julio 11, 2007

Las Autodefensas y la gran responsabilidad de sus miembros representantes



Quebrar la inercia carcelaria y hacer valer su conciencia política


SÍ-SE-PUEDE (9)


Por Juan Rubbini
www.lapazencolombia.blogspot.com
juanrubbini@hotmail.com





Las Autodefensas, ahora que han vuelto a tener vigentes, por resolución presidencial, a sus miembros representantes, deben esmerarse por concretar en la mesa su poder de definir, con el Gobierno, la agenda donde transite la ‘hoja de ruta’ de la anhelada reincorporación a la vida civil y política con plenos derechos. En esto, nada más y nada menos, consiste el poder político que les concede la negociación con el Gobierno en esta etapa del proceso. No ejercerlo por parte de las Autodefensas, y sobre todo no ejercerlo de cara al país, demora las soluciones de seguridad y reinstitucionalización del Estado en las zonas que fueron de su influencia, y favorece el empoderamiento ilegal allí de todo tipo de delincuencias que no solo afectan la política de seguridad democrática de este gobierno sino que atentan contra el estado de las cosas que recibirá como pesada herencia –particularmente en las regiones alejadas de Bogotá- quien asuma la presidencia en 2010.



Urge evidenciar, ante los fiscales y las víctimas, la dimensión humana de la histórica desmovilización de las autodefensas, así como mostrar el rostro humanista y reparador de la presentación ante los tribunales de Justicia y Paz. Urge, de parte de las Autodefensas, agotar todos los esfuerzos que sean necesarios para colaborar en los procesos y organizar y agilizar sus trámites. Lo agradecerán eternamente las víctimas y lo reconocerá el país. Lo contrario no solo no conviene a la reconciliación sino que enrarece la seguridad jurídica de los procesos de paz con las autodefensas y las guerrillas. Es este proceso el que marcará el alcance, la profundidad y la credibilidad de los que sigan. Los que todavía creen que será a la inversa, no solo se equivocan en lo que les toca sino que tampoco aciertan en lo que espera a las guerrillas desmovilizadas en el futuro. Los procesos serán cada vez más duros y las penas alternativas menos benignas.



No se trata de aminorar la marcha sino de redoblarla y pasar cuanto antes por el estrecho desfiladero. Y esto es válido para las Autodefensas y también para las guerrillas. Por eso, la condición de miembros representantes revitalizada por la contraparte presidencial no solo constituye la prueba reina que todos esperábamos acerca de que el proceso no está terminado, ni se agota en lo judicial, sino que, por el contrario es el comienzo de un arduo camino hacia el reconocimiento político pleno que no se puede minimizar ni soslayar.



Y que tampoco puede considerarse ya un asunto entre este Gobierno y las Autodefensas, sino que ahora sí, más que nunca antes, ha de verse como un asunto entre las Autodefensas desmovilizadas y el Estado colombiano, presidido el Gobierno hoy por Uribe pero a partir de 2010 por el ciudadano, o la ciudadana, que lo suceda. Esto hay que tenerlo en cuenta, porque finalmente la seguridad jurídica del entero proceso de paz con las Autodefensas descansará en la naturaleza de los Acuerdos finales que se vayan a firmar y su aceptación social y política, no por parte de un Gobierno sino del Estado, no por parte de una parcialidad política sino de la entera sociedad y sus organizaciones. Solo entonces, con estos requisitos cumplidos, la Comunidad internacional le dará al proceso con las Autodefensas credibilidad suficiente, y la Corte Penal Internacional estará satisfecha. Así las cosas no es poca la responsabilidad que asumen los miembros representantes de las Autodefensas ante la Historia de Colombia y su propia reivindicación social y política.



Mientras Gustavo Petro le reclama al Polo por su escasa predisposición a tomar distancia de las FARC y sus crímenes de lesa humanidad, sus dirigentes siguen enredados confundiendo oposición con ‘antiuribismo’, control político con polarización, y así les va ante las perspectivas electorales de octubre, y así les fue el domingo en Bogotá donde María Emma cayó en medio del ‘fuego amigo’ y Samuel Moreno ganó a lo Pirro. Esta vez sí que ‘ganar Samuel fue perder no poco, sino mucho’ para el Polo.



Otros que siguen sin hallar el rumbo son los liberales oficialistas que, a falta de liderazgo en su partido, comienzan a coquetearle, unos a Germán Vargas Lleras y otros a Juan Manuel Santos. Ante tamaña confusión ideológica Lucho Garzón bien podría estar reflexionando que más vale ‘cambio radical’ en mano –o mejor dicho, a la mano- que seguir apostando – a partir de enero desde el llano y sin las llaves de Bogotá- a la cada vez más lejana unidad de la izquierda, o a la etérea sintonía del Polo con la izquierda liberal.



El ‘uribismo’ ha comenzado a sentir –prematuramente- los efectos del sol en sus espaldas –han pasado 5 sobre 8 años en el poder- y nada que aparece el Uribe fundador y artesano del ‘movimiento uribista’. Uribe dejará sobre los hombros de la gente su herencia política y se retirará en 2010 como lo hacen todos los presidentes, con un canto a la bandera y un parte de victoria sobre una victoria inexistente. Suena escéptico lo que estoy escribiendo pero no veo por dónde le queden a Uribe más conejos en su galera, ni más campañas presidenciales que conducir.



No creo equivocarme si me aventuro a predecir que iremos ingresando mes a mes en un terreno cada vez más escabroso donde la gobernabilidad de Uribe dependerá crecientemente de la mano que le tienda quien comience a ser visualizado por la opinión como el próximo presidente de Colombia. Si esa mano no aparece pronto, si no se tiende hacia Uribe o si, por el contrario, se le niega y empuña altiva con crispación, viviremos tiempos difíciles, donde pagaremos un alto precio los ciudadanos por no haber contado, en la era del 'uribismo', con un presidente ni con una clase dirigente -no solamente política- que alentase y concretase el Gran Acuerdo Nacional.



¿Cómo se puede aminorar los riesgos enunciados? Alentando el espíritu de concordia y convocando al consenso sobre lo fundamental. Si las marchas de la semana pasada no son capitalizadas por la unión de los colombianos lo serán por quienes alientan la lucha de clases y la desunión nacional. En esto el presidente y su gobierno tienen la palabra, y esa palabra no puede significar más de lo mismo, ni se pueden seguir estimulando desde el poder los discursos guerreristas. No se trata de ganar la guerra sino de acabarla, no se trata de imponerle la ley a los que están por fuera de ella, sino de que se revisen todas las leyes –comenzando por la Constitución- para descubrir por donde se nos cuelan la violencia, la pobreza y todas las desgracias endémicas –incluido el narcotráfico- que nos tienen como nos tienen.



Los pueblos no delinquen, ni se vuelven terroristas, si no existen condiciones sociales y culturales que promueven el irrespeto de las leyes y de las autoridades. Los pueblos no se suicidan, ni se vuelven asesinos de sus hermanos, si no prevalecen condiciones materiales y espirituales que descomponen sus criterios y comportamientos. No se trata de negar la existencia de un conflicto armado y social porque precisamente esa negación es parte del problema. No se trata tampoco de alentar el terrorismo de los civiles armados ni del Estado falto de soluciones, se trata de no ser ciegos ante la realidad social ni sordos ante los reclamos populares.



Si este Gobierno no quiere solidarizarse en los hechos con las víctimas y los dolientes de la tragedia nacional, nada impide que los ciudadanos se unan y se organicen por encima de sus diferencias políticas o de cualquier tipo para exigirle a quienes aspiran a gobernarnos que asuman ante la realidad de los hechos, no una posición oficialista u opositora, sino una posición colombiana de no más a la guerra, de no más terrorismo de ninguna naturaleza.



Sobre este frente hay tres situaciones que urge volver una prioridad nacional de los ciudadanos y de la democracia, los tres tienen que ver que con dolores muy hondos y lacerantes de la sociedad. Ninguna de estas tres situaciones, por su gravedad, puede quedar retenida bajo el fuego dialéctico cruzado de uribistas y antiuribistas.




Estas tres situaciones son:

1. Acuerdo humanitario para liberar a todos los secuestrados.

2. Hoja de ruta que convierta en un activo nacional el proceso con las Autodefensas.

3. Acompañamiento nacional que haga irreversible el proceso con el ELN.




Estas tres prioridades son apenas el comienzo del post-conflicto, pero son tareas necesarias no suficientes. Las demoras en que estamos incurriendo como sociedad son demoras excesivamente caras en términos de víctimas. Nos hemos perdido en laberintos cenagosos y tormentosos por hacer de esto una cuestión entre buenos y malos, entre ángeles y demonios. El precio que hemos pagado es que al cabo de cincuenta años de conflictos entre hermanos –verdaderas mini guerras civiles que no queremos reconocer como guerras- todos somos hoy más demonios que ángeles, y si algo nos queda de ángeles no podemos sino volcarlo en beneficio de las víctimas, para reparar las pasadas y evitar las próximas.



Si Uribe quiere quedar estigmatizado en la Historia como quien pudo pero no quiso acabar con las guerras en Colombia, nada condena a los colombianos a que no sean la misma sociedad y sus actores quienes tomen el toro por sus cachos. Sobran antecedentes valiosos y heroicos en esta materia. La paz de los colombianos no puede quedar en manos de una campaña electoral o del humor de tal o cual presidente.



Volviendo a los tres puntos arriba enunciados y reconsiderando la gestión que Juan Manuel Santos realizara en tiempos de Samper presidente, ¿no será que ha llegado el momento de volver a poner el asunto de la paz y la Constituyente por la reconciliación en la agenda nacional?



Bien podrían los líderes presos en Itagüí sumarse al clamor nacional y de paso, reintegrarse al seno de las luchas por la paz que los llevó a desmovilizarse impulsando en su ‘hoja de ruta’ con el Gobierno este triple enunciado mencionado más arriba.



No me suena imposible que las Autodefensas, el ELN y las FARC acepten la mediación de algún honorable ciudadano, o grupo de notables ciudadanos, tendiente a abrir los caminos que hagan posible construir entre los mismos actores no estatales del conflicto los primeros bocetos de la anhelada paz y reconciliación.



No se trata de quien tenga o no el monopolio de hacer la paz, sino de quiénes estén dispuestos a ponerse a andar en pos de construirla.



Que las leyes se hacen y se deshacen, porque son papeles, y los hombres y las mujeres toman en sus manos sus destinos para no sucumbir en manos de sus verdugos, ni de los Poncio Pilatos de turno.


Así la veo yo.


Los artículos que componen la serie completa –iniciada en marzo de 2005- conformada por “Así la veo yo”, “Esencias y Matices”, “Chamuyo” Y “SÍ-SE-PUEDE”, están disponibles para su acceso y lectura en:

www.lapazencolombia.blogspot.com y en la sección La Brújula de www.salvatoremancuso.com