noviembre 08, 2005

Los actos de fe de las AUC y la poca fe del Gobierno en las AUC - De la negociación política al sometimiento a la Ley de Justicia y Paz

Colombia, 8 de noviembre de 2005



Así la veo yo




Por RUBIÑO



La voluntad negociadora del Gobierno con las AUC se terminó de venir al suelo con la sanción en el Congreso de la Ley de Justicia y Paz. Lo que debió haber sido propiamente el comienzo del final de la negociación constituyó en realidad su abortivo final. La sanción de la Ley y la simultánea ausencia de caminos de paz con las FARC y el ELN hicieron demasiado gravoso para el ‘candidato-presidente’ el 'costo político' de negociar con las AUC las condiciones de su reincorporación a la vida civil.

Esto lo percibieron primero Pardo y Parody, y hoy lo suyo ha hecho carrera entre las filas ‘uribistas’ más afines a César Gaviria –o a Enrique Peñalosa- que al mismo Uribe. Si no existiera de por medio el anacronismo amurallado de Serpa, estas cercanías –alentadas por EEUU- se harían más evidentes y contundentes. No se nos olvide que a partir del 7 de agosto de 2006 Uribe será –probablemente- el primer presidente de Colombia en muchos años que inicie un cuatrienio de Gobierno en el mediodía de su esplendor –no en el amanecer- con el ‘sol poniéndose a sus espaldas’ desde el mismo día de su posesión… y con la ‘ñapa’ de contar –o descontar- con Bush en retirada.

Llegados a este punto –y con sus referentes históricos desmovilizados- solo cabe a las AUC someterse a la Ley de Justicia y Paz. No hay otra. El Gobierno puede darse el lujo de preferir los costos políticos de la guerra a los costos políticos de la paz. Las AUC no tienen esa opción –en términos políticos hablando- y es bueno para Colombia que no la tengan. De otro modo podrían verse tentados de desafiar al Gobierno y enredarlo donde más pueden hacerlo: en los mil vericuetos de la guerra irregular. Donde, paradójicamente, las AUC todavía tienen mercado que demanda generosamente por ellas y espacios militares grandes que ocupar. No se nos olvide que ‘el poder de hacer daño es poder de negociación’. Y en esto último las AUC han estado a punto de coincidir con las FARC y el ELN pero vencieron la tentación y no pasaron de la raya durante la entera negociación. No se entendería que lo hiciesen ahora. Las nuevas generaciones de ‘paras’ seguramente tomarán nota de esto y de los resultados obtenidos por sus antecesores. Pero esta es otra historia, no la de las AUC.

Lo que no es halagüeño para Colombia es que, visto desde la Comunidad internacional, el Gobierno prefiera tales costos –los de la guerra- sobre los otros –los de la paz. Menos todavía que se perciba allí –y también aquí- que los ‘gritos’ y las ‘amenazas’ a las AUC van hechos principalmente para que las FARC y el ELN sepan a qué atenerse. Los límites entre autoridad y autoritarismo suelen confundirse con extrema facilidad cuando se privilegia el efecto del ‘golpe sobre la mesa’ o ‘sobre el micrófono’ por encima de la voz y el tono persuasivos.

No caen bien los "ultimátums" en negociaciones de paz. Menos si vienen de la parte que tiene todo el poder del Estado y de quien se esperan ejemplos de cordura en cada ocasión –sobre todo cuando hay dificultades y crisis. Salirse de las casillas y perder los estribos, para que el mundo sepa de la dureza del Presidente, flaco favor le hace a un Gobierno que es calificado de autoritario y guerrerista en poderosos e influyentes círculos de la Comunidad internacional, incluso en EEUU por fuera del círculo íntimo de Bush. Son estos pasos en falso los que inclinan al mundo a pensar que el Gobierno no está seriamente interesado en las soluciones políticas negociadas, ni en el acuerdo humanitario, ni en la paz con las guerrillas.

Mientras el mundo razone así la credibilidad del proceso de paz con las AUC seguirá siendo nula. La dureza del Gobierno, que es real con las AUC, cae bajo sospecha de ser un burdo montaje que pocos están dispuestos a creer. Sin embargo, el fondo de la cuestión –la intransigencia autoritaria de Uribe- gana adeptos con estos ‘ultimátums’ en la medida que –paralelamente- no se avanza en nada sustancial con las guerrillas –en materia de paz, o al menos, de libertad de secuestrados. En este contexto enrarecido, que las AUC alcen el tono de sus voces y no se queden calladas ante los ataques que reciben dentro y fuera de la Mesa, sin romper el proceso, despiertan más suspicacias que credibilidad y confianza, como si todo se tratara de la simple ‘puesta en escena’ de un libreto preacordado.

Para salir de este ‘impasse’ el Gobierno podría manifestar de una vez, con todas las letras, que no está en condiciones de brindar ninguna seguridad jurídica, ni nacional ni internacional, al proceso de paz con las AUC, más allá de la Ley de Justicia y Paz, por la sencilla razón de que sectores de la Comunidad internacional y la oposición nacional se han confabulado para ponerle talanqueras insalvables a la negociación política con las AUC.

El Gobierno también podría ir más allá, y romper unilateralmente el Proceso de Paz y ofrecer a los comandantes de las AUC su inmediato ‘sometimiento a la Ley de Justicia y Paz’. Si el Gobierno, pese a su buena voluntad, no tiene poder de convicción suficiente para garantizar internacionalmente los acuerdos de paz con las AUC, entonces bueno sería que quitase de su léxico la palabra negociación y hablara sin ambages de ‘sometimiento a la ley de Justicia y Paz’. Se evitaría así el desgaste inútil, a estas horas, de seguir insistiendo en aclimatar el proceso con las AUC como una negociación cuando sólo ha habido imposiciones de un lado de la Mesa y actos de fe y entrega de armas y desmovilizaciones por el otro.

El tema de la extradición quedará atado –como marca la Constitución pero se ha diluido un tanto con Uribe- a la discrecionalidad del presidente de turno. Con lo cual los gobiernos de Colombia y sus presidentes tendrán que asumir de una buena vez su responsabilidad, y la vocería y representación de los colombianos ante el mundo, por lo que consideran su interés nacional. EEUU y la Comunidad internacional estarán siempre en su derecho de solicitar, pero Colombia tendrá una magnífica ocasión de recuperar ‘al ciento por ciento’ su hoy menguada capacidad de decidir por sí –como Estado ‘mayor de edad’ que es- cuándo extradita y cuándo no.

A casi doscientos años de la Independencia nacional sería un buen regalo de cumpleaños para los colombianos saber que se ha recuperado en Colombia –no solo en el caso de la extradición- el poder de decisión autónomo del Gobierno, del sistema democrático y de Justicia, despolitizando su ejercicio subalterno como apéndice del ‘sometimiento al Imperio”. En estas nuevas condiciones conceder la extradición sería la excepción, no la regla.

Así las cosas, que carguen el presidente Uribe y su gobierno con su parte insoslayable en la tarea de hacer claridades sobre el porqué de la ‘no negociación’ con las AUC. Porque si no han querido hacer esas claridades ante Colombia y el mundo en el caso de Ralito y lo que está en juego allí, que al menos lo hagan frente a su propia incapacidad y falta de voluntad de ‘negociar’ políticamente con las AUC. Lástima, porque cuando se tienen buenas razones –y este Gobierno las tiene- nunca es bueno abusar de la fuerza de las armas, ni hacer de la ‘amenaza’ de las armas la única política.

Por el bien de Colombia, las AUC no deben volver jamás al monte. El balance estratégico de la guerra ya no está seriamente amenazado para las fuerzas legales y legítimas que defienden la Democracia y la Libertad de los colombianos. En este sentido las AUC pasan al buen uso de su retiro y se incorporan a las Reservas ‘desarmadas’ pero ‘no vencidas’ de la Nación.

Las AUC bien pueden tomar la iniciativa de ofrecerle al País, en los próximos días, entrar en un proceso de ‘pre-desmovilización’ que esté completado antes de la próxima Navidad, para que el 24 de diciembre de 2005 traiga la buena nueva a todos los colombianos sobre la concentración del 100 % de las AUC y la entrega de sus armas. Esto significará, por parte de las AUC, el cumplimiento de la palabra empeñada y la decisión inquebrantable de ‘someterse a la Ley de Justicia y Paz’.

Precipitar la desmovilización no le conviene a nadie, ni siquiera al Gobierno. La imposibilidad para la desmovilización total antes de finalizar el año radica en la necesidad de que el proceso de reincorporación a la vida civil de los ex combatientes goce de todas las garantías, no solo para los ex AUC, sino también para las poblaciones donde ellos se reinserten a la sociedad. No se trata de organizar la salida de un estadio de fútbol, sino la salida de miles de combatientes del escenario de la guerra.

Si algo ha hecho evidente la escasa preparación de este Gobierno, para estar a la altura del desafío que plantea la desmovilización de las AUC, no ha sido la muy escasa credibilidad y apoyo internacional que logró concitar –esto pude entenderse en los laberintos de la geopolítica mundial- sino el monumental ‘oso’ que ha significado hasta ahora el hecho del regreso a la vida civil del 50 % de los ex combatientes AUC –insuceso ciertamente difícil de explicar.

A partir de aquí y ya por fuera de la Mesa –no le sigamos pidiendo peras al olmo- la labor de las AUC desmovilizadas es totalmente de carácter político y está en sus solas manos y mentes poner a salvo los esfuerzos hechos en pro de su desmovilización. Con o sin apoyo de este Gobierno el proceso de su pasaje de lo militar a lo político debe concluir en buenos términos para Colombia, para las propias AUC y para su credibilidad ante la Comunidad internacional, finalmente más pragmática y menos ciega de lo que aparenta ser y más amiga de los hechos concretos que de las promesas en el aire.

Es una prueba difícil pero no insuperable para las AUC. El camino a la política puede quedar allanado, aun en los términos mínimos que los plantea la Ley de Justicia y Paz, sobre la cual pesa todavía la ausencia de reglamentación. El acuerdo se habrá establecido, entonces, no entre una organización y un Gobierno, sino entre una parte entrañable del Pueblo –que un día tomó las armas- y el mismo Pueblo –que quiere vivir protegido exclusivamente por su propio Estado y bajo el amparo de las Leyes.

Para que todo el proceso culmine con éxito, a la desmovilización de las AUC debe sucederle la ‘movilización pacífica’ de centenares de miles de voluntades que reciban y capten su influjo. Esta es la ‘madre de todas las batallas’ para las AUC: el camino abierto al intrincado mundo de la política, para lo cual no hay un solo trayecto, sino todos los que resulten conducentes y efectivos en función de objetivos sociales, nunca personales ni sectarios. Si no hubo ‘unanimismo’ durante la guerra contra las guerrillas ni en la negociación con el Gobierno, menos puede haberlo –y es bueno que sea así- en el juego serio de la política.

No existen ya en Colombia espacios ‘políticos’ para organizaciones armadas al margen de la ley ni para Gobiernos pusilánimes ante la violencia terrorista ni débiles ante el chantaje. Esto es válido –y lo será cada día más- para las FARC y el ELN, así como también lo es para las AUC.

No se trata entonces, a estas alturas, de hacer claridades ‘póstumas’ sobre una negociación política con las AUC que el Gobierno nunca estuvo en condiciones de concretar por razones que muchos podemos intuir pero que sólo el Presidente conoce. No es el caso de volverse al monte para las AUC, sino de aplicarle la eutanasia a la ‘negociación que no fue’, y renacer a la vida política desde las entrañas de la Ley de Justicia y Paz.

La Historia juzgará a las AUC por lo que hicieron en la guerra y por lo que quisieron lograr en la Mesa de la Paz. Lo mismo sucederá con este Gobierno y su actitud en la Mesa y frente a las AUC. Así será de implacable la Historia con las guerrillas y su ‘millón de babas y balas’ para ‘desatar la guerra’ y no querer ‘anudar la paz’. Entre estas últimas ‘babas’ recomiendo la lectura atenta de las más recientes ‘cinco perlas retóricas’ del ELN que ‘Galán’ exhibe como diamantes finos ante tanto europeo ‘verde’ de inmadurez y unos que otros colombianos que contra toda evidencia, se empeñan en creer en lo increíble, o en hacer como que creen porque les toca. No es que sea mala la credulidad, lo que son malos son los embustes. Y no lo digo por ‘Galán’, cada día más cerca de la verdad de su conciencia y más alejado de la inconsciencia de sus ex.

Lo que seguramente Colombia aplaudirá en las AUC es que no fueron cobardes ante el ataque de las guerrillas, ni faltas de coraje a la hora de dar, con su desarme, el primer gran paso, en el siglo XXI, de los ‘grupos armados ilegales’ hacia la Paz de Colombia.

Si el gran ‘pecado’ de las AUC ha sido creer en la voluntad del primer Presidente que iluminó el camino de la victoria sobre la subversión guerrillera eso está en manos de Dios y lo juzgará la Historia.

La victoria final de las AUC no se dará en el campo de batalla, ni en la Mesa de Negociaciones que finalmente ‘no fue de negociaciones’. El gran mérito de las AUC en la Mesa es que nunca se propusieron derrotar y humillar al Gobierno en el marco de las negociaciones. El inocultable ‘pecado’ del Gobierno en la Mesa es que llegó a ella con más sed de victoria que de conciliación, con más ánimos de imponer que de negociar.

Que las AUC se propusieran hoy derrotar al Gobierno de Uribe en la Mesa de la Paz no tiene sentido ni justificación histórica. El lema de siempre de las AUC ha sido luchar –con armas, con ideas y acciones sociales y políticas, y también, desde 2002, con voluntad y hechos de Paz- por remediar y compensar las debilidades del Estado, nunca para agrandarlas y profundizarlas. El lema de ‘cuanto peor para el Estado, mejor para nosotros’ es bandera guerrillera no de las autodefensas.

Es preferible retirarse de la negociación ahora y someterse a la Ley de Justicia y Paz que entrar en el juego de presiones y contrapresiones que sólo favorecen a las guerrillas y a sus aliados en la política, y a uno que otro ‘uribista’ que oculta debajo de su túnica farisaica el gélido filo del puñal. La Historia conoce de sobra acerca de quienes en su lucha por el poder, ‘Césares’ y ‘Brutos’ han sido.

La victoria final de la causa de las Autodefensas se dará en el corazón de la democracia colombiana y en el trabajo político, social y económico sin desmayos por una Colombia libre, digna, sin pobreza y sin violencia. Esto podrán hacerlo colectivamente, o a título individual, desde una o varias agrupaciones políticas. No se trata -una vez más- como en el adagio chino, de que ‘el gato sea blanco o negro, sino de que cace ratones’

Allí se sabrá si las AUC aprendieron de su propias heridas y desgracias y si están a la altura de lo que Colombia –y no algunos pícaros ‘uribistas’- necesitan hoy de ellas.

Mientras unos ponen las trampas y quieren quedarse con el queso y con el ratón, también hay otros que saben eludir las trampas -y sin poner otras- compartir el queso con los demás.

No se trata, finalmente, de gatos y ratones, sino de aprender de los adagios y las fábulas y crecer solidarios en Humanidad.


Así la veo yo.


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