mayo 16, 2013

204. Colombia tiene heridas que solo los ex combatientes uniéndose podrán sanar definitivamente


ASÍ LA VEO YO - Año 9

¿Por qué descartar alianzas entre quienes fueron enemigos en la guerra?

Por Juan Rubbini
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Me han condenado al exilio, y he venido como suplicante a tu hogar, pero no para buscar seguridad y salvación –pues, ¿con qué objeto iba a venir aquí, si temiera a la muerte?-, sino para vengarme de quienes me han expulsado, venganza que ya empiezo a cobrarme al poner mi persona entre tus manos. Por tanto, si tienes el deseo de atacar a tus enemigos, ea, noble señor, sírvete de mis calamidades, y haz de mi adversidad la buena fortuna del pueblo volsco. Lucharé a favor vuestro mejor de lo que he luchado contra vosotros, en la medida que se combate mejor cuando se conocen las tácticas de los enemigos que cuando se ignoran. Pero, si has desistido de la guerra, ni yo quiero vivir, ni para ti estaría bien que salvaras la vida de un hombre que antaño fue tu mortal enemigo y que en el presente no te puede servir ni serte útil(Plutarco Vidas paralelas, Alcibíades-Coriolano)


A quienes celebran que el Presidente Santos haya dicho alguna vez tras asumir la Presidencia de Colombia que aspiraba convertirse en ‘traidor de su clase’ al gobernar, quiero decirles que cuando las autodefensas, de los Castaño y Mancuso, decidieron participar de un proceso de paz y desmovilizarse, eran más que conscientes que su decisión irrevocable de desmovilizarse haría inevitable que muchos que hasta allí los alentaron a participar del conflicto armado los considerara ‘traidores de su clase’… los ex comandantes de las autodefensas eran bien conscientes que correrían más peligros fuera de la guerra que dentro de ella… y no se equivocaron, como tampoco se equivocó Santos… coincidencias que tiene la vida… y que algo nos dicen acerca del futuro previsible y convergente si los astros continúan alineados en favor de la paz.

En las frases del encabezamiento, se trataba de dos guerreros, en tiempos de la Antigua Roma, que habiendo sido enemigos procuraban ahora aliarse con un objetivo común que seguía estando centrado en obtener la victoria militar. Sin embargo, y sin pretender abusar de las analogías, cabe también preguntarse –seriamente preguntarse- si las condiciones objetivas de la madurez adquirida por los procesos de paz en Colombia no dan para vislumbrar en un futuro bastante cercano la confluencia de desmovilizados de todos los grupos contendientes en acciones políticas y sociales concretas orientadas a desactivar no solo ‘minas antipersona’ sino arraigadas ‘bombas de tiempo’ que de permanecer a la deriva, diseminadas en el cuerpo social, imposibilitarán la instauración y progreso de una auténtica y genuina democracia popular en nuestro País.

La desmovilización de las autodefensas en la década pasada y la ‘dejación de armas’ previsiblemente próxima de las Farc y Eln en los próximos… ¿dos años, pongámosle? sugiere que en un horizonte cercano los reinsertados –ya por fuera de las cárceles, los postulados a Justicia y Paz, y en libertad plena quienes vayan a pasar por las ‘penas alternativas’ que se acordarán Corte Constitucional mediante- no solamente constituirán el universo inédito de unas cuantas decenas de miles sino que sus preferencias –y actuaciones- políticas diferirán ya en la legalidad desde la extrema izquierda de unos y la extrema derecha de otros, y entre tales extremos siempre minoritarios una vastísima difusión de matices incluidos los de centro izquierda, centro derecha, y puro centro también.

Discute actualmente la sociedad si habrá elegibilidad para todos ellos respetando el principio de igualdad y si la circunscripción electoral podrá ser una cuota inicial de ingreso al juego político donde aprenderán a convivir en las curules quienes hasta ayer eran acérrimos enemigos, combatiendo desde orillas enfrentadas. Los derechos políticos son inherentes al ciudadano en el sistema democrático por lo cual resulta falaz a esta altura del paseo la añeja controversia acerca de si en el curso del conflicto armado los actores ilegales perdieron o alcanzaron el estatus político, unos porque partiendo de las escuelas marxistas derivaron al pragmatismo económico de utilizar todos los medios de financiación y capitalización de rentas, y otros porque habiendo ingresado a la formación de ejércitos irregulares desde la apoliticidad partidista fueron inclinándose al ejercicio del poder político en sus zonas de influencia. Ya no existe, en el contexto presente del postconflicto en gestación, el superado mundo de la ‘guerra fría’ entre comunismo y anticomunismo, que alentó por un lado la ‘guerrillerada’ y por otro ‘los contra’, a caballo ambos de autonomías nunca plenas, manipulados ambos, por titiriteros estados en pugna que alentaron ‘paraestatalismos’ y ‘paramilitarismos’ varios a ‘distancia’, unos de derecha, otros de izquierda, todos igualmente arteros, violentos y victimarios como sucede en todas las guerras, pero en las irregulares mucho más.

Ridículo rasgarse las vestiduras acerca de quién se alejó más de los ‘derechos humanos’, o qué fue primero, si el huevo o la gallina, que causas objetivas las hubo de todos los colores y de todos los signos ideológicos. Cada víctima tiene su victimario, y con esto debería bastar para evitar discriminaciones odiosas. No caben premios por haberse sumado al conflicto armado, más bien deberá haber elogios y reconocimientos para quien se mantuvo pacífico al margen, y reparación y pedido de perdón hacia quien padece la condición de víctima. Pero sí cabe premiar la desmovilización, el apartarse de la pertenencia al campo de los victimarios, la entrega de armas al estado, la dejación de armas bajo custodia de organismos internacionales merecedores de confianza generalizada y por encima de toda sospecha. Para el combatiente que sigue en pie de guerra, bala, para quien abandona las armas, estímulo social, brazos abiertos y reconciliación. Y para quienes tengan vocación –y estómago- para incursionar en la política: procedimientos claros, condiciones precisas y una regla de oro: cero apología de comportamientos violentos, cero repetición de hechos ilegales. Paz y salvo una vez cumplidos los acuerdos de paz, paz y salvo una vez honrados los compromisos adquiridos con la Justicia Transicional.

No descarto que se sucedan en el futuro próximo alianzas bienvenidas entre quienes fueron enemigos en la guerra. Alianzas tácticas y temporales en ocasiones, sin excluir alianzas estratégicas y a largo plazo, según la naturaleza de los desafíos en las diversas regiones del país. Si la ‘guerra fría’ quedó en el pasado –y la ‘caliente’ también- nada obsta que ante peligros comunes, ante demandas sociales y económicas, sean muchas más y más vinculantes las nuevas realidades a las anteriores tragedias. ¿Quién podrá lamentarse que en la construcción de la Paz de Colombia y en la práctica de la Reconciliación más amplia y generosa aprendan a trabajar codo a codo – sorprendidos y entusiastas de verse como ‘mejores nuevos amigos’- quienes antes solo se hablaban por la boca de los fusiles?

El Presidente Santos tiene en sus manos pasar a la historia como el hombre que puso fin al conflicto armado, y para llevar a cabo semejante tarea no puede desdeñar el acercamiento patriótico y sin prejuicios a todos los actores, los ya desmovilizados y los que están decididos a culminar con éxito las negociaciones con su Gobierno, porque todos ellos –sin exclusión- poseen condiciones ineludibles para afianzar la paz en el inmediato postconflicto: son sus conocimientos y experiencias sobre el territorio, sobre las comunidades, sobre los flagelos sociales y las potencialidades yacentes, un verdadero tesoro, que no alcanza haberlo desactivado para la maquinaria de guerra, sino que debe ser explotado productivamente como instrumento de prosperidad colectiva y de desarrollo regional y nacional.

A quienes han tenido en sus campamentos y cuarteles los brazos y las mentes para la guerra, no les falta coraje y corazón para la paz. Póngalos a prueba, Señor Presidente, y si lo hacen bien, si le cumplen a Colombia, no le tiemble el pulso para abrirles las puertas del gobierno, del Congreso, del futuro de la Nación Colombiana. Sea dicho esto para guerrilleros, `paracos’ y militares, en igualdad de condiciones con los ciudadanos que jamás tuvieron un arma en sus manos.

La victoria no da derechos… pero haber hecho la paz y las paces, sí los da, debe darlos, debe respetar lo acordado, debe honrar la palabra dada.

Y sobre todas las cosas, debe darle la palabra a todos, para que nadie quede sin ser escuchado, sin ser atendido, llámese Marquez, Mancuso, Plazas Vega, Francisco, Juan Manuel… etcétera, etcétera.


Así la veo yo.


Los 204 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com


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