octubre 09, 2014

231. “Lo que natura non da, La Habana non presta"


 ASÍ LA VEO YO - Año 10

Ni el oportunismo ni la ausencia de límites son amigos de la Paz

Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“El hombre está pues tan felizmente fabricado que no tiene ningún principio justo de lo verdadero y varios excelentes de lo falso” (Pascal)


El Presidente Santos ha manifestado en más de una ocasión su satisfacción porque nunca antes un proceso de paz con las Farc había llegado tan lejos. Después de lo cual, legítimamente, cabe preguntarnos si habiendo llegado tan lejos, cómo haremos para regresarnos cuando en algún momento llegásemos a darnos cuenta que hemos llegado a una sin salida, o dicho de otro modo, a nada, a nada sustancial, o incluso, a algo que resulte inconveniente de acordar.

Quiero sentar aquí, una vez más, mi posición de que me complazco en que el proceso de La Habana exista. Lo que no implica que esté tan seguro que en algún momento este proceso, así como va, llegue a alguna parte. Y si esto resultase, ya la angustia no sería en cómo seguir avanzando, sino en algo inédito, cómo regresarnos habiendo llegado tan lejos.

Esta hipótesis de que en algún momento el proceso de paz se rompa no puede quedar librada al azar, o descartada por descabellada que parezca. Tampoco se puede repetir alegremente que somos capaces de hacer la paz cuando la historia nos recuerda fatídicamente que de lo que hemos sido capaces es de vivir en conflicto por más de medio siglo y más. No intento ser pesimista, sino de alertar sobre qué pudiera estar sucediendo: que hayamos dado por hecho –el logro de la paz mediante la prosecución de los diálogos en La Habana- cuando de lo que se trata es de construir la paz, como actividad permanente inherente al sistema constitucional y democrático, independientemente de que exista el proceso de La Habana o no.

Al respecto me preocupan algunas cosas y hoy quiero poner énfasis sobre un par de ellas. Por una parte, la cuestión de los ‘oportunismos’ y por otra la de los ‘límites’. Aplicado esto, lógicamente, a la construcción permanente de paz, no a la circunstancial ‘moda’ de la paz que algunos se empeñan en querer imponer en Colombia, por coyunturales necesidades políticas o por consideraciones solamente moralistas.

Entre los ‘oportunismos’ me preocupan los que calificaría de oportunismos de derecha y de izquierda, así como oportunismos del oficialismo y de la oposición.

Entre los ‘límites’ me preocupan los límites que estamos trazando entre oficialismo y oposición, así como los límites que estamos desdibujando entre acciones de guerra y acciones inhumanas.

Desde la política de izquierda, el oportunismo consiste en pretender alcanzar mediante la negociación de las Farc con el Gobierno aquellos objetivos políticos que desde el propio ejercicio de la política desarmada y el convencimiento ha sido imposible de lograr con el consenso de la ciudadanía a través del voto. Atribuyo a este propósito de la izquierda –beneficiarse con la guerra-  que otros (las Farc) utilicen las armas para que en la Mesa de La Habana se consigan como concesiones del Gobierno objetivos ideológicos y prácticos  que por la lid democrática y civilista no se ha logrado conseguir. Esto suena a chantaje –nos dan lo que pedimos o las Farc siguen combatiendo- y explica buena parte de la animadversión que el proceso de La Habana despierta en la opinión pública.

Desde la política de derecha (en este caso de la derecha de la Unidad Nacional) el oportunismo consiste en pretender llegar a un acuerdo con las Farc a un costo muy bajo, logrado por el atajo de disuadir a los comandantes farianos, otorgándoles prebendas, y que todo siga más o menos igual pero ‘bacriminizando’ y ‘farcriminizando´el país, ya sin la ‘marca’ Farc atribuyendo franquicias y razones políticas a la proliferación de la delincuencia en las zonas rurales del país.

El riesgo del oportunismo oficialista lo veo en la utilización de la bandera de la paz como recurso político que anestesie a la población sobre la falta de respuestas eficaces a la existencia de problemáticas socialmente complejas sobre las cuales se aplica la anestesia de la panacea de la paz como santo remedio que no logra sanar el cuerpo social pero que lo hace vivir en un clima alienante de falsa euforia e irreal optimismo.

Por el lado de la oposición uribista el oportunismo lo veo en dedicarse exclusivamente a satanizar las negociaciones de La Habana sin intervenir con propuestas concretas y creíbles que logren establecer una correspondencia entre los sentimientos pacifistas de la población y la necesidad de preservar los canales de la democracia para tramitar las lides políticas y armonizar las contradicciones sociales. ¿Por qué el uribismo no exige participar de las negociaciones en La Habana y convertirse en actor y aval de las mismas?

Esencialmente, el oportunismo radica, allí donde se anida, en la manipulación del anhelo popular de paz y redención social, utilizando el proceso de La Habana como ‘caballo de Troya’, donde la argumentación y la propaganda se convierten en recursos utilitarios para lograr objetivos que no solo no se corresponden con la construcción de la paz integral y definitiva, sino que siembran discordias y funestos vientos tras los cuales no pueden sobrevenir luego sino tempestades y tragedias mil.

Si a la presencia de los oportunismos le sumamos la distorsión de los límites, cualquier alerta es poco.

Me niego a sostener que de un lado está el oficialismo amigo de la paz y del otro la oposición de los enemigos de la paz. Ese cuentico no aguanta. Con esta falta de lógica quienes hacen la guerra –Gobierno y Farc- son los amigos de la paz, y quienes no están ni en el Gobierno ni en las Farc, desempoderados de todo poder y en la oposición desarmada, resultan amigos de la guerra. No. Si el Gobierno y las Farc fuesen tan amigos de la paz como dicen ser, ya habrían hecho un acuerdo de cese de hostilidades, o al menos, hubiesen trazado ya un límite entre las acciones de guerra y las acciones inhumanas, entre la guerra y el terrorismo, entre los beligerantes y los civiles.

No quiero convertirme en aguafiestas, pero créanme, los oportunismos y la ausencia de límites, están degradando aceleradamente la confianza de la población en el proceso de La Habana.

¡Cuidado!

Del escepticismo a la indignación hay unos muy pocos pasos.

Y esos pasos se están comenzando a escuchar, las encuestas lo están comenzando a evidenciar.

Por eso la pregunta inicial de esta columna: ¿Haber llegado tan lejos es buena o mala señal?

Porque de lo que se trata no es de llegar muy lejos, sino de llegar donde la Paz lo exige.

Y para esto, ni el oportunismo de los unos ni de los otros, ni la ausencia de límites son amigos de la Paz.

Dicho de otro modo y parafraseando: “Lo que natura non da, La Habana non presta”.


Así la veo yo.


Los 231 artículos que componen la serie iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
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octubre 02, 2014

230. Todos los caminos conducen a Washington


ASÍ LA VEO YO - Año 10

La necesidad (de paz) tiene cara de hereje

Por Juan Rubbini
@JuanRubbini

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““Chávez ha despertado nuestros demonios íntimos”, me explica la psicosocióloga Mireya Lozada, que trabaja en los aspectos imaginarios y fantasmagóricos de la polarización ideológica. “Esto (la polarización) se ve agravado por la distorsión de atribución: a la otra parte se le atribuye la peor de las intenciones y aquellas acciones desmedidas del propio bando se perciben invariablemente como respuestas a las amenazas o agresiones del contrario. En fin, se justifican las propias acciones violentas como respuesta a la violencia que se anticipa, la que desencadena el miedo.””

(Marc Saint-Upéry, El sueño de Bolívar)


Tarde o temprano Uribe y Santos, Farc y Auc, con el visto bueno de Castro y la resignación de Maduro, llevarán sus acuerdos a Washington.

Serán acuerdos que bendecirá el Papa y aplaudirá Colombia y el mundo.

Entonces, solo entonces, no antes, Washington estampará su firma.

Entonces, solo entonces, no habrá más embargos a Cuba, ni ‘guerra fría’ con Venezuela.

Me dirán que sueño despierto, o que deliro entre fiebres intensas.

Sin embargo, aquí la gran paradoja reside en que aquello que más tememos –no podernos salir con la nuestra- es lo único que puede salvarnos, y lo que más nos duele –que el enemigo se salga con la suya- es la única puerta que nos conduce a la paz.

Lo acepte o no lo acepten Santos y Uribe, quiéranlo o no Farc y Auc, preténdanlo de otro modo Castro y Maduro, Colombia está ubicada (y bien amarrada) sobre el patio trasero de los EEUU, y a diferencia de sus vecinos, es el único país de América del Sur cuyo norte es el acuerdo permanente, esencial y a toda prueba, con Washington.  

Urge entonces que Santos y Uribe comiencen a dar pasos seguros hacia la convergencia, que la Mesa de La Habana incorpore sin más remilgos ni demoras a Eln y Auc, que Castro y Maduro apresuren su andar hacia la democracia y la libre empresa en Cuba y Venezuela. Y que las Confesiones Religiosas de todos estos países –no sólo las Católicas- armonicen sus prédicas y vitalicen sus plegarias, para que el espíritu acuda a su cita con la política, y las razones de la Paz y la Reconciliación prevalezcan sobre las causas y efectos de la confrontación armada e ideológica.

Cuanto más largas le demos a la incorporación de una mirada geopolítica de mediano y largo plazo a la coyuntura presente, cuanto más demoremos en ir al grano de lo que esconde –hasta hoy- haber estratégicamente escogido a La Habana como sede de las negociaciones, cuanto más estiremos los tiempos y la paciencia sobre lo determinante del narcotráfico en el conflicto armado colombiano, la posibilidad de arribar a consensos amplios y definitivos, políticos y geopolíticos, se irá irremediablemente disipando más allá del voluntarismo que le pongamos a la cosa, más allá de lo que seamos capaces de aportar desde la sociedad democrática y la cultura popular.

Regresemos ahora al comienzo de esta columna. Washington estampará su firma solo al final. Pero involucrar a Washington implica abrir ya la comunicación al respecto. La causa final es siempre la última en manifestarse pero está en el origen mismo de la acción. Teleología, que le dicen. Origen que, convengamos, permanecerá en la bruma hasta llegar allá. Dicho de otro modo, si los diálogos de La Habana no están inspirados desde hoy por arribar con Washington a la meta todo lo que se haga o vaya hacer será humo, y con el viento se irá a morir sobre el mar.

Dicho esto, la convergencia de Santos y Uribe, no puede demorarse más que unos pocos meses. Arribar a finales de este año con pasos firmes en esta dirección es una condición sine qua non para que el proceso de La Habana pueda ofrecer frutos comestibles, digeribles.

Sin embargo, la condición aludida es necesaria pero no suficiente. Alinear a Santos con Uribe, a Colombia con Estados Unidos, a Cuba y Venezuela con Colombia no significará nada, o casi nada, si del otro lado de la Mesa no se logra alinear a las Farc con el Eln y las Auc, y a todos estos con las Bacrim.

¿Y esto por qué?

En Colombia existe un conflicto armado, también existen amenazas terroristas, todo esto envuelto en una trágica criminalización de la protesta social y una desbordada corrupción de los estamentos públicos. Y no solo ronda al acecho el narcotráfico haciendo de las suyas, sino que éste ha llegado a constituirse (desde largo tiempo atrás) en el combustible más importante, cuantitativa y cualitativamente, de la confrontación.

Si de la existencia del conflicto armado todos damos fe y hasta buena parte del uribismo ha llegado tardíamente a aceptar su realidad  (circunloquios mediante) en cuanto a los actores del conflicto –legales e ilegales- subsisten polémicas y controversias, bizantinismos a derecha e izquierda, leguleyismos varios,  acerca de quiénes sí y quiénes no, quiénes a tiempo completo y quiénes de a raticos, participan del horror. Sacando cuentas realistas y sin minimizar su relieve Farc y Estado son apenas el 50 % y si acaso, del conflicto armado. ¿Cómo ‘ningunear’ al resto, cómo no incorporarlo a las negociaciones? ¿Cómo pasar por distraídos y de agache hacia quienes por incómodos que resulten a los cálculos de unos o de otros en La Habana, suena a desidia ignorar sus ostensibles y reiterados llamados de atención? Nada más fatídico para el posconflicto que una paz a medias, o una paz que vaya a quedar mal hecha, por incompleta, por excluyente.

Sin entrar a realizar una categorización estricta ni completa, pocas dudas caben que desde el lado de la ilegalidad, Farc y Eln, Auc, residuos del Epl, residuos de las Auc, las llamadas bacrim, y carteles y cartelitos del narcotráfico, están involucrados en el conflicto armado, con el grado de participación y conciencia política, más madura o más inmadura,  que depende históricamente de múltiples factores y afecta de diferente modo a los diversos actores y territorios donde toma cuerpo ,y se asienta y echa raíces el conflicto. Ni qué decir tiene que por acción u omisión los círculos concéntricos que emergen desde la localización y movilidad de estos actores ilegales se extienden hasta las orillas de la legalidad, tanto como les resulta necesario y permanecen, o permanecieron, todo el tiempo que la conveniencia o el temor, determinaron.

Si digo todo esto no es por exceso de imaginación, estoy seguro de estar quedándome corto en la apreciación objetiva de todo lo que está en juego y todos los que juegan, ilegales por supuesto, pero agentes estatales y establecimiento político y económico también.

Ante la enorme dificultad de ambientar las condiciones de un proceso de paz creíble y viable se me hace un despropósito político peligroso que se insista en sobre-utilizar el calificativo de ‘enemigos de la paz’ –‘que los hay, los hay’- como si el uribismo fuera una cueva demoníaca donde se dieran cita conspirativa los más grandes obstáculos para llegar civilizadamente al final del conflicto.

¡No! los ‘enemigos de la paz’ suelen también dormir con nosotros en nuestra cama de oficialistas y opositores ‘bienpensantes’,  habitan nuestras mentes ‘políticamente correctas’ pero absurdamente sectarias, estimulan en nuestras neuronas la ausencia de realismo y grandeza, tanto como pretenden una paz a bajo costo –económico y político- y seducen al propio ego con ‘botines de paz’ fabulosos, donde si es el caso nos toque ‘pasar gato por liebre’, y una ‘paz de mentiritas’ como la gran solución de todos nuestros males.

Insisto, ‘o todos en la cama, o todos en el suelo’.

Y claro, todos a Washington…, con tiquete de ida y vuelta, como debe ser.


 Así la veo yo.


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septiembre 09, 2014

229. ¿Y si los ex AUC desembarcan en La Habana?


ASÍ LA VEO YO - Año 10
Se trata de política no de filosofía
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“El pensamiento profundo, sincero, auténtico, tiene la fuerza de hacer maravillas” (Carlyle)

“Sigamos en guerra y sigamos dialogando”, tal es quizás el único consenso firme logrado en La Habana, y no es poca cosa, vista la larga historia del conflicto. “Nunca se había llegado tan lejos”, asegura el Presidente y sus razones tiene.

Sin embargo, algo políticamente superior está comenzando a reclamar su espacio: el cese al fuego, el cese de las hostilidades, que no es lo mismo, pero para el caso da igual. Se trata de ‘desescalar’ el conflicto, de ‘amansar la bestia’, de ‘bajarle decibeles’ a la confrontación armada.

Sectores de la sociedad lo proponen como una cuestión de ética, y está bien. Nunca será demasiado tarde para instalar, entre la apatía y la indiferencia, una buena dosis de sensibilidad, un tinte pacifista y de sensatez. “Somos capaces” se dirá, se repetirá, y no faltarán publicistas que harán de la paz y la reconciliación un producto ‘refrendable’. Algo es algo, peor es nada. Y peor es aquello que al menos no se intenta.

No obstante, la guerra es una fase de la política, y los remedios morales no curan la enfermedad del poder. Acaso atenúan los efectos perversos, morigeran el padecimiento social, excluyen hasta donde son capaces los efectos colaterales del tiro al blanco escogido como mortal presa.

Si del poder se trata la guerra, del poder también se trata la paz. Y si del poder se trata, la paz no pasa por la impunidad ni pasa por las cárceles, no pasa por el Congreso ni pasa por la No Extradición. Todo ello aunque importe, finalmente son detalles, carpintería, matices. Pero por mirar los árboles, no debemos dejar de mirar el bosque.

El Gobierno se equivoca si pretende que las FARC se sometan a la Ley existente. Las FARC se equivocan si pretenden que el Gobierno les ceda su poder. Ni los unos ni los otros se representan finalmente más que a sí mismos y a sus incondicionales, que ni son muchos, ni mucho menos son el todo sobre el que quisieran gobernar sin cortapisas.

Entonces, así como el triunfo en la guerra no les concede a las partes el poder real sobre toda la sociedad, tampoco la negociación tiene el efecto mágico de conceder a cada parte la totalidad del poder que pretende.

¿Estamos entonces ante un problema de imposible solución? Depende de qué consideremos se trata la negociación, y sobre qué versa la solución.

Será un buen comienzo reconocer que el poder real no descansa sobre los hombros ni sobre las intenciones del Gobierno solamente, la oposición a Santos cuenta, y la oposición a las FARC también. Esto significa que si las FARC pretenden obtener políticamente del Gobierno el mismo poder que pretendían alcanzar con el triunfo en la guerra, se equivocan, ‘no están ni tibios’. Ningún Gobierno estará nunca en condiciones de concederles tanto. Los diálogos seguirán entonces, por una cuestión ética, no política, y la guerra se recrudecerá, por una cuestión política, no ética.

Desde la otra orilla la cosa es más o menos así: si el Gobierno pretende obtener de las FARC la rendición y los derechos sobre el vencido que hubiese obtenido de haber alcanzado la victoria militar, se equivoca, ‘no está ni tibio’. La escuela de las FARC es la misma del Che Guevara, y éste nos recuerda que ‘en las verdaderas revoluciones se vence o se muere’, no hay otra. La victoria es el norte de las FARC, sus líderes no pueden continuar siendo sus líderes si renuncian a la victoria. Otros los reemplazarían. Y dentro de esta lógica, o se triunfa y se lleva adelante la Revolución, o se entregan las banderas y se traiciona la causa.

Una vía, estando así las cosas, es que los diálogos continúen in aeternum y la guerra también, hasta que un desenlace hoy lejos de poder preverse a ciencia cierta se produzca y otorgue el triunfo a tirios o a troyanos. Todo seguiría su curso como en las décadas pasadas no porque éticamente se quiera, sino porque políticamente no hay otra.

Otro camino posible, es que en La Habana se firme un documento por el cual buena parte de los comandantes de las FARC se desmovilicen –siguiendo el ejemplo de ‘Karina’ y algunos más- y se dediquen a la política en Colombia, mientras las FARC los desautorizan, los condenan, recomponen sus cuadros dirigentes y prosiguen la guerra hasta Vencer o Morir.

La tercera posibilidad, la estratégicamente más conveniente para Colombia –no necesariamente para las partes negociadoras-, es que las FARC asuman como lo hicieron las AUC en Ralito que su momentum había pasado, que la guerra ya no tenía sentido para ellos, y que su salida del conflicto armado era de una vez y para siempre. Pero esto no es nada sencillo de lograr y para contarles en La Habana a los negociadores de las FARC y del Gobierno cómo es que se logró, los Mancuso, los ‘Vecino’, los ‘Báez’, los ‘Alemán’, deberán desembarcar en La Habana y cuanto antes lo hagan mejor y más provechoso para la paz. A no dudarlo, no sería el gran motivo del encuentro ‘el origen del paramilitarismo’ –que de esto también se trata- sino de algo políticamente mucho más esclarecedor, las verdaderas razones por las cuales los ‘paramilitares’ se desmovilizaron.

Pero aunque esto sucediera, y las FARC se entendieran con las ex AUC, y el Gobierno lograra –con sus opositores- el ‘milagro político’ de hacerle el ‘milagrazo’ a los desmovilizados de las FARC, siempre habría quienes desde las filas de las FARC alzarían las banderas de la Revolución, y a Vencer o Morir seguirían en lo mismo, hasta el final, hasta la Victoria o la Muerte. Se los calificaría de ‘farcrimes’ pero ellos se sentirían ‘revolucionarios’, émulos del Che, de ‘Marulanda’ y de Fidel.

Por un camino o por otro, los destinos de las FARC, de las AUTODEFENSAS y del ESTADO, están llamados a cruzarse, no a enfrentarse, a encontrarse no a rehuirse, y esto –admítanlo las partes - es todo beneficio para la sociedad colombiana, para las víctimas del conflicto, la mejor garantía de la no repetición.

Porque en la Habana se trata principalmente de política no de filosofía, se trata principalmente del poder no de la academia, nos guste o no.

Así la veo yo.


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agosto 21, 2014

228. La hora de los complementarios

ASÍ LA VEO YO - Año 10
Ni sectarios ni excluyentes
Por Juan Rubbini
@JuanRubbini
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“El poder nunca puede ser un fin en sí mismo, pues solo puede ser llamado bien lo que conduce a una satisfacción definitiva, a una concordia y armonía” (Platón, La República)

En La Habana –y también en Colombia- de lo que se trata es si los contrarios, que lo han sido hasta aquí y lo son aún, son capaces de convertirse en complementarios, si se atreven a cambiar los paradigmas.

El quid de la diferencia entre ‘santistas’ y ‘uribistas’ radica en esto, en que los primeros conciben la paz como una construcción colectiva y consensuada entre la política, la sociedad y los diferentes actores del conflicto –Estado, guerrillas, militares, autodefensas, y un largo y difuso etc.etc.-, mientras que los ‘uribistas’ conciben la paz como la victoria del Estado sobre los alzados en armas y punto, no hay más de que hablar.

Los pronunciamientos públicos de las Farc –sobre todo los que vienen del monte, los de La Habana están tamizados obviamente por la diplomacia- se identifican con el ‘todo o nada’ ‘uribista’ y no con el ‘acuerdismo por la paz’ sobre el cual predica el ‘santismo’. Coinciden sustancialmente ‘farianos’ y ‘uribistas’ en el hecho que conciben la paz como la victoria del uno sobre el otro, de los ‘nuestros’ sobre los ‘suyos’, a partir de la destrucción del otro, no de la construcción con el otro. Lo que iguala al ‘uribismo’ con las Farc es el acento puesto en las palabras clave de sus discursos: victoria y derrota, todo o nada. O dicho de otro modo, para el enemigo nada, ni justicia. O si se quiere, justicia como venganza, como ley del talión.

No es casual entonces que para triunfar en las recientes elecciones presidenciales el ‘santismo’ haya necesitado entre otros votos de los votos de izquierda, incluso de los votos de izquierda más cercanos ideológicamente con las Farc. Es que la izquierda no fariana es la más directamente perjudicada por la persistencia del conflicto armado, y la que se beneficiaría enormemente en sus posibilidades de crecimiento y acceso al poder si logra sumar a su frente amplio de izquierdas a los dirigentes de la guerrilla devenidos en actores políticos dentro de la legalidad. Esto explica la aparente contradicción que explota políticamente el ‘uribismo’ cuando sabotea el proceso de La Habana calificándolo de la búsqueda de un acuerdo entre ‘santistas’ y ‘castrochavistas’ para repartirse el poder, con la bendición de Cuba y Venezuela.

Lo anterior no hace de los ‘santistas’ ángeles de la paz ni a los ‘uribistas’ demonios de la guerra. Sencillamente, se trata de dos caminos diferentes en pos del poder, y de eso se trata la política, no de otra cosa, ni siquiera cuando estallan las guerras, ni tampoco cuando se exploran caminos hacia la paz.

Dicho esto, ni la guerra es el único fin en el que debieran concentrarse los discursos ‘uribistas’ –tampoco las Farc- ni la paz debiera ser el único propósito que oriente las políticas de los ‘santistas’ –ni de los izquierdistas amigos de la paz. Mal que nos pese, las guerras, los conflictos armados, la violencia, son expresiones de los desencuentros y las rivalidades sociales. Son los males que afloran a la superficie y se encarnan en los seres humanos y sus comunidades los que nos obligan a buscar soluciones, y entre las soluciones, las mejores, y entre las mejores las que minimicen los costos para la sociedad y sus integrantes.

Si aceptamos por un momento que ni la paz es un bien en sí mismo, ni mucho menos la guerra lo es, y comenzamos a percibir a quienes ven la realidad desde puntos de vista e intereses distintos a los nuestros, no como contrarios en sí de una vez y para siempre, sino como potenciales complementarios que hoy no lo son pero podrían llegar a serlo mediando circunstancias y acciones adecuadas de parte y parte, dedicaríamos más de nuestros esfuerzos a buscar los acuerdos y menos de nuestro tiempo a perseguir la victoria.

En otras palabras, no se trata de que los guerrilleros vayan o no a la cárcel, sino que sumen a favor de la concordia y la armonía, estén donde estén…; no se trata de que los ‘santistas’ o los ‘uribistas’ se salgan con la suya, ni tampoco que ‘santistas’ y ‘uribistas’ no se salgan con las suya, sino que ‘santistas’ y ‘uribistas’ tiendan los puentes por donde podamos caminar no solo ‘santistas’ y ‘uribistas’ sino también quienes no somos ni ‘santistas’ ni ‘uribistas’, incluidos quienes hayamos sido algún día, alguna vez, guerrilleros o autodefensas, de izquierdas o de derechas.

¿Qué intento decir con esto? Que la sociedad y los ciudadanos no podrán obtener nada bueno de ‘acuerdos de paz’ que excluyan a los que la ven diferente, que discriminen entre firmantes y no firmantes, entre supuestos ‘amigos de la paz’ y supuestos ‘enemigos de la paz’. Y para lograr esto, o al menos para hacerlo viable o posible, el Gobierno y las Farc, en vez de hacer de La Habana un bunker inaccesible y hermético –solo apto para iniciados o consentidos- deben asumir y promover la complementariedad, no en lo apenas obvio de quienes han apostado al éxito de los diálogos de paz, sino entre aquellos que hoy se caracterizan como los contrarios, los escépticos, los indiferentes.

Es sobre este punto de la complementariedad donde más énfasis habrán de hacer ‘santistas’ y ‘farianos’ quienes no pueden ni deben darse el lujo de hacer de la agenda pactada entre ellos la agenda nacional. Al contrario es la agenda nacional –donde cabemos todos los colombianos- la que debe asumir que la agenda de La Habana es de interés nacional y merece ser apoyada. Pero para esto, no solo los ‘farianos’ sino también el ‘santismo’ deben dejar de mirarse en el ombligo y solazarse en sus supuestas virtudes, para admitir ante el mundo que Colombia no se acaba en los estrechos límites de las mentes de Santos y ‘Timochenko’ sino que Colombia es más, mucho más que la existencia de sus contrarios enfrentados, y aspira a volver complementarios a todos sus habitantes, actores del conflicto o no, partidarios de tal o de cual.

Entiéndase bien, no se trata que no haya más contrarios, sino que aún quienes se reconozcan contrarios, asuman que son complementarios, necesarios, dignos de palabras amables y sensatas, no excluyentes, ni sectarias, para construir un país donde quepamos todos, con nuestras diferencias, ni más faltaba.



Así la veo yo.


Los 228 artículos que componen la serie iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
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