julio 29, 2014

226. Reconocer y honrar las víctimas, no hay otra

ASÍ LA VEO YO - Año 10

Desmitificar, desmitificar, desmitificar
  
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva” (Jorge Luis Borges, La biblioteca de Babel)



Pasaron las elecciones, pasó el Mundial, y el conflicto ahí.

No es fatalidad, no es desatino, es apenas un pedazo de presente, entre historia patria y sueños, que sueños son el futuro, y el pasado también. Sueños y pesadillas, demás está decirlo, pero cabe.

“Es mejor ser ricos que pobres” sentenciaba Pambelé. “Es mejor vivir en paz que en guerra” decían los candidatos, que en esto de descubrir el agua tibia, son aventajados aprendices de Maquiavelo.

Pero el presente, terco presente, nos recuerda que guerras hubo siempre, desde que el mundo es mundo. Y que pobres también hubo siempre, como siempre ricos hubo.

Si me propongo regresar a mis columnas después de James y Mascherano, lo es con esperanza, no desmesurada, en que la paz es posible aunque esté lejana.

Dudo mucho que Rusia 2018 coincida con la paz en Colombia, más aún, lo creo imposible. Y no lo digo desesperanzado, lo digo porque al igual que mis lectores sabemos los bueyes con los que aramos, y cuantos mitos faltan por desmitificar.

Entre los mitos que nos seducen y ante los cuales sucumbir no es pecado, tal vez el primero, es que tenemos Estado. De lo cual se colige que el Gobierno –otro mito- representa el Estado, el Estado mítico, claro está.

Otro mito, en respuesta al primero, es que las guerrillas luchan contra el Estado. Las guerrillas luchan, y punto. Y así sucesivamente, todos los actores del conflicto luchan, luchan, luchan.

La dificultad invencible del Estado mítico es que contra el mito de la revolución no ha podido. Guerras y pobres han existido siempre, más pobres que guerras, es posible, pero es que llamamos paz a la tregua entre dos guerras, y hay treguas que duran siglos, milenios no. Si al menos lográramos alcanzar una tregua entre dos pobrezas, ya eso sería todo ganancia, y que se extendiera por cincuenta años al menos. ¿Se imaginan cincuenta años sin pobreza, todos súbitamente ricos y en paz? ¿Quién se acordaría de Pambelé, o de Santos o Uribe?

La dificultad invencible de las guerrillas es que luchan contra un Estado que no existe, contra un Gobierno que no es tal, contra un mito. ¿Cómo esperar vencer algún día un enemigo inexistente?

Y sin embargo, la guerra es un dato de la realidad, o su alias ‘conflicto armado’, o sus otros alias “terrorismo” o “terrorismo de Estado”. Más que alias son protagonistas de novela, ecos de una tragedia griega, nombres sin otro contenido que la propaganda.

Sólo las víctimas existen, y ojo, no hay víctimas sin victimarios. No son ‘víctimas del conflicto’, qué va.  

Pretender transformar las víctimas de carne y hueso en ‘víctimas del conflicto’ nos retrotrae a las cavernas de la prehistoria. Tal maniobra frívola y pendenciera revictimiza a las víctimas, al convertirlas en mitos, en burdas leyendas mal contadas, sin historia, sin carne y hueso, las vuelve nada, invisible y literal nada.

La voz de las víctimas nos alienta a seguir el camino de la paz, a perseguir el sueño de que otra vida es posible, más allá de la guerra. La voz de las víctimas nos alienta a seguir el camino de la política, a perseguir la meta de otra democracia, más allá de los mitos del Estado, y de su contracara el mito de la Revolución. Más allá del mito de los Gobiernos que ‘buscan’ la paz, más allá de los mitos de las Guerrillas que luchan por la ‘paz con justicia social’.

Cuando despertemos de la pesadilla de habernos tragado el cuento del ‘Estado’ y las ‘guerrillas’, descubriremos con los ojos del náufrago que la tierra firme estaba allí a un par de brazadas de distancia.

Pero si el grito de las víctimas no es bastante, si la voz de las víctimas se apaga, si logran hacerlas como pretenden hipócritas de lado y lado, invisibles y míticas, los victimarios de todas las especies se habrán salido con la suya, y la tierra firme se evaporará delante de nuestros cuerpos exhaustos, y ya no habrá brazada que alcance ni cuerpo que resista otra travesía, al menos no de nuestra generación.

El tiempo de las víctimas no cabe ser medido por los relojes atemporales de las guerrillas que osan aprisionar el tiempo de la historia, ni cabe tampoco demorar la hora de las víctimas en los relojes que atrasan de los gobernantes que quieren retrasar el tiempo de Colombia.  

Que las víctimas afloren y renazcan de las cenizas de la guerra nos concilia con la oportunidad de despertar del fatalismo de los mitos y planta bandera delante de nuestros ojos ante la exigencia de constituir un solo Estado, un solo auténtico Estado, ante cuya presencia y realismo todo mito se desvanezca, todo cuento mal contado quede desenmascarado y reducido a polvo.

Sólo así los victimarios dejarían de serlo por los siglos de los siglos.

Y la victoria de las víctimas consistiría precisamente en esto: que al ser reconocidas y honradas por sus victimarios dejarían de ser prisioneras de sus verdugos, probarían por primera vez el sabor de la libertad.

Entonces, solo entonces, tendríamos la experiencia de la paz, su tesoro sería toda nuestra riqueza.

Quedaría por delante la meta de eliminar la pobreza, pero ya sin guerra, otro sería el cantar.


Así la veo yo.


Los 226 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com


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