febrero 18, 2010

151. La extradición y el sentido común de los gobernados

ASÍ LA VEO YO - Año 6

¿Serán ‘los Cano’ y ‘los Mancuso’ quienes abran caminos de paz y reconciliación?
Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
www.lapazencolombia.blogspot.com

La extradición de ciudadanos colombianos a los Estados Unidos por asuntos de narcotráfico es uno de esos temas a los que puede aplicarse aquello de ¿para qué volverlos simples si se pueden complicar hasta el infinito? Algún día se sabrá quiénes están y han estado detrás de estas complejidades con las cuales tropiezan una y otra vez las relaciones diplomáticas entre Colombia y los Estados Unidos. Admitiendo que la cuestión podría simplificarse –en aras de la cooperación internacional- cabe dirigir la mirada hacia algunas aristas del problema que vuelven el asunto más complejo de lo que debería ser.

Se ha dicho que el sentido común es el menos común de los sentidos. Lo que cabe preguntarse es si esto sucede por casualidad, por obra de la naturaleza humana o tal vez porque los gobernantes suelen tener un sexto sentido que se contrapone –por razones de Estado- con el sentido común de los gobernados. Los que suelen ser –estos últimos- teledirigidos hacia intereses que son precisamente los contrarios a aquellos que brotan espontáneos en la población. Cuando la colisión entre los intereses de aquellos que gobiernan y aquellos que son gobernados se vuelve un peligro para el ‘Estado de cosas’ reinante no faltan quienes se rasgan las vestiduras, se dan golpes en el pecho y apelan, con más o menos rigurosidad intelectual a lo ‘políticamente correcto’ que viene a ser la tabla de salvación que el estatus quo utiliza en contra del sentido común de los gobernados. En fin, se ha dicho que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos y no escribo esta columna para menoscabo de ella, ni más faltaba.

El narcotráfico existe como lucrativo negocio capitalista porque hay un mercado de demanda y otro de oferta. Esto bien podría ser tratado como una cuestión de salud pública. Y al involucrar una gran cantidad de países resulta imprescindible ir al grano, definir reglas de juego y facilitar que oferta y demanda fluyan como una actividad productiva y comercial corriente pagando sus impuestos, satisfaciendo estándares de calidad y exigiendo desde la siembra hasta los laboratorios y cadenas de comercialización la más pulcra, organizada y juiciosa dirección y administración de los negocios. Los antecedentes que existen –y también son patrimonio de la humanidad- en los mercados del tabaco y el alcohol, de los juegos de azar e incluso de la prostitución tienen que ser puestos al servicio del narcotráfico, entendiendo éste como realmente debe ser –y nada debiera impedir que lo sea- es decir, como una actividad económica de producción y comercialización de un bien transable, dentro de las normas vigentes, nacional e internacionalmente aceptadas. El ‘bloque de constitucionalidad’ estaría alerta y vigente para evitar distorsiones allí donde se produzcan hechos que ameriten el control. Hasta acá, puro sentido común. Sentido común que no se requiere ser utópico, ni clarividente, para saber que acabará erosionando el ‘Estado de cosas’ actual y su retórica propagandística, rociada de falacias ‘políticamente correctas’.

El conflicto armado –narcotráfico incluido- es un producto histórico que lleva la impronta de su propio e intransferible ‘made in Colombia’. Por citar solo dos ejemplos, un ‘Cano’ y un Mancuso, son tan colombianos como el café, y a su modo cada quien encarna un ‘Juan Valdez’ con sus argumentos y sus razones, que han hecho conocer al mundo dos puntos de vista, dos posiciones, que tienen mucho más que ver con las soluciones y los caminos que conducen a la paz que con lo avanzado por el Estado colombiano, atenazado en sus contradicciones y fatalidades que defendiendo lo indefendible ha llegado –con Uribe- al colmo del desatino en esta materia: ¿qué más alejado de cualquier sentido común que negar la existencia misma del conflicto armado? Se comenzó negando la existencia de causas objetivas que explican el conflicto armado y se llegó al extremo de negar el mismísimo efecto: víctimas, armamentismo, militarización. Esto es peor que la misma guerra, porque significa que la solución política producto de la negociación entre los actores del conflicto es negada por uno de los causantes del conflicto, precisamente aquel que tiene de su parte el poder que le han otorgado los ciudadanos para que resuelva los problemas más serios que padecen las comunidades, victimizadas, estigmatizadas y carne de cañón del conflicto armado que el Gobierno niega. Tremendo error que explica porqué el Gobierno extraditó la verdad de los jefes paramilitares cuando esa verdad comenzó a echar luces sobre lo que el sentido común percibe con sus sentidos y que el Gobierno actual niega con sus palabras. Y es que esa verdad que ha sido silenciada, apartada, estigmatizada, no solo hace evidente lo percibido sino que sube el curso del agua río arriba hasta sus causas más profundas y sus poderes y poderosos más ocultos.

El narcotráfico, que tiene -en boca y cerebro de los ‘Cano’ y los Mancuso- todas las aristas y vericuetos que Colombia y Estados Unidos necesitan y merecen conocer en profundidad –simultáneamente y no a cuentagotas- ha sido utilizado como vana y fútil ‘coartada’ por quienes decidieron la extradición de los negociadores de paz de las Autodefensas intentando –espero que sin éxito- hacer ‘cómplice’ a los Estados Unidos y su sistema judicial del ocultamiento de la matriz del conflicto armado-narcotráfico que conocen hasta los tuétanos los ‘Cano’ y los Mancuso, empeñados en su momento en la loca carrera armamentista que la escalada del conflicto exigió –también al Estado colombiano. Esto es sentido común, que afortunadamente no se ha perdido en el pueblo colombiano, mal que le pese a quienes se han empeñado en negarlo y pisotearlo agitando banderas de guerra y exterminio.

La muy reciente disposición de la sala penal de la Corte Suprema de Justicia, negando la extradición de Edwar Cobos Téllez, reivindica para la entera sociedad colombiana y para el honor y lustre de las relaciones diplomáticas de Colombia y Estados Unidos, la posibilidad –apenas entreabierta y que urge transitar con toda la precaución del caso- de generar espacios de acercamiento entre ambas Justicias y el sentido común de los pueblos colombiano y norteamericano, con el propósito de avanzar conjuntamente hacia la solución política y judicial del conflicto armado, reconociendo sus causas y actuando civilizadamente sobre ellas, satisfaciendo a las víctimas pasadas y evitando se sigan produciendo víctimas, no ya en el afán válido pero insuficiente de humanizar el conflicto sino de acabarlo definitivamente.

Siguiéndole la pista de sus argumentos –y aprendiéndolos a escuchar con ecuanimidad- serán los ‘Cano’ y los Mancuso quienes abrirán el camino que lleve a la paz y la reconciliación. No se trata de generar un discurso unanimista –impropio de cualquier democracia- sino de abrir los grifos de la diversidad de opiniones e interpretaciones donde el ‘agua sucia’ de la catarsis brotará inicialmente de forma inevitable sin que haya ‘razón de Estado’ que pueda impedir que fluya luego el agua límpida y transparente, purificada y mansa, que sane tanta herida y proporcione alivio a tanta sed de justicia y paz.


Así la veo yo.

Los 151 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

1 comentario:

  1. Primero la Vida, primero la Paz... que así sea.

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