diciembre 13, 2005

Uribe y las AUC: dos fenómenos políticos distintos y exitosos

La necesidad imperiosa de ‘revolucionar’ la política colombiana


Colombia, 13 de diciembre de 2005


Así la veo yo



Por RUBIÑO


Llegados al umbral de las Fiestas de Navidad y Fin de Año, se completan hoy las primeras cuarenta ‘columnas semanales de Rubiño’ que, desde marzo, se fueron jalonando, unas tras otras, discurriendo sobre la realidad incontrastable del fenómeno político más sorpresivo -también más desconocido y estigmatizado- de los últimos veinte años en Colombia: las AUC.

Es el tremendo éxito de las AUC, como organización político-militar, lo que explica las invectivas de sus enemigos guerrilleros y los venenos que destilan los ´pro-guerrillos de superficie’, en la prensa y por internet, en contra de los ´paras´. Ni qué hablar de aquellos políticos ‘tradicionales-tradicionales’, y ‘tradicionales-independientes’, o ‘ex guerrilleros-ya tradicionales’, que se desvelan pensando en cómo cerrarle el camino a la inédita competencia que se les viene ‘piernas arriba’ por parte de los desmovilizados comandantes de las AUC y sus ‘cuadros’ políticos y bases sociales.

Hay una cifra –la del famoso 35 % que lanzara Salvatore Mancuso en 2002 y sobre cuyos hilos tejiera políticamente Vicente Castaño en su reportaje de este año a SEMANA- que les ha quitado el sueño durante todos estos años a tantos ‘mercaderes de la política’. Porque la cifra puede ser correcta o puede ser solo ‘cañazo’ pero lo evidente políticamente es que ha resultado creíble y, sobre todo, ha dado en el blanco.

Algunos dirán que el fenómeno Uribe también ha sido sorpresivo y contundente y que su éxito supera en mucho lo que hasta aquí han logrado alcanzar las AUC. Es que una cosa es subir las escaleras por la alfombra roja y liberal de los caminos de la legalidad política, y otra, bien distinta, es hacerlo desde el infierno de los condenados a la guerra y desde el bando de los ‘excomulgados’ por la izquierda colombiana y mundial. Resulta evidente que ambos –Uribe y las AUC-, no son santos de la devoción de las izquierdas, sino todo lo contrario. Sin embargo, a pesar de ser emblemas de lo que César Gaviria llamaría ‘la nueva derecha’, Álvaro Uribe y las AUC, son fenómenos llamados a ‘revolucionar’ la política colombiana y a dejar huellas imposibles de soslayar de aquí en adelante. Incluso bien puede suceder que habiendo partido de orígenes tan diferentes y de lugares tan distintos de la geografía política colombiana no pueda descartarse –en todo caso después de 2006- que los caminos del futuro ex presidente Uribe –algún día lo será- y las ex AUC –ya completamente desmovilizadas- hallen más puntos de encuentro que los muy pocos y espinosos de la Mesa de Ralito, y más motivos de coincidencias ideológicas y programáticas que las casi nulas habidas durante el Proceso de Paz.

Mientras el fenómeno Uribe y su sintonía favorable con la Opinión pública no puede calificarse precisamente de un éxito organizacional sino de un caso excepcional de carisma y liderazgo personal, el fenómeno de las AUC –exitosas en la guerra y pioneras en la construcción de paz- es un caso poco estudiado todavía de organización colectiva eficaz –de lo cual el ‘uribismo’ está muy lejos de poder felicitarse. Nunca con tan poco se logró tanto como las AUC han logrado desde sus antecedentes fundacionales –en todo caso no más de dos décadas si nos queremos remontar atrás de la década de los 90’- hasta hoy. La comparación con las FARC y el ELN no resiste análisis alguno en cuanto al éxito que han alcanzado en la ilegalidad las AUC –en lo militar y en lo político- y los fracasos que han acompañado más de cuarenta años de delincuencia política guerrillera. ¿Qué queda hoy de lo que intentaron en materia revolucionaria los líderes que le dieron vida al ELN? ¿Pensaron alguna vez que terminarían aceptando una ley como la de Justicia y Paz, sin ningún apoyo social de masas, y sin otro salvavidas distinto del que que pueden brindarle sus escasos simpatizantes en la civilidad, uno que otro político que aspira agradar a Chávez, algunos obispos y sacerdotes, un puñado de congresistas y cuatro o cinco columnistas bienintencionados y perdonavidas con el ELN? ¿Qué queda hoy de las FARC y de su otrora mandamás e indiscutido Secretariado, sino una red cada día más inmanejable de energúmenos salvajes armados hasta los dientes, descompuestos por los dólares del narcotráfico, envilecidos por sus prácticas inhumanas contra inermes secuestrados, y no dispuestos a seguir otras directivas que los de sus propios intereses personales y de secta sin otro horizonte que seguir asesinando civiles y uniformados?

Por distintos caminos y sobre estos desvaríos de las FARC y del ELN es que Uribe y las AUC han ido construyendo su propio capital político. El éxito de ambos se apoya seguramente en méritos propios pero no podría haberse abierto paso sin el fracaso estrepitoso y trágico de las guerrillas comunistas. Fracaso que no solamente es militar y político sino que fundamentalmente constituye una debacle ética, una pérdida de humanidad que ha ido volviendo a las FARC y al ELN cadáveres insepultos cuya presencia acabará volviéndose insoportable aun para ellos mismos. Y no es que las AUC no se hayan encontrado en algún momento de la guerra ante una situación parecida, solamente que en este caso las AUC supieron decir basta cuando todavía era el momento, cuando no era ya irremisiblemente tarde. Puede que ‘Francisco Galán’ esté percibiendo hoy algo similar a lo que vislumbraron hace unos años los hermanos Castaño y Salvatore Mancuso, y también ‘Adolfo Paz’ y los demás comandantes AUC cuando asumieron la voz de sus conciencias y el clamor de su propia humanidad en crisis y supieron pegar el ‘volantazo’ a pocos metros del abismo.

Es mucho el trecho que va desde el Uribe político, presidente y candidato y su inexistente organización ‘uribista’ que sigue siendo ni ‘chicha ni limoná’ y corre el riesgo de convertirse en un aparato clientelista más, un mero ‘oficialismo uribista’ sin otro horizonte que el aprovechamiento personal y sectario de la coyuntura.

Tanto Uribe como las AUC le deben buena parte de su éxito al fracaso de las clases políticas incapaces de extender y volver participativa la democracia, de fortalecer el Estado y derrotar la criminalidad en el País. Sin embargo, no se pueden explicar los triunfos propios solamente por el fracaso de los adversarios y de los enemigos. Porque esto último solo ofrece el escenario y la oportunidad pero es en definitiva el actor político quien debe mostrar sus bondades para que la ciudadanía lo premie con el voto o con el respaldo popular.

No se entienda, sin embargo, este cierre que le estoy dando a las columnas de Rubiño en el 2005, como dos cheques en blanco, uno a la orden de Álvaro Uribe y otro en favor de las AUC. Por el contrario, valorar los méritos y apreciar los triunfos no significa estimular el ‘culto a la personalidad’ ni los ‘comités de aplausos’, sino solicitar el mayor compromiso con los colombianos y colombianas por parte de quienes han demostrado con su modo de hacer la guerra y la paz –y también la política- que son ‘distintos’. Dueños de un carisma y de una capacidad para transformar sus sueños personales en sueños colectivos, acerca de que ‘sí se puede’ si se trata de que Colombia supere sus males y sus desgracias.

Uribe tiene frente a sí el enorme desafío de traducir su excelente sintonía con la Opinión pública en un poder organizacional democrático que transforme a Colombia y multiplique la calidad de vida de su población. Para ello deberá encontrar el camino de la paz, reducir notablemente las desigualdades sociales, recuperar la seguridad, atraer las inversiones internacionales, erradicar la corrupción e integrar a Colombia a los circuitos comerciales y financieros que irrigan con desarrollo sostenible la globalización.

Las AUC tienen por lo pronto que ser fieles a la palabra empeñada en Santa Fe de Ralito y desmontar en los plazos previstos –mediados de febrero- todas sus estructuras armadas ilegales. El compromiso asumido con el País y también con sus miles de ex combatientes desmovilizados y con las poblaciones que hallaron en las AUC protección y formas elementales de asociación comunitaria no puede quedar al garete ni exclusivamente en manos de burócratas estatales. Los ex comandantes deben asumir el deber de darle sepultura digna a su criatura y declarar solemnemente ante el mundo que las AUC han dejado de existir con el último combatiente desmovilizado y el último fusil entregado.

Reconocer la muerte de las AUC es dar el auténtico salto de la orilla de la ilegalidad a la orilla de la legalidad. Es hacer visible e irreversible el tránsito de la guerra hacia la paz. Es volver cada ex comandante y ex combatiente a la vida ciudadana. Es el regreso victorioso desde la despedida del fusil al abrazo de la familia.

Lo que sigue después de febrero de 2006 está en la conciencia íntima y la vocación profunda de cada ex integrante de las AUC. Unos preferirán no regresar nunca más al escenario público. Otros escogerán solicitar su admisión en las filas de los distintos matices y canales que ofrece la vital –y prolífica- política colombiana. Nunca ha habido, en el momento del ingreso a las AUC, discriminaciones entre liberales, conservadores, independientes, católicos, cristianos e incluso vertientes del socialismo democrático y hasta ex guerrilleros. Cada uno ingresó a las AUC con sus colores partidarios, su fe religiosa, su agnosticismo o ateísmo, y sus preferencias ideológicas o doctrinarias, y jamás se les pidió que abandonaran aquello en que creían. Algunos ex comandantes querrán ser reconocidos por su empuje empresarial y su aporte al desarrollo de las regiones donde han nacido o donde la vida y la guerra los fue llevando. No es de descartar que algunos soliciten su ingreso a algunas de las Fuerzas Militares y de Seguridad, y habrá quienes quieran adelantar estudios en el País o en el exterior.

Por supuesto, habrá quienes impulsen la creación de un movimiento político que le dé cabida a aquellos que fueron integrantes de las ex AUC y que quieran abrirse un camino nuevo en el mundo de la política partidaria. No es aquí donde abriré hipótesis sobre las posibles alternativas. Ese es material para el 2006 cuando el ‘paso a paso’ y ‘el acto de fe’ de las desmovilizaciones haya concluido exitosamente. No es el momento para imaginar los caminos futuros de las ex AUC sino para celebrar que el gran fenómeno de la política colombiana de los últimos veinte años esté alcanzando una de sus metas soñada: el salto de la orilla de la ‘ilegalidad armada’ a la orilla de la ‘legalidad desarmada’.

Que es lo mismo que decir que ya los colombianos y las colombianas no podrán contar con las AUC para defenderse tácticamente de la subversión armada pero sí podrán contar con sus ex integrantes para algo infinitamente más importante y estratégicamente decisivo: extender y profundizar el ejercicio de la democracia, fortalecer en toda su amplitud el Estado social de derecho y ganar la guerra contra la pobreza, la marginación y la falta de oportunidades.

No es el momento de llorar temerosos o nostálgicos por el final de las AUC sino de ‘resucitar al tercer día’ revestidos del Hombre Nuevo y dispuestos a ser más y mejores, reconciliados con los hermanos y hermanas colombianos, con Dios y con la Patria, y con los más de cuarenta millones de colombianos y colombianas que quieren vivir en Paz, Libres y Dignos, con Democracia y Justicia Social.

Espero que nos volvamos a encontrar, ya en 2006, con las AUC en el ultímisimo tramo de su desmovilización al ciento por ciento, el Gobierno y el ELN negociando con seriedad y sin levantarse de la Mesa, y el Gobierno y las FARC definiendo en firme las condiciones para la Libertad de todos los secuestrados.

Solo así habrá motivos reales para sentirse optimistas en la recta final de las campañas al Congreso y a la Presidencia.

Les adelanto que en lo que tiene que ver con la Presidencia, en la primera vuelta votaré por Antanas Mockus, y en la segunda, si es que la hay -que yo no creo- mi voto será por Álvaro Uribe.

Y no es que quiera quedar bien con Dios y con el diablo –los políticos y los analistas políticos no somos finalmente ángeles ni demonios, sino seres humanos de carne y hueso, con nuestras fortalezas y debilidades humanas- sino que al anunciar públicamente mis intenciones de voto persigo con fe democrática conciliar el Presente con el Futuro, mi propia vida con la vida de mis hijos y mis nietos.

Esa Colombia próspera y feliz que quizás nunca veremos los de nuestra generación pero que los que vienen llegando y vendrán después de nosotros merecen y por cuyo logro bien vale arriesgar hoy y siempre la propia vida y jugársela por la Paz.

Así la veo yo.

¡FELICES FIESTAS A TODOS!



Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados en
www.lapazencolombia.blogspot.com y en www.salvatoremancuso.com

2 comentarios:

  1. Considero que la guerra es fatal para cualquier país, considero que para la nación es mucho mas fácil salir del conflicto armado de forma pacifica, con dialogos, hace poco leí un artículo relacionado con este tema en un portal colombiano dedicado a brindar información clara y objetiva relacionada con las elecciones 2010.

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