mayo 29, 2006

FARC y ELN tras la pista de la ‘agenda’ entre Gobierno y AUC

Segunda estrella de Uribe y los contundentes 6-2 y 6-1 del 28 de mayo


Esencias y matices (17)



Por Juan Antonio Rubbini Melato
www.lapazencolombia.blogspot.com
juan_rubbini@yahoo.com.ar


El silencio de Uribe respecto de las FARC, en el discurso de celebración de su triunfo del domingo 28, no puede ser tomado por éstas como indiferencia, tampoco como gesto arrogante, y mucho menos como simple olvido.

Puede resultar que las prioridades del segundo gobierno Uribe sean diferentes a las de escalar la guerra contra las FARC, lo cual no significa, necesariamente, que la negociación política de la paz estará entre los objetivos urgentes.

El segundo mandato de Uribe puede estar preparando el terreno para tomar la distancia apropiada –políticamente correcta y socialmente acertada- del Pastrana 1998, así como del Uribe 2002. Si algún clamor existe hoy en Colombia es el de millones de ciudadanos que necesitan mejorar ostensiblemente su penosa situación económica y social, no ya solamente sus condiciones de seguridad. En esto hay consenso general sobre la urgencia del asunto social y reclamos generalizados acerca de la conveniencia política de distribuir las inversiones y las atenciones gubernamentales en proporciones diferentes a las operadas en los últimos doce años.

Me temo, señores de la guerra de las FARC y del ELN, que habrá poca paciencia para con quienes insistan en negociar políticamente durante la segunda presidencia de Uribe desde el chantaje de su levantamiento en armas y sus hostilidades hacia las fuerzas armadas, policiales y población civil. El segundo mandato de Uribe es el de avanzar sobre lo ya alcanzado, no el de retroceder hacia donde nadie en Colombia –o tal vez solamente las FARC- estén interesadas en regresar.

Entiendo decir que la prioridad de Uribe parece tan lejos de ser hoy acabar militarmente con las FARC y el ELN, como la de sentarse a negociar políticamente la paz con ellos. Las puertas de los diálogos están abiertas, y no se van a cerrar, pero las dosis militares y policivas parecen encaminarse hacia la estratégica contención defensiva según el trazado de ciertas fronteras móviles, y los objetivos ofensivos puntuales -y solo en apariencia modestos, o meramente tácticos-, que hacia el aniquilamiento en todo el territorio, y en solo cuatro años de toda presencia guerrillera y de eventuales brotes de nuevas autodefensas cuya aparición no puede descartarse de plano.

Lo que se buscaría no es ya acabar mediante artificios verbales ni por sola esgrima retórica con la existencia del ‘conflicto armado’, sino irlo reduciendo objetivamente en su incidencia social y su alcance militar con una estrategia de largo plazo que lo logre llevar hasta hacerlo girar exclusivamente dentro de la esfera de las amenazas terroristas sin ninguna posibilidad de que alcance nuevamente influencia política. En esto Uribe contaría con la conformación de un arco democrático y constitucional suficientemente alargado, política e ideológicamente, hacia la izquierda y la derecha, para que ni unos lo encuentren demasiado poco atrayente para eventuales procesos de paz con FARC y ELN, y otros no lo encuentren como demasiado poco beligerante y combativo en contra de las guerrillas.

Al menos tres asuntos preocupan sobremanera a las FARC y al ELN respecto de la segunda presidencia de Uribe y su perspectiva de solución política negociada que ponga fin al conflicto armado.

El primero, su total desconocimiento del alcance de los acuerdos logrados en Ralito por el primer Gobierno Uribe y las AUC. En este sentido, la ausencia de una Agenda formal, que dé cuenta de las negociaciones entre Gobierno y AUC, les preocupa, porque suponen que, entre sus muchos capítulos, haya uno específicamente relacionado con la prosecución estatal de la lucha contraguerrillera y el rol de los informantes civiles tras la desmovilización AUC y la aplicación concreta de la política de seguridad democrática en zonas ‘calientes’ de influencia guerrillera, o donde FARC y ELN consideran estratégicamente importante ingresar –o regresar- militarmente, o actuar siquiera ‘políticamente’.

Otro punto que les produce a FARC y ELN manifiesta inquietud es hasta dónde la inexistencia, o no divulgación de esa Agenda, tiene que ver con el alcance que el Gobierno Uribe daría a los contenidos de una eventual Agenda de negociación entre guerrillas y Gobierno. FARC y ELN temen que la segunda presidencia de Uribe, ahora re-legitimada con el 62 % de los votos, esté lejos de ir más allá –en el campo de lo negociable- de lo avanzado públicamente con las AUC, lo que le quita piso, y sienta un precedente poco halagüeño para las ambiciones maximalistas de las agendas de FARC y ELN que, previsiblemente, van mucho más allá que el programa de gobierno del candidato Carlos Gaviria, el cual con el 22 % de aceptación en las urnas, está lejos de constituir una carta de negociación fuerte frente a un Gobierno que acaba de recibir el 62 % de apoyo. Sin contar que en el próximo Congreso la gobernabilidad de Uribe no sólo está asegurada, sino que tiene blindado a su gobierno de cualquier presión armada y terrorista que pretenda ejercer el chantaje del crimen bajo la fachada de una ‘negociación política’ como la del Caguán, para no ir tan lejos. Lo que –paradójicamente-, no lo olvidemos, originó el nacimiento del ‘uribismo’, la desmovilización posterior de las AUC y el actual mapa político, que tiene a las AUC bien lejos del monte y más cerca del poder, y a las FARC y al ELN atrincherados en el monte y bien lejos del poder. Todo lo contrario de lo que pudieron imaginar FARC y ELN al comienzo de las negociaciones con Pastrana.

Una tercera cuestión, no desvinculada de las dos centrales, presentadas más arriba, es la de quién sería el Comisionado de Paz de Uribe durante los próximos cuatro años. No resulta difícil arribar a la conclusión de que la continuidad de Luis Carlos Restrepo en el cargo, preocupa demasiado y predispone negativamente a los comandantes guerrilleros. Esto explica su sigiloso ‘lobby’ ante organismos internacionales, y países de los así llamados ‘amigos de la paz de Colombia’, para que les hagan conocer al Gobierno sus requisitos mínimos previos insoslayables para sentarse a conversar de paz con el re-presidente Uribe, que incluirían como condiciones indispensables los siguientes tres puntos: 1) conocer lo acordado con las AUC, 2) estipular la necesidad indispensable de una Agenda de negociación verificable donde estén contenidos los puntos insoslayables de transformación social, política y económica del país, y 3) last but not least, una terna de Comisionados de Paz propuesta por el Gobierno con acuerdo del Congreso, y de los cuales FARC y ELN escogerían, y entre los cuales desearían no figurase el doctor Luis Carlos Restrepo, porque en ese caso las opciones se reducirían en la práctica a dos.

Si la persona de Luis Carlos Restrepo no es bien recibida en las FARC y el ELN, más allá de la inicial etapa exploratoria, no sería de extrañar que detrás de hechos como el más reciente protagonizado por la Corte Constitucional –y los que faltan por venir y sus coletazos- estaría también el afán ‘paraguerrillero’ de que sean las mismas AUC quienes les quiten a las guerrillas de su camino el Comisionado de Paz que no quieren tener enfrente de la Mesa. FARC y ELN comienzan a asimilar que la suerte de su negociación ha quedado atada a la negociación de las AUC, y que ya no vale aquello de que ‘cuanto peor para mi enemigo, mejor para mí’, sino que por el contrario, cuanto más logren las AUC en su negociación, mejor sitúan el piso de las eventuales negociaciones de FARC y ELN. Algo así como el ‘sindicato de los actores armados ilegales’ estaría en vías de organizarse, si no por los caminos del derecho, al menos sí por las vías del hecho. Y no es que aquí haya ninguna confabulación ni conspiración, sino intuición e instinto, que para eso están humanamente concebidos y dispuestos, más allá de ideologías e intereses.

Dejo aquí planteado lo de la agenda, su contenido y el Alto Comisionado de Paz, sobre lo que los meses que vienen traerán claridad frente a lo que por ahora permanece sumergido y demorará todavía un tiempo hasta asomar a la superficie, sin que por ello haya comenzado ya a producir sus efectos, afectos y desafectos.

Las FARC y el ELN están siendo convocados por la ‘racionalidad política’ de todos los candidatos participantes en las elecciones del domingo 28, sin excepción, a la mesa de la paz de Colombia –de donde las AUC desmovilizadas no quieren ni desertar ni ser sacadas a sombrerazos- pero no debe dejar de estar claro para todos que, ad portas del inicio de la segunda presidencia Uribe, ningún actor armado ilegal ocupa ya el centro del escenario político –como en 1998 y 2002- y esto es bueno que lo interioricen las FARC, el ELN e incluso las AUC desmovilizadas y las Autodefensas en trance de desmovilizarse.

El plebiscito del 28 de mayo culminó con el castigo en las urnas al llamado de las guerrillas a votar contra las políticas de paz y seguridad democrática de Uribe. Las AUC pueden estar tranquilas en cuanto al poder democrático re-legitimado de su interlocutor en la Mesa, así como con el grado de blindaje político interno alcanzado ya –tras los resultados electorales de marzo y de mayo- por sus Acuerdos de Paz avanzados con el Gobierno.

El poder de la Corte Constitucional no puede ser menospreciado pero tampoco se lo puede elevar a la categoría de Palabra de Dios, o última palabra de la Justicia y del Estado.

Al Gobierno, al Legislativo y a las mismas AUC compete ahora darle otra vuelta de tuerca a los acuerdos logrados hasta aquí y avanzar en los que aún faltan por concluir para que el proceso de paz sea, no solamente irreversible –que ya lo es- sino también indestructible –que todavía no lo es. Sin embargo, para que la seguridad jurídica internacional también opere sobre el proceso de paz con las AUC el contenido de la Agenda de negociación política, así como el alcance de los acuerdos alcanzados por las partes en Santa Fe Ralito, no podrán escapar por más tiempo al escrutinio público. La invisibilidad de la famosa agenda discutida y acordada –aunque no completada hasta hoy- en Ralito, continúa atentando contra el éxito final del proceso, agudizando la percepción internacional desfavorable acerca de que la naturaleza de lo pactado tiene algo de inconfesable, y ello no resiste políticamente, ni da confianza a las autodefensas, ni a la comunidad internacional, ni tampoco –obviamente- a la coalición de izquierda y el oficialismo liberal.

Tampoco les da confianza, sino que les infunde un temor justificado y creciente, a quienes asisten hoy complacidos al crecimiento cuantitativo del Polo y sienten pánico que en algún momento la fragilidad de los acuerdos de paz entre Gobierno y AUC deriven en su rompimiento violento, cuando alguna de las partes considere que la otra ha violado o incumplido lo acordado. El miedo a lo que podría desatarse en Colombia si lo acordado se incumple inunda de pavor a quienes, siendo bienintencionados, sienten que podrían aportar lo suyo desde el país y también desde el exterior, en tren de perfeccionar y fortalecer el proceso de paz, si estuviese disponible con todas sus letras y a la luz del día el contenido de los acuerdos finales y sus exigencias para las partes.

Los resultados del domingo 28 admiten diversas lecturas. Unos dicen que perdió el oficialismo liberal y aciertan. Otros manifiestan que Uribe es el gran ganador y tampoco se equivocan. La cuestión no es tan clara cuando se entra en el terreno de lo sucedido con la izquierda. Aunque aquí cabe lo de Francisco Maturana: “perder es ganar un poco”, y cabe porque el Polo perdió, porque las FARC y el Partido Comunista perdieron, porque el ELN perdió, porque incluso Carlos Gaviria estuvo lejos, pero muy lejos de ganar, y lejos también de forzar una segunda vuelta.

40 puntos de diferencia con el campeón Uribe, son 40 puntos. En términos futbolísticos, para seguir con Maturana, el resultado fue 6-2. Y 6-2 tiene más que ver con el resultado de un set de tennis, que con un partido de fútbol. El consuelo para el Polo es que su rival de patio, el Partido Liberal, perdió 6-1 con Uribe. Y al menos en el campo de la aritmética, perder 6-2 es mejor que perder 6-1. Pero que ambas son goleadas, eso no lo niega ni siquiera uno de los famosos –y polémicos- tenores que comentan por FOX. Donde sí ganó el Polo es con el Partido Liberal, pero ganó solamente 2-1, lo cual no constituye, ni de lejos, una goleada. Tampoco una tragedia para los ‘rojos’, siendo que los liberales presentaron en este torneo 2006 un equipo no competitivo conformado con jugadores de la política que están muy lejos de su mejor forma, cuando cosecharon éxitos notables en los ’90 –de la mano de César y de Ernesto- en los tiempos en que los ‘narcos’ aceitaban las maquinarias y las FARC y el ELN desperdiciaban a punta de ‘soberbia armada’ la oportunidad histórica de cambiar sus armas por votos y sumarse a la ola reformista de la Constitución del ’91. Quince años de demora es mucho tiempo de atraso para quienes se consideran a sí mismos ‘vanguardias’ de la transformación social. Mucho más aún si se considera que hoy la política funciona ‘on line’, en tiempo real y contacto con las masas, o no funciona ni resulta real ni creíble, ni para las encuestas ni para las masas, si se ejerce desde el monte y la clandestinidad.

Para quienes todavía se hacen la pregunta, estos quince años fueron los años en que se ‘jodieron’ las izquierdas y el Partido Liberal. No supieron ver las oportunidades –ni los riesgos- que traían consigo el derrumbe de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín. Pensaron mal –y se equivocaron feo- cuando le apostaron a los dineros del narcotráfico, unos imaginando que sus letanías anacrónicas a la revolución, y otros que sus odas demagógicas a la socialdemocracia, ocultarían a los ojos de los colombianos el crimen inconfesable de sus atajos ‘rosqueros’ e hipócritas. Pensaron que unos en la superficie y otros soterradamente, unos a punta de clientelismo y otros a punta de secuestros y terrorismo, terminarían confluyendo en la cima del poder para negociar, ellos sí –yo con yo- a expensas de las víctimas cuyo mal destino no solo no les importó, sino que fue, precisamente, sobre la pérdida de esas libertades y la sangre y las vidas de esas víctimas, que se cimentaría el cogobierno de los cínicos demagogos de la política y los asesinos políticos de la democracia. Aún hoy para FARC y ELN resulta ajustado aquello de que para los asesinos de Colombia la sangre de los colombianos es negocio que camina.

Desde que estalló el proceso 8000 primero, y comenzó el proceso del Caguán después, ambos términos de la alianza espuria se confabularon para encontrar entre sus adversarios el equivalente de su felonía y criminalidad, algo enorme y descomunal que lograra convencer a los colombianos que lo de liberales oficialistas y guerrilleros aprendices de terrorismo había sido igualado y superado por una fuerza aún más maléfica e intimidante. Ubicaron en Uribe y en las Autodefensas el blanco perfecto de sus infamias e hicieron del ‘monstruo del paramilitarismo’ la bestia omnipresente y omnímoda destinada a ser la matriz de todas las guerras y de todas las calumnias en su contra, por el triunfo de la ‘revolución socialdemócrata’ donde serpistas y elenos, serpistas y ‘canos’, ‘jojoyes’ y serpistas alumbraran el nuevo satélite de los Castro y los Chávez.

Sin embargo, qué pena señores. En 2002, el candidato Uribe alcanzó el 53,3 por ciento de los votos y ganó en primera vuelta. En 2006, el presidente Uribe supera el 62,2 % por ciento de los votos y gana en primera vuelta. En 2002, los candidatos Serpa y Garzón sumaron el 38.05 % (31.89 + 6.16). En 2006, los candidatos Gaviria y Serpa suman el 33.88 % (22.04 + 11.84). Si la brecha entre Uribe y liberales oficialistas + izquierda democrática y armada, fue de 15.25 puntos en 2002, en 2006 se amplió a 28.32. Prácticamente se duplicó. Hagamos ahora el mismo análisis pero en valores absolutos, de números de votos. Por el candidato Uribe votaron en 2002, 5.862.625 ciudadanos. Por el presidente Uribe votaron en 2006, 7.363.421 ciudadanos. En 2002, los candidatos Serpa y Garzón sumaron 4.205.024 votos (3.524.779 + 680.245). En 2006, los candidatos Gaviria y Serpa sumaron 4.010.585 votos (2.609.412 + 1.401.173). Mientras los votos por Uribe presidente subieron entre 2002 y 2006, 1.500.796 unidades, en lo que tiene que ver con liberales oficialistas, izquierda demócratica y armada, hubo una disminución de 194.439 votos. Con lo que la brecha entre unos y otros pasó de 1.657.631 en 2002 a 3.352.838 en 2006. Si esto no es un triunfo por goleada, no solo en 2006, sino también con relación a 2002, los triunfos por goleada ¿cuáles son?

Y a propósito de lo que cantaban las barras en la ‘noche de gloria’ del domingo de Carlos Gaviria, -cuando celebraban su derrota de 2-6 frente a Uribe como una victoria-, acerca de que ‘el pueblo unido jamás será vencido’ el interrogante que cabe hacerse es ¿quiénes impiden la unión del pueblo colombiano?, ¿acaso los ‘uribistas’ que sumaron millón y medio de votos a sus resultados de 2002 aun tras el desgaste natural de ser ‘oficialismo’ en Colombia, o las AUC que entregaron las armas y le dijeron adiós a la guerra a pesar de no estar ni lejos de ser derrotadas? ¿O será más bien que el pueblo colombiano castigó en las urnas que sean las FARC y el ELN -quienes exhiben y disparan sus armas desde las grietas del Polo- los que pretendan seguir hablando en nombre del pueblo y de la izquierda democrática, desde las toldas de la izquierda y del serpismo, prosiguiendo su praxis de lucha de clases y su concepción marxista del Estado como instrumento de opresión de unas clases sobre otras. Ciertamente, que ‘el pueblo unido jamás será vencido’, pero también es cierto que no estará jamás el pueblo unido mientras existan quienes –como FARC y ELN- lo obligan a tomar las armas para sembrar la lucha entre hermanos, y alimentar así la guerra entre las clases sociales. No es la democracia, sino la lucha armada pregonada por las guerrillas, la que mantiene al pueblo al borde de la desunión y la derrota. Aunque 42 años de lucha insurgente no hayan logrado ni desunir el pueblo del todo, ni vencerlo mucho menos.

Los análisis de lo sucedido el 28 recién comienzan y llevarán su tiempo, pero bueno sería que las AUC desmovilizadas insistieran y redoblaran el paso en su marcha hacia la competencia política. Si fueron los hechos de paz protagonizados por las Autodefensas los que también premió el pueblo con su voto, y si dentro de la gestión de Uribe también fue plebiscitado el proceso de paz con las AUC, mal harían las AUC desmovilizadas en demorar la visibilidad de su vocación política y de servicio social. Cada vez han de quedar más y mejor contrapuestos, en blanco y negro frente a la Opinión pública nacional y mundial, las formas y los contenidos del pensamiento y la acción actuales de guerrilleros y autodefensas. Mientras unos insisten en su estrategia de combinar todas las formas de lucha y hallan en esa suma perversa de votos y de balas la barrera infranqueable hacia el poder democrático, los otros no pueden sino perseverar en la estrategia de adherir exclusivamente a las vías democráticas y pacíficas para seguir creciendo en el corazón y los votos de los colombianos.

No estoy diciendo que las AUC ganaron el domingo con Uribe, ni que Uribe ganó por el respeto de su Gobierno hacia la voluntad de paz de las AUC, aunque no son pocos quienes en Colombia y fuera de ella asocian la gesta de Uribe en la democracia como paralela a la gesta de los Castaño y los Mancuso mientras estuvieron en la guerra. Fueron luchas distintas frente a rivales distintos, pero ello no quita que los sueños finales de una Colombia en paz y prosperidad no fuesen los mismos. De la misma manera que un Carlos Gaviria, o un Lucho Garzón, sostuvieron luchas distintas que los ‘Marulanda’ y los ‘Gabino’, frente a rivales distintos, sin que ello quite que los sueños finales de una Colombia en paz y prosperidad no fuesen los mismos. Lo que es lo mismo que decir que entre Uribe, Lucho, Gaviria, Castaño y Mancuso solo sus adversarios y sus caminos fueron distintos, pero no finalmente, ni sus sueños de paz y prosperidad para Colombia y los colombianos. Es sobre esta certeza, más humana que política, que yo creo que la paz de Colombia no solo es posible sino que tampoco está muy lejos.

Así como hay paralelas que nunca se juntan, o solo se juntan en el infinito, en materia política los caminos paralelos pueden en algún momento reunirse y caminar de la mano. No digo que ese momento haya llegado sino que me suena inminente, no por una cuestión de táctica ni de estrategia, sino que desde la misma base popular esa voluntad de adhesión existe y reclama ser escuchada.

No se trata de que Uribe se convierta también en el líder de las AUC desmovilizadas, sino de que Uribe acepte con los integrantes de su coalición política que las AUC desmovilizadas den sus primeros pasos en política legal, no por fuera sino por dentro de la coalición uribista. No es algo que se logre de la noche a la mañana, pero el primer paso en la vida para conseguir lo que se quiere, es decir lo que se quiere. Y en esto de la política futura de las AUC ni el Gobierno ni las propias AUC han sido suficientemente claros sobre qué es lo que quieren y que es lo que no quieren en materia de principios y prácticas de acción políticos y metas comunes, si los hubiese.

Estoy diciendo, entonces, que reconociendo y valorando positivamente el liderazgo nacional de Uribe, así como las FARC y el ELN han reconocido en los candidatos opositores a Uribe el mejor camino para Colombia, las AUC desmovilizadas se han ido ganando su propio lugar en la democracia, y ese lugar y la visibilidad y transparencia de su propio juego democrático bien podría desarrollarse dentro de la coalición uribista. ¿Por qué no?

La organización y puesta en pie del partido político donde confluyan las AUC desmovilizadas, sus simpatizantes y bases sociales, no puede seguir siendo visto por los partidos de la coalición uribista como un peligro, ni como un adversario en ciernes. Si se trata de fortalecer la democracia y volverla más inclusiva cualquier esfuerzo que se haga desde la coalición uribista por abrirle un espacio al partido político de las AUC, no solo engrandece la coalición sino que le añade un sustento popular y una base social de firme arraigo en vastas zonas del país que no pueden seguir quedando sin representación política donde canalizar sus urgencias sociales, económicas, de educación, salud y seguridad ciudadana.

En esta materia de abrir cauces políticos a los actores armados ilegales del conflicto hay que reconocer que el Polo Democrático Alternativo ha sido más que generoso con las FARC y el ELN, y aunque se ha equivocado –y pagado un alto costo político- al tolerar todavía en mayo de 2006 la combinación de todas las formas de lucha, y al no condenar sin eufemismos la insurgencia armada contra el Estado, y contra el presidente de todos los colombianos y su Gobierno, ha lanzado hacia la sociedad un llamado público a las FARC y al ELN para que se incorporen a las filas de lo que constituye hoy en el PDA la principal expresión política democrática opositora a Uribe.

No estaría nada mal que Uribe y los altos jefes de las AUC desmovilizadas ensayen fórmulas de acercamiento político que alejen para siempre el fantasma del ‘paramilitarismo’ y den demostración objetiva y contundente acerca de que la democracia colombiana no tiene caminos vedados para quienes abandonan definitivamente las armas y todo tipo de ilegalidad.

No se trata de que los ‘violentos’ le pongan condiciones al ejercicio de la democracia, sino que sea la democracia quien le cierra todos las puertas a quienes insisten en que con las armas se puede apelar desde la ilegalidad a la construcción de cualquier proyecto revolucionario o contrarrevolucionario.

Elección tras elección, los colombianos nos vamos alejando cada vez más de quienes insisten en el camino de la guerra para lograr imponer sus ideas políticas.

Si la izquierda quiere seguir creciendo a partir del 22 % -y no solo con victorias morales que son formas elegantes, y hasta comprensibles, de disimular las derrotas- tendrá que cortar todo lazo que la une todavía hoy con quienes insisten en secuestrar y asesinar colombianos para alcanzar sus fines políticos.

Si la coalición uribista quiere seguir consolidando su camino hacia el progreso de Colombia no puede sino tender sus brazos hacia la vocación política y social de las AUC desmovilizadas para que sus primeros pasos en este campo reciban la mejor tutoría inicial y no vuelvan a recaer, nunca más, en ningún rearme ni regreso al monte.

Unos y otros, uribistas y polistas, seguirán creciendo en el corazón y el voto de los colombianos si condenan lo condenable y premian lo plausible.

No puede valer lo mismo rectificar hacia la paz que persistir en la guerra, ni seguir causando víctimas que haber cesado cualquier fuego y toda hostilidad.

Unos y otros deberán recibir su nueva oportunidad en la vida, y finalmente, por sus frutos nuevos ser juzgados.

No por uno, ni por tres, ni por cinco ni por nueve, sino por cuarenta millones de colombianos, que son mucho más que dos.


Así la veo yo.


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