febrero 22, 2012

185. El descarado chantaje de los ‘señores de la guerra’


ASÍ LA VEO YO - Año 8

Uribe cayó en la trampa de quienes le llenaron la cabeza de 'fantasmas'
¿Sucumbirá también Santos de cara a 2014?




Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com

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“Cuando se intenta alcanzar un acuerdo por medio de las negociaciones, no quieres discursos que enardezcan a las masas; quieres plantear los problemas ante la gente de manera sobria, porque a los demás les gusta saber cómo te comportas o cómo te expresas, así pueden hacerse una idea de cómo estás manejando las cuestiones importantes durante el curso de esas negociaciones. A las masas les gusta ver a alguien que es responsable y que habla de una forma responsable. Les gusta eso, y por eso evito las soflamas que exaltan a la muchedumbre. No quiero provocar a la multitud. Quiero que la multitud comprenda lo que estamos haciendo y quiero infundirles espíritu de reconciliación” (Nelson Mandela, Conversaciones conmigo mismo)


En la pretensión de generalizar y volver hegemónicas sus propias miradas –e intereses- sobre el conflicto armado, la derecha –digamos la del ‘establecimiento’ en su versión citadina- coincide ‘de facto’ con el relato de izquierda –en sus diferentes matices- cuando de caracterizar a las autodefensas –hoy desmovilizadas- se trata. Se les niega cualquier representatividad política y de plano se le cierra el camino a su inserción en la competencia democrática, incluso su expresión en los medios periodísticos en paridad de espacios con sus contrapartidas ideológicas. Los unos porque han preferido contar en la ilegalidad y ‘silenciados’ –sometidos a su chantaje revestido de ‘seudoprotección’- con un feroz ‘aliado en las sombras’ en los momentos más duros de la arremetida guerrillera, los otros porque entre el Estado y la ‘revolución’ les resulta incómodo que existan expresiones populares no casadas con un Estado que ni las protege ni las representa, pero que tampoco creen que la solución marxista sea la única ni la mejor solución a sus problemas.

Ante el fracaso rotundo del Caguán, el desmadre de las Farc –y el horror por el chavismo ‘emergente’- la derecha rural descubrió en el ‘uribismo’ un puente de asociación con la derecha citadina tradicional –ciertamente burguesa pero también cosmopolita. Nada mejor que la fórmula Uribe-Santos (en su versión Ubérrimo-‘Pachito’) para mostrar el camino que comenzaba allí donde Pastrana debió resignar su apuesta por la paz. Las ‘autodefensas’ habían resultado muy útiles –y necesarias- para el ‘establecimiento’ –aquí coincidieron citadinos y rurales- desde que las Farc tomaron partido por la narco-financiación. La industria del secuestro fue para las Farc y sus aliados –principalmente a partir de la segunda mitad de los ’80- un modo de disimular la más jugosa de sus fuentes de ingresos –los cultivos ilícitos y eslabones sucesivos- y cuadrar la caja menor así como inocular el terrorismo a cuentagotas y sin estridencias e ir ganando control territorial en la medida que se disuadía la producción –también la vida- en el campo.

Las negociaciones de Ralito fueron fruto de una audaz iniciativa política de las autodefensas -no la primera que avanzaban en esta dirección –transmitida reservadamente a través de la Iglesia, y no ciertamente una convicción de las derechas, ni siquiera de Uribe en campaña presidencial. El gobierno Uribe se debatía entre quienes lo acusaban de ‘paramilitar’ y quienes lo presionaban a que no abandonara la estrategia ‘paramilitar’ de toda la vida. No estaba ‘ni tibio’ el panorama de orden público entonces –entre 2002 y 2004- ni era seguro que Uribe fuera a ganar su declarada guerra a las Farc, tampoco era seguro que el ‘chavismo’ no cediera a la tentación de extender sus influencias en la vecina Colombia –aliada de su ‘archienemigo’, los Estados Unidos. En ese sí pero no de las ‘derechas’ ante la desmovilización que proponían los Castaño y los Mancuso –y el reconocimiento político que exigían a cambio-, se crearon las condiciones que volvieron inmanejable avanzar en el perfeccionamiento de los acuerdos, y cuya derivación no solo acabó con los negociadores de paz de las autodefensas en la cárcel y luego en su mayor parte extraditados, sino también con la gestación y afirmación de las ‘bacrim’ en cuya génesis se observan –a quien sepa verlos- los mismos ‘huevos de la serpiente’ que alumbraron –un cuarto de siglo antes- los primeros embriones del ‘paramilitarismo de Estado’, una sociedad de hecho, informal, colectiva y pluridimensional, donde unos aportaban los lazos y poderes estatales, otros el dinero contante y sonante y otros su mano de obra desocupada o sub-empleada, su miedo visceral al comunismo y las guerrillas, y también ¿por qué no? una base popular de apoyo, no exenta de fervor simpatizante, con su sentido de pertenencia al terruño que desde las grandes ciudades se ignoraba y que los ‘ricos del campo’ –los de ‘noble abolengo’- comenzaban a abandonar a su desgracia e inseguridad, encandilados por las luces de otras economías y otros horizontes.

Uribe cayó en la trampa de quienes llenaban su cabeza y le insistían conque los líderes desmovilizados estaban detrás de las ‘bandas emergentes’ y que ello era una respuesta ‘criminal’ a las demoras e incumplimientos en la Mesa de Ralito. Tras una serie de fatales errores –que más que errores fueron maquiavelismos del Gobierno y recelos y desconfianzas en su contraparte - la extradición fue el ‘salvavidas’ que Uribe pensó hecho a su medida, cuando en realidad estuvo hecho a la medida de quienes querían acabar con Justicia y Paz, pero sobre todo con cualquier asomo de verdad, con cualquier señal de reconciliación que significara el comienzo del fin –por las buenas y conversando- del largo conflicto.

Entre 2006 y 2008, los relatos de izquierda –tan bienintencionados como ingenuos, cuando no parcializados- siguieron echando leña al fuego –escupiendo hacia el cielo- satanizando a los negociadores de Ralito, y haciéndole el juego a los verdaderos ‘señores de la guerra’ empeñados en mantener vivo el paramilitarismo, hacer imposibles las negociaciones con las guerrillas y adueñarse de Uribe y del uribismo para sus designios. ‘Tanta mala leche’ y desinformación sobre los diálogos de Ralito y quienes los adelantaban no fue fruto de la casualidad sino, por el contrario, de una causalidad ‘inconfesable’ que por derecha se estimulaba y por izquierda se canalizaba. Fuera de Colombia produce perplejidad que el fenómeno paramilitar no haya sido develado aún por historiadores y críticos objetivos en sus fundamentos y metas no contaminados por el sesgo y la ‘ceguera ideológica’ propios de un combate que solo en parte es armado y en buena parte lo es político y más que político una manifestación social y cultural de raíces históricas que no solo halla sus causas en el narcotráfico y las narcoeconomías vinculadas, y tampoco exclusivamente en residuos de la ‘guerra fría’ y ‘doctrinas de la seguridad nacional’. Por este ocultamiento deliberado que genera desconocimiento –no casual- de las causas objetivas y subjetivas que han dado origen al fenómeno y ‘estados de facto’ de las autodefensas, al desarrollo evolutivo durante la confrontación armada de la conciencia política de sí mismos y de las poblaciones involucradas, en sus referentes y conductores desmovilizados, así como su prolongación en el tiempo y derivación en ‘bandas emergentes’ y ‘bacrim’ es que Colombia está condenada a repetir y perpetuar aquello del ‘perro que se muerde la cola’. Es que del ‘cuentico del conflicto armado’ viven y se lucran muchos y poderosos, lo que explica que la solución política negociada tenga tantos enemigos de parte y parte, y que el solo hecho de decir Juan Manuel Santos que tiene las ‘llaves de la paz’ en sus manos haya despertado hacia el presidente Santos tantas inquinas y maledicencias, tantos que se declaran ‘traicionados’, entre los cuales aquellos que ahora pretenden chantajearlo enrostrándole que si no es con su apoyo no será ‘re-electo’. La realidad a la que asistiremos puede ser totalmente la contraria: la relección de Santos dependerá en mucho de su capacidad de introducir las llaves de la paz en las cerraduras que son… y en este coraje y decisión de ‘abrir las puertas de la paz’ se juega no solo su relección sino fundamentalmente el fin del fin del conflicto armado… por las buenas, como debe ser y como ¡SÍ SE PUEDE!

Afortunadamente, la Justicia colombiana se interpuso y allí donde Uribe perseguía -avivando los fuegos de burda y maniquea inquisición- su reaseguro personal con una nueva elección en 2010, la Corte Constitucional decidió finalmente en favor de la democracia, no de sus ‘carceleros’. Entre 2006 y 2010, los que estaban –y están- empeñados en mantener en el fondo del mar las ‘llaves de la paz’ disfrutaron a sus anchas el ‘conejo’ puesto a la paz y a los colombianos –no solo a las autodefensas- en Ralito y ahora pretenden que Santos y la Justicia den su brazo a torcer en sus esfuerzos por sanar heridas con medicinas de justicia transicional, verdades ante la Fiscalía y restitución de tierras…

Las ‘llaves de Ralito’ las botaron jactanciosos –quienes ahora pregonan sobre supuestas ‘venganzas criminales’ así como antes lo hacían sobre nunca comprobados, ni denunciados ante la Justicia, ‘delitos desde las cárceles’ por parte de los líderes desmovilizados- pero ahora sucede que los ‘náufragos de Ralito’ dados por muertos o ‘podridos en las cárceles’ desde lejanas tierras nos hacen saber que las verdades están a salvo y ‘las botellas arrojadas al mar’ comienzan a llegar a las Cortes y la Fiscalía húmedas de lágrimas y nostalgia pero embebidas de Justicia y Paz, de Reconciliación y Reparación.

A dos años de aquel punto de quiebre, el camino recorrido por Juan Manuel Santos ha ido alejando a unos y a otros –a derecha e izquierda- de los riesgos más grandes que encerraba la continuidad de Uribe y sus socios e instrumentos en el poder. La Justicia ha seguido adelante en su consolidación y hoy aún no tenemos seguramente la mejor Justicia pero sí estamos en el buen camino de obtenerla.

La opción por la democracia y la alternancia en el poder siempre fue un anhelo mayoritario en Colombia –en los tiempos de Uribe presidente sobrevivió a duras penas frente al amenazante ‘estado de opinión’-, pero ciertamente el papel de la Justicia –y de la Justicia transicional, especialmente, en el recorrido hacia la salida de la guerra- anduvo a los tumbos y corrió los mayores riesgos en la última década.

La generosa apuesta ciudadana –renovada por Santos presidente- en favor de la Justicia, la unidad nacional y la prosecución del avance en el desarme, la desmovilización y la reinserción merece que nada ni nadie se interponga, y que sobre todo nadie olvide de dónde venimos a la hora de los extemporáneos reclamos por el regreso a un pasado supuestamente idílico del que más que imposibles retrocesos falta por extraer toda su riqueza, todas sus enseñanzas, en lo bueno para mejorarlo, en lo malo para no repetirlo.

Y entre esta riqueza, y estas enseñanzas, la reflexión creativa debiera también dirigirse a interpelar no solo a Pastrana y Uribe, también a los ‘Márquez’ y los ‘Timochenko’, los Mancuso y los ‘Báez’, los ‘García’ y los ‘Gabino’ sobre ¿qué fue lo que realmente falló en El Caguán, en Ralito y en la isla de Cuba?, ¿qué se puede rescatar de aquellas cenizas, y qué fuego solidario y amor de patria sigue latiendo e inspirando las mejores intenciones de paz en Colombia, Venezuela y los Estados Unidos? que no son patrimonio de nadie en exclusividad, sino de todos, de absolutamente todos, quienes tenemos algo que decir al respecto.

Que todo lo que haya que cambiar se cambie, que todo lo que entorpezca se quite del camino, pero… eso sí, sin excepciones ni privilegios para nadie: dentro de la Ley todo, fuera de la Ley nada.

Que no será renegando de la Justicia ni eludiendo sus llamados, que la verdad se conozca y las instituciones democráticas se fortalezcan y afiancen.

Así finalmente, y con la ayuda de todos, Colombia se refundará a sí misma en los campos y las ciudades y se descubrirá vigorosa y sana, participativa e incluyente, sin clandestinos ni asilados, sin más extraditados por razones políticas o conexas, ni más alzados en armas por hacerles imposible o indigno su regreso al hogar.

Como decía un viejo querido amigo de la paz de Colombia y de la paz en el mundo:

“La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas si las une, en democracia y respeto mutuo, al decir de Jorge Luis Borges ‘el amor y no el espanto’”. Amén.



Así la veo yo.


Los 185 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

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