mayo 05, 2016

256. Cortita y al pie

ASÍ LA VEO YO - Año 12
Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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Cedo hoy el espacio que dedico a mis columnas  para copiar textualmente, sin modificar ni una coma, ni un acento,  'Guerrilleros y Paramilitares', publicada el 5 de mayo de 2016, en KienyKe.com, firmada por Sergio Araújo. Dejo constancia que tengo coincidencias abundantes con lo abajo escrito, y manifiesto además que le auguro a esta columna una trascendencia que no dudo merece y aplaudo. Quien ha seguido ininterrumpidamente mis columnas (256) (todas disponibles en este blog) desde marzo de 2005 puede dar fe que la PAZ DE COLOMBIA siempre ha sido el norte de todas y cada una de ellas, así como la necesidad histórica de reconocerle a todos los excombatientes, de todos los bandos, igualdad ante la Ley, en la medida que cumplan a cabalidad y hasta sus últimas consecuencias las leyes correspondientes de Justicia Transicional, con satisfacción de las víctimas y compromiso sagrado de no repetición.

Así la veo yo.

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5 de mayo de 2016
KienyKe.com
http://www.kienyke.com/kien-escribe/guerrilleros-y-paramilitares/
Guerrilleros y Paramilitares
Por Sergio Araújo

Criminales de primera y de quinta

¿Es éste un país de hipócritas? Quizá. Dicen que en el gobierno Samper, Santos fue a visitar a Carlos Castaño y la cúpula paramilitar dizque “para ambientar la salida de Samper”. Pura paja. Estaban fraguando un golpe de Estado y era tal el poder de los paras, que consideraron necesario pedir anuencia al jefe de los 30.000 hombres ilegalmente alzados en armas contra la subversión al amparo de amplios sectores de las fuerzas armadas y la dirigencia nacional. Esa es la verdad. Pero como el protagonista pertenece al olimpo bogotano y hoy es el dueño de la autopista a la impunidad de la guerrilla… eso no es nada.

En esa época había cuatro clases de congresistas en Colombia: Los de núcleo electoral urbano de grandes ciudades, exentos de contacto con guerrillas o paramilitares. Los amigos de los guerrilleros. Los amigos de los paramilitares. Y los que a pesar de todo hacían resistencia civil, con opinión, en ciudades y campos colombianos, sin someterse a los armados y exponiendo sus vidas.

El proceso de la Parapolítica, que no fue penal sino político, revolvió a todos, y solo los clasificó como Uribistas y no Uribistas; a los Uribistas los decapitó el aparato judicial sin contemplaciones, animado por una vendetta personal de algunos magistrados con frustraciones burocráticas, y a la oportunidad no desperdiciada de la izquierda armada mimetizada en fundaciones y corporaciones civiles, que elige parlamentarios posa de izquierda civil, pero son miembros jerárquicos de las guerrillas.
Esa unión de intereses usó la justicia, torció la ley y arrasó todas la garantías procesales, cambiando jurisprudencias, violando el principio de cosa juzgada y todos los tratados internacionales. Masacraron al Uribismo y revolvieron inocentes con culpables. Eso sigue, y la JEP con su Unidad de Investigación y Acusación pretende hacer el epílogo de la tarea.

Es impactante ver como la sociedad toda, asiste muda a la repartija de impunidad sin acordarse que antes hubo otro proceso de desarme y desmantelamiento de un aparato armado de fuerza devastadora, que fue desvertebrado por decisión propia, ante la oportunidad dispuesta por el gobierno Uribe, y me refiero por supuesto a lo que para desmovilizarse se autobautizó -a la carrera- como AUC, que  no fue otra cosa que la unión de todos los grupos de autodefensa del país, que a cambio de una oportunidad y sin que el Estado disparara un tiro, se entregaron a la espera del perdón de la sociedad. ¿Querían conservar riquezas ilegales? Sí. ¿Querían algunos Narco-Paramilitares mimetizarse como combatientes? Sí. ¿Querían pagar poco precio por sus crímenes terribles? Sí. ¿Querían lavarse ante la historia? Sí. Exactamente igual a lo que quiere hacer y está logrando la guerrilla.

Pero a los paras nadie les perdonó nada. El gobierno Uribe los extraditó a pesar de que se había comprometido a no hacerlo. La prensa los satanizó sin reconocer mérito alguno a la voluntad de auto-acabarse, la izquierda armada y sus mil ONG aún no terminan de hundir y sacudir la pica en los ojos de los protagonistas del paramilitarismo… Como si fuera poco la memoria histórica le encargaron escribirla a la izquierda, contraparte de los paras, y a partir de ahí, los paramilitares quedaron -a solas- como los más viles y terroríficos asesinos de la historia de la humanidad, sobre un relato de acciones según el cual jamás ninguna de sus víctimas fue guerrillero ni criminal ni nada, y todos los muertos de las autodefensas fueron solo víctimas inocentes.

Que hipocresía la de tanta gente de este país que se apoyó quince años en la protección paramilitar para poder trabajar mientras empresarios de la ciudad y regiones miraban para otro lado, cuando con sus métodos atroces –copiados fielmente de la guerrilla- hacían las veces de ese Estado que nunca garantizó la vida ni la seguridad a nadie.

Ahora, estamos ad portas de que nos entreguen a las FARC. Desde el Presidente para abajo, todo el estamento oficial se apresta a facilitar la entrega física, casi sexual, de la institucionalidad, a una guerrilla de criminales tan atroces en sus acciones como sus imitadores los paramilitares. Aunque solo con las centenas de miles de abortos forzados, ya haya una diferencia abismal.

Nos tienen “ambientados” y listos para entregarles toda la impunidad, no tocar su plata, meterlos a la dirección del estado, darles elegibilidad, verlos como personajes en todos los festivales de música, foros, universidades, discotecas, restaurantes, y hacer de cada hampón de esos un Mandela, sin acordarnos del resto, y sin tener el pudor de dar las mismas garantías de elegibilidad y perdón a los que les combatieron durante las casi dos décadas que el estado se arrodilló cobarde ante la guerrilla cuando ya casi entraban por La Calera hasta la plaza de Bolívar.

La Jurisdicción Especial para la Paz puede ser un concierto para delinquir, igualito al Pacto de Ralito, pero ya elevado a la categoría de acuerdo de paz, ahora con insólitas pretensiones de tratado internacional, no es sino una claudicación de la soberanía jurisdiccional, aunque también sea un exabrupto, y una bomba nuclear dada en las manos a la guerrilla a cambio de la meliflua “dejación” de armas a las que se les invita con susto.

Las encuestas dicen que Colombia no quiere, sin embargo, nos la van a hacer tragar. Nos van a zampar ese supositorio de alambre de púas, porque así es la dinámica de la cobardía que se esconde en la ignorancia. Y porque la mediocridad, la codicia y la voracidad material de los parlamentarios que respaldan al gobierno en su absurda entrega no representa a quienes les eligen.

Pero, ¿es justo que el nuevo esquema de justicia transicional y la nueva jurisdicción no sustituya del todo la de Justicia y Paz? ¿Es equitativo que los beneficios para los guerrilleros no sean los mismos que los dados a paramilitares? El pretexto de que está vigente Justicia y Paz otorga a unos el 100% de impunidad y olvido, mientras a los otros les deja con la condena de la historia y el asco de las generaciones venideras.


Para empezar a ser justos, de una vez digo que estoy totalmente de acuerdo con que venga Ricardo Palmera, a quien Colombia conoce como Simón Trinidad, y forme parte de la iniciativa de inserción a la sociedad. Pero también, con la autoridad de haber sido, por solicitud oficial del gobierno, quien facilitó su desmovilización y desarme, (Cómo Piedad Córdoba o Álvaro Leyva facilitan la de la guerrilla) propongo la repatriación de Rodrigo Tovar Pupo, a quien la Justicia norteamericana, al parecer no ha podido probar cargos de narcotráfico, para que se someta a la misma justicia transicional, participe en el debate, igual que los otros ex AUC que ya pagaron sus 8 años, y como colombianos, todos tomen parte en la elegibilidad y en la búsqueda del respaldo democrático, a ver si esta paz a las que nos convocan si es nacional, si es justa, y si es sincera para todos y de parte de todos. ¿Qué dicen señores de las FARC?


abril 14, 2016

255. El ‘paramilitarismo’ es un riesgo y también una oportunidad

ASÍ LA VEO YO - Año 12
Es hora de ir al grano y al fondo de los problemas

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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No es hora de ideologismos ni retórica propagandística. Es hora de ir al grano y al fondo de los problemas. Sin eufemismos, sin ambigüedad, sin grandilocuencia, y ante todo sin cinismo.

El posconflicto será políticamente conflictivo y es natural que así sea. Pero, para dar el gran paso colectivo de Colombia hacia la paz, ninguna parte del conflicto armado debe negar el derecho a las otras partes para que den su propio paso hacia adelante a fin de que todas las partes enfrentadas puedan dar conjuntamente el salto decisivo y trascendente de la enemistad a la reconciliación.

El meneado asunto del ‘paramilitarismo’ hoy parece destinado más a torpedear el camino hacia los acuerdos en La Habana (y ahora también Quito) que a ser tratado con la seriedad que reclama la coyuntura histórica.

No hay peor ciego que el que no quiere ver y en el caso del ‘paramilitarismo’ la ceguera afecta a las dos partes negociadoras. Una porque teme auto-incriminarse y untarse con ‘agua sucia’ y la otra porque no admite ni reconoce más derecho a la rebeldía que el suyo, ni más ‘pueblo en armas’ que el suyo.

El Gobierno sabe –el mundo sabe- que ha sido política de Estado en Colombia ‘paramilitarizar’ a la sociedad –en particular los sectores más violentados por las guerrillas- y ‘paramilitarizarse’ como Estado para combatir a la insurgencia guerrillera y presentarle batalla en todos los frentes y por todos los medios, y hasta la última hora del último día del conflicto armado. O dicho en lenguaje de estos días: “hasta que todo esté acordado entre las partes en conflicto”. Esta verdad de a puño ha sido convertida por los insurgentes en arma política e ideológica, jurídica y mediática,  por uso y abuso de las guerrillas en su combinación de todas las formas de lucha.  

Las guerrillas saben –todo el mundo sabe- que la razón primera, la causa más propiamente objetiva de la ‘paramilitarización’ del Estado y la ‘autodefensa’ de la sociedad, ha sido el efecto combinado y perverso de la guerra desatada por ellas mismas – ¿parteras de la historia? - y la incapacidad manifiesta del Estado y sus instituciones para garantizar su vigencia sobre toda la extensión del territorio nacional y dotarlo de la debida seguridad ante la violencia revolucionaria.

Sobre lo anterior caben todas las aristas de opinión y son cuestiones debatibles hasta la saciedad y desde todos los ángulos. Pero si el flagelo del ‘paramilitarismo’ –y ahora también sumado e imbricado con él, el de las Bacrim- “subsiste, persiste y no desiste”, al punto de poner en riesgo los valiosos avances de los diálogos de paz ¿no será acaso que llegó el momento preciso, la oportunidad gigantesca, de dejar de lado el panfleto y la propaganda, la exclusión y el ninguneo y convocar a la mesa de discusión nacional a quienes han sido reconocidos por el propio Estado y su marco legal como actores principales, combatientes y negociadores de paz, en representación  de las organizaciones de autodefensa?

Porque si éstas fueron parte del problema - ¡y qué problema! – e intentaron luego, al desarmarse y aceptar ser conducidos a la cárcel constituirse en parte de la solución pacífica -de allí el proceso de Ralito, de allí Justicia y Paz, de allí el fundamento primero e incontrastable de la Justicia Transicional en Colombia- ¿qué propósito y sentido práctico admite continuar ignorando su acumulado de conocimientos y experiencias vividas durante su participación en el conflicto armado, sus proyectos visualizados para el trazado y construcción de un país sin conflicto armado, sin paramilitarismo, sin autodefensas, sin bandas criminales ni guerrillas?

Haber avanzado hasta tan lejos en el camino de la paz con las Farc, haberse decidido finalmente a iniciar un proceso similar con el Eln, crea las condiciones propicias e impostergables, de naturaleza ética, humanitaria, social y política, para convocar al servicio de los altos intereses de la nación a los máximos referentes desmovilizados de las exAUC a fin de sumar su vocería y trabajo, su palabra y sus conocimientos, con el único e insoslayable propósito de arribar a las mejores soluciones y consensos que hagan posible aterrizar la paz y la reconciliación en todo el territorio nacional.

La vida nos provee la inteligencia y la voluntad, y también la vida se encarga luego de darnos las oportunidades. No las dejemos pasar delante de nuestras narices sin atinar asirlas y aprovecharlas en beneficio del clamor nacional.

Si en el camino de la paz hemos llegado tan lejos como nunca antes, no nos contentemos con una paz a medias, intentemos todo, hasta lo imposible.


Así la veo yo.


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febrero 11, 2016

254. Un puente de generosa calzada

La paz en Colombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 11
“De eso no se habla” o la cuestión “Ralito”

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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Si el presidente Santos persigue la paz definitiva, estable y consolidada, asentada sobre el territorio –y hay buenas razones para creer que sí la quiere y se ha propuesto alcanzarla- la estrategia diseñada no se agota ciertamente en lo que han puesto sus negociadores sobre la mesa en La Habana, ni sobre lo que sus áulicos dejan trascender a través de la prensa. El presidente Santos –tan avezado conocedor como lo es del conflicto armado- no puede sino tener entre sus movimientos próximos al menos estos dos temas de impacto: el descontado inicio inminente de negociaciones formales y directas con el Eln –sobre lo cual suficiente material hallamos a diario en los medios- y la aproximación mucho menos descontada pero previsiblemente ya delineada y transversal con la cuestión que aquí denominaremos ‘Ralito’.

Sobre el Eln a estas alturas no hay nada que no se haya dicho, y solo cabe esperar que el asunto caiga por su propio peso y nos desayunemos así con el inicio de la fase pública de las negociaciones.

La cuestión ‘Ralito’ tiene tanto de largo como de ancho y profundo. El hermético silencio que encapsula este asunto revela que todo conflicto armado dura hasta que termina, y mucho más si nada está acordado hasta que todo esté acordado.  No solo fue la izquierda la que extremó su sensibilidad hacia lo que se negociaba en ‘Ralito’ y se ocupó de sumar y sumar condicionamientos a lo que se negaron a reconocer como un proceso de paz tan legítimo como el de hoy en La Habana. Fue sobre todo la derecha, la derecha en el Gobierno de entonces, pero también y sobre todo la derecha por fuera de aquel gobierno la que puso su grito en el cielo ante el más mínimo intento de quitar del escenario del conflicto armado la maquinaria de guerra que proveían las ex AUC. Por los desaguisados a izquierda y derecha aquel proceso naufragó pero sus sobrevivientes, sus desertores y sus amigos son piezas del rompecabezas que el presidente Santos ha de resolver si quiere dar principio de solución a la famosa cuestión del paramilitarismo tan meneada por las Farc en estos últimos meses.

Y esto porque donde abundaron las zonas de influencia de los actores armados del conflicto necesariamente ha de asentarse la paz territorial si Colombia quiere hacer viable y sostenible el posconflicto que se habrá sabido ganar. Para ello el realismo ha de primar sobre las ideologías, y la inclusión derrotar el sectarismo y la exclusión.

Los desmovilizados ex jefes máximos de las autodefensas han comenzado a salir de las cárceles –tras ocho y más años de reclusión- y en los Estados Unidos sus penas comienzan a ser pagadas en su totalidad, o lo serán en tiempos no muy largos, o acaso aún lejanos según los casos. Justicia y Paz se ha constituido en la pionera piedra basal de la justicia transicional en Colombia, y no solo la CPI ha sabido validar  positivamente su necesidad histórica y su antecedente insoslayable a tener en cuenta por su vigencia y resultados a la vista.

Colombia no ha logrado aún desentrañar ni política ni judicialmente la madeja de lo que constituyó el paramilitarismo de Estado, por un lado, y el fenómeno de las autodefensas, por otro. Intereses políticos de todo tipo y prejuicios ideológicos tan extendidos como falaces en ocasiones han logrado confundir las percepciones y alterar el equilibrio de las representaciones que se han establecido sobre los actores del conflicto. Hay quienes sostienen la existencia de dos actores, Estado y guerrillas; mientras que no faltan quienes han visto y considerado a las autodefensas como un tercer actor autónomo, independiente del Estado y obviamente enemigo declarado de las guerrillas.

Si a todo esto tan de por sí complejo e inextricable le sumamos el abismo político que en cuestiones de La Habana separan la visión del presidente Santos –negociador en La Habana- con la visión del ex presidente Uribe –negociador en Ralito- comprendemos mejor por qué la cuestión ‘Ralito’ ha permanecido al margen de toda discusión en los años recientes, a pesar de ser uno de los elementos de la trama de la guerra y de la paz que urgen ser desentrañados, resueltos y puestos a trabajar en aras del posconflicto y el asentamiento de la paz territorial en los vastos ámbitos geográficos donde el conflicto armado tuvo lugar y sigue hoy generando contradicciones y animadversión que contaminan el tejido social y enrarecen el clima de la paz y la reconciliación.

Está por verse si antes de acometer el último round de la lucha -¿o más bien disuasión?- contra el narcotráfico –combustible financiero que lo fue de todos los actores ilegales del conflicto armado, rebeldes y contrainsurgentes- el presidente Santos querrá ‘darse la pela’ de sentar a manteles sobre el ajedrez de la paz a las cabezas visibles de los fenómenos guerrilleros y de autodefensas con el único y loable propósito de hacer las paces entre ellos de una vez y para siempre, con las debidas e incondicionales garantías que solo un Estado auténticamente democrático, libre de paramilitarismo y de veleidades revolucionarias puede dar a toda su población, piense como piense en términos políticos e ideológicos.

Es un lugar común en los mentideros políticos colombianos de estos días argumentar sobre cómo se logrará finalmente reunir las posiciones de Santos y de Uribe para darle a la paz con las Farc un sustento popular del que hoy carece.

Por razones que fuera de Colombia son difíciles de comprender no se ha puesto el mismo empeño en acercar las posiciones de quienes se enfrentaron con dureza y trágicas consecuencias sobre la población civil, asumiendo unos su condición de guerrilleros y otros –a contrario sensu- su condición de autodefensas. Hasta hoy, y esto resulta cada día más fuera de lugar “de eso no se habla”  parece ser la consigna –implícita y compartida- del gobierno y de las Farc.

Sin embargo, no dudo que el presidente Santos –siempre que el Tío Sam dé su venia- también para esto de ‘guerrillos y paras’ tiene su táctica y su estrategia de distensión. Al modo de Mario Benedetti, “construir con palabras un puente indestructible”.  Un puente de generosa calzada por donde, y es solo un ejemplo, asomen codo con codo, “Trinidad” y Mancuso, o si quieren “Trinidad” y “40”. Sería solo un comienzo, pero qué comienzo...


Así la veo yo.


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diciembre 17, 2015

253. Por fuera de La Habana, terceros somos todos

ASÍ LA VEO YO - Año 11
Las grietas que estamos llamados a reconocer y evitar que proliferen

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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Por fuera del Gobierno y de las Farc que negocian en La Habana –más simpatizantes y aliados de unos y de otros de la Mesa- ‘terceros’ somos todos. Y con los terceros habrá que contar si aspiramos construir una paz digna, sin exclusiones. Democracia sin tercerías no es democracia. Tercerías sin representación, sin voz ni voto vuelven la democracia un simulacro, una caricatura. No es democracia la dictadura de lo blanco y negro, los pupitrazos, oprimiendo los matices, las tonalidades.

Los acuerdos de paz  –a partir de su firma en La Habana- significarán el fin de la lucha armada de las Farc. No del Eln. Tampoco el fin de las farcrim ni de las bacrim. Subsistirán el narcotráfico y las mil caras de delincuencia organizada y común, también política. Subsistirán las causas y efectos de la violencia, causas objetivas y subjetivas.

Proseguirá la violencia, el conflicto armado y las amenazas terroristas. La insurgencia y la contrainsurgencia. La rebeldía y la autodefensa. Todo esto lo sabemos y resabemos, pero preferimos mirar hacia otro lado.

Promover y mediatizar el plebiscito como si lo fuese entre paz y guerra no tiene lógica ni sustento algunos en este contexto y con actores legales e ilegales dentro y fuera de los acuerdos. Lo obvio y manifiestamente útil sería consultar a los colombianos si estos acuerdos son los que deben ser o debe arribarse a otros. Aunque lleve su tiempo. La paz debe quedar bien hecha, a la medida de todos, no a la medida e intereses de los firmantes.

No debería el país ser constreñido a responder la pregunta que no es, solo por evitarse la necesidad de convocar nuevos y decisivos actores a la Mesa. A menos que...

A menos que la intención de quienes integran este exclusivista “neo-Frente Nacional” sea precisamente ahondar aún más las grietas que separan la “Unidad Nacional” del uribismo, el uribismo de las izquierdas, y todos los anteriores con las ‘autodefensas desmovilizadas’. Pero entonces ¿de qué paz y reconciliación estamos hablando?

Dos grietas son particularmente llamativas. Se originaron ambas de procesos de paz. El proceso de Ralito derivó en una grieta política hasta hoy insalvable entre quienes negociaron y fracasaron en el intento desde ambos lados de la Mesa, uribistas y autodefensas. El proceso de La Habana abrió otra enorme grieta, entre la Unidad Nacional y el uribismo. Las autodefensas desmovilizadas hacen esfuerzos silenciosos pero constantes por dar a conocer al país que apoyan decididamente el proceso de paz de La Habana. Se diferencian en esto diametralmente de sus antiguos interlocutores en Ralito. Pero no por este gesto de apoyo a la paz con las Farc reciben las autodefensas desmovilizadas el reconocimiento político que esperan por parte del Gobierno y las Farc. Por el contrario, a la grieta que desde Ralito las separa del uribismo, se les ha sumado la grieta que los excluye de todo reconocimiento político por parte del Gobierno y las Farc.

¿Es políticamente razonable que el neo-frente Nacional se intente fundar sobre cimientos de exclusión tan flagrantes? ¿Resistirá Colombia tamañas grietas políticas sin dar pie a la proliferación de nuevos conflictos sobre las cenizas aún humeantes de antiguos e irresueltos conflictos? ¿Tiene lógica y sentido común someter la voluntad de paz de la inmensa mayoría de colombianos a los intereses políticos de minorías centralistas que pactan con ‘ideologías extremas que atrasan 50 años’?

Son interrogantes que cabe hacerse en estos días de final de año y comienzos de 2016. Y hacerse estos interrogantes sin renegar de la causa de la paz, sino precisamente para afirmar su necesidad, su urgencia, su prioridad.

El Estado no puede ni debe ser un botín de guerra, pero tampoco ha de ser un botín de paz, que celebre el pacto de dos minorías organizadas, en contra de otras minorías que permanecerán desorganizadas apenas el tiempo suficiente para percibir que han sido excluidas y condenadas al ostracismo y la inopia, y Dios nos libre también la represión a poco de andar.

Cualquier intento restringido de inclusión –donde funcione el veto como factor discriminador-  que signifique la exclusión de actores del conflicto, de sectores sociales y políticos, lejos de significar el fin de los conflictos sociales y armados inaugurará frentes de resistencia y rebeldía que estamos aún a tiempo de evitar si no queremos que la realidad nos estalle en la cara.

Bienvenida la dialéctica de los contrarios, porque la diversidad enriquece y la democracia auténtica finalmente consiste en eso, pero cuidado... la dialéctica que no conduce a nuevas y superadoras síntesis, condena a las tesis y antítesis que fluyen incesantemente a vivir condenadas a ser las partes irreconciliables de nuevas y peligrosas grietas.

Grietas que estamos llamados a evitar si queremos ser un país de iguales y de libres.


Así la veo yo.


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