noviembre 12, 2009

144. Definitiva internacionalización del irresuelto conflicto colombiano




Chávez y Uribe apelan a la guerra para neutralizar sus oposiciones internas

Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
www.lapazencolombia.blogspot.com


"Schultz alertó en particular sobre el cáncer de Nicaragua, pregonando: "Tenemos que cercenarlo". Y no con medidas suaves: "Los acuerdos son un eufemismo de la capitulación si la sombra del poder no se cierne sobre la mesa de negociaciones", proclamaba Schultz, condenando a quienes defendían "medios utópicos, legalistas, como la mediación externa, las Naciones Unidas y la Corte Mundial, e ignorando el elemento de poder de la ecuación* (* George Schultz, Departamento de Estado, Current Policy, núm. 820)


Noam Chomsky, Hegemonía o supervivencia, El dominio mundial de EEUU



La firma de los acuerdos sobre la renovada presencia de inteligencia, aviones y recursos logísticos de EEUU en bases militares colombianas se suma al escenario internacional que rememora entre Colombia y Venezuela la crisis de los misiles rusos en la Cuba de los ‘60 que nos puso al borde de la crisis nuclear y un fatídico desenlace. Ayer la guerra fría, hoy la guerra al terrorismo y el narcotráfico, abonan el terreno de la lucha sin cuartel entre unipolares y multipolares, entre hegemónicos y revolucionarios, cuyas ondas mundiales expansivas abarcan de Turquía hasta Corea, desde Irán al cuerno oriental de África, sin dejar ya rincón del globo sin inquietar. Si queremos comprender el mundo en gestación y la previsible evolución del conflicto en Colombia cada día es más imprescindible adentrarse en los vericuetos de la historia mundial del siglo XX y mantenerse al día sobre qué está sucediendo particularmente en Asia y África, y cómo juegan sus cartas europeos y norteamericanos, halcones y palomas, fundamentalistas y nacionalistas, demócratas y autoritarios, en el mundo entero.

Colombia y Venezuela ingresan así del brazo mesiánico de Chávez y Uribe al umbral de la catástrofe, con el apoyo –explícito e implícito- de FARC y narcotráfico, y la manifiesta impotencia de las democráticas oposiciones venezolana y colombiana, el blanco apetecido por el delirio gobernante. Esto pone a prueba a ambas democracias y a ciudadanías que en ambos países descubren azorados que estamos asentados sobre polvorines prontos a estallar si no se hace entrar en razones y se le ponen límites y contrapesos a unos y otros que ávidos de seguir acumulando poder no dudan en desnaturalizar la democracia, promover el armamentismo y escalar los conflictos.

La frontera colombo-venezolana ingresa con el ‘factor bases’, las guerrillas colombianas y los ‘paramilitarismos cruzados’ a las grandes ligas de la geopolítica mundial y no se advierte en las dirigencias políticas de Bogotá y Caracas –ni oficialistas ni opositoras- nada que permita ser optimistas en el corto plazo, ante la inmediatez de los hechos que se suceden y que ya han llegado al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

La internacionalización del conflicto armado colombiano –que debió haberse evitado cuando aún era tiempo con políticas de estado consensuadas, negociaciones de paz suficientemente blindadas contra la impaciencia y facilitación internacional de máximo nivel- asoma a su nueva fase post Marulanda-Reyes de modo sombrío e inquietante tras la concatenación en el ánimo colectivo de los fracasos sucesivos y estrepitosos del Caguán y de Ralito (entre 1999 y 2006) en coincidencia con el despegue irreversible de la vocación revolucionaria de Chávez, las consecuencias mundiales del S11, la ultra derechización de Uribe y la globalización endémica del narcotráfico y sus capitales asociados vertical y horizontalmente.

Los estériles procesos de paz con guerrillas y autodefensas fueron presa de múltiples intereses y poderes oscuros inclinados hacia la concentración de la propiedad y el poder, la guerra como alienación y criminalización de la protesta, la exclusión social y marginación política no hallando en los gobiernos Pastrana y Uribe suficiente fortaleza de voluntad ni pulso firme de presidentes a la altura de sus responsabilidades con la paz, la reconciliación y la justicia social.

Las negociaciones de paz no eran imposibles –tampoco lo serían hoy- pero requerían por parte del Gobierno colombiano una amplitud de miras y un carácter ponderado y mesurado de estadistas y visionarios, una cuota de recursos y sacrificio personal y político involucrado, una determinación hacia la integración nacional y regional que ninguno de los dos presidentes puso en evidencia y mucho menos en juego. No se niegan ni desmerecen los avances habidos pero ni Pastrana ni Uribe han dado la talla en relación a los problemas heredados y esto seguramente tiene más que ver con la magnitud de lo que faltó por hacer que lo hecho con bienintencionado esfuerzo hasta aquí.

Esto sea dicho para que no se insista en poner desproporcionadas y evasivas culpas en quienes en esto menos responsabilidad sobre el fracaso han tenido, trátense de FARC, ELN o AUC. Errores graves -¿quién podría ponerlo en duda? cometieron guerrillas y autodefensas, pero quienes tuvieron el poder de encauzar las negociaciones y salvar los procesos fueron los gobiernos, quienes finalmente son los que tienen la sartén por el mango.

Esto no es para cargar las tintas sobre los presidentes sino para abandonar el lugar común de estigmatizar a los actores armados ilegales echando mano del sinfín de recursos retóricos, mediáticos y de instrumentación propagandística que tienen convencido a medio país que la guerra es el único remedio porque los subversivos y los sediciosos son moralmente irrecuperables y no tienen otro destino que ser perseguidos, encarcelados o dados de baja.

Nadie discute que a los delincuentes hay que someterlos a la Ley, tampoco que los delitos deben ser castigados. No se trata de que el Estado no defienda a los ciudadanos, ni que las fuerzas de seguridad no brinden seguridad. Sin embargo, para toda política de contención y represión no solo deben existir límites infranqueables previstos en la Ley, sino también necesaria complementación de políticas de prevención y persuasión. Llámense amenazas terroristas o guerrillas revolucionarias, autodefensas ilegales o bandas emergentes, Colombia no puede darse el lujo de prescindir de canales de diálogo y comunicación con los ilegales alzados en armas que desafían el orden constitucional, las fuerzas del orden y la libertad de los ciudadanos.

No se trata de legitimar el crimen, ni de cohonestar con los delincuentes –políticos o no políticos- sino de respetar toda dignidad humana, todo derecho humano, también, y con plena convicción, el de aquellos que han decidido ponerse al margen de la ley –incluso en contra de la ley- por razones que deben ser escuchadas, valoradas y atendidas sin prejuicios con infinita paciencia. Precisamente, porque urge atraer hacia la legalidad, la civilidad, la sana convivencia a decenas de miles de colombianos y colombianas que no por delincuentes –organizados o no- han perdido su condición humana, su derecho a manifestarse, ser escuchados y reincorporados a la sociedad.

El gobierno Uribe debe tomar en estos meses finales de su segundo mandato iniciativas audaces que evidencien que siete años de presidencia no han transcurrido en vano y que su legado al sucesor –o incluso su eventual continuidad- irán acompañados de una sana autocrítica sobre aquellos aspectos que aún no habiendo constituido su norte representan el sentimiento y voluntad de otros grupos diferentes al oficialismo uribista. Entre estos quiero mencionar aquí apenas tres temáticas sensibles interrelacionadas: 1) el caso de los secuestrados; 2) la solución política del conflicto armado; 3) la buena relación con los países vecinos.

Conocemos las razones que esgrime el Gobierno para actuar en estos frentes como lo ha hecho. No se niega la validez de los fundamentos ni el derecho que avala las posiciones sostenidas. Sin embargo, considero éticamente imprescindible y políticamente deseable que el presidente Uribe le dedique estos meses hasta mayo de 2010 a escuchar y atender razones que mantienen quienes difieren del Gobierno en estas cuestiones. Con el propósito de llegar al 7 de agosto de 2010 con un inventario consistente y representativo del pensamiento nacional acerca de qué hacer en el próximo cuatrienio para deshacer desde el Gobierno, el Congreso y la Justicia el nudo gordiano de la tragedia colombiana de los últimos sesenta años.

Nudo gordiano sobre el cual confluyen y se entrelazan los siguientes factores de desencuentro nacional:

1) la violencia como metodología de acción política;

2) la solución política negociada como alternativa a la solución militar y policiva;

3) la libertad inmediata y sin riesgos de todos los secuestrados;

4) la participación activa de los desmovilizados en la construcción de paz y
reconciliación, y su rol en el posconflicto;

5) la participación facilitadora de los gobiernos vecinos en la construcción de confianza entre los actores armados ilegales, el Gobierno colombiano y la Comunidad internacional;

6) el gran acuerdo nacional sobre Paz y Reconciliación;

7) la reparación integral de las víctimas;

8) la participación de los poderes del Estado en el diseño y garantías plenas de validación de los acuerdos y su verificación y cumplimiento;

9) las fórmulas pacíficas y negociadas de desactivación del narcotráfico y desmonte de los cultivos ilícitos;

10) la comisión de la verdad y nunca más en consonancia con estándares internacionales de justicia y derecho de Colombia a la Paz y Reconciliación.


Ni la solución política es por sí sola la panacea, ni la solución militar un remedio infalible. No hay derecho que pueda elevar la guerra al altar de las causas justas, ni causa justa que pueda reivindicar la guerra como camino principal. No toda solución política es buena pero tampoco la guerra puede darse el lujo de no ser acompañada en todo momento y con la misma acuciosidad por una política activa y prioritaria de paz.

La internacionalización del conflicto armado colombiano tiene todos los ingredientes –si prospera en el rumbo que va- de convertirse en el caballo de Troya que introduzca en Colombia las armas de destrucción masiva y tarde o temprano el riesgo nuclear. No se trata de etiquetar culpables ni de satanizar actores. Es tiempo de prevenir horrores inconmensurables desde la perspectiva de hoy y afianzar un clima continental de paz y progreso social. Clima que Colombia puede ayudar a vislumbrar a partir del modo en el que sepa resolver su conflicto interno devenido ya en internacional y cuyo derrame sobre los países vecinos y hermanos debe concitar el espíritu universal de paz.

Habitamos en América un rincón del mundo donde las experiencias, entre otras, de Guatemala, en tiempos de Arbenz, de Cuba y el Che, de Nicaragua y los sandinistas, con sus dilemas y enfrentamientos de liberación y hegemonía, involucraron vidas y sociedades sacrificadas en sus derechos y sus libertades, con menosprecio por la dignidad humana y desprecio por la justicia social. La historia de América Latina está jalonada de intervencionismo y demagogia, dictaduras sangrientas y aprendices de brujo, que mantienen relegados a nuestros pueblos en sus aspiraciones legítimas y pisoteadas, largamente postergadas por padecimientos y opresiones cuya injusticia clama al cielo.

No se trata de seguir echando leña al fuego ni de incendiar el territorio y enceguecer las mentes con fanatismos y caza de brujas. Es por esto que ni desde la izquierda ni desde la derecha, ni desde los privilegios ni desde las reivindicaciones, ni desde la economía ni desde la política se puede seguir azuzando la lucha de clases ni defendiendo el capitalismo salvaje, ni apelar a los caudillismos y los fanatismos, los sectarismos y las vanguardias iluminadas y proféticas de la violencia, ni los retardatarios que están dispuestos a todo con tal de conservar sus privilegios.

El próximo presidente de Colombia ha de serlo para la paz, no para la guerra, para la integración continental no para el aislamiento internacional, para un nuevo pacto de amistad y relanzamiento de las relaciones con el gobierno y el pueblo de los Estados Unidos, para que América consolide su unidad de Norte a Sur, de Este a Oeste, sin imperialismo ni hegemonía, con respeto por lo propio y también y sobre todo por el derecho a pensar distinto, por el derecho a buscar los propios destinos sin paternalismos ni imposiciones, sin violencia y sin chantajes.


Así la veo yo.


Los 144 artículos que componen la serie publicada –iniciada en de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en
www.lapazencolombia.blogspot.com

También encontrarán allí los artículos de la serie PARADERO 2010 iniciada en diciembre de 2008.

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