abril 14, 2006

Las AUC y las banderas de la Unidad nacional y el Progreso social

Digámosle sí a la negociación política y no a la política del terrorismo
Esencias y matices (10)



Por Juan Antonio Rubbini Melato

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juan_rubbini@yahoo.com.ar



Si en sus delirios filosóficos Nietzche acuñó aquello de ‘la muerte de Dios’ la humanidad haría bien en irse preparando interiormente -en su avance hacia el siempre postergado ‘paraíso terrenal’- para el encuentro ¿o desencuentro?, que no aparece tan lejano, con la realidad cruda -y angustiante para muchos- de la inexistencia de Dios. Me refiero al reconocimiento descarnado de que tal vez el Dios que creemos conocer –o intuir- jamás ha existido. Lo que sería lo mismo que decir que ‘la muerte de Dios’ nunca tuvo lugar. Sin embargo, en nuestros corazones sentimos el vehemente llamado a ser felices –y a vivir en paz con nuestra conciencia-, y lo que llamamos progreso puede ser el camino –y la herramienta- con lo cual hacer posible que Dios nazca algún día, no de nuestras ideas sino de nuestra feliz realidad y de nuestra reconciliación con el prójimo y con nuestra propia conciencia.

Si intentamos aterrizar el concepto anterior a la actual política colombiana bien puede resultar que, respecto a los conceptos de ‘derecha’, ‘centro’ e ‘izquierda’ tengamos mucho que discurrir y no resulta ocioso que también sobre esto se debata. Sin embargo, lo más urgente es que dejemos de matarnos –y de calumniarnos y envilecernos- por armazones ideológicas –verdaderas catapultas de asalto al prójimo- que no han servido para acercar la felicidad a Colombia, sino más bien para sepultarnos en la fosa común de nuestro fracaso nacional y social. Para resucitar como colombianos no ya al tercer día, sino al menos a los doscientos años del Grito de Independencia, todo esfuerzo que hagamos desde ahora mismo en pos de la felicidad de los colombianos es poco. Desde la frágil democracia que constituye hoy el inexorable punto de partida cabe alumbrar el proyecto nacional y social donde la Unidad y el Progreso sean posibles. Para ello debemos reconocer primero que somos Uno –y ‘lo que es con uno es con todos’- pero que este ser Unos es ser unos en la diversidad y en la libertad, y que somos Unos no solamente porque nos sentimos unidos en la diversidad sino porque también queremos construir unidos en la diversidad ese Progreso donde cada día podamos sentirnos más unidos, más libres y más felices.

Tras estas banderas de Unidad nacional y Progreso social bien puede que coincidan incluso -en su esencia mas no siempre en sus matices- quienes han sido hasta aquí enemigos irreconciliables en las montañas y las selvas de Colombia. Es a esta generación de colombianas y colombianos a quienes nos corresponde hacer posible que el Grito de Independencia de hace dos siglos no haya sido en vano. Frente a este desafío histórico cualquier dificultad es poca por grande que sea.

En este contexto, si las AUC desmovilizadas toman las banderas de la Unidad nacional y el Progreso social –con énfasis en la autonomía y el desarrollo regionales- no estarán tan solas ni abandonadas como algunos creen que están, y crecerán en favorabilidad política en el sentimiento popular mucho más rápido y seguro de lo que sus mismos ex comandantes creen. No se trata de mantener vivos los ‘alias’ ni la misma sigla AUC que son ya partes inextricables de la Historia de Colombia sino de reafirmar el compromiso personal y colectivo con Colombia de quienes fueron en su momento comandantes, combatientes, patrulleros, integrantes, bases sociales y simpatizantes AUC. Nada menos inobjetable, entonces, que bautizar con un nombre que no deba soportar el estigma de la guerra pasada a la nueva criatura política, que ni sus herederos ni la Democracia pueden darse el lujo de abortar. Tanto menos si está concebido y fundado el movimiento político post-AUC con renovados conceptos de Unidad nacional y Progreso social, donde las puertas estén abiertas desde el primer día a las necesarias y convenientes alianzas políticas, sociales y económicas de largo aliento, con la mirada y el corazón puestos principalmente ya no en las próximas elecciones sino más bien en los hijos y en los hijos de los hijos, y en los que vendrán después, cuando Colombia ya no sea un territorio desintegrado con varios estados legales e ilegales guerreando entre sí –o distantes e indiferentes- sino un solo y legítimo Estado de mujeres y hombres libres, respetuosos de la Ley, iguales en oportunidades y prósperos hasta donde la inteligencia les alcance y la voluntad los sostenga. ¿Quién puede temerle a una fuerza política que se proponga metas tan diáfanas y sostenga principios tan nobles?

Si se trata de inventariar las dificultades existentes hoy no hay sino mirar hacia las toldas del ‘oficialismo liberal’ que se apresta a dar su última batalla antes de reconocer públicamente que ha perdido la guerra, guerra a la cual no puede seguir arrastrando a millones de liberales –y a los demás colombianos de ñapa- que no dudan en reconocer en Álvaro Uribe su líder natural para convocar a Colombia entera tras la construcción de la Unidad nacional y el Progreso social que nos debemos y resultan imperativos históricos ineludibles tras dos siglos de jugar a la ‘ruleta rusa’ con el corazón de los colombianos.

Si Horacio Serpa –y su candidato a vice Iván Marulanda- insisten a estas alturas como hace cuatro años- en la supuesta subsistencia del ‘paramilitarismo’ como producto maquiavélico de la estrategia de Uribe, no pueden los colombianos pasar por alto ni menospreciar el contenido desafiante de estas invectivas agitadas por el ‘serpismo’ decadente con vistas al tinglado político en ciernes que trasciende la coyuntura electoral presidencial. Y que tiene que ver con el hegemón ‘uribista’ que presienten les viene llegando ‘piernas arriba’ hasta alcanzar hoy el umbral mismo de su bunker acorazado en el Partido Liberal, cuyo bastión de clientelismo y sectarismo parece estar destinado a caer en los próximos meses como una casa de naipes.

El guiño que con tanto tic de ‘paramilitarismo virtual’ Horacio Serpa y sus adláteres le están insistiendo en hacer a las FARC y al ELN es parte esencial –no anecdótica- de la estrategia de manipulación ‘serpista’ hacia las guerrillas queriendo coincidir de plano con ellas en lo único que éstas han siempre temido de verdad fuera a realizarse: la legitimación del Estado y su reinstitucionalización con ‘mano firme y corazón grande’. Serpa pretende deslegitimar el Estado con sus apelaciones al ‘paramilitarismo virtual’ en el que estaría comprometido nada menos que el Presidente de Colombia, al mejor estilo de un Pinochet o de un Videla. Está por verse si los líderes guerrilleros descifran tal cual el ‘serpismo’ quisiera este lenguaje amarillista plagado de ‘paramilitarismo’ infiltrado también en la sopa. ¿Qué tal que lleguen a la conclusión el ELN y también las FARC de que entonces con quienes hay que sentarse a conversar no es con los ‘serpistas’ sino más bien con Uribe y con los excomandantes de las AUC? Finalmente, la guerra o la negociación se hacen con el enemigo, o con quien tiene el poder, no con quien ni siquiera es hoy aspirante serio al poder sino que apenas oficia de experto pescador en aguas revueltas.

Todos sabemos en Colombia –y esto no lo desconocen en su intimidad ni los jefes de las FARC ni del ELN- que las AUC no fueron jamás un poder ‘paramilitar’ al estilo de las dictaduras del Cono Sur –donde estos ‘poderes en las sombras’ operaron al amparo de la ‘guerra sucia’ de Estados totalitarios y nada democráticos- sino que el movimiento nacional de Autodefensas colombianas es en su conjunto variopinto la expresión de un Pueblo pluriclasista –constituido por ricos terratenientes y miembros de la pequeña burguesía rural ciertamente, pero también de campesinos pobres, y fundamentalmente de clase media rural y más recientemente urbana- que hicieron visible al País la inexistencia de Estado -¿quizás ‘la muerte del Estado’ parafraseando a Nietzche?- y demostraron que sí se puede contra las guerrillas cuando existe determinación política y eficacia militar logrando así difundir en el ánimo popular la honda proyección política del concepto de ‘autodefensa de la sociedad agredida’ frente a los desbordes terroristas de las guerrillas.

Nadie en Colombia –salvo al parecer Horacio Serpa e Iván Marulanda- tienen indicios creíbles y generalizados de que exista hoy un ‘proyecto militar’ de raíces sociales, siquiera en gestación, como el que en su momento encarnaron las AUC. Los tiempos que corren en el mundo no son propicios a otros armados que no sean los del ‘monopolio estatal’ y los ‘paramilitarismos’ mueren antes de nacer en las mismas fuentes ‘occidentales y cristianas’ donde nacieron al calor de la Guerra Fría y murieron con el desarrollo de los Derechos Humanos y el DIH, ese mismo DIH que ni las FARC ni el ELN ni las AUC respetaron en Colombia. Nadie ignora tampoco que los máximos líderes de las AUC han abandonado definitivamente la lucha armada y se aprestan a reincorporarse a la vida civil tras su paso por los tribunales de Justicia y Paz.

¿A qué paramilitarismo sino al ‘paramilitarismo virtual’ que sirve a sus intereses continuistas en el Partido Liberal se refiere entonces Serpa, a quien por otra parte no parecen preocuparle demasiado los desbordes terroristas de las FARC en perjuicio de la población civil, mientras recibe sin beneficio de inventario y con beneplácito la táctica ‘negociadora’ y el apoyo ‘armado’ del todavía en armas actor ilegal ELN a su candidatura –y a la de Gaviria- de cara a lo que el ELN considera inatajable: la segunda presidencia de Uribe?

El ELN –con la bendición del ´serpismo’ y también de una parte del ‘polismo’- intenta en estos días replicar la estrategia política de las AUC cuando, hace cuatro años, morigeró los efectos de su actuación militar en el inmediato post-Caguán lo cual –indirectamente- resultó de gran beneficio político para el candidato Uribe quien no tuvo que lidiar durante la fase crucial de su campaña con el desgaste que le hubiese producido al candidato ‘anti-FARC’ la escalada ‘paramilitar’ que tanto sesudo analista presagiaba tras la ruptura de Pastrana con las FARC en febrero de 2002.

Hoy el ELN ha declarado ‘de hecho’ el cese al fuego y lo hace pensando que con ello beneficia las candidaturas de Horacio Serpa y de Carlos Gaviria, sin tener que tomar partido por ninguna de ellas en desmedro de la otra. Especula el ELN –y no se equivoca- que cuando inicie la fase de negociaciones formal con el presidente reelecto un precio será en la hipótesis de Uribe plebiscitado en primera vuelta tras vapulear al Polo y a lo que el 'serpismo' dejó en pie del Partido Liberal, y otro –bastante distinto- con Serpa y Gaviria fortalecidos tras la competencia electoral, mucho más si se produce el ‘milagrazo’ para ellos de que Uribe deba participar de una segunda vuelta.

No se trata de negarles al ELN y las FARC su derecho a hacer política –todo lo contrario, ojalá se decidieran a hacerla dentro de la ley y sin la presión de las armas y del terrorismo-, aunque uno quisiera que desde la izquierda y también desde tanto ‘uribista’ cachaco tampoco se les negara a las AUC desmovilizadas su derecho de actuar políticamente sin que nadie tenga que rasgarse sus vestiduras por ello. En esto es mucho lo que tienen que aprender de los Serpa, los Gaviria y los Leyva algunos ‘uribistas’ –y uno que otro ‘sindicato uribista’ recién llegados al mundo de lo ‘políticamente correcto’ – ‘nuevos ricos en votos’ que alimentan su ego –y dilapidan su ‘cuarto de hora’ de fama- con la ilusión facilista de recibir por ‘endoso’ el afecto que el Pueblo siente por Uribe y se dan golpes de pecho farisaicos cuando se trata de las AUC, pero callan y miran para otro lado cuando ni a Leyva, ni a Gaviria, ni a Horacio Serpa les da el mínimo pudor reconocerles ante todos los micrófonos a las guerrillas –con sus actos terroristas y todo- su derecho a la amnistía, el indulto y el co-gobierno también. En esto –nobleza obliga- los unos y los otros haríamos bien en reconocerle en las urnas a Mockus que su ‘defensa de la vida’ no tiene color político sino que va dirigido a todas las guerrillas y a todas las autodefensas, sin distingos ni estratificaciones por el color ideológico ni por las consabidas ‘distinciones de clase social’.

Curiosamente Álvaro Leyva, quien aparece como el más cercano a las FARC entre todos los candidatos, es quien transmite de entre todos ellos –incluido el mismo Uribe, tan ‘paraco’ para Serpa y Gaviria- una visión más contemporizadora hacia las AUC. Como si a través de su prédica reconociera hidalgamente que el ‘verdadero’ proceso de paz en Colombia no consiste en el abrazo acostumbrado de la izquierda del Polo y el ´serpismo liberal’ con las guerrillas –principalmente el ELN- sino primero y ante todo entre las FARC y las AUC, y sus respectivas bases sociales, como organizaciones armadas ilegales representativas de comunidades enteras, y entre ambas –cada una por su lado- y el Gobierno nacional. Esto hace más evidente todavía que Ralito sin la contemporaneidad de un Caguán –se llame como se llame- es ‘medio Ralito’. Así como el Caguán de Pastrana sin la coexistencia de un Ralito a la par resultó ‘medio Caguán’ desde el comienzo y terminó fatalmente en nada.

La Historia del conflicto armado quiso que las AUC dieran el primer paso decisivo en la dirección correcta del cese al fuego. El segundo paso le corresponde darlo a las FARC –y Uribe tendrá que ser todo lo generoso que Colombia demanda para facilitarle a las FARC ese paso tan decisivo y trascendental que las AUC no podrán sino aplaudir y apoyar con todos los medios a su alcance.

Mientras tanto –y como intermedio y abrebocas- no está mal que el ELN intente replicar lo que de originales y exitosas tuvieron las AUC a partir de 2002. No estaría mal que, fuera de los corrillos politiqueros, ‘paras’ y ‘elenos’ compartieran experiencias al respecto. Lo que el ELN haría bien en detenerse a pensar es si Horacio Serpa y Carlos Gaviria tienen algo del carisma fundacional de Uribe y algo, siquiera un poco, de su favorabildad popular.

Y no me refiero aquí al Uribe candidato, ni siquiera al Uribe presidente, sino al Uribe dispuesto a refundar el Estado colombiano y regresar con sobrados méritos -como su hijo pródigo más dilecto- al Partido Liberal de las mayorías colombianas y su gesta política de más de siglo y medio que no han logrado desalentar, en su camino hacia la libertad y la igualdad, ni las manipulaciones ´gringas´, ni las veleidades marxistas, ni las derechas totalizantes y sectarias, ni los dineros del narcotráfico ni los enanos ‘oficialismos liberales’ que en Colombia han sido, padecimientos que todos los colombianos –incluidos ‘guerrillos’ y ‘paracos’- hemos sufrido por igual, hayamos sido antes o sigamos siendo de corazón liberales o conservadores, o independientes, o socialistas, lo mismo da, por aquello tan cierto y fatídico de los ‘amores y los odios que se heredan’ y otras veces –no lo dejemos de lado- por los dones del libre albedrío que a pesadas cadenas también nos han sabido llevar.

El 28 de mayo es apenas el comienzo, no lo olvidemos a la hora de votar.

Contagiemos al cuerpo social nuestra confianza en la democracia y en su inmenso poder sanador.

Comencemos por vencer la enfermedad de la abstención.

Lo demás vendrá por añadidura.

No vendrá de inmediato, pero vendrá.


Así la veo yo.


Los artículos que forman la serie completa de “Esencias y matices’’ pueden ser consultados en:

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