octubre 12, 2005

Al Proceso de Paz no le falta seriedad: lo que le falta es claridad

Respetar, valorar y vivir el presente sin ‘fugarse’ hacia el pasado o el futuro
Colombia, 12 de octubre de 2005

Así la veo yo


Por RUBIÑO


El pasado ya pasó, el futuro tal vez nunca llegue. Se trata de vivir el presente sin ‘rabos de paja’ ni ‘falsos remordimientos’; sin complejos de culpa, ni de superioridad; sin bajones de autoestima; sin pensar que todo lo de afuera es bueno, ni que todo lo de adentro es malo. Vivir el presente; no matar, ni el presente ni las personas, de eso se trata, finalmente. Si es que estamos hablando de paz, y no de guerra.

¿Quién iba a decir hace pocos meses que hoy ‘Galán’ estaría alojado en la ‘Casa de Paz’ y que hoy ‘Paz´ estaría alojado en la ‘Casa de Galán’? Ambos están caminando en la misma dirección, alejándose de Cómbita y marchando hacia la reconciliación. Ni siquiera es una cuestión política, es una cuestión humana, de pura humanidad.

Negar el conflicto armado es negar la realidad. Una cosa es tener respetables ideas acerca de la realidad y otra cosa es la realidad en sí misma.

Sin embargo, el reconocimiento de la existencia del conflicto armado no significa admitir –como algunos creen- que su única salida sea la ‘solución política negociada’. En el caso del actual Gobierno y de las amplias ‘mayorías uribistas’ la ‘solución pública negociada’ está tremendamente desacreditada.

La expresión ‘solución política negociada’ ha ido tomando rumbos distintos y hasta antagónicos. Mientras para las FARC y el ELN significa que el Estado y las organizaciones armadas ‘insurgentes’ se sientan a negociar en un plano de igualdad para acordar la transformación del Estado –y de la misma sociedad-, para el Estado y buena parte de la sociedad ello significa apenas el cese al fuego y de hostilidades, la concentración, el desarme, y la desmovilización y reincorporación a la vida civil de los alzados en armas sin privilegios de ningún tipo, ni políticos ni jurídicos, mucho menos militares.

El mundo de distancias entre El Caguán y Santa Fe de Ralito no lo hacen las diferencias políticas resultantes entre Pastrana y Uribe, ni las que existen entre las FARC y las AUC. La diferencia sustancial reside en la concepción misma del significado que se le atribuye al concepto de ‘solución política negociada’.

Mientras que en la apreciación de las FARC y el ELN la Ley de Justicia y Paz es solo una ‘ley de impunidad’ hecha a la medida de los ‘paras’ e inaplicable para las guerrillas, para el Gobierno y los ‘uribistas’ esta ley tiene alcance universal –para guerrillas y autodefensas- y constituye el equilibrado fiel de la balanza entre justicia y paz, entre verdad y reconciliación, entre daños ocasionados y reparación a las víctimas.

Entre la posición de las FARC y del ELN y la posición del Gobierno cabe una diversificada gama de matices, donde unos se inclinan más hacia lo que pregonan las guerrillas y otros se acercan más a la posición del presidente Uribe. El debate está en curso y apenas en sus comienzos.

A decir verdad, el Gobierno nacional no ha dicho expresamente aún que la ‘solución política negociada’ es un camino obsoleto e inviable, y que según su concepto no significa otra cosa que el sometimiento a la ley de Justicia y Paz y su reglamentación.

Sin embargo, el Gobierno nacional ha utilizado el proceso de paz con las AUC para hacer pedagogía –teórica y práctica- en Ralito, en el Congreso y en todas partes –también en el exterior- acerca de que no hay nada que negociar entre el Estado legal y legítimo de todos los colombianos y las organizaciones armadas ilegales alzadas en armas, revolucionarias o contrarrevolucionarias, lo mismo da. Que tales organizaciones armadas ilegales sean además consideradas como terroristas no hace aquí al fondo de la cuestión. El fondo de la cuestión es que el Estado democrático es legítimo por sí mismo, y todo aquel que cuestiona su legitimidad con el alzamiento en armas se pone ipso facto por fuera del sistema constitucional y por lo tanto no merece, ni puede recibir, el ‘premio’ de una negociación política. Esto vale para las guerrillas, para las autodefensas y también –obviamente- para las fuerzas armadas estatales.

Quienes todavía piensan que Uribe tratará de manera diferenciada a unos y a otros están muy equivocados. Mientras Uribe sea el presidente, y su Gobierno logre cultivar con éxito, en el cuerpo social y político de los colombianos, la incompatibilidad esencial, la lucha dialéctica y armada entre legitimidad democrática y amenaza terrorista, la renovadora visión ‘uribista’ del conflicto armado interno estará más y más arraigada, incluso entre sectores de izquierda hartos de la intransigencia de las FARC y del ELN que tanto los ha perjudicado en su trabajo de acumulado político para la construcción de ‘nueva izquierda’ democrática. Para estos sectores de izquierda en la superficie legal, las FARC y el ELN se han ido convirtiendo cada vez más en lastres pesados de soportar y cada día más imposibles de ‘justificar’. La combinación de todas las formas de lucha ya no es sostenible ni defendible. La experiencia dual y trágica de la Unión Patriótica no puede repetirse ni alentarse, ni por sus creadores ni por sus destructores. El ‘doble discurso’ y la ‘doble moral’ ya no dan para tanta elasticidad oportunista, ni para tanto malabarismo verbal. Si esto ya es evidente por el lado de la derecha –y las AUC lo están sintiendo en carne propia en su tortuoso proceso de reincorporación a la sociedad- también lo es, y lo será cada vez más palpable, por el lado de la izquierda –donde los choques entre Lucho Garzón y el Polo Democrático a raíz del tema ‘valorización’ en Bogotá son apenas la punta del iceberg.

En este campo de la contradicción a superar entre ‘Democracia y Lucha armada ilegal’ no los veo tan alejados en estos días a Lucho Garzón de Uribe, ni a Gustavo Petro de Luis Carlos Restrepo. Al representante Petro lo veo, incluso, inclinado a ‘ponerle más dientes’ a la reglamentación de la ley de Justicia y Paz –no solo pensando en las AUC sino también en las FARC y el ELN. Esto último se abstiene de decirlo respecto de las guerrillas, tal vez con la esperanza política de no tener nunca que decirlo -por sustracción de materia- al intuir que ni las FARC ni el ELN se ‘someterán’ jamás a ‘negociar’ bajo estas condiciones.

Petro sabe que es ‘dueño de las palabras que calla y esclavo de las que pronuncia’. Por eso sabe muy bien contra quienes puede hoy irse lanza en ristre y contra quienes no. Con ello aparece incongruente pero salva la vida y preserva su libertad. No evita lanzar dardos envenenados contra las AUC cada vez que le viene en gana, pero se cuida muchísimo de decir cosas que sabe no pueden sino producir irritación –y algo más- en las FARC y el ELN.

El Gobierno ha utilizado –y tal vez abusado-, del nuevo modelo de ‘negociación’ con las AUC al aprovecharlo para enviarle mensajes a las FARC y al ELN, de tal manera que sepan a qué tendrán que atenerse. Éstos se desentienden de Ralito y no acusan recibo, así se vayan hundiendo, hasta el cuello, con más y más delitos atroces y crímenes de lesa humanidad, que ni sueñen con que los Garzón, los Navarro y los Petro les van a ‘acolitar’ más adelante. Ni hablemos de Uribe y los ‘uribistas’.

Aquí llego a lo medular: mientras el Gobierno nacional tiene puestos sus ojos en un faro orientado hacia adelante, y cada paso que da con las AUC lo va dando también en función del futuro con las FARC y el ELN, las AUC pareciera por momentos que insisten en poner sus ojos en el espejo retrovisor, pensando con el deseo que el Gobierno haga lo mismo que anteriores gobiernos hicieron con el EPL, el M-19, la Corriente de Renovación Socialista, el Quintín Lame y las propias Autodefensas de primera generación.

Este choque de visiones entre los equipos negociadores del Gobierno y las AUC puede transformarse en un choque de trenes –de consecuencias trágicas- si ambas visiones no se concilian rápidamente.

Si unos miran en exceso hacia atrás, y otros miran en exceso hacia adelante incurren a la larga en el mismo error: dejan de lado el presente, con sus grandes e inocultables limitaciones y con sus todavía amplias y abiertas posibilidades.

Las AUC, porque insisten en medir los resultados obtenidos con el rasero de los modelos de negociación del pasado, lo que les hace menospreciar las realistas y convenientes ofertas del Gobierno; el Gobierno, porque actúa como si el único sentido de esta negociación fuera utilizarla como rampa de lanzamiento de mensajes duros a las FARC y al ELN que los hagan caer en la cuenta del borde del precipicio sobre el que están situados. En el primer caso, los mensajes son del tipo: “si Navarro y Petro pasaron del monte a la política sin pasar por la cárcel ¿porqué nosotros sí tendremos que pasar por centros de reclusión?” En el segundo caso, los mensajes son del tipo: “vean cómo trata hoy el Gobierno a sus ‘amigos’ ‘paracos’, e imaginen cómo tratará mañana a sus ‘enemigos’ ‘guerrillos’”.
Así ambos –Gobierno nacional y AUC- por caminos diferentes minan la necesaria confianza mutua y evitan lo que resulta esencial para sus intereses: darle certezas y claridades al interlocutor en la Mesa y fuerza interna y externa a los acuerdos entre las partes.

¿Cómo puede entenderse que a esta hora de las negociaciones no exista claridad sobre si la fecha límite del 31 de diciembre de 2005 –en cuanto a desmovilizaciones- va a ser respetada o no, cuando ya han pasado más de dos años de la firma de los Acuerdos de Ralito? ¿Cómo puede entenderse que al día de hoy los comandantes de las AUC no tengan la certeza acerca de que no van a ser extraditados, ni entregados a jueces extranjeros?

La cuestión central no es si Cómbita o Itagüí. Ni siquiera si se trata de negociación, concesión de gracias o sometimiento a la Ley. Ya está claro que la era de la solución política negociada es cosa del pasado.

La cuestión central sigue siendo: La Paz o la Guerra.

O visto de otro modo: Las razones de Estado propias o ajenas.

Así la veo yo.

Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados también en
www.salvatoremancuso.com

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