marzo 22, 2013

202. No se trata de buenos y de malos, ni de Abeles y Caínes


ASÍ LA VEO YO - Año 9
Vuelve y juega aquello tan antiguo como ‘que ellos no se salgan con la suya’
Por Juan Rubbini
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El virtuoso no es infalible, suele también equivocarse. Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores como una lección para sí mismo y para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior. El que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni se avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con la reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados(José Ingenieros El hombre mediocre (1913)


A medida que nos vamos acercando a las definiciones en La Habana, las expectativas –y las tentaciones- del Gobierno y las Farc oscilan entre los fantasmas del Caguán y los ‘conejos’ de Ralito. Santos no es Uribe, ni es Pastrana, de acuerdo, tampoco las Farc desarrollan su juego político como a su modo lo hacen las exAuc. Pero, sin embargo, Colombia es Colombia, sus clases políticas son sus clases políticas, y aun a riesgo de caer en ‘perogrulladas’ convengamos que ‘todo tiene que ver con todo’ y que el hombre es el único animal capaz de tropezar una y otra vez contra la misma piedra. Hay excepciones, claro, hay seres excepcionales, claro, pero finalmente, temores son temores, y somos los humanos muy de poner las barbas a remojar cuando vemos afeitar las del vecino, para cuando nos toque el turno. Si algo desagradable acontece (o aconteció) a tu alrededor, el instinto te recuerda que debes estar preparado y tratar de evitarlo. Intento decir que ni los jefes de las Farc son tan diferentes de los antiguos jefes de las Auc, ni Santos es tan diferente de Pastrana e incluso de Uribe. Así las cosas, más que pretender convencerse –y convencernos- los negociadores de La Habana sobre que este proceso es diferente de todos los anteriores, mejor harían en tener en cuenta las recomendaciones de Pastrana, de Uribe y también de Mancuso y los suyos, incorporándolos incluso a la Mesa de la Paz, todo en su medida, a su tiempo y armoniosamente.

Cuando los hermanos Castaño manifestaron que había llegado el momento de negociar políticamente su desmovilización -no su sometimiento- lo hicieron contra la idea de la corriente mayoritaria de las clases políticas del centro a la derecha, que recomendaban que no debían hacerlo antes que lo hicieran las guerrillas, todas las guerrillas, pero especialmente las Farc. Había consenso –más mediático que social, y más social que político- en aquellos tiempos de ruptura en El Caguán y ascenso de Uribe en las encuestas- que ‘el remedio había resultado peor que la enfermedad’ pero aun así, no fueron precisamente los políticos quienes alentaron a los Castaño a abrir trocha hacia su desmovilización. Si el Presidente hubiera resultado Serpa y no Uribe –en 2002- las autodefensas no llevarían hoy ya diez años de avanzar a duras penas en su reinserción social, en pos de su paz y salvo con la justicia y la recuperación ulterior sin prisa pero sin pausa de sus derechos políticos. Si en algo coincidieron Uribe y las autodefensas en Ralito fue en el común propósito de legitimar el Estado y volverlo inobjetable en su defensa de la seguridad, y en particular inmaculado en su combate a las guerrillas. Claramente, el ‘remedio’ táctico que habían constituido en el pasado las autodefensas ante la ‘enfermedad’ subversiva había ya agotado su misión ‘paraestatal’ de componente social, y no solo las contraindicaciones y los efectos secundarios de tal ‘remedio’ lo volvían inconveniente sino que la sola presencia de autodefensas sobre el territorio deslegitimaba al Estado y ‘legitimaba’ a las guerrillas. Así como hubo ‘razones de Estado’ en la movilización de las autodefensas, también las hubo en su desmovilización. Pero ni las clases políticas lo comprendieron en su momento –no sé que tanto lo comprendan ahora-, ni las guerrillas acertaron en la interpretación del complejo fenómeno cuyo epicentro fue Ralito. Ni sé qué tan correctamente lo hagan ahora.

El Gobierno con el cual negocian hoy las Farc no solo está más y mejor pertrechado militarmente que el de Pastrana, sino que –tras la desmovilización de las Auc- está hoy más legitimado nacional e internacionalmente que el de Uribe. Es más, si en tiempos de Pastrana la gran mayoría de la población colombiana entendía por qué era necesario acordar políticamente con las Farc, hoy la gran mayoría de esa misma población no entiende para qué se busca negociar políticamente con una guerrilla que ya está estratégicamente derrotada. Y esto no puede sino tener consecuencias políticas que un político como Santos que busca su reelección, pero no solo ello, sino que quiere hacer Historia, no puede dejar de considerar y tener muy en cuenta.

El dilema central de Santos en La Habana es cómo alcanzar el fin de la lucha armada de las Farc pagando el menor costo político en sus aspiraciones. O dicho de otra manera, y trayendo a colación Ralito: ¿cómo desarmar a las Farc sin pagar los costos de una guerra prolongada hasta alcanzar la victoria militar? Digo trayendo a colación Ralito, porque la jugada magistral de Uribe fue convencer –no del todo- a las clases políticas que la guerra antisubversiva se podía ganar sin ninguna clase de paramilitarismo y sin autodefensas. La misma idea que asumieron como propia y se dispusieron a capitalizar políticamente las autodefensas al entrar en la negociación de Ralito con la aspiración de convertirse en un movimiento político decidido a legitimar el Estado social de derecho, y combatiendo a las guerrillas ya no con las armas sino con acción y predicamento político desarmado.

Habiéndose truncado y permaneciendo inconcluso el proceso iniciado en Ralito hoy las Farc se encuentran en La Habana ante la gran encrucijada de su larga vida: ¿seguirle el juego a Santos, sin estar convencidas que Santos no acabará finalmente procediendo como Uribe en Ralito –y sobre todo tras Ralito? ¿seguirle el juego a las clases políticas, sabiendo que sus ‘intereses de clase’ son precisamente los contrarios? Si las autodefensas fueron durante tantos años consideradas ‘el remedio’ y las guerrillas ‘la enfermedad’ –y esto está instalado en el ‘inconsciente colectivo’ de las grandes mayorías nacionales ¿cómo seguir pretendiendo que el Presidente Santos pague el precio exorbitante de concesiones que ni loco que estuviera para pagarlas de su exclusivo bolsillo?

Llegados a este punto y admitiendo que a este proceso hay que ponerle fe… pero también algo de cabeza… ¿no estaremos llegando al punto en que se pongan sobre la Mesa de la Paz las situaciones ambiguas y confusas, a medio hacer e inconclusas, que arrastra consigo el conflicto armado, comenzando con los derechos y obligaciones pendientes de realización entre todas las partes que se han visto involucradas en el conflicto armado? La lista es larga, ancha y profunda, y entre víctimas y victimarios no faltan guerrilleros y sicarios, militares y empresarios, autodefensas y paramilitares, gobernantes y congresistas, narcotraficantes y banqueros, campesinos y ganaderos, religiosos y comerciantes etc., etc. A fin de cuentas Caínes no han sido solo los Castaño, porque si de ellos se trató en su ámbito familiar, en el nivel nacional y dentro del conflicto armado, lo que existió y subsiste es conflicto fratricida: los tres Caínes en su versión ampliada han sido –y no solo ellos- Estado, guerrillas y autodefensas. Y Abeles solo las víctimas, todas las víctimas inocentes.

Mi tesis: para construir la paz, en vez de insistir en destacar retóricamente la originalidad del actual proceso, corresponde establecer las rupturas y continuidades, pero sobre todo la complementariedad con los anteriores procesos, todos ellos –incluyendo El Caguán y Ralito- yendo de lo más simple a lo más complejo, de lo que cabe dentro del ‘sentido común’ pero también y sobre todo del ‘buen sentido’, definamos los grados de participación y los niveles de decisión, deshagamos los nudos, atemos los cabos, conciliemos hasta lo inconciliable. Más que pensar en constituyentes imaginemos primero como acercar a los contrarios, cómo despolarizar el debate, cómo unir lo que permanece dividido, cómo hacer que ningún colombiano ni colombiana se sienta excluido de participar en La Habana.

Finalmente, si todos por dentro nos sentimos Abeles, también es cierto que desde las contrapartes a todos nos ven como Caínes.

¿Por qué no pensar, en cambio, que Abeles y Caínes, fuimos todos y fuimos todas? Y tal vez lo más terrible, lo seamos todavía.

Y que todos y todas, afortunadamente, aspiramos ser Abeles, merecemos ser Abeles, y a ello nos dedicaremos sin pretender ser más papistas que el papa, ni más los unos que los otros.

Está bien que las Farc tengan su propia mirada sobre sí mismas, su discurso autojustificador bien interiorizado… pero si no terminan de entender que sobre el conflicto armado hay tantos relatos como actores y públicos, y no todos son pura fantasía, y no todos son mera propaganda política, el riesgo que desde La Habana su único destino sea regresar al monte enfusilados o permanecer por fuera de Colombia asilados, crecerá cada día en forma inexorable.

Más que solazarse acariciando su propio ombligo, el lenguaje corporal de los negociadores en La Habana debiera incorporar el tender los brazos, extender la mirada, sumar y multiplicar los diálogos, procurando un efecto derrame sobre el entero cuerpo social.

Por algo tan terrenal, tan humano, de los contradictores… de que ‘esos no se salgan con la suya’ acabaron fracasando las autodefensas en Ralito… por algo tan terrenal, tan humano, como que todo lo que hacemos en esta vida se nos vuelve como un bumerán… de mezquindades tan terrenales, tan humanas, de los contradictores, como que ‘esos no se salgan con la suya’ pueden acabar fracasando las Farc en La Habana.

No olvidemos la gran paradoja de Ralito: quienes fueron acusados de montar un proceso de paz entre ‘yo y yo’ acabaron demostrando finalmente lo contrario. Y acabaron mal. No vaya a ser que quienes comenzaron su negociación vistos como acérrimos contrarios, acaben siendo juzgados y condenados como otra versión de ‘yo con yo’. Porque si ello sucede –o no sucede pero se interpreta así-, ese ‘nosotros’, por oposición, hará crecer y crecer irremisiblemente los ‘otros’, los que no se sientan incluidos. Y así otro largo conflicto habrá comenzado a gestarse.

Para evitar que suceda esto solo hay un remedio que recomienda el buen sentido: “o todos en la cama, o todos en el suelo”.

No son solo palabritas, es una declaración de amor. La paz no es solo un armisticio, es fundamentalmente, y por sobre todo, una declaración de amor, de amor incluso a quien fue mi enemigo.

Y si no es así ¿entre quiénes se firma la paz? ¿Entre los amigos? ¡¡¡No joda!!!


Así la veo yo.


Los 202 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com


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