marzo 06, 2007

LAS AUC Y LA PATERNIDAD DE LA SEGURIDAD DEMOCRÁTICA

No hay situación, por mala que resulte, que no pueda empeorar (ley de Murphy)


SÍ-SE-PUEDE (1)


Por Juan Rubbini

www.lapazencolombia.blogspot.com



El presidente Uribe y las FARC se están quedando solos abrazados -¿o aprisionados?- por la idea de ganar la guerra. Las AUC y el ELN siguen firmes, en cambio, con su proyecto de construir la paz. Los tiempos pasan, las ideas evolucionan, imitarse a sí mismos, no es camino recomendable, ni para los artistas ni para los políticos, tampoco para los políticos que juegan a la guerra, ni para los guerreros que juegan a la política.


La carta abierta de Angelino Garzón a los presidentes de los partidos y movimientos políticos representados en el Congreso y al propio presidente Uribe contiene un mensaje no solamente dotado de delicada y rara sabiduría política, sino revestido además de un excelso sentido de la oportunidad. Dejamos ahora que las aguas fluyan y la siembra de Angelino caiga en terreno fértil pero no lo dejemos solo en el intento. Lo primero que se me ocurrió pensar al leer el escrito del gobernador del Valle es que bien podría Uribe ofrecerle el Ministerio del Interior y de Justicia. A mi modo de ver, si se quiere de veras ‘desparamilitarizar’ el País, primero urge ‘desuribizar’ la seguridad democrática. No se trata de estigmatizar al Presidente ni de renegar de la ‘seguridad democrática’, sino que todos en Colombia, incluido el Presidente, subamos un nivel en vez de seguir descendiendo al abismo. Los ‘paras’ tienen que salir cuanto antes de Itagüí y los que volvieron al monte deben volver a su proceso de reinserción y retomar el direccionamiento de los proyectos productivos. Los ‘elenos’ tienen que ser ayudados a tomar su gran decisión de abandonar las armas. Los secuestrados tienen que regresar a sus casas y las FARC deben dejar de secuestrar. Dos o tres municipios pueden ser ofrecidos para el acuerdo humanitario así como no puede existir territorio vedado para el inicio de un proceso de paz con las FARC. Las elecciones de octubre deben ser el punto de inicio de la reinstitucionalización del País a partir de las regiones, no el intento de las minorías de derecha y de izquierda por usufructuar el beneficio de que estén proscriptas y excluidas las mayorías. Colombia debe iniciar cuanto antes su marcha libertaria hacia la justicia social pero no lo puede hacer en medio del fuego cruzado de los inquisidores y los sicarios, de los moralistas y los sectarios. Para lograr esto tengo claro que urge ‘desparamilitarizar’ el País –en esto contamos con las mismas AUC y su manifiesta voluntad de paz y reconciliación. También me queda claro que urge ‘desuribizar’ la política de seguridad democrática, y en esto un ministro como Angelino Garzón al lado del presidente Uribe es suficiente garantía ciudadana y democrática. ¿Todo esto para qué?, para iniciar sin prisas pero sin pausas las titánicas tareas de ‘desconflictualizar’ el País, lo que no será fácil pero tampoco es imposible. Lo que resulta imperdonable es seguir los mismos –oficialistas y opositores- con las mismas –artillería verbal y guerra mediática- mientras cuarenta y tres millones de colombianos y colombianas solo queremos concordia, paz y progreso.



Las autodefensas son ciertamente las hijas más jóvenes –y tal vez por ello las más rebeldes e imaginativas- del viejo matrimonio entre las razones de Estado con la fenecida Doctrina de la Seguridad Nacional, lo cual quiere ocultarse ahora, no solamente en Bogotá sino también en Washington. Las dos capitales y sus burocracias políticas, con su pasado filibustero a cuestas, su mala conciencia, sus miedos y sus hipocresías desplegadas. Razones o sinrazones que sobrevuelan aún hoy las tragedias de Hiroshima, Nagasaki y Vietnam no menos que el eufemismo de ‘La Violencia’ con sus tintes rojos y azules, alientan la búsqueda y castigo de los ‘chivos emisarios’, llámense ‘pájaros’ o ‘chulavitas’, guerrillas o autodefensas, comunismo o nacionalismos varios. La Guerra Fría fue tan cierta ayer como cierta es hoy la Guerra contra el Terrorismo. Si Fidel echó raíces en los ’60, y Pinochet y Videla en los ’70, no resulta extraño que hoy Chávez quiera repetir la historia –una generación después- en otra coyuntura pero con los mismo fines. Protagonismo y poder que de eso se trata cuando están de por medio las armas, el dinero y la política. Para hacer frente a este panorama tormentoso la democracia colombiana tiene sus partidos golpeados pero los tiene, tiene incluso su pata izquierda del sistema en franco crecimiento, lo cual es alentador. Pero la pata de las autodefensas aún falta atornillarla a la mesa de la paz y la democracia. Las autodefensas sí quieren la democracia, sí quieren sentarse a manteles, lo quieren los que están en Itagüí y también quienes como Vicente Castaño, los Hernán Hernández y los Mejía Múnera han reculado hacia el monte por los incumplimientos y soberbias del Gobierno ante la necesidad poítica e histórica de firmar los Acuerdos Finales de Paz.


Las autodefensas no cargan tan solo con el peso de ser hijas de Bogotá y de Washington, sino también con el augur de ser hijas del Pueblo, de ese Pueblo que ni gobierna en Bogotá ni tiene influencias en Washington ni en Caracas, mucho menos en La Habana. Fueron construyendo su poder –porque de eso se trata- a partir de las contradicciones que exhibieron los gobernantes de turno, laxos con la guerrilla, permisivos con la corrupción, ingenuos ante el narcotráfico y sumisos ante las grandes potencias.


La Seguridad Democrática no se la inventó Uribe –puede que haya bautizado la criatura, eso sí-, ni siquiera puede decirse aún que haya logrado hacerla caminar en la mitad del territorio. Pero a nadie se le escapa –aunque calle- que las autodefensas tuvieron mucho que ver en Colombia con el afortunado tránsito de la Doctrina de la Seguridad Nacional al nacimiento de la Seguridad Democrática. Quien relea con cuidado el Documento que firmaron en el Nudo del Paramillo las AUC –en 1998 nada menos, cuando ni los Castaño ni los Mancuso habían sido pedidos en extradición- con prestigiosos representantes de la sociedad civil –no del gobierno Samper y tampoco a sus espaldas- podrán apreciar que si de ‘refundar’ la Nación se trata las autodefensas abrieron la boca y tendieron la mano al País y la democracia bastante antes de la caída de las Torres Gemelas y de que Uribe asumiese la Presidencia. Es decir, que las autodefensas con los Castaño y los Mancuso a la cabeza, le abrieron los ojos al País cuando la Guerra Fría ya había terminado en el mundo y la Doctrina de la Seguridad Nacional comenzaba a ser cosa del pasado, y cuando la Guerra al Terrorismo era apenas una tormenta que se avecinaba y una pesadilla sobre la que –al menos en Colombia- las AUC fueron de las primeras en querer alertar y evitar.


El acta del Acuerdo del Nudo de Paramillo o de Córdoba fue firmado por representantes del Consejo Nacional, miembros de la sociedad civil y los más altos dirigentes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) el 26 de julio de 1998. Entre quienes firmaron aquel documento histórico no sobra mencionar aquí nombres del prestigio de Augusto Ramírez Ocampo, Sabas Pretelt de la Vega, ‘Lucho’ Garzón, José Fernando Castro Caycedo, Jorge Visbal, Samuel Moreno Rojas y Alejo Vargas.


Para quienes se rasgan hoy las vestiduras sobre lo acontecido tres años después con lo que se conoce como el Pacto de Ralito, de julio de 2001, y que tiene ‘entre las cuerdas’ mediáticas y de la Suprema Corte de Justicia a tanto político y congresista valga recordar lo que fue firmado entre las partes del Acuerdo en aquel año 1998 –también en Santa Fe de Ralito, oh coincidencia- y donde se hace referencia a ‘las reformas que demanda la nación’ y a la ‘agenda mínima de negociación de paz que debe adelantar el gobierno nacional con las Autodefensas Unidas de Colombia’.


Ante el texto de este Documento y sus ilustres firmantes cabe hacerse la pregunta siguiente: Quienes hoy, entre los medios y la clase política, se golpean el pecho y exigen castigo inclemente del así llamado escándalo de la parapolítica, ¿lo hacen por ignorancia de la historia, por oportunismo coyuntural o porque sus propósitos son inconfesables y tienen que ver con la prosecución del conflicto armado por la razón o intereses que sean?


Asuntos fundamentales como los siguientes mencionaba –ya entonces, julio de 1998- el texto del Acuerdo:


“TERCERO.- La sociedad civil y el Consejo Nacional de Paz apoyan que se inicien negociaciones de paz entre el gobierno nacional y las AUC en una mesa independiente y simultánea con otros procesos, para concluir en un verdadero acuerdo de paz que involucre a todos los actores de la guerra.


“Los participantes en esta reunión consideran válido que el desarrollo del diálogo y la negociación, de los distintos procesos de paz, culmine en propuestas de decisiones administrativas, legales o constitucionales, que conduzcan a las reformas que demanda la nación.


…………..
“QUINTO.- Los representantes de la sociedad civil y los miembros del Consejo Nacional de paz, propiciarán ante la sociedad, que la agenda mínima de negociación de paz que debe adelantar el gobierno nacional con las Autodefensas Unidas de Colombia, debe dar respuesta a problemas como:

· Democracia y reforma política
· Modelo de desarrollo económico
· Reforma social, económica y judicial
· La fuerza pública en el estado social de derecho
· El ordenamiento territorial y la descentralización
· El medio ambiente y el desarrollo sostenible
· Los hidrocarburos y la política petrolera
.............

La polémica desatada en estos días en las filas conservadoras y que involucra al ex presidente Pastrana y dos de los dirigentes emblemáticos del Partido en el departamento de Córdoba, doctores Manzur y Ordosgoitia, mucho tiene que ver con las razones políticas que deberá dar en su momento el Conservatismo sobre el ‘engavetamiento’ que se le dio en la Casa de Nariño al Acuerdo del Nudo del Paramillo, durante la presidencia de Andrés Pastrana, cuya implementación en el período 1998-2002 tantos males y sobre todo, tantas víctimas, le habría evitado a Colombia.


Está comenzando a salir a la luz, en la versión libre del ex comandante Mancuso, que no fue la política de Seguridad Democrática la que condujo contra su voluntad a las AUC a la negociación todavía inconclusa, ni el supuesto poder coaccionador de la Seguridad Democrática lo que obligó a las AUC a someterse a la ley de Justicia y Paz.


Por el contrario, la política de Seguridad Democrática tiene entre sus antecedentes históricos insoslayables –aunque no falten los ‘uribistas’ que no quieran reconocerlo- el aporte invalorable de quienes, como los máximos líderes de las AUC, visualizaron ya en 1998 –como lo prueba la firma del Documento mencionado- que el remedio táctico de las autodefensas, producto de la Guerra Fría y de la Doctrina de la Seguridad Nacional –que no se inventaron ni los Castaño ni los Mancuso- había asumido ya demasiadas contraindicaciones y efectos secundarios perniciosos como para dar paso a la necesidad urgente de discontinuar el tratamiento y transformar radicalmente los componentes de la medicina. ‘Peor el remedio que la enfermedad’, dijo Serpa alguna vez, y en esto al menos, no me avergüenza tener que darle la razón, sin dejar de reconocer que las enfermedades son siempre enfermedades, y los remedios –aún los desagradables y los ineficaces- siguen siendo remedios a los cuales echar mano cuando todo se derrumba alrededor y los buenos remedios nos son inaccesibles.


Para alcanzar esta transformación de los guerreros ilegales en políticos legales –una auténtica y genuina metamorfosis- la voluntad política de las autodefensas no alcanzaba por sí sola ni en 1998, ni en 2002, ni siquiera hoy. Se requería –y se requiere todavía hoy- desde el Estado una nueva política y un nuevo obrar del Gobierno de turno en materia de paz y de reconciliación, de conflicto armado y seguridad rural y urbana.


Puede decirse, sin faltar a la verdad, que la política de Seguridad Democrática atrajo a las AUC hacia la mesa de negociación con el presidente Uribe. Y las atrajo porque finalmente un Presidente, a partir de 2002, asumió como política de Gobierno un anhelo expresado e insatisfecho del Pueblo, de ese mismo Pueblo, que en su base y desde su desespero se apoyó en las autodefensas para subsistir ante el flagelo guerrillero. Es que las autodefensas no se defendían a sí mismas, como despectivamente manifestó el embajador Wood en su momento, sino que las autodefensas defendieron un Pueblo, que no quería ser sometido a los designios dictatoriales de la subversión ni a la indolencia suicida del Estado.


Las Autodefensas se sentaron a negociar por su propia voluntad personal e inteligencia social, la misma voluntad personal e inteligencia social que les falta a las guerrillas y no le ha sobrado a ningún Presidente incluido el actual. No lo hicieron porque se sintieran derrotadas –más bien sucedía todo lo contrario- sino porque querían ganar la paz y que el País la disfrutara y la exigiera, tanto a las guerrillas amenazantes como a los gobiernos claudicantes e impotentes. Decir, como se escucha en algunos pasillos de la Casa de Nariño, que fue la política de seguridad democrática la que derrotó a las autodefensas y las sometió a la Justicia eso no solo es una grotesca mentira y una mistificación gigantesca sino además, lo que resulta más peligroso, especialmente en las actuales circunstancias de rearme y generalización de una delincuencia anárquica, una subestimación del sentimiento popular y sus necesidades sociales, y una inconsciencia mayor, una actitud acomodaticia y frívola por parte de los funcionarios del Gobierno, autistas frente a la realidad y la experiencia fáctica, que no puede sino tener consecuencias graves para la salud del País. No hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver.


La Seguridad Democrática, sigue siendo un anhelo popular y también una necesidad nacional y regional, pero si no se le quiere fallar a los colombianos y colombianas, no nos digamos mentiras, ni se las digamos al País. Reconozcamos también con humildad y sin politiquería, que a tres años de 2010, y a cinco de 2002, el futuro ya no pinta de halagüeño como pintaba prometedor el 7 de agosto de 2002. Y no solo por aquello que decían nuestros abuelos acerca de que ‘todo tiempo pasado fue mejor’, sino por aquella ‘ley de Murphy’ que nos pone sobreaviso de que ‘no hay situación, por mala que resulte, que no sea susceptible de empeorar’. Incluso, la actual colombiana.


Que el que no hace los goles, los ve hacer, y al camarón que se duerme se lo lleva la corriente, aunque se trate del mismísimo Uribe, con todo respeto y admiración.

Así la veo yo.
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