían jamás. En estas condiciones desventajosas a las AUC no les queda sino comenzar a tejer políticamente su futuro más allá de la Mesa de Ralito, dejando que la misma se convierta en mesa de carpintería y escenografía de entrega de fusiles, no la mesa trascendental que pudo haber sido como plataforma de arquitectura política para un verdadero e inclusivo Gran Acuerdo Nacional.

Hay quienes han visto en el reciente episodio de la orden de captura sobre Adolfo Paz la mano larga de la extradición tratando de echar sus redes sobre un comandante insignia de las AUC. No están equivocados. Por efecto de la simetría –efecto tan válido en geometría como en política- desde el momento en que fue extraditado Simón Trinidad se podía intuir que tarde o temprano habría de producirse una situación simétrica del otro lado del tablero, es decir la presión insostenible por la extradición de un comandante importante de las AUC que emparejase la cosa con las FARC. El talón de Aquiles del incumplimiento del cese de hostilidades radica precisamente aquí, en que abre las puertas a la extradición tan temida. Sin cumplimiento del cese de hostilidades, las presiones internacionales terminarán produciendo lo que todos temimos estuviera a un paso de suceder en el caso de Adolfo Paz si el desenlace de la crisis no resultaba el apropiado. Dentro del modelo de desarme escogido por el Gobierno nacional esta condición del cese de hostilidades imposible de cumplir es un bumerán que ya las AUC no están en posibilidades de soportar. Milagro que pudo haberse sostenido 30 meses, pedirle más es un imposible. Las AUC han sido víctimas y no beneficiarios de una modalidad de negociación insostenible y que muy pocos le reconocen hoy a las AUC haber soportado estoicamente para mantener vivo el Proceso.
Desde la extradición de Simón Trinidad se incrementó la presión internacional por producir algo similar y de signo ideológico inverso con un comandante histórico de las AUC. El escollo insalvable para esto es la existencia misma del proceso de paz. Sin embargo, algunos han visto en el incumplimiento del cese de hostilidades la fisura necesaria para quebrar tal escudo protector. El Gobierno no ignora que lo peor que le puede suceder al proceso de paz es que se den las condiciones que hagan posible la extradición de un comandante de la plana mayor de las AUC. Sin embargo, el mismo Gobierno sabe que el balón en esta cuestión está en manos de las AUC, y que son finalmente las AUC quienes con su comportamiento determinen que haya o no haya extradición para alguno de sus miembros. Algo de Pilatos hay en esta figura, donde pesa fuerte la realidad del Imperio, y pesa también el poco peso en esta materia del escaso y subordinado poder local.

Otro modo de analizar el caso Adolfo Paz es como una triple encerrona de los enemigos políticos del Proceso contra el Proceso mismo. Una triple amenaza politiquera. 1) Poner a la Mesa en su conjunto contra la sociedad al insolidarizarse Gobierno y AUC frente al crimen cometido -a pasos de Ralito nada menos- en contra de un político del Liberalismo oficial. 2) Poner frente a frente al Gobierno con los negociadores de las AUC arriesgando la ruptura de las negociaciones si uno de los dos lados de la Mesa realizaba en el caso Adolfo Paz un movimiento que el otro atisbase como dirigido en su contra. 3) Crear en el seno mismo de los negociadores de las AUC una cuña divisoria que alinease en posiciones enfrentadas a partidarios de uno u otro camino para hallarle salida a la crisis planteada.

El tiempo dirá si la triple encerrona de la vieja política liberal existió detrás de este episodio y si obtuvo alguno de los fines que supuestamente estuvo rondando para obtener. En estos días de tanta polarización es demasiado usual oír decir sandeces del estilo ‘el país está paramilitarizado’, ‘Ralito es el Caguán de Uribe’, o ‘los paras no pelean contra las guerrillas sino entre ellos mismos’, como para evadir el tema sin algún mínimo análisis, como si este Proceso de Paz no tuviera tantos y tan poderosos enemigos.

Hay finalmente una tercera óptica desde la cual observar lo sucedido, la de las medidas de confianza. El Gobierno nacional no puede desconocer el sentimiento de solidaridad existente entre los comandantes y ex comandantes de las AUC, el cual no puede sino ponerse de manifiesto ante una situación de crisis como la derivada del reciente caso de Adolfo Paz. Ha sido la padecida en estos días -tomada en todas sus aristas- la situación más grave que le tocó enfrentar al Proceso, más grave aún que la ocasionada por los enfrentamientos de las AUC con el Bloque Metro, o por la salida de escena del comandante Carlos Castaño, o la muerte de Miguel Arroyave. Mal haría el Gobierno en subestimar los círculos concéntricos de alteración que produce la piedra sobre la superficie acuosa, cuyos efectos no se manifestarán totalmente sino en el corto y mediano plazo cuando sobrevuelen la Mesa los nubarrones que el episodio Paz no ha disipado, sino más bien ha colaborado en aumentar. Baste para esto plantearse una sola pregunta: ¿Si con Adolfo Paz –cuyo sí fue decisivo a la hora de iniciar el Proceso de Negociaciones y también las desmovilizaciones- se procedió de esa manera, cómo se comportará el Gobierno en situaciones semejantes –reales o inducidas- con relación a Mengano, o Zutano, y otros comandantes de las AUC cuyo porvenir es incierto por la falta de seguridades jurídicas?

En el fútbol los ‘autogoles’ producidos por los porteros son inusuales pero de tanto en tanto acaecen. Sucedido uno de estos episodios singulares el técnico del equipo le manifestaba al portero en cuestión: “Que no hayas parado ese disparo violentísimo sobre tu derecha se puede entender, y que te haya sorprendido ese tiro libre al segundo palo puede explicarse, lo que no se puede entender, ni justificar, de ninguna manera, es que aquel balón que se iba solito afuera, tú lo hayas metido dentro del arco, convirtiéndolo en un autogol…”

¿Acaso no se comporta como el portero de la anécdota el Gobierno que crea la zona de ubicación para dialogar con las AUC, logra reunir en ellas a sus principales comandantes, alejándolos de sus tropas exclusivamente para atender lo que el Gobierno quiera en materia de comunicación directa, y en cambio de citar telefónicamente o por radio al comandante Paz cuando surge un grueso problema con la Fiscalía, termina envolviendo el Proceso en semejante crisis con orden de captura, allanamientos, despliegue de miles de efectivos, etc., etc., para lograr que el comandante Paz declare ante la Fiscalía cosa para la cual siempre estuvo dispuesto teniendo todo el tiempo y el tedio de Ralito para hacerlo sin presión tan descomunal?

A menos que el Gobierno razone con Maturana que ‘perder es ganar un poco’. Y que en este caso perder un poco de confianza con las AUC significa ganar confianza para el Proceso en los EEUU y en el Partido Liberal. Si esto fuera así podría entenderse políticamente pero sería muy difícil de explicar –y sobre todo de aceptar- en Santa Fe de Ralito.

¿Cómo pretender que ahora, más calmas, y con el comandante Adolfo Paz limitado en sus movimientos pero vivo y en paz, las AUC no vean semejante operativo de coerción como una violación indebida de mínimas medidas de confianza que un Proceso de Paz requiere cultivar e irrigar permanentemente? Porque una cosa es que algún comandante de las AUC cometa un error por propia iniciativa, y otro es que ese error sea inducido por la presión de una orden de captura avalada gubernamentalmente donde la zona de ubicación no constituya un mínimo fuero protector en razón del proceso de paz. Peor todavía si ese error inducido –en este caso la fuga del comandante presionado- se comete en el marco de un esquema de concentración de comandantes-tropas regadas propiciado por el mismo Gobierno en contra de posiciones más razonables y comprensibles de la comandancia AUC como las de zonas de concentración de todos los integrantes de cada bloque en los mismos espacios geográficos de sus zonas de influencia.
En materias tan delicadas como un proceso de paz la forma es tan decisiva como el fondo. Pasar por encima de las medidas de confianza es arriesgar todo sin tener nada que ganar a cambio.

Quien analice ahora los términos del comunicado de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz puede sacar la conclusión que las desmovilizaciones que siguen han sido obtenidas bajo presión del operativo para capturar al comandante Paz. Puede que esto le sirva al Gobierno en su afán por mostrar que conserva su autoridad sobre el Proceso y mantiene el poder de imposición para lograr que sus metas se cumplan. De acuerdo. Pero aunque esto es bueno para el Gobierno de cara a la opinión pública, puede que no lo sea tanto de cara al interior de la Mesa donde más de un comandante de las AUC se estará preguntando si a partir de aquí la agenda de la negociación se limitará a la imposición de calendarios por parte del Gobierno, es decir a un programa de desmovilizaciones pautado en función de las necesidades políticas de la campaña electoral que se avecina, o que mejor dicho, ya comenzó.

Esto último hasta podría ser positivo al fin de cuentas, si todos los comandantes en Ralito reciben las mismas garantías en cuanto a que todos serán medidos por el mismo rasero. Sin excepción. Me refiero a todos los comandantes de las AUC en el presente y todos los comandantes de las FARC y del ELN en el futuro. Si las ‘indelicadezas’ con las AUC hubieran concluido con el episodio Adolfo Paz y la consecuencia es la mencionada uno hasta podría pensar que se le podría disimular al Gobierno semejante agravio a las buenas normas y costumbres de una sana negociación. Y dejaría uno de sentir vergüenza ajena por el modo en que se despachó de su lugar en la Mesa a un invitado con orden de captura, habiéndoselo convocado antes con todas las garantías para construir la paz. Pero quién se anima hoy –con tamaño antecedente- a predecir que en los próximos días, o meses, no volverá la Fiscalía a solicitar la captura de un comandante de las AUC, esta vez de Mengano o de Zutano, y que otra vez se monte un operativo de persecución como el dispuesto en el caso de Adolfo Paz.

Algo que el caso Adolfo Paz puso dramáticamente en evidencia es que el esquema de mantener a los jefes concentrados en Ralito y las tropas regadas por todas partes ha sido superado por los acontecimientos. Es altamente inconveniente seguir con el modus operandi actual que vuelve responsables a los comandantes de todo lo que hacen sus tropas por fuera de la zona y por fuera de todo control. Y no se puede seguir así precisamente después de haber visto como el Gobierno utilizó el mecanismo de la violación del cese de hostilidades (supuesto en este caso) para exigir la entrega y la rendición de Adolfo Paz sin dar previamente la posibilidad de una explicación y una indagatoria realizada por las buenas- cuando precisamente la Zona de Ubicación existe para darle principio de solución mediante el diálogo a este tipo de problemas.

No se nos olvide que no existe un cese de hostilidades trilateral (con gobierno y guerrillas) y ni siquiera bilateral (entre Gobierno y AUC) por lo cual las tropas mantienen en todo momento su ojo alerta y su fusil pronto. En estas condiciones seguir insistiendo con esta modalidad y no avanzar hacia la concentración en sitios clave luce como un gran despropósito al cual corresponde ponerle remedio hoy, no mañana cuando ya sea tarde. Si no alguien podría pensar –y seguramente alguien lo piensa- que mantener las tropas de las AUC regadas es un recurso del Gobierno nacional para incrementar el pie de fuerza contra las guerrillas sin pagar ningún costo. Y que si se produce algún desatino allí está la Fiscalía para proceder contra el comandante respectivo en Ralito. Esto puede dar lugar a múltiples malentendidos y perversiones que bien harían las AUC –tras el episodio Adolfo Paz y vistas sus consecuencias- en no permitir de cara al futuro.

Urge replantear lo andado, retomando el camino inicialmente planteado de las concentraciones. Aunque pareciera que para esto el Gobierno sostiene que ya no hay tiempo político sino solamente tiempo físico (el que menciona expresamente el Acuerdo de Santa Fe de Ralito, del 31 de diciembre de 2005) para desmovilizarse.

Cualquiera que analice el caso colombiano sabe que no se puede exigir cese de hostilidades si no se produce la total concentración, o la total desmovilización. Ya está visto que esto así no funciona. Y que nadie se animará a retomar el esquema de Ralito –ni siquiera este Gobierno- en el caso de las FARC y del ELN. Tampoco se puede insistir en desmovilizar como quien da licencia de vacaciones al personal de una fábrica para volver a su casa, como si esta gente no hubiese estado participando de una guerra, guerra que por otra parte está lejos de terminar. Calmar las olas respecto al caso Adolfo Paz es la condición necesaria para que pueda replantearse el funcionamiento del cese de hostilidades, y estudiar la conveniencia de aplicar aquel principio que reza: desmovilizar donde sea posible y concentrar donde sea necesario. El esquema de zona de concentración para los jefes y tropas regadas en todo el país es lo que se ha vuelto insostenible. Es una trampa donde los comandantes de las AUC tienen todo para perder y nada para ganar, visto que los hacen responsables de lo que hacen (y de lo que no hacen también) sus tropas en todo el país, siendo esto imposible de controlar y de verificar. Hoy el problema fue con Adolfo Paz, pero mañana podría ser con otro comandante. Urge retomar el tema de las concentraciones, porque ya está visto que así como está el Proceso no puede seguir permanentemente al borde del colapso por el incumplimiento del cese de hostilidades.

Urge que el Gobierno reencauce el Proceso pero no cargando todas las culpas sobre la otra parte sino reconociendo también que las condiciones nacionales del conflicto e internacionales de incomprensión del Proceso no son las mejores para seguir echando leña al fuego con el incumplimiento del cese de hostilidades sin buscarle ningún remedio estructural, o buscando solo apresurar las desmovilizaciones. Aunque finalmente, si el Gobierno insiste con desmovilizar el ciento por ciento saltándose la etapa crucial de las concentraciones allá él, las AUC no deben en esto pretender ser más papistas que el papa, sobre todo si el papa es en este caso Álvaro Uibe.

Las AUC bien harían en analizar con frialdad el asunto y ante la presión del Gobierno por desmovilizar aceptar el desafío a cambio de seguridad juridica nacional e internacional para todos los integrantes de las AUC, favorabilidad política y reinserción económicamente productiva para los desmovilizados, haciendo claridad a la opinión pública que el Gobierno nacional no ha querido negociar la seguridad física en las zonas ni los términos de la reinstitucionalización del Estado en las zonas que han sido preservadas de las guerrillas por las presencia de las Autodefensas. Que las AUC hubiesen tenido más paciencia para intervenir en la política si el Gobierno hubiese tenido menos remilgos para impedir la inseguridad en las zonas. Pero que no teniendo paciencia el Gobierno con las AUC armadas tampoco podía exigírsele a las AUC que se quedaran de brazos cruzados sin poder remediar con acciones políticas el abandono de las armas.

Si el Gobierno nacional no ha querido negociar con las Autodefensas aquellas cuestiones trascendentales la única posibilidad para las AUC es la de asumir como bandera civil esa asignatura pendiente y defenderla políticamente dentro de la legalidad, constituidas ya en movimiento político con todas las de la ley. Y aquí me animaría a decir que si lo que quiere el Gobierno es la campaña al Congreso y Presidencial sin las AUC haciendo proselitismo armado que unos entreguen las armas y los otros entreguen el paz y salvo para hacer política. Así de simple. Así de claro. Unos entregan las armas y desmontan su cuota de paramilitarismo, y los otros aceptan competencia política por parte de las AUC desmovilizadas y evitan las odiosas proscripciones.

Lo que las AUC no deben permitir es que el Gobierno las mantenga en el infierno actual sin disponer libremente de las tropas pero recayendo sobre sus comandantes cualquier acción real o inventada por las manos largas de la extradición y la politiquería. De continuar esto así todos los comandantes incluso los ya desmovilizados podrían ser embarcados en un avión con destino nacional o internacional asegurado. Lo cual no sería ni justo ni honesto con quienes habiendo mantenido a raya a las guerrillas ahora le han apostado a la Paz.

Pero la política es la que es y puede ser mal instrumentada cuando el poder se despersonaliza y las oscuras razones de Estado, -o de Imperio-, prevalecen sobre los sentimientos humanos. O cuando, inversamente, el poder se personaliza de tal manera que se vuelven invisibles las razones de Estado que fatalmente prevalecen por sobre el caudillo –o el emperador- más encumbrado.

Contra las razones de Estado ni las AUC pueden aunque puedan mucho y puedan bien.

Así la veo yo.

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