abril 14, 2016

255. El ‘paramilitarismo’ es un riesgo y también una oportunidad

ASÍ LA VEO YO - Año 12
Es hora de ir al grano y al fondo de los problemas

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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No es hora de ideologismos ni retórica propagandística. Es hora de ir al grano y al fondo de los problemas. Sin eufemismos, sin ambigüedad, sin grandilocuencia, y ante todo sin cinismo.

El posconflicto será políticamente conflictivo y es natural que así sea. Pero, para dar el gran paso colectivo de Colombia hacia la paz, ninguna parte del conflicto armado debe negar el derecho a las otras partes para que den su propio paso hacia adelante a fin de que todas las partes enfrentadas puedan dar conjuntamente el salto decisivo y trascendente de la enemistad a la reconciliación.

El meneado asunto del ‘paramilitarismo’ hoy parece destinado más a torpedear el camino hacia los acuerdos en La Habana (y ahora también Quito) que a ser tratado con la seriedad que reclama la coyuntura histórica.

No hay peor ciego que el que no quiere ver y en el caso del ‘paramilitarismo’ la ceguera afecta a las dos partes negociadoras. Una porque teme auto-incriminarse y untarse con ‘agua sucia’ y la otra porque no admite ni reconoce más derecho a la rebeldía que el suyo, ni más ‘pueblo en armas’ que el suyo.

El Gobierno sabe –el mundo sabe- que ha sido política de Estado en Colombia ‘paramilitarizar’ a la sociedad –en particular los sectores más violentados por las guerrillas- y ‘paramilitarizarse’ como Estado para combatir a la insurgencia guerrillera y presentarle batalla en todos los frentes y por todos los medios, y hasta la última hora del último día del conflicto armado. O dicho en lenguaje de estos días: “hasta que todo esté acordado entre las partes en conflicto”. Esta verdad de a puño ha sido convertida por los insurgentes en arma política e ideológica, jurídica y mediática,  por uso y abuso de las guerrillas en su combinación de todas las formas de lucha.  

Las guerrillas saben –todo el mundo sabe- que la razón primera, la causa más propiamente objetiva de la ‘paramilitarización’ del Estado y la ‘autodefensa’ de la sociedad, ha sido el efecto combinado y perverso de la guerra desatada por ellas mismas – ¿parteras de la historia? - y la incapacidad manifiesta del Estado y sus instituciones para garantizar su vigencia sobre toda la extensión del territorio nacional y dotarlo de la debida seguridad ante la violencia revolucionaria.

Sobre lo anterior caben todas las aristas de opinión y son cuestiones debatibles hasta la saciedad y desde todos los ángulos. Pero si el flagelo del ‘paramilitarismo’ –y ahora también sumado e imbricado con él, el de las Bacrim- “subsiste, persiste y no desiste”, al punto de poner en riesgo los valiosos avances de los diálogos de paz ¿no será acaso que llegó el momento preciso, la oportunidad gigantesca, de dejar de lado el panfleto y la propaganda, la exclusión y el ninguneo y convocar a la mesa de discusión nacional a quienes han sido reconocidos por el propio Estado y su marco legal como actores principales, combatientes y negociadores de paz, en representación  de las organizaciones de autodefensa?

Porque si éstas fueron parte del problema - ¡y qué problema! – e intentaron luego, al desarmarse y aceptar ser conducidos a la cárcel constituirse en parte de la solución pacífica -de allí el proceso de Ralito, de allí Justicia y Paz, de allí el fundamento primero e incontrastable de la Justicia Transicional en Colombia- ¿qué propósito y sentido práctico admite continuar ignorando su acumulado de conocimientos y experiencias vividas durante su participación en el conflicto armado, sus proyectos visualizados para el trazado y construcción de un país sin conflicto armado, sin paramilitarismo, sin autodefensas, sin bandas criminales ni guerrillas?

Haber avanzado hasta tan lejos en el camino de la paz con las Farc, haberse decidido finalmente a iniciar un proceso similar con el Eln, crea las condiciones propicias e impostergables, de naturaleza ética, humanitaria, social y política, para convocar al servicio de los altos intereses de la nación a los máximos referentes desmovilizados de las exAUC a fin de sumar su vocería y trabajo, su palabra y sus conocimientos, con el único e insoslayable propósito de arribar a las mejores soluciones y consensos que hagan posible aterrizar la paz y la reconciliación en todo el territorio nacional.

La vida nos provee la inteligencia y la voluntad, y también la vida se encarga luego de darnos las oportunidades. No las dejemos pasar delante de nuestras narices sin atinar asirlas y aprovecharlas en beneficio del clamor nacional.

Si en el camino de la paz hemos llegado tan lejos como nunca antes, no nos contentemos con una paz a medias, intentemos todo, hasta lo imposible.


Así la veo yo.


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febrero 11, 2016

254. Un puente de generosa calzada

La paz en Colombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 11
“De eso no se habla” o la cuestión “Ralito”

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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Si el presidente Santos persigue la paz definitiva, estable y consolidada, asentada sobre el territorio –y hay buenas razones para creer que sí la quiere y se ha propuesto alcanzarla- la estrategia diseñada no se agota ciertamente en lo que han puesto sus negociadores sobre la mesa en La Habana, ni sobre lo que sus áulicos dejan trascender a través de la prensa. El presidente Santos –tan avezado conocedor como lo es del conflicto armado- no puede sino tener entre sus movimientos próximos al menos estos dos temas de impacto: el descontado inicio inminente de negociaciones formales y directas con el Eln –sobre lo cual suficiente material hallamos a diario en los medios- y la aproximación mucho menos descontada pero previsiblemente ya delineada y transversal con la cuestión que aquí denominaremos ‘Ralito’.

Sobre el Eln a estas alturas no hay nada que no se haya dicho, y solo cabe esperar que el asunto caiga por su propio peso y nos desayunemos así con el inicio de la fase pública de las negociaciones.

La cuestión ‘Ralito’ tiene tanto de largo como de ancho y profundo. El hermético silencio que encapsula este asunto revela que todo conflicto armado dura hasta que termina, y mucho más si nada está acordado hasta que todo esté acordado.  No solo fue la izquierda la que extremó su sensibilidad hacia lo que se negociaba en ‘Ralito’ y se ocupó de sumar y sumar condicionamientos a lo que se negaron a reconocer como un proceso de paz tan legítimo como el de hoy en La Habana. Fue sobre todo la derecha, la derecha en el Gobierno de entonces, pero también y sobre todo la derecha por fuera de aquel gobierno la que puso su grito en el cielo ante el más mínimo intento de quitar del escenario del conflicto armado la maquinaria de guerra que proveían las ex AUC. Por los desaguisados a izquierda y derecha aquel proceso naufragó pero sus sobrevivientes, sus desertores y sus amigos son piezas del rompecabezas que el presidente Santos ha de resolver si quiere dar principio de solución a la famosa cuestión del paramilitarismo tan meneada por las Farc en estos últimos meses.

Y esto porque donde abundaron las zonas de influencia de los actores armados del conflicto necesariamente ha de asentarse la paz territorial si Colombia quiere hacer viable y sostenible el posconflicto que se habrá sabido ganar. Para ello el realismo ha de primar sobre las ideologías, y la inclusión derrotar el sectarismo y la exclusión.

Los desmovilizados ex jefes máximos de las autodefensas han comenzado a salir de las cárceles –tras ocho y más años de reclusión- y en los Estados Unidos sus penas comienzan a ser pagadas en su totalidad, o lo serán en tiempos no muy largos, o acaso aún lejanos según los casos. Justicia y Paz se ha constituido en la pionera piedra basal de la justicia transicional en Colombia, y no solo la CPI ha sabido validar  positivamente su necesidad histórica y su antecedente insoslayable a tener en cuenta por su vigencia y resultados a la vista.

Colombia no ha logrado aún desentrañar ni política ni judicialmente la madeja de lo que constituyó el paramilitarismo de Estado, por un lado, y el fenómeno de las autodefensas, por otro. Intereses políticos de todo tipo y prejuicios ideológicos tan extendidos como falaces en ocasiones han logrado confundir las percepciones y alterar el equilibrio de las representaciones que se han establecido sobre los actores del conflicto. Hay quienes sostienen la existencia de dos actores, Estado y guerrillas; mientras que no faltan quienes han visto y considerado a las autodefensas como un tercer actor autónomo, independiente del Estado y obviamente enemigo declarado de las guerrillas.

Si a todo esto tan de por sí complejo e inextricable le sumamos el abismo político que en cuestiones de La Habana separan la visión del presidente Santos –negociador en La Habana- con la visión del ex presidente Uribe –negociador en Ralito- comprendemos mejor por qué la cuestión ‘Ralito’ ha permanecido al margen de toda discusión en los años recientes, a pesar de ser uno de los elementos de la trama de la guerra y de la paz que urgen ser desentrañados, resueltos y puestos a trabajar en aras del posconflicto y el asentamiento de la paz territorial en los vastos ámbitos geográficos donde el conflicto armado tuvo lugar y sigue hoy generando contradicciones y animadversión que contaminan el tejido social y enrarecen el clima de la paz y la reconciliación.

Está por verse si antes de acometer el último round de la lucha -¿o más bien disuasión?- contra el narcotráfico –combustible financiero que lo fue de todos los actores ilegales del conflicto armado, rebeldes y contrainsurgentes- el presidente Santos querrá ‘darse la pela’ de sentar a manteles sobre el ajedrez de la paz a las cabezas visibles de los fenómenos guerrilleros y de autodefensas con el único y loable propósito de hacer las paces entre ellos de una vez y para siempre, con las debidas e incondicionales garantías que solo un Estado auténticamente democrático, libre de paramilitarismo y de veleidades revolucionarias puede dar a toda su población, piense como piense en términos políticos e ideológicos.

Es un lugar común en los mentideros políticos colombianos de estos días argumentar sobre cómo se logrará finalmente reunir las posiciones de Santos y de Uribe para darle a la paz con las Farc un sustento popular del que hoy carece.

Por razones que fuera de Colombia son difíciles de comprender no se ha puesto el mismo empeño en acercar las posiciones de quienes se enfrentaron con dureza y trágicas consecuencias sobre la población civil, asumiendo unos su condición de guerrilleros y otros –a contrario sensu- su condición de autodefensas. Hasta hoy, y esto resulta cada día más fuera de lugar “de eso no se habla”  parece ser la consigna –implícita y compartida- del gobierno y de las Farc.

Sin embargo, no dudo que el presidente Santos –siempre que el Tío Sam dé su venia- también para esto de ‘guerrillos y paras’ tiene su táctica y su estrategia de distensión. Al modo de Mario Benedetti, “construir con palabras un puente indestructible”.  Un puente de generosa calzada por donde, y es solo un ejemplo, asomen codo con codo, “Trinidad” y Mancuso, o si quieren “Trinidad” y “40”. Sería solo un comienzo, pero qué comienzo...


Así la veo yo.


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diciembre 17, 2015

253. Por fuera de La Habana, terceros somos todos

ASÍ LA VEO YO - Año 11
Las grietas que estamos llamados a reconocer y evitar que proliferen

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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Por fuera del Gobierno y de las Farc que negocian en La Habana –más simpatizantes y aliados de unos y de otros de la Mesa- ‘terceros’ somos todos. Y con los terceros habrá que contar si aspiramos construir una paz digna, sin exclusiones. Democracia sin tercerías no es democracia. Tercerías sin representación, sin voz ni voto vuelven la democracia un simulacro, una caricatura. No es democracia la dictadura de lo blanco y negro, los pupitrazos, oprimiendo los matices, las tonalidades.

Los acuerdos de paz  –a partir de su firma en La Habana- significarán el fin de la lucha armada de las Farc. No del Eln. Tampoco el fin de las farcrim ni de las bacrim. Subsistirán el narcotráfico y las mil caras de delincuencia organizada y común, también política. Subsistirán las causas y efectos de la violencia, causas objetivas y subjetivas.

Proseguirá la violencia, el conflicto armado y las amenazas terroristas. La insurgencia y la contrainsurgencia. La rebeldía y la autodefensa. Todo esto lo sabemos y resabemos, pero preferimos mirar hacia otro lado.

Promover y mediatizar el plebiscito como si lo fuese entre paz y guerra no tiene lógica ni sustento algunos en este contexto y con actores legales e ilegales dentro y fuera de los acuerdos. Lo obvio y manifiestamente útil sería consultar a los colombianos si estos acuerdos son los que deben ser o debe arribarse a otros. Aunque lleve su tiempo. La paz debe quedar bien hecha, a la medida de todos, no a la medida e intereses de los firmantes.

No debería el país ser constreñido a responder la pregunta que no es, solo por evitarse la necesidad de convocar nuevos y decisivos actores a la Mesa. A menos que...

A menos que la intención de quienes integran este exclusivista “neo-Frente Nacional” sea precisamente ahondar aún más las grietas que separan la “Unidad Nacional” del uribismo, el uribismo de las izquierdas, y todos los anteriores con las ‘autodefensas desmovilizadas’. Pero entonces ¿de qué paz y reconciliación estamos hablando?

Dos grietas son particularmente llamativas. Se originaron ambas de procesos de paz. El proceso de Ralito derivó en una grieta política hasta hoy insalvable entre quienes negociaron y fracasaron en el intento desde ambos lados de la Mesa, uribistas y autodefensas. El proceso de La Habana abrió otra enorme grieta, entre la Unidad Nacional y el uribismo. Las autodefensas desmovilizadas hacen esfuerzos silenciosos pero constantes por dar a conocer al país que apoyan decididamente el proceso de paz de La Habana. Se diferencian en esto diametralmente de sus antiguos interlocutores en Ralito. Pero no por este gesto de apoyo a la paz con las Farc reciben las autodefensas desmovilizadas el reconocimiento político que esperan por parte del Gobierno y las Farc. Por el contrario, a la grieta que desde Ralito las separa del uribismo, se les ha sumado la grieta que los excluye de todo reconocimiento político por parte del Gobierno y las Farc.

¿Es políticamente razonable que el neo-frente Nacional se intente fundar sobre cimientos de exclusión tan flagrantes? ¿Resistirá Colombia tamañas grietas políticas sin dar pie a la proliferación de nuevos conflictos sobre las cenizas aún humeantes de antiguos e irresueltos conflictos? ¿Tiene lógica y sentido común someter la voluntad de paz de la inmensa mayoría de colombianos a los intereses políticos de minorías centralistas que pactan con ‘ideologías extremas que atrasan 50 años’?

Son interrogantes que cabe hacerse en estos días de final de año y comienzos de 2016. Y hacerse estos interrogantes sin renegar de la causa de la paz, sino precisamente para afirmar su necesidad, su urgencia, su prioridad.

El Estado no puede ni debe ser un botín de guerra, pero tampoco ha de ser un botín de paz, que celebre el pacto de dos minorías organizadas, en contra de otras minorías que permanecerán desorganizadas apenas el tiempo suficiente para percibir que han sido excluidas y condenadas al ostracismo y la inopia, y Dios nos libre también la represión a poco de andar.

Cualquier intento restringido de inclusión –donde funcione el veto como factor discriminador-  que signifique la exclusión de actores del conflicto, de sectores sociales y políticos, lejos de significar el fin de los conflictos sociales y armados inaugurará frentes de resistencia y rebeldía que estamos aún a tiempo de evitar si no queremos que la realidad nos estalle en la cara.

Bienvenida la dialéctica de los contrarios, porque la diversidad enriquece y la democracia auténtica finalmente consiste en eso, pero cuidado... la dialéctica que no conduce a nuevas y superadoras síntesis, condena a las tesis y antítesis que fluyen incesantemente a vivir condenadas a ser las partes irreconciliables de nuevas y peligrosas grietas.

Grietas que estamos llamados a evitar si queremos ser un país de iguales y de libres.


Así la veo yo.


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diciembre 01, 2015

252. Lo peor de todo: la población como 'gancho ciego'

La paz en Colombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 11
En los tiempos de ISIS no se admite pecar por ingenuos

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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«El voto por el SÍ A LA PAZ es un voto cantado y gozoso» (Así la veo yo (251), 13 de noviembre 2015)

Voto porque previo a plebiscito los negociadores de La Habana se sinceren con Colombia y expliciten al derecho y al revés, a dos voces y cuatro manos, el alto, largo y ancho de los acuerdos, sin pretender que colgados del umbral amén de tragar sapos con ‘alias’ y apellidos todos bien conexos,  también ‘cerremos’ los ojos y hagamos como que no vemos pasar delante de las narices gatos por liebres. Ni todas las concesiones son inevitables, ni todas las exigencias deben ser aceptadas. Si las guerrillas quieren la paz también ellas deben hacer concesiones a la sociedad, también ellas deben saborear exquisitos sapos de civilidad y democracia.

En las condiciones de Colombia hoy, aquí y ahora, el SÍ A LA PAZ no admite discusión. Solamente insisten con su movilización armada en el SÍ A LA GUERRA, los guerrilleros de FARC y ELN que pretenden revolucionar el sistema político, social y económico combinando el poder de las armas y los ardides de la política. Y por los laditos allí donde abundan los espacios vacíos de Estado y de guerrillas los disidentes de las exAUC que esperan el llamado a manteles para ocupar su lugar en la Mesa junto a sus antiguos jefes ya desmovilizados y resolver en conjunto con el Gobierno el intríngulis que quita el sueño a las FARC: ¿cómo desmontar de una vez y para siempre el paramilitarismo?

Es cierto que las organizaciones guerrilleras mencionadas adelantan y exploran con variadas estrategias, negociaciones de paz. Pero mientras adelantan diálogos se mantienen armadas, en pie de guerra, con o sin cese de hostilidades, y no se conoce pronunciamiento oficial de sus dirigentes donde mencionen expresamente que su decisión de abandonar la lucha armada está tomada y sea definitiva. Con distintos matices condicionan la entrega de armas a una serie de condiciones que el Estado habrá de cumplir satisfactoriamente a sus exigencias.

Se requiere apelar a sofismas ideológicos de la más variada especie y a recursos literarios de dudosa validez para interpretar que la sociedad y el Estado han tomado la iniciativa de declarar la guerra en Colombia. La guerra a las guerrillas ha sido en Colombia una respuesta de la sociedad y el Estado a las acciones de guerra de las guerrillas. Bastaría que tal declaración de guerra por parte de las guerrillas se anulara para que la paz estallara de inmediato, hoy mismo, ya. Se trataría de la paz elemental definida como ausencia de guerra, no del sentido tan amplio de paz que excluye violencias de todo tipo, incluidas las llamadas violencias sociales, o lisa y llanamente delictivas comunes, o del crimen organizado. Porque si de tal paz se trata no hay lugar en el mundo que la conozca.

Resulta entonces esencial a las consideraciones del plebiscito que se nos anuncia que no se pretenda estigmatizar el NO  como si no existiese la duda razonable, la prevención extendida y comprensible acerca de que detrás del promovido plebiscito entre guerra y paz se nos quiere disfrazar la intención aviesa de hacer pasar gato por liebre.  

En realidad se trata de tres interrogantes que si no se presentan por separado inducirán al error.

1. ¿Guerra o Paz?

2. ¿Negociaciones para acabar la guerra?

3. ¿Estos acuerdos en concreto le satisfacen?

Cualquier encuestador está en condiciones de aseverar que en la Colombia de hoy, aquí y ahora, la respuesta por el sí al primer interrogante sería abrumadoramente mayoritaria en favor de la paz. Es una respuesta a lo Pambelé, mejor ser rico que pobre.

La respuesta por el sí al segundo interrogante estaría apenas un tris por debajo del primero, porque no son despreciables ni guerreristas quienes sostienen que el Estado podría negociar en mejores condiciones tras asestarle a las guerrillas poderosos golpes adicionales. Sin embargo, hay conciencia generalizada, estadísticamente mayoritaria, que las guerrillas aun derrotadas estratégicamente podrían también generar hechos terroristas adicionales de fuerte impacto y así el número de víctimas se incrementaría. La victoria del sí al segundo interrogante también está garantizada con creces hoy, aquí y ahora.

Es cuando llegamos al tercer nivel de interrogante, sobre los acuerdos en sí, en detalle, donde la posibilidad del NO se vuelve grande y podría ser mayoría en el plebiscito. Y esto último no porque el uribismo lo promueva sino porque socialmente existe manifiesta repugnancia social a responder SÍ sobre aspectos que en conciencia se repudian.

Todo dependerá entonces de cómo se plantee el interrogante, y si se implicará o no en la pregunta (o las preguntas) el dilema de conciencia, personal y político que existe y bien fundado por cierto. Por ejemplo, el valor de la Justicia suele estar socialmente considerado como superior al valor de la Paz. No en vano las guerrillas prefieren la guerra a la injusticia social. No es éticamente lícito abusar de la disyuntiva guerra o paz, cuando se excluye la disyuntiva igualmente poderosa entre justicia o paz. O injusticia o guerra.

La problemática que asoma tras el plebiscito  no es solo por el tamaño de los sapos que habrá que tragar, sino por la indignación social que vaya a producir el tamaño del gato que se pretenda pasar por liebre. ¡No nos crean tan pendejos!  Si ambos efectos se realimentan y se irrigan por el censo electoral ya el problema para el Gobierno no será alcanzar el umbral sino que el umbral se superará con holgura pero no por el SÍ A LA PAZ que se pretende sino por el NO A LOS ACUERDOS que indignen. Poco importará que la pregunta solo mencione lo del sí o no a la paz, si donde el Gobierno lee sí o no a la paz, los que voten ‘leen’ sí o no a los acuerdos.

Si el NO triunfa –no porque gane el imposible no a la paz, no porque gane el inverosímil no a la negociación como método de resolución del conflicto armado- cabalgando sobre las condiciones que se juzguen desmesuradas por las concesiones a otorgar a las guerrillas... habrá que volver a la Mesa y hallar acuerdos que sí pasen el filtro de otro plebiscito. ¿Será el Presidente Santos quien lo convoque o será el nuevo Presidente a partir de 2018?

¿Habrá entonces condiciones de conciencia personal, de ánimo social y de voluntad política que lo permitan?

¿Habrá, en aquel hipotético aquí y ahora de las guerrillas de entonces decisión de seguir negociando en otras condiciones, con otros alcances, en otro contexto y con otro Presidente y otras mayorías parlamentarias presumiblemente diferentes?

El sapo habrá brincado de la Mesa y de puro instinto habrá huido lejos, bien lejos e inalcanzable. Nunca habremos llegado tan lejos y a ninguna parte.

Será tarde para lamentarnos... y además, será inútil que lo hagamos, a nuestras puertas estará el terror asomando.

En los tiempos de ISIS pecar de ingenuos es un pecado que no nos podemos permitir.

Más vale FARC conocidas que ISIS por conocer. Más vale paras y exparas conocidos que ISIS por conocer.

Y experticia en territorios vacíos sí que tienen guerrillas y paras, es con ellos que hay que acordar, y hacerlo en conjunto.

No hacer como antes se hacía de acordar entre Establecimiento y paras dejando las guerrillas por fuera, ni como los negociadores de La Habana pretenden ahora, que acuerden Establecimiento y guerrillas, dejando los paras por fuera, y el Presidente de garante, y el Congreso como notaría. Y lo peor de todo, la población como 'gancho ciego'.

Todos en la cama, o todos en el suelo. Y todos son todos, no algunos.

Los espacios vacíos abundan, no solo en Colombia, también en Siria e Irak, sin ir más lejos.


Así la veo yo.


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