mayo 08, 2006

FARC & ELN: Riesgos de implosión acercan proceso de paz


‘Dosis personales’ de terrorismo y narcotráfico los están acabando


Esencias y matices (14)


Por Juan Antonio Rubbini Melato
juan_rubbini@yahoo.com.ar
www.lapazencolombia.blogspot.com



Hay organizaciones armadas que resultan invencibles con relación a quienes las combaten. Esto las lleva a celebrar la ausencia de victoria ajena como si fuese la propia victoria. Confunden la paridad con el triunfo. Solo ven quietud allí donde todo está en movimiento. Craso error. Al celebrar la impotencia ajena como propia fortaleza ignoran el enemigo más potente y destructor. El que se acurruca en el propio nido. El que va gestando la trama con infinita paciencia hasta que llega el momento de dar el golpe letal. Pero en ese momento ya es tarde. El presente es pasado y el futuro se vuelve imposible de asir. Todo ha terminado.

Cuando el conflicto armado haya finalmente concluido quedarán cuatro iconos en la historia y cuatro historias de vida en el corazón y la memoria de los colombianos. Nadie podrá quitarle a ‘Manuel Marulanda Vélez’, a Camilo Torres Restrepo, a Carlos Castaño Gil y a Álvaro Uribe Vélez su derecho a seguir relatando –por los siglos de los siglos- a las generaciones futuras la razón de sus vidas y de sus desvelos. No serán recordados por sus errores sino por sus aciertos, por su enorme capacidad de poner el ‘dedo en la llaga’ de los males colombianos y ofrecer sus pechos a las balas para acercar la solución de la tragedia nacional. Si no somos capaces de ver en los actores de hoy los futuros personajes de la historia nos privaremos de reconocer en su contemporaneidad aquello que estuvo cerca de nuestros ojos ver y de nuestra mente entender cuando todavía estábamos a tiempo de rescatarlos del sectarismo y los lugares comunes, de la triste caricatura a la que reducen la vitalidad humana los escribientes de oficio y los cínicos de vocación.

Es en este sentido que la historia de Colombia no terminó con Bolívar y Santander, ni la política se agotó para siempre con la aparición de los Partidos Liberal y Conservador. Es en este sentido en el que digo que la izquierda no se agota en el Polo, ni el oficialismo liberal será siempre oficialismo ‘serpista’. Es en este sentido en el que manifiesto que también hay un espacio en el centro-derecha donde el ‘inexistente’ Partido Progresista Colombiano puede reunir la vocación de poder y la vocación de servicio, de quienes hoy están en algún lugar del universo ‘uribista’ y por qué no tal vez en los pliegues recatados y mudos –pero no para siempre- de los que no se han dejado seducir por la satanización en boga contra las AUC y ven con ‘buenos ojos’ a los Castaño y los Mancuso, y los demás ex comandantes que firmaron la paz en Ralito. Amanecerá y veremos.

Hoy estamos en la etapa final de un 'campeonato' y los ojos puestos en el 28 de mayo y el 18 de junio. Y así como los partidos de fútbol se acaban cuando lo señala el árbitro y no antes, los votos se cuentan de a uno en las urnas y no en las encuestas. No lo digo por cuestionar las encuestas, sino por censurar la actitud de quienes se aprestan a seguir la jornada del 28 por televisión y sin votar, como si el triunfo o la derrota estuviesen asegurados desde ya. O como si la indiferencia y la abstención fueran el remedio contra los males nacionales. O las llaves del progreso. El voto nunca será el final, pero sí el comienzo de todo.

El ‘cuentapropismo’ sacude las estructuras internas de FARC y ELN. Lo que no pudieron lograr los ejércitos enemigos lo está logrando el virus incontenible inoculado en las venas abiertas de FARC y ELN por el ‘coctel molotov’. Los ‘nuevos señores de la guerra’ han descubierto que lejos de la inaccesible Revolución yacen a disposición los circuitos financieros donde el dinero se reproduce y los apetitos de consumo se exacerban.

Ninguna organización revolucionaria en el mundo puede resultar impune por mucho tiempo a la mezcla ‘implosiva’ en la sangre doctrinaria de agudos ‘remordimientos por el secuestro’, sombrías ‘pesadillas por la siembra de minas anti-persona’, insomnios producto de ‘terrorismo urbano’. Incluso, el asesinato que no se quiere reconocer como propio sino que se endosa a los enemigos – o a los adversarios de los amigos- ya no busca el propio reconocimiento ‘revolucionario’ sino solamente el mal de los adversarios o de los enemigos. La degradación alcanza con la mentira descarada su grado máximo, cuando la mentira es necesaria no solo como arma política, sino como convencimiento hacia sí mismo de que tanto daño cometido por la propia mano no puede ser cierto, porque uno mismo no resiste cargar con tamaña culpa. Desde El Nogal hasta Liliana Gaviria, las cuentas de la camándula siniestra no pueden sino exhibir impúdicas la pérdida de fe, no ya religiosa, sino de cualquier éxito de cualquier Revolución.

Lo anterior corroe las energías revolucionarias subsistentes en las FARC y el ELN pero no lo explica todo. Aunque suene benévolo con las FARC y el ELN lo de fondo no es solamente la degradación personal del ‘cuentapropismo’ en el que están incurriendo unos cuantos individuos pertenecientes a sus estructuras –no pocos- sino la pérdida de eficacia del sistema de control interno ocasionado por la entropía a la que ninguna organización escapa con el correr de los años. Sin embargo, no es la entropía de lo que me quiero ocupar en este artículo, sino de la implosión que aparece como el riesgo más grande que está tocando a las puertas de FARC y ELN. Esto afecta más a las FARC que al ELN, porque al ELN lo protegen en buena medida de la implosión su propia pequeñez, sus limitadas fuerzas, el hecho de su fracaso económico y militar, y un cierto instinto político que, por ley de compensación, cubre los déficits económicos y militares. Esto, sin embargo, no pone al ELN a salvo de la implosión que se está avecinando en las FARC, dado que la alianza entre ambas fuerzas nutre al uno con las fortalezas del otro, pero igualmente desgasta lo de uno con las debilidades del otro.

En el caso de las FARC el riesgo de implosión es inminente –para que se entienda mejor, lo de la ‘Teófilo Forero’ es equivalente al nivel de alarma 1 en el Galeras- y fue el éxito económico y el crecimiento militar habido en los tiempos de bonanza del Caguán lo que trajo como consecuencia no deseada la actual situación. El peor enemigo de las FARC en este momento no es la Seguridad Democrática, ni el Plan Patriota, ni los EEUU. Por el contrario, allí están los mejores aliados si con 15 años de demora las FARC deciden que llegó la hora de llevar a cabo de frente y sin cortapisas una negociación de carácter político con el Presidente de Colombia.

Las AUC, con los Castaño y los Mancuso a la cabeza, están marcando desde 2002 el camino que, por un lado implica sumarse a la reinstitucionalización del Estado y la mayor inclusión social en la democracia, de regiones enteras sometidas hasta aquí a la coacción del ilegal más fuerte; y que por otro lado implica comprometerse de cuerpo y alma en la erradicación y sustitución –por propia mano- de decenas de miles de hectáreas de cultivos ilícitos. No se trata de delatar a nadie, ni de negarle a nadie su segunda oportunidad en la vida, sino de quitarle a Colombia su gran cruz y estigma, y a cualquier guerra –presente o futura- los dólares y los euros de su banquero mayor: el narcotráfico. Y en esto no solo las AUC desmovilizadas, sino también las FARC y el ELN, pueden contar con la buena disposición del gobierno de los EEUU.

La doctrina de los DDHH fue asumida plenamente por EEUU y por Europa, a finales de los ’70, como el instrumento político-humanitario por excelencia de confrontación con el régimen comunista de la Unión Soviética. Se trataba de salir del mundo de la Guerra Fría con una victoria neta en favor de la democracia y el capitalismo. Urgía facilitar por caminos eficaces –no militaristas- la implosión de los regímenes comunistas del Este de Europa, los cuales estaban sometidos a la dirección hegemónica del Partido Comunista ruso. Eran los tiempos en que moría Paulo VI, y el Papa ‘polaco’ iniciaba su Pontificado. Cuando Lech Walesa con su sindicato Solidaridad agitaba desde Polonia –y en alianza con la Iglesia de Roma- la reivindicación de la conducción del movimiento obrero sin las tenazas de la doctrina comunista, así como sembraba con su activismo libertario el futuro de la nación polaca por fuera de la dictadura de la Unión Soviética. Años atrás Hungría y Checoeslovaquia –entre otros pueblos mártires, símbolos de la resistencia anti-comunista- habían sucumbido en el intento, pero ahora el desenlace prometía ser distinto. El bloque comunista europeo comenzaba a exhibir grietas en su interior que no detendrían su profundización y acabarían colapsando el sistema. Sistema que ya en tiempos de Breznhev no podía disimular su aterosclerosis y entropía. Allí se precipitó finalmente ‘el socialismo real’ a comienzos de los ’90 y Gorbachov no fue la causa sino el broche final de la larga crónica de una muerte anunciada cuando el ‘humanismo’ de Khruschev no logró sostenerse en los ’60. El comunismo de la Unión soviética y sus satélites europeos no fue derrotado por ejércitos enemigos, sino por la implosión de sus contradicciones internas potenciadas desde fuera por el desarrollo económico, el avance tecnológico y la doctrina de los derechos humanos que se abrían camino en el mundo no comunista, auspiciados por EEUU, Europa y el papa Juan Pablo II.

La desmovilización del M 19 y la Constitución del ’91 significaron que no solo el Establecimiento y los partidos políticos sino también un referente importante de las guerrillas colombianas se subió al tren de la democracia, el capitalismo y los derechos humanos e interpretó los signos de los tiempos de manera adecuada. También lo entendieron -a su manera- los ‘narcos’ de la época que lograron con sus presiones económicas y terroristas que la no extradición tuviera rango constitucional. Claro que hubo chantaje de parte de los ‘narcos’ pero en buena medida se trató también de una ‘extorsión concertada’ , ’políticamente correcta’ a los ojos del Establecimiento. Si en ese momento -1991- desde EEUU y Europa hubiesen cesado las ‘importaciones ilícitas’ de ‘sustancias ilícitas’, los ‘narcos’ colombianos hubiesen negociado con las autoridades colombianas su sometimiento a la ley, habrían pagado en Colombia sus penas atenuadas por la negociación, y serían hoy, muy probablemente, en su gran mayoría empresarios dedicados a sacarle provecho lícito a la globalización, visto que su aptitud para el mercadeo y la logística del comercio internacional ha resultado tan exitosa como ilícita. Una cosa no quita la otra. Y si los deméritos son merecidos, los méritos no tienen por qué no reconocerse.

Por motivos que escapan a Colombia la demanda internacional de sustancias ilícitas no dejó de fluir hacia nuestro país. No es ciertamente la oferta la que generó su demanda, sino más bien lo contrario, fue la demanda, originada en los países económicamente más poderosos de la tierra la que generó inicialmente la oferta, y después la mantuvo, década tras década, sin que la tragedia de Colombia y de sus habitantes hubiese merecido el apoyo internacional que los estragos del ‘vicio ajeno’ producían y siguen produciendo en nuestra tierra. No son los ‘gatillos’ colombianos en la sien de los ‘poderosos de la tierra’ los que obligan a consumir en EEUU y Europa el ‘producto nacional’, sino que son los dólares y los euros –y también las armas- de los viciosos y los delincuentes de esos países quienes hacen su ‘negocio’ y su ‘placer’ con la sangre de los colombianos.

Hoy vemos que el mundo dejó atrás la Guerra Fría (1946-1991) y su dinámica inercial (década de los ‘90) para introducirse a partir de 2001 en lo que algunos llaman la III Guerra Mundial, la que enfrenta organizaciones terroristas con sistemas democráticos, ya no por motivos tan claros como los ideológicos que enfrentaron a nazis, fascistas, comunistas y demócratas entre 1939 y 1945, y los propios de la descolonización del África principalmente durante el siglo XX, sino por razones o sinrazones que resulta difícil deslindar de simples coartadas para el crimen y el narcotráfico, aunque lucen en su trasfondo intereses económicos, recursos naturales, mezclados o no con argumentos religiosos, políticos, étnicos o simplemente tribales.

El combate a las ‘amenazas terroristas’ se ha convertido no solo en el caballito de batalla de las ‘democracias amenazadas’ sino también en su razón de ser última y fundamental. En esto la ‘seguridad democrática’ de Uribe no se diferencia esencialmente de las políticas de seguridad interna de los EEUU, ni de los países de la Comunidad Europea ni de los gobiernos que en Asía o en África enfrentan el nuevo fenómeno terrorista, sin haberse quitado de encima todavía los últimos vestigios de la Guerra Fría y las guerras de liberación nacional en el ‘Tercer Mundo’, en su lucha contra el colonialismo y el neocolonialismo, sin olvidar en este rápido recuento el caso especial del Estado de Israel y su ´tierra prometida’ enclavados en el corazón del mundo árabe, así como el derecho inalienable del pueblo palestino a constituirse como un Estado con su propio territorio.

Los cambios geopolíticos operados en el mundo en el último cuarto del siglo XX tomaron por sorpresa a las FARC y al ELN. Estas guerrillas fueron creadas en los ‘60 al calor de la dinámica propia de la ocupación de tierras ubicadas en los extremos de grandes latifundios, colonización periférica hacia los límites territoriales del País, extensión de la frontera agrícola, todo lo cual acentuó el conflicto social por la propiedad de la tierra en Colombia. Estos ‘embriones guerrilleros de poder popular’ fueron puestos al servicio de las políticas de la Unión Soviética y de Cuba –tras la crisis de los misiles en Cuba, protagonizada por Castro, Khruschev y Kennedy- en pleno desarrollo de la Guerra Fría, como ‘mecanismos de presión ‘revolucionaria’ sobre el ‘patio trasero’ de los EEUU. Sobre esto podría dar luces el Partido Comunista Colombiano, y mucho le aportaría este esclarecimiento al conocimiento de la verdad histórica que prefieren esconder los dirigentes comunistas - hoy en el Polo- tras el ‘disfraz’ de Carlos Gaviria.

El primer gran momento histórico para que las FARC y el ELN encontrasen su espacio legal en la política colombiana fue el momento inmediato posterior a la desmovilización del M 19. ¿Qué eso hubiese significado renunciar a sus propósitos revolucionarios? A mucho más renunciaron los dirigentes comunistas de la Unión Soviética que hoy están integrados a las estructuras de poder de Rusia y sus naciones amigas. Perseverar en el acierto es un mérito, pero perseverar en el error es una soberana estupidez. Si lo entendieron los comunistas rusos –sucesores de Trotski, Lenin, Stalin- ¿cómo no lo acaban de comprender todavía en Colombia los dirigentes de las FARC y del ELN, así como los dueños del Partido Comunista Colombiano que siguen acolitando la combinación de todas las formas de lucha?

Puede que sea porque se aferran al significado revolucionario de Fidel Castro –uno de los hombres más ricos de la Tierra-, a la subsistencia de la dictadura del partido único en Cuba –el país donde la libertad de prensa es la más irrespetada de América Latina- y sueñan conque Colombia será finalmente –en llave con Hugo Chávez- la Rusia de Lenin en 1917, la China de Mao de 1949, la Cuba de Castro de 1959, la Camboya de Pol Pot de 1976. Esto le suena a pesadilla al 90 % de los colombianos, incluidos quienes dentro del Polo, recién ahora –tras los ecos del paro de transportes en Bogotá- están tomando nota, a partir de las declaraciones de Lucho Garzón, de quiénes cohabitan sobre el mismo ‘casquete polar’. Tras las barbas de Santa Claus se encubre el Caballo de Troya con que el siglo XX pretende tomar por asalto el siglo XXI y jalonarlo hacia atrás. Como si las FARC, el Partido Comunista y el ELN coincidieran en un solo punto ante la coyuntura electoral. En el hecho de que Carlos Gaviria es lo más parecido que tienen a mano para regresar a Colombia a los tiempos de Salvador Allende, en el Chile de 1970. Y no es que Gaviria les sirva para gobernar, sino que Gaviria podría traer a Colombia algún émulo de Augusto Pinochet, un dictador de ese talante de ultra-derecha que es lo que las FARC y el ELN necesitarían para reencaucharse.

Léase bien, las FARC y el ELN quieren retroceder la historia del mundo –no solo la de Colombia- 36 años atrás. Claro, finalmente uno las entiende. Todo tiempo pasado fue mejor, entre otras cosas porque en aquel tiempo éramos jóvenes y el futuro era todo nuestro y no teníamos porqué compartirlo sino con quienes estaban dispuestos a seguirnos tras la consigna de Vencer o Morir. Sin embargo, como dice una vieja canción italiana, ‘vencer no han vencido, tampoco han muerto, pero por causa suya ha muerto tanta gente, que no quería ni vencer ni morir’. Eso sí, paradojas de la Vida, si la consigna propositiva de las guerrillas fue Patria o Muerte, Colombia escogió sabiamente por la Patria, no por la muerte. Ni siquiera el Viva la Muerte, que algunos ultraderechistas alzaron en España fue aceptado en Colombia, donde la muerte está siendo vencida no porque Uribe quiere, sino porque Uribe interpreta a cabalidad lo que Colombia quiere, el triunfo de la Vida sobre la Muerte. Y esto no es todo, ni en cuatro ni en ocho años, pero es un buen comienzo en la dirección correcta.

Un apunte sobre lo anterior. Salvador Allende, en Chile, no hubiese triunfado nunca, en las condiciones de aquella época, si hubiese existido la exigencia de la ‘segunda vuelta’. Podemos agregar entonces a la política de los derechos humanos como factor de ‘desestabilización’ de la Unión Soviética, el recurso de la ‘doble vuelta presidencial’ como factor de ‘civilización’ de la política en América Latina para que quien asuma el poder tenga al menos el 50 % más uno de los votos, sea en forma individual o tras una coalición, que bien puede celebrarse entre la primera y la segunda vuelta.

Aquí es donde la izquierda colombiana está demostrando su escasísima voluntad de poder. Ni en la primera ni en la segunda vuelta es dable pensar que en una elección presidencial, nada menos, los votos mayoritarios puedan dirigirse a un grupo político o una coalición donde las FARC y el ELN tengan cabida –directamente o a través de ‘testaferros’. A mí tampoco, como a Carlos Gaviria, me gusta darles consejos a mis adversarios políticos, pero en aras del buen sentido no puedo evitar manifestar que la izquierda demostrará que tiene vocación de poder cuando condene sin eufemismos la lucha armada –es decir la insurgencia- como recurso político. El debate no es entre estas dos posiciones: 1) con la insurgencia sí, y 2) pero con el terrorismo no. Eso es ‘orinar fuera del tiesto’. En la democracia del siglo XXI, la de los derechos humanos, la segunda vuelta, la tercera guerra mundial, el terrorismo y el narcotráfico, no hay insurgencia que valga, ni mucho menos terrorismo que valga, cuando se trata de afirmar las convicciones democráticas y negar rotundamente cualquier contemplación o intento de justificación de la lucha armada, sean cuales fueran las razones que se aleguen.

La izquierda no solo está dejando pasar una brillante oportunidad política –la de mayo de 2006- sino que se está auto castigando, por no hacer los goles que debió hacer, a padecer los goles en su portería de quien sí los sabe hacer.

En esto las FARC y el ELN debieran dejar de mirarse complacientemente el propio ombligo y tomar nota de la ventaja que les han tomado políticamente las AUC.

Tan grande es la ventaja que ni siquiera necesitan las AUC exhibirla porque todo el mundo la ve.

Sin embargo, insisto en que la negociación política con las FARC está más cerca de lo que muchos suponen. Los últimos insucesos con la ‘Teófilo Forero’ son manifestaciones elocuentes de que las organizaciones revolucionarias que no maduran en el preciso momento y en el justo lugar se someten al riesgo de la implosión. Es decir, que no terminan destruidas desde afuera sino consumidas desde su propio interior al calor de las llamas de las contradicciones irresueltas.

Lo que las FARC y el ELN debieron haber resuelto a favor de su abandono de la lucha armada en 1991, quince años después se ha convertido para ellos en un polvorín donde no hay COCE, ni Secretariado que valga, ni Estado Mayor Central que se respete. La ley del ‘cuentapropismo salvaje’ y del ‘sálvese quien pueda’ logrará lo que no lograron en su momento ni la represión en Marquetalia, ni la doctrina de la Seguridad Nacional, ni los bombardeos de La Uribe.

La ‘novela’ de la habilidad estratégica de las FARC y el ´cuento’ de los bienpensantes del ELN está llegando a sus últimas páginas.

La solución política negociada es ahora sí –tras sus primeros cuatro años de gobierno- la carta ganadora de Uribe para su segundo mandato presidencial. Mal harían los ‘uribistas’ si no le tienden las manos a quienes desde las FARC y el ELN alcen sus ‘banderas blancas’ no de rendición, pero sí de paz.

Está llegando la hora de que ‘demócratas y guerrilleros’ dejen de sentir aprensión por darle forma y contenido a las soluciones políticas negociadas y cambien ese temor por el horror compartido hacia la prosecución de la guerra.

También está llegando la hora de que los auténticos revolucionarios –que son mayoría entre las guerrillas- y los gobernantes con visión de estadistas –que también los hay en la conducción del Estado- dejen de vivir el final del conflicto armado y la inevitable solución política como una claudicación, como una humillación.

No se trata de quién tuvo o no la razón en los últimos cuarenta años de vida colombiana, sino de cómo sentar las bases para que durante los próximos cuarenta años y muchos más, ninguna razón por buena que sea esté por encima de la razón de la vida que es compromiso de todos defender como el derecho humano más sagrado.

Cuando las FARC tiendan la mano hacia la solución política, que nadie quiera cortarles esa ‘mano tendida’. No vaya a ser que la demencia de ultraderecha quiera jugar a la ‘ruleta rusa’ de pretender que la implosión de las FARC siga su curso, con el argumento de que ellas se destruirán en el proceso. Lo que sucederá es que se llevarán con sus restos esparcidos por todo el territorio buena parte de lo que queda en pie de Colombia. No se trata de ceder a los chantajes pero sí de saber que en política el dilema no consiste casi nunca en escoger entre el bien y el mal, sino que suele ser el caso más común aquel otro en el cual se trata de elegir entre dos males el menor.

En este caso, entre el triunfo imposible y la solución política negociada Colombia no duda y las AUC tampoco: El camino de la solución política está abierto en Colombia y así debe permanecer. Ralito hace posible el camino de la vida pero no lo puede concluir por sí mismo ni transitar solo.

Simplemente vivir, no es todo en esta vida, pero es un buen comienzo.

Así la veo yo.

Los artículos que forman la serie completa de “Esencias y matices’’ pueden ser consultados en: