septiembre 14, 2012

192. La pregunta del millón: ¿se pretende solucionar el problema o capitalizarlo?



ASÍ LA VEO YO - Año 8

El riesgo de un pacto elitista entre establecimiento, clases políticas y guerrillas

Por Juan Rubbini

En twitter: @lapazencolombia

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“Amarga ironía la vivida por Camboya: cuando los jemeres rojos habían anunciado que estaban dispuestos a jurar la Constitución y aceptar la monarquía de Sihanuk a cambio de una amnistía, las luchas en el seno del gobierno abortaban la tan ansiada posibilidad de paz. Cerradas las puertas de su reintegración social, los últimos insurgentes no tenían otro camino que el de sus refugios en la selva, desmoralizados, fatigados, condenados a resistir o a desertar sin garantías. La impresión general era que los dueños del poder en Phnom Penh no pretendían solucionar el problema sino capitalizarlo” (Vicente Romero, Viaje al genocidio de Camboya. Pol Pot, el último verdugo


Hagamos el ejercicio de sustituir en el texto de apertura: Camboya por Colombia, Sihanuk por Santos, insurgentes por guerrilleros, Phnom Penh por Bogotá… y vayamos al grano. Aquí también cabe el interrogante: “¿pretenden solucionar el problema o capitalizarlo?”

Harta sensatez tienen quienes en estas horas de expectativas invitan a mantener los ojos abiertos y la mente despierta. No se trata de ser optimistas ni pesimistas, ni santistas ni uribistas. Sólo se trata de no dejarse llevar de las narices por quienes pretenden hacer de la supuesta paz una oportunidad de lucro, o un atajo hacia el poder. La paz no se hace entre monjitas de la caridad, de acuerdo, ni de un lado ni de otro. Puede que unos crean honestamente que el capitalismo es la vía, así como otros se la jueguen por avanzar hacia el socialismo. En el papel todos los sistemas suenan buenos. El papel resiste cualquier cosa, y solemos estar dispuestos a creernos cualquier locura, para prueba los libros de historia, con las demencias del siglo XX basta y sobra para ser precavidos y curarnos en salud.

Desde una óptica tipo ‘establecimiento’ nada mejor que con la perspectiva de la reelección y los lauros de la Historia embarcar al Presidente Santos en una operación de ‘lavado de imagen corporativa’ ofreciendo el oro y el moro a las guerrillas para que desalojen las tierras que ocupan y dejen el terreno libre para desarrollar en toda Colombia, sin excepciones, ni fronteras agrícolas ni otras de ningún tipo, la gesta luminosa del capitalismo. Porque su interpretación es que a Colombia le falta capitalismo y le sobran guerrilla y militares, rémoras del siglo pasado con sus guerras interminables donde los contrincantes pareciera a sus ojos y sus bolsillos que juegan al empate… en término futbolísticos, que firmaron el empate… y eso cuesta millonadas de dinero y eso exige más y más impuestos… Los congresistas parecen haber captado el mensaje y se manifiestan dispuestos a aprobar lo que resulte con tal de congraciarse con el ‘establecimiento’ –y con la gran prensa tan esquiva últimamente- y de paso con el Señor Presidente y con las guerrillas. Finalmente, para los congresistas la supuesta paz les viene de perlas –piensan ellos- para ‘lavar su imagen’ tan venida a menos… y las guerrillas en el terreno electoral no son ninguna competencia, los votos se los quitarán al Polo, a los Progresistas, las guerrillas en política contribuirán a dividir aún más a la ya muy atomizada izquierda. Por este lado, negocio redondo, para el establecimiento, para el Presidente, para los congresistas. En sus curules tararean que ‘el pueblo desunido (y clientelizado) siempre será vencido”.

Por el otro lado, desde una óptica guerrillera, nada mejor que distenderse militarmente, flexibilizarse políticamente, y convertirse en socios ilustres del socialismo bolivariano apostando por hegemonizar la izquierda colombiana y así darle la razón a Chávez y a los Castro de que madura está Colombia para que la elección democrática se convierta en una Sierra Maestra ideológica sintonizada con el siglo XXI. La idea no es mala y si sólo por ella fuera ahorraría mucha sangre y muchas víctimas. De alguna manera sería habilitar el camino hacia una pensión digna para los viejos guerrilleros mientras la tregua de una o dos generaciones prepara el terreno para revoluciones futuras que serán inevitables desde su punto de vista, solo que inoportunas en este período histórico que bien vale zambullirse políticamente allí donde nacen las causas objetivas del conflicto armado en vez de seguir nadando en las corrientes de sangre que tanto daño les han causado particularmente desde la seguridad democrática a esta parte.

Asistiremos pues, si las cosas salen como las tienen pensadas unos y otros, a una tregua donde la guerra proseguirá por otros medios, esta vez políticos, sociales, culturales y decididamente comunicacionales. Tanto el establecimiento como las guerrillas han aprendido que las realidades si no son percibidas desaparecen, mientras que si las percepciones se solidifican y expanden poco importa que expresen verdades o mentiras, de todos modos pesan, influyen y finalmente determinan la marcha de la historia en un sentido o en otro.

Así las cosas habrá que ver de qué modo quienes no han sido invitados al banquete de la paz se someten a no ser tenidos en cuenta. Entre ellos podemos contar poblaciones enteras, comunidades diseminadas por el vasto territorio nacional, pequeños propietarios agrícolas, ganaderos y campesinos, clases medias y proletarios urbanos que han crecido durante generaciones odiando a las guerrillas y despotricando del estado ausente que nunca llegó, millones de colombianos y colombianas que no se sienten representados por las clases políticas, ni por las Farc ni el Eln, tampoco por el ‘establecimiento’ ni por el centralismo bogotano ni por las clases altas las cuales siempre tuvieron cómo, dónde y con qué protegerse de la violencia y la inseguridad, de la falta de estado y de las mismas guerrillas. Entre estas masas de pueblo a la deriva y desprotegido ni el capitalismo ni el socialismo son banderas con las cuales guarecerse de la inclemencia y la injusticia social, y por esto mismo son los sectores irredentos en los cuales encontrarán apoyo quienes desmovilizados como guerrilleros o como autodefensas en tiempos de Uribe sientan que han sido engañados, manipulados, abandonados a su destino por pactos ajenos celebrados en salones extranjeros no solo a sus espaldas, sino lo más doloroso de todo: sobre sus espaldas.

Si a lo anterior le sumamos que el narcotráfico y sus ejércitos urbanos y rurales tienen asegurada larga vida al haberse entrelazado con el capitalismo reinante en el mundo y tampoco el socialismo le ha cerrado sus puertas allí donde el capitalismo de estado también luce su doble moral todo un vasto océano de economías ilícitas e informalidades a la carta resistirán transversalmente desde lo alto hacia lo abajo todo el campo social de Colombia y lo peor de todo no hallarán puertas de salida de la ilegalidad porque tras el pacto entre establecimiento, clases políticas y guerrillas serán ellos quienes oficiarán de celosos guardianes de sus feudos milimétricamente distribuidos.

Entendámonos y sin ironías: que se firme una tregua entre establecimiento, clases políticas y guerrillas es ganancia también para quienes no sean convocados a firmar. Mejor la tregua que vaya a acordarse por irregular que resulte que la más regular de las guerras. Mejor ser rico que pobre, diría Pambelé. Sin embargo, deja un sabor amargo que se dejen por fuera millones de compatriotas. Y no solo deja un sabor amargo sino que invita a prevenir consecuencias que puedan ser funestas a poco de andar, cuando una paz de elites, una paz entre elegidos por ellos mismos, evidencie sus limitaciones, sus fisuras, sus hipocresías y sobre todo el grandísimo error de haber excluido a quienes tienen tanto qué decir y que poner sobre la mesa.

No se trata de ver el vaso medio lleno o verlo medio vacío. Se trata de no alzar ingenuamente las copas y brindar por victorias ajenas que son fatalmente derrotas propias, y cuando digo propias digo de quienes siendo parte desarmadas de las grandes mayorías nacionales no somos parte del establecimiento, ni de las guerrillas, ni de las clases políticas que aunque dueñas del Congreso son las minorías –los poderes fuertes y armados- que se aprestan a brindar en La Habana, Oslo y Bogotá.

Pese a todo, mientras el precio de la supuesta paz no sea impuesto con el silencio y la discriminación de todos quienes tienen al respecto algo para decir y lo quieren decir seguiré manifestando que prefiero la paz por imperfecta y limitada que sea a cualquier guerra por perfecta que luzca o noble y justa que parezca.

Lo decididamente bueno de todo esto es que cualquiera fuere la intención de los negociadores y pacten lo que pacten finalmente, lo que se ha puesto en marcha en Colombia a partir de la dialéctica impuesta por el largo conflicto armado entre guerrillas, Estado y autodefensas, y ahora por el Presidente Santos y la oposición de Uribe, desatará socialmente las voces silenciadas, los miedos represados y los anhelos colectivos postergados que auguran que la lucha por la vigencia de los derechos humanos, la justicia social y la libertad, la igualdad de oportunidades, la democracia sin exclusiones y los derechos políticos para todos será el pan de cada día en todos los rincones del País.

El futuro solo podrá ser aquel donde quepamos todos. Y todos somos todos. Sin mesianismos de ningún tipo, sin vencedores ni vencidos.  


Así la veo yo.


Los 192 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

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