septiembre 20, 2005

¿Se le mide el ELN a ser el ala izquierda de un gran movimiento nacional ‘uribista’?

Entender la ‘Casa de Paz’ como un punto de partida pragmático, no ideológico

Colombia, 20 de septiembre de 2005

Así la veo yo

Por RUBIÑO


La permanencia de ‘Francisco Galán’ en la denominada ‘Casa de Paz’ abre expectativas que merecen no ser defraudadas.


La zona de ubicación de Santa Fe de Ralito comenzó con mucho escepticismo y, sin embargo, contra todos los pronósticos agoreros, está produciendo la desmovilización más grande de la historia del conflicto armado: 20.000 combatientes, nada menos. Desde Ralito las AUC invitaron al diálogo al ELN y a las FARC. ¿Será que la ‘Casa de Paz’ del ELN está dispuesta a invitar a las AUC desmovilizadas? Porque si se trata de que Colombia sea una ‘Casa de Paz’ no puede pensarse que unos queden bajo techo y otros a la intemperie. Menos aún, que haya vencedores y vencidos.


La propuesta de Convención Nacional también merece algunas aclaraciones por parte del ELN, porque una cosa es concebirla como una reunión con amigos del ELN y otra, bien distinta, si está abierta a la sociedad civil en su totalidad, incluida aquella donde tienen buen recibo las AUC desmovilizadas. También aquí no se trata de forzar los tiempos ni de pedirles peras al olmo, sino de hacer claridades que le vayan poniendo horizontes y escenarios posibles a las expectativas.


Las AUC conciben su proceso de paz como otro paso trascendental –en la línea de lo actuado antes por el EPL, el M-19 y la CRS entre otros- hacia un proceso integral que cierre el ciclo de los conflictos armados. Es posible que el ELN estime lo suyo como otro importante paso en la misma dirección y que a ello le esté apuntando ‘Francisco Galán’, pero no es de descartar que el objetivo del COCE siga siendo demoler el Estado por las armas o por la negociación, pero demolerlo finalmente. ¿Con cuál de los dos escenarios nos quedamos?


Al ELN se le presenta una oportunidad de oro –tal vez irrepetible- de alcanzar con el poco poder militar que le queda un máximo de legitimación y maniobrabilidad políticas. Ante la coyuntura que se le presenta su respuesta puede ser avanzar o retroceder. Si avanza hacia la desmovilización y el desarme puede ser un factor de cambio adicional importante que impulse la sociedad hacia escenarios inéditamente favorables en términos de crecimiento y desarrollo. Si retrocede, se afirma –al igual que las FARC- como un factor reaccionario candidato a ser derrotado desde el vamos por una intrincada madeja de fuerzas sociales y políticas que Colombia está dispuesta a construir democráticamente con el ELN o sin el ELN. La sutil y nada desdeñable diferencia radica en que si el ELN permanece en pie de guerra será inexorablemente contra el ELN, las FARC y cualquier otra estructura paramilitar, de izquierda o de derecha, que se enfrente al Estado y a la sociedad.


La fuerza social transformadora que se está gestando, más o menos espontánea e intuitivamente, a partir del personalismo ‘uribista’, y que arrastra tras de sí la muy matizada gama del ‘uribismo’ tiene más proyección política a futuro que el de una simple elección presidencial, o dos o tres. Podemos pensar en una generación de colombianos que desde el 2002 y por un lapso de al menos 25 años introduzca al País no solo en el siglo XXI sino también en un Milenio bien distinto al que arrancó cuando los españoles aún no habían llegado y los EEUU ni siquiera existían.


Así como las AUC desmovilizadas hicieron la guerra y después la paz bajo la bandera de la libertad, el ELN desmovilizado que hoy hace la guerra por banderas de igualdad también puede amanecer en la ‘Casa de Paz’ sosteniendo que está dispuesto a hacer la paz sin renunciar a su causa de igualdad.


Los vientos de cambio que insinuó el primer cuatrienio de Uribe presidente bien puede convertirse en un huracán de transformaciones que con Uribe presidente o con Uribe en el llano, a partir de 2006, garantice tres décadas de avance económico y social para el Pueblo colombiano bajo las banderas de cada día más libertad y cada día más igualdad. Está claro que no se trata de la libertad para morirse de hambre ni para asesinar a los opositores, así como tampoco se trata de la igualdad en la miseria, o la igualdad de los sometidos al tirano o al dictador.


En estas condiciones no se trata de que Uribe le haga un favor a los ‘paras’, ni que los ‘paras’ le hagan un favor a los ‘elenos’, ni que los ‘elenos’ le hagan un favor a Uribe. Ni uno ni los otros necesitan favores, mucho menos al precio de traicionar sus principios. El punto de referencia debe ser Colombia y los colombianos y colombianas. Si hoy el presidente –tras tres años de gobierno- tiene una imagen favorable que va del 70 al 80 por ciento, si hoy las encuestas reconocen la existencia de un clima de optimismo nacional inusual en los últimos veinte años, si hoy el hombre y la mujer del común están dispuestos a seguir confiando en el rumbo abierto por el presidente Uribe porqué no pensar que los desmovilizados del ELN y los de las AUC, en vez de plantear sus futuros políticos por fuera de esa fuerza social que genéricamente denominamos ‘uribismo’, se sumen por los laditos –izquierdos y derechos si se quiere razonar así- para que el destino final no sea una decepción colectiva sino el fruto de una construcción, conjunta y democrática, donde, de lado y lado se aporta esfuerzo, inteligencia y creatividad para entregarle ‘llave en mano’ a la próxima generación un País sin guerra, un País sin exclusiones, un País sin desigualdades que claman al cielo.


No se trata de propiciar el unanimismo utópico e indeseable, sino la suma de fuerzas que jalonen para el mismo lado. Hay ‘uribistas’ con Uribe, así como ‘uribistas’ sin Uribe, hay ‘preuribismo’ y también ‘posturibismo’. Hay ‘uribismo’ crítico y hay ‘uribismo’ lagarto. De todo hay y para todos hay un lugar. A nadie extrañaría un ‘uribismo’ de izquierda formando parte del mismo movimiento nacional donde también cabe un ‘uribismo’ de derecha. Lo que une, en este caso, no son las ideologías, sino el acuerdo fundamental sobre la necesidad de las transformaciones a realizar y los consensos sobre los caminos para llevarlos a la práctica.


Tal vez la palabra ‘uribismo’ no sea la ideal, ni la más precisa, para expresar el tipo de unidad en la acción al que se estaría convocando pero mientras se halla un término sustitutivo que mejore la significación démosle a la connotación de ‘uribista’ la misma caracterización que le dan el hombre y la mujer del común cuando hablan entre sí o responden una encuesta. No vaya a ser que Colombia pierda una oportunidad histórica, e irrepetible en muchos años, de salir de sus problemas, a caballo de la fuerza incontrastable de unas mayorías contundentes, porque el término que denomina tales fuerzas –en este caso, ‘uribismo’- no cae bien en paladares demasiado finos, o en estómagos extremadamente delicados, inclinados a desentenderse del mundo por ‘pulir un verso’.


Según los ideólogos de la lucha armada guerrillera, las guerrillas estaban destinadas a ser algo así como la chispa que encendiera el motor. El motor era el pueblo, las clases obreras y campesinas produciendo las transformaciones sociales, lo que alguna vez se llamó ‘revolución’. En Colombia eso no sucedió ni va a suceder. Algunos líderes guerrilleros se convirtieron en los rabinos de Israel esperando el Mesías de la Revolución, y lo siguieron esperando aún muchos siglos después de Cristo. Ni las FARC, ni el EPL, ni el M-19, ni el ELN fueron la chispa que encendiera el motor. Ni siquiera llegaron a ser llama que generara en la contraparte dictaduras al estilo de Chile y de Argentina. Lo que sí generaron fue una violencia de signo opuesto nacida del mismo pueblo en su afán por defenderse, ya que el Estado recién ahora se está despertando de la larga siesta y poniendo los pantalones. Se convirtieron las guerrillas, eso sí, en plagas y en pestes que amenazan destruir lo poco de democracia y de bienestar que supimos conseguir hasta aquí.


Sin embargo, tanto las guerrillas como las autodefensas están llamadas a abandonar la guerra. La convocatoria del presidente Uribe no excluye a nadie, ni prefiere a unos por sobre otros. ¿No será el ‘uribismo’ la chispa que encienda el motor de las transformaciones sociales en Colombia? ¿No será que guerrilleros y autodefensas pueden encontrar en el movimiento nacional que se está gestando el espacio para darle rienda suelta a su afán transformador? Unos operando sobre la producción, otros sobre la distribución del ingreso, unos sobre lo urbano otros sobre lo rural. Unos destacando lo cultural, otros poniendo el acento sobre la seguridad.


El siglo XX inició bajo el signo de conservadores y liberales. El siglo XXI bien puede estar llamado a afianzarse a partir de ‘uribistas’ y desmovilizados provenientes de las filas guerrilleras y de autodefensas. No se trata de que ‘Antonio García’ se inscriba en Cambio Radical, ni que Salvatore Mancuso se sume al Partido de la ‘U’. Se trata de que, en vez de buscar fórmulas que le produzcan el mayor costo político al presidente Uribe y a los ‘uribistas’, se encuentren caminos institucionales para que el beneficio político y social sea el mayor en términos de la población colombiana. En una palabra, que no se busque el bien o el mal de unos sobre otros, sino el bien de todos a favor de Colombia.


El presidente Uribe en su reciente discurso en la cumbre de las Naciones Unidas destacó lo siguiente: “Me atrevo a proponer que, …, utilicemos cinco parámetros para calificar nuestras democracias. Ellos son: la seguridad con alcance democrático; la protección efectiva de las libertades públicas; la transparencia como factor de confianza; la cohesión social como principio de sostenibilidad democrática; y, la independencia de las instituciones.”


Los cinco parámetros que mencionó Uribe en las Naciones Unidas pueden ser claves a la hora de generar espacios de interlocución ya no solo de carácter vertical entre el Gobierno nacional y los armados ilegales, sino también de carácter horizontal entre ELN y AUC desmovilizadas, así como también con las FARC cuando ellas se decidan a hacerlo.


En su discurso ante el Congreso de la República del 28 de julio de 2004 el entonces máximo líder del Estado mayor negociador de las AUC, Salvatore Mancuso mencionó “la importancia estratégica para Colombia de generar consensos e iniciativas sobre los siguientes cinco temas principales que conforman nuestra Agenda de Convergencia y Concertación Nacional e Internacional: 1. Estado Social de Derecho; 2. Concertación para el Desarrollo Nacional; 3. Reconstrucción del Tejido Social y Nacional; 4. Ética de la Responsabilidad Social y 5. Colombia y el Mundo. Estos temas identifican las bases fundamentales de nuestra convocatoria a los colombianos.”


El espacio abierto a partir de Santa Fe de Ralito y el que se abre en estos días con la ‘Casa de Paz’ que habitará ‘Galán’ facilitan encuentros entre ambos actores del conflicto armado, unos en la fase final de su desmovilización, y otros en la fase exploratoria de lo que todos los colombianos aspiramos culmine con éxito en una ulterior fase de negociación.


Las amenazas terroristas son una realidad a tener en cuenta, así como también la realidad del conflicto armado. Pero también urge comenzar a tratar el tema de los territorios amenazados por las debilidades del Estado, de la sociedad y de la economía. Todos estos factores se entremezclan y requieren ser considerados en los diálogos de los actores armados ilegales que buscan concretar su abandono de las armas y la sociedad en sus diferentes componentes.


Lo que ‘Francisco Galán’ denomina ‘Convención Nacional’ puede que en el fondo no sea muy distinto de lo que Salvatore Mancuso mencionó en el Congreso de la República como ‘Agenda de Convergencia y Concertación’. Ambos líderes tienen claro que existe un ámbito de negociación política que es con el Gobierno nacional, pero que también existe otro ámbito igualmente importante que es el lugar de encuentro entre los desmovilizados y la sociedad. Puede que el criterio del ELN privilegie la Convención Nacional para su realización previa al desarme, mientras que las AUC han aceptado que un diálogo entre armados ilegales y desarmados civiles no es un diálogo entre iguales, ni es un diálogo entre hombres igualmente libres. Sin embargo, todo esto, siendo importante al finalizar el proceso, es procedimental en sus inicios, porque lo sustancial aquí sigue siendo la voluntad de diálogo, las propuestas, la concertación. Lo que Salvatore Mancuso denominó la convergencia.
Así la veo yo.

Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ también pueden ser consultados en
www.salvatoremancuso.com

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