mayo 26, 2011

179. La Paz y la Reconciliación… ‘Santos’ remedios, para los males de Colombia



ASÍ LA VEO YO - Año 7


‘A manteles sí’ ¿pero del menú y los comensales qué?

Por Juan Rubbini

juanrubbini@hotmail.com
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“Llegó la hora de repensar el marco legal para la paz con las nuevas reglas de la Corte Penal Internacional” (del Foro “Legislar para la Paz” organizado por la Comisión de Paz del Senado, Bogotá, 23 de mayo de 2011)


Tras la aprobación de la Ley de Víctimas, aparece en el horizonte inmediato ‘legislar para la paz’ como la meta que se instala, en el humanitario intento de evitar más víctimas del conflicto en el futuro. Esto implica reconocer no solo que existe un conflicto armado interno sino que la Ley de Justicia y Paz ha quedado corta y coja, y que los acuerdos de sometimiento al nuevo ‘contrato social’ por parte de los grupos armados ya no pasa por mesas tipo Caguán o Ralito, sino por la asignación de penas alternativas, incluso amnistías e indultos, pero condicionales. ¿Condicionales a qué? A la verdad, la justicia y la reparación. Se vislumbra además la necesidad de aprobar una reforma constitucional que blinde a la ‘legislación para la paz’ con el marco necesario suficientemente consensuado, legitimado y legalizado entre sociedad, gobierno, oposición, congreso y poder judicial nacional e internacional. Se parte de la conceptualización realista –no ideológica- del conflicto como un conflicto no bilateral sino multilateral, transversal entre los grupos sociales y de localización interna, inmerso en un mundo global, donde no solo las ideologías sino también las economías del conflicto resultan inextricablemente vinculadas con la geopolítica, la delincuencia organizada y la justicia penal y transicional de carácter supranacional. A revisar entonces –desde hoy mismo- nociones como delito político y delitos conexos que hoy ya no estamos en el siglo 19… y ni siquiera la ‘muerte política’ podrá serlo ‘de por vida’ sin algún modo de ‘resurrección’ si de salir del conflicto y sus aristas se trata…

‘Menudo cuento’ al que vamos a asistir en los meses y años próximos cuando los ‘delincuentes’ de todo tipo susceptibles de sentarse a ‘manteles de sometimiento’ comiencen a saborear el menú que expertos conflictólogos, avezados políticos, prominentes doctores en leyes, influyentes comunicadores, y demás especialistas en cuestiones de guerra y paz habrán preparado y unos y otros se trencen con lenguajes y poses que difícilmente no confundirán a propios y extraños cuando de elevar ‘torres de Babel’ se trata por parte de aquellos que muy cómodos que están con el conflicto ningún esfuerzo harán para ponerle fin. Y no es que me considere escéptico a priori sino que basta rebobinar y observar en qué acabaron las euforias de la paz que suscitó Pastrana y las euforias de la guerra que alentó Uribe: en que ni las unas bastaron para ganar la paz ni las otras alcanzaron para ganar la guerra.

Así como Pastrana fue elegido en 1998 con un claro mandato de paz, Uribe lo fue no una sino dos veces, en 2002 y 2006, con un visceral mandato de guerra. La elección de Santos –en segunda vuelta, la de los nueve millones de votos- no estuvo signada en 2010 ni por el pacifismo pre Caguán ni tampoco por la cruzada antifarc que supo encabezar Uribe desde su primera elección hasta cuando la Corte Constitucional tumbó su ‘gustico’ por un tercer mandato presidencial. Admitamos que instalada una cierta seguridad democrática, se trata ahora más de dar pasos hacia la paz que de seguir profundizando la guerra. Le corresponde a Santos no solo interpretar el sentimiento actual de los colombianos sino liderar un proceso que incorpore las experiencias, las racionalice y extraiga de ellas claves para el futuro, sumando en pos de metas renovadas el sello de las innovaciones y acentos que distingan su gestión presidencial de lo que representaron Pastrana y Uribe, cuyos mandatos pertenecen a la historia, ya no al presente y futuro. Nadie cruza dos veces por el mismo río, no solo porque sus aguas ya no son las mismas, sino porque tampoco uno es hoy el mismo que ayer. La coherencia que se le exige hoy a Santos no es con el Santos ministro de Pastrana, tampoco con el Santos ministro de Uribe. La coherencia que se espera del actual Presidente es entre la realidad de hoy y los sueños y las metas que Colombia deberá concretar durante su mandato.

Santos tiene ante sí una realidad conflictiva donde los recursos a disposición no solo son escasos sino también funcionales de ser utilizados para fines alternativos. No se puede permitir dilapidar su favorabilidad política ni los logros que tanto Pastrana como Uribe sumaron a la construcción de un País más consciente de sus limitaciones y posibilidades, cayendo en el facilismo del más de lo mismo porque Uribe lo exija, ni tampoco en lo recalcitrantemente contrario porque los ‘antiuribistas’ lo reclamen. En su primer año de gobierno Santos está demostrando que el camino del ‘buen gobierno’ no pasa por asirse de uno u otro de los ‘polos opuestos’ sino por integrar dialécticamente, de manera superadora, todo aquello que de transformador tienen ambos ‘polos’ impulsando la marcha de las ‘locomotoras del progreso’ no hacia el choque de trenes sino hacia estadios superiores de democracia y convivencia, donde la integración prime sobre la división, la inclusión vaya ganándole la pulseada a la exclusión, y finalmente, donde el Estado ocupe efectivamente el territorio –desde los centros urbanos a las periferias rurales hasta todas y cada una de las fronteras- no solo con fuerzas de seguridad sino también con todas aquellas instituciones y dinámicas sociales y económicas que permitan hacer de Colombia un país de regiones pero también un país integrado e incluyente, cuyas regiones no giren en el vacío ni abandonadas a su suerte, a la ilegalidad, ni mucho menos a la ley de los violentos, ni a la ley del ‘sálvese quien pueda’.

La admisión por parte del Gobierno sobre la existencia del conflicto armado interno es la invitación a resolverlo, a no seguir cayendo en la fatalidad de eternizarlo como parte del ‘paisaje nacional’. Si de legislar para la paz se trata la participación de la sociedad en el proceso de sinceramiento que se inicia resulta esencial y determinante. En el escenario no se perfila la negociación bilateral entre dos fuerzas en pugna, ni tampoco de tres ni de cuatro, sino el llamado a fortalecer la red que vincula el Estado entre sus componentes ejecutivo, legislativo y judicial, con las redes que configuran las diversas expresiones de la sociedad. Como si se prefigurara en el horizonte una política de acercamiento y diálogo al interior del vasto ‘cuerpo de la legalidad’ que cohesionara primeramente la polaridad de aquellos que luego invitarán ‘a manteles’ a quienes se ubican todavía hoy en el ‘cuerpo de la ilegalidad’ donde ocupan espacios diferenciados aunque entrelazados como partes integrantes de la ‘Colombia al margen de la ley’. Aunque admitámoslo, estar ‘al margen de la ley’ no es un concepto rigurosamente exacto porque quienes son ‘ilegales’ respecto de la Constitución, poseen también, e incluso imponen en sus zonas de influencia ‘su propia ley’, su propio modo de ser y hacer ‘excluidos’ como están del ordenamiento constitucional del Estado colombiano. Esto habrá que tenerlo en cuenta porque si el llamado ‘a manteles’ quiere tener efectos en términos de inclusión y final del conflicto armado –y no se trata de una mera tregua o táctica de apaciguamiento- habrá que reconocer desde el primer día que la invitación ‘a manteles’ no es para imponer una Constitución vigente sobre una ‘ilegalidad existente’ sino para integrar en una sola Constitución el amplio campo de las legalidades e ilegalidades preexistentes. Que se diga que no habrá ‘negociación’ con los grupos armados no quiere decir que no la vaya a haber –así sea entre bambalinas y confesionarios- pero que finalmente la haya tampoco quiere decir que será ‘entre partes iguales’. Así de ‘asimétrica’ como es esta ‘guerra a la colombiana’, así de asimétrica también lo será la formulación y acuerdo sobre la ‘paz a la colombiana’… y ojalá la haya, aunque no sea del gusto de los puristas de uno u otro ‘bando’.

Dicho de otra manera. Si de integrar armónica y democráticamente la totalidad del territorio y sus habitantes se trata, sustituyendo el conflicto armado interno y sus múltiples manifestaciones –desde las más elaboradas y sofisticadas hasta las más rústicas y elementales- cualquier intento de cualquiera de las partes por imponer en la mesa su ‘legalidad’ sobre las de las demás –por más ‘ilegales’, ‘anacrónicas’, ‘incompatibles’ que nos parezcan- tropezará con la enorme dificultad que significa, desde el punto de vista de cada uno de los actores armados –estatales o no- la tradición, el hábito, la costumbre de vivir en estado de guerra que acompaña el País desde hace largas décadas. Entonces, sepamos que la tentación de ‘desmantelar’ la mesa también se sentará ‘a manteles’ y la capacidad de resistirla deberá ser elevada a la categoría de razón suprema y puesta en un altar cuyos ‘sacerdotes’ estén por encima del bien y del mal bajo el amparo de la común y respetabilísima aceptación.

No sé qué lugar vayan a ocupar en la convocatoria a Legislar por la Paz aquellos más de cincuenta mil desmovilizados que, desde su antigua pertenencia a las guerrillas, o a las autodefensas, amnistiados, indultados o sometidos a la Ley de Justicia y Paz, pero se me ocurre reclamar para ellos, para todos ellos sin excepción, estén libres o estén encarcelados, estén en Colombia o en los Estados Unidos, un lugar destacado entre la multiplicidad de voces y voluntades a escuchar y tener en cuenta, habida cuenta de su insustituible experiencia en el campo de la guerra primero, y en el de la paz ahora.

Porque en un país donde, todavía hoy, hay tantos miles de brazos en armas y tantos más dispuestos a tomar un fusil, justo es –nobleza obliga- reconocer el enorme valor de haber entregado sus fusiles al Estado y abandonar la guerra a todos aquellos hoy desmovilizados.

Y no me vengan con aquello tan falaz e hipócrita de… “¿y ahora les vamos a quedar debiendo a los desmovilizados?”… porque si es la ‘mala onda’ y la estigmatización lo que se va a pretender que predomine, en contra de quienes ya se han desmovilizado, ¿qué podemos esperar de bueno acerca de lo que se proponga a partir de ahora para quienes aún están delinquiendo?

Por el contrario, cada desmovilizado ha de ser invitado a constituirse -en el proceso de paz y reconciliación que comienza durante la era Santos- en un actor no solo de la culminación exitosa de su propia desmovilización, sino también en un actor decisivo, persuasivo y ejemplar de la desmovilización de todos los que faltan por desmovilizarse, con sus brazos tendidos al hermano que aún combate en este país de trincheras que es Colombia todavía… y tanto nos duele…


Así la veo yo.


Los 179 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

1 comentario:

  1. Hola tu me podrías ayudar mira que necesito saber en que ha fallado el presidente santos en cuanto a su propuesta de el plan de desarrollo sobre la paz y la reconciliación en lo llamado " prosperidad para todos" necesito saber que es lo que el prometió y no ha cumplido por fa ayúdame que necesito tener toda la información posible muchas gracias espero que puedas ayudarme.

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