febrero 21, 2006

Con AUC y ELN fuera del conflicto, habría más sorpresas para las FARC

Estado, democracia e izquierda en busca de la legitimidad perdida

Por JUAN A. RUBBINI MELATO
juan_rubbini@yahoo.com.ar


La legitimidad de las ideas no brota de la boca de los fusiles sino de la consistencia de los argumentos. Quienes tienen razones se equivocan en recurrir a la violencia. La sobredosis de fuerza constituye violencia y la violencia vuelve huecas las razones. La violencia genera tarde o temprano la reacción violenta o soterrada de los violentados y el lúgubre conteo de los muertos y mutilados reemplaza la euforia inicial de quienes se creían destinados a vencer. No es que la historia haya llegado a su fin sino que las revoluciones del siglo XXI no se hacen con las armas. Con las armas sólo se hacen contrarrevoluciones, de derecha o de izquierda, pero revoluciones no. En el ocaso de su Revolución tropical, hasta Fidel entiende a estas horas que lo suyo fue una esperanza revolucionaria que trocó a poco de andar en contrarrevolución destinada al fracaso. Pinochet y Castro, diferentes en su ideología pero igualmente cegados por el poder de las armas y el todo-vale de sus dictaduras, hallarán finalmente su puesto en la Historia entre aquellos gobernantes que violentaron a sus Pueblos para imponer su verdad sobre las verdades de los demás.

La democracia puede que sea apenas el menos malo de los sistemas políticos conocidos pero constituye el piso mínimo necesario para seguir progresando socialmente por debate y consenso, sin asesinos ni asesinados. Es de la sustancia del sistema democrático y del Estado que lo sustenta su permanente posibilidad de reforma. Por eso suena a burla siniestra cuando se pretende que quienes mueren defendiendo desde la legalidad la sociedad democrática -los militares y policías asesinados por las guerrillas- no son víctimas del conflicto. O cuando se insiste en que las guerrillas no atacan a la sociedad civil sino al Estado como si las madres, las novias, las viudas, los huérfanos y los seres queridos de los militares y policías asesinados por las guerrillas no fueran miembros de la sociedad civil. Por no hablar de las múltiples ocasiones en que las guerrillas reivindican la felicidad del pueblo y se ensañan directamente con la población civil sometiéndola al secuestro, a las minas antipersona, al boleteo y a los paros armados y voladura de puentes y torres de energía. El pecado político en estos casos no reside nunca en ser de izquierda o derecha, sino en practicar sistemáticamente no solamente la violencia, sino además la hipocresía.

Las AUC comprendieron finalmente que su cuota de violencia debía ser cercenada para legitimar el Estado y las instituciones democráticas. El ELN ha comprendido en buena hora que su máquina de violencia debe ser desmantelada cuanto antes para legitimar el desarrollo de las corrientes de izquierda en la democracia colombiana y posibilitar la gobernabilidad alternativa a partir de lo local y las regiones de la que hemos escuchado hablar en estos días a ‘Antonio García’ desde La Habana. Contra detractores y enemigos políticos las AUC y el ELN están coincidiendo mucho en los hechos y bastante en el discurso con su apuesta por la libre práctica democrática. Y seguramente seguirán coincidiendo mucho más dado que lo local y las regiones de las que habla ‘Antonio García’ son los mismos territorios y pobladores abandonados por el Estado de los que tanto han hablado durante estos años de Ralito los máximos líderes de las AUC. No parecen lejanos los tiempos en que ‘paras’ y ‘elenos’ desmovilizados compartan escenarios y metodologías que viabilicen la democracia en la provincia de Colombia.

Sin embargo, a la derecha y a la izquierda de las AUC y del ELN hay quienes todavía insisten -como las FARC y los ‘guerreristas en cuerpo ajeno’ de todo pelambre ideológico- en que solo cabe la ofensiva final y la victoria armada de los unos sobre los otros para que el Apocalipsis revolucionario o contrarrevolucionario traiga la paz definitiva. Las sombras macabras de la guerra y de los guerreristas siguen asolando el País. Es importante pero no alcanza con los ‘paras’ y los ‘elenos’ por fuera del conflicto armado. Es necesario pero no suficiente el esfuerzo desplegado hasta aquí por los ‘Francisco Galán’ y ‘Antonio García’ de un lado, y los Castaño y los Mancuso por el otro.

Se me ocurre pensar que así como unos –los elenos- entienden el fondo del asunto de las FARC aunque hoy tomen alternativas diferentes, y otros –los ‘paras’- han conocido de primera mano en Ralito el pensamiento del Gobierno, ambos, si se diseña el camino y los instrumentos pueden cumplir un rol insustituible para que las ‘violencias cruzadas’ de farianos y antifarianos no sigan estallando y haciendo trizas el clamor de paz que anida en el pueblo colombiano.

Se equivoca el Gobierno si piensa que los procesos de paz con ‘paras’ y ‘elenos’ no pueden encontrarse en algún punto del camino. Y más todavía yerra el Gobierno si piensa que tal encuentro es inconveniente e innecesario.

Como también se equivocan las FARC si le apuestan a la derrota de Uribe y están dispuestos a servir de ‘patos de la boda’ entre antiuribistas todoterreno y delincuentes y oportunistas de toda laya. Y más todavía se equivocan las FARC si trabajan sobre la base de que el Gobierno se seguirá equivocando en materia de guerra y de paz.

Con los ‘paras’ y el ELN dentro del campo de los no violentos y legales, la ofensiva militar del Gobierno contra los grupos armados ilegales de origen político –en la práctica solo las FARC, porque los ‘narcos’ no reivindican lo político- pierde interés público y valor político frente a la cuestión prioritaria de lo social y el desarrollo humano de las comunidades.

Las FARC han vivido hasta aquí del cuento –muy pocas veces verídico- de que han sabido resistir los embates de la fuerza pública. El escenario a futuro del conflicto armado que plantea la desmovilización de ‘paras’ y ‘elenos’ bien podría poner a las FARC en la fatigosa y azarosa tarea de embarcarse en la ofensiva frente a un Estado dispuesto a bajarle el tono a su 'militarismo' para concentrarse en mejorar la defensa de las vidas, las libertades y los patrimonios de los colombianos, en el campo y en la ciudad.

Si el próximo Gobierno que asumirá el 7 de agosto abandona sus poses guerreristas y se pone a la defensiva frente al terrorismo de las FARC no solo economizará esfuerzos que necesitan mejor destino sino que ganará aliados internos y externos que terminarán de hundir –aun más- a las FARC en el barro de su propia necedad ‘militarista’.

No se trata de que el Gobierno abandone la guerra, sino de algo distinto: de que abandone la idea de que puede ganar la guerra a través de la ofensiva militar.

Finalmente, cuando un Pueblo se siente defendido por el Estado y le deja a sus enemigos el papel del agresor, se vuelve más comprometido e inteligente en su defensa y más solidario con su Estado y su democracia. Habrá puesto el balón de la guerra en el terreno del adversario y eso hace la diferencia entre los demócratas y los violentos.

La victoria no se logrará entonces en el territorio del enemigo ni con las armas que usa el enemigo, sino en el propio territorio y con la fuerza de las convicciones democráticas. El desafío es pasar de la autodefensa ilegal y la ofensiva guerrerista a la defensa de la democracia y las libertades.

Lo que no podía siquiera imaginarse en 2002, con los ‘paras’ y los ‘elenos’ en el campo de batalla, bien podría estar dispuesto a llevarlo a la práctica quien asuma la Presidencia el próximo 7 de agosto.

Para el Gobierno, cederle la ofensiva militar a las FARC y asumir la defensa militar es lo políticamente correcto en el nuevo escenario del conflicto armado que plantea la desmovilización de ‘paras’ y ‘elenos’.

Solamente así los procesos de paz en curso y la misma Ley de Justicia y Paz tendrán algún sentido práctico en términos de reconciliación y reparación. No sólo dos de los actores armados ilegales habrán dado un paso decisivo en pos de la paz. También el Estado habrá demostrado que puede y quiere cambiar.


Así la veo yo.


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