septiembre 09, 2014

229. ¿Y si los ex AUC desembarcan en La Habana?


ASÍ LA VEO YO - Año 10
Se trata de política no de filosofía
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“El pensamiento profundo, sincero, auténtico, tiene la fuerza de hacer maravillas” (Carlyle)

“Sigamos en guerra y sigamos dialogando”, tal es quizás el único consenso firme logrado en La Habana, y no es poca cosa, vista la larga historia del conflicto. “Nunca se había llegado tan lejos”, asegura el Presidente y sus razones tiene.

Sin embargo, algo políticamente superior está comenzando a reclamar su espacio: el cese al fuego, el cese de las hostilidades, que no es lo mismo, pero para el caso da igual. Se trata de ‘desescalar’ el conflicto, de ‘amansar la bestia’, de ‘bajarle decibeles’ a la confrontación armada.

Sectores de la sociedad lo proponen como una cuestión de ética, y está bien. Nunca será demasiado tarde para instalar, entre la apatía y la indiferencia, una buena dosis de sensibilidad, un tinte pacifista y de sensatez. “Somos capaces” se dirá, se repetirá, y no faltarán publicistas que harán de la paz y la reconciliación un producto ‘refrendable’. Algo es algo, peor es nada. Y peor es aquello que al menos no se intenta.

No obstante, la guerra es una fase de la política, y los remedios morales no curan la enfermedad del poder. Acaso atenúan los efectos perversos, morigeran el padecimiento social, excluyen hasta donde son capaces los efectos colaterales del tiro al blanco escogido como mortal presa.

Si del poder se trata la guerra, del poder también se trata la paz. Y si del poder se trata, la paz no pasa por la impunidad ni pasa por las cárceles, no pasa por el Congreso ni pasa por la No Extradición. Todo ello aunque importe, finalmente son detalles, carpintería, matices. Pero por mirar los árboles, no debemos dejar de mirar el bosque.

El Gobierno se equivoca si pretende que las FARC se sometan a la Ley existente. Las FARC se equivocan si pretenden que el Gobierno les ceda su poder. Ni los unos ni los otros se representan finalmente más que a sí mismos y a sus incondicionales, que ni son muchos, ni mucho menos son el todo sobre el que quisieran gobernar sin cortapisas.

Entonces, así como el triunfo en la guerra no les concede a las partes el poder real sobre toda la sociedad, tampoco la negociación tiene el efecto mágico de conceder a cada parte la totalidad del poder que pretende.

¿Estamos entonces ante un problema de imposible solución? Depende de qué consideremos se trata la negociación, y sobre qué versa la solución.

Será un buen comienzo reconocer que el poder real no descansa sobre los hombros ni sobre las intenciones del Gobierno solamente, la oposición a Santos cuenta, y la oposición a las FARC también. Esto significa que si las FARC pretenden obtener políticamente del Gobierno el mismo poder que pretendían alcanzar con el triunfo en la guerra, se equivocan, ‘no están ni tibios’. Ningún Gobierno estará nunca en condiciones de concederles tanto. Los diálogos seguirán entonces, por una cuestión ética, no política, y la guerra se recrudecerá, por una cuestión política, no ética.

Desde la otra orilla la cosa es más o menos así: si el Gobierno pretende obtener de las FARC la rendición y los derechos sobre el vencido que hubiese obtenido de haber alcanzado la victoria militar, se equivoca, ‘no está ni tibio’. La escuela de las FARC es la misma del Che Guevara, y éste nos recuerda que ‘en las verdaderas revoluciones se vence o se muere’, no hay otra. La victoria es el norte de las FARC, sus líderes no pueden continuar siendo sus líderes si renuncian a la victoria. Otros los reemplazarían. Y dentro de esta lógica, o se triunfa y se lleva adelante la Revolución, o se entregan las banderas y se traiciona la causa.

Una vía, estando así las cosas, es que los diálogos continúen in aeternum y la guerra también, hasta que un desenlace hoy lejos de poder preverse a ciencia cierta se produzca y otorgue el triunfo a tirios o a troyanos. Todo seguiría su curso como en las décadas pasadas no porque éticamente se quiera, sino porque políticamente no hay otra.

Otro camino posible, es que en La Habana se firme un documento por el cual buena parte de los comandantes de las FARC se desmovilicen –siguiendo el ejemplo de ‘Karina’ y algunos más- y se dediquen a la política en Colombia, mientras las FARC los desautorizan, los condenan, recomponen sus cuadros dirigentes y prosiguen la guerra hasta Vencer o Morir.

La tercera posibilidad, la estratégicamente más conveniente para Colombia –no necesariamente para las partes negociadoras-, es que las FARC asuman como lo hicieron las AUC en Ralito que su momentum había pasado, que la guerra ya no tenía sentido para ellos, y que su salida del conflicto armado era de una vez y para siempre. Pero esto no es nada sencillo de lograr y para contarles en La Habana a los negociadores de las FARC y del Gobierno cómo es que se logró, los Mancuso, los ‘Vecino’, los ‘Báez’, los ‘Alemán’, deberán desembarcar en La Habana y cuanto antes lo hagan mejor y más provechoso para la paz. A no dudarlo, no sería el gran motivo del encuentro ‘el origen del paramilitarismo’ –que de esto también se trata- sino de algo políticamente mucho más esclarecedor, las verdaderas razones por las cuales los ‘paramilitares’ se desmovilizaron.

Pero aunque esto sucediera, y las FARC se entendieran con las ex AUC, y el Gobierno lograra –con sus opositores- el ‘milagro político’ de hacerle el ‘milagrazo’ a los desmovilizados de las FARC, siempre habría quienes desde las filas de las FARC alzarían las banderas de la Revolución, y a Vencer o Morir seguirían en lo mismo, hasta el final, hasta la Victoria o la Muerte. Se los calificaría de ‘farcrimes’ pero ellos se sentirían ‘revolucionarios’, émulos del Che, de ‘Marulanda’ y de Fidel.

Por un camino o por otro, los destinos de las FARC, de las AUTODEFENSAS y del ESTADO, están llamados a cruzarse, no a enfrentarse, a encontrarse no a rehuirse, y esto –admítanlo las partes - es todo beneficio para la sociedad colombiana, para las víctimas del conflicto, la mejor garantía de la no repetición.

Porque en la Habana se trata principalmente de política no de filosofía, se trata principalmente del poder no de la academia, nos guste o no.

Así la veo yo.


Los 229 artículos que componen la serie iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
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agosto 21, 2014

228. La hora de los complementarios

ASÍ LA VEO YO - Año 10
Ni sectarios ni excluyentes
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“El poder nunca puede ser un fin en sí mismo, pues solo puede ser llamado bien lo que conduce a una satisfacción definitiva, a una concordia y armonía” (Platón, La República)

En La Habana –y también en Colombia- de lo que se trata es si los contrarios, que lo han sido hasta aquí y lo son aún, son capaces de convertirse en complementarios, si se atreven a cambiar los paradigmas.

El quid de la diferencia entre ‘santistas’ y ‘uribistas’ radica en esto, en que los primeros conciben la paz como una construcción colectiva y consensuada entre la política, la sociedad y los diferentes actores del conflicto –Estado, guerrillas, militares, autodefensas, y un largo y difuso etc.etc.-, mientras que los ‘uribistas’ conciben la paz como la victoria del Estado sobre los alzados en armas y punto, no hay más de que hablar.

Los pronunciamientos públicos de las Farc –sobre todo los que vienen del monte, los de La Habana están tamizados obviamente por la diplomacia- se identifican con el ‘todo o nada’ ‘uribista’ y no con el ‘acuerdismo por la paz’ sobre el cual predica el ‘santismo’. Coinciden sustancialmente ‘farianos’ y ‘uribistas’ en el hecho que conciben la paz como la victoria del uno sobre el otro, de los ‘nuestros’ sobre los ‘suyos’, a partir de la destrucción del otro, no de la construcción con el otro. Lo que iguala al ‘uribismo’ con las Farc es el acento puesto en las palabras clave de sus discursos: victoria y derrota, todo o nada. O dicho de otro modo, para el enemigo nada, ni justicia. O si se quiere, justicia como venganza, como ley del talión.

No es casual entonces que para triunfar en las recientes elecciones presidenciales el ‘santismo’ haya necesitado entre otros votos de los votos de izquierda, incluso de los votos de izquierda más cercanos ideológicamente con las Farc. Es que la izquierda no fariana es la más directamente perjudicada por la persistencia del conflicto armado, y la que se beneficiaría enormemente en sus posibilidades de crecimiento y acceso al poder si logra sumar a su frente amplio de izquierdas a los dirigentes de la guerrilla devenidos en actores políticos dentro de la legalidad. Esto explica la aparente contradicción que explota políticamente el ‘uribismo’ cuando sabotea el proceso de La Habana calificándolo de la búsqueda de un acuerdo entre ‘santistas’ y ‘castrochavistas’ para repartirse el poder, con la bendición de Cuba y Venezuela.

Lo anterior no hace de los ‘santistas’ ángeles de la paz ni a los ‘uribistas’ demonios de la guerra. Sencillamente, se trata de dos caminos diferentes en pos del poder, y de eso se trata la política, no de otra cosa, ni siquiera cuando estallan las guerras, ni tampoco cuando se exploran caminos hacia la paz.

Dicho esto, ni la guerra es el único fin en el que debieran concentrarse los discursos ‘uribistas’ –tampoco las Farc- ni la paz debiera ser el único propósito que oriente las políticas de los ‘santistas’ –ni de los izquierdistas amigos de la paz. Mal que nos pese, las guerras, los conflictos armados, la violencia, son expresiones de los desencuentros y las rivalidades sociales. Son los males que afloran a la superficie y se encarnan en los seres humanos y sus comunidades los que nos obligan a buscar soluciones, y entre las soluciones, las mejores, y entre las mejores las que minimicen los costos para la sociedad y sus integrantes.

Si aceptamos por un momento que ni la paz es un bien en sí mismo, ni mucho menos la guerra lo es, y comenzamos a percibir a quienes ven la realidad desde puntos de vista e intereses distintos a los nuestros, no como contrarios en sí de una vez y para siempre, sino como potenciales complementarios que hoy no lo son pero podrían llegar a serlo mediando circunstancias y acciones adecuadas de parte y parte, dedicaríamos más de nuestros esfuerzos a buscar los acuerdos y menos de nuestro tiempo a perseguir la victoria.

En otras palabras, no se trata de que los guerrilleros vayan o no a la cárcel, sino que sumen a favor de la concordia y la armonía, estén donde estén…; no se trata de que los ‘santistas’ o los ‘uribistas’ se salgan con la suya, ni tampoco que ‘santistas’ y ‘uribistas’ no se salgan con las suya, sino que ‘santistas’ y ‘uribistas’ tiendan los puentes por donde podamos caminar no solo ‘santistas’ y ‘uribistas’ sino también quienes no somos ni ‘santistas’ ni ‘uribistas’, incluidos quienes hayamos sido algún día, alguna vez, guerrilleros o autodefensas, de izquierdas o de derechas.

¿Qué intento decir con esto? Que la sociedad y los ciudadanos no podrán obtener nada bueno de ‘acuerdos de paz’ que excluyan a los que la ven diferente, que discriminen entre firmantes y no firmantes, entre supuestos ‘amigos de la paz’ y supuestos ‘enemigos de la paz’. Y para lograr esto, o al menos para hacerlo viable o posible, el Gobierno y las Farc, en vez de hacer de La Habana un bunker inaccesible y hermético –solo apto para iniciados o consentidos- deben asumir y promover la complementariedad, no en lo apenas obvio de quienes han apostado al éxito de los diálogos de paz, sino entre aquellos que hoy se caracterizan como los contrarios, los escépticos, los indiferentes.

Es sobre este punto de la complementariedad donde más énfasis habrán de hacer ‘santistas’ y ‘farianos’ quienes no pueden ni deben darse el lujo de hacer de la agenda pactada entre ellos la agenda nacional. Al contrario es la agenda nacional –donde cabemos todos los colombianos- la que debe asumir que la agenda de La Habana es de interés nacional y merece ser apoyada. Pero para esto, no solo los ‘farianos’ sino también el ‘santismo’ deben dejar de mirarse en el ombligo y solazarse en sus supuestas virtudes, para admitir ante el mundo que Colombia no se acaba en los estrechos límites de las mentes de Santos y ‘Timochenko’ sino que Colombia es más, mucho más que la existencia de sus contrarios enfrentados, y aspira a volver complementarios a todos sus habitantes, actores del conflicto o no, partidarios de tal o de cual.

Entiéndase bien, no se trata que no haya más contrarios, sino que aún quienes se reconozcan contrarios, asuman que son complementarios, necesarios, dignos de palabras amables y sensatas, no excluyentes, ni sectarias, para construir un país donde quepamos todos, con nuestras diferencias, ni más faltaba.



Así la veo yo.


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agosto 08, 2014

227. Apuesto por la Paz, no porque el camino sea sencillo sino porque está abierto

ASÍ LA VEO YO - Año 10
Todos deben ser invitados, nadie debe ser ignorado ni rechazado
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“El hombre no está sometido a la Fortuna; no está a la merced de las olas y los vientos. Debe elegir y gobernar su rumbo. Si deja de cumplir este deber, la Fortuna se burla de él y lo abandona” (Nicolás Maquiavelo, El Príncipe)



Después de haber escuchado ayer el discurso de posesión de Santos, hoy renuevo mi apuesta por la paz de Colombia.

No apuesto porque tenga alguna certeza, alguna confidencia de palacio; solamente indicios, elocuentes indicios de un Presidente que ha puesto sus ojos en la paz, la equidad, la educación. Es su compromiso y hoy desperté con el propósito de poner mi fe en que cumplirá su palabra. En mi constitución al menos, el optimismo es un derecho fundamental y a la vez una cuota inicial que pago con gusto por el gusto de sumarme a una causa justa y necesaria.

No creo, sin embargo, que la paz esté cerca, ni mucho menos. Solo dejo constancia sobre mi apuesta que ahora sí estamos en el camino que va hacia allá. Sobre el camino que es.

Lo mío no es un cálculo político, es apenas la intuición de quien está dispuesto a poner el hombro. Y sé que no faltan en Colombia manos dispuestas a construir la paz. Y no solo entre quienes votaron por Santos –yo no lo voté- sino también entre quienes lucen escépticos, descreídos, contradictores.

Hagámonos cargo del conflicto armado y sus consecuencias. Asumamos que existe y es un obstáculo enorme para la equidad y la educación, la seguridad y la inversión, el progreso y el bienestar.

Tampoco perdamos de vista que la paz exige no solo el silencio de las armas, también y sobre todo una revolución en nuestros corazones. No la rendición ni el sometimiento de unos ante otros, sino una distribución del poder que armonice los inevitables contrarios sin pretender anularlos o silenciarlos. La justicia florece en tiempos de libertad, ojalá con pocas cárceles y vacías, y muchas escuelas y universidades pero llenas y bullosas.

Santos ganó las elecciones con el voto ‘santista’, pero también con el voto de la izquierda, y seguramente no fueron pocos los ‘uribistas’ y del centro a la derecha que apostaron por la paz.

A poco de andar el nuevo Congreso, la oposición ‘uribista’ de Santos no se dejará arrastrar por los pocos extremistas que quieren acabar con el proceso de La Habana; por el contrario, buscará el modo de subirse al ‘carro del vencedor’ cuando la victoria sea la victoria de la paz, no la victoria de Santos ni la victoria de las Farc. Es legítimo el temor que siente esa oposición por unas negociaciones que no han dado todavía frutos buenos mientras la cosecha de la guerra sigue siendo amarga y cruel. Y hasta bueno que exista esa oposición, bueno porque Santos y las Farc deben contar con esa oposición, tal vez no para firmar los acuerdos pero sí para refrendarlo y después para ponerlos a funcionar.

Mi apuesta por la paz de Colombia no es ciega, tan ciega no es que advierto que deberá contar en los próximos meses –no años, me auguro- con el aporte de todas las oposiciones a Santos, de izquierda y de derecha, y también con la adhesión y participación de todos los actores que lo han sido del conflicto armado, incluidos el Eln, las Autodefensas postuladas a Justicia y Paz, y los residuos de grupos guerrilleros y ‘paras’ todavía no desmovilizados. Al construir la paz no alcanza con no ser ciegos ante la realidad sino que la mirada no puede quedarse con lo que tiene al frente sino que hay que extenderla hacia adelante, hacia derecha e izquierda, abarcando todos los horizontes y sin dejar por fuera ningún cielo, ninguna ideología, ningún territorio.

Porque si se trata de jugarse por la paz todos los jugadores que lo han sido de la guerra tienen que poder jugar el juego de la paz. Será la única manera, además, que todo el universo de víctimas reciba el cobijo y la reparación que le deben todos los victimarios.

Si aspiramos a una paz definitiva que cubra todo el territorio nadie absolutamente nadie debe quedar por fuera, todos absolutamente todos tienen que ser invitados a la Mesa de la Paz, todas la memorias cuentan, todas las víctimas duelen, todos los victimarios necesitan evidenciar su arrepentimiento y solicitar su perdón.

Es por todo esto que apuesto por el camino que transita Santos, no solo por los pasos que lo han traído hasta aquí sino por los que intuyo está dispuesto a dar si recibe nuestro apoyo, nuestra confianza, nuestra mano tendida. También porque se ha mostrado dispuesto a recibir nuestra mirada crítica, jamás destructiva, siempre constructiva, plasmada con manos de alfarero, corazón generoso y pies de acero.



Así la veo yo.


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julio 29, 2014

226. Reconocer y honrar las víctimas, no hay otra

ASÍ LA VEO YO - Año 10

Desmitificar, desmitificar, desmitificar
  
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva” (Jorge Luis Borges, La biblioteca de Babel)



Pasaron las elecciones, pasó el Mundial, y el conflicto ahí.

No es fatalidad, no es desatino, es apenas un pedazo de presente, entre historia patria y sueños, que sueños son el futuro, y el pasado también. Sueños y pesadillas, demás está decirlo, pero cabe.

“Es mejor ser ricos que pobres” sentenciaba Pambelé. “Es mejor vivir en paz que en guerra” decían los candidatos, que en esto de descubrir el agua tibia, son aventajados aprendices de Maquiavelo.

Pero el presente, terco presente, nos recuerda que guerras hubo siempre, desde que el mundo es mundo. Y que pobres también hubo siempre, como siempre ricos hubo.

Si me propongo regresar a mis columnas después de James y Mascherano, lo es con esperanza, no desmesurada, en que la paz es posible aunque esté lejana.

Dudo mucho que Rusia 2018 coincida con la paz en Colombia, más aún, lo creo imposible. Y no lo digo desesperanzado, lo digo porque al igual que mis lectores sabemos los bueyes con los que aramos, y cuantos mitos faltan por desmitificar.

Entre los mitos que nos seducen y ante los cuales sucumbir no es pecado, tal vez el primero, es que tenemos Estado. De lo cual se colige que el Gobierno –otro mito- representa el Estado, el Estado mítico, claro está.

Otro mito, en respuesta al primero, es que las guerrillas luchan contra el Estado. Las guerrillas luchan, y punto. Y así sucesivamente, todos los actores del conflicto luchan, luchan, luchan.

La dificultad invencible del Estado mítico es que contra el mito de la revolución no ha podido. Guerras y pobres han existido siempre, más pobres que guerras, es posible, pero es que llamamos paz a la tregua entre dos guerras, y hay treguas que duran siglos, milenios no. Si al menos lográramos alcanzar una tregua entre dos pobrezas, ya eso sería todo ganancia, y que se extendiera por cincuenta años al menos. ¿Se imaginan cincuenta años sin pobreza, todos súbitamente ricos y en paz? ¿Quién se acordaría de Pambelé, o de Santos o Uribe?

La dificultad invencible de las guerrillas es que luchan contra un Estado que no existe, contra un Gobierno que no es tal, contra un mito. ¿Cómo esperar vencer algún día un enemigo inexistente?

Y sin embargo, la guerra es un dato de la realidad, o su alias ‘conflicto armado’, o sus otros alias “terrorismo” o “terrorismo de Estado”. Más que alias son protagonistas de novela, ecos de una tragedia griega, nombres sin otro contenido que la propaganda.

Sólo las víctimas existen, y ojo, no hay víctimas sin victimarios. No son ‘víctimas del conflicto’, qué va.  

Pretender transformar las víctimas de carne y hueso en ‘víctimas del conflicto’ nos retrotrae a las cavernas de la prehistoria. Tal maniobra frívola y pendenciera revictimiza a las víctimas, al convertirlas en mitos, en burdas leyendas mal contadas, sin historia, sin carne y hueso, las vuelve nada, invisible y literal nada.

La voz de las víctimas nos alienta a seguir el camino de la paz, a perseguir el sueño de que otra vida es posible, más allá de la guerra. La voz de las víctimas nos alienta a seguir el camino de la política, a perseguir la meta de otra democracia, más allá de los mitos del Estado, y de su contracara el mito de la Revolución. Más allá del mito de los Gobiernos que ‘buscan’ la paz, más allá de los mitos de las Guerrillas que luchan por la ‘paz con justicia social’.

Cuando despertemos de la pesadilla de habernos tragado el cuento del ‘Estado’ y las ‘guerrillas’, descubriremos con los ojos del náufrago que la tierra firme estaba allí a un par de brazadas de distancia.

Pero si el grito de las víctimas no es bastante, si la voz de las víctimas se apaga, si logran hacerlas como pretenden hipócritas de lado y lado, invisibles y míticas, los victimarios de todas las especies se habrán salido con la suya, y la tierra firme se evaporará delante de nuestros cuerpos exhaustos, y ya no habrá brazada que alcance ni cuerpo que resista otra travesía, al menos no de nuestra generación.

El tiempo de las víctimas no cabe ser medido por los relojes atemporales de las guerrillas que osan aprisionar el tiempo de la historia, ni cabe tampoco demorar la hora de las víctimas en los relojes que atrasan de los gobernantes que quieren retrasar el tiempo de Colombia.  

Que las víctimas afloren y renazcan de las cenizas de la guerra nos concilia con la oportunidad de despertar del fatalismo de los mitos y planta bandera delante de nuestros ojos ante la exigencia de constituir un solo Estado, un solo auténtico Estado, ante cuya presencia y realismo todo mito se desvanezca, todo cuento mal contado quede desenmascarado y reducido a polvo.

Sólo así los victimarios dejarían de serlo por los siglos de los siglos.

Y la victoria de las víctimas consistiría precisamente en esto: que al ser reconocidas y honradas por sus victimarios dejarían de ser prisioneras de sus verdugos, probarían por primera vez el sabor de la libertad.

Entonces, solo entonces, tendríamos la experiencia de la paz, su tesoro sería toda nuestra riqueza.

Quedaría por delante la meta de eliminar la pobreza, pero ya sin guerra, otro sería el cantar.


Así la veo yo.


Los 226 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
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