febrero 22, 2013

200. La necesaria repatriación de los extraditados actores del conflicto



ASÍ LA VEO YO - Año 9

Urgen por igual alta política, tacto diplomático y espíritu de grandeza

Por Juan Rubbini
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“Siempre será igualmente descabellado este discurso: hago contigo una convención cuyo gravamen es todo tuyo, y mío todo el provecho; convención que observaré mientras me diere la gana y que tú observarás mientras me diere la gana” (Juan Jacobo Rousseau, El contrato social)


Se equivocan seriamente quienes ignoran o minimizan en sus análisis sobre las negociaciones de La Habana el impacto demoledor de al menos 4 circunstancias nada banales cuya convergencia en el futuro inmediato podría acabar abortando el entero proceso:

1. Los cabos sueltos del proceso de Ralito con las Autodefensas, entre los cuales: la subsistente existencia y proliferación de reductos ‘paramilitares’, la extradición de los jefes negociadores y la ‘espada de Damocles’ sobre los demás, la negación de lo acordado sobre actividad política de los desmovilizados tras su cumplimiento del componente judicial, la no refrendación protocolaria de los acuerdos finales de paz que al día de hoy no han sido reconocidos por el Estado colombiano ni conocidos fehacientemente por la Opinión pública nacional e internacional.

2. La grave enfermedad del Comandante Presidente Hugo Chávez y el incierto futuro político de Venezuela si Chávez no recupera su salud en plenitud y queda incapacitado para gobernar.

3. La inseguridad jurídica que afecta no solo Justicia y Paz sino también el Marco Legal para la Paz, así como el riesgo de extradición.

4. La intención manifiesta del Presidente Santos de negociar con fecha límite noviembre de 2013.


Entremos ahora en detalles.


En el contexto no faltan quienes reclaman una ‘paz despolitizada’. Los mismos que en privado anhelan una ‘democracia despolitizada’ y que no quieren ver convertidos en actores políticos ni a ex guerrilleros ni a ex autodefensas. O a unos sí pero a otros no, con raseros ‘ad hoc’ a la medida de los propios intereses. Donde se haga cierto aquello del fin de la historia, el fin de la lucha de clases, el fin de los conflictos. Mejor dicho, el maniqueísmo elevado a la categoría de lo ‘políticamente correcto'. Y todo esto gratis, al exiguo precio de la rendición de unos, de la apatía de otros, del sometimiento de la gran mayoría a la única política dominante: la de una minoría, o al oligopolio de minorías influyentes. Ojo, esto no solo anida en ciertos espíritus de derecha, no faltan en las izquierdas quienes desde el otro extremo sueñan con lo mismo. La cuestión es quién tiene la sartén por el mango, y con cuál de las manos: la de la derecha, o la de la izquierda.

Sobre la mesa de La Habana se dirigen todo tipo de presiones y desde todos los ángulos. Precisamente por esto, porque no se trata de una negociación donde sean ajenos los intereses –ideológicos, económicos, políticos, jurídicos, militares-, la ‘paz despolitizada’ es un imposible y quien la reclama como posible no entiende de qué se trata, o sí entiende pero se desentiende para pescar en el río revuelto de la confusión.

Salvo que todo estuviera acordado de antemano –cosa que definitivamente no creo- es ilusorio –además de inconveniente- ponerle plazos a la negociación entre Gobierno y Farc –obstáculo que luce desproporcionado a las dificultades de agotar los temas- si el límite se establece en noviembre –faltan ocho, a lo sumo 9 meses. Quienes insisten sobre esta fecha límite o están pensando que el ‘negocio’ consiste en romper la mesa y realizar la ‘jugada’ de Pastrana y Uribe al tiempo –hoy se permite la reelección, en 2002 no. O especulan con que las Farc –o quienes negocian en nombre de ellas- están más interesados en poner fin a su condición de guerrilleros que en obtener algo serio y creíble –para otros que no sean ellos mismos como individuos- en la mesa de La Habana. O sea que la Paz que se pretende no resulte, pero el Paz y Salvo para los negociadores de las Farc sí bajo ciertas condiciones 'ad hominem' –ases en la manga.

Se reeditaría en cuerpo ajeno la misma triste historia de Ralito donde no se refundó el País ni se amplió la democracia pero sí se generó un nuevo paramilitarismo, el que tal vez –sin proponérselo- está en vías de producir a través de las denominadas ‘farcrim’ un nuevo estilo de guerrillas dispuestas a dar el ‘golpe de Estado’ del que los antiguos líderes buscarían hoy ponerse a salvo en La Habana. Son especulaciones, claro, qué distinto a especular puede hacer quien no cuenta con la información. Informados, lo que se dice informados, son muy pocos, seguramente se cuentan con los dedos de una mano. Y esto vuelve el tema, no solo de curiosidad general sino también de quienes a la distancia de los acontecimientos procuran indagar sobre cómo les irá en el baile. Porque en estos casos los que suenan en la orquesta son muy pocos, pero bailar, bailamos todos. Y no es lo mismo bailar al son de tambores de guerra, que hacerlo al son de melodías de paz.

Si lo anterior ronda en la cabeza de los jefes negociadores de las Farc  –a título de especulación, claro- se comprende mejor por qué el antecedente de cómo les fue a los ex comandantes de las autodefensas extraditados tras acordar la paz y desmovilizarse, no es asunto de poca monta a la hora de tomar decisiones en La Habana. ‘Al perro no lo capan dos veces’ y en este caso en la mesa de negociaciones las Farc de hoy con Santos, son las Autodefensas de ayer con Uribe. Igualados por el destino en esto de ser sujetos que puestos a negociar no ya la Paz del País sino al menos su propia seguridad jurídica se encuentran con que garantías, lo que se dice garantías no hay. Ni las dio Uribe en su momento ni se lo ve a Santos dispuesto a darlas. Y para colmo Chávez –tal vez la única garantía seria en este mundo para las Farc- nadie sabe si llegado el caso estará en este mundo para estampar su firma.

Todo lo anterior reunido no permite hoy ser razonablemente optimista sobre el desenlace de las negociaciones y su incidencia sobre la Paz en Colombia. Ni siquiera sobre las garantías jurídicas necesarias mínimas para los negociadores de las Farc.

Se me ocurre entonces que Estados Unidos debiera hallar una fórmula para acudir en apoyo de la Mesa de negociaciones, de tal manera que se conviertan junto a la Cuba de los Castro en la garantía sólida que tal como van las cosas ni Santos por sí mismo, ni Chávez en sus condiciones de salud, ni Venezuela con sus incógnitas sobre su evolución política en el corto y mediano plazo podrán dar y resultar suficientes.

A mi modo de ver, la confianza que los comandantes negociadores de las Farc exigen –y no les falta razón- obtendría dos señales poderosísimas en su favor si Estados Unidos y el Presidente Santos acordaran que la Paz de Colombia exige por parte de la Justicia de los EEUU una decisión histórica: que los guerrilleros y autodefensas extraditados sean repatriados por Colombia, unos para sumarse a las negociaciones de La Habana, otros para completar los requisitos de su postulación a Justicia y Paz, todos finalmente para sumar en la mesa su aporte a la Paz.

No veo de qué otra manera el Estado colombiano podría asumir con alta política y estricta justicia la responsabilidad histórica de llevar ambos procesos de paz, el inconcluso de Ralito y el apenas iniciado con las Farc, al final socialmente deseado en términos de Verdad, Justicia y Reparación. Con reconciliación nacional y satisfacción plena de los derechos de las víctimas.

Así Cuba no sería apenas sede de diálogos fallidos, ni de eventuales asilos a ex combatientes, sino la cuna de la definitiva Paz de Colombia.

Y Estados Unidos ofrecería al mundo un ejemplo de cómo –a su manera y con su estilo- tiende una mano de grandeza a la solución política de un conflicto armado interno que no nació ni se prolongó ciertamente sin su responsabilidad e injerencia. Lo mismo puede decirse de la ex Unión Soviética –pera ya no existe, ¿y a quién reclamarle entonces? y también de Cuba. La Cuba Revolucionaria que hoy presta generosa su hospitalidad y su confidencialidad a las partes que negocian y seguramente, cuando llegue el momento, a las partes que no tardarán en sumarse, si los diálogos prosiguen, hasta que resulte necesario y conveniente para la Paz de Colombia.

Que no nos condicionen los plazos, sino los objetivos.

Y que sean objetivos grandes, generosos, no pequeños, ni mezquinos.


Así la veo yo.


Los 200 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

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