noviembre 19, 2006

Las AUC y el reconocimiento político

En política nadie regala nada, todo hay que saber ganarlo



Chamuyo (19)



Por Juan Antonio Rubbini Melato
www.lapazencolombia.blogspot.com
juanrubbini@hotmail.com



Cuando las AUC declararon el cese unilateral de hostilidades, a partir del 1 de diciembre de 2002, muy pocos creyeron –dentro y fuera de las AUC- que el proceso llegaría a buen puerto. Sectores nacionales y extranjeros, de los ‘generalmente bien informados’, sostuvieron entonces que, si sobre un total de 18.000 combatientes terminaba desmovilizándose el 70 % ello constituiría un éxito.

Por eso, cuando se habla hoy de ‘bandas emergentes’, o de paramilitares de tercera generación, cuyos efectivos rondarían los 3.000 hombres en armas, independientemente que se trate o no de desmovilizados de las AUC reciclados en los nuevos grupos de ‘paras’, la cantidad de los mismos no sorprende a nadie. En realidad, puede estimarse que esos 3.000, incluso 4.000 que fueran, aún son pocos para la cantidad que pueden sumar de acuerdo con el ‘vacío’ sin llenar dejado en el conflicto por las AUC.

Lo que en cambio sorprende es que un proceso de paz que no ha concluido en perdón y olvido, amnistía e indulto, como ha sucedido con el M-19, EPL, etc., y que tiene a los máximos ex comandantes AUC privados de su libertad y próximos a ser juzgados y condenados, haya sido completado y sea hoy una realidad incontrastable, un precedente histórico, que FARC y ELN no podrán obviar en el futuro, a menos que pasen unos cuantos años, las circunstancias nacionales e internacionales se alteren sustancialmente, y logren las guerrillas sobrevivir al fuego graneado y ‘tecnológico’ que les caerá encima cada vez con mayor legitimidad del Estado y menor contemplación de la sociedad hastiada de cualquier delincuencia política de izquierda y de derecha.

Se le atribuye al florentino Maquiavelo la siguiente anécdota ocurrida en presencia del valenciano César Borja, el hijo de Rodrigo Borja, quien era en ese momento el papa Alejandro VI. César Borgia –así lo llamaban los italianos- comandaba los ejércitos del Vaticano allá por 1500 y tantos y había tomado a Maquiavelo por su asesor político y militar en Roma. Alguna vez César le manifestó a Maquiavelo que lo consideraba el único sabio del cual nunca habían escuchado sus oídos que dijera alguna tontería. Maquiavelo le respondió entonces que se avecinaban tiempos tempestuosos donde los sabios, si querían permanecer con vida, debían acostumbrarse a decir una que otra tontería.

Lo anterior viene a cuento de la llamativa inexistencia, en el debate político colombiano, del espinoso asunto de la legalización de la droga. Increíble que en Colombia actual no haya aparecido ningún Maquiavelo, o algún importante líder político, que alce la bandera de la legalización de la droga como el único gran remedio eficaz del cual urge comprobar su impacto sobre FARC, ELN, paramilitarismo y los correspondientes niveles de conflicto armado. ¿Qué sucedería en Colombia si todo el proceso de siembra, cultivos, producción y comercialización de las hoy llamadas ‘drogas ilìcitas’ fuera licitado entre laboratorios farmacéuticos nacionales y extranjeros? El modelo debiera ser construido y debatido en los distintos estamentos de la sociedad colombiana, participando de los estudios y conclusiones las fuerzas políticas, y puesto el tema seriamente a consideración de la Comunidad internacional, a través de las Naciones Unidas. Soñar no cuesta nada dirán los escépticos, pero aquí no se trata de soñar sino de salir conscientemente de la pesadilla en la que estamos sumidos los colombianos a partir de la criminalización del mercado de las drogas y su mimetismo con el conflicto armado.

No suena alocado manifestar a estas alturas que mientras exista la ilegalidad de las drogas habrá conflicto armado en Colombia, o amenazas terroristas, o ambas cosas más la violencia desbordada y la crueldad inútil que nacen de las armas compradas con dineros producto de la droga y que ninguna otra fuente podría financiar con tamaños resultados.

Está muy claro que con los niveles de conflicto armado existentes hoy en Colombia la conexidad con el narcotráfico de los delitos políticos de subversión y de autodefensa ilegal o paramilitarismo resulta no solo evidente sino también imposible de evitar por los estrategas de la revolución y de la contrarrevolución. No existe la más mínima posibilidad realista de sostener económicamente los ejércitos ilegales rebeldes o contrainsurgentes y su expansión militar y política, social y económica, sin acudir a los ‘pozos de petróleo vegetal’ alucinantes y alienantes que seducen y divierten a los pueblos más ricos del mundo. Si Colombia no despierta al respecto nadie lo hará por nosotros. Y mientras Colombia no salga de su abulia la cantidad de las víctimas colombianas seguirá subiendo por el ascensor mientras la reparación lo hará penosa y lentamente por las escaleras.

Quienes le cierran el camino de su legalización al narcotráfico inducen, consciente o inconscientemente, la perpetuación del conflicto. El conflicto armado, actualmente, hablando en plata blanca, exige sí o sí –por razones económicas- su conexidad con el narcotráfico, pero la inversa es igualmente válida: el narcotráfico necesita reciclar el conflicto y realimentarlo -para camuflarse entre sus pliegues y a su sombra- y esto es lo que ha venido haciendo en los últimos años, y se preparara hoy para multiplicarlo si leemos correctamente las señales que emiten los ‘narcos’ a través de las ‘bandas emergentes’.

Es tan válido decir que FARC, ELN y ‘paras’ requieren para sobrevivir como actores armados establecer su conexidad con el narcotráfico, como afirmar que el narcotráfico necesita establecer algún tipo de conexidad con el conflicto armado para que la lucha del Estado contra él halle las mayores e insalvables dificultades que, obviamente, serían mucho menores si el conflicto armado no existiera. Por ello, si queremos matar dos pájaros de un tiro –narcotráfico y conflicto armado- no nos queda a los colombianos sino defender a capa y espada, ante tirios y troyanos, dentro y fuera del país, la legalización de la producción y comercialización de las drogas hoy calificadas de ilícitas.

Digo todo esto porque la salud del país exigía a partir de Ralito que no apareciese en el horizonte ningún atisbo de ‘banda emergente’ y que la sustitución de AUC por Estado en cada uno de los puntos de la geografía nacional se hubiese realizado como lo plantearon en su momento los líderes históricos de las Autodefensas, los Castaño y los Mancuso, sin que ello hallase eco en el fundamentalismo del Gobierno, cuya absolutización del concepto de ´recuperar el monopolio de las armas por el Estado´ hizo que el proceso de paz con las AUC corriera más rápido que lo que le daban los pies. Al menos en este punto, el costo de la reelección presidencial ha tenido un precio demasiado alto en términos de sustitución de AUC por ‘bandas emergentes’ que bien pudo haberse evitado, no necesariamente a costa de la reelección, ni tampoco con la ‘paramilitarización’ del país, riesgo que –vaya paradoja- sí se corre a partir de aquí cuando la condición de ‘paras’ está siendo asumida por quienes, por razones de posicionamiento estatégico, querrán recuperar en dos o tres años lo que las AUC habían construido en un proceso que llevó más de diez años, incluso bastantes más si tenemos en cuenta la experiencia contraguerrillera de Ramón Isaza –hoy preso en La Ceja- cuyos orígenes e historia han sido paralelamente opuestos –y superpuestos en el tiempo- a los de ‘Manuel Marulanda’, ‘Tirofijo’.

Así las cosas, la presencia de Vicente Castaño por fuera de La Ceja, esperando respuesta convincente y definitiva a los cabos que permanecen sueltos, por parte del interlocutor gubernamental en la mesa ‘suspendida’ e invadida por la esfera judicial, más que despertar suspicacias o temores, bien podría convocar al optimismo de pensar que todavía no está todo perdido en materia de reinstitucionalización del Estado en las zonas que fueron de influencia AUC y donde los actores armados ilegales –antiguos o recién creados- han llegado de primeros tras la salida de las AUC.

No todo lo que brilla es oro, pero a la inversa tampoco todo lo que no se comprende fácilmente es malo, ni daña la salud lo que no nos complace. Vuelvo a lo de Maquiavelo e insisto en que a Colombia le están faltando sabios y líderes políticos que le pierdan el temor a sostener lo que hoy luce ‘políticamente incorrecto’ en materia de legalización del mercado de las drogas consideradas ‘ilícitas’ pero que podrían dejar de serlo tras un cambio de 180 grados en la legislación vigente a escala mundial, es decir la de EEUU que reproduce Europa con más dudas y resignación que entusiasmo y convicción.

Y mientras eso madura, y mientras eso llega, no estaría de más que se delinease cuanto antes el camino hacia un acuerdo de amplio entendimiento entre las fuerzas políticas que hagan posible una ‘mesa de sometimiento’, dispuesta para quienes quieren salirse del negocio del narcotráfico antes de que éste termine legalizado, quitándole sustancial financiación al conflicto armado y ‘descomplejizando’ aquello que hoy se exhibe como demasiado complejo e irresoluble frente a la voluntad de un gobierno, por más decidido que estuviera a someter por la fuerza lo que ha resultado imbatible hasta hoy en materia de narcotráfico.

Si los muchos y poderosos ‘sabios’ y ‘maquiavelos’ que en Colombia existen en cuestiones políticas no le pierden el miedo a la discusión y dan un paso al frente en materia de conceptualizar el camino de la legalización de las drogas, todo seguirá empeorando en materia de conflicto armado y Colombia seguirá hundida en el todos contra todos y el sálvese quien pueda.

Las AUC han hecho hasta aquí todo lo que ha estado a su alcance para favorecer la paz pero la voluntad de un actor no solo no alcanza sino que puede terminar empeorando las cosas para el conjunto. Si termina verificándose que la consecuencia de Ralito ha sido objetivamente, y por fuera de la voluntad de las partes, sustituir las AUC por las ‘bandas emergentes’, el esfuerzo de unos y otros, autodefensas y gobierno, habrá sido no solo inútil sino contraproducente

El tiempo dirá qué tan inevitable era la aparición de las ‘bandas emergentes’ cuando se firmó el Acuerdo para la Paz de Colombia de Santa Fe de Ralito, y en qué medida son éstas los hijos no deseados de un proceso de paz que si hubiese estado hecho menos a la medida de los Petro y los Parody, los Gaviria y los Pardo, más cerca estaría hoy de haber satisfecho las necesidades y urgencias del pueblo colombiano en materia de paz y seguridad.

La moraleja del cuento aplicada al proceso de paz con las AUC es que no por mucho madrugar amanece más temprano. Y que algo tan elemental como reemplazar en el terreno un actor ilegal por uno legal no tenía porqué producir los vacíos notorios de seguridad que hoy existen y estamos comenzando a descubrir en toda su amenazante magnitud. Haberse obsesionado conductores y pasajeros del proceso de paz en mirar por el espejo retrovisor cuando se requería el cambio de guardia sin dejar de avanzar no solo no aseguró, sino que propició, que choquemos de frente hoy con las ‘realidades emergentes’, con las ‘generaciones nuevas’ que no están ancladas en el pasado sino en el presente, que no viven de los cuentos de brujas y de hadas sino de las ‘papayas’ que reciben y que no hacen sino recoger y degustar.

A lo que podría agregarse que si a los ex comandantes de las AUC el Gobierno no les permitió negociar políticamente desde Ralito su tránsito a la vida política, ahora resultará inevitable para los ex comandantes acordar políticamente desde sus centros de reclusión presentes y futuros, no ya con este Gobierno que se desentendió del tema –y hoy vemos los resultados de tremenda omisión- sino con las fuerzas políticas afines, neutras y adversarias, para que la democracia se afiance allí donde todavía el Estado es solo una idea lejana, un ente abstracto que ni hace ni deja hacer.

La pérdida de la libertad es la universidad por excelencia de los políticos de raza, y los políticos de raza se gradúan en las cárceles.

El estatus político que las AUC reclaman con derecho tendrán ahora que ganárselo desde la prisión, en las condiciones más adversas, que son las únicas que finalmente templan el ánimo y fortalecen el carácter, incluso y sobre todo el carácter político.

En política nadie regala nada y quien no está decidido a ganarse el reconocimiento de la gente, ni es político ni merece ningún regalo.

Así la veo yo.


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