agosto 02, 2005

Ni tanto que queme al santo, ni tan poquito que no lo alumbre
Por una Desmovilización exitosa y una Causa que no puede ser abandonada

Colombia, 2 de agosto de 2005


Así la veo yo (21)




“Caminante no hay caminos, se hace camino al andar, caminante no hay caminos, sino estelas en la mar”.

La poesía –y la de Antonio Machado no es la excepción- aporta luces bastantes en el arte de seducir, y ¿qué debiera ser la política sino una forma seductora de amar y enamorar a los Pueblos? Llegará el día en que los políticos y las políticas de Colombia se relacionen entre sí y con las comunidades en términos de cooperación y amor fraternal, y no en tren de resentimiento y competencia desleal. Mientras tanto sigamos observando –con espíritu crítico- a ciertos malos aprendices herederos de Maquiavelo –de derecha y de izquierda- mientras juegan a su antojo con el clamor de paz de toda la Nación.


Las dificultades que produce en las AUC la reincorporación de sus integrantes a la vida civil no son pocas. Tampoco son sencillas las labores que internamente determinan la transformación de lo militar a lo político. Las variables sobre las cuales cabe operar son de distinto tipo. Unas están relacionadas con aspectos económicos y asistenciales, otras en cambio con aspectos de seguridad. Pero también están en juego circunstancias de empleo y salud, de rehabilitación psicológica y educación, entre otras. En fin, si participar de la guerra tiene sus complejidades, regresar a la vida civil no carece de obstáculos. Tampoco es un lecho de rosas el que recibe a los ex comandantes en la vida política sacudida por el fenómeno de la reelección y las prematuras campañas para la Cámara, el Senado y la Presidencia.

La correcta solución que se obtenga para la problemática enunciada marcará además la línea de no retorno al escenario del delito y las hostilidades, no retorno cuya consecución bien puede ser considerado un objetivo nacional de paz que compromete al Estado, pero también a la sociedad en general y a las mismas AUC.

Al cúmulo de actividades que genera el post-conflicto para las AUC hay que sumarle las tareas logísticas de desmovilización previstas hasta finales de este año que involucran a miles de combatientes que hoy permanecen en el monte, así como el intenso trabajo de orden jurídico que implica el inminente paso de sus comandantes por los estrados judiciales dispuestos en la ley de Justicia y Paz.

¿Qué han dispuesto en materia organizativa las AUC para afrontar de manera simultánea semejantes desafíos de tamaña complejidad? Lo que se ha dejado traslucir desde Ralito ha sido más bien poco y sumamente vago, lo cual puede explicarse a la luz de las enormes dificultades que ha debido enfrentar este Proceso de Paz, no solamente tan atípico sino además enfrentado a contradictores de gran peso en el campo nacional e internacional.

El silencio en cuestiones políticas suele convertirse en un gran enemigo para quienes lo practican dado que se cede a los adversarios todo el terreno en materia de comunicación con la Opinión pública, asunto más bien grave dado que es en el seno del voto de opinión donde se dirimen hoy las pujas políticas que se han convertido cada día más en contiendas políticas de carácter mediático.

Por algún mecanismo ‘transicional’ que facilite el paso de las directivas militares a las directivas políticas, no estaría de más que lo que fue el Estado Mayor de las AUC diseñara la estructura organizativa y la metodología apropiada para que, quienes simpatizando con el paso de las AUC a la vida civil y política, y queriendo adherir a sus postulados, o nutrir sus cuadros sociales y políticos, dispusieran de un canal de comunicación eficaz entre la Conducción estratégica y la Base social, que alejara a los primeros del riesgo del aislamiento del sentir popular, y a los segundos de la desinformación y las campañas tendenciosas que insisten en criminalizar todo lo que huele a autodefensas.

No sé qué tan alejadas de las posibilidades reales estén hoy las condiciones jurídicas que hagan posible el cumplimiento de lo anterior, pero son precisamente éstas las cuestiones que la todavía vigente Mesa de Negociación de Santa Fe de Ralito debe dilucidar para el éxito del Proceso de Paz con las AUC, que como bien se ha dicho no puede agotarse en la entrega de fusiles y la desmovilización.

La salida negociada de las AUC del escenario de las hostilidades militares no puede dejar de lado cuestiones tan esenciales como la protección de las zonas de influencia que durante años las AUC fueron ocupando, así como tampoco puede abandonar en el limbo jurídico la forma en que operará en la práctica la transformación de la organización militar en fuerza política. ¿Acaso puede siquiera imaginarse que las FARC y el ELN abandonen la lucha armada sin claridad sobre el camino abierto para hacer política en el campo de la democracia, sin proscripciones ni limitaciones de ningún tipo, siempre que se actúe dentro de la ley desde el día de los acuerdos de paz en adelante? En el caso de las AUC la cuestión es del mismo tamaño, y tal vez de un grado de complejidad aún mayor siendo que, por su carácter confederado, las AUC han desarrollado diferentes estrategias frente al tema político, de acuerdo a las distintas realidades locales en las cuales les tocó operar, por lo cual las adaptaciones a realizar son múltiples y diversas de región a región.

El presente está cargado de retos para las AUC, pero no es menor el reto que reciben el Estado y la sociedad. No se trata solamente de que veinte mil hombres y mujeres de las AUC sean recibidos con los brazos abiertos para la construcción de paz y tejido social. Se trata también de que el recibimiento que tengan los desmovilizados de las AUC sea observado por los integrantes de las FARC y del ELN como una invitación a su propia desmovilización. La lectura peligrosa que están haciendo los combatientes rasos –y aún los mandos medios y algunos bastante altos de las FARC y del ELN- es que si es tan poco amable, y por momentos tan malo, el trato que reciben como desmovilizados, quienes desde las AUC defendían el Estado -a su manera y por fuera de la ley-, ¿qué pueden esperar en términos de magnanimidad y benignidad quienes enfrentaron el Estado y apelaron al terrorismo para destruirlo desde las filas guerrilleras? Desde el desayuno se sabe lo que va a ser el almuerzo.

Estamos en Colombia, no en Suiza, ni en Dinamarca. Partamos de esto, porque de lo contrario ni existirían las FARC ni el ELN, ni mucho menos las AUC. Las AUC son de hecho –y no el Estado como debiera esperarse- las primeras responsables por garantizar el éxito de la reincorporación a la vida civil de sus combatientes. No cabe exigir a los comandantes de las AUC responsabilidad alguna por el modo y la eficacia con que las fuerzas del Estado garanticen la seguridad de lo que fueron sus zonas de influencia, pero si el Estado no está a la altura de sus obligaciones contraídas con quienes abandonaron las armas deberán las AUC denunciar esto al mundo y mientras tanto hacer hasta lo imposible para que se cumpla lo acordado en la Mesa de Negociaciones en materia de atención al desmovilizado. No pueden olvidar los máximos dirigentes de las AUC que el éxito de la desmovilización de su aparato militar no será medido históricamente por la evolución posterior del conflicto y la correlación de fuerzas resultantes entre el Estado y las FARC y el ELN sino, primero y principalmente, por el éxito en el proceso de retorno de los combatientes al seno de la sociedad.

No tiene presentación alguna que, por un lado se esté proclamando el derecho de hacer política por parte de algunos ex comandantes de las AUC y por el otro los ex combatientes de las AUC tengan, simultáneamente, que padecer todo tipo de contratiempos por los incumplimientos del Estado en materia de atención a los desmovilizados.

A menos que quienes aspiran a ingresar a corto plazo a la lid democrática de la puja electoral, lo estén haciendo, para que la voz de los desmovilizados de las AUC sea escuchada en el Congreso de la República como un compromiso de honor ineludible. Pero si esto no es así, y lo que se busca es pasar de las armas a la política, subordinando a las curules el compromiso con el éxito de la reincorporación a la vida civil de la totalidad de los combatientes, se estaría cometiendo –por parte de los ex comandantes de las AUC- un acto de imperdonable ultraje ético en relación con los desmovilizados, acto que de todos modos recibiría seguramente también el castigo político en las urnas. Lo que es bueno éticamente, termina siendo bueno políticamente, pero lo que es malo éticamente, no demora mucho en volverse como un bumerán en contra de las posiciones políticas.

Puede que estas dificultades logren ser superadas por las AUC, pero no veo que esto resulte así si el Estado, la sociedad y los mismos ex integrantes del Estado Mayor de las AUC no se lo proponen y actúan en consecuencia. No se trata de que el Estado y la sociedad hagan por las AUC lo que las AUC deben hacer por sí mismas, pero sí de que el Estado y la sociedad sean receptivos ante la necesidad de resolver el problema, antes de que el problema les termine explotando ante sus narices a todos los colombianos, que desconocedores de las implicaciones a futuro del intrincado presente respiran aliviados ante cada fusil que las AUC entregan al Estado, pensando que eso solo alcanza, o que alguien está pensando en resolver lo que aún está muy lejos de estar resuelto. Los huevos de la serpiente si quedan a la sombra, tarde o temprano regresan a la luz.

La victoria militar de las organizaciones armadas ilegales no da derechos políticos en la democracia, y mal harían las AUC en considerar su empate técnico con las guerrillas y el Estado como un triunfo que les da derechos políticos. Se entiende que quienes participaron en la lucha contrainsurgente desde las filas de las AUC sientan orgullo por las bondades de su causa libertaria, de la misma manera que los integrantes de las FARC y del ELN sienten en su fuero interno que algo están haciendo por la justicia social en Colombia. Pero que la legitimidad de la propia causa sea un valor irrenunciable en el fuero íntimo de cada combatiente, guerrillero o autodefensa, eso no significa que puede anteponerse lo propio a lo que es legal, lo propio a lo que la sociedad admite como el modo civilizado de resolver los conflictos de la vida social y política. Para eso está el ordenamiento legal, que marca el límite entre los comportamientos aceptables y no aceptables, y establece el deber ser positivo ante las diferentes posibilidades fácticas –no siempre legales de hacer.

Si la victoria militar no da derechos políticos –y la derrota tampoco- también es cierto que el equilibrio entre la justicia y la paz, amerita explorar un camino de transición ad-hoc entre lo militar y lo político. Lo que la ley no admite como conexo al delito político debe ser ajustado ‘políticamente’ para que, en definitiva, sea la ciudadanía la que con su voto, premie o castigue a quienes fueron actores del conflicto armado y tomaron la decisión valiente de abandonar las armas y someterse a las reglas de la democracia. La política debe ayudar a construir los caminos jurídicos que hagan viable la deseable –y socialmente necesaria- transición de la guerra a la paz, de las armas a la política. Porque la inversa, esperar de la justicia la construcción del camino político no sólo es invertir los términos de la ecuación –y en este caso el orden de los factores sí altera el producto- sino desdeñar la opinión del soberano, el constituyente primario, que en asuntos de tanta trascendencia no puede ser dejado de lado, ni mucho menos subordinarse pasivamente a las decisiones de las maquinarias de intermediación política, más preocupadas por defender sus propios intereses corporativos que por oficiar de intérpretes fieles del sentimiento de las bases sociales.

Volvamos al comienzo: es legítimo para las AUC estar pensando en formas de intervención legal en la política. Las invito a que vuelvan transparente este ejercicio creador para no seguir alimentando la voracidad de las fieras que quieren devorarlas. Y que además, no lo demoren, porque cuando las bases se sienten carentes de conducción estratégica arbitran a su manera las diferentes tácticas y no siempre aciertan ni con las formas, ni con los contenidos, ni con los tiempos, ni con los mismos candidatos que aparecen y desaparecen según soplen los vientos.

De la misma manera que hago énfasis en el derecho a la política para las AUC, y también para las FARC y el ELN, una vez desarmados y desarticulados la totalidad de sus estructuras ilegales –el ‘paramilitarismo’ no es patrimonio exclusivo de algunas derechas, sino también de algunas izquierdas- invito a reflexionar y a producir hechos incontrovertibles en la dirección de garantizar a los desmovilizados de unos y de otros la mejor y más plena reincorporación a la vida civil. La obligación de las AUC frente a sus hombres y mujeres desmovilizados es hoy más ineludible y prioritaria que nunca, porque está en juego la credibilidad no solo de su propio proceso de paz, sino la credibilidad a futuro de todos los procesos de paz aún pendientes.

El campo de lo jurídico está en manos de la ley de Justicia y Paz y su próxima reglamentación y puesta en ejecución. El campo de lo social y de lo político está en manos del Estado y de la sociedad, pero también –y fundamentalmente-, en manos de quienes dirigieron a las AUC desde la guerra hacia la paz. Lo social y lo político están inextricablemente vinculados, y lo uno abona el camino para lo otro, y viceversa. Es poco lo que se puede avanzar en respuestas de tipo social para los desmovilizados, las zonas de influencia y la reinserción de las regiones al País, si no se tienen cuotas de poder político, de la misma manera que es poco lo que se puede avanzar en el terreno político si no se cuenta con un acumulado en términos de credibilidad y aceptación social en las propias bases y en las diferentes comunidades.

La política es cuestión de saber manejar los tiempos, pero también de ocupar sabiamente los espacios, y comunicar con acierto los contenidos. También la política es cuestión de saber escoger y formar con inteligencia los predicadores y los candidatos, los conductores y los operadores políticos. En estos tiempos de exacerbación del poder mediático el mensaje y los canales de comunicación son estratégicamente decisivos, y es tan válido trabajar activamente con los públicos simpatizantes como no abandonar los espacios ocupados por los adversarios y contradictores de turno. Finalmente, el opositor de hoy puede ser el aliado de mañana. Y hay tanto acierto en la conducción de lo propio, como en la atención que se le brinde a lo que difiere de nuestras apreciaciones y objetivos. La regla política de la democracia sigue siendo, y lo es cada día más, sumar y multiplicar, en vez de restar y dividir. Si el telón de fondo de la democracia es la incertidumbre y el riesgo inherentes a la libertad y el cambio, el escenario ha de ser dispuesto de tal manera que los propios se convenzan cada día más y los ajenos se persuadan que lo nuestro vale y merece apoyo, aún en el marco de las legítimas diferencias que engrandecen y enriquecen el ejercicio de la democracia.

Si las AUC quieren pasar a la Historia de las soluciones –que comenzaron siendo problemas- y no a la historia de los problemas –que comenzaron siendo soluciones- resuelvan y comuniquen a sus bases sociales y a la Opinión pública, con acuciosidad, prudencia y tacto político lo siguiente: 1. Atención a los desmovilizados (“No los dejamos solos”), 2. Actitud política ante las elecciones al Congreso en 2006 (“No nos resultan indiferentes”), 3. Organización política con vistas al 2010 (“Abandonamos las armas no la lucha por la Causa”)

Ni abandonen a su suerte a los desmovilizados y sus familias, ni dejen de comunicarse con la Opinión pública, mucho menos tomen distancia de la construcción de tejido social, a partir de lo que fueron sus zonas de influencia pero con un alcance regional y también nacional.

Ni crean que todo sigue igual en materia de actividad política tras la desmovilización, ni dejen de evaluar el camino que vincula los primeros pasos en el 2006 con las metas dispuestas para el 2010. La vida política es un proceso, tiene sus primeros pasos y también tiene sus metas. Las metas finales son las últimas en ser alcanzadas pero son las primeras en la intención del caminante.

Ni tanta llama que queme al santo, ni tan poca luz que impida ver por dónde va la procesión.

Así la veo yo.

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