agosto 02, 2012

189. La ‘llave de la verdad’ también la tiene el Presidente Santos


ASÍ LA VEO YO - Año 8

¿Y de los ‘ejércitos de anti-restitución de la verdad’, quién se ocupa?

Por Juan Rubbini
En twitter: @lapazencolombia

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“Las circunstancias desordenadas o caóticas que comprenden a varias fuerzas contendientes requieren un complicado manejo de intereses y relaciones. Las estrategias de este grupo reconocen que las alianzas basadas en intereses a corto plazo pueden necesitarse al enfrentar a un oponente, mientras que las alianzas entre adversarios tendrán que ser rotas. Se utilizan técnicas tales como la negociación y las tentativas de paz mezcladas con amenazas, manipulación de terceras partes y maniobras divisorias” (Gao Yuan, Haz que el tigre baje de las montañas)




En esto de avanzar hacia la paz, el mejor timonel del que dispone hoy Colombia es el Presidente Santos. Y su mejor coequipero en este camino es el Presidente Hugo Chávez. Sobre este punto de la paz, nadie mejor que Santos. Y como se trata de hacer la paz con las Farc y el Eln, nadie mejor que Chávez para brindarle suficientes garantías a los guerrilleros que no serán manipulados, engañados y finalmente traicionados como lo fueron las autodefensas en tiempos de Uribe.

En tiempos del Caguán, Chávez gobernaba pero no reinaba; no le venía mal para consolidar su poder ‘revolucionario’ que se rompiera el proceso de paz que tal como iba, iba muy mal. Hoy no solo gobierna sino que también reina –democráticamente- en Venezuela, y su influjo político y espiritual –ya no tanto militar y económico- se extiende por América Latina y las islas del Caribe, de tal manera que su prestigio como estadista y geopolítico alcanzaría cumbres grandiosas si su nombre quedara asociado a la Paz de Colombia y al posicionamiento como opción de poder del socialismo democrático –la antítesis de la seguridad democrática- en su hermano y vecino país.

No depende solo de Chávez que se logren ambos objetivos pero con solo tomar nota oficialmente el mundo –y los Estados Unidos- que estos son sus propósitos y sus políticas de Estado, pasaría Chávez del escenario del ‘mito revolucionario’ al campo de la ‘realpolitik’. Si su salud se lo permite y Santos se lo facilita, Chávez pasaría de ser para Colombia una ‘hipótesis de conflicto’ a un socio ‘más allá de toda sospecha’ y Sudamérica habría dado un paso descomunal en la afirmación de su independencia y hermandad continental.

Contrario a lo que sostienen muchos en Colombia no es la pérdida del poder de Chávez en Venezuela en manos de la oposición –o en manos de la muerte- lo que arrastraría a las guerrillas a la negociación de paz. No es hoy Chávez quien las sostiene alzadas en armas, sino la absoluta desconfianza de las guerrillas hacia los estamentos que administran el verdadero poder en Colombia con o sin la complacencia de los Presidentes de turno.

Es precisamente, la existencia siniestra de la trama oculta, gelatinosa y escurridiza del ‘para-Estado’  -o como queramos llamar al Estado-paralelo que anida en las sombras-, el gran enemigo de la Paz de Colombia, y también de la Democracia, como lo fue en su momento de las autodefensas campesinas, cuando nacieron autónomas, como tercer actor diferente de los Gobiernos y de las guerrillas. Es desde esas honduras malévolas del ‘para-Estado’ que se alimenta la subsistencia de las causas que perpetúan el conflicto armado y se tuerce incluso la voluntad de los gobernantes inclinados a favorecer las soluciones políticas que acaben con la guerra.

La tarea de Santos es doble y gigantesca: por un lado dar los pasos que hagan atractivo para las guerrillas su acercamiento a una mesa de diálogo con el Gobierno; por el otro, neutralizar la maquinaria diabólica del ‘para-Estado’ que apelará a todos los medios para abortar de raíz cualquier intento serio de negociación de paz. Digan lo que digan las encuestas, Santos deberá persistir en su decisión política y ganarse también para la causa de la paz a la opinión pública que se verá sometida en los próximos meses a un intenso bombardeo mediático por parte de aquellos que pretenderán cobrarle a Santos en las encuestas –y finalmente en las urnas- su voluntad de paz.

Pese a las enormes dificultades, la misión de acabar el conflicto armado mediante acuerdos de paz y soluciones políticas y jurídicas no es imposible. Pero, para alcanzar la meta, no solo el Gobierno tiene que jugársela valiente e inteligentemente, utilizando sabiamente las palabras, los tiempos y la diplomacia, sino que también las Farc y el Eln deberán centrar su mira en esgrimir al máximo su inteligencia política, su capacidad de discernir entre sus objetivos de máxima y de mínima, para sopesar en todo momento sus acciones militares y sus acciones políticas, las dosis de combinación de sus formas de lucha. Para así poder actuar, Gobierno y guerrillas, en consecuencia con la vocación y los sentimientos pacíficos por naturaleza del pueblo colombiano, hoy herido y resentido por la sangre derramada, la libertad ultrajada y tanta mentira entronizada que vuelve poco creíbles a unos y otros actores del conflicto.

En el camino hacia la paz se trata de esquivar las arteras maniobras de quienes amparados en el ‘para-Estado’ conforman verdaderos ‘ejércitos de anti-restitución de la verdad’ empeñados no solo en criminalizar y asesinar la verdad sino en impedir que la verdad del conflicto armado y sus secuelas salga a flote. ¿Por qué seguir empeñados algunos en que la verdad de unos es ‘venganza criminal’ mientras se sostiene como verdad ‘revelada’ que la paz solo será el fruto de la victoria militar? ¿Cuál es el criterio justo para discernir entre la palabra verdad de unos y la palabra verdad de otros sino el pronunciamiento de la Justicia?  Se ha mencionado la existencia de ‘ejércitos de anti-restitución de tierras’ a sus legítimos dueños, pero acaso ¿no es igualmente grave y condenable la existencia de ‘ejércitos de anti-restitución de la verdad’ a sus legítimos dueños que son los ciudadanos de Colombia?

Y si de la verdad se trata, si nada menos que algo tan precioso como la verdad está en juego, ¿por qué no ser el Presidente Santos quien utilice las ‘llaves de la verdad’ en abrir las puertas a la Justicia para que dé su veredicto sobre las responsabilidades del Estado y del ‘para-Estado’ en el origen y desarrollo del conflicto armado? No es suficiente –aunque resulta totalmente necesario- que el Estado brinde todas las condiciones de seguridad y garantías físicas y jurídicas que permitan que la verdad de las autodefensas se conozca. Y no es suficiente porque contrario a lo que se cree es mucho más creíble históricamente que haya sido el Estado, el ‘para-Estado’, quien haya permeado e infiltrado las autodefensas campesinas –y no a la inversa- para torcerlas hacia intereses que ni eran los originarios de las autodefensas, ni los legítimos del Estado ni los propios de una sociedad violentada por las guerrillas y privada de defensa eficaz por parte de la seguridad a la que está obligada el Estado.

Si los procesos de Justicia y Paz han abierto la caja de Pandora sobre las verdades del conflicto armado, no puede quedarse pasivamente Colombia en la espera que ese solo camino –por fructífero que haya resultado y vaya a resultar finalmente- agote toda la verdad que yace inexplorada en los laberintos subterráneos de las políticas de Estado, las razones de Estado y los lazos criminales que ha ido conformando el ‘para-Estado’, no precisamente porque hayan sido las autodefensas quienes lo instituyeron –lejos estuvieron jamás históricamente de tamaña capacidad-, sino por algo que permanece aún en tinieblas y fue el cúmulo de decisiones políticas del más alto nivel originadas inicialmente en la guerra anticomunista, proseguidas después en la guerra contra el narcotráfico y finalmente imbricadas luego en la guerra antiterrorista.

La Paz de Colombia exige con urgencia una nueva matriz de interpretación del conflicto armado interno. Mientras las verdades estén sometidas a la propaganda de guerra y a las ‘razones de Estado’, y se evite colocar en el banquillo de los acusados a los ‘árboles del mal’ crecidos al amparo del ‘para-Estado’ y únicamente se llame a juicio las ‘manzanas podridas’ que han producido aquellos árboles, bosques de complicidad en realidad, estaremos condenados a estigmatizar y crucificar públicamente a izquierda y derecha pero el árbol de la guerra y las raíces del conflicto armado permanecerán incólumes, auto absolviéndose y auto ensalzándose, cuando en realidad, merecen como bien merecido lo tienen autodefensas y guerrillas pagar sus culpas con la sociedad, con las víctimas, no para que todo el mundo acabe en la cárcel sino para que todos vivamos en libertad, pero también en paz y habiendo aprendido que la Verdad es sagrada y la Vida también.

Solo así la verdad, la justicia y la reparación tendrán todo su sentido socialmente benéfico y sanador.

Y Santos habrá ganado en buena ley, merecidamente, su lugar en la Historia.


Así la veo yo.

Los 189 artículos que componen la serie publicada -iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com










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