agosto 30, 2005

La justicia social no será obra de la guerra sino de la política

La izquierda y la ultraizquierda se han vuelto defensoras acérrimas del statu quo
Colombia, 30 de agosto de 2005


Así la veo yo

Por RUBIÑO



La política está llamada a producir grandes hechos en Colombia. Grandes cambios institucionales, sociales y económicos. A grandes enfermedades, grandes remedios. Pero que sean realmente remedios, no otras enfermedades camufladas de remedios. La política, entonces, no puede seguir siendo manipulada y envilecida, ni por los ejércitos paramilitares de derecha y de izquierda, ni por los corruptos de toda laya e ideología, tampoco por quienes desde las sombras pretenden desvirtuar la democracia y convertirla en un botín de guerra, o en una caja de Pandora.

La política no debe seguir siendo estigmatizada, mucho menos minimizada en sus alcances o asimilada restrictivamente a la libertad de elegir. La política sólo tiene un sentido auténtico, el sentido de la libertad. Y la libertad, esencialmente, es libertad de hacer. De lo cual se desprenden otras libertades derivadas de aquella libertad inicial: como la libertad de organizarse políticamente, de elegir y ser elegidos, de pensar, de escribir, etc., etc. La guerra y las tiranías, así como las dictaduras y también el terrorismo, son sucesos humanos que por ir en contra de la libertad de hacer, son acciones que acaecen –y se padecen- por fuera de la política. La política puede ser la continuación de la guerra por otros medios –políticos- mientras que la guerra es la negación de la política, es la anulación de la política por otros medios –guerreros.

Cuando las FARC y el ELN insisten con la guerra, renuncian a la política. Por más argumentos que esgriman en su justificación de la guerra, desencadenada por su iniciativa criminal, no pueden torcer lo evidente: desisten de la política para imponer sus criterios por medio de las armas. Hablan de política, pero de una política que sobrevendría solamente cuando hayan derrotado al Estado y obligado a la sociedad a aceptar sus mandamientos. Aun cuando hablan de negociación política, la misma constituye en realidad una prepolítica, porque mientras prosiguen guerreando –y aterrorizando a la población civil- están renunciando a la persuasión de la sociedad que es tan esencial a la política, como la libertad de hacer.

Las FARC y el ELN no solamente han renunciado a practicar la persuasión política sino que parecen haber aceptado -¿o delegado?- tácitamente, que sea la izquierda democrática la que transite ese camino de persuasión. De tal manera que –contra lo que podría esperarse- la izquierda democrática está desertando de la responsabilidad histórica de ser embajadora de la legalidad democrática –de la legitimidad del Estado- ante las FARC y el ELN, para ser convertida por éstos en instrumento de chantaje y de ‘persuasión’ de la sociedad entera acerca de que si el Estado y la sociedad no se someten a sus designios por las buenas, los guerrilleros se tomarán el poder por las armas, como ejércitos paramilitares de izquierda que son.

Cabe también otra posibilidad igualmente macabra. La de que quienes en el monte constituyen el paramilitarismo de izquierda, estén vinculados a un mando unificado en las sombras, desde el cual se desprenden los hilos que mueven a su antojo -en un movimiento pendular- a factores determinantes enquistados tanto en lugares clave del aparato ilegal armado, como en sitios influyentes de la superficie legal desarmada, encargados de combinar las formas de lucha de la antipolítica de las FARC y el ELN con la política de la izquierda democrática.

Colombia está enfrentada a retos descomunales si quiere ser un País con gobernabilidad, al mismo tiempo viable, democrático y pacífico. Debe cortar las alas de todos los paramilitarismos –de derecha, de izquierda, y sin ideología- y al mismo tiempo negociar con los para-Estados de distinto cuño que le disputan al Estado no solo el monopolio en el uso de la fuerza, sino también el control absoluto de los mecanismos de poder. Esta gigantesca y abrumadora tarea solo podrá ser exitosa sumando esfuerzos internos y externos, en la dirección de la Paz y la Democracia, contra los violentos y los enemigos de la democracia.

Desde esta óptica de los para-Estados subsistentes es el mismo Estado colombiano el que está aún en gestación. A la par de sus grandes avances persisten mares interiores –no simples lagunas- donde la gobernabilidad democrática está lejos de haberse consolidado. Es en este cúmulo de contradicciones existente donde hacen nido las confusiones que insisten, por ejemplo, en atribuir a las AUC un carácter poco menos que demoníaco, y a las FARC y al ELN unas características más propias de mártires que de verdugos. En el ojo del huracán de este proceso de refundación del Estado y la democracia, las AUC se la jugaron toda en Santa de Ralito, durante más de dos años, por la legitimidad constitucional, por la ampliación y fortalecimiento de las bases de la democracia, por la reinstitucionalización de la presencia estatal en todas sus zonas de influencia. Los hechos incontrastables de la desmovilización de las AUC han sido tan contundentes e inocultables que sólo la inveterada tozudez de los ‘deslegitimadores’ de oficio del Estado -desde los extremos de izquierda, de derecha y de los ‘apolíticos’ varios- insiste en negarle validez a la decisión histórica de las AUC de cambiar el sino trágico de la Historia de Colombia. En otra dirección, desde el centro, la derecha y desde la izquierda menos recalcitrantes –no precisamente desde sus extremos- van apareciendo signos alentadores, representativos de acumulados sociales aun invisibles a los medios de comunicación, testimonios de que el gigantesco esfuerzo no ha sido en vano y que las AUC desmovilizadas no están tan solas de Pueblo ni tan alejadas del favor de Dios como quisieran sus enemigos y sus detractores

El regreso de la Policía a Santa Fe de Ralito, tras más de 20 años de ausencia, fue acompañado, en los titulares de prensa, con la masacre de 12 campesinos producida por las FARC en Puerto Valdivia y por la alarma y desplazamiento de cientos de labriegos que también causaron las FARC en el área rural de Valencia, en cercanías de la zona de negociación del Gobierno nacional con las AUC.

Tan ostensibles son los hechos de terror que siembran las FARC, como el silencio del Polo Democrático, y de la izquierda democrática en general, sobre hechos gravísimos –delitos de lesa humanidad- que afectan a las poblaciones campesinas más vulnerables, en nombre de las cuales, supuestamente, las guerrillas toman las armas y la izquierda agita las banderas de la solución política negociada del conflicto armado. Sin embargo, la amarga realidad muestra todos los días que la romántica revolución se convirtió en demencial contrarrevolución y que la solución política negociada es solamente la metáfora con que pretende denominarse la capitulación del Estado frente al terrorismo de izquierda.

Curiosamente, las AUC que enfrentaron a la ultraizquierda armada en el monte, tienen que habérsela ahora con cierta izquierda desarmada en el llano de la democracia, donde aquellas pugnan por ingresar y estas insisten en cerrarles la entrada. ¿Será que para amplios sectores de la izquierda democrática la solución política negociada solo es con los guerrilleros de izquierda, mientras que para quienes -como las AUC- los enfrentaron, sólo cabe el sometimiento y la cárcel? ¿Será que a los autores de incontables secuestros, asesinatos y masacres les esperan la amnistía y el indulto si HRW, o Amnesty Internacional, junto a los Petro, Molano, García-Peña y compañía, dan fe de su militancia revolucionaria en las FARC y el ELN, mientras que a quienes integraron las AUC sólo les cabe la proscripción política y la cárcel por haber tenido la osadía de enfrentar militarmente a las guerrillas y el proyecto de sometimiento del País a sus designios de ultraizquierda?

El Polo Democrático y la izquierda se equivocan de cabo a rabo cuando se dejan vencer por la tentación de verse a sí mismos como los socios del silencio de las atrocidades de la ultraizquierda confirmando en los hechos –y en la mente de los colombianos- aquello de la combinación de todas las formas de lucha que viene predicando la izquierda desde aun antes de los ’60 y la Revolución Cubana. Siniestra combinación que halla en la deslegitimación del Estado el común denominador de todas sus iniciativas.

Es aquí, en la legitimación o deslegitimación del Estado, donde se parten las aguas de la democracia y del conflicto armado en Colombia. Mientras unos, en nombre de la igualdad y la justicia social, insisten en deslegitimar al Estado –desde dentro y desde fuera de las instituciones democráticas-, otros, quienes los enfrentan, en nombre de la libertad y la democracia, insisten en la necesidad de legitimar al Estado, y lo hacen –paradójicamente- desde dentro y también desde fuera de la legalidad. Es en este contexto donde, quienes bregan por la deslegitimación del Estado lo que producen con sus hechos es defender el statu quo –que no sólo resiste sino que también se fortalece ante la agresión- , mientras que quienes tienen el propósito de legitimar el Estado saben –mejor que nadie- que a este Estado hay que transformarlo profundamente, para que sea un Estado legítimo, de la gente, por la gente y para la gente.

Uno espera el milagro de ver a la izquierda democrática y al PDI argumentando ante las FARC y el ELN para que no sigan siendo factores conservadores de la violencia sino que se sumen a la tarea transformadora del Estado y de la sociedad. Sin embargo, poco y nada es lo que se avanza en ese sentido, como si la izquierda estuviese condenada en Colombia a vivir defendiendo los propios mínimos espacios en vez de hacer crecer los grandes espacios donde quepan todos los colombianos.

Así las cosas, Colombia parece destinada a ser transformada positivamente –no desde la retórica- por quienes desde el centro-izquierda hacia la derecha quieren vivir en un país socialmente justo, libre entre los libres del mundo, y alejado de toda violencia. Esto explica la aceptación que suscita el candidato-presidente Uribe entre los tantos millones que queremos el cambio transformador en Colombia, y no la eternización de los viejos problemas como recicla dogmáticamente la llave cierra-puertas a la Paz en manos de las minoritarias izquierdas y las ultraizquierdas. Esto explica también porque el discurso de izquierda sobre la igualdad y la justicia social ya no seduce a las masas, sino que es el bienestar, la paz y la libertad aquello por lo cual clama hoy el Pueblo de Colombia. De última, Colombia sabe lo que las FARC y el ELN pretenden ocultar: que la justicia social será una consecuencia de la libertad y un fruto importante del árbol de la paz.

Precisamente, el bienestar –cero pobreza-, la paz –cero violencia- y la libertad –cero opresión- son la banderas insignias de las AUC desmovilizadas.

No se trata entonces de someter a las tenazas del binomio ‘guerrillas-negociación política’ el futuro promisorio de Colombia, sino de que la cuestión crucial es seguir invitando a que las FARC y el ELN tomen la decisión de sumarse, desarmadas y dentro de la ley, a la construcción presente de ese futuro promisorio que reclama la hora de los pueblos, en Colombia y en el mundo entero.

El Estado colombiano y su democracia deben reivindicar para sí –ante todos los violentos- no solo el monopolio de la fuerza sino también el pleno derecho a la libre construcción de la justicia social.

Y esto debe hacerse con las FARC y el ELN, una vez desmovilizados, o sin ellos. Finalmente, ni las FARC ni el ELN tienen la receta de la justicia social. Si la tuvieran hace años ya que estarían gobernando y gozando del favor popular. Nadie pasa más de cuarenta años escondido en el monte viviendo como los micos si tiene el secreto de la felicidad colectiva. Si esto fuera así serían millones los colombianos que en procesiones interminables acudirían a escuchar la Palabra guerrillera y se arrodillarían ante tamaña Sabiduría. ¡Que las guerrillas no crean tan pendejo al Pueblo colombiano!

La justicia social no será obra de la guerra ni de los guerreros sino de la política y de los políticos.

Por eso las AUC se están desmovilizando.

Porque no quieren defender el statu quo de la guerra y sus trágicas consecuencias sino reivindicar la política con su sentido de libertad y dignidad.

Santa Fe de Ralito está produciendo el pasaje de la guerra a la política. Y de la política a la libertad.

Colombia valora en sus entrañas esta alquimia de la buena fe capaz de convertir a los guerreros en políticos, y a los políticos en hacedores de paz y justicia social.

Puede que algunos insistan con la cárcel para los ex comandantes de unos y de otros, pero son millones los que no quieren ver ni a las FARC, ni a las AUC ni a el ELN, en el monte o detrás de las rejas, sino desarmados, trabajando y estudiando para el Bienestar y la Justicia social, en el seno de comunas agrarias de paz donde siembren codo a codo con otros colombianos las semillas de reconciliación que produzcan el final definitivo de todas las guerras.

Entre quienes insisten en pedir la cárcel para unos o para otros desde una visión arcaica de la justicia, o desde un pensamiento de izquierda o de derecha, con el propósito –no siempre declarado- de ver entre rejas al reo, o al adversario ideológico, se está abriendo paso una visión diferente que, día tras día, va encontrando eco en no pocos colombianos y colombianas:


El destino de los ex comandantes guerrilleros o ´paras´ que hayan conducido procesos de paz exitosos y verificables no puede ser la cárcel. Esto no solo iría en contra del perdón y el reconocimiento social que está dispuesto a ofrecer Colombia por la conversión habida sino que, además, iría en contra del esfuerzo de quienes desde la filas de las guerrillas o de las autodefensas continúan en el monte con la intención de convencer a sus compañeros y líderes sobre los beneficios de abandonar la guerra. No se trata entonces de que no se apliquen las condenas que estipulen los jueces, sino de que las condenas se cumplan en espacios diferentes a las cárceles, bajo la mirada atenta de las autoridades responsables del Estado, donde pueda adelantarse una dinámica de reincorporación a la vida civil acorde con la gravedad del conflicto vivido, así como funcional a la importancia decisiva de alcanzar un exitoso post-conflicto.


Volveremos sobre este tema, más aún, cuando se puede leer hoy en las páginas de El Colombiano, de Medellín, algo que parece ir en la misma dirección: unas declaraciones de Juan David Ángel, director del Programa de Reinserción Nacional, donde manifiesta que le suena la idea de las ‘aldeas de paz’, propuesta por varias organizaciones del Oriente antioqueño, que buscan que en ese escenario se encuentren víctimas y victimarios en un proceso de reconciliación.

Transmutar la cárcel por comunas agrarias de paz, ha de ser la obra de políticos de raza, de postmodernos alquimistas embebidos de sana política.

La reconciliación no será obra de politiqueros ni de guerreristas, ni más faltaba.



Así la veo yo.


Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ también pueden ser consultados en
www.salvatoremancuso.com

2 comentarios:

  1. Hello. Alone on Valentine's Day? Live adult chat Find sex partner in your area! Free offer
    Enjoy

    ResponderEliminar
  2. Hi. Use this search engine for best result: TFOsearch Find all you need in your area!
    Enjoy

    ResponderEliminar