agosto 21, 2014

228. La hora de los complementarios

ASÍ LA VEO YO - Año 10
Ni sectarios ni excluyentes
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“El poder nunca puede ser un fin en sí mismo, pues solo puede ser llamado bien lo que conduce a una satisfacción definitiva, a una concordia y armonía” (Platón, La República)

En La Habana –y también en Colombia- de lo que se trata es si los contrarios, que lo han sido hasta aquí y lo son aún, son capaces de convertirse en complementarios, si se atreven a cambiar los paradigmas.

El quid de la diferencia entre ‘santistas’ y ‘uribistas’ radica en esto, en que los primeros conciben la paz como una construcción colectiva y consensuada entre la política, la sociedad y los diferentes actores del conflicto –Estado, guerrillas, militares, autodefensas, y un largo y difuso etc.etc.-, mientras que los ‘uribistas’ conciben la paz como la victoria del Estado sobre los alzados en armas y punto, no hay más de que hablar.

Los pronunciamientos públicos de las Farc –sobre todo los que vienen del monte, los de La Habana están tamizados obviamente por la diplomacia- se identifican con el ‘todo o nada’ ‘uribista’ y no con el ‘acuerdismo por la paz’ sobre el cual predica el ‘santismo’. Coinciden sustancialmente ‘farianos’ y ‘uribistas’ en el hecho que conciben la paz como la victoria del uno sobre el otro, de los ‘nuestros’ sobre los ‘suyos’, a partir de la destrucción del otro, no de la construcción con el otro. Lo que iguala al ‘uribismo’ con las Farc es el acento puesto en las palabras clave de sus discursos: victoria y derrota, todo o nada. O dicho de otro modo, para el enemigo nada, ni justicia. O si se quiere, justicia como venganza, como ley del talión.

No es casual entonces que para triunfar en las recientes elecciones presidenciales el ‘santismo’ haya necesitado entre otros votos de los votos de izquierda, incluso de los votos de izquierda más cercanos ideológicamente con las Farc. Es que la izquierda no fariana es la más directamente perjudicada por la persistencia del conflicto armado, y la que se beneficiaría enormemente en sus posibilidades de crecimiento y acceso al poder si logra sumar a su frente amplio de izquierdas a los dirigentes de la guerrilla devenidos en actores políticos dentro de la legalidad. Esto explica la aparente contradicción que explota políticamente el ‘uribismo’ cuando sabotea el proceso de La Habana calificándolo de la búsqueda de un acuerdo entre ‘santistas’ y ‘castrochavistas’ para repartirse el poder, con la bendición de Cuba y Venezuela.

Lo anterior no hace de los ‘santistas’ ángeles de la paz ni a los ‘uribistas’ demonios de la guerra. Sencillamente, se trata de dos caminos diferentes en pos del poder, y de eso se trata la política, no de otra cosa, ni siquiera cuando estallan las guerras, ni tampoco cuando se exploran caminos hacia la paz.

Dicho esto, ni la guerra es el único fin en el que debieran concentrarse los discursos ‘uribistas’ –tampoco las Farc- ni la paz debiera ser el único propósito que oriente las políticas de los ‘santistas’ –ni de los izquierdistas amigos de la paz. Mal que nos pese, las guerras, los conflictos armados, la violencia, son expresiones de los desencuentros y las rivalidades sociales. Son los males que afloran a la superficie y se encarnan en los seres humanos y sus comunidades los que nos obligan a buscar soluciones, y entre las soluciones, las mejores, y entre las mejores las que minimicen los costos para la sociedad y sus integrantes.

Si aceptamos por un momento que ni la paz es un bien en sí mismo, ni mucho menos la guerra lo es, y comenzamos a percibir a quienes ven la realidad desde puntos de vista e intereses distintos a los nuestros, no como contrarios en sí de una vez y para siempre, sino como potenciales complementarios que hoy no lo son pero podrían llegar a serlo mediando circunstancias y acciones adecuadas de parte y parte, dedicaríamos más de nuestros esfuerzos a buscar los acuerdos y menos de nuestro tiempo a perseguir la victoria.

En otras palabras, no se trata de que los guerrilleros vayan o no a la cárcel, sino que sumen a favor de la concordia y la armonía, estén donde estén…; no se trata de que los ‘santistas’ o los ‘uribistas’ se salgan con la suya, ni tampoco que ‘santistas’ y ‘uribistas’ no se salgan con las suya, sino que ‘santistas’ y ‘uribistas’ tiendan los puentes por donde podamos caminar no solo ‘santistas’ y ‘uribistas’ sino también quienes no somos ni ‘santistas’ ni ‘uribistas’, incluidos quienes hayamos sido algún día, alguna vez, guerrilleros o autodefensas, de izquierdas o de derechas.

¿Qué intento decir con esto? Que la sociedad y los ciudadanos no podrán obtener nada bueno de ‘acuerdos de paz’ que excluyan a los que la ven diferente, que discriminen entre firmantes y no firmantes, entre supuestos ‘amigos de la paz’ y supuestos ‘enemigos de la paz’. Y para lograr esto, o al menos para hacerlo viable o posible, el Gobierno y las Farc, en vez de hacer de La Habana un bunker inaccesible y hermético –solo apto para iniciados o consentidos- deben asumir y promover la complementariedad, no en lo apenas obvio de quienes han apostado al éxito de los diálogos de paz, sino entre aquellos que hoy se caracterizan como los contrarios, los escépticos, los indiferentes.

Es sobre este punto de la complementariedad donde más énfasis habrán de hacer ‘santistas’ y ‘farianos’ quienes no pueden ni deben darse el lujo de hacer de la agenda pactada entre ellos la agenda nacional. Al contrario es la agenda nacional –donde cabemos todos los colombianos- la que debe asumir que la agenda de La Habana es de interés nacional y merece ser apoyada. Pero para esto, no solo los ‘farianos’ sino también el ‘santismo’ deben dejar de mirarse en el ombligo y solazarse en sus supuestas virtudes, para admitir ante el mundo que Colombia no se acaba en los estrechos límites de las mentes de Santos y ‘Timochenko’ sino que Colombia es más, mucho más que la existencia de sus contrarios enfrentados, y aspira a volver complementarios a todos sus habitantes, actores del conflicto o no, partidarios de tal o de cual.

Entiéndase bien, no se trata que no haya más contrarios, sino que aún quienes se reconozcan contrarios, asuman que son complementarios, necesarios, dignos de palabras amables y sensatas, no excluyentes, ni sectarias, para construir un país donde quepamos todos, con nuestras diferencias, ni más faltaba.



Así la veo yo.


Los 228 artículos que componen la serie iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
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agosto 08, 2014

227. Apuesto por la Paz, no porque el camino sea sencillo sino porque está abierto

ASÍ LA VEO YO - Año 10
Todos deben ser invitados, nadie debe ser ignorado ni rechazado
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“El hombre no está sometido a la Fortuna; no está a la merced de las olas y los vientos. Debe elegir y gobernar su rumbo. Si deja de cumplir este deber, la Fortuna se burla de él y lo abandona” (Nicolás Maquiavelo, El Príncipe)



Después de haber escuchado ayer el discurso de posesión de Santos, hoy renuevo mi apuesta por la paz de Colombia.

No apuesto porque tenga alguna certeza, alguna confidencia de palacio; solamente indicios, elocuentes indicios de un Presidente que ha puesto sus ojos en la paz, la equidad, la educación. Es su compromiso y hoy desperté con el propósito de poner mi fe en que cumplirá su palabra. En mi constitución al menos, el optimismo es un derecho fundamental y a la vez una cuota inicial que pago con gusto por el gusto de sumarme a una causa justa y necesaria.

No creo, sin embargo, que la paz esté cerca, ni mucho menos. Solo dejo constancia sobre mi apuesta que ahora sí estamos en el camino que va hacia allá. Sobre el camino que es.

Lo mío no es un cálculo político, es apenas la intuición de quien está dispuesto a poner el hombro. Y sé que no faltan en Colombia manos dispuestas a construir la paz. Y no solo entre quienes votaron por Santos –yo no lo voté- sino también entre quienes lucen escépticos, descreídos, contradictores.

Hagámonos cargo del conflicto armado y sus consecuencias. Asumamos que existe y es un obstáculo enorme para la equidad y la educación, la seguridad y la inversión, el progreso y el bienestar.

Tampoco perdamos de vista que la paz exige no solo el silencio de las armas, también y sobre todo una revolución en nuestros corazones. No la rendición ni el sometimiento de unos ante otros, sino una distribución del poder que armonice los inevitables contrarios sin pretender anularlos o silenciarlos. La justicia florece en tiempos de libertad, ojalá con pocas cárceles y vacías, y muchas escuelas y universidades pero llenas y bullosas.

Santos ganó las elecciones con el voto ‘santista’, pero también con el voto de la izquierda, y seguramente no fueron pocos los ‘uribistas’ y del centro a la derecha que apostaron por la paz.

A poco de andar el nuevo Congreso, la oposición ‘uribista’ de Santos no se dejará arrastrar por los pocos extremistas que quieren acabar con el proceso de La Habana; por el contrario, buscará el modo de subirse al ‘carro del vencedor’ cuando la victoria sea la victoria de la paz, no la victoria de Santos ni la victoria de las Farc. Es legítimo el temor que siente esa oposición por unas negociaciones que no han dado todavía frutos buenos mientras la cosecha de la guerra sigue siendo amarga y cruel. Y hasta bueno que exista esa oposición, bueno porque Santos y las Farc deben contar con esa oposición, tal vez no para firmar los acuerdos pero sí para refrendarlo y después para ponerlos a funcionar.

Mi apuesta por la paz de Colombia no es ciega, tan ciega no es que advierto que deberá contar en los próximos meses –no años, me auguro- con el aporte de todas las oposiciones a Santos, de izquierda y de derecha, y también con la adhesión y participación de todos los actores que lo han sido del conflicto armado, incluidos el Eln, las Autodefensas postuladas a Justicia y Paz, y los residuos de grupos guerrilleros y ‘paras’ todavía no desmovilizados. Al construir la paz no alcanza con no ser ciegos ante la realidad sino que la mirada no puede quedarse con lo que tiene al frente sino que hay que extenderla hacia adelante, hacia derecha e izquierda, abarcando todos los horizontes y sin dejar por fuera ningún cielo, ninguna ideología, ningún territorio.

Porque si se trata de jugarse por la paz todos los jugadores que lo han sido de la guerra tienen que poder jugar el juego de la paz. Será la única manera, además, que todo el universo de víctimas reciba el cobijo y la reparación que le deben todos los victimarios.

Si aspiramos a una paz definitiva que cubra todo el territorio nadie absolutamente nadie debe quedar por fuera, todos absolutamente todos tienen que ser invitados a la Mesa de la Paz, todas la memorias cuentan, todas las víctimas duelen, todos los victimarios necesitan evidenciar su arrepentimiento y solicitar su perdón.

Es por todo esto que apuesto por el camino que transita Santos, no solo por los pasos que lo han traído hasta aquí sino por los que intuyo está dispuesto a dar si recibe nuestro apoyo, nuestra confianza, nuestra mano tendida. También porque se ha mostrado dispuesto a recibir nuestra mirada crítica, jamás destructiva, siempre constructiva, plasmada con manos de alfarero, corazón generoso y pies de acero.



Así la veo yo.


Los 227 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
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julio 29, 2014

226. Reconocer y honrar las víctimas, no hay otra

ASÍ LA VEO YO - Año 10

Desmitificar, desmitificar, desmitificar
  
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva” (Jorge Luis Borges, La biblioteca de Babel)



Pasaron las elecciones, pasó el Mundial, y el conflicto ahí.

No es fatalidad, no es desatino, es apenas un pedazo de presente, entre historia patria y sueños, que sueños son el futuro, y el pasado también. Sueños y pesadillas, demás está decirlo, pero cabe.

“Es mejor ser ricos que pobres” sentenciaba Pambelé. “Es mejor vivir en paz que en guerra” decían los candidatos, que en esto de descubrir el agua tibia, son aventajados aprendices de Maquiavelo.

Pero el presente, terco presente, nos recuerda que guerras hubo siempre, desde que el mundo es mundo. Y que pobres también hubo siempre, como siempre ricos hubo.

Si me propongo regresar a mis columnas después de James y Mascherano, lo es con esperanza, no desmesurada, en que la paz es posible aunque esté lejana.

Dudo mucho que Rusia 2018 coincida con la paz en Colombia, más aún, lo creo imposible. Y no lo digo desesperanzado, lo digo porque al igual que mis lectores sabemos los bueyes con los que aramos, y cuantos mitos faltan por desmitificar.

Entre los mitos que nos seducen y ante los cuales sucumbir no es pecado, tal vez el primero, es que tenemos Estado. De lo cual se colige que el Gobierno –otro mito- representa el Estado, el Estado mítico, claro está.

Otro mito, en respuesta al primero, es que las guerrillas luchan contra el Estado. Las guerrillas luchan, y punto. Y así sucesivamente, todos los actores del conflicto luchan, luchan, luchan.

La dificultad invencible del Estado mítico es que contra el mito de la revolución no ha podido. Guerras y pobres han existido siempre, más pobres que guerras, es posible, pero es que llamamos paz a la tregua entre dos guerras, y hay treguas que duran siglos, milenios no. Si al menos lográramos alcanzar una tregua entre dos pobrezas, ya eso sería todo ganancia, y que se extendiera por cincuenta años al menos. ¿Se imaginan cincuenta años sin pobreza, todos súbitamente ricos y en paz? ¿Quién se acordaría de Pambelé, o de Santos o Uribe?

La dificultad invencible de las guerrillas es que luchan contra un Estado que no existe, contra un Gobierno que no es tal, contra un mito. ¿Cómo esperar vencer algún día un enemigo inexistente?

Y sin embargo, la guerra es un dato de la realidad, o su alias ‘conflicto armado’, o sus otros alias “terrorismo” o “terrorismo de Estado”. Más que alias son protagonistas de novela, ecos de una tragedia griega, nombres sin otro contenido que la propaganda.

Sólo las víctimas existen, y ojo, no hay víctimas sin victimarios. No son ‘víctimas del conflicto’, qué va.  

Pretender transformar las víctimas de carne y hueso en ‘víctimas del conflicto’ nos retrotrae a las cavernas de la prehistoria. Tal maniobra frívola y pendenciera revictimiza a las víctimas, al convertirlas en mitos, en burdas leyendas mal contadas, sin historia, sin carne y hueso, las vuelve nada, invisible y literal nada.

La voz de las víctimas nos alienta a seguir el camino de la paz, a perseguir el sueño de que otra vida es posible, más allá de la guerra. La voz de las víctimas nos alienta a seguir el camino de la política, a perseguir la meta de otra democracia, más allá de los mitos del Estado, y de su contracara el mito de la Revolución. Más allá del mito de los Gobiernos que ‘buscan’ la paz, más allá de los mitos de las Guerrillas que luchan por la ‘paz con justicia social’.

Cuando despertemos de la pesadilla de habernos tragado el cuento del ‘Estado’ y las ‘guerrillas’, descubriremos con los ojos del náufrago que la tierra firme estaba allí a un par de brazadas de distancia.

Pero si el grito de las víctimas no es bastante, si la voz de las víctimas se apaga, si logran hacerlas como pretenden hipócritas de lado y lado, invisibles y míticas, los victimarios de todas las especies se habrán salido con la suya, y la tierra firme se evaporará delante de nuestros cuerpos exhaustos, y ya no habrá brazada que alcance ni cuerpo que resista otra travesía, al menos no de nuestra generación.

El tiempo de las víctimas no cabe ser medido por los relojes atemporales de las guerrillas que osan aprisionar el tiempo de la historia, ni cabe tampoco demorar la hora de las víctimas en los relojes que atrasan de los gobernantes que quieren retrasar el tiempo de Colombia.  

Que las víctimas afloren y renazcan de las cenizas de la guerra nos concilia con la oportunidad de despertar del fatalismo de los mitos y planta bandera delante de nuestros ojos ante la exigencia de constituir un solo Estado, un solo auténtico Estado, ante cuya presencia y realismo todo mito se desvanezca, todo cuento mal contado quede desenmascarado y reducido a polvo.

Sólo así los victimarios dejarían de serlo por los siglos de los siglos.

Y la victoria de las víctimas consistiría precisamente en esto: que al ser reconocidas y honradas por sus victimarios dejarían de ser prisioneras de sus verdugos, probarían por primera vez el sabor de la libertad.

Entonces, solo entonces, tendríamos la experiencia de la paz, su tesoro sería toda nuestra riqueza.

Quedaría por delante la meta de eliminar la pobreza, pero ya sin guerra, otro sería el cantar.


Así la veo yo.


Los 226 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
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junio 19, 2014

225. Si sucede, conviene

ASÍ LA VEO YO - Año 10

El pase gol de Colombia a las guerrillas no puede acabar en las tribunas

Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“Si sucede, conviene” (Del Budismo zen)


De todos los comentarios posteriores al 15 de junio me quedo con este: “la pelota está en el campo de las Farc y el Eln”.

Sus tesis de izquierda –por las que justifican sus acciones militares y terroristas- están sobre la mesa. Y no son solamente las guerrillas quienes las sostienen, finalmente tesis son tesis, y buena parte de las mismas son avaladas por el 20 % del electorado colombiano, a través del Polo Democrático por ejemplo, y no solo.

Lo que no comparte sino el 5 % de los colombianos y en esto seguramente me excedo, es que por esas tesis de ultra izquierda haya que inmolarse en una guerra revolucionaria sacrificando la vida de centenares de miles de colombianos, uniformados o no, militares, guerrilleros, paramilitares y civiles.

La urgencia de la paz, su importancia y necesidad, atravesaron transversalmente el voto por Santos y por Zuluaga. En este plebiscito abrumador por la paz está la clave de los años por venir. Santos lo intuyó antes y mejor que el uribismo, está claro. Pero ni la paz sin condiciones está en la mente de Santos, ni la guerra perpetua está en la mente de quienes votaron por Zuluaga. Todo en su medida y armoniosamente, decían los filósofos de la antigüedad, y así se expresaron los colombianos en las urnas. Extremismos afuera, cordura y equilibrio sobre el escenario político.

Por eso insisto, “la pelota está en el campo de las Farc y el Eln”. Las supuestas ‘causas objetivas’ que sustentan sus reivindicaciones políticas y sus crímenes, no han logrado ser compartidas sino por una ínfima minoría de colombianos. Se pueden compartir sus ideas sobre lo que es bueno y lo que es malo para Colombia y su gente, pero el repudio por sus métodos belicistas y criminales es inmensamente abrumador en el universo democrático de todas las tendencias políticas, las de derecha y las de izquierda.

Si las Farc y el Eln aspiran a una salida negociada y política que rescate lo bueno y conveniente de sus iniciativas deben comprender, asumir y hacer público su adiós a las armas, su adiós definitivo e inmediato, sin más condiciones que la magnanimidad del Estado y la benignidad de los ciudadanos, que sabrán responder con generosidad y perdón si del lado de las guerrillas se advierte arrepentimiento y no repetición de sus acciones militares y terroristas.

Es tan burdo seguir negando la evidencia que en Colombia ha existido y subsiste un conflicto armado como pretender minimizar o negar que las guerrillas han sido penetradas y convertidas en arietes de amenazas y comportamientos terroristas.

Las Farc y el Eln tienen todas las garantías que las leyes nacionales e internacionales les conceden a quienes han sido actores de un conflicto armado, al igual que las tienen sus contrincantes Autodefensas que les llevan una década de ventaja en esto de someterse a la Justicia y aceptar que en Colombia la guerra no va más, no se tolera más, no cabe ya sino en mentes calenturientas y desquiciadas.

El hecho contundente y llamativo, elocuente y plausible, que la inmensa mayoría de los movimientos políticos y sociales de izquierda hayan sumado su voto y su opinión a las tesis de paz y reconciliación del Presidente Santos son un compromiso de paz y reconciliación que Santos deberá honrar, ni más faltaba, y la ciudadanía acompañar con entusiasmo, pero que las Farc y el Eln deben asumir como un reto y una lección inolvidables de sus propios compañeros ideológicos para que hagan suyo y de inmediato el clamor nacional por la paz y lo sagrado de la vida.

De lo contrario, de no saber jugar criteriosamente con el balón que les ha caído en su campo, las Farc y el Eln serán condenados irremisiblemente y sin otra oportunidad, por las mayorías colombianas, y su condena será exclusiva y puramente de su propia irresponsabilidad y culpa.

Las Farc y el Eln tienen la última palabra, son ellos en definitiva quienes escogen con sus decisiones si se los escucha políticamente en el marco de la democracia colombiana, o se los combate con decisión y sin fisuras desde la ley, desde la ética, desde lo más sagrado que tiene un pueblo, que es su dignidad.   

El que gana gobierna, el que pierde al llano, pero desde la cumbre o desde la base, democracia, democracia, democracia… y justicia, claro, sobre todo justicia, y no solo para los de ruana.

Así la veo yo.


Los 225 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
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