junio 30, 2005

Los unos y los otros - La reelección, la negociación y el capital político de las AUC

Colombia, 29 de marzo de 2005


Por Rubiño



Aprendimos en las clases de geometría que las paralelas se unen en el infinito. La observación cotidiana de la política nos muestra en cambio que las ‘paralelas’ se cruzan y entrecruzan –sin terminar de unirse- infinitas veces.

¿Hay algún colombiano que dude siquiera un momento acerca de que todos los políticos –en Colombia y en Cafarnaún- aspiran a su reelección? No. Y tampoco hay ningún pecado en ello. Si los presidentes, los gobernadores, los alcaldes, los congresistas y los concejales escogieron la carrera política es porque sienten que tienen una misión que llevar a cabo desde el ejercicio del poder. Cuantos más plazos les dispensen las leyes y los ciudadanos tanto mejor. No se conocen sino excepcionales casos de renunciamientos voluntarios a ejercer los cargos electivos. Los límites insalvables están en el ordenamiento legal y en la voluntad popular expresada en los votos. Así de simple.

En otro orden de ideas: ¿Hay algún colombiano que dude siquiera un momento acerca de que ningún comandante del Secretariado de las FARC, ni del Comando Central del ELN aceptará mansamente pasar un solo día de cárcel tras la firma de eventuales Acuerdos de Paz? No. Y tampoco nos tenemos que escandalizar por ello. Así ha sido en Colombia y en el mundo toda la vida, no por años sino por siglos, desde que el hombre es hombre y la mujer es mujer. La propia libertad no se negocia ni es materia de canje. Puede arriesgarse la vida y la libertad permaneciendo en el monte mientras se pelea. Pero sentarse en una mesa de negociación por propia voluntad para voluntariamente irse sin más a la cárcel ni que estuvieran locos los Comandantes. A menos que detrás de ello hubiese un cálculo político. Y calcular en política no es ilegal ni necesariamente mal visto.

¿Qué sucede en Colombia? Los políticos no ‘uribistas’ se oponen a la reelección de Uribe. También se oponen las FARC y el ELN, quienes no se oponen, obviamente, a la reelección de Chávez, ni al poder vitalicio de Fidel Castro. En las filas de las AUC sus intenciones últimas no son tan fáciles de descifrar, ni en materia de la reelección de Uribe ni en materia de la reelección de Chávez. Lo que sí es muy fácil de constatar es que la gran mayoría de quienes auspician amnistías e indultos para los máximos líderes de las FARC y del ELN se oponen a que el mismo tratamiento se les dé a los comandantes de las AUC.

Vayamos por partes. En el caso de la reelección de Uribe lo que pretenden los políticos no ‘uribistas’ cuando se rasgan las vestiduras contra la reelección no es realmente para que no haya reelección sino solamente para que no la haya a favor de Uribe en el 2006. Cuando apoyan su cabeza sobre la almohada sueñan conque al hacer tanta oposición con el asunto –y sobre todo al convertirla en una cuestión moral- incrementan hasta las nubes el costo político de Uribe de promover la reelección. Algunos creen que incrementan tanto el costo político que deberá pagar Uribe por la reelección que finalmente no será reelegido. Sueñan los opositores de Uribe conque finalmente la ciudadanía le cobrará a Uribe en las urnas el precio político de su candidatura a la reelección no votando por él.

Es esto finalmente lo que esperan los políticos que no quieren la reelección de Uribe. Que Uribe pague un precio político altísimo –tan alto que ni siquiera sea Uribe el beneficiado- y que finalmente sean ellos mismos, los opositores de Uribe –y no Uribe- sin ningún costo, los beneficiados por la reelección. Así Uribe pagará la factura por la reelección inmediata pero los ocho años en el Palacio de Nariño los disfrutarán sus opositores, tan ‘reeleccionistas de sí mismos’ como Uribe.

¿Se imaginan entonces a Uribe y a los ‘uribistas’, con Benedetti a la cabeza, pagando por ventanilla como propia la factura de una campaña presidencial a la medida de las ambiciones de Serpa, o Rivera, o Navarro, o Petro con el eslogan 2006-2014? En definitiva, ya lo dice el proverbio: “uno nunca sabe para quién trabaja”.

Volvamos ahora a lo de la cárcel y la cero impunidad, porque allí nos volvemos a encontrar con los Serpa, los Rivera, los Navarro y los Petro, entre otros. Si los estándares internacionales en esta materia han cambiado ha sido para todos, guerrilleros y autodefensas. Y si no han cambiado para las FARC y el ELN tampoco han cambiado para las AUC. No más retórica por favor. Los unos y los otros permanecen en la guerra por razones políticas, razones opuestas obviamente –de otro modo no estarían peleando- pero todos tienen un modelo de Estado y de País en mente, y están dispuestos a morir y a matar por ello. Que unos hagan oposición armada y que otros hagan contra-oposición armada no cambia el fondo político. Que unos crean más en las fuerzas de la historia, en Marx y en la Revolución, y los otros más en sí mismos, en los mecanismos evolutivos, reformistas y constitucionales de cambio social y también en Dios, esto es otro asunto. Este distinto norte para Colombia es tan cierto que lo han manifestado enfrentándose a muerte desde hace décadas. Unos alegan y se auto-justifican diciendo que lo hacen por falta de justicia social, otros responden que se ven obligados a hacerlo por ausencia y debilidad del Estado. Ambos han coincidido hasta ahora en que, si no es a bala, de otra manera –echando discurso- es imposible.

Cuando dos enemigos pelean en la guerra desean ante todo preservar la propia vida y si es posible acabar con la vida, o con la libertad, del enemigo. Por eso tanto FARC y ELN, como AUC, apenas toman respiro, coinciden en algo: en pedirle al Estado que dé de baja o meta en la cárcel al propio enemigo. Y si no lo piden directamente lo piden a través de sus emisarios, allegados, simpatizantes, o incautos que no faltan en la legalidad sean políticos, empresarios, congresistas, religiosos o columnistas.

Sin embargo, en estas cosas de la impunidad o de la falta de impunidad suele haber quienes resultan más papistas que el Papa. Más de un comandante de las FARC y del ELN debe estar más que preocupado por la vía libre despejada que a fuerza de ONG, burócratas internacionales y ‘mamertos’ varios está teniendo en Colombia lo de los ‘estándares internacionales’, la cero impunidad, la reparación hasta el último marrano, la devolución de hamacas y hasta de los tintos, la verdad auto-incriminatoria, los cuatro o los ocho, los cinco o los diez años de cárcel, y, como si lo anterior fuera poco, la prohibición de hacer política por un período similar, o acaso de por vida.

Más de un comandante guerrillero debe estar pensando que si se les exige eso a las AUC no habrá milagro que los salve a ellos de padecer el mismo vía crucis ‘cuando las papas quemen’ y mejor sea un Proceso de Paz en mano que un Pasaje al Infierno volando por los aires. Porque si el ‘paraco’ ‘fascista’ de Uribe les impone eso tan duro a sus ‘socios y amigos’ de las AUC ¿cómo harán ante tamaño antecedente ‘perverso’ eventuales presidentes ‘socios del silencio y amigables componedores con las guerrillas’ para evitar hacerles transitar el mismo camino hacia el Calvario a los comandantes de las FARC y del ELN?

Quien primero ha reaccionado ante este desenlace no deseado es Antonio Navarro Wolf quien –inteligente como es- seguramente ha tomado conciencia de hasta adónde está llevando la ‘ingenuidad’ maniquea de los Petro, los Córdoba, los Gómez Méndez y compañía, que también ha echado raíces en cierto ‘uribismo urbano’ tipo Pardo o Parody amante de las modas, sobre todo si vienen de París o de Nueva York. ¡No! dice Navarro, la cero impunidad y todo lo demás es porque las AUC no están cumpliendo el cese de hostilidades, porque la OEA no verifica debidamente, porque el Gobierno nacional no ha sabido ganar para el Proceso de Paz con las AUC la necesaria credibilidad nacional e internacional. Lo que Navarro le está diciendo a las FARC y al ELN –pero le calla al país- es que con él, o con sus amigos, -incluso con los expresidentes- ni las FARC ni el ELN tienen nada que temer si deciden comenzar un Proceso de Paz. Lo de los estándares internacionales es simplemente un sapo que Uribe está obligado a tragarse por tener ‘rabo de paja’ y ser en el fondo un ‘paraco’ más. Montañero y provinciano. Que para colmo de males no hace distingos entre guerrilleros y terroristas. Y que ¡háyase visto insolencia! reduce el conflicto político armado a meras amenazas terroristas.

Lo que no dice Navarro ni admite Petro, ni creo que comprenda del todo doña Piedad –Gómez Méndez sí comprende pero calla- es que le han fallado los cálculos a las FARC y al ELN, y a tanto izquierdista radical amante de las simplificaciones cuando son a favor, al no poder conseguir que gane espacio la mentira aquella de que el Proceso del Gobierno con las AUC es un proceso de ‘yo con yo’. Si de algo muy importante ha servido, para la claridad en la comprensión del conflicto armado colombiano, lo que lleva de vigencia la Mesa de Ralito es para demostrar hasta el hartazgo que el Estado colombiano es una cosa y que las AUC son otra cosa bien distinta.

Si las AUC son una cosa y el Estado colombiano es otra, si entre las FARC, el ELN y las AUC las diferencias son de Norte pero hay más similitudes que diferencias en su opción político-militar por fuera de la ley y en su disputarle al Estado el monopolio en el uso de la fuerza, entonces, si esto ha sido demostrado que es así, la ley ha de aplicarse a los unos y los otros, por parte del Estado de la misma manera. Esta batalla por su propia identidad y carácter, la primera de carácter exclusivamente político que le ha tocado dar a las AUC, la han ganado, y la han ganado de buena ley, y pueden felicitarse por ello sus comandantes, los de hoy y también los que impulsaron las negociaciones de paz y que hoy ya no están en la Mesa. Hoy las AUC están en el mismo plano que las FARC y el ELN y el Congreso se dispone a sancionarlo así. Esto no era así en los tiempos no tan lejanos de Gaviria, de Samper y de Pastrana. El avance ha sido enorme y favorable desde el punto de vista del posicionamiento autónomo de las AUC frente al Estado colombiano, y de cara a los colombianos y al mundo. Es precisamente este notable avance el que abre las puertas para lo que sigue y hace posible la evolución política de las Autodefensas desarmadas y dentro de la legalidad como alternativa democrática.

Volvamos entonces al comienzo de esta columna. Los opositores de Uribe no están en contra de la reelección por objeción de conciencia o porque la reelección violente el espíritu de la Constitución. Ni tampoco están en contra de la impunidad en los Procesos de Paz. Están sí en contra de la reelección de Uribe y en contra de la impunidad para las AUC. Los opositores de Uribe están a favor de la reelección de sí mismos y de la impunidad para las FARC y el ELN. Más claro no canta un gallo ni un Rivera ni un Petro.

Lo que sí quieren los opositores de Uribe es que Uribe no solo pague la cuenta de la reelección para todos ellos, sino que pretenden a partir de la desazón en sus filas antiuribistas acerca del rumbo que ha tomado el Proceso con las AUC - desazón de la que participan también las FARC y del ELN y que está implícita en los más recientes planteos de Navarro Wolf en Revista Cambio y en el Congreso- que también compre y pague el presidente Uribe de los bolsillos de su personal capital político, anticipadamente, junto con la impunidad presente de las AUC la impunidad a futuro para las FARC y para el ELN.

Esto último ni Uribe está dispuesto a hacerlo –ni su psiquiatra en la Mesa se lo acolitaría- ni sería tampoco ‘políticamente correcto’ desde el punto de vista de las AUC pretenderlo, mucho menos querer imponerlo, porque tendría a futuro el costo no altísimo, sino letal, de minar sin remedio la seguridad jurídica de sus máximos líderes en el plano nacional e internacional.

Digámonos la verdad: el mundo sí cambió, y cambió bastante, y para bien, después del 11 de septiembre de 2001, después de la puesta en marcha de la Corte Penal Internacional, en la era de Bush y de Bin Laden, y tras la prédica creciente y sostenida en el tiempo sobre Derechos Humanos, DIH y protección de la población civil. Tanto cambió el mundo que hasta las FARC, el ELN y la izquierda colombiana, liberal o del Polo, ha comenzado a tomar nota de ello. Se había demorado mucho y ha sido el Proceso de Paz con las AUC lo que les está abriendo los ojos. Navarro ha sido el primero pero no será el último en despertar. El ELN reflota en estos días que si es mejor dialogar en Cuba o en México con el Gobierno nacional, dudas que mantiene desde hace décadas pero que hoy vuelven y juegan. ¿Casualmente? Las FARC le mandan cartas a Lula, a Chávez, a Rodríguez Zapatero, a las Naciones Unidas, para salir de su soledad política ¿Casualmente? ¿O será que sienten pasos de animal grande cuyo epicentro abarca el Congreso de la República, la Presidencia de Colombia y la misma Mesa de Ralito tan diferente a la del Caguán? ¿Será que las FARC y el ELN llegan tarde pero finalmente vienen en camino para tomar el último vagón del último tren de la historia que seguirá su viaje con ellas o sin ellas?

Si lo anterior queda cada día que pasa más blanco sobre negro, y las AUC están decididas a hacer Política con mayúsculas debieran meditar seriamente sobre algunas cuestiones:

Acaso pagar penas alternativas entre cuatro y ocho años mientras se adelantan a la par procesos exitosos de reincorporación a la civilidad acompañados por proyectos productivos con los desmovilizados, los desplazados y la población de las zonas ¿no es una forma digna –y para nada cosa de locos ni de vencidos- de acumular capital social y político y demostrar sin lugar a dudas que el Perdón que piden las AUC a los colombianos sí tiene contrapartida en el arrepentimiento, el sacrificio y el desprendimiento personal?

Acaso aceptar –por propia iniciativa- que el ingreso a la política con candidatos propios se postergue dos años a partir de la desmovilización al ciento por ciento de las AUC, sin renunciar por ello al trabajo de construcción del Partido, su doctrina, plataforma y estructuras, a partir del día después de la desmovilización total ¿no es una forma pragmática –y para nada ingenua- de conciliar el pedido de la sociedad por la ‘desparamilitarización’ de la política con la acumulación de suficiente capital político a ser utilizado también con candidaturas propias a partir del 1 de enero de 2008, con vista a las elecciones presidencial y de senadores y representantes en 2010?

Acaso renunciar a lo inmediato por lo mediato sin sacrificar los principios ni los ideales mientras se demuestra con hechos incontrovertibles que la opción de las AUC por la Paz y la Política desarmada es definitiva y total ¿no es una propuesta aterrizada –no alocada ni de extraterrestres- en lo nacional y creíble internacionalmente que fortalece la seguridad jurídica de la negociación presente y obliga a las FARC y al ELN a reconsiderar sus tesis maximalistas del todo o nada?

Descender del monte e ingresar a la arena política con un gesto de tamaña grandeza, sin haber sido derrotados en la guerra ni humillados en una mesa de negociación, valdría en el corazón de los colombianos a favor de las Autodefensas más que cien victorias militares y que un millón de discursos veintejulieros.

¿Acaso existe mejor capital político y ‘blindaje’ a futuro para las AUC que el adherido al corazón de los colombianos y colombianas agradecidos por la grandeza de los comandantes de las AUC en la hora de cambiar la guerra por la paz, estimulados por su humildad al reconocer los errores y pedir perdón por las culpas, y llenos de reconocimiento por el altruismo volcado en el trabajo político de las AUC construyendo Paz y Bienestar sin prisa pero sin pausa, con actitud de servir y no de ser servidos?

¿Acaso existe mejor capital político para las AUC que el de estar abriendo el Camino de la Paz y la Reconciliación en Colombia?

¿Era esto imaginable para los más optimistas en el momento de la fundación de las AUC en 1997? ¿Se visualizaba esto como tan cercano al momento de haberse declarado el cese de hostilidades unilateral a partir del 1 de diciembre de 2002?

No vaya a ser que por querer lo imposible las AUC desestimen lo posible. No vaya a ser que por querer lo perfecto las AUC se nieguen a sí mismas y le nieguen a Colombia lo que es bueno, lo que es necesario, lo que es ‘políticamente correcto’ y éticamente admirable.

No todos los precios que se pagan son pérdidas, ni todos los ingresos son ganancias. Hay precios que se pagan que terminan siendo inmejorables inversiones, e ingresos que sólo producen a la larga más dolores de cabeza que los que venían a remediar. De esto saben los administradores y los economistas, pero también han aprendido los políticos colombianos –y las AUC aspiran a serlo- que hacen política en este mundo cambiante y tan lleno de riesgos y de oportunidades.

Así la veo yo.

El dilema de las AUC - El Proceso de Paz es irreversible pero no irrompible

Colombia, 24 de marzo de 2005


Por Rubiño


La Semana Santa invita a cambiar las prisas por la pausa, y facilita el tiempo para la reflexión. También provee del tiempo necesario para hurgar en el arcón de las lecturas y encontrar allí cuanto de acertado y también de equivocado se discurrió sobre el tiempo por venir.

Mientras las AUC definen sus próximos pasos y el ‘marco legal’ hace su tránsito por el Congreso es conveniente tomar nota del contenido de un documento escrito por ‘Pablo Asís’ para la plana mayor de las AUC a mediados de 2001, unos meses antes de la Cuarta Cumbre Nacional de Comandantes de finales de ese año.


Sobre el documento y su contexto, haré algunas precisiones:


1. Aparece fechado el 11 de agosto de 2001 y así fue publicado en su momento en Internet en www.colombialibre.org, la página oficial de las AUC.

2. El documento se dio a conocer cuando los EEUU no habían todavía incluido a las AUC en su lista de organizaciones terroristas. Fue anterior a la tragedia del 11 de septiembre de 2001. Presidía el Gobierno de Colombia Andrés Pastrana y llevaban más de dos años las negociaciones con las FARC en el Caguán. Más de un año debería pasar entre la escritura de Las dos orillas y el pedido en extradición por parte de los EEUU de Carlos Castaño y Salvatore Mancuso. No se consideraba a Álvaro Uribe como uno de los candidatos con posibilidades de ganar las elecciones presidenciales de 2002. Tampoco parecía probable que el proceso de paz con las FARC fuera a romperse. Rondaba en el ambiente el rumor de una Constituyente donde los pactos a firmar entre el Gobierno nacional y las FARC quedarían refrendados.

3. La plena conciencia acerca del paso inevitable de lo militar a lo político era ya en 2001 una realidad en el más alto nivel de conducción de las AUC. La dificultad mayor para ‘desembarcar en la otra orilla’ no residía en el seno de la Organización sino en la realidad de un Gobierno nacional que se negaba sistemáticamente a abrir el diálogo con las Autodefensas, con lo cual la condenaba a rendirse incondicionalmente o a permanecer en la ilegalidad y seguir en la guerra hasta que asumiera un Gobierno que viera las cosas de otro modo.

4. Andrés Pastrana, recién a mediados de 2002, una vez roto el proceso del Caguán, y ya electo Uribe en primera vuelta, en las postrimerías del ejercicio de su función, encomendó a la Iglesia Católica la delicada misión de visitar con mucha reserva y discreción a los líderes de las AUC para saber exactamente de qué se trataba el diálogo político que le venían pidiendo las AUC al presidente Pastrana desde el inicio de su gestión y que él había desatendido y descalificado permanentemente hasta ese momento.

5. El cambio en la posición oficial del Gobierno nacional con la presidencia de Álvaro Uribe y su política de paz abierta a todas las organizaciones al margen de la ley participantes en el conflicto armado, con la sola condición de la declaración del cese de hostilidades, permitió que la voluntad política de las AUC hallara eco en la Casa de Nariño y se concretara, firmándose entre Gobierno nacional y AUC el 15 de julio de 2003 (dos años después de la publicación de Las dos orillas), el Acuerdo de Santa Fe de Ralito para la Paz de Colombia.


No fueron, entonces, las AUC quienes cambiaron de visión estratégica en cuanto a su rol en el conflicto armado cuando asumió Uribe la presidencia, sino que fue el Gobierno nacional quien cambió de parecer y de actuar cuando Uribe ganó las elecciones presidenciales en mayo de 2002.

Uno se pregunta entonces qué puede estar pasando por las mentes que conducen las AUC cuando desde el amplio –y tal vez irrepetible- escenario de la negociación política abierta –impensable para las Autodefensas desde la perspectiva del Estado colombiano hasta el 7 de agosto de 2002- se están enviando mensajes a la sociedad desde el Estado Mayor Negociador AUC relacionados con su eventual regreso al monte para proseguir la guerra contraguerrillera.

¿Desencanto con el rumbo de la negociación y con la perspectiva incierta de un marco legal insatisfactorio y a la deriva? ¿Balance realista sobre los avances de la política de Seguridad Democrática y sus limitaciones para obtener una victoria militar sobre las FARC y el ELN antes de 2006? o más bien ¿necesidad estratégica de utilizar las imperfecciones y los limitantes de la negociación presente y los resultados no satisfactorios de la Seguridad Democrática como herramienta política legitimadora de la prosecución en la guerra por parte de las AUC?

En Las dos orillas asoma la perspectiva estratégica de una opción de las AUC por la política pero también la visión –no menos estratégica- de una participación militar –mientras fuese necesario- en el marco organizativo interno renovado y transformado por el realce valorativo de lo político y lo social. Si esto pudo parecernos no privado de lógica en el contexto de los azarosos tiempos de Pastrana y su sordera ante los reclamos de las AUC por un diálogo político, no aparece a primera vista como lo ‘políticamente correcto’ en tiempos de Uribe, los tiempos de la ‘seguridad democrática’ y la mera ‘amenaza terrorista’, y sobre todo si finalmente se ha llegado por parte de las AUC al ‘diálogo político’ con el Gobierno nacional que apenas tres años atrás era un imposible.

El dilema en el interior de las AUC no puede sino existir y ser de relevante magnitud. Esto el País, el Gobierno nacional y el Congreso de la República lo debieran comprender y los comandantes de las AUC –los que están en ejercicio y también los ex ya desmovilizados- lo debieran dar a conocer con diáfana claridad y sin cortapisas. No hay que esforzarse demasiado para imaginar que las AUC están siendo sometidas a la ‘presión desbordada’ interna o externa de quienes sin dejar de valorar la opción política y legal dentro del marco democrático no consideran todavía agotada la etapa militar, no sólo por exigencias del inestable equilibrio de fuerzas del conflicto armado, sino también por constituir el accionar militar defendiendo a la población y sus economías amenazadas por las guerrillas y su terrorismo un elemento clave para la acumulación de prestigio político de las AUC de cara al futuro.

Entre los factores externos que pujan resulta al menos ingenuo no considerar que más de un factor de producción y exportación de drogas ilícitas puede estar pensando seriamente en ocupar política y militarmente el espacio contraguerrillero que se aprestan a dejar las AUC si se cumplen los plazos del 31 de diciembre de este año según lo acordado y firmado en Ralito.

En los mentideros políticos y en las salas de redacción se predica abundantemente sobre el ‘desmonte del paramilitarismo’ al modo de Quijotes y Sanchos Panza tropicales. ¿No sería más provechoso y aterrizado que en vez de lanzarse a pelear contra ‘molinos de viento’ se le exija al Estado que el territorio que están retornando los ‘paras’ y que prometen retornar totalmente en diciembre de este año, no sea finalmente ocupado por las FARC y el ELN, o por nacientes grupos de delincuentes varios armados con la coraza legitimadora de la lucha antisubversiva? No nos pase que ocupados en ‘desmontar el paramilitarismo’ terminemos descubriendo que mientras nos entreteníamos convocando a una cruzada contra fantasmales ‘molinos de viento’ se nos fueron ‘metiendo al rancho’ pestes mucho menos novelescas e infinitamente más reales y dolorosas.

Debieran evaluar el País, el Gobierno nacional y el Congreso de la República si las AUC no han realizado un gigantesco cambio positivo de rumbo en los últimos cuatro años, particularmente a partir de la puesta en práctica de los lineamientos de la Cuarta Cumbre de Comandantes realizada a finales de 2001. Contra todos los pronósticos lapidarios y agoreros han llegado hoy las AUC al umbral de la firma de los acuerdos definitivos de desmovilización y reincorporación a la vida civil. Y ya han desmovilizado por propia iniciativa como Acto de Fe y apuesta por la Paz cuatro mil combatientes entre Medellín, Urabá, el Catatumbo, Córdoba, Valle del Cauca, La Mojana, Suroeste Antioqueño

¿Qué han hecho durante este mismo tiempo hacia la misma dirección de la Paz las FARC y el ELN cuando su única política ha sido la de perseverar en la guerra e incursionar cada día más en actos terroristas? Coincidamos en que el cese de hostilidades de las AUC no se ha cumplido en el ciento por ciento, pero los grados de cumplimiento son crecientes y ostensibles. ¿Qué han hecho durante el mismo período las FARC y el ELN en beneficio de la población civil, por reducir la exposición de los inocentes a los riesgos del conflicto? ¿O será que para las FARC y el ELN no hay más población civil ni inocentes que ellos mismos?

El dilema en las AUC es grande y son muchos los colombianos que comprenden la gravedad del tema. Es absolutamente necesario que ni el País, ni el Gobierno nacional ni el Congreso de la República subestimen todo lo que se juega Colombia en estos momentos. Iniciar el proceso de paz fue una valiente e inteligente decisión política del conjunto de las AUC pero fue una decisión eminentemente política sin tomar en cuenta lo militar, dejando este componente en manos exclusivas del Gobierno nacional.

Haber desmovilizado ya el 20 por ciento de las estructuras militares de las AUC ha sido esencialmente un Acto de Fe sin ningún cálculo político, supeditando lo militar y lo político a hacer manifiesta una Voluntad de Paz inequívoca.

Lo que sigue ahora para llegar al ciento por ciento de desmovilización acordada es el cumplimiento por parte del Gobierno nacional de la totalidad de lo acordado. Y no me refiero a acuerdos bajo la mesa, ni nada por el estilo, sino lo que está firmado por el Alto Comisionado para la Paz y por las AUC en documentos que han sido dados a conocer públicamente, y que comprometen a las AUC ciertamente, pero también al Gobierno nacional.

El factor militar no puede estar ausente a la hora de verificar por parte de las AUC si el Gobierno nacional ha cumplido su parte en todo este proceso para proceder entonces a la firma de los Acuerdos finales. No podría entenderse por parte de las AUC un retiro del campo de batalla mientras las FARC y el ELN siguen combatiendo, solo con base en consideraciones políticas donde el factor militar no haya sido evaluado o no tenga cabida. Esto debiera decirlo con todas las letras el Estado Mayor Negociador cuando le comunica al País que se está entrando en la ‘verdadera negociación’, donde la fe permanece inquebrantable, la opción política afianza su presencia pero donde también, el análisis estratégico militar adquiere plena vigencia, dentro de un criterio político que no puede renunciar a considerar también el componente militar. De otro modo la Opinión Pública tiene todo su derecho de pensar que las AUC solo están preocupadas por la cuestión jurídica y muy poco, -o casi nada-, por la Seguridad de las poblaciones y sus economías.

¿O acaso alguien puede pensar que dejar abandonadas a su suerte a las regiones, poblaciones y economías del País que las AUC defendieron de las guerrillas y de las amenazas terroristas a cambio sólo de un marco jurídico y de promesas de seguridad puede ser el camino ‘políticamente correcto’ para una Organización política que quiere nutrirse de la confianza y la credibilidad de las poblaciones, particularmente aquellas en riesgo de ser subyugadas por el azote comunista de las FARC y el ELN?

No puede siquiera imaginarse que a la ausencia del Estado vaya a sumarse ahora la deserción de las AUC. Eso no es políticamente correcto, ni militarmente soportable, ni tampoco éticamente posible para las AUC.

Por estas cosas y otras, que aquí apenas se insinuaron, manifiestan las AUC que es ahora cuando comienza la verdadera negociación. Tal vez quieran decir realmente que ahora sí la negociación entra en sus tramos definitorios.

Paradójicamente quienes estuvieron en los prolegómenos y también en las primeras decisivas fases de la negociación, Carlos Castaño y Salvatore Mancuso, hoy ya no están en el Equipo Negociador de las AUC. A nadie le cabe duda que ambos inspiraron el paso de las AUC de la guerra a la política a través del puente del Proceso de Paz con el Gobierno nacional. O dicho de otra manera, a nadie le cabe duda que sin ellos estar al frente de la representación de las AUC el Proceso de Paz se les hace mucho más difícil de conducir al resto de comandantes quienes tienen grandes dificultades para generar en sus filas la misma disciplina.

¿Qué alcances tendrán estas ausencias en el desenlace final de las negociaciones? Desenlace que por ahora se anuncia como de imprevisible final y de inciertas consecuencias. Y no sólo por el marco legal inexistente sino tal vez, fundamentalmente, porque la opción inevitable de la política por parte de las AUC se debate aún entre las exigencias de la guerra y las de la paz, ambas a nutrirse por la concepción política sí, pero que llevan en el ‘mientras tanto’ a orillas diferentes. ¿Serán capaces las AUC sin la orientación de Carlos Castaño y Salvatore Mancuso de arribar a buen puerto?

¿Habrá partición de aguas en las Autodefensas entre unos y otros, o sabrán mantenerse todos sobre la misma nave? ¿Será el Gobierno nacional lo suficientemente amplio de miras para aceptar que el asunto que tiene entre las manos es algo inmensamente más complejo de resolver que simples ‘amenazas terroristas’? ¿Será el Congreso de la República lo suficientemente visionario como para hacer posible el desembarco de las AUC sobre las orillas promisorias de la participación política legal sin restricciones de ningún tipo? Porque si el Gobierno nacional no quiere ver y el Congreso de la República no quiere untarse de barro y llenarse de realismo el Proceso de Ralito sí puede romperse. Las AUC siempre manifestaron que el Proceso es irreversible pero jamás aseguraron que fuera irrompible. Porque una cosa es no volverse atrás y otra es romperse en el intento.

Estos interrogantes explican el nerviosismo de los ‘paras’ y vuelve urgente el pronunciamiento cada día más claro y contundente de sus máximos líderes y referentes, los que inspiraron e iniciaron el Proceso y los que hoy lo conducen. Esto obliga a encontrar fórmulas de trabajo en común entre los ya desmovilizados y los que asumen la representación formal como integrantes del Estado Mayor Negociador. También obliga a la comprensión y al esfuerzo mayor por parte del País, el Gobierno nacional y el Congreso de la República.

Así la veo yo.

Nota: A continuación la copia textual de Las dos orillas, de Pablo Asís. Rescaté este escrito desde el arcón de las viejas cosas, aprovechando la Semana Santa que aspiro cristianamente no sea solamente de Pasión y Muerte sino también de Resurrección y Salvación. Como misterio de Fe y también como metáfora de la Colombia que todos anhelamos construir y poner a salvo de cualquier violencia. Ojalá se encuentren en la lectura de este texto no sólo claves que nos ayuden a mejorar la interpretación del pasado sino también signos que nos permitan vislumbrar con más claridad y compromiso de Paz el futuro.


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11 de agosto de 2001
Las dos orillas
Por Pablo Asís

Reconocimiento de la orilla política
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"La muerte no es nada. Pero vivir vencidos y sin gloria, es morir todos los días"
Napoleón Bonaparte

Introducción

El siguiente análisis procura ser un testimonio acerca de la relación existente entre el Movimiento que nuestra Organización encarna y la conveniencia de Diálogo que tal naturaleza "movimientista" implica, en sus distintos niveles, y con cada uno de nuestros posibles interlocutores.

La atención sobre el tema surge de un doble motivo:


1. De un crecimiento espontáneo en la conciencia político-social de los miembros de la Organización que obra fundacionalmente en una comunidad originalmente reunida tras un propósito esencial de defensa personal y colectiva, reconocida principalmente como Autodefensa militar.

2. Y de una necesidad: responder a las inquietudes planteadas por las distintas personas y organizaciones que perciben, como una crisis a resolver, la ausencia de criterios rectores a la hora de conducir nuestra actividad político-social en el seno de las comunidades en las cuales desarrollamos nuestro proceso de enraizamiento, ausencia que al ser visualizada como una carencia organizacional por parte de eventuales interlocutores inhabilita, o al menos dificulta, que se nos convoque al diálogo político.

La presencia de las Autodefensas en las comunidades genera, en éstas, expectativas de tipo político-social, inexistentes antes de nuestra inserción, las cuales nos vemos obligados a canalizar y satisfacer para que la acción preventiva vaya sustituyendo la acción correctiva a la cual debimos dedicarnos en un primer momento ante la realidad del Estado indefenso, ausente y permisivo.

Nuestra Organización necesita reflexionar, muy seriamente, sobre la responsabilidad que pesa sobre nuestras espaldas y que hoy nos convoca a constituirnos como un Movimiento Nacional y Democrático, destinado a generar y conducir un proceso histórico de Afirmación de la Nación y de la Democracia cuya justificación urgente nace de la imperiosa necesidad de unirnos para derrotar la subversión armada, pero cuyo desarrollo actual y futuro permite vislumbrar una labor aún más titánica: la de fundar un nuevo Estado a partir de los límites estrechos del actual, de cuyas cenizas habrá que levantar vuelo cual Ave Fénix si es que no queremos quedar reducidos a la impotencia y a la inopia.

Debemos superar un estado inicial de puro entusiasmo e intuición, para diseñar, levantar y tender un puente que nos permita llegar hasta la otra orilla: orilla donde nos aguarda una comunidad desorientada política y socialmente. Las Autodefensas debemos constituirnos primero como comunidad organizada, de tal manera que nuestra acción contagie y vivifique el espíritu de las comunidades donde queremos insertarnos y reproducirnos creciendo a la par, ellas y nosotros, en calidad y cantidad.
El carisma originario

La primera orilla de lo que hoy son las Autodefensas consistió en el derramamiento de un carisma originario: el que nos permitió nacer de la nada, en medio del caos y de la confusión inicial; algo que imprevistamente, en algún lugar de Colombia, comienza a aparecer y desarrollarse. Los que están aquí desde los inicios, pueden recordar cómo la gente se iba incorporando a esta novedad de las Autodefensas. El acercamiento se producía en un momento histórico del País, cuando jóvenes y adultos desertaban de las guerrillas y de las fuerzas políticas tradicionales, desencantados por lo viejo, por lo ineficaz, por lo anacrónico.

El enorme poder arrollador de lo nuevo fue creando formas e ilusiones inesperadas que anidaron en las Autodefensas en busca de protección y alivio esperanzador. Cada vez que aparece una novedad, es como cuando aparece un hijo nuevo en una familia: los hermanos tienen que prepararse para recibirlo.

La experiencia originaria de la novedad militar se pudo vivir, inicialmente, con cierta ingenuidad en medio de la alegría, la primicia y su comunicación y contagio. En ese momento uno no se hace muchas preguntas, no habla de lo que hablaríamos ahora, por ejemplo. En el momento inicial simplemente hay impulsos que mueven y que compaginan alrededor de lo que está naciendo, en medio de un ambiente optimista y alegre. Esto atrae la llegada de otra gente que se va sumando sin preguntarse demasiado. La alegría atrae a los que son tocados por la varita del imán y del contagio, empujados por las circunstancias a conocer y experimentar la novedad.

Por su naturaleza, los carismas originales son comunicativos y suscitan la afinidad espiritual entre las personas, y la amistad centrada, en nuestro caso, en el deseo de derrotar al enemigo común, lo que va generando un sentir interior compartido que, a su vez, define una identidad y un propósito donde no caben ni el escepticismo ni la duda.

Esa experiencia originaria marca fuertemente la vida, el corazón y la memoria de quienes la reciben. Esto es notable en todos los principios, y el comienzo de las Autodefensas no pudo ser ajeno a esto. Porque también, en el espíritu de las organizaciones, como en la infancia, se reciben las improntas; las raíces que van a ser para siempre, como ocurre en el orden natural y psicológico.

Esta experiencia originaria, que marca fuertemente la vida, es un llamado a cambio de vida. Es también un redescubrimiento del rostro profundo de la Patria. La Patria comienza a ser mirada de manera distinta, superando los cuestionamientos propios de las malas experiencias, producto de las malas administraciones, de los malos gobiernos. Así es como en el caso de las Autodefensas comienza una misión, cuyos alcances antes se ignoraban. Uno empieza a ser misionero por compartir lo que está viviendo, la novedad, lo que descubrió. Y lo que se descubrió no es que las guerrillas le estaban haciendo un gran mal a Colombia: ese mal se conocía y se sufría y fue el motor inicial de la rebeldía frente a ellas; lo que se vino a descubrir es el grado de complicidad que con las guerrillas vinculaba a las clases políticas y sus agentes en el Estado colombiano. Si la chispa que encendió el motor fue inicialmente militar, la marcha iría enseñando poco a poco lo inevitable de la confrontación política y la necesidad del fortalecimiento económico. En la orilla inicial no cabía más que lo militar.

Para el desembarco en la otra orilla la lucha ya era por territorios distintos al militar, donde lo económico y lo político, lo productivo y lo ideológico, confluían para el tendido de un puente en el cual las solas armas de fuego no alcanzaban para acceder a la victoria final.


El puente hacia la otra orilla

El carisma originario -en nuestro caso, el militar- no genera de por sí una comunidad organizada, aunque puede generar una fuerte corriente de afinidad espiritual en la Organización, uniendo estrechamente a sus miembros, en una fase previa a la de la organización. En un momento determinado la Patria derramó el carisma militar en las Autodefensas, o sea un carisma para dedicarse a la guerra de liberación de la opresión guerrillera.

Sin embargo, es necesario un puente, un paso, un proceso que vaya desde el carisma originario a la constitución y al reconocimiento público -¿político?- de una nueva comunidad política. El don original se desarrolla, históricamente, como una virtud fundacional. No todas las organizaciones con pretensiones de constituir una comunidad política alcanzan el objetivo de ser aprobadas como tales. Para ello hay que superar determinadas pruebas las que exigen un desarrollo cualitativo del don fundacional y una multiplicidad de factores organizacionales dispuestos de tal manera sobre el escenario de la política nacional que constituyan a los ojos de los examinadores suficiente acopio de inteligencia y voluntad políticas que permitan alcanzar la meta del reconocimiento como actores políticos.

Los movimientos políticos nacen de una persona, o de un grupo pequeño de personas carismáticas guías. Se configuran en comunidades concretas, que en fuerza de su origen reivindican la acción política y reconocen en la Patria su razón de ser, ideas y territorio sin los cuales no podrían subsistir. Se trata de vivir la vida político-social de la comunidad de una manera radical, enraizándose en ella como razón de ser y de hacer principal y prioritaria.

En el proceso de apropiación de la idea política y de formación del cuerpo político, el Movimiento purifica sus principios, afina la pertenencia, la identidad de los que están agrupados bajo su manto protector. Las Autodefensas han pasado por estas etapas del proceso de constitución del ente político. En el paso de este proceso es necesario distinguir entre el puente -el conflicto- y la virtud, inicialmente militar, que permite pasar a la otra orilla, la política; entre el instrumento elegido y utilizado y el carisma fundacional.

Quienes conformamos las Autodefensas asumimos la participación en el conflicto militar colombiano como camino de vida. Esta opción por ser actores del conflicto bélico, en oposición a la subversión armada y en defensa de la libertad y la dignidad de nuestra Nación, no es sólo una opción histórica, es también una determinación profética: el triunfo de la libertad frente al totalitarismo es posible, en la medida de nuestro compromiso consecuente y vivencial. La práctica precede a la teoría pero el compromiso nutre de antemano las decisiones sobre el campo de batalla.

Ante los males endémicos de nuestra Patria que impedían la solución del conflicto y desencadenaban la guerra inevitable la idea fundacional de las Autodefensas, anterior a toda ideología y a todo proyecto político inicial, era que son necesarios odres nuevos para almacenar el vino nuevo y que durante la lucha, la misma lucha nos iba a ir indicando el camino correcto. ¿Cómo saber desde la pasividad anterior cuáles eran las fórmulas de la novedad imprescindible? La intuición y el fervor patriótico nos aconsejaron desencadenar la participación en la acción, con mucha confianza en nuestra iniciativa, con mucha perseverancia, y suficiente esperanza y paciencia en la lógica de la historia.

El compromiso asumido con nuestra conciencia y con nuestra comunidad nos movía a la entrega de lo mejor de nosotros para lo mejor de nuestra Nación, sabiendo que la entrega era costosa y los resultados inmediatos inciertos. Nos tocaba ir esperando los efectos, discerniendo las circunstancias y viendo por dónde iban los acontecimientos. Se trataba de aprender los nuevos caminos desde la fe en nuestra Causa, desde la confianza en la victoria de la Nación por sobre las fuerzas oscuras que agredían a nuestro Pueblo con su criminalidad y soberbia.

En el acontecer histórico de los comienzos, la palabra de nuestros campesinos nos dio la posibilidad de analizar bajo el prisma del sentido común y de la sabiduría popular el sentido de los pasos siguientes, descubriendo a nuestro Pueblo como nuestro Amigo fiel, en el desarrollo de la lucha. Progresábamos en lo militar, en nuestras tácticas defensivas y ofensivas, pero una pregunta nos inquietaba: ¿hasta cuándo sería necesaria la guerra?, ¿hasta cuándo lo principal sería la guerra?

Estábamos con esos interrogantes, cuando se nos ocurrió pensar en una incipiente Escuela de Conducción Política, como un modo de abrir un camino hacia algo diferente, superador de los marcos estrechos del enfrentamiento bélico. Había llegado mucha gente nueva y no estábamos preparados para absorber las nuevas preguntas; no habíamos pensado seriamente, hasta entonces, en la multiplicación de los grupos iniciales. Nosotros seguíamos, en el fondo, pensando en función de las Indias, y mientras tanto, estábamos descubriendo América. La revelación de las nuevas condiciones de lucha se nos fue haciendo de manera progresiva; el camino se nos fue apareciendo distinto en la medida en que seguíamos caminando. Es como si un carro avanza en la noche. La luz es suficiente para el camino que se tiene adelante, después todo está oscuro. Pero al llegar ahí tienes la luz para la siguiente parte del camino. La repetición de la secuencia nos fue dando la confianza que necesitábamos en cada fase y así es como hemos llegado hasta aquí, sin detenernos y sin dejar de crecer.

Fuimos tomando conciencia de que ya no éramos simplemente grupos más o menos articulados que enfrentábamos militarmente al enemigo común sino que nos estábamos transformando en un Movimiento de alcance nacional y con propósitos que superan con creces el objetivo militar inicial. Esa conciencia la fuimos incorporando más desde fuera de nosotros mismos que desde dentro, como consecuencia de las preguntas que nos comenzó a hacer la población, y también los periodistas que venían a visitarnos, nacionales pero también extranjeros. ¿Será cierto esto que manifiestan los demás sobre el poderío que hemos desarrollado? ¿Será inevitable la transformación de nuestro poder militar en poderío político? ¿Qué significado tiene lo político y de qué manera transforma los objetivos iniciales sin desvirtuarlos ni subordinarlos? Fue necesario hacernos cargo de que el conflicto, su naturaleza y sus derivaciones, habían construido un puente, un paso, más allá del cual aparecía una orilla impensable en nuestros orígenes, como culminación de un proceso histórico de entrega, de lucha, de trabajo intenso y sin descanso.


La otra orilla


Tenemos entonces el carácter inicial, el carisma original de las Autodefensas, constituido por la capacidad militar de hacerle daño al enemigo subversivo. En el desarrollo de la contienda las fuerzas que se nos fueron sumando fueron aportando lo suyo, entre ello, el ingrediente político y social que no estaba presente en lo nuestro desde un inicio. Entre todos nosotros se producía una cierta conversión hacia la novedad que descubríamos cada uno de nosotros en los otros que conocíamos al sumarse a la lucha común.

Es como si hubiese una invitación, donde alguno acude y dice "esta fiesta no me interesa", y otro dice "es como si yo hubiese nacido para esta fiesta".

Así se pone en marcha una travesía por el desierto de descubrir la invitación a la nueva identidad. Es trabajoso descubrir la invitación a la nueva identidad -en nuestro caso, el pasaje de lo sólo militar, a lo a la vez político-social-militar-; desata también el desafío de ingresar a territorios de actividad y de conocimientos hasta allí desconocidos, en medio de contradicciones, ignorancias y prejuicios que a cada uno nos pueden tocar. ¿Qué es el Movimiento, sino una gigantesca bola que rueda y rueda sin poder detenerse más que para tomar nuevo impulso?

Se trató entonces de perfilar un cierto éxodo desde las posiciones iniciales, alentando una travesía hacia lo político-social que no sin angustias y largas tertulias hemos logrado emprender en los últimos tiempos. La visión que todos tenemos es la de una tierra prometida que se abre ante nuestra mirada como fruto de nuestra lucha militar pero también, sobre todo ahora, como consecuencia deseada de una victoria política contra adversarios diferentes a los iniciales que han comenzado a ser visualizados como tales recién ahora, a la hora de constituir alianzas y proyectos comunes.

Estamos llegando al punto del camino donde, al mirar hacia atrás, podemos reconocer el significado de los hechos y de los desarrollos habidos. Identificando ahora las crisis de crecimiento que nos envolvieron, podemos tener una comprensión más adecuada de los riesgos en los que hemos incurrido así como descifrar aquellos signos de contradicción que permanecían ocultos y camuflados a favor de nuestra ignorancia de los fenómenos políticos y de su largo proceso de incubación.

En este trascender a la otra orilla del Movimiento -la político-social-, ya no como intuitivo paso sino como consciente objetivo, advertimos que todo aquello que nos precedió conforma una pre-historia tan necesaria como valiosa cuyo capital por excelencia es el desprendimiento personal y la entrega valiente y desinteresada de la vida a un fin superior: la Vida misma de la comunidad, que se confunde con la Existencia misma de la Patria.

En este momento de nuestra evolución como Organización es clave producir un encuentro enriquecedor entre el Movimiento Guerrero y el Movimiento Político con la finalidad de proseguir el avance con ropa nueva pero asentada sobre el mismo cuerpo victorioso y heroico, con los pies sobre el territorio físico y el espíritu y la mente reinando sobre el Universo de las ideas y los nobles propósitos.

El Movimiento Nacional y Democrático es un ejército civil al servicio del bien común, no al servicio de fines personales o colectivos egoístas, bajo el discernimiento de una Conducción Política colegiada y el control democrático de unas bases esclarecidas y comprometidas con su Causa. La enseñanza y la sabiduría están al servicio de la consolidación y perfeccionamiento de la victoria prosiguiendo lo que inició de manera militar y que ahora continúa en terrenos cada día más exigentes, complejos y sofisticados.

Nos esperan otras tentaciones y otros peligros, a los cuales deberemos enfrentar con el recurso del conocimiento, la valentía y la persistencia. El Norte deberá seguir siendo lo que propicia el bienestar de nuestra Nación y la felicidad de nuestro Pueblo.

El discernimiento nos muestra la tierra hacia donde dirigir nuestros pasos, los fines hacia los cuales tensar la cuerda de nuestros arcos, pero luego hay que poner en práctica los hechos consecuentes durante todo el tiempo necesario para que las acciones produzcan el fruto deseado. Es todo un proceso para llegar a la meta con los que sienten esto, con los que avanzan, con los que dejan, los que se quedan, y con los que siguen resolviendo sus problemas, su momento histórico o de crecimiento, hasta llegar.

Si nuestro Movimiento fue audaz y exitoso en el desarrollo de su carisma militar, le toca ahora ser audaz y exitoso en la puesta en marcha de su carisma político-social. De una orilla a la otra orilla hemos atravesado el puente del conflicto nacional, sin alejarnos, paradójicamente, de ninguna de ambas orillas, las cuales siguen exigiendo como el primer día lo mejor de nuestros esfuerzos y lo más sano de nuestros propósitos, en el período preciso en el que las necesidades militares no cejan y los compromisos políticos y sociales se hacen crecientes en todos los territorios de nuestra Patria, los que dominamos y los que permanecen en poder del enemigo.

Asistimos al comienzo de un nuevo tiempo de crecimiento de las Autodefensas que llamamos "nuevo tiempo de fundación", o adultez institucional del Movimiento. Es un tiempo de transición: se termina un tiempo y comienza otro. La misma fundación pero un tiempo distinto, nuevo, caracterizado por análisis distintos sobre materias novedosas, que exigen comprensión y diálogo, estudio y reflexión.

Nos corresponde estimular la relación maestros-alumnos, el diálogo Organización-Comunidad, el conocimiento Colombia-Mundo, en una dialéctica de la Palabra y la Acción que acerque la Práctica y la Teoría, el Pasado-Presente y el Presente-Futuro.

La historia de las Autodefensas nos ha sorprendido por sus resultados: es la mejor evidencia de lo que la Organización es capaz de hacer, no sólo de lo que es capaz de hacer uno. Debemos perseverar en esto de seguirle la pista al éxito, de no desmayar en la búsqueda del logro de nuestros objetivos. Más que nunca, ahora que disponemos de un Movimiento en marcha, unido en mística de trabajo y victoria.

Este período de la gestación del tiempo adulto de nuestro Movimiento, se caracterizará por el llamado al diálogo que más temprano que tarde nos hará la comunidad política nacional e internacional, a través de sus voceros más representativos y sus organizaciones rectoras.

Es el nacimiento de este tiempo adulto y políticamente maduro de las Autodefensas el que define sus coordenadas por el pasaje de lo meramente militar a lo inexorablemente unido a través de las prácticas militares, políticas, sociales y económicas, en coincidencia con el alumbrar de un nuevo siglo y de un nuevo milenio.

No sabíamos, hasta hace muy poco tiempo, cuándo íbamos a completar nuestro ciclo de fundación inicial y maduración adolescente; ahora lo sabemos al irrumpir con nuestro desarrollo organizacional en una nueva fase enriquecedora y distinta con su llamado a una nueva forma de participación de parte nuestra acorde con nuestro crecimiento y nuestros valores desarrollados en las diferentes y sucesivas etapas de nuestro accionar histórico.

Ya dijimos que entre el carisma originario que nos dio luces para enfrentar militarmente al enemigo de nuestra Patria y la constitución de un Movimiento Nacional y Democrático, de naturaleza política, se extiende un puente: el puente del conflicto colombiano, prolongado y atroz. Ese puente ha sido el lecho en el que se ha logrado estabilizar y encauzar el carisma para que pueda tener expresión institucional organizada y visible.

El puente del conflicto y la fragmentación nacional tiene dos elementos antagónicos: su realidad histórica y la necesidad de asegurar y legitimar su superación. Así como la Historia fundó el problema la misma Historia ha de fundar la solución al problema. El Movimiento Nacional y Democrático, prolongación de las Autodefensas y legitimador de sus iniciativas bélicas, es el elemento organizacional fundante que sobre los restos humeantes del puente establece los cimientos de la refundación de Colombia y de sus instituciones políticas.

Somos conscientes de nuestras limitaciones humanas como instrumento humano que somos; por eso depositamos nuestra confianza en la Democracia y sus consensos y no en nuestra falibilidad humana y los riesgos consecuentes de cualquier mesianismo providencial que pudiera derivarse de nuestra victoria militar y política.

Tal percepción de nuestras limitaciones, realizada intuitiva y espontáneamente, es un don político que nos predispone al diálogo con los demás aspirantes al juego de la democracia política nacional e internacional. Por eso no entendemos ni justificamos las demoras en convocarnos a la libre expresión de nuestro pensamiento y proyecto político en las mesas de generación de consensos, dentro y fuera de nuestro País, acerca de la solución de los graves problemas colombianos derivados de la ausencia de paz y de la prolongación de la guerra.

Subjetivamente, por evolución de nuestras ideas del conflicto al calor de la guerra y convencidos de las bondades de la democracia y de la paz, invitamos a los factores de convivencia que bregan por superar las antinomias y los prejuicios, los enconos y los odios viscerales, a deponer cualquier actitud sectaria que propicia todavía nuestra exclusión del debate para que podamos sumarnos cuanto antes al estudio y desarrollo conjunto de soluciones que favorezcan el clima de reconciliación y pacificación nacional que tanto necesita nuestro Pueblo como exige la vocación de paz, patrimonio y orgullo de la Humanidad.

La conciencia de haber llegado a la otra orilla, la de la Política con mayúsculas, es la que cierra este tiempo previo de maduración y nos proyecta mucho más cohesionados, definidos y claros como comunidad político-militar organizada en el ámbito de nuestra Patria pero trascendentes desde nuestra identidad hacia lo universal.

Hoy podríamos expresar así, el carisma del Movimiento desde su orilla original:

Nacimos con la Guerra para acabar con la Guerra, confluimos en lo Político para dignificar la Política y hacer posible la Paz.

Anunciamos entonces a Colombia y al mundo que hemos hecho pie en la otra orilla, la de la Política, y que allí nos haremos fuertes por nuestras convicciones, y grandes por nuestro espíritu de construir Patria y Comunidad, libres, dignos y en Paz.

junio 29, 2005

Colombia 2010 no está tan lejos - Los ‘filósofos’, los ‘políticos’, los ‘candidatos’ y los ‘estadistas’

Colombia, 14 de marzo de 2005

Por Rubiño

El Acuerdo de Santa Fe de Ralito para la Paz de Colombia establece el 31 de diciembre de 2005 como fecha límite para la desmovilización total de las AUC. No suena extraño predecir que el adiós a las armas de las AUC se anticipe para noviembre, o incluso octubre, si la ley marco de Justicia y Paz –o como finalmente se llame- se aprueba en el Congreso antes de junio.

Algunos de los comandantes históricos más visibles de las AUC –‘Adolfo Paz’, ‘Ernesto Báez’, ‘Jorge 40’, entre otros- y el ya desmovilizado Salvatore Mancuso, se han referido públicamente, al derecho que les cabe como ciudadanos de convertirse en actores políticos una vez haya finalizado el proceso de negociación en Ralito. No solamente eso. También han insistido en que el proceso que se adelanta en Ralito tiene como uno de sus propósitos principales permitir a las AUC –una vez desarmadas- dar el salto de lo militar hacia lo político, produciendo la transformación de las AUC de organización político-militar, a organización político-social.

Las AUC han reivindicado para sí, desde sus inicios como Confederación de Organizaciones Armadas de Autodefensa, la condición de actores políticos del conflicto armado colombiano –de ‘tercer actor’ se calificaron años atrás- como derivación directa de su concepción ideológica anticomunista y de su praxis militar antisubversiva y han sostenido –incluso en el Congreso de la República- que ha sido su intervención en la lucha armada la que ha evitado que Colombia se hubiese convertido en otra Cuba, o en la Nicaragua de los sandinistas, por obra de la embestida revolucionaria guerrillera de las Farc y del Eln ante la debilidad de carácter e indecisión política del Estado colombiano de combatirlas, tal como sucedió –según las AUC- hasta el advenimiento de Álvaro Uribe como presidente.

Los líderes de las AUC han evitado cuidadosamente mostrarse políticamente como actores políticos de extrema derecha, e incluso han dicho más de una vez que no se ven a sí mismos como sustentadores de políticas de derecha, sino más bien de centro, o -si se quiere precisar más- de centro-derecha, de centro-derecha reformista en lo económico-social y demócratas participativos en cuestiones políticas, no propiamente liberales ni conservadores, claramente alejados de las ideologías marxistas y de cualquier izquierdismo radical, y muy receptivos a las tesis de la Doctrina Social de la Iglesia.

Las AUC se perciben a sí mismas como defensores de la propiedad privada con sentido social y de la libre empresa como expresión irrenunciable de las personas, así como sostienen su convicción ética acerca de la necesidad de asegurar igualdad de oportunidades para todos. También propician la libre iniciativa en el campo económico, político y social, y la presencia del Estado en todo el territorio como guardián de la seguridad y custodio de los derechos de los sectores más postergados. Reivindican además la cuestión regional y sus dosis de autonomía necesarias en un país que las AUC califican de agobiado por los abusos del centralismo bogotano. ¿Quién puede temerle a este cuerpo doctrinario y a esta orientación de las ideas básicas de las AUC que puede resumirse así: Colombia Un País de Ciudadanos Libres y Solidarios, un País de Propietarios, un País de Trabajo y Sin Hambre, un País de Regiones?

Hay quienes insisten en ver en las negociaciones entre el Gobierno nacional y los ‘paras’ un hecho meramente jurídico, donde se negocia solamente la construcción de un marco legal para la salida de las AUC del escenario de la guerra que no derive en cárcel para los comandantes ‘paras’. Si bien es cierto que no existe antecedente en el mundo, y mucho menos en Colombia, donde un grupo armado, a través de una negociación de contenido político abandone las armas para sacrificar su libertad y encerrarse en una cárcel, tampoco puede desdeñarse que el pasaje de lo militar ilegal a lo político legal es inviable y fuera de toda razonabilidad si no se garantiza a los desmovilizados –sean guerrilleros o autodefensas- sus derechos civiles y políticos plenos desde el mismo instante en que entregan las armas y firman la Paz. Para cualquier organización armada con direccionamiento político, del signo que sea, la participación en la guerra puede desaparecer por un acuerdo político, pero la lucha de las convicciones y las ideas continúa, sin armas, tras el mismo ideal en el marco civilista de la democracia y la Constitución.

Dicho esto, ¿cuál es el camino más promisorio para las AUC en el momento de estrenar sus virtudes de animal político por los intrincados territorios de la política colombiana?

O planteado en términos más realistas y ‘aterrizados’:

¿Cabe pensar que los escenarios ‘minados’ de la reelección presidencial o de la elección del sucesor de Uribe, Corte Constitucional mediante primero y voto ciudadano después, y de las ya inminentes campañas por las elecciones nacionales a la Cámara y al Senado, en 2006, sean los más propicios para el desembarco en las grandes ligas de la política colombiana por parte de los ‘primíparos’ de la Promoción 2005 que constituyen la ‘legión AUC’? Tengamos en cuenta al momento de responder que a las ‘fatigas del metal de guerra’ se suma para las AUC el desgaste humano comprensible por los agotadores ‘mares de leva’ de las negociaciones, las desmovilizaciones y las inevitables futuras instancias judiciales.

Me refiero en mi interrogante no al ejercicio de la política por parte de las AUC –el derecho a la política es para ejercerlo, ¿si no es así, para qué?- sino más bien a qué tipo de política desarrollar –y en qué escenarios, y con qué protagonistas- en el corto y mediano plazo.

Me pregunto lo anterior porque a todos nos consta la existencia, y no siempre la afinidad, entre la ‘política de los filósofos’, y la más terrenal ‘política de los políticos’, así como seductora y mediática suele ser la ‘política de los candidatos’, y no menos deseable –aunque menos común- resulta la grandeza en la conducción política y amplia mirada de la ‘política de los estadistas’.

Mis amigos en las Autodefensas –sobre todo los más impacientes- puede que no lean con demasiada complacencia lo que voy a escribir, pero créanme que intento seguir aquello de Napoleón a su ayudante: ‘vísteme despacio que estoy apurado’. En materia política el primer paso es tan importante como el último, pero mientras el último paso es una consecuencia de los anteriores, el primero significa una revolución, un cambio trascendente en el propio interior. Es el primer paso el que define en su intención –manifiesta o no- la meta final que alcanzaremos al concluir el camino. Por eso el primer paso tiene que ser dado con precisión, con determinación, con audacia pero sobre todo con humildad y con paciencia.

Si los comandantes de las AUC y también sus simpatizantes, y quienes aspiran a acompañarlos como aliados y compañeros de ruta de su praxis política en la arena de las instituciones democráticas quieren llegar lejos y también quieren llegar alto en el corazón y la estima de los colombianos, les sugiero que asistan a las próximas contiendas electorales de 2006 en calidad de observadores, de analistas y también de críticos, mas no de actores. Que haya más bien concentración en el trabajo interno de articular los principios rectores y establecer el cuerpo doctrinario en vez de hacer proselitismo a favor de éste o de aquél, o en contra de éste o de aquél, y mucho menos que se vaya a hacer tal cosa en beneficio o en nombre de las AUC.

La sociedad está exigiendo no solo entrega de armas, sino además, y fundamentalmente, ‘desmonte del paramilitarismo’. No deben entonces ser las AUC quienes alienten suspicacias, o sean vistos como indiferentes ante el sentir público. Lo cual no significa desentenderse de los procesos electorales en curso, sino elevarse por encima de ellos –y a pesar de ellos- y ofrecer a Colombia el pensamiento suprapartidista de las AUC, los lineamientos generales de su orientación política, para que los electores reciban el mensaje de las AUC no como una demanda de votos sino como una oferta generosa de visión política para que quienes tomen decisiones lo hagan conociendo –en lo posible- la opinión de las AUC sobre las diferentes coyunturas.

Invito a las AUC a no aparecer en su debut en el juego de la política como voraces y hambrientos de poder, sino más bien como ansiosos por servir ejemplarmente a los colombianos y por estudiar acuciosamente los problemas que los aquejan. Preocupados por escuchar, ver e indagar, y no por echar discurso, exhibirse y salir a la caza de votos. Es cierto que es preferible echar lengua que echar bala. Pero que sea echar lengua en su medida y armoniosamente con la legítima ambición de servir y no de ser servidos.

Elaborar la plataforma doctrinaria, seleccionar y formar los cuadros de dirigentes y de predicadores, organizar los métodos de trabajo y sentar las bases del movimiento político de alcance nacional al que aspiran los máximos líderes de las AUC exige un trabajo de ingenieros y de arquitectos, y también de orfebres, una voluntad de hierro y una amplitud de criterio y de visión descomunal, y eso no puede realizarse en pocos meses sino en algunos años, no puede ser obra del voluntarismo, por más bienintencionado que sea, sino fruto de la inteligencia creativa y múltiple, en materias tan sensibles como que se aplican sobre el tejido social, tejido social que todos sabemos está malherido por la guerra interminable, por la miseria lacerante y por la no disimulada desesperanza y escepticismo de muchos.

Si como hemos oído alguna vez, la política es el arte de hacer posible aquello que resulta necesario, que no caigan las AUC en la falacia de considerar que la política es el arte de llegar al poder y perpetuarse en él. Lo que resulta necesario a Colombia es resolver sus múltiples, complejos y graves problemas. Son esos problemas los que las AUC deben identificar y plantearle al País cómo y en cuánto tiempo resolverlos.

De lo contrario –actuando precipitadamente- las AUC aparecerán queriendo resolver sus propios problemas como desmovilizados de la guerra utilizando como escalera la política –y como escalones a los votantes- para llegar al poder y resolver sus problemas no los de las comunidades. Suena duro, pero precisamente porque suena duro, es que hay que desvirtuar esto con hechos, con hechos incontrovertibles, que calen hondo en el Pueblo colombiano y lo invite a creer en las AUC no ya como efectiva maquinaria de guerra contra las guerrillas marxistas, sino como pacíficos e inteligentes creadores de armonía social y prosperidad.

La meta política de las AUC bien puede ser bautizada Colombia 2010, lo cual no significa que deban cruzarse de brazos y dejar que pase el tiempo.

Por el contrario, Colombia 2010 significa comenzar hoy mismo la actividad política en su transición a la plena legalidad –porque mañana puede ser tarde- celebrando con el Gobierno nacional durante 2005 –ojalá bastante antes del 31 de diciembre- el Acuerdo Final de Paz de Santa Fe de Ralito que constituya el primer paso hacia la Paz Total y la Reconciliación de los colombianos. ¿Qué acción política más eficaz puede nacer de las Autodefensas Unidas de Colombia que construir la Paz y tender la mano a la Reconciliación con los que han sido enemigos en la guerra?

¿Qué hecho político más grande pueden ofrecer al mundo entero las AUC que liderar el desarrollo de la reinserción masiva más grande y exitosa de la historia de Colombia, adelantando los proyectos productivos más eficaces que Proceso de Paz haya alcanzado en país alguno para beneficio de los desmovilizados, de los desplazados y de los habitantes de las zonas afectadas por conflictos armados?

¿Qué hecho político más destacado pueden ofrecer las AUC al perfeccionamiento y mayor inclusión de la actividad política, y a la misma gobernabilidad de Colombia, que establecer los cimientos de una cultura política transicional para aquellos que proviniendo de los campos de batalla como actores al margen de la ley quieran incursionar en las arenas democráticas de la política, estructurando su propio Cuerpo Doctrinario, la Plataforma Política y la Organización del Movimiento Político y su Cuadro de dirigentes y simpatizantes, a lo largo y a lo ancho del País.

No deben descartar – al asomarse sin prejuicios a mirar más allá de la coyuntura electoral presente, en el interior de la conducción política de las AUC- la dialéctica más conveniente y los ingredientes de la receta más apropiada –en el espacio y en el tiempo- que combine en su justa medida la visión estratégica de los políticos ‘Filósofos’, con el sagaz desempeño de los políticos ‘Políticos’. Sólo así será posible y beneficioso para Colombia y para las AUC, que se prepare convenientemente el terreno ‘abriendo trocha’ al pragmatismo y carisma de los futuros políticos ‘Candidatos’, que hagan posible en un arco de pocos años –cuando las brevas hayan madurado- el advenimiento de los políticos ‘Estadistas’ que honren desde el ejercicio del poder de las diferentes instancias del Estado la culminación exitosa del tránsito histórico de las AUC desde la guerra hacia la paz.

Colombia 2006 está demasiado cerca, ya la tenemos encima.

Colombia 2010 no está tan lejos, y será una Colombia mejor con las AUC participando plena y activamente de la política nacional, se llamen las AUC como se llamen, se agrupen como se agrupen, pero siempre con el norte de Dignidad y Libertad.

Lo que une de por vida a un Pueblo con sus líderes auténticos, no es el nombre ni las características formales de sus organizaciones, ni el color de sus banderas, sino la unidad de sus propósitos, el talante de sus dirigentes y la firmeza de sus convicciones.
Así la veo yo

junio 28, 2005

Igualdad ante la Ley - Los que van por lana y pueden volver trasquilados

Colombia, 7 de marzo de 2005

Por Rubiño

Las conversaciones de Ralito se desarrollan entre el Gobierno nacional y las AUC. No están sentados en la Mesa de la Paz, entre otros, ni las FARC ni el ELN, ni los EEUU, ni los representantes de cientos de millones de consumidores de sustancias adictivas en todo el mundo, ni tampoco los banqueros de la guerra, los socios nacionales y extranjeros de la red internacional de producción y exportación de drogas ilícitas. En Ralito, entonces, no están todos los que son, ni todos los que faltan faltarán eternamente en la Mesa de la Paz.

Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Si el Proceso de Paz en curso es entre el Gobierno y las AUC, la Ley de Justicia y Paz que ingresó en el Congreso no ha sido materia de los Acuerdos firmados entre Gobierno nacional y Autodefensas, y tendrá justificación histórica y política, si tiene éxito en definir el marco legal, consensuado democráticamente, creíble internacionalmente y de obligatorio cumplimiento, para todos las organizaciones armadas al margen de la ley que quieran reincorporarse a la vida civil plena, diciendo adiós a las armas y cesando su participación ideológica, política y económica, en el conflicto armado colombiano.

Es muy sano que se enfatice en la necesidad nacional de desmontar todos los mecanismos y circuitos de clientelismos y corruptelas que permiten funcionar los engranajes de la guerra, pero no es sincero ni resulta ético, que se exija ello sólo a la estructura político-militar-social- económica de las Autodefensas –un caso de paramilitarismo de derecha, si se quiere- como si no existiera también –y desde muchos años antes- en Colombia el paramilitarismo de la izquierda radical, su infiltración en la gestión política de cientos de alcaldías y más de una gobernación, con sus tentáculos bien afirmados, y no tan solapados, en poderosos círculos económicos, políticos y de la llamada sociedad civil, aceitados sin pudor ni límites éticos con lubricación subversiva.

Y si de dineros ilícitos y de tierras malhabidas se trata, ¿cuáles son los dineros lícitos que administran las FARC y el ELN, y quiénes los legítimos dueños de la tierra donde se pudren miles de secuestrados, y se ejercitan en el arte del terrorismo las bandas farquianas y elenas? Sería muy ajustado a derecho y muy humano, además, escuchar de respetables columnistas, politólogos, ONG y en general, simpatizantes del Polo, la izquierda democrática, y del liberalismo de izquierda, originales planteos de validez universal acerca de la aplicación de la Reparación a las víctimas de las guerrillas, particularmente en los casos de secuestro, robo de tierras y extorsión, modus vivendi habitual de las FARC y del ELN, en cabeza de los Marulanda, Jojoy, Gabino, García y compañía.

Se me dirá que ni las FARC ni el ELN están en un Proceso de Paz, lo cual es dolorosamente evidente. Sin embargo, me pregunto: ¿Será que nadie en Colombia se anima a decirles a los comandantes guerrilleros que la Ley de Justicia y Paz que aprobará el Congreso no es solo para los ‘paras’ y se les aplicará también cuando decidan volver a la Mesa de Negociación, que no están ni estarán exentos los comandantes guerrilleros de satisfacer los estándares internacionales de Verdad, Justicia y Reparación?

Me preocupa que en el debate público no se esté mencionando a las FARC y al ELN cuando se habla de endurecer las penas, de que no haya impunidad, de la urgencia humanitaria de volver visibles a las víctimas y de repararlas debidamente. ¿O será que el mundo sólo cambió para las Autodefensas pero sigue igual para las FARC y el ELN?

El País y el mundo han de ser debidamente informados –y el Gobierno nacional y las Autodefensas no pueden ser indiferentes a esto- que el Congreso de la República está debatiendo una ley marco de Justicia y Paz que no está hecha a la medida de uno de los actores armados del conflicto sino hecha a la medida de la importancia que reviste para Colombia bajarle decibeles a la confrontación y ponerle punto final a la guerra, con el abandono del conflicto armado por parte de todos los actores A los efectos de la Ley da lo mismo que el actor que quiera colaborar con la construcción de Paz provenga de las FARC, del ELN o de las AUC. Nada es más contrario a la Justicia que cuando la Ley tiene nombre propio, o no se aplica por igual a todos, o cuando para unos se propicia como castigo la palmadita en el hombro y para otros la guillotina.

Resulta mera bellaquería politiquera la de quienes, cuando se trata de FARC y de ELN, ponen el acento en el Indulto y la Amnistía, el Perdón y la Reconciliación, y cuando se trata de las Autodefensas exaltan la No Impunidad, el Castigo y la Estigmatización. Colombia y el mundo deben comenzar a ver con sus propios ojos quiénes son los amigos de la paz de Colombia, y quiénes son solamente, amigos de los terroristas, de izquierda o de derecha.

Las AUC son los primeros actores armados del conflicto que serán juzgados por los parámetros de la nueva Ley de Reincorporación a la Civilidad, llámese de Alternatividad Penal, Justicia y Paz, o como finalmente se llame, pero no serán los únicos. Tarde o temprano serán las FARC o el ELN, o serán fracciones o disidencias de esas u otras organizaciones armadas ilegales quienes transitarán el camino de verdad, justicia y reparación que hoy se aprestan a recorrer las Autodefensas Unidas de Colombia. También habrá necesidad de contemplar en el marco legal las consecuencias políticas y jurídicas del financiamiento producto de las economías ilícitas. ¿Qué define para una organización armada lo político de su actuación, los estatutos que las rigen, las intenciones que motivan los actos delictivos, o los hechos sociales y políticos que se derivan, dependientes o independientes de esas intenciones iniciales, o de esos estatutos existentes o inexistentes?

No se entiende entonces, por qué desde algunos medios periodísticos y sectores políticos, nacionales e internacionales, se insiste en denominar como ‘ley de los paras’ la ley marco que ha de regular los procesos de desmovilización, reinserción y reincorporación de los integrantes de todas las organizaciones armadas al margen de la ley que decidan cesar hostilidades y comenzar su proceso de negociación política y desarme.

A menos que algunos pretendan que carguen el presidente Uribe, su Gobierno y las AUC con el costo político y humanitario de un vestido pregonado por sus detractores y enemigos como hecho a la medida de los demonios ‘paracos’, mientras que por el correo de las brujas se les hace saber a las FARC y al ELN que aguanten a como dé lugar la ofensiva ‘guerrerista’ de Uribe y desacrediten a como dé lugar su política de seguridad democrática, sugiriendo que para las FARC y el ELN habrá en su momento condiciones inmejorables de cogobierno –ese sí un verdadero vestido a la medida de los ángeles guerrilleros-.

Lo mejor que podría esperarse de Ralito en estos momentos cruciales no son precisamente amenazas de volver al monte si no se aprueba una ley a la medida de los ‘paras’, sino todo lo contrario, compromisos de no levantarse de la Mesa de Paz por nada en el mundo.

Y sobre todo algo distinto -que Colombia y el mundo sabrán valorar positivamente en las Autodefensas-: una invitación de las AUC a los Congresistas para que elaboren, y voten en conciencia y absoluta libertad, la mejor ley de Justicia y Paz, la que no esté hecha a la medida de ningún actor –y mucho menos a la medida de los ‘paras’- sino a la medida de la Paz y la Reconciliación de los colombianos, lo que en palabras sencillas significa: igualdad ante la Ley de todos los actores armados del conflicto.

Que no se asusten las AUC después de haber matado el tigre de la violencia fratricida, con el cuero de la bestia asesina de la guerra a sus pies. Nadie entendería, ni perdonaría, ni en Colombia ni en el mundo, que a quienes entregan las armas se los reciba con vejámenes morales y penas insoportables, y que a quienes insisten con seguir matando y secuestrando se les prometa el oro y el moro –y el cogobierno también.

Este tipo de parto de los montes sí que llevaría finalmente a los comandantes de las FARC y del ELN -y a sus amigos en las sombras- ante el Tribunal Penal Internacional. Entonces veremos cómo, los que hoy van por lana, habrán vuelto trasquilados.
Así la veo yo