agosto 09, 2006

Uribe, AUC y el 7 de agosto: ni caminos de paz ni seguridad de ningún tipo

Las virtudes teologales y el Gran Acuerdo Nacional que proponen las AUC


CHAMUYO (10)



Por Juan Antonio Rubbini Melato
www.lapazencolombia.blogspot.com
juanrubbini@hotmail.com




Quienes esperaban de Álvaro Uribe el 7 de agosto un discurso que iluminara el escenario del conflicto armado y aportara luces a la construcción de paz sintieron correr por su piel un frío sepulcral donde fueron a recostarse la decepción y la impotencia.

El gélido discurso, la plaza militarizada y el pueblo ausente. El vacío de multitudes entusiastas, el teatral auditorio resignado a escuchar más de lo mismo, el acartonamiento propio de las clases políticas que reniegan de la democracia y se transmutan en la corte aristocrática –cada vez más oligárquica- de una monarquía constitucionalista inclinada hacia el Imperio.

La contradicción está en la naturaleza de las cosas, pero de los hombres, sobre todo cuando ganan elecciones, se esperan milagros y algo más que estadísticas. El error no está en la esperanza que late en los pueblos, quizás tampoco en los seres humanos que acceden al poder, sin embargo, el desencuentro histórico entre las expectativas populares y las limitaciones de la gobernabilidad abre las puertas por donde se filtran los demagogos y los dictadores, o ambos a la vez reunidos en una sola persona si el demagogo tiene alma de tirano, o el dictador despierta los círculos áulicos y los comités de aplausos que dan paso a las vociferantes masas que no pudiendo elegir lo mejor eligen fatalmente – y democráticamente, lo que es más grave- lo peor de lo peor, confundiendo con desbordado entusiasmo el cielo con el infierno.

Colombia tiene que prepararse a transitar el cuatrienio que puede resultar el más complicado de los últimos decenios donde la madurez de quien se hace cargo de su destino debe superar nítidamente la inmadurez de quien espera de un liderazgo personal o ideológico la solución de sus problemas.

Ni el uribismo, ni el liberalismo, ni el conservatismo, ni el comunismo tienen respuestas para la crisis que se viene. Mucho menos las FARC y el ELN, ni los Estados Unidos ni Europa, ni los socialdemócratas ni los neoliberales, ni los estatistas ni los privatizadores.

¿Estoy exagerando? Todo análisis político, o es propaganda o es provocador, o se convierte en un somnífero o da el paso al detonador.

Prefiero interpretar el silencio de Uribe, la parquedad de Uribe, incluso la tristeza de Uribe, manifestada en su discurso del 7 de agosto, como una provocación, como una incitación, como una invitación. A tomarnos el futuro en nuestras manos y no dejarlo en manos avaras, egoístas y en el fondo incapaces de sentir e interpretar las vibraciones del alma del pueblo colombiano.

Si Álvaro Uribe no pronunció el 7 de agosto el discurso de la victoria, ni trazó los alcances de su pacto con el pueblo y la nación, fue sencillamente porque no quiso ser el demagogo, ni el aristócrata, ni el dictador. Prefiero escoger de su silencio el triunfo de la decencia de las palabras que se callan sobre la indecencia de las promesas que no se pueden cumplir, la victoria del realismo sobre el mesianismo.

La paz no llegará por decreto presidencial, ni la guerra interminable será la consecuencia de la ley 975. Las FARC y el ELN podrán seguir adelante con su oposición armada, y recibir incluso la bendición laica de los apóstoles de la izquierda radical pero no pasarán sobre las esperanzas de un pueblo ni sobre la libertad responsable de sus ciudadanos. Podrán silenciar a Uribe, diluir el uribismo, ser los apéndices que necesita el expansionismo chavista, darse el gusto de ver a los ex comandantes de las AUC puestos en apuros por el ‘santanderismo’local y la miopía de buena parte de la comunidad internacional. Todo podrá salir a pedir de boca de los guerrilleros y de los Poncio Pilatos, de los que asesinan para imponer sus ideas, y de los que se lavan las manos para no perder sus privilegios.

Villa de la Esperanza se mantendrá de pie mientras el juego de pinzas y las tenazas que se ciernen sobre ella la hagan humanamente posible y políticamente viable.

Las virtudes teologales marcan el camino de las autodefensas en su tránsito a la vida civil. Ayer Santa Fe de Ralito, hoy Villa de la Esperanza, en Copacabana, después y siempre el Amor, en todas partes, Amor a quienes los católicos, generalmente recatados, prefieren llamar Caridad, y los políticos, generalmente retóricos, inversión social.

Las autodefensas han puesto el dedo en la llaga cuando han dicho que todos sus esfuerzos irán en la dirección del Gran Acuerdo Nacional incluso con las FARC y el ELN, incluso con los ‘narcos’ y la clase política, incluso con los gremios y las ONG, con las organizaciones obreras y campesinas, con las fuerzas económicas, sociales y culturales, incluso con las Fuerzas Militares y Policiales, incluso con la Iglesia y todos los credos y fuerzas del espíritu.

Mientras tanto, sería apenas demostración de sana rectificación y político realismo por parte del Ejecutivo y el Congreso que la ley 975 recibiera digna sepultura, y cuanto antes mejor, porque está herida de muerte y mejor la eutanasia que la agonía dolorosa y estéril.

Finalmente, para algo sirvió abrir el debate sobre alternatividad penal, justicia transicional, justicia restaurativa, reparación a las víctimas, garantías de no repetición, reinserción: para que ya nadie pretenda que del conflicto armado se saldrá con inmovilismo constitucional y simple maquillaje del Estado. Se avecinan cambios y cambios grandes, o se acuerda un marco constitucional diferente o el conflicto armado se transformará en una guerra civil de incalculables proporciones.

El Estado tiene la palabra, o cambia, o lo cambian. Porque ni Colombia ni los colombianos ni colombianas tienen por qué padecer más promesas imposibles de cumplir ni más silencios y omisiones resignados, ni más injusticias ni más sometimientos a la injusticia.

Nada garantiza que lo que venga de inmediato sea mejor. Pero los pueblos, en todo el mundo, han dado ejemplos de tener que pasar por lo peor para asomar finalmente a lo que hoy les satisface: sin abrir juicio de valor tendremos que reconocer que pasaron los rusos por Stalin, los alemanes por Hitler, los españoles por Franco, los italianos por Mussolini, los chinos por Mao, los cubanos por Fidel, los chilenos por Pinochet, los nicaragüenses por Somoza. Hoy pasan los cubanos por Raúl Castro y nadie asegura que no tengan que pasar los venezolanos por dos décadas o más de Chávez.

El futuro presidente de Colombia se está comenzando a elegir, o a imponer, desde el 7 de agosto pasado, desde el mismo momento en que Uribe definió con más silencios que palabras lo esencial del momento: ni tenemos la seguridad ni tenemos la paz, ni hemos ganado ni nos han derrotado, aunque en el fondo sabemos que el empate es derrota y que la falta de seguridad y de paz es el mejor nido donde incuban los huevos de la serpiente, la que camina entre nosotros mientras nosotros hacemos como que no la vemos, porque verla nos obligaría a llamar las cosas por su nombre, y eso es lo que no hemos querido, y nos resistimos a nombrar y a nombrarnos, porque preferimos definirnos como el dedo acusador cuando en realidad estamos echando a perder con hipocresía y con acusaciones y estigmatizaciones a diestra y siniestra no solo la esperanza de un pueblo, sino lo mejor de nuestras vidas.

Ante este panorama desolador viene a cuento y de qué manera la apelación a las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza, el amor. Si logramos traducirlas al lenguaje político aflorará lo mejor de Colombia no en manos de ningún mesías, ni de ninguna ideología, sino de las manos que perdonan y piden perdón, de las mentes que crean, imaginan y producen lo que hace felices a los pueblos, de los corazones que sienten las necesidades ajenas como las propias, y las lágrimas de los demás como las propias lágrimas.

Si las Autodefensas alcanzan lo que se proponen, a partir de Villa de la Esperanza, Colombia será no solamente más segura, sino también más pacífica, y no solo eso, será también más feliz.

No hagamos de la política una guerra, ni una pérdida de tiempo, hagamos de la política una celebración donde todos nos sintamos mejor, hagamos de la política algo serio y respetable sin perder la alegría ni el norte de sentirnos hermanos y hermanas, porque los pueblos que no disfrutan la política la padecen, y los que no saben utilizarla no tienen más escapatoria que el suicidio o emigrar, que son dos formas de condena y de muerte.

Así la veo yo.

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