septiembre 11, 2015

249. La sociedad pesa

ASÍ LA VEO YO - Año 11
La sociedad tendrá finalmente la última palabra
  
Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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«El fenómeno decisivo es el representado por las formas de odio abstracto, el odio hacia lo que no se conoce y sobre lo cual vienen proyectadas todas las reservas de odio que los hombres parecen poseer en el fondo de sí mismos» (Raymond Aron)


Con referendo o sin referendo, la sociedad colombiana tendrá la última palabra.

A las Farc históricamente no les ha preocupado el odio que generan en la mayor parte de la sociedad. Tal vez, porque nunca han contado con la tal sociedad sino para someterla cuando llegase el momento. Y sin embargo, se consideran y se las considera ‘políticas’.

Del otro lado del río, a los Castaño y los Mancuso, a las autodefensas en general sí llegó el momento en que les preocupó y mucho, el odio que generaban sus acciones en la sociedad. Advirtieron que había llegado el momento de decir adiós a la violencia, a las armas, pero sobre todo, adiós a la condena social que comenzaba a convertirse en su peor enemiga pública, y por ende política, más aun que las guerrillas. Cuando comenzaron las negociaciones de Ralito reclamaron con vehemencia que el Gobierno colombiano debía disponerse a asumir enteramente su responsabilidad de defender la sociedad de la arremetida guerrillera. Que no contaran más con ellas. Que ya basta.

Y tan consecuentes fueron con su decisión política de entregar las armas que ni el ‘conejo’ recibido ni la prisión, ni extradición, las apartó de su camino de afrontar el proceso de Justicia y Paz, con todas sus consecuencias. Si la voluntad y el compromiso de las autodefensas en Ralito con Colombia no se hubieran manifestado con tamaña elocuencia y determinación la sociedad no tendría hoy ningún elemento de comparación, ninguna referencia cercana, a la cual tener en consideración cuando de juzgar –y todo juicio es finalmente comparación- el proceso de La Habana se trata. Y hay quienes insisten en no querer ver el componente político que sentó a las autodefensas en Ralito. Y ya se sabe: no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Lo anterior viene a cuento sobre las resistencias que generan en la sociedad las circunstancias, actitudes y declaraciones que rodean las negociaciones con las Farc. El desencanto y el escepticismo mayoritarios tienen mucho que ver con aquella despreocupación de las Farc por el odio que han sembrado en al ánimo social. Más aún si todavía hoy, tras los más de  tres años de negociación no se las ha oído decir que su decisión de abandonar la lucha armada es definitiva y no hay marcha atrás que pueda sobrevenir. Ello le suena a chantaje a buena parte de la sociedad colombiana. Y bajo el chantaje poco podrán obtener de la sociedad las Farc de su extensa lista de exigencias. Esto Santos lo entiende, porque es demócrata pero las Farc no, porque las Farc son las Farc.

Vuelvo ahora a aquello de que las Farc son consideradas políticas, mientras que a las Autodefensas, ya desmovilizadas, se las sigue considerando apolíticas, y no solo eso, sino que todavía –a esta altura de la historia- no está claro para sus ex integrantes a través de qué mecanismos legales se habilitará su tránsito –que permanece interrumpido- entre su guerra que ya fue y su reinserción social y política que permanece en el limbo de la indefinición. ¿O es que el Estado pretende negarle la totalidad de sus derechos ciudadanos?

El antiguo debate sobre si las guerrillas son más políticas que terroristas, más políticas que sola expresión militar, o que en la orilla opuesta, las autodefensas han sido más crimen organizado que expresión político-militar de resistencia anticomunista, es un debate que seguramente historiadores y estudiosos del Derecho, seguirán alimentando acuciosamente.

Sin embargo hoy, en este presente preciso, aquí y ahora, donde alcanzar la paz sigue siendo el norte más preciado y necesario, urge quitarle al desespero de la sociedad, al sentimiento atribulado de la sociedad, sus aspectos más perturbadores, sus desconfianzas más arraigadas.

En los momentos más duros de Ralito, se lo escuchó a Mancuso, jefe negociador, manifestar a viva voz que su adiós a las armas era definitivo, y a los máximos líderes de las autodefensas de entonces asegurar que no volverían bajo ninguna circunstancia al monte.

No faltaron entonces en la contraparte del Gobierno quienes vislumbraron en estas definiciones eminentemente políticas una debilidad estratégica de la cual aprovecharse. Craso error de interpretación que llevó el proceso de paz a derivaciones insólitas y finalmente desestabilizadoras de la mesa. Todo terminó como hoy lamentamos. Sin embargo, los individuos que integraron las autodefensas sí se desmovilizaron, sí afrontaron la Justicia Transicional, sí aceptaron pagar cárcel y allí están todavía, en Colombia y en Estados Unidos también.

¿No habrá llegado la hora de reconsiderar la especificidad y el rol de unos y de otros actores ilegales del conflicto armado? ¿La hora de no seguir alimentando la discriminación entre unos y otros? ¿El momento de cerrar todos los circuitos de riesgo que pueden llevar más adelante a la reapertura de heridas que han comenzado pacientemente a cerrarse sin haber cicatrizado del todo? No se trata tanto que arriben a la Justicia Transicional por el mismo camino sino que pasen por el filtro de la Justicia Transicional y lleguen a la sociedad con los mismos derechos y obligaciones. Ni uno más ni uno menos que los demás ciudadanos, ni uno más ni uno menos, los unos y los otros excombatientes. Así de claro, así de sencillo.

Preocupa que la sociedad no termine de digerir los sapos de La Habana. Preocupa que las Farc sigan en la nube de considerar que las causas objetivas solo actuaron sobre ellas, y sobre todo que sigan sin admitir que ellas a su vez han sido causas objetivas del fenómeno de las autodefensas, entre otras consecuencias dolorosas pero inevitables que su decisión de alzarse en armas provocó. Y todo ese acumularse y retroalimentarse de causas y consecuencias ha golpeado brutal e inmisericordemente a la sociedad.

La sociedad tendrá finalmente la última palabra. No pretendamos hacer como que no existe, y peor, como que no pesa.

La sociedad pesa y cómo pesa, negociadores de las Farc, negociadores del Gobierno.

No se trata de que el referendo sea o no un suicidio, se trata de algo más importante: el sentimiento de la gente pesa más, mucho más que las intenciones y estrategias de ambas partes de la mesa.

Y el sentimiento de la gente, el corazón de la gente... hace y deshace la política.

La sociedad colombiana, con referendo o sin referendo tendrá la última palabra.

¿Lo queremos entender o no lo queremos entender?


Así la veo yo.


Los 249 artículos que componen la serie iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

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