febrero 12, 2010

150. ¡¡¡NO a la reelección… del conflicto armado!!!, que ha demostrado ser más terco y persistente que el propio Presidente Uribe

ASÍ LA VEO YO - Año 6

El diálogo de paz que impulsan Iglesia Católica y Sociedad Civil merece todo el apoyo y gratitud ciudadanos
Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
http://www.lapazencolombia.blogspot.com/



Colombia entera es víctima de un “Estado de cosas”. Es ante este “Estado de cosas” que la rebelión ciudadana no solo se justifica sino que resulta un compromiso ético, incluso religioso, de inevitables consecuencias políticas. Bienvenida entonces la Iglesia Católica y sus pastores, también la ‘sociedad civil y sus representantes’, también todos los actores legales e ilegales del conflicto armado, sin exclusión, que como hombres y mujeres de buena voluntad estén dispuestos a comprometerse en construir un País sin más víctimas, sin más victimarios. Medellín y Montería no son casos aislados –mucho menos “manzanas podridas”- son lo suficientemente emblemáticas y fecundas como para convertirse en símbolos y ejemplos de un País Distinto, de un País Renovado, donde todos tengamos una segunda oportunidad en la vida y la primera ocasión de vivir auténticamente en Paz.

No cabe la menor duda acerca de que los acercamientos de la sociedad civil y la Iglesia Católica a las ‘bandas emergentes’ tienen la bendición del Presidente Uribe. Tampoco es menos cierto que el Gobierno no considera que hoy resulte ‘políticamente correcto’ bajarse de su discurso oficial –en boca del general Naranjo, de Frank Pearl y del mismo Uribe- por lo cual entre lo que se dice y lo que se hace resulta inevitable la esquizofrenia como consecuencia de que no es humanamente posible querer y no querer la misma cosa y al mismo tiempo. Por esto –en beneficio del análisis- cabe ahondar en la contradicción y no quedarse sobre la superficie de los acontecimientos.

El Presidente Uribe sabe que el conflicto armado colombiano no se resolverá finalmente sino a través de la solución política. También sabe que a tal solución política no se ha de llegar sino con actores del conflicto que realmente tengan en sus manos la posibilidad de cumplir lo pactado. Pero esto es solo la primera condición del éxito, y como tal tan necesaria como insuficiente. A la posibilidad hay que sumarle la decisión de convertir tal posibilidad en realidad. En pocas palabras, no basta tener el poder sino que hay que sumarle la decisión de utilizar tal poder para la solución política, y no tal poder para mejorar la ubicación relativa del propio actor en el marco del conflicto armado. Desde los ochenta para acá ni estuvieron en la Mesa todos los que eran sino que tampoco los que estaban, lo estaban decididos a solucionar políticamente el conflicto armado. Tanto las guerrillas como los Gobiernos utilizaron la Mesa para regresar al conflicto con más argumentos a su favor de porqué Colombia no estaba aún madura para la Paz. Ha habido excepciones, pero tan escasas en proporción a la magnitud de los actores involucrados, que cabe entonces aquí aquello de que una golondrina no hace verano, y que las excepciones confirman la regla.

A lo anterior cabe agregar que los actores del conflicto armado se han multiplicado con los años, y hoy resulta que a FARC y ELN y otras guerrillas menores hay que sumarle autodefensas desmovilizadas y rearmadas, desmovilizados de la guerrilla, bandas emergentes y mutantes, y last but not least, narcos and co. Dicho así no faltan en Colombia quienes se escandalizan, se rasgan las vestiduras, se toman la cabeza, y patean el hipotético tablero. Y el problema ahí, degradándose y extendiéndose a la vista de todos los que no se niegan a verlo. Está claro que la sociedad civil, la Iglesia Católica y el mismísimo Presidente Uribe ven lo que todos vemos, aunque no siempre estén dispuestos a sintonizar lo que ven y lo que dicen en un mismo discurso. Por esto celebro que ni la sociedad civil ni la Iglesia Católica se hayan bajado de su iniciativa de diálogo con las ‘bandas emergentes’ y en esto hayan coincidido con el guiño del Presidente y no con su discurso ‘políticamente correcto’, tan correcto como inconducente, tan retórico como desacertado a la hora de avanzar hacia la solución del conflicto armado, solución que un político de armas tomar como el Presidente está en condiciones de intuir –aunque contradiga su discurso actual- que ha de ser una solución política.

Pero si el Gobierno tiene sus dificultades para unificar práctica y discurso, ni entremos en la cantidad de dificultades que tienen al respecto los Congresos y los poderes Judiciales, las maquinarias mediáticas, y los mismos actores ilegales en sus diferentes vertientes y clasificaciones. Sin embargo, la magnitud del problema, no nos inhibe como ciudadanos de proponer y activar soluciones, sino todo lo contrario, transforman lo que en otras condiciones y latitudes serían apenas un devaneo intelectual en una exigencia política y humanitaria, social y económica, tan demandante como urgente.

Las guerrillas colombianas hunden sus raíces en la historia de Colombia y son más producto de esa propia historia que consecuencias de realidades externas al País. Es innegable que el contexto de la Guerra Fría y los ecos de la Revolución Cubana incidieron en la evolución de FARC, ELN, etc., pero nunca tanto como el Frente Nacional y la cuestión agraria. Del mismo modo la financiación vía narcotráfico, que hizo crecer desmesuradamente a guerrillas y autodefensas, tampoco explica en su esencia la realidad de dos fenómenos que tienen más que ver con las falencias del Estado en materia de justicia e igualdad, así como de seguridad y desarrollo, que por el ánimo de lucro que se desborda y permea la sociedad como consecuencia de la ilegalización de la droga y su consecuente criminalización. Decir que FARC y ELN son ‘narcoterroristas’ es un adjetivo insultante que no puede ser aceptado realmente como sustantivo sin falsear la historia y el presente de Colombia. Lo mismo cabe decir de las autodefensas desmovilizadas cuyo proceso de paz ha quedado suspendido, trunco, en vía muerta, por haberse anticipado históricamente a guerrillas, narcos y al propio Estado en cuanto a que la solución del conflicto armado colombiano será política o no será nada.

Pensar en una Mesa con solo dos actores – Gobierno y autodefensas- o Gobierno y FARC, no resuelve lo esencial ni se ajusta a la realidad de estos tiempos, pero vale como primer paso. En este sentido, Santa Fe Ralito es un buen inicio, no tanto por sus resultados sino porque es premonitorio, anticipa los tiempos que vendrán, que no podrán sino ser de negociación política. No solo Santa Fe Ralito está llamado a tener continuidad –con Uribe o sin Uribe- sino que deberá confluir más temprano que tarde con otras Mesas de Paz, donde no solo deberán estar FARC y ELN sino todos aquellos factores de violencia política y narcotráfico cuya interacción produce lo que produce: víctimas, desolación y muerte, sea por ambición política o por ánimo de lucro, que finalmente son paralelas que a diferencia de las geométricas en la sociedad se unen, se imbrican, se vuelven una sola cosa, el monstruo de mil cabezas que todos conocemos y padecemos, y que de continuar como vamos terminará por hacer inviable a Colombia.


Así la veo yo.


Los 150 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

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