noviembre 02, 2012

196. En Cuba dialogan Gobierno y Farc, ¿una isla de fantasía o un baño de realidad?


ASÍ LA VEO YO - Año 8

El derecho humano de participar en la vida política debe ser garantizado por igual a los desmovilizados pasados y futuros
Por Juan Rubbini

En twitter: @lapazencolombia

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“Todo hombre será tanto más hombre cuanto más se comprometa con el mundo en que vive, lo que pone de relieve la importancia del compromiso político. No se puede prescindir de la política, que es un espacio privilegiado del mundo y de su organización”

(Antonio Hortelano, Problemas actuales de moral, Tomo IV – Ética y Política)

Las conversaciones de paz entre Gobierno y Farc han encendido más alarmas que luces de alborada. Era de esperar que tratándose de asuntos de guerra y paz las aguas se encresparan y se dividieran entre partidarios como existen en ambas orillas ideológicas, unos, de continuar el conflicto armado y, otros, de hallarle una solución política. No sorprende entonces que los extremos ideológicos de ambos contendientes coincidan con su llamado a prácticas guerreristas –cuando no lisa y llanamente terroristas- con el objetivo de procurar abortar el proceso incipiente presentado en Oslo, así como entre sus elementos moderados –como los hay en el Gobierno y también en las Farc- se trabaja afanosamente en pos de arribar a consensos que lleven a la paz.

La cuestión real no es tan sencilla de dilucidar como pretende la caricatura que distingue a ‘extremistas’ y ‘moderados’ pero sirve al efecto de significar que ni el Gobierno –ni mucho menos la sociedad- así como las Farc – y sus integrantes y aliados- constituyen bloques monolíticos encolumnados rigurosamente en la defensa de intereses totalmente compartidos al interior de cada una de las partes. Esto no vuelve los diálogos inviables ni inútiles, por el contrario, los hace más necesarios en la medida que se reconozca que la existencia de fragmentación en los actores y diversidad de matices insta a profundizar el análisis y alejarse de los prejuicios y las vanidades siendo tan serio y de tanta importancia lo que está en juego –o mejor, en disputa.

Ante la evidencia de lo gigantesco del propósito luce mezquino e inoportuno hacer de la ‘variable tiempo’ una espada de Damocles. El proceso ha de durar todo el tiempo que necesite y no se mide con el tiempo cronológico sino con la satisfacción de las metas que se van acordando. Obviamente, si no se arriba a metas consensuadas, el proceso acabará por sí mismo, y ello puede suceder en cualquier momento sin que haya que atarse a plazos sino a realidades políticas. El conflicto armado colombiano es más un producto de la evolución histórica del País que de la voluntad de las partes. Pudieran las partes –digamos en este caso, Gobierno y Farc- arribar a un acuerdo final de cesar las hostilidades, incluso de cesar la guerra. ¿Cesaría entonces el conflicto armado colombiano, o solamente acabaría una de sus manifestaciones actuales –el conflicto entre el Gobierno y las Farc- subsistiendo la ‘violencia organizada’ entre otros actores, o incluso estos mismos reunidos hoy en La Habana, enfrentándose a la realidad que sigue siendo ‘violentamente’ expresada por actores diferentes al Gobierno y las Farc tal como los conocemos hoy?

De esto se trata entonces, de ‘saber de qué se trata’ cuando se habla de proceso de paz. ¿Se trata de una pretendida paz parcelada entre Gobierno y Farc, entre Gobierno, Farc y Eln, o incluso entre Gobierno, Farc, Eln, y Autodefensas? ¿O se quiere realmente avanzar hacia la Paz de Colombia donde la solución política englobe a todas, absolutamente todas, las expresiones organizadas de violencia?

Llegados a este punto, alguien podría decir que no podemos aspirar a la paz en términos maximalistas sino que debemos contentarnos con un mínimo de paz, en este caso lo que representaría para Colombia que la organización Farc abandonara el uso de las armas y se desmovilizara, sumando además en esta dirección al Eln y a los residuos supérstites de las Autodefensas que no se desmovilizaron en Ralito, o que habiéndolo hecho, se han rearmado. Preocupa observar que no ha hecho el Gobierno –a él le corresponde y urge que lo haga- claridad sobre los alcances de la Paz que se persigue a partir de Oslo y La Habana. Los seis puntos a debatir  de la ya famosa agenda y el más novedoso de su ‘preámbulo’ no son explícitos sobre los alcances de la paz ni en cuanto a sus consecuencias políticas ni en cuanto a los actores involucrados. Esto ha dado pie a que quienes se sienten excluidos hayan comenzado a hacerse oír y a solicitar ser tenidos en cuenta, y a que quienes no comparten la conveniencia de una negociación con las Farc hayan lanzado ya sus primeras advertencias apocalípticas sobre el regreso al Caguán, o algo peor según sus lúgubres vaticinios.

Me cuento entre los optimistas moderados, entre quienes consideran que el Gobierno y las Farc han tomado la iniciativa correcta en el momento oportuno. Desconozco las verdaderas intenciones de las partes, pero dialogar de paz, aun de una paz restringida a dos partes, aun de una paz que se persigue al calor del conflicto armado que persiste, aun a riesgo de que los guerreristas de ambos lados terminen por prevalecer, es ganancia, es pura ganancia, es un maravilloso ejemplo de sensatez ofrecido por el Gobierno y las Farc al País entero tan necesitado de no quedar de rehén de quienes solo están pensando en vencer o morir.

Me pregunto entonces ¿cómo sigue esto? Nadie lo sabe y la incertidumbre será una vez más inquietante e impredecible compañera de ruta en este delicado tramo de la Historia nacional. Sin embargo, hay algo que sostengo valioso de esta coyuntura y es la politización del conflicto armado y también de su posible solución, el reconocimiento público –incipiente aún- sobre la existencia de diversos actores que desde la legalidad y desde la ilegalidad, desde las entrañas del Estado y desde las orillas de los actores armados ilegales, pugnan por ‘politizarse’ y darle contenido social a sus propias hasta burdas manifestaciones de violencia, comenzando a transitar el camino de su visibilización como aspirantes a ingresar dentro de los límites precisos de la Constitución y la Ley para reinsertarse a la sociedad no como quienes vuelven a la sociedad sometidos a condiciones de parias y discriminación por su pasado en la guerra sino a ejercitar en la plenitud de sus derechos su condición de ciudadanos comprometidos con el ‘buen vivir’ del País donde han nacido.

Y este ‘buen vivir’ al que aspiran los desmovilizados –y los futuros desmovilizados de Colombia- incluye sugestivamente -y es un signo alentador- el ejercicio de la política. En una época global de despolitización de los ciudadanos, de falta de confianza generalizada sobre las bondades de la política para resolver los problemas de la sociedad, es por lo menos auspicioso y debiera celebrarse que quienes han ejercitado la violencia como integrantes de ejércitos armados hasta los dientes, estén clamando por ser escuchados, por ser atendidos sobre las razones y sinrazones que los llevaron a transitar el camino de la violencia rural y urbana.

Esta politización de los individuos que han integrado los grupos armados amerita un estudio profundo por parte del Estado y sus instituciones para establecer una hoja de ruta y un ordenamiento específico que habilite progresivamente a quienes demuestren con hechos su aptitud y su vocación de reinserción no solo a la sociedad en general, sino también en particular insertándose al ejercicio de la política.

Sucederá entonces que el pasado violento no será por sí mismo el que decrete la ‘muerte política’ del reinsertado, sino que tras el cumplimiento de condiciones de admisibilidad –donde la verdad y reparación a las víctimas y a la sociedad sea requisito indispensable pero no imposible de satisfacer en términos acordes con mecanismos de justicia transicional- la ‘politización’ manifiesta previa a su participación en el conflicto armado, o sobreviniente en el transcurso o posterior a dicha participación, permita ejercer al reinsertado el derecho humano de la actuación política, incluso elegir y ser elegido.

Finalmente, lo esencial aquí, no es reconocer o no el carácter político de tal o cual organización armada, sino de reconocer que el ser humano, como individuo, como persona, debe recuperar –tras su paso por la guerra y satisfechos los requerimientos de la justicia transicional- la plenitud de sus derechos, y siendo el hombre, al decir de Aristóteles, un ‘animal social’, nada más acorde a la naturaleza humana que recuperar su derecho de pensar, actuar, proponer y participar políticamente en igualdad de condiciones con todos los ciudadanos.


Así la veo yo.


Los 196 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com





2 comentarios:

  1. Excelente articulo. Es importante tener en cuenta también de donde provienen las llamadas FARC, su desarrollo a través del tiempo para encontrarse hoy en dia en este proceso.

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