junio 01, 2015

246. ‘Se calentó la vaina’ pero también se cuecen decisiones de paz

ASÍ LA VEO YO - Año 11

Llegó la hora de mirarnos al espejo y dejar de ver espejismos
Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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«El hombre tiene que establecer un final para la guerra. Si no, la guerra establecerá un final para la humanidad» (John F. Kennedy)


Un pueblo noble y digno, a la vez humilde y generoso, como es el colombiano, jamás estará dispuesto a someterse al chantaje y la extorsión de la violencia y la arbitrariedad, pero siempre dejará abierta la puerta para ejercitar la clemencia y el perdón con quien asume sus equivocaciones, enmienda y rectifica. Si el Gobierno y las Farc –y también el Eln y las Bacrim- comprenden esto y actúan en consecuencia sabrán darle al proceso de paz la dimensión y los alcances que urge concretar para conducirnos de la guerra a la paz, de la exclusión a la inclusión. Si en cambio el Gobierno y las Farc –y también el Eln y las Bacrim- continúan obstinados en querernos hacer creer que se creen sus respectivas mentiras seguiremos condenados a cien años y más de un conflicto armado cada vez más generalizado y atroz.

Las recientes entrevistas de ‘Pastor Alape’ e ‘Iván Márquez’, publicadas este fin de semana, abren un minúsculo aunque innegable ‘rotico’ de cielo azul -de racionalidad y realismo- allí donde los cielos de La Habana y de Colombia continúan exhibiendo nubarrones negros y presagio de borrascas.

No está claro aún si la incipiente evidencia insinuada allí significa que la ‘real politik’ mate ideología en la mente de las Farc pero su sola manifestación permite albergar optimismo sobre que el proceso de paz podría no tener que permanecer indefinidamente bloqueado y ‘pataleando en el barro’.

Si el sabio refranero popular hizo suyo aquello tan viejo y conocido acerca de “que siempre que llovió paró” ¿por qué no imaginar aquí que cabe vislumbrar ahora que también en el caso colombiano aplica aquello de que siempre que hubo guerra la guerra terminó acabando?

El contexto reclama que también resulta necesario considerar, contemporáneamente, que ‘la vaina se calentó’. No en balde regresaron los bombardeos, los atentados, las masacres de lado y lado. Pero a diferencia de otros tiempos lucen anacrónicos como atavismos violentos ‘mandados a recoger’ cuya duración auguro no pasará de unas pocas semanas, suficiente para saciar el hambre de las aves carroñeras que pululan a un lado y otro de la mesa, y por fuera de ella.

Las Farc parecen haber aceptado finalmente y a regañadientes que su contraparte negociadora –ni digamos ya la opinión pública- las considere ‘derrotadas’, irremisiblemente ‘derrotadas’ en el campo militar. Y que la brecha vigente entre el Gobierno y la opinión pública no gira ya en torno a si guerra o paz, sino entre la amplitud y calidad de los hechos de clemencia a otorgar a los ‘vencidos’ como prenda de paz. O dicho de otro modo. ¿Hasta dónde cabe estirar el ancho, largo y alto de los caminos, puentes y puertas a través de los cuales los ‘vencidos’ podrán dignamente y sin padecer revanchismos –ni venganzas- reingresar a la vida civil, social, política y económica?

Lo que hasta aquí fue visto como concesiones exageradas y sin sentido, comienza a percibirse como un precio costoso –o más bien una inversión- en pos de conseguir algo tan necesario y valioso como la paz. Al menos la paz con las Farc, que aun no siendo toda la paz, no es poca cosa, considerando los males que ocasiona la prolongación del conflicto.

Las Farc comienzan a dar tímidos indicios de aceptar verse como realmente son y no como ellas siempre se han imaginado y relatado a sí mismas. No esperemos que lo admitan públicamente –no todavía- ni se den golpes en el pecho. Pero van en el buen camino de la conversión interior y hay que alentarlas en ese derrotero para que persistan a esta altura de sus vidas en una vía que aun siendo política es también y sobre todo esencialmente humana y humanista.
El giro de la negociación política a una política humana y humanista producirá el milagro que sus legítimas pretensiones no sean ya vistas por la sociedad como un chantaje al cual someterse a las malas sino como la oportunidad de ejercitar el arte de la clemencia y la hospitalidad con el ‘hijo pródigo’ dispuesto a volver a casa no como vencedor –tampoco como vencido- sino como hijo de la misma sociedad a la cual pertenecemos todos, incluidos políticos, empresarios, guerrilleros, militares, paramilitares, etc. etc. con los cuales un buen comienzo será el de incluirlos como invitados activos para la solución definitiva de los males de violencia y exclusión que todos padecemos, pecado social de una sociedad enferma y que enferma. Una sociedad que así como va, va moribunda, y así como muere también mata y remata, por acción y por omisión.

Dicho esto se comprenderá mejor la razón por la cual a las Farc no le interesa ya tanto lo que se vaya a acordar sobre lo divino y humano sino lo que se vaya a cumplir de lo acordado. Para que cuando entreguen las armas no les vaya a suceder lo que les sucedió a los ‘paras’, y que todos sus enemigos se abalancen sobre ellos, y a más del escarnio y la violencia, los sometan al vejamen y la injusticia.

No nos extrañe entonces que quieran influir decisivamente en la escogencia del próximo Fiscal de la Nación, del rumbo que tomen los poderes de la Justicia y la futura composición del Congreso y la escogencia del Presidente que suceda a Santos en 2018. Todas sus inquietudes al respecto son genuinas y atendibles y merecen respuesta dentro y fuera de la mesa de negociaciones. Razones de más por las cuales las propias Farc están llamadas a ensanchar y ponerle color más intenso al azul del ‘rotico’ en el cielo habanero al cual hicimos referencia al comenzar. Un decisivo y elocuente gesto en esa dirección sería declarar cuanto antes y con énfasis reconciliador y pacífico la reanudación del cese unilateral de hostilidades considerándolo esta vez como la piedra angular sobre la cual seguir avanzando en la construcción del cese bilateral y definitivo.

Sí señor, se ‘calentó la vaina’, pero esta vez también la sociedad y los mismos actores del conflicto, los que están en armas y los ya desmovilizados están llamados a pronunciarse en el sentido que así como la mesa está servida también los comensales están dispuestos a compartir su lugar en la mesa con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tras incontables equivocaciones y malos tratos y malos entendidos han renunciado definitivamente a victimizar al prójimo, a excluirlo de las soluciones y a someterlo a la arbitrariedad y la segregación.


Así la veo yo.


Los 246 artículos que componen la serie iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
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mayo 21, 2015

245. Nunca se había llegado tan lejos para dar con Perogrullo

ASÍ LA VEO YO - Año 11
Ni ángeles, ni demonios: políticos negociando

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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Por favor, no olviden inspirar y espirar cada pocos segundos para no causar problemas sanitarios. Gracias.  


Las Farc siguen sin dar señales concretas, públicas y diáfanas, sobre cómo imaginan dar el salto del monte a la democracia. Me refiero al qué hacer, cómo hacerlo, cuándo hacerlo, y dónde hacerlo. Su silencio al respecto puede tener que ver con una estrategia de negociación pero también cabe la posibilidad de que en su fuero interno nunca hayan considerado seriamente que llegue ese momento. Sea porque no lo consideran conveniente para sus planes revolucionarios, sea porque nunca han creído que verdaderamente el Estado les abra las puertas de la legalidad democrática. Esto no significa que no ambicionen hacer política. De hecho, política han hecho toda la vida. Y lo siguen haciendo, ahora desde La Habana.

La izquierda no necesita de las Farc para hacer política en Colombia. Por el contrario, seguramente las ideas de izquierda tendrían mayor receptividad y eco electoral si no estuvieran las guerrillas de por medio. Las Farc tampoco necesitan de la izquierda democrática para hacer política desde el monte, desde La Habana o desde Caracas. Sencillamente, porque una cosa es la política democrática y otra la política revolucionaria. Y las Farc, igual el Eln, militan por la revolución. Su meta es el poder político, ¿qué duda cabe?, pero no el poder en el contexto de una democracia. Calificar el régimen cubano de sistema democrático suena más a cinismo que a análisis riguroso y serio. Igual podría decirse del régimen chavista. Por nombrar dos modos de regirse políticamente una sociedad que lucen como referentes simbólicos de los afectos y la simpatía de las guerrillas colombianas.

Lo que dio alas y hoja de ruta al comienzo del proceso de paz en La Habana ha sido la necesidad de legitimación que tanto el Estado colombiano como las Farc sostienen como imprescindible para seguir adelante con sus respectivas políticas. Con la consecuencia fáctica que tanto unos como otros estén hoy interesados en mantener vivo el diálogo político tanto como les resulte redituable para sus propios fines. A ambas partes les interesa que se califique sus diálogos políticos, como diálogos de paz. Que lo sean políticos no me cabe la menor duda. Que lo sean de paz esto está por verse. Por sus frutos los conoceréis. Pero si quieren saber mi opinión, la paz es apenas uno de los frutos posibles, pero no el único, ni necesariamente el más importante que se persigue. Harta tinta se ha gastado en endilgarle a las Farc toda clase de perversas intenciones al utilizar los diálogos de paz como instrumentos de una política de guerra. Pero lo mismo podría decirse de las intenciones del Estado. Si lo que está en juego es el poder eso es lo que debería esperarse de ambas partes enfrentadas: que utilicen el diálogo como arma de guerra. Y en todo caso la mentira como instrumento de persuasión del enemigo para que caiga en las propias redes.

Cada semana que pasa es más evidente que ni las Farc negocian porque se sienten derrotadas, ni mucho menos Santos. Y precisamente porque ninguna de las partes se considera derrotada es que ninguna de las partes aceptará someterse a las reglas que pretende imponerle la otra. Ni las Farc aceptarán someterse a la ‘maleza jurídica’ ni Santos aceptará renunciar a la utilización de la ‘maleza jurídica’. Ambas partes saben esto, ambas partes lo sabían desde un comienzo, y si aceptaron sentarse a la mesa de La Habana es porque aun sabiendo que las posiciones son irreconciliables –y no solo en materia de aplicación de justicia- la ganancia política y estratégica de las partes justifica con creces dialogar, dialogar y dialogar. No solo es una decisión éticamente irreprochable sino que también es políticamente correcta. Tan es así la cosa que el impagable costo político de levantarse de la mesa impedirá por mucho tiempo que cualquiera de las partes dé por terminado el diálogo unilateralmente. Así las cosas los diálogos podrían durar más que los cincuenta años de conflicto armado que hasta aquí llevamos echando bala. A partir de La Habana echaremos bala y echaremos lengua, en un coctel explosivo y sin embargo políticamente redituable para ambas partes.

¿Hasta cuándo?

Hasta que una de las partes admita que ha perdido la guerra y alce la bandera blanca no en señal de paz sino en señal de rendición. Y se someta a discutir los términos de la rendición, que no será incondicional, pero casi... un sometimiento que más que al enemigo será ante la realidad incontrastable de los hechos.

Y allí, solo entonces, quien haya ganado la guerra podrá ser todo lo generoso y clemente con el vencido que las circunstancias permitan y el buen sentido recomiende. Pero no antes. Esto parece haberlo entendido en estas últimas semanas antes Uribe que Santos. Y tal como van las cosas va en camino de entenderlo antes Obama que Maduro. Chávez a estas alturas también lo habría entendido, y los Castro hace rato lo entendieron ya.

No es que las Farc y Santos no quieran la paz. La guerra entre el Estado y las guerrillas no es porque ambas partes no quieran la paz. Ni estúpidos que fueran.

Tal vez la única coincidencia entre Santos y las Farc es que ambos quieren derrotar al enemigo. Y no cesarán en el intento hasta haber ganado o perdido la guerra, en un campo de batalla o una mesa de negociación, pero obtener la victoria es la única victoria posible.

Suena a Perogrullo pero es tan sabido y conocido que hasta resulta tonto decirlo:

“La mejor guerra es la que no se hace, pero la peor guerra es la que se pierde.”


Así la veo yo.


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mayo 12, 2015

244. Lo más parecido a un Jubileo universal


ASÍ LA VEO YO - Año 11

Que la paz quede bien hecha y signifique para todos un nuevo comienzo

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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«Si cierras la puerta a todos los errores, también la verdad se quedará afuera» (Rabindranath Tagore)


Que la paz quede bien hecha. Que la paz signifique un nuevo comienzo. Que no solo haya justicia transicional sino que también exista una política transicional.

Una transición que no solo habilite pasar de la guerra a la paz sino también de una política de exclusión a una política de inclusión, en particular en los territorios donde se desarrolló el conflicto armado; allí donde la ley de facto fue la coacción violenta del grupo armado predominante, guerrilla o paras.

Una política transicional mediada por la justicia transicional donde los armados ilegales no dejen las armas para ingresar a una cárcel sino que se 'desencarten' de las armas para dedicarse a la política, o si prefieren a la vida civil a secas.

Una política distinta con nuevos actores políticos, provenientes de las guerrillas, de los ‘paras’ o de los militares participantes del conflicto. Con ‘parapolíticos’ a bordo y  también compañeros de ruta que lo fueron de las guerrillas y los 'paras' a cara descubierta o no. Esto exige un rediseño de la justicia pero también nuevas reglas políticas a establecer.

Más cerca de un Jubileo universal que de los tribunales de Nüremberg. Y no solo para beneficiar a los guerrilleros sino también a militares y paramilitares.

Con un régimen político-jurídico de transición más dirigido a levantar vetos  y prohibiciones que a establecer cercos y vallas.  La reconciliación no ha de ser impuesta sino promovida.

La paz no se alcanza adjudicando prebendas a diestra y siniestra ni construyendo ghettos donde se perpetúen resentimiento y discriminación.

Si de refundar el diseño institucional se trata nada mejor que adelantar su definición en el marco deliberativo situado en el umbral del posconflicto.

Si arribados a 2018, Uribe y Santos han creado las condiciones que sucesivamente produjeron sus cuatro periodos presidenciales y determinaron que ‘paras’ primero y guerrillas después hayan cesado definitivamente sus hostilidades y crímenes contra el Estado de derecho y la población civil esto abre perspectivas inéditas e impensadas. Si el Estado ha recuperado a este punto el monopolio de la fuerza bien podrán entonces oficialismo y oposición democráticas allanar el camino para que sean los Vargas, los Montealegre y los Ordoñez, quien lleven las riendas del Ejecutivo y de las mayorías en el Congreso para conducir y aplicar las políticas de transición con el apoyo y la participación también de aquellos que habiendo sido actores del conflicto aspiren ahora a constituirse en factores de paz y reconciliación del tejido político y social.

Esto solo será posible si desde ya comienzan a tenderse los puentes de confianza y a construirse las vías de interlocución, a entretejerse las redes de interacción y los canales de acceso que permitan proponer e interactuar no solo a los negociadores de La Habana, sino también a los antiguos ‘paras’ a paz y salvo con Justicia y Paz, y también los elenos y demás irregulares dispuestos a sumarse a los esfuerzos de paz, reconciliación y justicia social.

Son estas energías disímiles, contradictorias y sujetas de ideologías y perspectivas diferentes y enfrentadas, las que están destinadas a converger y compatibilizarse no solo con las luces y realidades políticas que encarnan Santos y Uribe, sino también y con visión de futuro al calor de las iniciativas de los Vargas, los Montealegre y los Ordoñez, entre otros.

Tanta energía no debe ser dilapidada en proyectos antagónicos ni estimuladores de la continuación del conflicto armado, con toda su sevicia y degradación, sino ponderada y armonizada en síntesis superadoras con la participación de la sociedad. Que no se peque por derecha ni por izquierda, ni por ultrismos de uno y otro signo, sino que seamos capaces de trazar anchos caminos por donde transiten de la mano todos los conjurados por la paz, vengan de donde vengan.

No será un Jubileo universal pero ha de resultar lo más parecido a ello.

Con la bendición del Papa, los Obama y los Castro, ni más faltaba.


Así la veo yo.


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abril 21, 2015

243. Las ‘bacrim’, las ‘faras’ y el postconflicto

ASÍ LA VEO YO - Año 11

A desgranar la mazorca, a separar la paja del trigo

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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«La esperanza es paradójica. Tener esperanza significa estar listo en todo momento para lo que todavía no nace, pero sin llegar a desesperarse si el nacimiento no ocurre en el lapso de nuestra vida» (Erich Fromm)


La consecuencia de ‘desescalar’ las hostilidades nunca puede ser la indefensión de las fuerzas militares ni el abandono de los civiles a la ‘ley del monte’. Ni tan ingenuos ni tan cínicos. Así como no se puede estar ‘un poco embarazadas’ tampoco se puede estar ‘un poco en guerra’. O se está en embarazo o no se está. O se está en guerra o no se está. No propiciemos otra masacre del Cauca en cuerpo ajeno.

La tragedia humana en la vereda La Esperanza más que violación del cese unilateral por parte de las antiguas Farc es el bautismo a pura candela de una nueva expresión criminal, los ‘faras’ colombianos.

Así como las bacrim hunden sus raíces en las fuentes de financiación que nutrieron a las autodefensas que enfrentaron a las Farc, las ‘faras’ son la quinta columna engendrada en el seno de las finanzas de las Farc cuyos hilos no se mueven al compás de La Habana sino a pesar de La Habana y no lo dudemos en contra de La Habana.

De nada sirven las explosiones de ira ni las amenazas con ultimátum por parte del Gobierno. No se trata de castigar a los negociadores de las Farc sino de combatir y en todo su alcance y por todos los medios lícitos a las tales ‘faras’ de las cuales el Secretariado más debiera cuidarse que de las fuerzas militares del Estado colombiano.

Los ‘faras’ le han declarado la guerra al Gobierno y a las mismas Farc. No quieren admitirlo los negociadores de las Farc en La Habana porque pretenden utilizar la muerte de soldados colombianos como instrumento de presión para obtener más concesiones políticas y territoriales de parte del Gobierno.

Ni lo uno ni lo otro, ha de ser la consigna. Ni ruptura de las negociaciones, ni ‘desescalamientos’ que no regresarán tras volar por los aires dinamitados por las ‘faras’.

Ya resulta imposible distinguir sobre el terreno de la ilegalidad cuando las Farc son ‘faras’, y cuando las bacrim son reductos de las antiguas autodefensas.

Si las Farc en vez de hacerle el juego a la confusión se distinguen nítidamente de su ala narca podrán obtener reconocimiento político, justicia transicional y un tratamiento benigno en cuestiones penales. Si persisten en mezclar peras y manzanas y en encubrir con su silencio el avance descarado de los ‘faras’ acabarán implosionando y lo peor de todo –para Colombia- abortarán el proceso de paz, lo harán día a día menos viable. Del camino tortuoso pasaremos al callejón sin salida, y del callejón sin salida al final sin remedio, sin concesiones y sin perdón.

No se trata de ponerles plazos a las negociaciones en La Habana, sino de profundizar y acelerar en los temas de la agenda.

No se trata de volver a cesar los bombardeos sino de saber utilizarlos allí donde no exista otra posibilidad de defender con mejores armas a las fuerzas militares leales a la democracia y la constitución.  

No se trata de criminalizar aun más a las Farc sino de separar la paja del trigo, y esto vale para las mismas Farc pero sobre todo para el Gobierno.

La vereda La Esperanza no ha de significar el comienzo del fin del proceso de paz, sino el comienzo del definitivo sinceramiento del proceso de paz. Sinceramiento que exige de las partes someterse a la autocrítica y desnudar sus reales intenciones sin pretender que aquí los culpables de las crisis del proceso están en la oposición de izquierda y de derecha que no tiene ni arte ni parte en los desaguisados que cometen Gobierno y Farc cuando caen y recaen en el pecado favorito del ‘demonio’: la vanidad, la auto-referencialidad, el sobarse el ombligo creyéndose unos y otros los ‘chachos del paseo’.

Puede que más adelante, desmovilizadas las Farc  como ya lo fueron las autodefensas,  encuentre Colombia el modo de incentivar a ‘faras’ y bacrim para que se sometan a la Ley y retornen a la vida en sociedad, pero mientras tanto, a desgranar la mazorca, a separar la paja del trigo, y a echar bala contra quienes echan bala, y a dialogar con quienes alzan bandera blanca y se avienen a conversar.


Así la veo yo.


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