agosto 03, 2010

164. ¡Colombia está madura para la Paz!


ASÍ LA VEO YO - Año 6

Bienvenidos el mensaje de ‘Alfonso Cano’ y la respuesta de Angelino Garzón

El conflicto armado interno que, mutaciones mediante, siempre ha girado alrededor del asunto de la tierra, su propiedad, distribución, destino y productividad, será una de las herencias históricas que recibirá el presidente Santos. Él verá qué hace o qué no hace con la guerra interminable, su oportunidad de hacer la paz la tendrá, espero que no bote sus llaves al mar como sucedió con Pastrana ni las haga trizas como se vanagloria Uribe.

El Estado y los sucesivos Gobiernos tienen con Colombia y las víctimas deudas enormes, seguramente impagables en su totalidad –pero irrenunciables al fin-, porque ni las guerrillas ni los paramilitares se hubieran convertido a lo largo de cinco décadas en los actores del conflicto que han llegado a ser de no haber sido por la desidia, el maquiavelismo y la corrupción de tantas ‘manzanas podridas’ que parapetadas tras los oropeles oficiales jamás han cumplido con la verdad, la justicia y la reparación. Ni hicieron la paz ni la dejaron hacer.

Lo anterior no exime a los actores ilegales de sus muchas culpas y responsabilidades pero, a la hora de las inculpaciones y las condenas, el Estado y los Gobiernos no deben permanecer ajenos e intocables, como si no tuvieran arte y parte, y un prontuario escabroso y fétido sobre sus espaldas. Desde los tiempos de ‘La Violencia’ liberal y conservadora, las guerrillas liberales, la policía ‘chulavita’ y los ‘pájaros’ conservadores, pasando por la Guerra Fría y la Revolución Cubana, el Frente Nacional y las guerrillas comunistas, las primitivas autodefensas y la bonanza marimbera, el narcotráfico, el Cartel de Medellín y los comandos paramilitares del “Mexicano” Rodríguez Gacha, los hermanos Castaño, la combinación de formas de lucha, la guerrilla urbana del M 19, el holocausto del Palacio de Justicia y una larguísima lista de etcéteras, que incluye las ACCU y las AUC, los “Pepes” y el MAS, las narcoeconomías y los narcocultivos, el lavado de dinero, las fumigaciones y los secuestros… el Plan LASO (Latin American Security Operation) y el Plan Colombia, la Escuela de las Américas en Panamá, los vaivenes de la extradición, los jueces sin rostro, la ‘parapolítica’, el exterminio de la Unión Patriótica, las minas quiebrapatas, las motosierras y los encadenados de la selva, los ‘conejos’ a los procesos de paz, los niños de la guerra y Machuca y Bojayá con todo su horror. Y para coronar tanta desgracia los ‘falsos positivos’ y los espionajes a las Cortes y a los opositores políticos del Gobierno que se va, no al basurero de la Historia como dice Chávez, sino más bien al banquillo de los acusados donde no deben estar ausentes quienes desde el Gobierno de la seguridad democrática dilapidaron la oportunidad histórica de desmontar íntegramente los componentes armados, políticos y económicos del paramilitarismo y, traicionando los Acuerdos de Ralito, prefirieron reciclar a sus anchas el fenómeno paramilitar con las 'Bacrim' que no son sino la cruda manifestación que la paz de Colombia y el fin de todo paramilitarismo siempre fue ajeno a las intenciones del presidente Uribe. Se va el Gobierno que tuvo el descaro de negar la existencia del conflicto armado, de negar contra toda evidencia sus causas y razones, negándonos a los colombianos –durante largos ocho años- proseguir la fatigosa senda que hubiese hecho realidad la libertad de todos los secuestrados y el comienzo concertado del acordado fin del conflicto armado.

El gran error histórico de Uribe presidente ha sido desaprovechar sus victorias militares y desdeñar la preparación del terreno de las negociaciones y la solución política. La guerra por la guerra misma –y la obsesión por ver rendidos a sus pies a los enemigos- no es ninguna solución, sino para quienes se lucran de la guerra, que aquí y ahora, equivale a decir quienes se lucran del narcotráfico y sus eslabones. Plantear guerras imposibles de ganar es tan solo la coartada para no tener que admitir que lo que se propone es la perpetuación del conflicto, para sacar ventajas políticas o económicas, o ambas, y montarse sobre él con inconfesables propósitos, construidos sobre víctimas, víctimas y más víctimas.

En los recientes días desde rincones disímiles y hasta hoy enfrentados se han dado pasos y expresiones hacia la urgencia e importancia de hacer del próximo Gobierno, el Gobierno de la Paz de Colombia. Llamativas, reposadas y conducentes las palabras de Angelino Garzón, esperanzadas y convocantes las manifestaciones de la Iglesia Colombiana, propositivo y mesurado el mensaje de ‘Alfonso Cano’, novedoso, preciso y oportuno el intercambio epistolar entre ocho desmovilizados ex jefes paramilitares y el representante Iván Cepeda y el ex candidato presidencial Gustavo Petro. Y, sobre el mismo surco, semillas de paz, de no pocos columnistas que desde distintas vertientes ideológicas ponen su acento sobre la necesidad de abrir caminos de diálogo que comiencen a delinear el comienzo del fin de la crisis humanitaria que asola a Colombia hace tantos años.

Tratándose del conflicto armado interno más duradero y complejo de América Latina, donde la globalización del narcotráfico y la comercialización mundial de armas y precursores químicos, y la demanda generalizada y universal de cocaína y heroína, principalmente, influye en la política criminal y la Justicia de los países más poderosos del planeta, no cabe sino reclamar en la solución negociada y pacífica de la guerra colombiana la participación de la Comunidad Internacional, particularmente el acompañamiento discreto pero efectivo de los EEUU, la Unión Europea, UNASUR, la Corte Penal Internacional y las Naciones Unidas, así como la facilitación de la Santa Madre Iglesia y Organizaciones No Gubernamentales. Me atrevo a decir que tomar el ‘toro por los cachos’ de la solución definitiva del conflicto armado interno colombiano implicará un esfuerzo colosal que pondrá a prueba la solidez ética, diplomática y política no solo del Estado, el Gobierno y los actores ilegales, sino que está llamado a constituir el caso más relevante de pacificación concertada y reconciliación nacional que pudiera haberse dado en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Por esto y muchas cosas más que exceden los límites de esta columna, y que iremos desgranando en los próximos escritos, no cabe sino augurar y augurarnos que el doctor Juan Manuel Santos afronte el reto de ser el Presidente de la Paz de Colombia con la dedicación y sensibilidad, la atención y el espíritu que requiere la epopeya de reconciliación que honrará su Gobierno y su Memoria más que cualquier guerra ganada, más que cualquier sangre derramada.

¡Colombia está madura para la paz! Lance usted Presidente Santos -el próximo 7 de agosto- su mensaje al Mundo sobre esta verdad de a puño, que Colombia no lo defraudará.

Así la veo yo.

Los 164 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

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