septiembre 28, 2012

194. Abramos paso a la ‘Marcha Patriótica’ y también a la ‘Avenida del Medio’



ASÍ LA VEO YO - Año 8

‘Las penas y las vaquitas se van por la misma senda, las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas’ (Atahualpa Yupanqui)





Por Juan Rubbini

En twitter: @lapazencolombia

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Los experimentadores buscan de la manera más diligente allí donde parece más probable que podamos demostrar que nuestra teoría es errónea. En otras palabras, intentamos demostrarnos a nosotros mismos, lo más rápidamente posible, que estamos equivocados, pues sólo de ese modo podemos progresar” (Richard Feynman)


Ni los buenos estuvieron de un lado, ni los malos del otro. Los hubo buenos y malos por ambas partes y también en cada combatiente alternaron en todo momento las tentaciones del mal y los ideales del bien. Si en ocasiones prevaleció el deseo de triunfar en la guerra, en otras, afortunadamente, se abrió paso el anhelo de acordar las condiciones de la paz sin vencedores ni vencidos. No se trata de satanizar a unos e idealizar a otros, se trata de entender las razones de todos y de ponernos a trabajar juntos como sociedad en la misma dirección de la convivencia pacífica y la construcción democrática.

Inmersos en sus procesos de Justicia y Paz no han sido abundantes los pronunciamientos de los líderes de las autodefensas en los meses recientes pero cada vez que se manifiestan dejan traslucir que sus motivaciones políticas están intactas y su voluntad de continuar participando en la construcción de paz no fue quebrada por los años de cárcel ni por la extradición. Sus voces, solitarias entre los actores del conflicto, comparten ahora el escenario de la solución política negociada con aquellas de los negociadores de las Farc que diez años después de Ralito emprenden el mismo camino hacia la desmovilización y el desarme.

Sucede a partir de ahora que aunque suene paradójico, en favor de la rehabilitación política de los ex autodefensas juegan en la presente coyuntura nacional los mismos argumentos que esgrimen quienes validan favorablemente la futura inclusión de las Farc -una vez desmovilizadas- en el tablero político del postconflicto. Inédito pero desde ambas orillas –y también desde las filas militares y ‘parapolíticas’- se clama por un marco legal para la paz que realmente lo sea, que efectivamente ofrezca una salida política a todos quienes de una u otra manera se involucraron en el conflicto armado, desde el campo de los actores armados ilegales, y también desde el mundo de la política, de la empresa, de las mismas Fuerzas Militares y de Policía. Qué bueno que haya tantos dispuestos a sumar y multiplicar las soluciones, y luzcan tan minoritarios y escuálidos quienes alienten los miedos a la paz.

No en vano a derecha e izquierda se abandonan las armas y lideran procesos de paz para que semejantes riesgos y determinación en pos de ideales de sociedad y de país se vayan a echar en saco roto, sobre todo si se tiene en cuenta que existen para ambas partes abonados sociales y acumulados políticos frutos de haber ejercido –por carriles formalmente diferentes pero en sustancia muy similares- como ‘estados de facto’ en vastos territorios donde las guerrillas violentaron, las autodefensas también y el Estado nunca llegó, o llegó tarde y mal, violentando también cuando ocasionalmente llegó.

Así como las Farc victimizaron durante muchos años a no pocos integrantes de la población civil en pos de la pretendida redención social de quienes serían los sujetos beneficiarios de su proyecto político-militar, las Autodefensas ocasionaron también incontables víctimas en la población civil mientras simultáneamente  brindaron seguridad y protección a ingentes miembros de la población civil que hallaron en las Autodefensas reparo suficiente para proseguir su vida en medio de las azarosas condiciones del conflicto. Mayorías y minorías las hubo de lado y lado, según el momento y el espacio geográfico. Hubo víctimas porque las guerras producen también víctimas inocentes, y si las hubo ajenas al conflicto también las hubo, y muchas, por simpatizar con unos y generar antipatías en otros, por tomar partido y asumir riesgos en medio del conflicto armado. Y así como hubo víctimas, como hay víctimas, hoy también hay sobrevivientes que tuvieron sus simpatías por unos o por otros, y ya no quieren más guerras, pero sí seguir discutiendo sin violencia sobre el presente y el futuro del País.

Unos y otros delinquieron en gran escala al participar del conflicto armado por lo cual el daño hecho a la sociedad ha sido tremendo independientemente de las razones que indujeron a guerrilleros y autodefensas a trenzarse en feroz combate, defendiendo desde ambas orillas no solo ideales de sociedad teóricamente válidos sino también personas de carne y hueso cuyas ideologías y cuyos intereses los volcaban en favor o en contra de los bandos enfrentados.

Si desde la perspectiva de los actores armados –Farc y Autodefensas, en este caso- una cuestión principal pasa por resolver los derechos que la sociedad y la ley están dispuestos a concederles a sus integrantes a cambio del fin de sus hostilidades y el cese el fuego y desmovilización, desde donde la ven quienes han vivido y padecido en los territorios que han sido escenarios del conflicto armado la visión abarca también el derecho de reivindicar el partido que tomaron durante los años del conflicto. Porque así como hubo simpatizantes y colaboradores para uno de los bandos, también lo ha habido para el bando contrincante. Al calor del conflicto hubo demasiado sufrimiento y angustia, es obvio, pero también surgieron encuentros y lealtades, ayudas y solidaridad. Esto ha sido inevitable y así como habrá cicatrices que cerrar y heridas que sanar en el cuerpo pero también en el alma, no podrá dictaminarse por decreto que a partir de los acuerdos de paz se habrá de imponer tal o cual unanimismo ni mucho menos sometimiento a la política de uno o de otro de quienes fueron partes del conflicto armado.

¿Qué tal que se pretenda imponer en tal o cual región de Colombia una ‘democracia’ del partido único, o el monopolio de la cosa pública en favor de uno o de otro de quienes como Farc o Autodefensas estuvieron enfrentados en la guerra? ¿Puede alguien en sano juicio pretender que se vaya a parcelar el territorio nacional en favor de unos o de otros según las zonas de influencia que ocuparon los ejércitos irregulares de la izquierda o la derecha? ¿O que eso mismo vaya a suceder en los barrios y las comunas de las grandes ciudades?

Sería bueno que ni las Farc, ni las Autodefensas ni mucho menos el Estado estén pensando que el postconflicto se pueda estructurar a partir de la discriminación de unos o de otros. Esto no debe suceder ni en el nivel nacional ni en el nivel de las regiones o las localidades más apartadas. La integración de los ahora excluidos ha de ser completa, la competencia perfecta, el derecho a proponer y disentir, a participar y decidir, a respetar mayorías y minorías debe ser la norma que rija no la excepción que se tolere a regañadientes. Solo así, ‘durmiendo con el enemigo’ por decirlo de alguna manera que resulte gráfica, ha de ser la consigna, la convivencia, hasta que el mismo concepto de ‘enemigo’ vaya diluyéndose en el ejercicio de la dialéctica democrática, sustituta y superadora de la voz del fusil.

Así como la ‘Marcha Patriótica’ es bienvenida y tiene todo el derecho de existir y expresarse a lo largo y lo ancho del País- de todo el País-, la otra orilla del mismo río de la misma Patria, la de la ‘Avenida del Medio’ digamos–entre los extremos de derecha y de izquierda, entre los ‘ultras’ de lado y lado- también merece florecer y estar socialmente disponible como alternativa civilista, para que no solo los ‘Timochenko’ y los ‘Gabino’, también los ‘Mancuso’ y los ‘Bolívar’ puedan elegir y ser elegidos democráticamente.

Quienes creyeron alguna vez que las armas de las guerrillas o de las autodefensas eran solución en tiempos del conflicto y hoy han decidido libremente que nunca más se apalancarán ni apoyarán ni consentirán el uso de la violencia como sustituto del Estado social de derecho y sus instituciones previstas en la Constitución deberán ser invitados a firmar el Pacto de Civilidad y Democracia, el Gran Acuerdo de la Unión Nacional.

Sigo pensando que si la invitación del Estado –y de la Comunidad internacional- a participar de la ‘justicia transicional’ es universal y es generosa, si la actitud es sincera y en la dirección de ‘recomenzar de cero’ sin privilegios ni discriminaciones, Colombia puede transformarse en apenas una generación no solo en potencia económica, sino lo más importante en un Faro Moral, en el territorio de un nuevo Renacimiento, donde todos tengamos el derecho a vivir próspera y justamente, plenamente idénticos en derechos y obligaciones, e iguales ante la Ley, respondamos como respondamos ante los tribunales de la Historia y en lo más íntimo de nuestras conciencias aquellas preguntas que tanto duelen y dolerán mientras vivamos:

¿Por qué tantos años de guerra y crueldad? ¿Por qué tantas víctimas y tantas hipocresías? ¿Por qué por tanto tiempo y con tanta obcecación hemos sido capaces de ver la brizna en el ojo ajeno y con tan poca hidalguía y autocrítica hemos sido capaces de reconocer la viga en el propio ojo?


Así la veo yo.


Los 194 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com




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