septiembre 15, 2010

170. ¿Cuánto tardará en aparecer un nuevo Carlos Castaño?

ASÍ LA VEO YO - Año 6

No hay situación por mala que sea que no pueda empeorar

Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com


Cada día es menos disimulable que la extradición de los desmovilizados ex jefes de las autodefensas resultó un tremendo error del Gobierno que ameritaría ser denunciado como obstrucción a la Justicia –no la de Estados Unidos, sino la de Colombia.

Justicia y Paz no salió de la nada. Mucho menos del fin de la guerra. No estaba en la mente de nadie cuando comenzó el proceso de paz con las autodefensas. Sin embargo, Justicia y Paz existe, y las leyes son para cumplirlas. O modificarlas, o derogarlas.

Justicia y Paz presupone que hay voluntad de sacar a flote la Verdad y de reparar a las víctimas. También presupone que el Estado dispondrá todo lo que hay que disponer para que la Justicia fluya, se administre y aplique. Todo dentro de los plazos, todo dentro de la Ley.

Justicia y Paz no fue elaborada para extraditar a nadie, menos para alejar la Verdad, obstruir la Justicia y re-victimizar a las víctimas. Si el Gobierno anterior al extraditar a los jefes de las autodefensas quiso asegurar su segunda reelección al costo de bloquear el flujo de verdad, ignorar a las víctimas y dejar en el limbo jurídico a los jefes desmovilizados extraditados, eso debe ser materia de investigación judicial. El poder discrecional del Ejecutivo no debe ser puesto al servicio de causas particulares contrarias al bien general, ni del ocultamiento de la Verdad y la obstrucción del debido proceso. La responsabilidad penal habrá que determinarla en Colombia, o reclamarla en las instancias internacionales, y si solo se trata de responsabilidades políticas ello deberá debatirse: razón más que suficiente para insistir en que los desmovilizados ex jefes de las autodefensas deben recuperar sus derechos políticos al reanudarse y completarse su proceso de paz.

No se debe echar al olvido lo sucedido con las interrumpidas negociaciones con las autodefensas. Porque de ello se han derivado nuevas desgracias, nuevos conflictos, nuevas víctimas. No se hace la paz con un grupo armado para darle argumentos fundados de hablar de incumplimientos del Estado, ni provocar que nuevas generaciones de ‘paras’ tengan sus buenas o malas razones para poner en marcha su sentido del derecho traicionado, de la palabra gubernamental incumplida.

¿Será que Santos se le mide a recomponer este galimatías y logra la aquiescencia de los Estados Unidos para repatriar a los extraditados que quieran seguir dentro de Justicia y Paz y cumplir no solo con aquella Justicia sino con esta Justicia de Colombia? Esto no solo obraría en beneficio de Justicia y Paz sino que abriría las puertas para que ‘disidentes’ de los desmovilizados reconsideren si no habría llegado el momento de cesar hostilidades y volver al redil de los diálogos de paz: en este caso, solo los Mancuso y demás –con su asentimiento- pueden dar fe que el proceso de paz continúa y los acuerdos serán finalmente reformulados, validados y cumplidos por las partes. Lo que no resulta realista ni serio es pensar que vaya a haber colaboración eficaz y fructífera entre ambas justicias a miles de kilómetros de distancia del epicentro de los acontecimientos que logre vencer la incomunicación de los extraditados con la realidad de tantos miles de víctimas, y tantos miles de hechos que no pueden ser esclarecidos sino con la presencia física de los imputados en Colombia.

¿Cuánto tardará en aparecer a la luz pública un nuevo Carlos Castaño? ¿Qué condiciones se están madurando para que el fenómeno de las nuevas autodefensas se manifieste a viva voz? ¿Cuál discurso político será el escogido para alentar en Colombia una nueva cruzada ilegal contra las guerrillas supérstites, con las que ni Uribe ha podido? ¿Quién asegura que el narcotráfico no se empeñe de lleno en la madre de todas las guerras para ganarse a sangre y fuego primero y desmovilizándose tras una negociación, su legitimación social y política? Aquello de que ‘los pueblos no delinquen’ puede ponerse a rodar nuevamente, esta vez, con el argumento del fracaso de Ralito y del mismo Caguán, no vistos como principal responsabilidad de los actores ilegales, sino como fruto de la decisión estratégica de un establecimiento económico y político con el fin de sostener y acumular poder y fuentes de enriquecimiento con la subsistencia de la guerra? Hace pocos días nos recordó Otto Morales Benítez que ya en su tiempo de alto consejero de paz del gobierno de Betancur en los ’80 los ‘enemigos agazapados de la paz’ existían en el mismo Gobierno que él integraba y agregó “no eran precisamente los militares, como muchos creyeron entonces”.

Si no nos hacemos las preguntas que son, la realidad nos abofeteará la cara sin clemencia. Si nos dejamos llevar del simulacro de victorias inexistentes y nos negamos a mirarnos en el espejo de los múltiples conflictos que nos someten a su Injusticia y Guerra, no solo la ley de Justicia y Paz será arrollada por los acontecimientos sino que los ejércitos ilegales que están reproduciéndose ante nuestra ceguera, bien puede que en vez de enfrentarse se alíen, en vez de desangrarse entre sí unan fuerzas, y transformen su historia de desencuentros ideológicos en una guerra de emancipación social. En sana dialéctica filosófica las tesis y las antítesis hallan, en el largo plazo de la Historia, su síntesis superadora. Y lo que no pasa en medio siglo, termina sucediendo en el arco de un decenio, o hasta menos, si las condiciones objetivas y las fuerzas subjetivas coinciden en tiempo, forma y lugar a caballo de coyunturas que el común de la gente no ve, y la miopía de las clases políticas impide avizorar.

Suena a coartada cínica y guerrerista el coro de aquellos que ante cada brutal hecho de guerra que han protagonizado las guerrillas desde el 7 de agosto pasado apelan al retórico –o apocalíptico, según se quiera ver- de “arreciar, arreciar, arreciar” pretendiendo que los incendios se apagan echándole más leña al fuego, o peor, regando gasolina sobre las llamas. ¿Será que pujan dentro del nuevo Gobierno dos líneas cuyos objetivos no solo difieren sino que se enfrentan? Y mientras unos quieren preparar el terreno para dialogar con los alzados en armas, otros insisten en cerrar cualquier puerta que conduzca a los diálogos de paz. Lo cierto es que no todos quienes hablan de victoria creen realmente en ello, sino que bajo esa falsedad invocada, sirven en realidad a los intereses de la guerra que generan enormes beneficios privados, donde las pérdidas se socializan pero las ganancias se privatizan. Sigan esa pista los escépticos que otra vez será cierto aquello de que ‘piensa mal y acertarás’. Hagan luego el mismo ejercicio pero con la legalización de la cocaína y similares. No todos quienes pujan por no legalizar lo hacen defendiendo principios morales, o situaciones de salud pública. Mimetizados en ese discurso están quienes sacan tajada de la ilegalización que permite la acumulación no solo de grandes fortunas, sino también la proliferación de infinidad de corruptelas que si para los narcos constituyen costos, para los beneficiarios significan ingresos, nada despreciables.

Tendremos indicios de hacia dónde se inclina Santos presidente en cuestiones de guerra y paz, cuando haya tenido lugar su primera visita oficial a los Estados Unidos, no antes, elemental Watson. Sabremos hacia dónde se dirigen Obama y Clinton en cuestiones de conflicto armado en Colombia cuando emitan señales sobre posibles diálogos o cuando trasciendan decisiones tomadas que nos permitan inferir, no nos precipitemos que los asuntos marchan lentos en palacio. Mientras tanto los alzados en armas continúan acumulando poder económico, que es el preludio de más armamento. Con ello se negociará la paz o se sustentará la guerra. Mientras se afinan los discursos políticos correspondientes a la nueva etapa post-Uribe, también asistiremos a pronunciamientos que desde el monte, desde los distintos montes y geografías, rurales y urbanos, pondrán sobre la mesa, qué tanto de verdad hay sobre la revitalización efectiva de las guerrillas, y qué tanto de político hay en las nuevas generaciones paras ‘post Ralito’.

Ni la guerra se gana con solo palabras, ni la paz se consigue solo con más guerra. Así como no cabe entrar en guerra sin claridad política, tampoco se puede soñar con caminos de paz si no es con luces políticas. Y esto vale para Gobierno y guerrillas, y también para nuevos y antiguos paras y… los ‘narcos’ tendrán que aprender que hay cuestiones que no se delegan, ni se hacen en cuerpo ajeno, por ejemplo la política de haute couture.

Si dentro del Gobierno Santos hay dos líneas, los ‘halcones’ y las ‘palomas’, y si dentro de las guerrillas hay quienes les hacen el juego a los ‘halcones’ y otros que buscan sintonizar con las ‘palomas’, habrá que indagar qué está pasando por la cabeza de los nuevos ‘paras’ y qué tanto recuerdan y aplican lo que aprendieron del discurso ‘pro-estado’ de Castaño y los ex jefes desmovilizados, o qué tanto lo han adaptado para sobrevivir como actores del conflicto tejiendo alianzas y buscando acercamientos no solo con ‘halcones’ y ‘palomas’ dentro del Gobierno, sino con guerrillas y ‘narcos’, y toda clase de ‘especies armadas’ que pululan en las junglas de Tarzán, y también las de cemento, que hoy no hay territorio vedado ni para la guerra ni para la paz, porque en todos, en absolutamente todos: o se hace política, o se la ve hacer.

Así la veo yo.


Los 170 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

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