octubre 31, 2006

AUC, ‘sociedad civil’ y Gran Acuerdo Nacional

Las FARC ¿vanguardia revolucionaria o retaguardia de la reacción?



CHAMUYO (18)



Por Juan Antonio Rubbini Melato
www.lapazencolombia.blogspot.com
juanrubbini@hotmail.com



Asistimos en estos días a la puesta en escena del nuevo mapa del conflicto post-AUC y post-ELN. Como telón de fondo de la obra desplegada juegan incógnitas de peso: elecciones parlamentarias de noviembre en EEUU, presidenciales de diciembre en Venezuela, departamentales y de alcaldías a lo largo y lo ancho de Colombia en octubre de 2007, presidenciales de EEUU en 2008, y last but not least ¿quién sucederá a Uribe a partir de 2010, y con qué signo ideológico y grado de apego a la política de seguridad democrática?

En este contexto y tras el ‘papayazo’ que dieron en la Universidad Militar se han vuelto a clausurar las vías de negociación con las FARC, así como no se vislumbra voluntad gubernamental alguna de acordar con los ‘narcos’ –que quieran salirse del negocio- su sometimiento a la justicia, su reparación a las víctimas y su no extradición. Las FARC apelan al terrorismo urbano, y así ‘queman las naves’, ‘vuelan los puentes’ y se autocalifican y gradúan como organización terrorista haciendo más incierto y vulnerable su futuro político, mientras los ‘narcos’ tejen los hilos del mando unificado y la logística de las llamadas ‘bandas emergentes’ –de oposición armada a los intereses del sistema subversivo FARC-ELN- confiados en poder llegar algún día a una mesa de negociación que por ahora no existe pero que está dentro de la lógica del conflicto se habilite más temprano que tarde, cuando soplen otros vientos ¿demócratas? en EEUU.

Las FARC no han logrado constituirse aún en la chispa inicial de ninguna insurrección popular de envergadura ni pueden atribuirse la vanguardia de proceso revolucionario alguno. Por el contrario, las FARC están instaladas en su misión represiva, conservadora del orden y de sus privilegios, en las tierras de colonización donde han sabido capitalizarse salvajemente gracias al trabajo a destajo de campesinos abandonados por el Estado.

Las FARC constituyen hoy la punta de lanza del ‘antiuribismo’ visceral, el mascarón de proa de cierto establecimiento ofuscado por lo que el presidente Uribe encarna y proyecta. Las FARC representan hoy la única esperanza de aquella reacción criolla asustada por el TLC y puesta en jaque por la globalización, que concibe a Uribe como el ‘Anticristo paisa’ al que hay que dificultarle la gobernabilidad a como dé lugar. Es en los entresijos de este establecimiento despechado –primero con César Gaviria en los inicios de los ’90 y ahora con Uribe desde 2002- donde habría que hurgar si se quiere hallar razones de la supervivencia de las FARC como actores políticos en los medios y en el juego político entre bambalinas, donde los secuestrados en su poder son apenas la punta del iceberg de los poderosos intereses que se hallan debajo del ‘fenómeno FARC’ tan ligados a la Colombia de los siglos XIX y XX, y totalmente fuera de foco de lo que quieren ser el país y el mundo en el siglo XXI.

Seguir insistiendo en que entre el Estado y las FARC subsiste un empate militar, es negar lo evidente, la victoria nítida y contundente del Estado sobre las FARC. Una cosa es que las FARC no quieran dar por terminado el partido e insistan en seguir ‘jugando’ a la guerra de guerrillas en reducidos y marginales espacios del territorio nacional y ‘jugando’ al terrorismo en otros, y algo bien distinto es afirmar que el resultado está empatado. Una cosa es que el Estado vaya ganando el partido 6 a 1 y que el tiempo del partido se haya agotado hace mínimo quince años, y otra sería que el marcador Estado-FARC estuviese 3 a 3, y ya se hubiese cumplido la fase del alargue y los tiros desde los once metros, y estuviésemos hace quince años en un empate inconmovible.

La falsa idea del empate es la que alienta todavía el desatino de que hay que sentarse a negociar con las FARC el modelo de Estado, sociedad y economía para que se desempantane el supuesto empate militar con la definición en una mesa de negociaciones. Lo que cabe más bien es hacerle claridad a las FARC y sobre todo a la ciudadanía colombiana y la comunidad internacional que con las FARC no hay otra cosa que acordar que márgenes de impunidad y alguna favorabilidad política que les permita participar activamente del sistema democrático a cambio de entregar los fusiles, desmovilizar sus integrantes y sumarse, pacíficos y desarmados, a la vida civil.
Objetivamente, las FARC no están en condiciones de poner en riesgo el sistema político y económico nacional, ni mediante las armas, ni mucho menos a través de una hipotética ‘negociación’ sobre curules e impunidad a la que solo accederían previa aceptación de su derrota militar y estratégica. Esto es cierto y es verificable pero subjetivamente esta verdad de a puño no coincide con la opinión generalizada. Y no coincide porque hay todo un sistema de manipulación política y mediática –incluso académica- donde por muchos años se le ha hecho creer a los colombianos que las FARC y el ELN ‘realmente’ estaban en condiciones de tomarse el poder o al menos, que podían lograrlo en el mediano plazo, de proponérselo. Si esto pudo haber sido creíble en los ’60 y los ’70 seguir repitiéndolo hoy no tiene otro efecto que complicarle la vida al presidente de turno y demorar la aplicación de políticas que inserten definitivamente a Colombia en el mundo del siglo XXI.

Quienes sí estuvieron en el camino de tomarse el poder hasta hace muy poco han sido las Autodefensas si seguían con el ritmo y la dirección alcanzados hacia 2002, interrumpidos su marcha y su ascenso por el proceso de paz de Santa Fe de Ralito. Lo que sucede es que no lo hacían a punta de retórica marxista ni siguiendo los caminos del Che y de Fidel, tampoco los de Lenin y de Mao, ni siquiera los de Chávez. Decir que las Autodefensas constituían una ‘guerrilla de derecha’ ni se ajustaba a los hechos por lo de ‘guerrilla’, ni tampoco por lo de ‘derecha’. Era un asunto serio y de grueso calado que encontró más sintonía con el sentir popular que la que jamás tuvo la prédica de las FARC y del ELN. Constituía por ello un peligro para el sistema político vigente de mayor dimensión –y necesitaba de menos tiempo para verificarse- que lo que suponen como riesgo para la democracia que conocemos las estrategias de ‘guerra prolongada’ que utilizan las FARC.

Cuando Piedad Córdoba pide en estos días en Venezuela -desde su apoyo a la reelección del candidato-presidente Chávez- la revocatoria del Congreso porque según sus cálculos existe en él nada menos que un 60 % de influencia ‘paramilitar’ (¿mucho no?) le está reconociendo a las ex AUC un estatus político y un poder político en construcción de crecimiento innegable. Más allá de la caricatura y exageración de Piedad, azuzada por su ‘antiuribismo’ y el delirio provocado en sus neuronas por los dólares de Chávez, lo cierto es que los caminos hacia el poder de los ‘paras’ no tenían porqué seguir los cánones de la izquierda revolucionaria, como si por fuera de Marx y de Engels, no existiesen otras interpretaciones de la Historia y del significado de la palabra ‘revolución’.

Las Autodefensas se hallan hoy ‘encapsuladas’ por el trabajo de ‘pre-parto’ judicial, preparatorio de su presentación ante los tribunales de Justicia y Paz donde derivó juiciosamente –y contra el pronóstico agorero de muchos analistas y políticos- su voluntad de no abortar el proceso de paz tras el fallo de la Corte, a pesar del exabrupto gubernamental de agosto pasado ocasionado por la cancelación de los salvoconductos y las ‘medidas de conducción’ que llevaron precipitadamente a la cárcel a sus ex comandantes y Estado Mayor.

Sería demasiado pedirles a los ex comandantes AUC en estas circunstancias que le dieran mayor difusión y profundidad doctrinaria a su propuesta de Gran Acuerdo Nacional, donde se estaría logrando –según quienes han conocido del tema- un salto cualitativo de gran importancia en la conducción organizacional e ideario político de las ex AUC, como aporte decisivo para la superación del conflicto armado y la evolución del sistema democrático nacional y regional.

Si la ‘sociedad civil’ que luce tan seducida –y monopolizada- por el bienvenido proceso de paz con el ELN dirigiese su mirada solidaria y su aporte generoso también sobre las silenciosas pero trabajadoras ‘hormiguitas de la paz’ que transitan incansables entre Villa de la Esperanza y el sitio de reclusión de La Ceja encontraría que la Paz que anhelamos los colombianos y colombianas está necesitada y a la espera de gestos de grandeza, gestos que le bajen el nivel a las prevenciones y desestimulen cualquier estigmatización, de lado y lado, para lo cual bien podría la ‘sociedad civil’ acercarse al proceso con las AUC y estar dispuesta a escuchar y proponer, cómo y de qué manera ambos procesos pudieran converger y dar frutos que alimenten realidades de paz.

El Gran Acuerdo Nacional que proponen las AUC contiene las dosis de utopía que requieren las juventudes colombianas para darle riendas sueltas a su imaginación creadora, sana y pacíficamente revolucionaria. Es también una invitación a la participación de las grandes mayorías nacionales necesitadas de ser convocadas para una misión de proporciones gigantescas que constituyan su legado para las generaciones futuras. Es finalmente la asunción de una causa colectiva de poderosa vocación social que pretende derribar las fronteras y deshacer las trincheras donde anidan los sectarismos y pululan los antagonismos que han venido destruyendo el ser nacional y el tejido social durante los últimos cincuenta años.

El escenario de la paz requiere que la sociedad civil –si quiere comportarse como tal y no ser percibida como simple relacionista pública del ELN- rompa algunos moldes sectarios y autoimpuestos que la hacen aparecer cómoda y a sus anchas junto al ELN e incómoda –insoportablemente incómoda y a disgusto- ante cualquier posibilidad de acercamiento a las Autodefensas, e incluso a las FARC.

Tras el ‘papayazo’ que las FARC le dieron a Uribe con su carrobomba en la Universidad Militar -lo que nada ‘humanitario’ presagia de parte de las FARC para los próximos meses-, y la escalada ‘antifarc’ declarada formalmente y que se desarrolla sin pausa del lado estatal con apoyo de los EEUU, no resultan ahora tan difíciles de inferir las intenciones de buena parte de los ‘narcos’ de ‘paramilitarizarse’, aprovechando así la coyuntura que ellos ven como favorable a sus intereses y que ‘les cayó del cielo’ con la desmovilización de las AUC. Esperarían así poder negociar, más adelante, desde una posición militar y política fuerte –la que ostentaban las AUC hasta que decidieron apostarle a la Paz- , y con un gobierno distinto al de Uribe, su sometimiento a la Justicia para lo cual les sabe inevitable el combate sin cuartel a librar desde ahora mismo contra las FARC.

Así las cosas, quienes queremos ver la paz cercana en el horizonte y no tan lejana en años luz como las estrellas, no podemos menos que promover en la sociedad civil y la comunidad internacional un apoyo decidido, sostenido y comprometido a fondo con los dos procesos que hoy caminan y van dando resultados concretos: uno, más adelantado con las AUC y otro, que está calentando motores con el ELN.

No vaya a ser que buena parte de los desmovilizados de las AUC separados abruptamente de sus antiguos jefes presos y aislados en La Ceja, terminen desilusionados de su apuesta por la paz, sin haberse podido reinsertar, movilizándose otra vez, en esta ocasión con los nuevos ‘paras’. Y no vaya a ser que quienes hoy permanecen sentados con el Gobierno en Cuba se levanten desairados de la Mesa y corran a reunirse con sus viejos socios de las FARC que los esperan impacientes como novio en el altar.

Decía un viejo amigo que a un elefante no se lo puede comer de un solo bocado ni de dos, pero pedacito por pedacito si se lo puede acabar.

Así tocará con la ‘guerra’: cortar y partir, partir y cortar, así hasta el final.

Eso sí, sin que los gobiernos actuales y futuros, sin que la sociedad civil y sin que la comunidad internacional, se dejen cortar y partir, repartir y recortar, que así ha sido hasta aquí, donde los ‘guerreros’ se dieron el gran festín y fuimos nosotros, los ciudadanos, los partidos y cortados, los recortados y repartidos, tristemente deglutidos por el viejo cuento de la guerra todavía sin acabar, y no porque el partido no haya concluido, y no porque hace mucho no se conozca el ganador, sino porque la guerrilla derrotada se niega a reconocer su derrota y permanece terca y violenta, sobre algún rincón del campo de juego, sin poder modificar su suerte que ya está echada pero utilizando a la población civil como escudo protector para no ser desalojada del espacio que usurpa. (A propósito, cuando de contrarreforma agraria se habla suena sospechoso que nunca se mencionen los cuantiosos intereses e inversiones de las terratenientes FARC)

Si esto del conflicto armado está muy lejos de poder considerarse un empate, si esto que les sucede a las FARC tras cuarenta años no es la consecuencia de haber sido derrotadas política y militarmente, ¿en qué consiste el famoso empate? ¿en que no han sido aniquiladas? Me resisto a pensar semejante hipótesis, en tamaña degradación e inhumanidad, y no me sumaré a ningún ‘proyecto aniquilador’, o de ‘solución final’ que pueda proponerse, algo así como un Nagasaki e Hiroshima a escala reducida pero igualmente macabro.

Queda claro que oponerme a la ‘aniquilación’ no significa que me sumo a la falacia del empate militar -que cada vez suena más a contentillo que quiere dársele a las FARC- por alguna oscura razón, o por aquello de que a los locos hay que darles la razón, porque quién quita que finalmente la tengan. ¿Y si no la tienen, ni la tendrán nunca? ¿Qué ganamos con discutir con ellos, o con quienes les hacen creer lo que terminan creyéndose?

Así la veo yo.

Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo”, “Esencias y Matices” y “Chamuyo” pueden ser consultados en:

www.salvatoremancuso.com
www.lapazencolombia.blogspot.com