agosto 31, 2010

168. El árbol de la ‘para-politico-logía’ y el bosque por descubrir


ASÍ LA VEO YO - Año 6


Hagamos las paces, paso a paso, década tras década, sin que nadie quede afuera


Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com


"Él deseaba la claridad sin equívocos, quería crear un mundo de una simplicidad tan clara que su soledad pudiera atarse a esa claridad como a un poste de hierro" (Hermann Broch, Los sonámbulos)


La ‘parapoliticología’ se ha convertido en una especialidad dentro del análisis político colombiano. No son muchos los especialistas –más bien son muy pocos y valiosos- y por ahora se han dedicado más al árbol que al bosque. Su previsible desarrollo futuro será –me auguro- hacia una mirada más abarcadora del entero conflicto con los matices ideológicos, políticos, económicos, culturales y sus raíces históricas de múltiples orígenes. Me auguro sea una mirada sin sesgos, con menos epítetos y descalificaciones, con más rigor y objetividad y menos ‘moralina’. Sin prejuicios y ojalá ningún otro interés que el conocimiento de la verdad.

Conciliar lo objetivo con lo subjetivo nunca ha sido sencillo –y menos en medio de una guerra- pero el intento vale el esfuerzo de ampliar la mirada y profundizar el análisis. Nos debemos también una buena historia del conflicto armado, y agrego: también nos debemos una buena novela –no una simple novela de aventuras a lo Walter Scott-, sino una novela que nos permita descubrir cómo llegamos hasta aquí, qué y quiénes somos dentro y fuera de nosotros mismos, qué papel jugamos, inmersos en este conflicto que parece no tener fin, en un contraste de espejos y de máscaras donde buenos y malos se confunden, se alternan, y finalmente se matan unos a otros, sin haberse conocido, sin siquiera quererse conocer, ni reconocer.

Lo anterior viene a cuento porque soplan –tenues, muy tenues pero perceptibles- vientos de paz –no solo con Chávez- sino también con las guerrillas, y no solo con las guerrillas, también con las autodefensas rearmadas, y ¿por qué no? con las ‘bacrim’ y subiendo la cuesta tal vez esté llegando la hora señalada de conversar ‘cara a cara’ con los empresarios narcos que han hecho de la prohibición y la ilegalidad su fuente de riquezas y poder. Si queremos la paz y la queremos definitiva no alcanzará con repetir mejoradas las experiencias que desde Rojas Pinilla hasta Uribe, pasando por Belisario, Barco, Gaviria, Samper, Pastrana, nos trajeron hasta esta orilla del conflicto armado, desbordando el país de víctimas y victimarios, herederos de tanta sangre derramada, de tanto campesino desplazado, de tanta libertad ultrajada y tanta injusticia empoderada.

Si nos comprometemos como Estado y como sociedad a no satanizar a ninguno de quienes acudan a la Mesa, menos aún meterlo en una cárcel y extraditarlo, peor aún someterlo a la pena de muerte –la que ayer acabó con la UP y hoy arrasa con los desmovilizados de las autodefensas- y, si somos capaces de dar suficientes garantías y dotarnos de garantes internacionales ‘más allá de toda sospecha’ y experimentados en asuntos de paz y reconciliación, también los ‘parapoliticólogos’ y los ‘violentólogos’, los ‘farcólogos’ y los ‘paracólogos’, los ‘narcólogos’ y los ‘criminólogos’, etc., etc, no habrá enemigo de la paz, ni ‘señor de la guerra’, ni ‘mercader de la muerte’ ni terrorista particular ni de Estado, que pueda contra la voluntad de paz y los hechos de paz y la inevitable paz que merece Colombia y no tiene por qué haber sido desterrada de la tierra de los colombianos.

La hoja de ruta de semejante procesión de sigilosos voceros no se reduce a reservadísimos encuentros en ciudades de difícil pronunciación e intrincada escritura, aunque se entiende que no puede iniciar por zonas despejadas ni asambleas departamentales, ni con salvoconductos del DAS –aunque fueran a salvo de chuzadas y persecuciones-, lo cual vuelve el primer paso todo un viaje de paciencia y prevenciones, un antesala de proporciones gigantescas situada en el marco de arquitecturas a prueba de balas y de mirones. En fin, si arribar a los acuerdos no será sencillo, tampoco lo será –no lo está siendo- sintonizar inicialmente la palabra precisa, armonizar el talante y el gesto, atravesar sin sucumbir el mar de reproches, el desierto de la mutua incomprensión.

Si acuden liberales y conservadores a explicar qué carajos fue la famosa Violencia y se detienen en los años 30 y 40 –en particular los 50- cuando ni FARC ni ELN ni AUC ni los CARTELES eran aún imputables de nada –de absolutamente nada- de lo que pasó luego, en los 70 y los 80, los 90 y este comienzo del nuevo siglo, estaremos mejor preparados para mirarnos –como antepasados de nosotros mismos- en los orígenes de aquellos vientos que trajeron después las tempestades que todos conocemos y padecemos y llegan hasta nuestros días. No se trata de partir desde tan lejos para quedarnos dormitando en la noche de los tiempos, pero sí de ser conscientes –como sociedad y como Estado- que toda consecuencia tiene sus causas, y si no las conocemos –o peor, no las queremos conocer- estamos condenados a volver siempre al mismo punto de origen, no los mismos, pero sí ‘con las mismas’.

Y si en el origen estuvo la tierra, su apropiación y despojo, también sabremos con detalles qué ni la guerra fría ni la revolución cubana explican toda la sangre que se vertió en los 60 y los 70, que tiene que ver –y mucho- con coyunturas internacionales, pero mucho –mucho más- con conflictos sociales y económicos, políticos y territoriales, internos, internos hasta la médula, y que alojaron en el vientre de la Patria el cáncer de las desigualdades y las guerras. Se deben estudiar y exponer los antecedentes de los problemas y de cada uno de los actores armados de hoy por décadas, y hasta que no haya acuerdos –no digo unanimidad, pero sí acuerdos- sobre cada período no se pasa al siguiente. Esto se puede estructurar, se debe estructurar con participación de todos aquellos que tienen algo que decir al respecto. La reconciliación que haga posible la paz de hoy no puede sino estar asentada sobre el reconocimiento del pasado, el perdón y la reparación de lo que haya que perdonar y reparar, de atrás hacia delante, de aquellos tiempos hasta estos tiempos.

No faltará quien diga: si ahora vamos hacia atrás no llegaremos nunca al presente, y así Colombia no tendrá jamás un futuro distinto a la guerra.

Mi modesta opinión es distinta: si los de ahora no hacemos las paces con nuestros orígenes –con las almas que padecieron en todo su dolor el pasado-, si no reconocemos sus angustias y desvelos, sus sueños y sus pesadillas, si no entramos en contacto con el eco de sus lamentos y sus ensueños, jamás comprenderemos que somos carne de aquella carne, espíritu de aquel espíritu, herederos de aquellos padres y madres que nos concibieron.

Si no nos reconocemos como descendientes de aquellos que nos depositaron en este valle de lágrimas, si no somos capaces de perdonar y reparar en cuerpo ajeno aquellas heridas y cicatrices sin cerrar, no sabremos nunca, no experimentaremos ni sentiremos nunca que por compartir en nuestra sangre aquella sangre de quienes fueron nuestros padres y abuelos y antepasados, somos hoy hermanos –diferentes, alejados, incluso enemigos y enfrentados- pero finalmente hermanos, de izquierda y de derecha, pero hermanos, dentro de la ley o fuera de la ley, pero hermanos.

Y si somos hermanos, esta tierra es nuestra casa, y si Colombia es nuestra casa –y así la sentimos-, será más fácil –y hasta inevitable- arreglarla en paz sin que nadie permanezca a la intemperie ni excluido del reencuentro familiar.

Por esto, por todo lo que está en juego, no creo de ninguna manera en las ‘precondiciones’ para iniciar los diálogos, mucho menos cuando esas ‘precondiciones’ son precisamente las razones que hacen necesario el diálogo, las venas abiertas y heridas que urge sanar y cerrar.

Pero bueno… si el Gobierno insiste con el tema de la libertad de todos los secuestrados –que para las FARC son prisioneros de guerra o retenidos por razones económicas- bien podrían las FARC encontrarle una salida humanitaria al asunto.

No por darle gusto al Gobierno, sino por fundar así el renovado diálogo con la sociedad y el mundo, que no pone esto como ‘precondición’ pero que recibiría tales libertades como un regalo, como un don del hermano al hermano, como un hecho que nos regocija el alma y sería un excelente augurio del tiempo por venir.

Así la veo yo.


Los 168 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

1 comentario:

  1. mucha letra, les falto no se un 'poco de imagenesitita pero el tema en si esta bueno pa que ..vacano....colombia

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