octubre 30, 2014

233. ¿Se viene el traslado de La Habana a Oslo?


ASÍ LA VEO YO - Año 10

Hacia un Gran Acuerdo Nacional e Internacional de Paz
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“La filosofía de nuestra época parece estar absorbida por tres problemas dominantes: la crítica de la verdad objetiva, universal y necesaria, en favor de las múltiples interpretaciones; la crítica del totalitarismo, y de las políticas revolucionarias que habrían desembocado en tales desastres, en favor de las democracias consensuadas; la crítica de un concepto universal de Bien que aplaste la pluralidad de opiniones y formas de vida, en favor de ciertos criterios éticos de convivencia pacífica” (Dardo Scavino, La filosofía actual: Pensar sin certezas)


Circula en los mentideros políticos de la capital colombiana una versión sobre el factible e inminente traslado de la Mesa de La Habana a un país de Europa. Se mencionó inicialmente Francia pero luego se insistió en Noruega. En todo caso, los días de Cuba parecen estar contados.

Lo mencionado no debe llamarnos a sorpresa. La etapa de la generación de confianza entre las partes negociadoras luce afianzada. No puede decirse, sin embargo, que la credibilidad sobre los alcances de la negociación haya calado hasta aquí suficientemente en Europa –tampoco en Estados Unidos, a decir verdad- ni mucho menos en Colombia, donde la opinión ondula entre la moderada expectativa favorable, el escepticismo mayoritario y la animadversión creciente.

Las Farc han de haber estado haciendo cuentas con la realidad y por esa vía habrán obtenido ya pruebas irrebatibles sobre la escasa capacidad de Cuba y Venezuela para motorizar la aceptación del proceso de paz en los círculos de poder europeos y norteamericanos, cuyas simpatías con los ‘barbudos’ colombianos hace tiempo ya que han abandonado el lirismo pro-revolucionario y bienpensante de otras épocas. Cuba es vista como un sueño libertario fallido transformado en pesadilla y el régimen chavista como un despeñadero hacia el totalitarismo que se creía superado por la historia de América Latina. Ni Cuba ni Venezuela son en estas condiciones cartas de presentación válidas que puedan favorecer la fase definitoria y conclusiva del proceso de paz. Por razones obvias las Farc no aceptarían negociar en Estados Unidos por lo que la milenaria Europa surge como la plaza indicada.

Lo anterior tiene que ver no solo con la ambientación política de los diálogos de paz sino también con la viabilidad jurídica de un proceso que no puede saltarse así porque así los estándares internacionales de respeto a los derechos humanos y a la legislación sobre crímenes de guerra y de lesa humanidad. En Europa está la sede de la Corte Penal Internacional, dato nada irrelevante, por cierto. Y también el Parlamento Europeo, con sus izquierdas y sus verdes, pero también sus derechas, y sus nacionalismos.

Podríamos admitir entonces que más allá de su verosimilitud los insistentes rumores sobre un traslado de la Mesa de La Habana a Europa tienen más de globos de ensayo pactados entre las partes que de delirios periodísticos. Algo se está cocinando y la muy próxima mini-gira europea del Presidente Santos aportará o no luces sobre este asunto del trasteo.

La coyuntura que atraviesan los diálogos entre el Gobierno y las Farc está permeada también por los movimientos entre bambalinas y la prudencia judicial que rodean definiciones de peso sobre los otros dos grandes actores del conflicto armado, por un lado el Eln y por el otro las Auc. A estas alturas resulta evidente que hay un hilo conductor que vincula la etapa exploratoria con el Eln en Ecuador, la inminencia de los fallos condenatorios y la libertad muy próxima de los líderes de las Auc actualmente en prisión, con los avances en La Habana con las Farc. Dentro de la natural reserva y el ‘silenzio stampa’ al respecto no cabe duda que algo sistémico se está tramando y cada paso en una de las ‘bases’ produce efectos inevitables en las restantes. La Fiscalía, en particular, y el Poder Judicial, en general, no son ajenos a esta suerte de partidas simultáneas de ajedrez y no puede serlo de ninguna manera porque el Marco Jurídico de la Paz en su futuro desarrollo estatutario en el Congreso deberá proveer si no la misma solución para todos los actores del conflicto de todos modos una solución específica para cada caso, incluidos no solo guerrilleros y autodefensas sino también militares, policías y agentes del Estado.

Estamos ad portas del final de una etapa y el inicio de otra más trascendental en la historia de los procesos de paz en Colombia. En este sentido, se entiende mejor la necesidad de abrir el diálogo también entre todas las fuerzas políticas que finalmente serán las que deberán acoger en el seno de sus arenas democráticas la irrupción de nuevas fuerzas que provenientes del conflicto armado darán fe de su compromiso con la paz pero también exigirán garantías de no retaliación, de libre circulación de sus ideas y de iguales beneficios en materia de competencia electoral y acceso a cargos públicos.

Finalmente, la definición de la agenda nacional no podrá ser el producto de un solo Gobierno y sus acuerdos con uno de los actores del conflicto, sino que tendrá que hallar eco y legitimación en la totalidad del espectro político de la Nación. Es aquí donde la negociación de paz no solo no puede quedar aislada en Cuba sino que el trasteo de la sede no ha de constituirse en solo una cuestión geográfica fuera de Colombia, de un continente a otro, sino contemporáneamente de la incorporación de toda el arco político nacional y de todos los actores del conflicto, para que sea Colombia entera, espiritual y territorialmente, quien se presente ante el mundo proponiendo el Gran Acuerdo Nacional de Paz como fundamento para el reconocimiento externo de que lo acordado en Colombia no es patrimonio de un solo Gobierno y de un solo grupo armado sino patrimonio nacional reivindicando su derecho político y también jurídico de lograr consenso internacional sólido y definitivo.

Ante el tamaño del desafío no sobra exigirle a los actores que lo fueron del conflicto armado y social, económico y político, que pasen en limpio sus sueños de país y su visión del propio rol en la construcción de la Paz y Reconciliación para que todas las voces sean escuchadas, no como sucede en la Babel que nos hemos convertido tras estos largos años de guerra, donde de tanto defender las propias razones hemos hecho uso y abuso de un vicio que no podemos seguirnos permitiendo: el de considerarnos los dueños excluyentes de una verdad que solo nos pertenece a los del mismo palo.


Así la veo yo.


Los 233 artículos que componen la serie iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
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octubre 23, 2014

232. El tiempo ya no juega en favor de las Farc


ASÍ LA VEO YO - Año 10

El principio de realidad no se niega, se verifica por sí mismo
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“Todo lo que adquiere el ser mediante un proceso dialéctico tiene su verdad y su valor, como momento superado, asumido. Se conserva como elemento integrante; pero su realidad aislada se anula. Cada existencia finita tiene que perecer para dar lugar a formas nuevas y más perfectas” (Ernst Cassirer, El Mito del Estado)


El efecto estratégico más peligroso del proceso de La Habana no sería, como algunos analistas creen, el ‘cese bilateral de hostilidades’, sino otro bien diferente: el que prosiguiendo formalmente las hostilidades, las guerrillas ‘hicieran como que’ negocian en Cuba, pero en realidad no negociaran en serio, y el Gobierno ‘hiciera como que’ las combate en Colombia, pero en realidad no las combatiera en serio. Y esto último es lo que comienzan a sospechar  los escépticos, pese a los visibles esfuerzos del ministro Pinzón por querer demostrar lo contrario. Por mi parte, no creo que Santos esté simulando nada, y entre otras cosas, no lo hace porque hace tiempo descubrió que el tiempo juega en favor del Estado, no ya en favor de las Farc. Por esto puede darse el lujo de llevar la guerra a cuentagotas, sin precipitarse.

Razones tiene el Presidente para estar convencido que un cese bilateral de hostilidades aquí y ahora solo tendría ventajas para las Farc –porque éstas lograrían ‘parar el balón’ en momentos en que su equipo hace agua y es superado en el juego y en el marcador.

Que la Farc negocie en serio (y combata) y que el Gobierno la combata en serio (y negocie seriamente), solo juega en favor de un desenlace, porque es garantía que el conflicto armado (tal como lo hemos conocido) acabe de una vez con la aceptación de su derrota por parte de las Farc asumiendo sin más el principio de realidad.

Desde el mismo momento en que Santos fue electo en 2010 con el sostén y apoyo de Uribe, el tiempo ha comenzado a jugar en contra de las Farc y en favor del Establecimiento, en definitiva en favor del sistema democrático apuntalado por la Constitución del ‘91. No vivimos en el mejor de los mundos, pero sí, decididamente, en un mundo muy diferente del que quisieran construir las Farc.

Asistimos desde entonces a un cambio decisivo sobre la ‘variable tiempo’ del conflicto armado: las Farc durante medio siglo utilizaron el tiempo como una variable que jugaba en su favor. Hoy, y en buena medida gracias a la dupla Santos-Uribe  (o Uribe-Santos, da igual) el Establecimiento sabe que son las Farc quienes están obligadas a dar ‘pruebas de supervivencia’ de sí mismas, no el Estado, ni tampoco la democracia. El desgaste humano, organizacional e ideológico al que han sido sometidas las Farc desde Pastrana hasta aquí no solo es contundente, es también irreversible.  La guerra la ganó el Estado colombiano, la perdieron las Farc. Esto ni se discute, ni se pone en duda.

¿A qué viene entonces lo que se discute en La Habana?

Nada más ni nada menos que un ‘paso al costado’ honroso, digno, que evite más desangre inútil, y permita que la Farc, como organización política desarmada, defienda sus tesis dentro de la legalidad, no más por fuera de ella. No se trata de obtener en La Habana lo que no obtuvieron en medio siglo de lucha armada, sino que expongan su discurso y sus propuestas sobre la arena política para lograr con los votos lo que no lograron con las armas. A cambio de ello, participación política, garantías democráticas, alternatividad penal y seguridad personal y colectiva. Todo lo demás es inútil, dispendioso e imposible de conseguir a través de una negociación con un Estado constituido, operante y legítimo. En las guerras no hay empate, o se ganan o se pierden, o se continúan. Pero si la guerra cesa es porque una de las partes da el brazo a torcer. Esto es lo sustancial, lo demás es retórica, maquillaje, palabras que se lleva el viento.

El drama para las Farc es que si el tiempo ya no juega a su favor porque el fortalecimiento del Estado y la democracia las ha vuelto en extremo vulnerables, el territorio cada día que pasa juega menos en su favor también. Subsiste la condición geográfica, la vecindad con regímenes tolerantes, pero sin tiempo y sin espacio, el ser de las Farc se reduce sin pausa a una vida cada vez más vegetativa, más marginal, más de pura resistencia en el vacío que de vigencia en el eje espacio-tiempo de la realidad política.

La puja entre Santos y Uribe es realmente una puja política de cara al Establecimiento y la ciudadanía, y es una puja por el poder, ¿qué duda cabe? Que las Farc ocupen el centro de esa puja entre Uribe y Santos no significa que las Farc ocupen por sí mismas un espacio y un tiempo político real. Son el pato de la boda, o si se quiere el pato del divorcio, pero nada más. Cuanto antes las Farc se ubiquen sobre la real magnitud de su peso político más podrán lograr del proceso de La Habana, cuanto más se demoren más se darán de narices contra la realidad por seguir creyendo que el tiempo juega en su favor. Y tal como van las cosas menos se demorarán Santos y Uribe en encontrar un punto de convergencia entre ambos que las Farc en darse un baño de realidad sobre lo precaria que es realmente su situación.

Todo lo que viene de boca de la derecha, de Santos y Uribe, la Farc lo toma como ‘discursos de ahogados’, como burdo chantaje, o como ‘cañazo’. Todo lo que viene del centro, la Farc lo toma como moralismo beato, cándida ingenuidad, o mera estupidez burguesa. Y como de la izquierda no advierten sino mutismo o palomas de paz, cantos a la bandera, o loas al ‘guerrillero heroico’, la Farc ni siquiera se detiene a escuchar si entre voces disidentes dentro de la misma izquierda hay algo que merezca algo más que desdén y menosprecio. Finalmente, las Farc se sienten destinadas a gobernar el país entero, comprendida la izquierda, toda la izquierda y la pequeño burguesa, también.

Así como van las cosas, van mal. Mal porque la Farc no entra en razones, y se aleja cada día un poco más del ‘principio de realidad’. Mal porque el Gobierno no sincera su discurso ante las Farc y ante el País, insistiendo en ofrecer con desmesura todo el oro y todo el moro, hasta el punto que las Farc han comenzado a desconfiar de las intenciones de Santos. Mal porque Uribe está más inclinado a pelear con Santos que a buscar entendimientos políticos que permitan poner a las Farc sobre el eje del espacio-tiempo, no para que se sigan evadiendo de la realidad y huyendo hacia adelante, hacia un ‘paraíso socialista’ que no solo vive solo en su imaginación sino por el cual flaco favor han hecho con sus crímenes y desatinos.

Y mientras tanto, la otra parte del conflicto y la realidad, el pasado superado de la violencia paramilitar, evidencia que los plazos de Justicia y Paz se van cumpliendo y pronto veremos con qué rostros, con qué talante y con qué ideas vuelven las autodefensas a la libertad. Dios los bendiga, Dios bendiga a sus víctimas y Dios bendiga a Colombia. Que su adiós a las armas haya sido definitivo y que su voluntad de paz permanezca intacta. Colombia necesita más brazos y más inteligencia que nunca antes para construir Paz y Reconciliación, para ponerle el hombro, la cabeza y todo el corazón a los procesos de paz.

Amanecerá y veremos.


Así la veo yo.


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octubre 09, 2014

231. “Lo que natura non da, La Habana non presta"


 ASÍ LA VEO YO - Año 10

Ni el oportunismo ni la ausencia de límites son amigos de la Paz

Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“El hombre está pues tan felizmente fabricado que no tiene ningún principio justo de lo verdadero y varios excelentes de lo falso” (Pascal)


El Presidente Santos ha manifestado en más de una ocasión su satisfacción porque nunca antes un proceso de paz con las Farc había llegado tan lejos. Después de lo cual, legítimamente, cabe preguntarnos si habiendo llegado tan lejos, cómo haremos para regresarnos cuando en algún momento llegásemos a darnos cuenta que hemos llegado a una sin salida, o dicho de otro modo, a nada, a nada sustancial, o incluso, a algo que resulte inconveniente de acordar.

Quiero sentar aquí, una vez más, mi posición de que me complazco en que el proceso de La Habana exista. Lo que no implica que esté tan seguro que en algún momento este proceso, así como va, llegue a alguna parte. Y si esto resultase, ya la angustia no sería en cómo seguir avanzando, sino en algo inédito, cómo regresarnos habiendo llegado tan lejos.

Esta hipótesis de que en algún momento el proceso de paz se rompa no puede quedar librada al azar, o descartada por descabellada que parezca. Tampoco se puede repetir alegremente que somos capaces de hacer la paz cuando la historia nos recuerda fatídicamente que de lo que hemos sido capaces es de vivir en conflicto por más de medio siglo y más. No intento ser pesimista, sino de alertar sobre qué pudiera estar sucediendo: que hayamos dado por hecho –el logro de la paz mediante la prosecución de los diálogos en La Habana- cuando de lo que se trata es de construir la paz, como actividad permanente inherente al sistema constitucional y democrático, independientemente de que exista el proceso de La Habana o no.

Al respecto me preocupan algunas cosas y hoy quiero poner énfasis sobre un par de ellas. Por una parte, la cuestión de los ‘oportunismos’ y por otra la de los ‘límites’. Aplicado esto, lógicamente, a la construcción permanente de paz, no a la circunstancial ‘moda’ de la paz que algunos se empeñan en querer imponer en Colombia, por coyunturales necesidades políticas o por consideraciones solamente moralistas.

Entre los ‘oportunismos’ me preocupan los que calificaría de oportunismos de derecha y de izquierda, así como oportunismos del oficialismo y de la oposición.

Entre los ‘límites’ me preocupan los límites que estamos trazando entre oficialismo y oposición, así como los límites que estamos desdibujando entre acciones de guerra y acciones inhumanas.

Desde la política de izquierda, el oportunismo consiste en pretender alcanzar mediante la negociación de las Farc con el Gobierno aquellos objetivos políticos que desde el propio ejercicio de la política desarmada y el convencimiento ha sido imposible de lograr con el consenso de la ciudadanía a través del voto. Atribuyo a este propósito de la izquierda –beneficiarse con la guerra-  que otros (las Farc) utilicen las armas para que en la Mesa de La Habana se consigan como concesiones del Gobierno objetivos ideológicos y prácticos  que por la lid democrática y civilista no se ha logrado conseguir. Esto suena a chantaje –nos dan lo que pedimos o las Farc siguen combatiendo- y explica buena parte de la animadversión que el proceso de La Habana despierta en la opinión pública.

Desde la política de derecha (en este caso de la derecha de la Unidad Nacional) el oportunismo consiste en pretender llegar a un acuerdo con las Farc a un costo muy bajo, logrado por el atajo de disuadir a los comandantes farianos, otorgándoles prebendas, y que todo siga más o menos igual pero ‘bacriminizando’ y ‘farcriminizando´el país, ya sin la ‘marca’ Farc atribuyendo franquicias y razones políticas a la proliferación de la delincuencia en las zonas rurales del país.

El riesgo del oportunismo oficialista lo veo en la utilización de la bandera de la paz como recurso político que anestesie a la población sobre la falta de respuestas eficaces a la existencia de problemáticas socialmente complejas sobre las cuales se aplica la anestesia de la panacea de la paz como santo remedio que no logra sanar el cuerpo social pero que lo hace vivir en un clima alienante de falsa euforia e irreal optimismo.

Por el lado de la oposición uribista el oportunismo lo veo en dedicarse exclusivamente a satanizar las negociaciones de La Habana sin intervenir con propuestas concretas y creíbles que logren establecer una correspondencia entre los sentimientos pacifistas de la población y la necesidad de preservar los canales de la democracia para tramitar las lides políticas y armonizar las contradicciones sociales. ¿Por qué el uribismo no exige participar de las negociaciones en La Habana y convertirse en actor y aval de las mismas?

Esencialmente, el oportunismo radica, allí donde se anida, en la manipulación del anhelo popular de paz y redención social, utilizando el proceso de La Habana como ‘caballo de Troya’, donde la argumentación y la propaganda se convierten en recursos utilitarios para lograr objetivos que no solo no se corresponden con la construcción de la paz integral y definitiva, sino que siembran discordias y funestos vientos tras los cuales no pueden sobrevenir luego sino tempestades y tragedias mil.

Si a la presencia de los oportunismos le sumamos la distorsión de los límites, cualquier alerta es poco.

Me niego a sostener que de un lado está el oficialismo amigo de la paz y del otro la oposición de los enemigos de la paz. Ese cuentico no aguanta. Con esta falta de lógica quienes hacen la guerra –Gobierno y Farc- son los amigos de la paz, y quienes no están ni en el Gobierno ni en las Farc, desempoderados de todo poder y en la oposición desarmada, resultan amigos de la guerra. No. Si el Gobierno y las Farc fuesen tan amigos de la paz como dicen ser, ya habrían hecho un acuerdo de cese de hostilidades, o al menos, hubiesen trazado ya un límite entre las acciones de guerra y las acciones inhumanas, entre la guerra y el terrorismo, entre los beligerantes y los civiles.

No quiero convertirme en aguafiestas, pero créanme, los oportunismos y la ausencia de límites, están degradando aceleradamente la confianza de la población en el proceso de La Habana.

¡Cuidado!

Del escepticismo a la indignación hay unos muy pocos pasos.

Y esos pasos se están comenzando a escuchar, las encuestas lo están comenzando a evidenciar.

Por eso la pregunta inicial de esta columna: ¿Haber llegado tan lejos es buena o mala señal?

Porque de lo que se trata no es de llegar muy lejos, sino de llegar donde la Paz lo exige.

Y para esto, ni el oportunismo de los unos ni de los otros, ni la ausencia de límites son amigos de la Paz.

Dicho de otro modo y parafraseando: “Lo que natura non da, La Habana non presta”.


Así la veo yo.


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octubre 02, 2014

230. Todos los caminos conducen a Washington


ASÍ LA VEO YO - Año 10

La necesidad (de paz) tiene cara de hereje

Por Juan Rubbini
@JuanRubbini

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““Chávez ha despertado nuestros demonios íntimos”, me explica la psicosocióloga Mireya Lozada, que trabaja en los aspectos imaginarios y fantasmagóricos de la polarización ideológica. “Esto (la polarización) se ve agravado por la distorsión de atribución: a la otra parte se le atribuye la peor de las intenciones y aquellas acciones desmedidas del propio bando se perciben invariablemente como respuestas a las amenazas o agresiones del contrario. En fin, se justifican las propias acciones violentas como respuesta a la violencia que se anticipa, la que desencadena el miedo.””

(Marc Saint-Upéry, El sueño de Bolívar)


Tarde o temprano Uribe y Santos, Farc y Auc, con el visto bueno de Castro y la resignación de Maduro, llevarán sus acuerdos a Washington.

Serán acuerdos que bendecirá el Papa y aplaudirá Colombia y el mundo.

Entonces, solo entonces, no antes, Washington estampará su firma.

Entonces, solo entonces, no habrá más embargos a Cuba, ni ‘guerra fría’ con Venezuela.

Me dirán que sueño despierto, o que deliro entre fiebres intensas.

Sin embargo, aquí la gran paradoja reside en que aquello que más tememos –no podernos salir con la nuestra- es lo único que puede salvarnos, y lo que más nos duele –que el enemigo se salga con la suya- es la única puerta que nos conduce a la paz.

Lo acepte o no lo acepten Santos y Uribe, quiéranlo o no Farc y Auc, preténdanlo de otro modo Castro y Maduro, Colombia está ubicada (y bien amarrada) sobre el patio trasero de los EEUU, y a diferencia de sus vecinos, es el único país de América del Sur cuyo norte es el acuerdo permanente, esencial y a toda prueba, con Washington.  

Urge entonces que Santos y Uribe comiencen a dar pasos seguros hacia la convergencia, que la Mesa de La Habana incorpore sin más remilgos ni demoras a Eln y Auc, que Castro y Maduro apresuren su andar hacia la democracia y la libre empresa en Cuba y Venezuela. Y que las Confesiones Religiosas de todos estos países –no sólo las Católicas- armonicen sus prédicas y vitalicen sus plegarias, para que el espíritu acuda a su cita con la política, y las razones de la Paz y la Reconciliación prevalezcan sobre las causas y efectos de la confrontación armada e ideológica.

Cuanto más largas le demos a la incorporación de una mirada geopolítica de mediano y largo plazo a la coyuntura presente, cuanto más demoremos en ir al grano de lo que esconde –hasta hoy- haber estratégicamente escogido a La Habana como sede de las negociaciones, cuanto más estiremos los tiempos y la paciencia sobre lo determinante del narcotráfico en el conflicto armado colombiano, la posibilidad de arribar a consensos amplios y definitivos, políticos y geopolíticos, se irá irremediablemente disipando más allá del voluntarismo que le pongamos a la cosa, más allá de lo que seamos capaces de aportar desde la sociedad democrática y la cultura popular.

Regresemos ahora al comienzo de esta columna. Washington estampará su firma solo al final. Pero involucrar a Washington implica abrir ya la comunicación al respecto. La causa final es siempre la última en manifestarse pero está en el origen mismo de la acción. Teleología, que le dicen. Origen que, convengamos, permanecerá en la bruma hasta llegar allá. Dicho de otro modo, si los diálogos de La Habana no están inspirados desde hoy por arribar con Washington a la meta todo lo que se haga o vaya hacer será humo, y con el viento se irá a morir sobre el mar.

Dicho esto, la convergencia de Santos y Uribe, no puede demorarse más que unos pocos meses. Arribar a finales de este año con pasos firmes en esta dirección es una condición sine qua non para que el proceso de La Habana pueda ofrecer frutos comestibles, digeribles.

Sin embargo, la condición aludida es necesaria pero no suficiente. Alinear a Santos con Uribe, a Colombia con Estados Unidos, a Cuba y Venezuela con Colombia no significará nada, o casi nada, si del otro lado de la Mesa no se logra alinear a las Farc con el Eln y las Auc, y a todos estos con las Bacrim.

¿Y esto por qué?

En Colombia existe un conflicto armado, también existen amenazas terroristas, todo esto envuelto en una trágica criminalización de la protesta social y una desbordada corrupción de los estamentos públicos. Y no solo ronda al acecho el narcotráfico haciendo de las suyas, sino que éste ha llegado a constituirse (desde largo tiempo atrás) en el combustible más importante, cuantitativa y cualitativamente, de la confrontación.

Si de la existencia del conflicto armado todos damos fe y hasta buena parte del uribismo ha llegado tardíamente a aceptar su realidad  (circunloquios mediante) en cuanto a los actores del conflicto –legales e ilegales- subsisten polémicas y controversias, bizantinismos a derecha e izquierda, leguleyismos varios,  acerca de quiénes sí y quiénes no, quiénes a tiempo completo y quiénes de a raticos, participan del horror. Sacando cuentas realistas y sin minimizar su relieve Farc y Estado son apenas el 50 % y si acaso, del conflicto armado. ¿Cómo ‘ningunear’ al resto, cómo no incorporarlo a las negociaciones? ¿Cómo pasar por distraídos y de agache hacia quienes por incómodos que resulten a los cálculos de unos o de otros en La Habana, suena a desidia ignorar sus ostensibles y reiterados llamados de atención? Nada más fatídico para el posconflicto que una paz a medias, o una paz que vaya a quedar mal hecha, por incompleta, por excluyente.

Sin entrar a realizar una categorización estricta ni completa, pocas dudas caben que desde el lado de la ilegalidad, Farc y Eln, Auc, residuos del Epl, residuos de las Auc, las llamadas bacrim, y carteles y cartelitos del narcotráfico, están involucrados en el conflicto armado, con el grado de participación y conciencia política, más madura o más inmadura,  que depende históricamente de múltiples factores y afecta de diferente modo a los diversos actores y territorios donde toma cuerpo ,y se asienta y echa raíces el conflicto. Ni qué decir tiene que por acción u omisión los círculos concéntricos que emergen desde la localización y movilidad de estos actores ilegales se extienden hasta las orillas de la legalidad, tanto como les resulta necesario y permanecen, o permanecieron, todo el tiempo que la conveniencia o el temor, determinaron.

Si digo todo esto no es por exceso de imaginación, estoy seguro de estar quedándome corto en la apreciación objetiva de todo lo que está en juego y todos los que juegan, ilegales por supuesto, pero agentes estatales y establecimiento político y económico también.

Ante la enorme dificultad de ambientar las condiciones de un proceso de paz creíble y viable se me hace un despropósito político peligroso que se insista en sobre-utilizar el calificativo de ‘enemigos de la paz’ –‘que los hay, los hay’- como si el uribismo fuera una cueva demoníaca donde se dieran cita conspirativa los más grandes obstáculos para llegar civilizadamente al final del conflicto.

¡No! los ‘enemigos de la paz’ suelen también dormir con nosotros en nuestra cama de oficialistas y opositores ‘bienpensantes’,  habitan nuestras mentes ‘políticamente correctas’ pero absurdamente sectarias, estimulan en nuestras neuronas la ausencia de realismo y grandeza, tanto como pretenden una paz a bajo costo –económico y político- y seducen al propio ego con ‘botines de paz’ fabulosos, donde si es el caso nos toque ‘pasar gato por liebre’, y una ‘paz de mentiritas’ como la gran solución de todos nuestros males.

Insisto, ‘o todos en la cama, o todos en el suelo’.

Y claro, todos a Washington…, con tiquete de ida y vuelta, como debe ser.


 Así la veo yo.


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