julio 11, 2005

¡A su curul los congresistas, y a la Mesa los negociadores! - El Acuerdo de Santa Fe de Ralito es apenas el comienzo y no el final de la Historia

Colombia, 2 de mayo de 2005


Por Rubiño



La prensa dominical bogotana no ha cesado ni un solo día sus diatribas contra las AUC. Si algún desprevenido se orientara solamente por sus artículos, editoriales y notas periodísticas, pensaría que en Colombia no existen autodefensas enfrentando a las guerrillas, sino solamente paramilitares defendiéndose a sí mismos, y defendiendo a los ‘narcos’ de quienes serían su brazo armado rural. Tamañas incomprensiones y superficialidades dañan irremisiblemente al Gobierno nacional que negocia políticamente con las AUC, y son misiles cuidadosamente dirigidos al Congreso colombiano. Se pretende cerrar al mismo tiempo el camino de la reelección de Uribe y el camino de la reincorporación a la vida civil con plenos derechos, incluso políticos, a los comandantes de las AUC, sirviéndole en bandeja un invalorable oxígeno político al contubernio en ciernes de liberales de izquierda, polistas y ‘prochavistas’. También se colabora en los hechos con las FARC y al ELN quienes siempre han sostenido iguales despropósitos respecto de los ‘paras’, con menores pudores y autocensuras, eso sí, a la hora de predicar que las AUC también son, supuestamente, el aparato armado ilegal del Estado colombiano generado para desarrollar la guerra sucia contra ‘el pueblo en armas’ que las guerrillas, supuestamente, representan.

Frente a ese coro de críticas destructivas en contra de las AUC cabe solamente manifestar que las AUC fueron creadas por sus inspiradores y líderes históricos para derrotar militarmente a las guerrillas, o sin derrotarlas militarmente, llevarlas políticamente a la mesa de negociación. Las AUC no han tenido desde su creación ningún otro origen ni propósito esencial. Quienes hoy quieran entender los alcances de la negociación del Gobierno nacional con las AUC, desde la perspectiva de las AUC, no han de perder de vista que su actuación, en la guerra o en la negociación, no puede ser otra sino la de procurarle una derrota estratégica al proyecto militar de las guerrillas, obligándolas a través de la guerra antisubversiva a ceder en sus pretensiones militaristas, o a través de la legitimación del Estado y la Democracia, a sentarlas en la Mesa de Negociaciones. Desde la segunda mitad de 2002 las AUC han tomado esta segunda alternativa. La prensa capitalina ha preferido mirar hacia otra parte o mirar lo que no es. Por eso Colombia necesita informarse de otro modo y por otros medios, porque los hacedores de opinión de Bogotá están actuando con miopía sin ver lo que es, sino lo virtual que se acomoda mejor a sus lentes y no a los ojos del País.

Toca decir esto porque si se piensa que las AUC están negociando al modo de los ‘narcos’ sometidos a la justicia, o de las guerrillas que ‘sacaron la mano’ en el pasado se está totalmente equivocados. Acerca de las Autodefensas existe en Colombia, y se traslada al mundo una tremenda ignorancia. Tremenda ignorancia que en vez de ayudarnos a resolver los problemas los incrementa y los distorsiona alejando las soluciones en vez de acercarlas.

En pocos días más las Plenarias del Congreso resolverán qué hacen con el Proyecto de Justicia y Paz promovido por el Gobierno nacional y tratado ya en las Comisiones de Senado y Cámara. Los colombianos sabremos al fin si se está legislando para darle una oportunidad a la paz o para perpetuar la guerra.

Al coincidir el trámite en el Congreso con las negociaciones en Santa Fe de Ralito no faltan quienes insisten, unos confundidos y otros solamente por malevolencia, desde la política y desde la prensa, en que se trata de una ‘ley para los paras’. Esta corta visión de los acontecimientos es la que amenaza con hundir el proyecto, por un lado, y arrastrar al rompimiento de las negociaciones en Ralito, por el otro.

Es doble el desafío que deberán superar los congresistas si quieren que Colombia cuente con un instrumento válido para incentivar a los comandantes guerrilleros y ‘paras’, y a los banqueros de la guerra a abandonar el conflicto armado:

1) establecer el marco legal que dé cabida en la construcción de la paz a los comandantes de las FARC, del ELN y de las AUC, así como a quienes desde las redes del narcotráfico financian a unos y a otros convirtiéndose en actores principalísimos de las hostilidades y las amenazas terroristas;

2) enviar señales claras a Ralito –pero también a los ‘Cano’ y ‘García’- de que esta vez el asunto va en serio y que el Congreso no va a desertar de su responsabilidad de crear las condiciones legales para iniciar el desmonte final de la guerra, por un lado, y, si aquello no es atendido, para que el poder del Estado cumpla su objetivo aniquilador de cualquier subversión o terrorismo de izquierda o derecha.

Colombia no puede desdeñar los graves indicios que señalan a Chávez claramente embarcado en la tarea de suceder a Fidel Castro como timonel de la ‘revolución de los oprimidos’ en América Latina. Fueron estos indicios al irse verificando –y no los vaivenes de la química de ‘Marulanda’ con Pastrana- los que indujeron a las FARC a cambiar sobre la marcha el rumbo de las negociaciones en el Caguán trocando los propósitos de paz iniciales por los de la continuación de la guerra. Y si el ELN rechaza hoy la mediación de México es por la misma razón. No es tanto que el ELN esté subordinado a las FARC, o quiera congraciarse con Fidel, sino que ambas guerrillas han encontrado en Chávez el mesías ‘bolivariano’ de su revolución, y los ‘petrodólares’ con los cuales remediar lo que el Plan Patriota les amenaza y el glifosato les va quitando hectárea tras hectárea.

La paz de Colombia le quitará al proyecto hegemónico de Chávez buena parte de la confusión y el caos que necesita en el país hermano para expandirse a Ecuador, Perú y Bolivia. Así como Lula consolidado en Brasil significa un límite infranqueable para sus aspiraciones de redentor tercermundista, el conflicto colombiano es una puerta abierta y una tentación invencible para sus delirios de poder. Comandantes de las FARC, del ELN y de las AUC participando de una Asamblea Constituyente que le ponga punto final al conflicto armado de más de medio siglo serán suficiente disuasión para las ambiciones desmedidas del sucesor de Castro. A esto habrá que llegar y cuanto antes mejor. Ojalá los EEUU y los países amigos europeos y latinoamericanos lo entiendan antes de que sea demasiado tarde, y pongan entonces su diplomacia y sus inversiones al servicio de la Paz de Colombia. Lo último que nos faltaría en Colombia es que también las AUC que esperan en el monte las novedades de sus jefes en Ralito -las AUC de la nueva generación- siguieran el camino de las FARC en el Caguán y abandonaran la Mesa de Ralito a su suerte, tentadas por alguna de las alas menos marxistoides del proyecto chavista. Sorpresas de este tamaño depara el Destino a quien se empeña en no querer ver la realidad y cree –equivocadamente- que siempre habrá tiempo para las buenas ofertas de paz.

Los congresistas deben asumir íntegramente su rol pacificador que reivindique al Congreso frente a los colombianos. Y deben asumirlo tomando en cuenta dos realidades que dificultan la gestación de la paz en Colombia: un factor es externo, y es la presencia del Chávez expansionista en la presidencia de Venezuela, la otra es interna y externa a la vez, y es la realidad del narcotráfico como gigantesco mercado cuyas rentabilidad, volúmenes y precios se fijan fuera de nuestras fronteras, en los países más ricos del planeta.

Si el desafío resulta un impedimento para el Congreso, si el Congreso se muestra impotente y se reconoce insuficiente para colmar las expectativas de Paz que lo diga con franqueza. Pero lo que no puede el Congreso es ver ‘narcomicos’ por todas partes, deshacerse en críticas a los ‘paras’, a los ‘narcos’, a las guerrillas y al mismo tiempo no sentar las bases de la negociación política para que todos ellos dejen de existir, y Colombia no siga siendo presa codiciada de los profetas-dictadores de la revolución, ayer ‘cubana’, hoy ‘chavista’, ni de los imperios capitalistas del narcotráfico.

Mientras tanto en Ralito los comandantes de las AUC deben haber tomado nota de las declaraciones del Alto Comisionado sobre la posibilidad de una Asamblea Constituyente. Si allí se invita a las FARC allí también han de estar el ELN y las Autodefensas. No puede ser de otra manera y esto es realista, es auspicioso, abre horizontes de paz. Aunque confunde un poco que el mismo Gobierno que niega el conflicto armado interno y solo ve ‘amenazas terroristas’, les proponga a los ‘terroristas’ participar de una Asamblea Constituyente, nada menos, para que sean los ‘terroristas’ quienes orienten con sus ‘luces’ el futuro de Colombia. ¿O será que el Gobierno prevé que de las ‘amenazas terroristas’ volvamos al conflicto armado después de agosto del 2006, o del 2010? ¿O tal vez, lenguaje y realidad vuelvan a estar en sintonía, cuando los demócratas gobiernen en los EEUU y Bush haya vuelto a su rancho en Texas?

Los repetidos problemas de orden público en el Cauca y Nariño, también en el Huila, y los desbordes terroristas de las FARC en Toribío y en Arauca encienden luces rojas de alerta que no pueden dejar de repercutir en Ralito ni en las montañas donde acampan los ejércitos ‘paras’. Finalmente las AUC no existen en el vacío sino que son parte de una guerra que se niega a culminar, o a reducirse al minúsculo plano de las meras ‘amenazas terroristas’. Un 80 % del pie de fuerzas de las AUC continúa padeciendo los rigores del conflicto y presiona sobre sus representantes en la Mesa de Negociaciones para que no se vaya más rápido de los que las condiciones permitan, ni se convierta la guerra en una cuestión de semántica, donde nada cambia en el fondo y solo cambian las denominaciones, los sustantivos y los adjetivos. Si en Colombia no se habla de otra cosa que de Paz es precisamente porque estamos en guerra. Los pueblos no hablan de lo que tienen, sino de lo que les falta. Lo demás es cháchara.

Proyecto de Justicia y Paz, Asamblea Constituyente, petrodólares en la guerra y en la política nacional, narcodólares en la guerra y en la política nacional, FARC, ELN y AUC. He aquí los términos principales de la ecuación de la guerra y la paz colombianas. Ecuación con demasiadas variables e incógnitas de la que no son ajenos los EEUU y la Unión Europea. El dinero de sus narcoadictos y de sus contribuyentes financian a todos los actores de la guerra, los legales y los ilegales. A unos con los impuestos que pagan en blanco, a los otros con el consumo de drogas ilícitas que pagan en negro.

Si el proceso de Ralito está sirviendo para hacer claridades sobre la magnitud del problema a resolver –que no se reduce al desmonte del paramilitarismo como burdamente nos quieren hacer creer- lo de Ralito ya está justificado históricamente. Y lejos de acabar la Mesa allí instalada habrá que ver el modo de prolongarla, por lo pronto más allá del límite ‘fantasioso’ del 31 de diciembre de 2005. Solo un milagro posibilitaría que llegados a fin de año – faltan solo 240 días- estuvieran dadas las condiciones para desmovilizar al ciento por ciento de los combatientes de las AUC en esa fecha. Los milagros son cuestiones de fe, no de política. La política no se construye a punta de actos de fe sino a través de obras terrenales. Y estas obras terrenales ni las AUC ni el Gobierno nacional han podido ni sabido construirlas hasta el momento. No se ven por ningún lado las condiciones necesarias para que la desmovilización de las AUC se concrete el 31 de diciembre de 2005. Y no sólo esto sino que el ingrediente del debate nacional sobre la reelección presidencial le ha puesto al proceso de paz un palo entre las ruedas que ha dificultado, y mucho, su curso normal. Una cosa es en Colombia –no sé en Cafarnaún- el proceso de paz de un actor armado con un presidente-presidente y otra cosa bien diferente es el mismo proceso de paz pero con un presidente-candidato, acusado además por la oposición más recalcitrante de tener simpatías por el ‘paramilitarismo’. Aunque esto no turbe el ánimo del Gobierno sí encrespa, y de qué manera, los ánimos de la oposición. El famoso TOCONUR –todos contra Uribe- no solo pretende golpear la reelección, está torpedeando además las políticas bandera del presidente, y entre ellas una crucial, la del proceso de paz con los ‘paras’.

Ante las enormes dificultades para avanzar en la concreción de los Acuerdos la verdadera alternativa para los comandantes de las AUC no es entre permanecer en Ralito o regresar al monte. La opción es más bien entre salir de allí para alguna cárcel, o algún ‘ghetto’ el 31 de diciembre de 2005, o seguir firmes en Ralito más allá de esa fecha hasta que existan las condiciones suficientes para una desmovilización completa y una reinserción plena. Es decir, no se trata de levantarse de la Mesa sino de permanecer en ella todo el tiempo que sea necesario. Fue precisamente el presidente Uribe quien manifestó su compromiso de tener toda la prisa del mundo para el cese de hostilidades así como toda la paciencia del mundo para la desmovilización y el desarme. Tal como están las cosas uno se ve tentado a pensar que hasta que no haya acuerdos de Paz con las FARC y el ELN las AUC deberían permanecer en la Mesa sin desmovilizarse.

Sin embargo, como la paciencia de este Gobierno, o la del eventual próximo Gobierno –si Uribe no es reelecto- puede hacer crisis frente a la imposibilidad del cumplimiento del ciento por ciento del cese de hostilidades por parte de las AUC lo más prudente será comenzar a debatir cuanto antes en la Mesa de Ralito el cronograma y el lugar de concentraciones tal como lo prevé al artículo 5 del Acuerdo de Santa Fe de Ralito del 15 de julio de 2003.

La opción dentro de la negociación que evite tomar la alternativa por fuera de la negociación sería la siguiente: Concentrados sí y con el 100 % de cumplimiento del cese de hostilidades sí, pero desmovilizados y desarmados no. ¿Esto hace inviable la negociación? No creo, pero la hace mucho más larga y costosa económicamente que la prevista inicialmente. Y obliga a sumarle paciencia a la prudencia. Y ponerle freno a la prisa.

Dice así el artículo 5 arriba mencionado: “Crear las condiciones para que en un tiempo prudencial se concentren –con las debidas garantías de seguridad-, los miembros de las Autodefensas Unidas de Colombia, en sitios previamente acordados. La concentración de sus integrantes incluirá todos los rangos de mando, disponiendo de las garantías que para tal efecto se convengan entre las partes. Dichas zonas contarán con la presencia permanente de la fuerza pública.”

El tiempo de los actos de fe unilaterales en este Proceso ya pasó y fue bien aprovechado. Los resultados fueron más que satisfactorios con 4.820 desmovilizados y más de 5.000 armas entregadas a la autoridad. Comienza ahora el tiempo de la concreción de los acuerdos políticos bilaterales. El primero de ellos ha de ser el de retomar los Acuerdos de Ralito y Fátima, discutir sobre la viabilidad práctica y política de cumplir los límites previstos del 31 de diciembre de 2005, e iniciar la fase acordada de concentraciones definiendo el cronograma de las primeras en la lista y los sitios donde se establecerán, para que existan suficientes garantías.

El proceso de paz es Ralito es independiente del curso que tenga en el Congreso el proyecto de Justicia y Paz. En Ralito la cosa es entre el Gobierno nacional y las AUC. En el Congreso el asunto es el de establecer la oferta de paz de Colombia para los actores armados ilegales participantes en el conflicto. Que se hayan confundido estos planos diferentes no colabora en nada con el éxito de las negociaciones sino que más bien conspira contra ellas. Por un lado, porque la Opinión recibe la impresión de que las AUC están presionando al Congreso no a favor de la Paz sino a favor de sí mismas. Y por otro lado, porque las negociaciones de Ralito están siendo supeditadas al Proyecto de Ley y pareciera que ya no hay nada que negociar cuando, para decir verdad, dar cumplimiento a los Acuerdos de Ralito exige todavía de un gran esfuerzo entre las partes y sobre todo de un ritmo permanente de interlocución. Los actos de fe de 2003, en Medellín, y los de finales de 2004, principalmente el de Mancuso en el Catatumbo, han hecho perder la perspectiva general de lo que comprometen los Acuerdos de Ralito en materia de negociación a quienes permanecen en la Mesa. Si las condiciones de madurez para el cumplimiento de los plazos de desmovilización fijados en los mismos Acuerdos parecen hoy tan lejanas es precisamente porque los actos de fe verificados y la discusión sobre la ley marco todavía sin aprobar han ocupado todo el espacio y la negociación no aparece por ningún lado dando pábulo a todo tipo de inquietudes sobre posibles acuerdos por debajo de la Mesa, ya que por encima no hay señales de que existan.

Así las cosas mi recomendación es doble:

¡Congresistas a los curules! con la mirada puesta en la Paz integral, en la Paz de todos con todos.

¡Negociadores del Gobierno nacional y las AUC a la Mesa de Ralito! con la mirada puesta en avanzar en el cumplimiento de los Acuerdos de Ralito y Fátima, en el perfeccionamiento del cese de hostilidades, en el cronograma y los sitios de las sucesivas concentraciones y en llegar a finales de este año con al menos un 70 % de las AUC que permanecen en el monte debidamente concentradas incluyendo en cada lugar de concentración a todos los rangos de mando de cada Bloque o Frente respectivos. El restante 30 % podría ser concentrado entre enero y marzo de 2006.

Con estos objetivos por cumplir me preocupa que los negociadores estén con los ojos puestos en el Congreso y no con el corazón y la mente en la Mesa de Ralito. Es cierto que todo tiene que ver con todo y que lo del Congreso influye en Ralito, y viceversa. Todo esto es cierto pero no excluye la responsabilidad de cada cual por lo propio, y lo propio de los congresistas es que haya marco legal para la Paz de Colombia, y lo propio de los negociadores en Ralito es que la negociación entre Gobierno nacional y AUC llegue a feliz término, sin plazos fatales pero con objetivos irrenunciables.

Así como Fukuyama no acertó pregonando al final de la historia cuando se derrumbó el muro de Berlín y cayó la Unión Soviética, también se equivocan quienes piensan respecto del proceso AUC que con la firma de los Acuerdos de Ralito ya la historia de las Autodefensas se acabó. Escribió Clausewitz que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Así como también la guerra es la continuación de la política, cuando la política sola no alcanza. Suele suceder que lo que llamamos el final de una historia es simplemente el comienzo de otra.

Así la veo yo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario