febrero 28, 2006

¿Las AUC, el ELN y las FARC tras una nueva Constitución?


Colombia quiere ganar la paz, no la guerra

Esencias y matices (4)


Por JUAN A. RUBBINI MELATO
juan_rubbini@yahoo.com.ar



La injusticia social de las democracias sin Pueblo y su ‘contracara’ de los dogmas revolucionarios han terminado por vaciar en el ánimo de la gente a las leyes de su misión reguladora y al Estado de su papel rector y cohesionante. Hoy se trata no solo de marchar hacia la integración del País de Regiones sino también hacia la inclusión de todos en el País de Todos. Es vana la idea del triunfo militar de los unos sobre los otros, así como resulta inviable condenar a unos y absolver a otros. No se trata de sobrevivir en la precariedad del desorden establecido sino que se trata de comenzar una etapa nueva donde las FARC, las AUC y el ELN no deban volverse estudiosos del derecho penal para defenderse ante los Tribunales sino más bien defensores inobjetables del nuevo marco constitucional que ellos también habrán colaborado en dar a luz para que la vida y el desarrollo humano y social sean posibles en Colombia.

El camino transitado en Ralito por las AUC ha comenzado a producir consecuencias en los otros actores armados ilegales. Los vientos que soplan desde La Habana dan cuenta de la apuesta por la Paz en la visión que el ELN tiene hoy sobre su próximo futuro político. Con las FARC el asunto sigue siendo muy complejo y de pronóstico incierto, aunque gestiones de buena voluntad como las de Álvaro Leyva estén orientadas en la buena dirección de parar la guerra, iniciativas -las del ‘otro Álvaro’- que todos sabemos en Colombia no se realizan ‘a espaldas’ del Secretariado.

La coyuntura electoral ayuda más de lo que se cree en los propósitos del acercamiento y diálogo entre las partes. Ayuda ciertamente porque tanto el Gobierno como las guerrillas –ni qué decir los candidatos diferentes a Uribe- quieren mostrarse ante los sufridos electores como predispuestos a las soluciones políticas y negociadas. Esto, sin embargo, es más visible hoy en el ELN que en las FARC, y en el Gobierno más con relación al ELN que con relación a las FARC.

Las AUC primero y ahora el ELN se han decidido en favor de su olfato político por encima de consideraciones estrictamente militares. El Gobierno y las FARC, en cambio, siguen ‘cañando’ y jugando a que la guerra no les duele y que si por ellos fuese puede durar un siglo más. Sin embargo, el tiempo de un nuevo ciclo de conversaciones de paz con las FARC se está acercando. El péndulo va y viene sin consultar con los intereses de las partes, sino que va y regresa porque esa es su naturaleza y ni Uribe ni ‘Marulanda’ pueden contra ello.

Lo anterior no significa que estemos volviendo a los insensatos e improvisados tiempos del Caguán, pero indica que los momentos dialécticos de negación de la solución política del conflicto y de la afirmación sin más de la solución militar están próximos a expirar. El conflicto armado interno está regresando a la órbita de lo político y quienes insistan –de un lado o del otro- en su obsesión por la victoria militar quedarán relegados al cuarto de san Alejo. Entre otras cosas por restricciones de presupuesto. Ni la bonanza cocalera durará toda la vida, ni el Plan Colombia puede subsistir sin resultados proporcionales a la inversión.

No se vea en esto el triunfo de las FARC ni la derrota de Uribe, sino el fracaso del ‘guerrerismo’ que alienta en uno y otro bando más por producto de la terquedad que del convencimiento. Porque ni locas que estuvieran las FARC en creerse a pie juntillas su letanía de la ‘guerra popular prolongada’, ni loco que estuviera el Presidente creyendo que EEUU le financiará a Colombia por los siglos de los siglos una guerra que nadie sabe para dónde va ni qué intereses finalmente defiende.

Lo que tanto las FARC como Uribe necesitan en estos meses es una buena serie de razones para parar la guerra sin que ello sea visto como una claudicación ante el adversario. Cualquier atisbo de que aquí habrá ‘vencedores y vencidos’ ahuyentaría prematuramente cualquier paso que tanto las FARC como el Gobierno estén dispuestos a dar. Por eso la hora reclama cautela y buen juicio, y esto vale tanto para los ‘uribistas’ como para quienes desde la acera de enfrente se solazan en el ‘antiuribismo’ más como una cuestión visceral que como una respuesta políticamente seria.

La inminente culminación del proceso de desmovilización de las AUC, el inicio de la ronda exploratoria formal entre ELN y Gobierno y la triangulación Leyva-FARC-AUC irrumpen en la campaña electoral como datos imposibles de soslayar. La molestia nacional e internacional por la indefinición en que está sumida la odisea del hasta hoy inexistente retorno de los secuestrados a la libertad ha crecido notoriamente en los últimos meses y ya el clima al respecto se está volviendo insoportable no solo para el Gobierno sino también para las FARC.

Así las cosas, están asomando sobre el escenario elementos novedosos y propicios para que Colombia inicie un proceso de pacificación integral no a partir de la victoria militar de unos sobre otros sino desde la construcción por consenso de un nuevo modelo de inclusión social, político y económico del País y sus regiones, del que también participen todos los actores armados ilegales sin excepción.

‘Zapatero a tus zapatos’. Si algo ha resultado nefasto en el primer cuatrienio de Uribe ha sido aquello de que por querer erigir al Presidente como un líder militar Colombia ha desperdiciado su excelente liderazgo político. Si esta ligereza no pone hoy en riesgo, ni de lejos, su propósito de ser reelegido es porque no existe a estas horas, disputando con él, un líder alternativo que reúna carisma, competencia y credibilidad que esté en condiciones de superarlo, y también por otra cosa importante: el Pueblo colombiano cree en la honestidad y buena fe del Presidente y confía en su capacidad de rectificar el rumbo cuando llegue el momento de modificarlo. No lo cree tan rígido ni tan terco como lo solemos ver los analistas.

Pero en estas materias lo de verdad definitorio en términos políticos no es tanto que la gente crea o no crea hoy en Uribe sino hasta cuándo creerá la gente si no se ven resultados. ¿Qué puede sucederle a Colombia si la fe del Pueblo en su Presidente reelecto se desmorona dentro de un año, cuando 2010 esté todavía demasiado lejos? Para que esto no suceda la clave no reside ya en ganar la guerra sino en lograr instalar la visión realista de que se está ganando la paz. Urge dar pasos en esa dirección antes de que sea demasiado tarde.

Los primeros que están viendo el riesgo que se corre son los ‘paras’ y los ‘elenos’ porque son ellos quienes con su ‘negociación’ han legitimado la política de Uribe y correrán de ahora en más con los costos de esa adhesión si la confiabilidad popular se viene abajo. Unos por haber vuelto más indefenso al País frente a las FARC, y los otros por haber ´traicionado’ sus ideales revolucionarios al creer en un nuevo ‘flautista de Hamelín’.

Porque en definitiva lo que el Pueblo de Colombia intentó sin éxito con Pastrana no es algo esencialmente diferente de lo que también ha intentado hasta ahora sin éxito con Uribe. Tanto en el primer caso como en el segundo lo que siempre ha estado en juego es el intento de dejar atrás la pesadilla de la guerra y concretar el mismo sueño: ganar la paz.

Más allá de los matices propios de Uribe o de Pastrana no se trata ni se trató entonces esencialmente de ganar la guerra, sino de ganar la paz. Seguir alimentando el equívoco de que lo que colombianas y colombianos quieren es ganar la guerra suena tan descabellado como incendiario tras casi cuatro años de ‘ofensiva militar’, por no agregarle a estos cuatro años los cuarenta anteriores.

Al hablar de ‘ganar la guerra’ o de ‘ganar la paz’ no se trata de un simple juego de palabras, porque los esfuerzos del gobernante van en una dirección y tienen un énfasis si lo que se quiere es ganar la guerra, mientras que tienen otras características bastante diferentes si lo que se quiere es ganar la paz.

Tras más de 40 años de conflicto armado Colombia comienza a sacudirse de encima su tentación de querer ganar la guerra por derecha con los militares o por izquierda con los ‘elenos’ y los ‘farianos’. Los pasos de las AUC, el andar renovado del ELN, las correrías de Álvaro Leyva y el clamor creciente por los secuestrados son síntomas del mismo despertar colectivo, fatigado hasta el hartazgo y la náusea por décadas de conflicto armado.

La esperanza es siempre la última en morir y en Colombia sigue viva, sigue intacta. No la hagamos desfallecer, ni la dejemos morir.

No se trata de insistir en ponerle condiciones al adversario, sino de despojarse de las propias prevenciones y arriesgar hasta donde sea posible e incluso un poco más con el objetivo inicial de parar la guerra.

Se trata de devolverle su espacio a la política y silenciar –al menos por un tiempo- los fusiles: cambiar la ‘ofensiva militar’ por la ‘ofensiva política’.

Y después de lograr esto no veo por dónde pueda ‘saltar la liebre’ en las actuales condiciones de Colombia sino convocando –antes de fin de este año si resulta posible- a dotarnos de una nueva Constitución que puede que no sea la última, pero que sí debemos procurar entre todos –sin exclusiones- que sea la mejor de las conocidas.

Así la veo yo.


Los artículos que forman la serie completa de “Esencias y matices’ y 'Así la veo yo' pueden ser consultados en:

www.lapazencolombia.blogspot.com y www.salvatoremancuso.com