marzo 15, 2006

Las AUC honraron su palabra y le cumplieron al País - El compromiso de Ralito alumbrará los pasos que siguen


Esencias y matices (7)


Por JUAN A. RUBBINI MELATO



En razón del altísimo valor conceptual, humano y político que poseen los discursos pronunciados por el Alto Comisionado para la Paz, Luis Carlos Restrepo y el ex comandante Rodrigo Tovar Pupo (‘Jorge 40’), el viernes 10 de marzo de 2006, en ocasión de la desmovilización del Bloque Norte de las AUC, cedo con inocultable emoción y sentimiento patrio el espacio habitual de mis columnas para dar lugar al texto completo de lo que considero dos piezas documentales de inmensa riqueza histórica. Volveré con mis columnas de ESENCIAS Y MATICES a partir de la próxima semana. Muchas gracias y los invito a compartir conmigo la lectura de lo que sigue a continuación.



DISCURSO DEL ALTO COMISIONADO PARA LA PAZ, LUIS CARLOS RESTREPO, DURANTE LA DESMOVILIZACIÓN DEL BLOQUE NORTE DE LAS AUC
www.altocomisionadoparalapaz.gov.co

Corregimiento La Mesa, municipio de Valledupar, Cesar
10 de marzo de 2006

En este acto emotivo, lleno de vitalidad y esperanza, vale la pena recordar, así sea brevemente, el camino recorrido. Después de muchos años de hecatombe y desbarajuste nacional, cuando se iniciaba la presente administración, asistíamos al espectáculo de una Colombia fracturada. En la parte norte del país, un predominio de las autodefensas, en la parte sur un predominio de la guerrilla y en el centro, un Estado bobalicón que había perdido toda capacidad de contención de la violencia y que durante años se había mostrado incapaz de defender los derechos, libertades y garantías básicas de los ciudadanos.

No podemos olvidar hoy lo que fue la indolencia de una clase dirigente que desconoció los principios básicos del Estado de Derecho. El Estado moderno es legítimo ante todo, y básicamente, por su capacidad para defender la vida, honra y bienes de los ciudadanos. Cuando un Estado se desentiende de este principio fundamental, pierde entonces toda legitimidad y las constituciones y las leyes quedan como mera palabrería consignadas en los libros y los códigos. Allí hay que ubicar el origen histórico de las autodefensas.

Durante estos tres años de conversaciones con los miembros de las autodefensas en la mesa de diálogo de Santa Fe Ralito, y de cientos de reuniones con comunidades en las zonas donde han operado los grupos de autodefensas, he podido constatar con claridad esa razón simple que nos debe horrorizar y que nunca debemos olvidar; la razón por la cual aparecieron las autodefensas: la incapacidad del Estado para cumplir lo básico, lo mínimo, cual era defender la vida de los ciudadanos.

Ante la arremetida brutal de una ideología totalitaria, ante la arremetida brutal de una guerrilla feroz, ante la incapacidad del Estado para contenerla, aparecieron estas organizaciones de autodefensas que, poco a poco, se fueron extendiendo por el territorio nacional.

No fue este Gobierno el que se inventó las autodefensas. Fue la indolencia y la incapacidad de administraciones anteriores, las que permitieron el crecimiento del paramilitarismo, a tal punto que cuando empezó la actual administración, ya las autodefensas superaban en número a la guerrilla y tenían tal poder que incluso se habían declarado la guerra entre sí mismas.
Lo que nació como un propósito de autodefensas, poco a poco, y por la razón de actuar en la ilegalidad, se fue convirtiendo en un mal secundario y en nueva fuente de violencia y de terror.

Durante la administración pasada se hicieron enormes esfuerzos por negociar con las guerrillas. Cada vez que los comisionados de paz se sentaron con las FARC o con el ELN, inmediatamente saltó la liebre de las autodefensas, y las guerrillas pusieron como condición para avanzar en un proceso de paz, el desmonte del paramilitarismo.

Habíamos caído en un auténtico círculo vicioso. Mientras las autodefensas crecían en todo el país, con apoyo de amplios sectores de la población, las guerrillas se negaban a negociar en una mesa de diálogo, argumentando la existencia de las autodefensas.

Nos tocó a nosotros durante esta administración, salir de ese círculo vicioso y encontrar un camino creativo. Lo obvio, lo lógico, terminó por imponerse. Era necesario avanzar primero en un proceso de paz con las autodefensas. Nadie creyó al comienzo. Durante meses, durante años, hemos adelantando una labor solitaria, encontrando todo tipo de obstáculos, encontrando todo tipo de críticas, muchas veces sin fundamento. Pero con fe y convicción hemos persistido en nuestro propósito porque creemos que es lo que la Patria necesita. Con firmeza, con corrección, con claridad y con transparencia, expuse a los jefes de las autodefensas en la mesa de Santa Fe de Ralito, que era hora de pasar a la seguridad institucional; que un Gobierno y un Estado legítimos, no podían permitir la existencia de autodefensas, y que la mejor contribución que las autodefensas podían hacer a la paz nacional, era entregar sus armas y vincularse de nuevo a la vida civil.

Después de muchas discusiones, después de muchos forcejeos, después de superar muchos temores, los máximos jefes de las autodefensas entendieron el llamado patriótico y dijeron, estamos dispuestos a dar ese paso por la paz. Se firmó entonces el acuerdo de Santa Fe de Ralito del 15 de julio de 2003. Es un acuerdo sencillo, es un acuerdo simple, como son las cosas que de verdad valen en la vida: las armas deben estar sólo en manos del Estado; las autodefensas avanzan hacia el desarme, y la reincorporación hacia la civilidad, como contribución a la paz del país, y queda en manos del Gobierno la seguridad de los territorios.

La tarea logística de desmovilización de las autodefensas no ha sido fácil. Hemos desmovilizado al día de hoy 33 estructuras, que copaban cerca del 25 por ciento del territorio nacional. Hoy, esos 280 mil kilómetros cuadrados donde actuaban las autodefensas, han sido plenamente integrados a la legalidad institucional.

Nunca se había visto en el país un proceso de paz de tales dimensiones. Al día de hoy, se han entregado 15 mil armas; 60 veces más el número de armas que se entregó durante el proceso con el M19, el más recordado hasta la fecha.
Al día de hoy, han ingresado a la civilidad 28 mil miembros de las autodefensas. La relación hombre-arma es de 1 a 2. La más alta relación hombre-arma en la historia de los procesos de desmovilización de grupos armados ilegales en Colombia.

Nuevamente, en la tan recordada y celebrada desmovilización del M19, se contabilizaron 960 hombres que dieron el paso a la civilidad, y se entregaron 250 armas, es decir, una relación 1 a 4.

Cuando más alto ha subido esta relación en las demás desmovilizaciones, ha sido de tres desmovilizados por un arma entregada. Sin embargo, algunos críticos ligeros que no conocen la realidad de la dinámica del conflicto y la violencia en Colombia, pretenden imponernos una correlación que no tiene ningún asidero en la realidad.

En el caso de la Fuerza Pública colombiana, por cada hombre que está armado en el frente, hay cinco en la parte administrativa y de apoyo.

Cuando en el proceso de desmovilización de las autodefensas se establece una correlación 1 a 2, entonces empiezan las sospechas y las preguntas que tratan de desvalorar este esfuerzo.

Toca celebrar que quince mil armas se hayan silenciado y que hoy esas quince mil armas estén en manos del Estado. Esas armas después de haber sido individualmente identificadas, verificada su procedencia, han sido depositadas en distintas unidades militares del país. En la actualidad estas armas están en depósitos de 21 distintas unidades militares, con actas de entrega, debidamente verificadas por la OEA.

Algunos nos preguntan porqué esas armas no han sido destruidas. La razón es simple. La Ley colombiana lo prohíbe de manera expresa. Esas armas deben permanecer allí en esos depósitos, por si alguna autoridad judicial las requiere.
No es entonces una falla ni una improvisación que ese armamento no haya sido destruido. Es una precaución considerada por la Ley y una forma de contribuir a las autoridades judiciales en sus futuras investigaciones.

Del total de desmovilizados a la actualidad, hay 325 que han sido capturados porque han vuelto a incurrir en conductas delictivas. Es un porcentaje relativamente bajo, pero en cada caso la autoridad ha actuado como corresponde: ajustada a la Ley. Hasta el presente, hemos establecido que un dos por ciento de los desmovilizados, incurre nuevamente en actividades delictivas. Porcentaje muy bajo; muy por debajo de los promedios internacionales.

No podemos entonces empañar la solidez de un proceso, por algunos miembros de las autodefensas que han vuelto a incurrir en actividades delictivas, cuando, por miles, los demás miembros de las autodefensas se mantienen activos dentro del proceso de desmovilización.

Hasta la fecha 15.643 desmovilizados han pasado por los módulos de capacitación del SENA, y en el momento se acaban de abrir 230 nuevos módulos a nivel nacional, que serán complementados, dentro de los próximos 20 días, con 120 módulos más, para atender a los desmovilizados en todo el país.

Desde septiembre del año pasado, la Policía viene adelantando una labor pionera y ejemplar. Ha estado capacitando a los desmovilizados como auxiliares cívicos. En la actualidad ha capacitado a 3.180 desmovilizados como auxiliares cívicos, para vincularlos a los programas de salvavías y observadores viales. Y hay ya más de mil nuevos desmovilizados seleccionados para entrar en capacitación en el próximo mes.

El Gobierno, igualmente, ha cumplido. Hasta el presente hemos entregado en ayuda humanitaria a los desmovilizados 49.780 millones de pesos. Tenemos certeza de la ubicación exacta del 95 por ciento de los desmovilizados que reciben la atención humanitaria. No es cierto que se desconozca dónde están los desmovilizados. Mensualmente, cada desmovilizado para cobrar la ayuda humanitaria, tiene que identificarse con su respectivo documento de identidad y tiene que dejar su huella plasmada.

No es posible entonces suplantarlo. Y sabemos también qué pasa con el cinco por ciento que no recibe la ayuda humanitaria. De ese cinco por ciento, un dos por ciento ha sido capturado por haber vuelto a incurrir en acciones delictivas y, por lo tanto, han perdido la ayuda humanitaria. Otro dos por ciento corresponde a aquellos que han muerto o han renunciado voluntariamente a la ayuda; y apenas de un uno por ciento, tenemos dificultad para establecer su ubicación. Porcentaje ínfimo en relación al total de desmovilizados.

Durante todo este proceso hemos generado una metodología de concentración y desmovilización altamente tecnificada. En cada proceso de concentración y desmovilización se cumplen varias fases: desde la sensibilización a la comunidad y la coordinación con las autoridades y la Fuerza Pública, hasta todo el montaje logístico para el funcionamiento de una zona de concentración y desarme.

En promedio, en cada una de estas zonas trabajan 250 funcionarios, que permanecen durante cerca de un mes en la zona escogida. Durante este tiempo se reactiva la economía regional y se generan, en los corregimientos o municipios, cerca de cien empleos temporales que benefician directamente a los miembros de la comunidad. Siempre en estos casos buscamos dejar obras para la ayuda de las comunidades. Preferimos por eso llevar adelante los circuitos de los desmovilizados en instalaciones públicas y ojalá educativas.

Aquí mismo, en el corregimiento de La Mesa , la institución educativa queda notablemente mejorada al terminar esta desmovilización, con una aula nueva y con mejoras de tipo locativo, de tipo eléctrico, con mejoras en su servicio sanitario, que van a beneficiar en el futuro a los estudiantes. Así pasó también en Chimila, así pasó también en San Martín, así ha pasado en cada uno de los sitios donde hemos estado adelantando estas labores de concentración-desmovilización, como una forma también de reconciliar al Estado central con las comunidades donde se dan estos procesos.

Nos estamos vinculando, igual, a las zonas de desmovilización con proyectos productivos. Aunque lleva apenas un año, la oficina de Proyectos Productivos para la paz, impulsada desde Presidencia de la República, hemos generado catorce empresas asociativas y 1.156 empleos directos dentro de estos proyectos productivos.

En la actualidad, el 28 por ciento de los desmovilizados está vinculado laboralmente, y contamos con una gerencia nacional de empleo que está activamente coordinando proyectos y programas con los diferentes sectores del país, para avanzar en la vinculación productiva de la totalidad de los desmovilizados.

Vemos entonces un panorama consolidado y alentador, que no puede ser, bajo ninguna circunstancia, empañado por algunos programas puntuales y focales, donde han aparecido bandas delictivas en territorios donde antes actuaban las autodefensas.

Hemos recibido con la mayor humildad y el mayor respeto, el informe presentado por la OEA , de manera reciente. Algunas de esas quejas habían sido recibidas por el Gobierno y ya le estábamos haciendo seguimiento. Después de la presentación del informe hemos avanzando mucho más para adentrarnos en la realidad y tener un diagnóstico certero de lo que acontece. Hemos ubicado que, en efecto, en zonas como Tierradentro en Córdoba, en algunas zonas del medio Catatumbo, en el norte de Nariño y en el norte de Casanare, han aparecido grupos delincuenciales dedicados al narcotráfico, allí donde antes operaban las autodefensas. Pero no podemos magnificar el asunto. Me asombré esta mañana al leer un periódico respetable a nivel nacional, decir que según el informe de la OEA, cuatro mil miembros de las autodefensas habían vuelto a tomar las armas. Jamás el informe de la OEA dijo eso, y no es posible especular con un tema tan sensible.

Que nosotros tengamos certeza, no más de 60 o 65 desmovilizados, son los que se han vinculado en estos lugares puntuales a actividades delictivas. Que nosotros tengamos certeza, allí no se están conformando nuevos grupos de autodefensas, razón por la cual no admitimos esa hipótesis de la aparición de una nueva generación de autodefensas. Allí lo que están apareciendo son fenómenos delictivos relacionados con el narcotráfico, y que nosotros tengamos certeza, ningún comandante desmovilizado de las autodefensas está comprometido con esos fenómenos.

En honor a la verdad, señor Vicente Castaño, señor Salvatore Mancuso, yo le tengo que decir al país que desde el comienzo, ustedes en la mesa dijeron con claridad que ese era un fenómeno que se podía presentar. Con claridad debo decirle al país que los comandantes desmovilizados han actuado siempre como activos y diligentes cooperadores de las autoridades, para detectar esos nuevos fenómenos de delincuencia.

Debo decirle con claridad al país, que la problemática que allí se vislumbra, tal como fue señalado por Rodrigo Tovar Pupo, es una problemática que tiene que ver con un fenómeno mucho más hondo, mucho más difícil, que se llama narcotráfico. Hay veces yo he dicho que mi cargo sería tal vez el más fácil de la Nación si no existiera el problema del narcotráfico. El narcotráfico es la auténtica desgracia de esta nación. Hemos desmovilizado las autodefensas. Me consta que en cada uno de los actos se han entregado las armas y se han desmovilizado los hombres que, según informes de inteligencia, nosotros sabíamos que existían, pero eso no quiere decir que desaparezca el fenómeno del narcotráfico. Allí está vivo y coleando. Y de allí la importancia de unirnos, alrededor del Gobierno y con la comunidad internacional, en una lucha frontal contra el narcotráfico, porque de lo contrario podemos avanzar en este proceso de paz, pero la Nación se sigue desangrando.

De manera puntual, en conjunto con los altos mandos militares, hemos decidido poner en marcha un programa nacional de atención a los que llamamos corregimientos vulnerables. Porque el pulso de la Seguridad Democrática, el pulso de la guerra y de la paz, pasa en este momento en Colombia, no por las cabeceras municipales, ni por los grandes centros urbanos, sino por corregimientos apartados de esas cabeceras municipales y articulados a corredores de movilidad de los grupos ilegales, a economías ilícitas; corregimientos que durante mucho tiempo estuvieron en manos de la guerrilla y después de las autodefensas.

Esos pequeños corregimientos, como La Mesa, como Chimila, como tantos otros de la geografía nacional, son corregimientos que deben obtener por parte del Estado, la máxima atención en los próximos años. Si nosotros perdemos el pulso por el control territorial de estos corregimientos, se habrá perdido la Patria. El Estado tiene que hacer una presencia integral.

Con el apoyo de la Policía, y contando con cinco mil patrulleros que salen en los próximos días de las escuelas para cubrir los territorios donde actuaban las autodefensas, tenemos ya un primer listado de 50 corregimientos donde hará presencia permanente la Policía. Pero no es suficiente la sola presencia de la Policía. Allí habrá que priorizar también las acciones sociales del Estado; allí habrá que priorizar también proyectos productivos y, por supuesto, tendremos que avanzar de manera eficaz en la erradicación de los cultivos ilícitos, con los diversos programas planteados por el Gobierno Nacional.

Este es un trabajo que exige una gran coordinación con los gobiernos departamentales y municipales. Señores gobernadores: Señor Gobernador del Cesar, señores gobernadores del Magdalena y de la Guajira: yo he encontrado en ustedes un altísimo espíritu patriótico y de cooperación. Yo he encontrado en ustedes una solidaridad a toda prueba con esta política de paz. Yo he encontrado en ustedes amor por este terruño. Espero, señores gobernadores, señor alcalde de Valledupar y demás alcaldes presentes, que seamos capaces de constituir una alianza y un propósito nacional, para proteger estos territorios vulnerables, para proteger estos corregimientos olvidados de la Patria, donde ahora el Estado tiene que hacerse presente con toda su eficacia; tiene que hacerse presente con todos sus programas, para reinstituirle la dignidad humana a sus pobladores.

Hoy culminamos, dentro de la historia de esta dolorida patria colombiana, una larga e importante jornada por la consolidación de la paz nacional. Señores ex comandantes de las autodefensas, señor Rodrigo Tovar Pupo: ustedes le han cumplido al país. Yo sé, como nadie, de sus preocupaciones y de sus dudas. Sé como nadie de los temores que los asaltan ante una opinión pública, a veces demasiado crítica, demasiado ácida, ante generadores de opinión que no comprenden la realidad de lo que ha acontecido en esta Nación.

Y por eso, valoro mucho más su decisión. Por eso, valoro mucho más su gesto y, por eso, valoro mucho más su patriotismo. Yo quisiera desde aquí en este momento hacer un llamado para que cese la pugnacidad; hacer un llamado para que se mire lo obvio; hacer un llamado para que no se sospeche más de un proceso que, como ninguno, ha contribuido, y contribuirá a la paz de la Nación.

Yo quiero hacer un llamado constructivo, quiero hacer un llamado esperanzador, quiero hacer un llamado para que generemos el clima de confianza que nos permita pasar, entonces, a una adecuada aplicación de la justicia y a una adecuada implementación de una política de reparación.

En medio de la pugnacidad, en medio de la sospecha, es muy difícil avanzar. Hemos dado un paso importante, pero faltan muchos más pasos. Yo soy optimista. Creo que hemos empezado a sacar a esta Nación del abismo. A ustedes señores, señoras del Bloque Norte que hoy ingresan a la civilidad, quiero darles las gracias por ese acto de valor patriótico que permite consolidar la esperanza de una paz nacional.

Me corresponde como funcionario y, en representación del Presidente de la República, decirles a ustedes que no vamos a ser inferiores a las exigencias; que cumpliremos con lo prometido; que no se volverá a caer en un vacío de autoridad; que vamos a responder con nuestra Fuerza Pública por la seguridad de estos territorios, y que vamos a avanzar, de manera decidida y significativa, en procesos de paz con las guerrillas, siempre y cuando estos procesos de paz sean útiles y le convengan a la Nación. Mantendremos la combinación de mano firme y corazón grande. Mantendremos la firmeza institucional, pero también la disposición para labrar, conjuntamente, la reconciliación de una Nación que necesita cicatrizar sus heridas.

A los habitantes de La Mesa, a los habitantes de este querido pueblo vallenato, que en medio de este proceso he aprendido a admirar y por el cual siento un profundo cariño, quiero darles igualmente las gracias. A diferencia de las historias simplistas que se cuentan a veces sobre la problemática del conflicto, me ha tocado constatar el arraigo que las autodefensas tienen en muchos sectores de la comunidad donde han actuado, y he podido ver en los últimos días en algunos corregimientos y municipios, la conmoción de los ciudadanos pidiendo la presencia de la Fuerza Pública al momento de salir de las autodefensas.

A todos los habitantes de la región quiero decirles, igualmente, que este es un Gobierno comprometido con la vida, con la seguridad y con la libertad de ustedes. La cuota inicial que ustedes colocan hoy para la pacificación de la región, será reconocida por la historia.

¡Bienvenidos, bienvenidas a la civilidad!


DISCURSO PRONUNCIADO POR RODRIGO TOVAR PUPO ('JORGE 40'), EN OCASIÓN DE SU DESMOVILIZACIÓN AL FRENTE DEL BLOQUE NORTE DE LAS AUC, EN LA MESA (CESAR), EL 10 DE MARZO DE 2006
www.salvatoremancuso.com


Señor Alto Comisionado para la Paz. Dr. Luis Carlos Restrepo.
Señor Gobernador del Cesar. Dr. Hernando Molina Araujo.
Señor Alcalde de Valledupar. Dr. Ciro Pupo Castro.
Señor Delegado de la OEA. Dr. Sergio Caramagna.
Señores Embajadores y representantes de la Comunidad Internacional.
Señores Oficiales y miembros de las Fuerzas Armadas.
Representantes de las Iglesias, campesinos, comunidades indígenas, amigos vallenatos.
Apreciados ex Comandantes Vicente Castaño y Salvatore Mancuso
Apreciados Comandantes, Patrulleros y Milicias del BNA

Hace 13 años era un Vallenato más. Había crecido en un pueblo de calles sin pavimento, había visto a mis mayores levantar toda una ciudad sobre nuestro pequeño pueblo, y hacer un Departamento de una lejana comarca de la patria. En el Valledupar de mi niñez, no había diferencias sociales; estudiábamos todos en los mismos 3 ó 4 colegios, jugábamos como iguales, todos en las mismas calles polvorientas, y se nos iba la luz a todos a la misma hora, caminábamos en 'patota' al colegio con la mochila terciada, y sentíamos que el mundo era del tamaño de este Valle que aprendimos a amar sin advertirlo.

En mi infancia Diomedes Díaz, era un niño, y Escalona era menor de lo que soy ahora. La Cacica empezaba a escribir en el Espectador, Gabo había venido pero era anónimo y López no llegaba aún a transformar nuestra visión de nosotros mismos. La paz era todo y ni siquiera nos dábamos cuenta.

Los Vallenatos de mi generación somos el eslabón intermedio de la cadena que une la dicha del pasado y el dolor de unas congojas posteriores que no merecíamos ni debimos padecer; para cuando alcancé los 27 años, mi entorno de ensoñación se esfumaba al tiempo que se extinguía la inocencia de una historia de armonía, que vivimos sin saber que la existencia humana tenía otra orilla.

Fui ganadero, arrocero, algodonero, cerealista, comerciante, servidor público y líder gremial, iba a las tierras de mis ancestros a trabajar, hice una familia con la mujer que Dios me puso en la senda y tuvimos unos hijos que ambos hicimos la razón de nuestra vida. Pero de pronto, todo empezó a cambiar y conocimos un rostro que jamás habíamos visto: descubrimos el miedo. Súbitamente nos volvimos esclavos de nuestros temores y uno a uno desfilamos como corderos ante una tiranía foránea cuya génesis tardamos mucho en entender. Valledupar se volvió la ciudad del miedo y los campos prósperos de mi juventud quedaron a merced del abandono y la desesperanza. Dios parecía haberse ido del Cesar, y tras él, mis amigos y los padres de ellos, se fueron marchando de la tierra que nos vio nacer.

La fuerza interior del hombre dormita en su esencia. Muchos jamás tienen ocasión de despertarla, pero a los 33 años de Cristo, acorralado, acobardado, encerrado en la desesperación de una opresión sin antecedentes en mi raigambre vallenata, un día cualquiera en medio del abatimiento surgió de mi corazón un brazo interior y empuñó las armas de mi alma. Para cuando desperté del trance, me batía, poseído de un espíritu guerrero instintivo, que no conocía en mí. Y descubrí junto a un puñado de paisanos, que el Valor es el hijo mayor del miedo y las humillaciones, y que cada hombre tiene la talla de los retos que la Providencia le imponga.

Solo ahora puedo ser conciente del alcance de mis actos de entonces. Creíamos que nos defendíamos simplemente, y seguimos luchando alentados por quienes tenían la misión de protegernos pues nuestra pequeña fuerza era prohijada y estimulada por la desidia de quienes permitieron la destrucción de nuestro hábitat social. El Estado para nosotros era una noción altísima, mirábamos a los gobiernos como súbditos sumisos y no comprendíamos el concepto democrático de la exigencia y los resultados. No estaba de moda medir las gestiones gubernamentales por los índices de felicidad de los pobladores ni existían las nociones y garantías democráticas que impuso el derrumbe de la Cortina de Hierro y la nueva constitución de 1991.

Cuando pienso en los años anteriores a las armas, cuando viajo al pasado y recuerdo nuestra idiosincrasia y la esencia sana de nuestras costumbres, cuando mi memoria me transporta a la infancia y la juventud, para volver súbitamente a este momento, y verme aquí, ante un micrófono, vestido de camuflado, ante una tropa de patriotas curtidos por la guerra, con las manos heridas por las vidas que se esfumaron en ellas, cuando doy el salto de lo que eran mis sueños a lo que es el presente, me turbo en la conmoción que supone el contraste, pues yo amigos nunca hubiera querido esto.. ¡Yo no quería pelear, no quería dejar a mi mujer ni a mis hijos ni a mi pueblo! Ni quería tender un velo sobre los mejores 12 años de mi vida.

Estoy aquí por culpa del miedo, por culpa del dolor, por culpa de los miles de muertos, secuestrados, arruinados y desplazados de mi tierra que los gobernantes permitieron que fueran arrasados por el cáncer de la subversión. Cada uno de los hombres aquí formados es, y yo mismo soy, la síntesis del olvido y la apatía de los gobiernos, y la desesperada necesidad de subsistencia nuestra.

Antes de las armas, vine al Corregimiento de La Mesa y a esta región de Azúcar Buena como victima. Como muchos de los aquí presentes fui sometido al ataque inclemente de una guerrilla que en aquellos tiempos se ensañaba contra quienes queríamos construir nuestros sueños de desarrollo, y representábamos a la gente honesta, trabajadora y cumplidora de nuestros deberes en sociedad. Todos, fuimos respetuosos del estado de derecho y siempre quisimos fortalecerlo desde nuestras obligaciones ciudadanas.

Hoy vuelvo a este Corregimiento, vestido de guerrero, como combatiente de un Ejercito de civiles forzados a tomar las armas para defender nuestras familias, nuestras vidas, nuestra honra, nuestros bienes, y en el camino, recuperar parte de la dignidad perdida. A este Corregimiento y a esta región, veníamos obligados a entregar el fruto de nuestro trabajo para apuntalar una revolución desoladora que acabó el empleo y azotó nuestra tierra llenándola de ruina, hambre y muertes.

Tantas ocasiones, aquí, comparecimos ante el verdugo a entregarnos. Algunas veces, arrodillarnos nos permitió vivir -físicamente- pues interiormente moríamos despacio presas del pánico y la culpa por sabernos responsables de fortalecer a quienes poco a poco exterminaban nuestra historia tesonera y derrotaban nuestro amor propio.

Aquí veníamos a pagar los secuestros de nuestra familias y amigos, aquí vinimos muchas veces a recoger nuestros muertos cuando cualquiera tuvo la osadía de pensar diferente o lográbamos que la fuerza pública saliera de su marasmo a defendernos, pues casi siempre tuvieron oídos sordos y se solazaron respondiéndonos con abandono.

Fueron años difíciles. Muy duros. Conocimos la crudeza de la guerra y sus devastadoras consecuencias, y al tiempo, conocimos las penurias que vivían las regiones violentadas donde sus pobladores subsistían en condiciones inhumanas.

El contacto diario con esa miseria nos hizo entender que la guerra no solo se haría por las armas, sino que en la medida que el aparato armado avanzara, habría escenarios en los que sería necesario aportar soluciones a tanta indignidad humana.

Crecíamos en fuerza, y detrás, espontáneamente, se iba formando un movimiento social que consolidaba obras de beneficio colectivo y espacios de reconciliación para nosotros y las comunidades violentadas. Llevamos a cabo trabajo comunitario con campesinos, empresarios, iglesias, líderes políticos, indígenas, ex guerrilleros y autodefensas; nos fuimos uniendo en la construcción de tejido social para lograr un resurgimiento como sociedad, aprendimos todos a valorar la convivencia armónica y nos sentimos enaltecidos como seres humanos. Fuimos recuperando la esperanza de poder soñar con el futuro y volvimos a acariciar la idea de vivir con dignidad.

La Colombia urbana, capitalina, siempre anegada en sus prejuicios y estereotipos, quizá nunca aceptará como un hecho cierto, el tipo de reconciliación que fuimos tallando con las comunidades día tras día. Pero ellas y Dios saben que fue cierta. Empezó casi espontáneamente, como un proceso de reencuentro civil, en el que se fue dando una inédita forma de reparación entre comunidades, instituciones civiles, guerrilla y nosotros las autodefensas.

Sin ayuda institucional empezamos, nuestra primera reparación, y los primeros beneficiados fueron las victimas de la guerrilla, al reintegrarse 70.000 familias de empresarios, comerciantes, campesinos y gente del común, que recuperaron sus empresas, sus tierras, sus viviendas y su entorno de vida. Lo más reciente nuestra facilitación para los retornos de mas de 3000 familias nuevas con el acompañamiento de la oficina de paz del departamento del Cesar.

Esta primera y novedosa forma de reparación, generó el nuevo desarrollo de unas regiones que quisieron servir como ejemplo ante quienes nos gobernaban, con un mensaje: Que no esperaríamos la labor social del Estado para cuando a cualquier burócrata le diera la gana, sino que lo sustituiríamos hasta que se hiciera presente. Detrás vinieron las construcciones de vías y puentes, y la gente olvidada pudo salir a la civilización y llevar su producción a los mercados regionales. A la vez, los líderes locales empezaron a entender que ellos sí representaban a sus comunidades, y paradójicamente, por culpa del atraso parecía imposible alcanzar las posiciones donde se tomaban las determinaciones.

Avanzamos en la tarea de ganarnos el espacio y la confianza de las comunidades, nuestra acción social fue tangible, y nuestro desempeño militar se fue extendiendo. Actuamos simultáneamente en los centros urbanos y las áreas rurales, establecimos poco a poco una red de apoyo e intendencia montadas desde luego en un esquema financiero mixto, vivimos de las donaciones de los empresarios y campesinos hartos de la guerrilla, y de la economía ilícita a la que pusimos cargas impositivas.

En ocasiones permitimos la existencia de fenómenos ilegales ajenos a nuestra vocación para poder financiar las exigencias militares y de apertrechamiento del conflicto. Las milicias de apoyo, siempre desarmadas pero atentas, los hombres y mujeres por los que comimos, sanamos, nos comunicamos y nos movilizamos, esos que fueron nuestros ojos y guardaron nuestra espalda, actuaron como un enjambre por todo el Caribe en apoyo de los frentes de choque urbanos y rurales. Durante los largos años de la guerra, no conocimos el descanso, enfrentamos al enemigo como una tropa convencida, aguerrida y decidida a triunfar, por eso vencimos y liberamos los territorios que hoy recibe el gobierno.

Nuestros teatros de operaciones militares, enmarcados en el mayor rigor marcial, produjeron resultados contundentes. Afirmo y la tropa lo sabe, que nos faltaron dos años para desterrar del todo la guerrilla de esta tierra; para el enemigo mi tropa fue temible, faltaron meses para entregar la totalidad del territorio libre de guerrillas.

Los comandantes de frente, hombres valerosos que no escatimaron recursos, dieron todo por la causa de la liberación. Algunos ofrendaron sus vidas en cumplimiento de su misión, otros, están hoy entre las caras que veo a lo largo de las formaciones. A ellos y a sus soldados del Caribe, a todas las milicias y los frentes de choque, a los hombres y mujeres que han simbolizado y protagonizado la resistencia a la opresión, a ustedes, desde lo mejor de mi corazón entrego para siempre mi gratitud y compromiso irretractables.

Agradezco a todos los que vuelven a la vida civil, y rindo tributo además de ustedes, a los que murieron en los campos y montañas de la Costa. A mis comandos y patrulleros les doy gracias por 11 años de amistad, camaradería y compromiso. ¡Qué orgulloso me siento de ustedes mis valientes!

El narcotráfico llego a nuestro País, como llegó la ideología marxista-leninista-maoísta: importado del mundo entero. Llegó disfrazado de negocio y con él comenzó la destrucción del País. Los últimos veinticinco años -la era del narcotráfico- hemos sido testigos de cómo se han derrumbado ante nuestros ojos los cimientos de la idiosincrasia y los valores colombianos. El tráfico maldito pervirtió la política, penetró la economía formal, hizo sicarios de nuestros jóvenes y volvió mulas o prostitutas a muchas de nuestras niñas, corrompió periodistas, gerentes, congresistas, policías, clérigos, militares, pilotos, taxistas, banqueros, presidentes, guerrilleros, y nosotros también sucumbimos ante su flama tentadora. El País se narcotizó, y el demonio del dinero abrió puertas en todas las esferas nacionales. El narcotráfico derruyó nuestros principios reguladores del comportamiento en sociedad, una sociedad integrada por sectores diversos pero fundada sobre sólidos principios como el honor, la palabra y el pudor ante la vergüenza.

Después, todo fue cayendo ante el avance del nuevo dios dinero; demasiado pocos dijeron No y la mayoría de ellos yacen en nuestra memoria por ser valientes en un tiempo hostil a los valores fundamentales del ser. El cáncer penetró todo: unos por codicia, otros por carencia, algunos por desidia, y los peores, por indiferencia, todos permitimos que Colombia, como la conocíamos, cayera abatida desde las más altas cumbres de su historia hidalga.

¿Cómo no iba a calar este flagelo en el tuétano de la violencia nacional? Los recursos de la cadena productiva de narcóticos, alimentaron en mayor o menor grado los distintos frentes de combate. El narcotráfico se volvió la principal fuente de ingresos de la guerrilla y de quienes la combatíamos y pronto nos enfrascamos en el dilema táctico de arrebatarles a ellos y ellos a nosotros, los territorios de producción de narcóticos, para debilitar o fortalecer las estructuras de guerra. Como si fuera poco, los recursos de los narcóticos permitían liberar a unos y otros de la impopular recolección de dinero en el sector productivo formal, así que, cada vez mas, los frentes de batalla y los cuadros de mando fueron dependiendo de esta economía ilícita para subsistir.

Sin embargo, el Cesar durante mucho tiempo fue una Isla para el narcotráfico. Valdría la pena recordar, que nuestro contacto con el mundo del narcotráfico, fue posterior a estar ya todos uniformados y en armas. Cuando nuestra fuerza cobró las dimensiones que hoy pueden contemplar, debimos amarrar nuestra suerte a algún eslabón de la cadena, para poder sostener operativa esta fuerza que la necesidad del conflicto nos hizo construir.

La visión táctica de los teatros de operaciones nos hizo entender sin dudas, desde hace mucho tiempo, que estábamos enfrascados en un espiral infinito del cual no tendríamos como salir, y fácilmente concluimos que donde existieran cultivos y riqueza ilícita, habría siempre razones para la guerra y una disputa que solo podría terminar, extinguiendo la raíz del problema: los cultivos ilícitos.

Por eso, en el 2002, cuando recibimos por primera vez zonas con economía agrícola ilícita, enviamos un mensaje escrito y público al gobierno americano por medio de su embajadora en Colombia, Señora ANNE PATTERSON, en el que clamábamos para que se nos ayudara a destruir los campos cocaleros. Inexplicablemente su respuesta nunca llegó. Al gobierno americano no le interesó ayudar en la erradicación de las zonas cocaleras que deseábamos incorporar a la economía lícita para sacarla del espectro de las tentaciones guerrilleras.

Tampoco entendí por qué el actual gobierno no aceptó la propuesta que salió de la mesa de negociación de Ralito, para acabar con los cultivos ilícitos existentes en algunas zonas recuperadas por las autodefensas antes de nuestra desmovilización, como garantía para que estas no fueran apetecibles por quienes insisten en la vía armada. Nunca recibimos respuesta positiva y hoy vemos como surgen nuevamente manifestaciones armadas que llegan a tomar territorios que ya se habían pacificado.

Lejos de querer presentar una visión fatalista, pero obligado a ser veraz, mi percepción es que estamos lejos de la consolidación de una verdadera Paz nacional. La cocaína es un monstruo perturbador cuya existencia, no permitirá nuestra concordia. Mientras aquí construimos escenarios momentáneos de tranquilidad, el narcotráfico con su poder corruptor avanza silencioso desde nuestra retaguardia. Jamás podremos soñar con una Paz duradera y sostenible en el tiempo en esas condiciones.

Ya es hora que dejemos la doble moral, es hora de terminar la farsa que nos pone a condenar el narcotráfico pluma en mano, mientras simultáneamente, en muchos apartamentos de la elite intelectual, en Bogotá y las grandes capitales, la droga forma parte de un ritual social que pecando y rezando, rechaza públicamente la existencia de narcóticos, pero en privado forma parte del problema, y todos, intelectuales, columnistas, ejecutivos y la capa social más determinante del país consume cocaína, éxtasis, y todo tipo de narcóticos en el mayor ejercicio de hipocresía colectiva de nuestra historia.

¡Ya basta! Colombia pide una gran Paz Nacional que empiece por revelar las grandes verdades que escondemos o disfrazamos. Los colombianos no queremos más violencia, y si la queremos parar, hay que enfrentar el tema del narcotráfico con la seriedad que se requiere, sin temores ni prejuicios, sin mentiras ni caras dobles, sino convencidos que a la Paz se llega abrazando a todos los que generan violencia, con el corazón grande o con la mano firme, pero no excluyéndolos ni cerrando los ojos ante su existencia.

En cuanto a la responsabilidad judicial de los miembros de Autodefensa en el tema del narcotráfico, hoy quiero plantear una inquietud al gobierno nacional y a la comunidad internacional: Les propongo, que no dejemos las cosas a medias, abordemos con claridad y por encima de la mesa, las sindicaciones por narcotráfico a miembros y ex comandantes de Autodefensa: Estamos dispuestos a comparecer ante las cortes de Estados Unidos y Europa para asumir de una vez por todas el grado de responsabilidad que nos corresponda.

Esto sería posible con la voluntad y auspicio del gobierno colombiano, al que le pedimos que acepte liderar, a través de los canales diplomáticos y los mecanismos de cooperación judicial, un proceso de instrucción para saldar de una vez por todas cualquier rezago penal de nuestra participación en este flagelo que somos los primeros en rechazar.

Pero que esta propuesta no quede como todas las iniciativas de la autodefensa, que las hacemos para contribuir a las soluciones de Colombia y son ignoradas porque todo lo nuestro es recibido con prejuicios y desconfianza. Esperamos una respuesta.

No tengo la fórmula final, pero siempre tendré la voluntad de llamar las cosas por su nombre. ¡Aquí todos somos responsables! y todos debemos concurrir a diseñar las salidas.

No podría despedirme de la guerra sin referirme a la política. El tema se cierne sobre el mito de un Jorge 40 implacable, que yo no he sido sino ante el enemigo. La política de la Costa, como la de Colombia y el mundo es filosóficamente intachable y en la práctica, deleznable. Pero el fracaso de la filosofía universal está en la ausencia de alternativas para dirimir y manejar las relaciones de la sociedad y el poder, distintas a la política. La política es un oficio a veces satisfactorio, a veces repugnante, al que no podemos escapar quienes tenemos claro que pertenecemos a un cuerpo superior plagado de células que somos nosotros mismos.

Sin duda en su ejercicio está la realización del ser público y la solución a los males colectivos. Por eso, ni antes, ni durante, ni después de mi ejercicio como Comandante del BNA, podré escabullirme de la política; así las cosas, no me cabe menos que señalar mi modesta impresión del discurrir político con el ánimo de sembrar semillas de solución en cada uno.

Los colombianos estamos cansados de liderazgos dispersos. Las soluciones colombianas están llamadas a ser como en el mundo, cada vez mas locales y menos nacionales.

Los desperfectos de los esquemas político-administrativos, se agigantan en una visión macro que tarde o temprano se sale de control. Por eso, como muchas voces autorizadas del presente y el pasado, pensamos que incluso para la seguridad y la paz, pero sobre todo, para el correcto diseño de nuestro porvenir, las soluciones del país deben buscarse dentro de un esquema federal.

El federalismo del que hablo no debe ni puede ser uno que fomente divisiones, sino que reconozca la distancia de nuestras idiosincrasias diferentes, uno que identifique territorialmente los acentos, las culturas, los sueños, las vocaciones y los niveles de competitividad de las regiones.

El país debe caminar en dirección al federalismo y a la autonomía regional que éste supone.

Lo veo, como el militar empírico que he sido: Cada región es un teatro de operaciones, cada alcalde un comandante de Frente, cada gobernador un comandante de Bloque, cada uno comprometido y autónomo para resolver sus problemas, cada uno procurando sus finanzas, sus ahorros, su infraestructura, sus pertrechos y el bienestar de la comunidad bajo su protección. Esos son los esquemas del mundo civilizado. Los mismos del combate. Eso prueba su idoneidad y garantiza su eficacia.

El estado central podrá así consagrarse a delinear la filosofía del crecimiento económico y diseñar el futuro, en los perfiles más sensibles de la nacionalidad.

En la medida que avancemos en autodeterminación, irán cayendo los viejos vicios y derrotaremos -en defensa de lo colectivo- los intereses individuales, éstos se esconden en la paquidermia de un estado central inmóvil por su gigantismo. Nuestras necesidades son colectivas y Colombia está cansada de exclusión, individualismos y abandono. Los colombianos soñamos con paz, reconciliación, desarrollo, respeto, autonomía, inclusión, beneficio colectivo, oportunidades, pero sobre todo queremos ser partícipes de las decisiones que modifiquen el discurrir de nuestras vidas. ¡De todas las decisiones! las nacionales, departamentales, municipales y locales, pues solo nosotros que hemos vivido en esta parte olvidada de Colombia, podemos legitimar con acciones concretas los sueños colectivos de las gentes de la región.

Las soluciones no tienen color político ni ideología, las soluciones de los colombianos tendrán que pasar por el meridiano de la construcción de un objetivo común que sirva al desarrollo y mejoría de las condiciones diarias de muchos compatriotas que si no sacamos de su indignidad humana, serán el ingrediente principal del caldo de cultivo de las próximas luchas armadas.

Pero no podemos seguir quejándonos de lo que otros han sido incapaces de construir, en adelante no habrá excusas, nadie construirá lo que nosotros mismos no seamos capaces de levantar, es hora de tomar nuestras propias banderas en defensa de los intereses propios. Encaminemos nuestro sueño y visión de región, no hay tiempo para buscar culpables de aquí para adelante solo nosotros seremos culpables de lo que no seamos.

Por eso necesitamos un esquema político federal. Que recojamos nuestros tributos, que prioricemos nuestras inversiones, que respaldemos nuestras vocaciones, que impongamos nuestras cargas tributarias. Que diseñemos nuestro porvenir. Ese es el camino que identificamos para dar el salto a una justicia social que interprete nuestras realidades.

Como dije antes: ¡Son los esquemas del mundo! ¿Por qué ha de ser malo para Colombia?

Necesitamos el federalismo para defender un solo sueño y un solo objetivo: nuestro desarrollo regional, lo único que puede garantizar y consolidar la paz. Hoy desde este campo de paz los estoy invitando a la construcción de ese sueño colectivo que se llama REGIÓN CARIBE, la primera célula administrativa del federalismo colombiano. Los estoy invitando a que digamos ¨No Más¨ a colores e ideologías que distraigan el progreso. Los estoy invitando a que no dejemos que nos sigan diseñando la vida sin tener en cuenta nuestros objetivos. Los estoy invitando a la construcción de un gran ´Movimiento Social de Autonomía Regional´ que tenga como objetivo el desarrollo real de nuestro pueblo.

Es necesario agradecer la presencia tutelar de la OEA. No puedo imaginar que habría sido del proceso sin las oportunas observaciones y el concurso de ese ciudadano ejemplar del mundo que es el Doctor Sergio Caramagna. Su mentalidad liberal exenta de prejuicios y su acompañamiento al lado del excelente equipo de trabajo que vino a Colombia, ha sido vital para la conclusión de esta tarea. Muchas gracias a él y a ellos por sus luces.

Y es que no es fácil asimilar nuestras realidades. Colombia es, en el concierto de las naciones del mundo, un satélite bajo el influjo de Norteamérica, pero nuestra tradición Bolivariana americanista, y nuestros estrechos lazos con Europa coexisten en la realidad geopolítica contemporánea, de manera que se conforma un equilibrio ideológico entre los polos de la cultura occidental.

Podríamos decir que vivimos sedientos de las doctrinas occidentales y hemos abrevado de ellas a lo largo de nuestra convulsionada historia. La noción muy Europea del Derecho de Gentes, y la incorporación a nuestro ordenamiento jurídico de los Derechos Humanos, hacen parte crucial del anhelo nacional, y se ponen de presente con dramática actualidad en un acto tan plagado de matices como éste.

Por eso, y por nuestra larga, respetuosa y constructiva relación diplomática con Europa, Iberoamérica, los Estados Unidos y la floreciente pero vigorosa relación con el mundo oriental, para nosotros es particularmente significativa la nutrida concurrencia de los distinguidos representantes de la comunidad internacional que nos acompañan.

Su presencia es un espaldarazo a este proceso y por ello les debemos nuestra más honda gratitud. Pero al tiempo que celebremos su venida, como testigos de fe ante el acto de paz de estos guerreros, que quieren la concordia de su pueblo, nos vemos obligados a honrar la dimensión del gesto entregándoles un breve mensaje que esperamos se convierta en la semilla de un discernimiento universal mas justo para con Colombia y los hijos de esta patria, que se desangra pero resiste, y busca en su comprensión una puerta de salida a sus tristezas colectivas.

La guerra Colombiana es una responsabilidad no solo de los colombianos sino del mundo. La conflagración de esta república no surge de odios entre clanes, ni de querellas religiosas, no peleamos territorios y hace siglos superamos el racismo; nuestra guerra no tiene ideología, nuestra guerra es una lucha por codicia, fomentada por los países del mundo, que son pasmosamente indolentes mientras arrojan dinero a la fosa de nuestro conflicto, al vaivén de la depravación viciosa de millones de adictos que se envenenan con Droga, ante la mirada apática del mundo.

El problema, que es un fenómeno masivo sin antecedentes en la historia universal, es de Salud Pública. Pero las naciones del mal llamado Primer Mundo, se empeñan en fomentar, mediante la represión, las inmensas utilidades de un negocio que por ilegal solo puede nutrir los factores ilegales de producción y es allí donde nacen y habitan las congojas de Colombia.

Estas palabras, más que nada, son una súplica a la comunidad internacional para que tenga consideración con nuestro derecho al futuro y acoplen sus necesidades policivas y de salud a las realidades de un problema cuya dimensión no cabe en la represión ni en el control a la producción de los narcóticos.

La legalización, en los centros de consumo del mundo, es la única salida para nosotros. Solo las inmensas fortunas que se forjan al amparo estimulante de la ilegalidad, tienen la dimensión que ha permitido arrinconar una sociedad de gente buena y limitar el empeño de un estado que a pesar de estar dispuesto, no cuenta con recursos para erigirse en talanquera de un mundo consumidor, del que importamos capitales para financiar la hecatombe fratricida de Colombia.

Pero así como nos atrevemos a escudriñar el corazón de la comunidad internacional, en pos de encontrar comprensión, tenemos también la obligación de constituirnos en un ejemplo positivo para las generaciones de un mañana que empieza a descender sobre los años que nos quedan.

Tenemos que remozar la visión de nuestra propia disyuntiva: Invitamos a todo el País a un gran consenso y acuerdo nacional sobre lo fundamental. La Paz no puede seguir siendo la palabra interesante con que se confecciona un discurso. La paz debe ser tangible, natural y cotidiana, debe ser un lenguaje común, un punto de partida elemental, un norte, un método y la causa de quienes soñamos con ella tras padecer tanto años de su ausencia.

Por eso llegó la hora de demostrar con hechos como el que hoy muestran las Autodefensas, si de verdad somos capaces de articular nuestro discurso con la coherencia del discurrir diario de la patria.

Invito al poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, a los ex-presidentes, a los partidos políticos sin exclusión, a los empresarios, a los gremios de la producción, a las iglesias, a todos los sectores sociales, a la intelectualidad, a la etnias, a los negros, blancos, hombres y mujeres que conforman nuestro mestizaje, a los narcotraficantes, a las guerrillas comunistas, a los escépticos, a los que se sienten mejores, y a los que no sienten que les cabe derecho a nada, a todos los colombianos los invito a vencer el miedo, a hacer gestos de Paz y escuchar la súplica de un pueblo que nos pide respuesta reales con hechos reales en un clamor por la convivencia pacífica de la nación.

Cuando el Señor Presidente Álvaro Uribe, abrió la puerta a los actores armados, se nos invitó a una Negociación política que debería culminar con nuestro retorno a la vida social, productiva y política del país pero sobre todo a la contribución del fortalecimiento de un verdadero estado social de derecho, por eso decidimos avanzar y explorar esos caminos, pues ya desde nuestros inicios entendíamos que solo el día que se restableciera un estado fuerte que restituyera el orden, recuperara el monopolio de las armas y cumpliera con sus funciones, podríamos pensar que la paz de Colombia era viable. Por eso dijimos SÍ y hoy estamos desmovilizándonos.

Jamás nos invitaron a un sometimiento jurídico, de ser así nuestra respuesta hubiera sido distinta. Esa no podía ser la contestación para una Organización política y militar que -para bien- sustituyó al Estado, cuando éste renunció a su papel, ni debió ser la puerta de salida para un Bloque Norte de Autodefensa, que hoy entrega en paz 94 municipios y 254 Corregimientos, contenidos en un área de 48.433 Km 2, donde viven 7´880.441 Compatriotas.

Estos territorios se incorporan hoy al mapa político nacional, y debe reasumir el Estado sus responsabilidades en esta vasta zona; los miembros de las AUC con este gesto de paz, somos, sin duda, los primeros grandes contribuyentes a la re institucionalización del país.

Para complementar el gesto, estamos entregando propiedades en Cesar y Magdalena en una extensión de 18.432 Hectáreas. Estos predios deberán ser puestos al servicio de la reinserción y rehabilitación de los hombres y mujeres que de algún modo han sido tocados por el conflicto.

A pesar de la incertidumbre ante el marco legal que nos espera, y de nuestra convicción sobre la injusticia contenida en la mal llamada Ley de Justicia y Paz, que no permite vislumbrar escenarios de reencuentro. A pesar de todo, estamos aquí. Pero no podemos callar y esconder que la ley no abre espacio al gran juicio Nacional de responsabilidades colectivas que debería ocurrir en Colombia. La ley no fue diseñada para acoger arrepentidos ni idealistas, sino que somete férreamente a quienes soñamos construir mejores tiempos.

Por eso dudamos de la paz verdadera que promete la coyuntura, porque una ley que sanciona a unos pocos, quitándoles la oportunidad de reconstruir familia, sueños o esperanza, y no permite ayudar en la reconstrucción social que debe ocurrir en los territorios donde se libró la guerra, una ley así no da espacio a los sueños ni tranquiliza los espíritus.

Asumiré ante Colombia y el mundo, la responsabilidad que me corresponda por las acciones y excesos en esta guerra, concurriremos a la cita con la paz, porque también sabemos que la letra de las leyes no enmarca la historia de los pueblos.

Por encima de este compendio penal que pretende asfixiar nuestra voluntad de reconciliación, creemos en el alma nacional, tenemos fe en la conciencia colectiva de los colombianos y esperamos construir esa paz sobre el perdón y olvido de las profundas heridas infringidas.

Todos necesitamos perdonarnos y recomponer ese Estado al que pertenecemos, pero que precisa ser modificado para brindar autonomía a cada microcosmos regional, pues de lo contrario seguiremos alimentando inconformismo ante el dictado autoritario que ruge desde el centro de la patria.

Ahora, cuando ya la decisión está tomada, una nube se cierne sobre el horizonte de los ex comandantes desmovilizados. Empieza a hacer carrera la tesis que pregona nuestra responsabilidad sin límite en el tiempo sobre aquellos que en la guerra fueron nuestros subalternos. El presupuesto es inaceptable, ¿Cómo podríamos controlar miles de voluntades, cuando por solicitud del Estado hemos disuelto por completo nuestra jerarquía? ¡Sería como pedirle a un general retirado que siguiera respondiendo por los soldados sobre los que ya no tiene mando!

El planteamiento no solo es inadmisible sino ilógico y solo es concebible en la medida que se trate de un pretexto, que se empieza a incubar, para incumplir los fundamentos del acuerdo de paz.

Ante la tesis de proyectar nuestras responsabilidades a futuro, esperamos un claro pronunciamiento de la OEA, que es el verificador natural del proceso.

Colombia y el Mundo deben esforzarse por dimensionar este gran gesto, porque dejar las armas en el mejor momento de posicionamiento social y militar, cuando nuestra presencia se había consolidado en todo el territorio nacional y nos aprestábamos a dar la batalla final, solo fue posible por los hombres y mujeres de la Autodefensa cuya humildad respondió a la petición de nuestro pueblo.

La paz amigos, solo la hacen los valientes, y hoy pedimos a Colombia comprensión, esperamos que nos respondan con las misma humildad y no con un dedo inquisidor, influidos por los enemigos de la paz que proclaman sanciones para nosotros, en subsidio de argumentos ideológicos que no caben ante el gesto.

Pedimos comprensión y perdón. Necesitamos el perdón de las familias, precisamos el perdón de la sociedad, ofrecemos nuestra contrición y perdonamos también a quienes han sido el enemigo. Pedimos perdón a cada madre, a cada huérfano, a cada doliente: a los del enemigo, a los que fueron fruto de los errores y la guerra, a los de nuestros hombres, a todos los heridos en los cuerpos y en las almas. Pedimos perdón a Dios nuestro Señor, al mundo, a mis hijos y a los hijos de mis hombres, pedimos perdón a nuestra historia y ofrecemos nuestra voluntad de convertirnos para el resto de la existencia, en gestores de desarrollo y garantes de una paz verdadera que imploramos permitan que se aposente en nuestros corazones.

Liderar 6.250 vidas, y las vidas de quienes dependen de ellos, entraña unas responsabilidades incomprensibles. El poder es un triunfo o un naufragio personal, dependiendo de los logros que se alcancen. En mi caso, debo confesar mis contradicciones interiores:

Mi voluntad de paz ha sido inequívoca, constante. Pero la decisión de la desmovilización del BNA, enmarcada en la improvisación gubernamental y el afán de resultados estadísticos, ha causado estragos en mi espíritu durante las últimas semanas.

Para los críticos esta confesión confirma las sospechas: 40 era enemigo de la paz. Pero nada puede ser más lejano a mi pensamiento. Entré a la guerra en procura de la paz y desde el primer día comprendí la contradicción contenida en la paradoja que he vivido. El Bloque Norte no surgió para defender intereses individuales de delincuentes, nacimos para defender el derecho al trabajo honesto.

En las horas previas a la decisión final viví la conmoción de la insignificancia humana ante las dimensiones universales de los posibles escenarios. Temblé, he llorado, he dudado de mi criterio, he puesto a prueba mis certezas anteriores y posteriores a la guerra, he sentido la soledad de este poder desolador que ha estado a punto de asfixiarme, y después de pasar el purgatorio de las dudas, de trasegar los senderos de mis miedos, después de recorrer la mediocridad del alma humana y la grandeza de los sentimientos, tomé la decisión final de tumbar la muralla de mis limitaciones de hombre, y decidí dar este paso que hoy consagro con humildad, valor y responsabilidad, a la historia de mi estirpe y de mi pueblo.

Llegó la hora de la paz. Terminó para siempre el discurso de fuego de las armas. Aquí estamos señores de la comunidad internacional, aquí estamos ante Colombia y a los ojos del mundo en nuestra justa dimensión, desarmados ya de los fusiles pero llenos de nuestro inmenso amor por esta patria.

Me demoré en llegar a la entrega de las armas, quería ser responsable con la región, pedí al gobierno, como otros comandantes en desmovilizaciones anteriores, a los que no atendieron, que mis posiciones fueran asumidas para no ceder espacios vitales a la subversión.

La solución se fue dilatando y a riesgo de ser malinterpretado, mantuve firme mi propósito de no dejar expuestas las zonas liberadas. Por fin se dio y ahora sí, depongo mis armas con la profunda certeza de haberle cumplido a mi región.

Entregué los territorios liberados, uno a uno y mano a mano, a los miembros de la Fuerza Publica en cada zona. Ruego a Dios y espero, que hayan sido recibidos para cuidarlos y velar por la paz que dejamos a un costo tan alto en sacrificio y vidas.

Las comunidades saben que es así, el gobierno sabe que es cierto, y por eso entrego mis armas con la frente en alto y la conciencia libre de las culpas del fracaso.

Dejo atrás mi parábola vital. Entré a las armas como patriota consagrado pero hoy muere Jorge 40 y empieza a surgir un hombre que solo anhela ser ejemplo en la memoria de la gente, cuando recuerden al que nació el día que renunciamos a la guerra .

Finalmente, con mis hombres, con mis amigos, con mi familia, con mi pueblo y con ustedes todos, quiero compartir un poema que me dio respuestas y está clavado en mi alma pues llegó a mis manos, casi como una oración personal en auxilio a mis tribulaciones de estos días:


¨Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,
si para estar ahora ilusionado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.
Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado¨.



MUCHAS GRACIAS

¡VIVA COLOMBIA!