octubre 26, 2005

La guerra amenaza ser larga
y sin DIH somos ‘hutus’ contra ‘tutsis’

A la paz de Colombia le hacen falta ‘tercerías de lujo’

Colombia, 26 de octubre de 2005



Así la veo yo (33)


Por RUBIÑO



El Gobierno ha logrado su objetivo de instituir la reelección inmediata. Habrá que ver en las urnas si será Uribe quien protagonice el estreno o, si por esas ironías de la vida, habrá hecho el gasto para que otros disfruten la fiesta. Por allí se los ve a Peñalosa y a Mockus con muchas ganas de bailar.


Está claro que Uribe llegará a la hora de los comicios sin haber ganado ninguna guerra. Eso estaba en los cálculos de casi todos. También está, más o menos claro, que las AUC habrán completado para esa fecha su proceso de reincorporación a la vida civil, si no al 100 por ciento, al menos en un porcentaje considerablemente alto. Esto muy pocos lo veían posible al comienzo de su mandato. Podemos apostar sin temor a equivocarnos que el ELN le dirá que no a Uribe por ‘elenésima’ vez y que ‘Raúl Reyes’ le dará en abril una entrevista más a Yamid anunciando que si Uribe gana las elecciones las FARC ven prácticamente imposible el canje humanitario, y que, en cambio, si César Gaviria los visita tal vez la historia de Pastrana pueda repetirse. Manifestará también ‘Reyes’ que Horacio Serpa puede ganarse su lugar en la historia y que esta vez no lo recibirán a tiros como la última vez.


Ante esta ‘película de horror’ que se avecina –previsible y aburrida- los bloques AUC que aún no se han desmovilizado podrían proponerse ante Uribe como ‘voluntarios’ de guerra dispuestos a ponerse a las órdenes del Estado con la finalidad de que la guerra que se viene no afecte la capacidad productiva y la infraestructura básica de energía, comunicaciones y transporte. Unos diez mil hombres y mujeres pagarían así sus penas alternativas y le darían a la justicia transicional una cuota de realismo y practicidad que no sería sino bien recibida por la mayoría de los colombianos respetuosos del Estado y las instituciones democráticas. Ante un ofrecimiento así no faltarían las caricaturas en El Tiempo y Semana jugando humorísticamente con que las AUC se convirtieron en las AUV. Seguramente, pero es hora de que los colombianos resolvamos nuestros problemas yendo a los contenidos y menos a las formas. Siempre dentro de la legalidad, eso sí.


Hay quienes insisten en ver en el proceso de paz con las AUC un proceso de impunidad, lavado de activos y ‘paramilitarización’ del País. Las ‘supercalificadas’ voces críticas estaban en la misma posición al inicio de los diálogos hace tres años y allí siguen ahora en las vísperas del exitoso final del proceso. Nada ha cambiado en quienes parten de sus ‘medias verdades’, en quienes privilegian su visión sesgada. Allí están firmes en sus búnkers y en sus ‘máquinas de manipular’ los dueños del cuarto poder, los dirigentes del oficialismo liberal, los ‘Petro’ y las ‘Piedad’ de turno, los ‘Molano’, los ‘Pinzón’ y los escribas de ANNCOL, abiertos las 24 horas para ‘vender’ sus recetas de ‘solución política negociada’, y sus elixires de larga vida para la ‘eterna juventud de las guerrillas’. Lo bueno de que se repitan en sus argumentos es que cada vez resulta más sencillo advertir dónde está el dedo en la llaga y dónde está la manipulación. Porque esto también es cierto: ‘no hay herejía que no tenga su parte de verdad’, de lo contrario se desacreditarían demasiado rápido, nadie les ‘pararía bolas’ y perderían su efecto anestesiante.


Veamos lo de la impunidad. Es apenas obvio que lo que la Justicia no pruebe ni condene quedará ‘impune’. No son los periodistas, ni los políticos quienes juzgan y condenan, sino los Jueces. Esto es parte esencial del Estado social de derecho. Lo contrario sería la dictadura de los medios de comunicación, o la dictadura del oficialismo, o de la clase política, cuando no la de los enemigos militares, personales o sociales.


Para contrarrestar esto las AUC podrían manifestar sus verdades de a puño ante el mismo Benedicto XVI en el Vaticano, para que solamente sean conocidas dentro de cien años, o cuando se acabe el conflicto armado, lo que suceda primero. Nadie en sus cabales puede imaginar que un actor del conflicto cuente toda su verdad al mundo cuando la guerra prosigue y lo que uno vaya a decir se convierta ipso facto en argumento para los adversarios políticos, arma para los enemigos guerrilleros y condena a muerte para los suyos. Aquí el criterio sería: Ante Dios no nos podemos mentir, ni callar la verdad, ni decir la verdad a medias. Pero ante los hombres… la verdad sólo hay que decirla en el lugar preciso, cuando sea estrictamente necesario y conveniente para el bien común.


¿De qué lavado de activos estamos hablando en el caso de las AUC? Aquí cabe lo dicho más arriba. Ahora bien, si algún ciudadano, o la gran prensa, o los mismos guerrilleros no creen en la Justicia colombiana pues que dirijan sus críticas –y su aporte de soluciones- a dónde deben dirigirlas. Resulta cuanto menos curioso que en estas materias coincidan, en contra del proceso de paz con las AUC, los dueños del poder mediático con los viudos del poder liberal oficialista y estos a su vez con los ventrílocuos de las FARC y del ELN. ¿De dónde nace tan arraigada animadversión con relación a las Autodefensas? ¿Será que denigrar a las Autodefensas vende en el mundo del periodismo y la publicidad? ¿Será que atacarlas verbal y públicamente produce réditos grandes en el mundo falaz de ‘lo políticamente correcto’?


Para enfrentar esta situación las AUC podrían producir una declaración de bienes ante la DIAN, no a título personal de cada ex comandante, sino a título de la ‘persona jurídica AUC’, organización no gubernamental de hecho. Sobre estos bienes cabría el pago de impuestos si no los ha habido, y también, cabría la entrega de una parte de los bienes e impuestos inherentes para el fondo de reparación colectiva. Aquí el criterio sería declarar que ‘nadie expropió para sí mismo’ pero que la ‘persona jurídica AUC’ sí produjo expropiaciones de hecho no para fomentar ninguna contrarreforma agraria –que jamás estuvo en sus intenciones ni en sus posibilidades- sino para permitir una acumulación de bienes que hiciesen sostenible el desarrollo de sus actividades como actor del conflicto. Conflicto que como todos aprecian hoy va a ser de largo e incierto final. De otra manera no estuviesen saltando al campo de batalla nuevas generaciones de autodefensas. Hecho lamentable –lo de acumular bienes para la guerra- en el que incurren a diario las FARC y el ELN ¿o acaso los territorios que ocupan, o de los que se lucran las guerrillas, lo ha sido por concesión del Gobierno o de la comunidad? Aquí el criterio sería admitir lo admisible para que las AUC no padezcan de por vida las calumnias de sus enemigos ni las insidias de sus adversarios. Y sobre todo para que el concepto de reparación adquiera visibilidad en el cuerpo social y marque un antecedente importante que deban respetar las FARC y el ELN más adelante.


Sobre aquello de la supuesta ‘paramilitarización del país’ tan del gusto de los nostálgicos del ayer, como el ‘desmemoriado’ dueto César y Horacio, también coinciden los mismos con las mismas. Uno ya no sabe quién le copia a quién y dónde radican los intereses que les hacen confluir en las mismas monsergas y difamaciones, que luego amplifican internacionalmente HRW y Amnesty Internacional. Aunque cada vez menos los europeos y los norteamericanos le comen cuento a la dualidad local del establecimiento-contraestablecimiento colombiano. Como si lo que Uribe no ha logrado avanzar en su proceso de persuasión con estos ‘grupos de de-presión internos’, sí lo esté comenzando a lograr, aún tibiamente, con la Comunidad internacional que finalmente se está inclinando por ver con sus propios ojos. Si no fuera así Pastrana no estaría hoy en Washington, y Noemí hace rato que hubiera salido de Madrid. Ambos son políticos, no fakires.


La ‘solución política negociada’ (la panelita que cura todos los males) está cada vez más lejos. Lo de ‘Francisco Galán’ y su ‘Casa de Paz’ es un intento válido, bienintencionado, pero destinado al fracaso. No por la buena voluntad de ‘Galán’ y del Gobierno sino por la ‘inexistencia’ del ELN como actor autónomo del conflicto. En otras palabras, el problema del ELN reside en que ‘tiene patrón’. Es más fácil imaginarse a ‘Galán’ residiendo en Europa, muy próximamente, premiado por su buena fe, que a ‘Antonio García’ firmando su sometimiento a la Ley de Justicia y Paz. A menos que logre ‘Galán’ propiciar que una disidencia del ELN se salga del monte y se aloje con él en la ‘Casa de Paz’. En ese caso, tal vez con un par de habitaciones más sería suficiente, en Colombia o en el exterior.


La ‘solución política negociada’ (el maná que cae del cielo) está cada vez más lejos porque ya la ‘política’ no es lo que rige los comportamientos de las guerrillas. La guerra ocupa todo el espacio que no les quita el gran negocio del narcotráfico, y las cajas menores del secuestro y la extorsión, que exigen más estudios de finanzas capitalistas que de economía política de Marx. La política está desaparecida y es una más de las víctimas del conflicto en las filas de las FARC y del ELN. El discurso político hace años que sobrevive solamente en algunos columnistas que se quedaron en los ’60 y los ’70 sin otro objetivo que abrazarse a la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue. El eslogan de la solución política negociada sí que lo repiten de vez en cuando los cabecillas guerrilleros solo cuando hay Prensa, cámaras, micrófonos o diplomáticos de por medio. Es un tic que no se les ha podido quitar. O algo peor, una mentira que están condenados a repetir. Al mejor estilo del nazi Goebbels los ‘Reyes y los García’ se solazan con su ombligo y creen que una mentira repetida miles de veces se convierte en ‘verdad’.


La ‘solución política negociada’ (vista desde la perspectiva de Uribe) ha sido sustituida por la ‘rendición disimulada pero incondicional’ oculta entre los pliegues de la Ley de Justicia y Paz. Si no hay tal rendición, no habrá tal negociación. Nadie cantará victoria, ni nadie llorará sus penas, pero todos sabremos quiénes habrán perdido.


Pero como en Colombia al menos, ‘perder es ganar un poco’ siempre habrá lugar para ‘Casas de Paz’, ‘Aldeas de Paz’, ‘Albergues de Paz’, que disimulen el orgullo herido y consuelen la libertad perdida por los ex comandantes de uno y otro bando, que al menos por un tiempo habrá que sacrificar, en aras de acuerdos internacionales que algún día habrá que revisar, antes que los colombianos lleguemos al extremo de que sean los europeos y los norteamericanos quienes nos gobiernen. ¿O ya llegamos a esa situación?


Así las cosas, solo cabe esperar la escalada de la guerra hasta que unos u otros hayan vencido en el monte –que es donde se ganan las guerras- o unos u otros se resignen a la ‘mesa de negociaciones’ donde se disimulan las derrotas. De esto saben bastante los ‘Navarro’ y los ‘Petro’. Aunque este último esté convencido que ‘ellos’ siguen la lucha contra el Estado y ahora el Congreso es su Sierra Maestra de la Cuba de Fidel.


Las AUC visualizaron primero que las FARC y el ELN que el ‘empate técnico’ se transformaría en algún momento en una ‘derrota inevitable’. Fueron inteligentes y se anticiparon a sus enemigos, que en su momento deberán aceptar las mismas reglas de juego, o si logran mejorarlas en el futuro, mejorarlas también –muy a su pesar- en beneficio de sus archienemigas AUC. ¿O acaso lo que logren –siquiera hipotéticamente- ‘Galán’ ahora, o Álvaro Leyva más adelante no beneficiará a las AUC? Imposible que no.


Las AUC entraron en la guerra cuando no había otro remedio que entrar y supieron salir cuando aún era el momento. Demostraron más cintura política y mejor respuesta física y mental que las FARC y el ELN.


Bien puede decirse que las AUC ganaron la guerra que les tocó pelear y también ganaron para Colombia la porción de paz que están en condiciones de ofrecer. Tras su inevitable ingreso a la política, cuando llegue el momento de recibir a las FARC y al ELN a la civilidad y a la política, las FARC y el ELN tendrán que pasar por el mismo calvario que hoy pasan los comandantes de las AUC, a menos que sean –vean la paradoja- los ex AUC ‘y su millón de amigos’ quienes alcen su brazo clemente en el Congreso de la Nación.


A menos que prefieran las guerrillas seguir su guerra hasta el final y volverla su medio de vida y de muerte. ‘Cada loco con su tema’ dice el refrán.
De aquí en adelante, aceptada la ‘muerte clínica de la solución política negociada’ tal como la entienden –en su versión chantajista y criminal- las FARC y el ELN, la primera prioridad nacional pasa a ser la libertad de los secuestrados, canjeables o no, políticos o no.


Como la guerra promete ser larga, tocará revisar el concepto de seguridad democrática y comenzar a razonar en términos más concretos y menos etéreos donde quepan metas impostergables –y medibles- en términos de seguridad urbana, seguridad rural y seguridad en las fronteras.


Mientras eso se va logrando el presidente Uribe, o quien lo suceda en 2006, deberán responder al clamor popular e internacional por la libertad de todos los secuestrados. Y esa tarea comienza hoy, no mañana. Uribe dispone de la ventaja decisiva. Es el Presidente en ejercicio –no solo un candidato más. Pero esa ventaja es también su gran desventaja en la medida que no produzca hechos, no demuestre su voluntad y su trabajo característicos, en la dirección de lograr la libertad de todos los secuestrados. Los otros candidatos dirán que no tienen el poder, pero Uribe sí lo tiene.


Colombia y el mundo podrán entender que ante las FARC y el ELN no haya sino la opción de que se sometan a la Ley de Justicia y Paz, o continuar la lucha contra ellas en el marco del DIH y las reglas democráticas. Finalmente, para el mundo civilizado occidental –al que pertenecemos por historia y vocación- la Democracia tiene sus reglas y los enemigos sus castigos establecidos en la Ley. A estos efectos que sean guerrilleros, terroristas, o autodefensas da lo mismo. Se juzgan los delitos en las personas de quienes los cometen, no en función de los calificativos que se les endilguen, o que ellos mismos se atribuyan.


Lo que nadie entendería –y tampoco estaría dispuesto a perdonar- ni en Colombia ni en el mundo, es que el Gobierno colombiano no agotase todos sus esfuerzos para que los secuestrados vuelvan vivos a sus hogares.


Si Uribe no comienza ya a ‘darse la pela’ por la libertad de los secuestrados y logra convencer a propios y extraños, laicos y religiosos, nacionales y extranjeros, que más importante que su reelección es la libertad de los secuestrados, recibirá el castigo en las urnas, pondrá en riesgo su reelección, afectará su gobernabilidad, y lo que es peor: pondrá en peligro el resultado de la guerra y la democracia de los colombianos.


Ante estas perspectivas nada halagüeñas bien hacen las AUC que resisten en la Mesa de Ralito en seguir insistiendo en su derecho a ser escuchados nacional e internacionalmente.


Las AUC no pueden levantarse de la Mesa ni acogerse a la Ley de Justicia y Paz sin que le quede bien en claro a Colombia y al mundo lo que está en juego. Y a ellas mismas lo que les espera dentro o fuera de Colombia.


Si el Gobierno necesita cuatro años más para hacer en ocho lo que no pudo en cuatro, bien pueden las AUC –muy respetuosamente- solicitar el tiempo adicional que consideren necesario, y no morir de vergüenza y arrepentimiento mañana por atarse a los plazos hoy, sino vivir con la cabeza erguida por el resto de sus días.
Mientras tanto, mientras se abre a la mediación de terceros la Mesa de Ralito, que el Gobierno le dedique todas sus energías a conseguir la libertad de todos los secuestrados. Y que el mundo lo sepa, lo palpe, lo vea.


Si no lo hace, todo habrá sido en vano, incluso la desmovilización de las AUC.
La pelota está hoy fuera del terreno de juego de Santa Fe de Ralito. ¿Habrá algunos ‘terceros’ que acerquen algún balón para que el partido pueda continuar?
Y que sean esos mismos ‘terceros de lujo’ quienes reúnan en su misión salvadora los tres ejes principales de la hora presente:

1. Libertad de todos los secuestrados.
2. Santa Fe de Ralito y las AUC.
3. ‘Francisco Galán y su Casa de Paz.

Algunos prefieren dividir los problemas y aislarlos entre sí. Me permito disentir: no son tres problemas distintos. Son tres manifestaciones del mismo problema. Y no son las únicas, claro.


Pero si comenzamos por éstas, aún estamos a tiempo, de evitar la guerra que se nos viene, frente a la cual, las tragedias pasadas habrán sido simples dolores de cabeza.


Así la veo yo.

Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados en

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octubre 18, 2005

El ‘Plan Patriota’ es apenas un ‘Plan Suicida’ si no va acompañado de una ofensiva diplomática a gran escala del Gobierno colombiano

El narcotráfico mundial es la única causa objetiva del conflicto armado

Colombia, 18 de octubre de 2005


Así la veo yo


Por RUBIÑO


Si de decir la verdad se trata digamos primero la más grande de todas: el narcotráfico mundial es, aquí y ahora, la única causa objetiva del conflicto armado colombiano. No le demos más vuelta al asunto ni busquemos otras causas objetivas propias del siglo 19 o del 20. El tercer milenio ya llegó y promete ser largo para perderlo en bobadas.

Si de justicia se trata comencemos por abolir todas aquellas leyes que convierten en delito aquello que bien podría no ser considerado tal –caso del narcotráfico- con fundamentos científicos y múltiples ventajas sociales y económicas debidamente expuestas, sustentadas y cuantificadas ante las Naciones Unidas.

Si de reparación se trata tengamos a bien considerar que entre los estratos 1 al 3 sólo hay víctimas, y que entre los estratos 4, 5 y 6 nadie está exento de alguna culpa y algún impuesto de paz tendrá que pagar si quiere disfrutar su estrato y no padecerlo por algún tipo de inseguridad. No olvidar, además, que el Estado desertor de sus responsabilidades es el gran victimario. El único además que está en condiciones de suscitar y recibir apoyo estatal internacional para pagar sus enormes ‘deudas internas’ con la población colombiana, particularmente con el estrato 1, 2 y 3, en las áreas rurales y urbanas.

Dicho lo anterior aquí va el acertijo para el Gobierno y las AUC en estos tiempos de la enésima crisis: “Dime dónde tienes puesto tu corazón y te diré dónde están tus verdaderos intereses”.

El Gobierno ha advertido a las AUC –con retórica sibilina más propia del oráculo de Delfos que de una ‘negociación de paz’- que solo si hay seriedad habrá credibilidad y solo con credibilidad habrá seguridad jurídica. Algo así como decir: ‘ni sí, ni no a la extradición de los ex comandantes –y las otras ‘vainas’- sino todo lo contrario’. Que tal vez sí o tal vez no. Al fin de cuentas ni los EEUU ni Europa apoyan el Proceso como apoyaron el Caguán. Y Gina Parody tampoco. En esto de la famosa declaración se le fueron las luces al Gobierno. Precisamente cuando más falta hace la luz y la claridad.

Las AUC bien podrían decir –con sabiduría campesina y naturalidad criolla- que si los acuerdos entre las partes no son claros y explícitos –y ante testigos por encima del bien y del mal, a la altura del Papa, del rey Juan Carlos de España, o de Bill Clinton, por ejemplo- nunca habrá credibilidad política nacional –y mucho menos internacional- por la sencilla razón de que no existirán elementos objetivos que medir sobre los cuales los ilustres testigos puedan dar fe del cumplimiento de lo acordado.

Se equivocó feo el embajador de EEUU cuando ‘decretó’ antes de tiempo –hace 90 días- el final de Santa Fe de Ralito. Pero también se equivocaron quienes permanecían sentados en la Mesa –Gobierno y AUC- al intentar llevar a la práctica aquella recomendación. Es hora de que no solo se facilite a ‘Adolfo Paz’ volver a la Mesa sino que la Mesa vuelva a funcionar. Entre otras cosas, para ‘descongelar’ las desmovilizaciones pero también para comenzar a preparar los Acuerdos Finales de Paz todavía sin escribirse, los mismos que deberán ser firmados con todas las de la ley, si quieren merecer la aprobación nacional e internacional y el consiguiente seguimiento y evaluación. Porque la Ley de Justicia y Paz podrá caerse en la Corte Constitucional, o en el mismo Congreso ser remendada hasta convertirse en su opuesto, pero los Acuerdos Finales de Ralito han de ser Palabra Sagrada entre las partes, ante Dios, Colombia y el mundo.

De la crisis no se puede salir con ganadores y perdedores entre las partes. La ganadora debe ser la Mesa de Negociación, la metodología adelantada en Ralito por tantos meses y abandonada durante prácticamente todo el 2005, vaya a saber Dios por cuáles razones. Lo malo no son nunca las ‘filtraciones’ ni los ‘golpes sobre la mesa’. Lo realmente malo es que no haya nada que filtrar porque ni siquiera hay ‘mesa’ ni comensales, ni invitados. Quienes pensaron que habría boda en secreto y fuga clandestina de los novios se equivocaron. Habrá boda formal, habrá ceremonia, habrá compromisos y habrá testigos. Ojalá también haya amor, porque si solo hay política, no pasará de un ‘matrimonio de conveniencia’, de esos que pueden servir para obtener la visa, pero nunca una alianza de mutuo respeto. Al menos yo quisiera esperar esto, porque de otro modo solo cabe esperar lo peor.

La cuestión de la ‘seguridad jurídica’, en cambio, no tiene remedio sino en el campo de la fe. En sí mismos y en Dios, quienes creen en Dios. La misma fe que tuvo en su momento Salvatore Mancuso –sin la cual jamás se habría desmovilizado. La enorme fe que tuvieron Vicente Castaño, y el mismo ‘Adolfo Paz’ y los demás comandantes de las AUC ya desmovilizados. La ‘seguridad jurídica’ no existe. Ni el mago que la saque de la galera. Quien la busque más allá de unas mínimas garantías legales solo encontrará el desierto y las tormentas de arena. La tan mentada ley de Justicia y Paz puede ser vuelta añicos en poco más de un par de sesiones de la Corte Constitucional, incluso en menos. Por eso nadie tiene que sorprenderse si las AUC están dispuestas a desmovilizarse pero no a inmovilizarse. Entregan sus armas pero no sus genitales, ni su inteligencia.

Es bueno que el Estado Mayor Negociador de las AUC se convenza a sí mismo que así como tuvo el valor de enfrentar a las guerrillas cuando el Estado desertor tenía abandonados a los colombianos, hoy es el día de confiar en sí mismos otra vez –esta vez para la paz- y de dedicar todas sus horas a ganarse el corazón de los colombianos y colombianas. En el corazón de millones de compatriotas reside la única seguridad que vale la pena, no la seguridad jurídica que son papeles que trae y lleva el viento –o los Gobiernos de turno, que no es lo mismo pero es igual- sino la seguridad de los sentimientos nobles y las manos amigas.

Si alguien osara en el futuro traicionar los acuerdos de paz tendría que vérselas con esos corazones y sentimientos y esas manos amigas. No hay mejor política que la que echa raíces en el Pueblo, ni mayor garantía que haberse ganado el corazón de la gente. Y esto hasta el último suspiro de vida.

El proceso de paz con las AUC no puede volver hacia atrás –y en este sentido es irreversible. Pero el proceso de paz con las AUC sí puede romperse –y en este sentido no es irrompible. La diferencia es sutil y significa que la Historia no tiene reversa; sin embargo, el futuro está en continua gestación y es pura creación, pura posibilidad. Ningún determinismo histórico asegura el triunfo de las guerrillas; pero también es cierto que ningún gobierno ha hecho durante suficiente tiempo, lo suficiente por derrotarlas. Y si se lo ha propuesto no lo ha puesto en práctica. No suena descabellado pensar que cuatro años más de ‘Uribe presidente’ tampoco alcancen la meta de acabar con las guerrillas. Si más de tres años de ‘seguridad democrática’ no han servido para acabar ‘con lo que queda del ELN’ nadie puede asegurar –en su sano juicio- que cuatro años más acabarán con las FARC. A menos que alguien tenga el dato irrefutable –la gran primicia- de que los EEUU y Europa utilizarán sus multinacionales para producir y comercializar cocaína, ‘desmovilizando’ el gran negocio que las leyes han creado con su puritanismo no exento de vanas y desmedidas ambiciones.

En el gran negocio del narcotráfico mundial reside la única ‘causa objetiva’ del conflicto armado colombiano. El conflicto armado colombiano es apenas un ‘daño colateral’ que padecen los colombianos. Si queremos ser ‘serios’ no nos digamos más mentiras. Y solo si no decimos más mentiras seremos finalmente ‘creíbles’. No sé si por decir la verdad y ser creíbles tendremos ‘seguridad jurídica’ pero al menos la inseguridad no será tan mentirosa y cobarde. Con razón –y porque era conciente de las dificultades humanas- Jesucristo aseguraba que ‘la verdad nos hará libres’. Seguramente intuía en su divina sapiencia que los seres humanos anhelamos la libertad pero no siempre estamos dispuestos a pagar el precio que tal libertad supone.

Es discutible hoy –y no resiste ciencia alguna- que sean la miseria y la exclusión política de las mayorías la ‘causa objetiva’ de la que han nacido y perduran las guerrillas. Tiende a prevalecer en estos tiempos el argumento contrario: son las guerrillas, con su extremismo militarista y su desborde terrorista, quienes impiden la paz donde florezca la economía y sea posible la ampliación de la democracia. Lo que sí es cierto es que la ‘causa subjetiva’ de quienes deciden irse al monte y desatar la guerra reside en la voluntad de los líderes guerrilleros. Voluntad libre que escoge un modo de vida y un riesgo de muerte donde prima lo propio sobre lo ajeno, los individuos sobre la sociedad. Se pueden remediar, someter a la crítica y quitarle sustento a las ‘causas objetivas’ pero las ‘causas subjetivas’ permanecen incólumes ya que radican en la libertad del ser humano. Por esto mismo el argumento del Gobierno pretendiendo que el ‘acuerdo humanitario’ se someta al compromiso de los guerrilleros liberados de no ‘volver al monte’ es contradictorio y falto de ética republicana. Es como si las FARC pusieran la condición de que Íngrid Betancur no haga política en contra de las guerrillas y que ninguno de los secuestrados firme jamás una declaración contra el secuestro, ni mucho menos se vaya a convertir en informante, ‘autodefensa’ o ‘soldado campesino’.

Lo que hagan los guerrilleros con su libertad –mientras estén libres, o hayan sido liberados- es su responsabilidad y su riesgo. Así funcionan las democracias, en un marco de incertidumbre, es cierto, pero privilegiando siempre la libertad. Y aplicando los castigos de las leyes cuando se cometen delitos.

Traigo a colación el asunto de la libertad y su correlato de responsabilidad personal y social porque suelen menospreciar los analistas políticos del conflicto la cuestión de las ‘causas subjetivas’. Son precisamente las ‘causas subjetivas’ –a diferencia de las ‘causas objetivas’- las que por estar encarnadas en los individuos son más reacias a ser abandonadas. De alguna manera se han incorporado al ser y despojarse de ellas es como partir, ‘morir un poco’.

Si la única razón objetiva del conflicto armado colombiano es el negocio del narcotráfico, y su ‘legalización’ posibilidad abierta solamente a EEUU y las grandes potencias occidentales ¿tiene sentido que Colombia se desangre inútilmente? y se descapitalice económicamente destinándole tantos recursos a la guerra sin al menos, iniciar paralelamente, una ofensiva diplomática gigantesca –la más grande de la historia nacional- para que el narcotráfico sea declarado un negocio legal (alternativa 1) y, mientras eso se decide, instrumenta y aplica –sean los recursos internacionales de EEUU, las potencias occidentales y Naciones Unidas- quienes se hacen cargo del costo de esa guerra en Colombia (alternativa 2).

Porque cuidado, quienes viven obsesionados por la ‘paramilitarización’ del país no ven, o no quieren ver, que mientras exista el narcotráfico ilegal enquistado en Colombia no sólo existirán las FARC, ELN & Co., sino también las debilidades y corruptelas del Estado y la Justicia colombianos sin las cuales ni el narcotráfico ni las guerrillas podrían existir.

El asunto es así: Mientras haya negocio ilegal de narcotráfico en EEUU y Europa, habrá guerrillas dizque ‘revolucionarias’ en Colombia, y un pueblo entero puesto en condiciones de ‘delinquir’ o ‘hacer como que no ve’ –¿o emigrar? En estas condiciones nunca habrá suficiente Estado social de derecho para cubrir íntegra e integralmente el territorio nacional.

Es en este caos donde germinan las ‘causas objetivas y subjetivas’ de las autodefensas.

Que nadie se sorprenda entonces de las nuevas generaciones ‘paras’ que ya vienen asomando. Mucho menos quienes no quieren –ni dejan- poner de pie al Estado colombiano, preocupados como están por sus curules, o por ganar ante los ojos de Amnesty International o de Wall Street, lo mismo da.

El día en que Colombia se vea a sí misma con ojos colombianos ese día será otro día, y la Independencia habrá tenido sentido finalmente para sí y para el mundo.
Con Colombia se podrá siempre contar, pero ya no para ‘jugar’ con ella y, mucho menos, ahogarla en sangre.

Seamos serios, ni más faltaba, pero también seamos claros.

Así la veo yo.

Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados en www.salvatoremancuso.com

octubre 12, 2005

Al Proceso de Paz no le falta seriedad: lo que le falta es claridad

Respetar, valorar y vivir el presente sin ‘fugarse’ hacia el pasado o el futuro
Colombia, 12 de octubre de 2005

Así la veo yo


Por RUBIÑO


El pasado ya pasó, el futuro tal vez nunca llegue. Se trata de vivir el presente sin ‘rabos de paja’ ni ‘falsos remordimientos’; sin complejos de culpa, ni de superioridad; sin bajones de autoestima; sin pensar que todo lo de afuera es bueno, ni que todo lo de adentro es malo. Vivir el presente; no matar, ni el presente ni las personas, de eso se trata, finalmente. Si es que estamos hablando de paz, y no de guerra.

¿Quién iba a decir hace pocos meses que hoy ‘Galán’ estaría alojado en la ‘Casa de Paz’ y que hoy ‘Paz´ estaría alojado en la ‘Casa de Galán’? Ambos están caminando en la misma dirección, alejándose de Cómbita y marchando hacia la reconciliación. Ni siquiera es una cuestión política, es una cuestión humana, de pura humanidad.

Negar el conflicto armado es negar la realidad. Una cosa es tener respetables ideas acerca de la realidad y otra cosa es la realidad en sí misma.

Sin embargo, el reconocimiento de la existencia del conflicto armado no significa admitir –como algunos creen- que su única salida sea la ‘solución política negociada’. En el caso del actual Gobierno y de las amplias ‘mayorías uribistas’ la ‘solución pública negociada’ está tremendamente desacreditada.

La expresión ‘solución política negociada’ ha ido tomando rumbos distintos y hasta antagónicos. Mientras para las FARC y el ELN significa que el Estado y las organizaciones armadas ‘insurgentes’ se sientan a negociar en un plano de igualdad para acordar la transformación del Estado –y de la misma sociedad-, para el Estado y buena parte de la sociedad ello significa apenas el cese al fuego y de hostilidades, la concentración, el desarme, y la desmovilización y reincorporación a la vida civil de los alzados en armas sin privilegios de ningún tipo, ni políticos ni jurídicos, mucho menos militares.

El mundo de distancias entre El Caguán y Santa Fe de Ralito no lo hacen las diferencias políticas resultantes entre Pastrana y Uribe, ni las que existen entre las FARC y las AUC. La diferencia sustancial reside en la concepción misma del significado que se le atribuye al concepto de ‘solución política negociada’.

Mientras que en la apreciación de las FARC y el ELN la Ley de Justicia y Paz es solo una ‘ley de impunidad’ hecha a la medida de los ‘paras’ e inaplicable para las guerrillas, para el Gobierno y los ‘uribistas’ esta ley tiene alcance universal –para guerrillas y autodefensas- y constituye el equilibrado fiel de la balanza entre justicia y paz, entre verdad y reconciliación, entre daños ocasionados y reparación a las víctimas.

Entre la posición de las FARC y del ELN y la posición del Gobierno cabe una diversificada gama de matices, donde unos se inclinan más hacia lo que pregonan las guerrillas y otros se acercan más a la posición del presidente Uribe. El debate está en curso y apenas en sus comienzos.

A decir verdad, el Gobierno nacional no ha dicho expresamente aún que la ‘solución política negociada’ es un camino obsoleto e inviable, y que según su concepto no significa otra cosa que el sometimiento a la ley de Justicia y Paz y su reglamentación.

Sin embargo, el Gobierno nacional ha utilizado el proceso de paz con las AUC para hacer pedagogía –teórica y práctica- en Ralito, en el Congreso y en todas partes –también en el exterior- acerca de que no hay nada que negociar entre el Estado legal y legítimo de todos los colombianos y las organizaciones armadas ilegales alzadas en armas, revolucionarias o contrarrevolucionarias, lo mismo da. Que tales organizaciones armadas ilegales sean además consideradas como terroristas no hace aquí al fondo de la cuestión. El fondo de la cuestión es que el Estado democrático es legítimo por sí mismo, y todo aquel que cuestiona su legitimidad con el alzamiento en armas se pone ipso facto por fuera del sistema constitucional y por lo tanto no merece, ni puede recibir, el ‘premio’ de una negociación política. Esto vale para las guerrillas, para las autodefensas y también –obviamente- para las fuerzas armadas estatales.

Quienes todavía piensan que Uribe tratará de manera diferenciada a unos y a otros están muy equivocados. Mientras Uribe sea el presidente, y su Gobierno logre cultivar con éxito, en el cuerpo social y político de los colombianos, la incompatibilidad esencial, la lucha dialéctica y armada entre legitimidad democrática y amenaza terrorista, la renovadora visión ‘uribista’ del conflicto armado interno estará más y más arraigada, incluso entre sectores de izquierda hartos de la intransigencia de las FARC y del ELN que tanto los ha perjudicado en su trabajo de acumulado político para la construcción de ‘nueva izquierda’ democrática. Para estos sectores de izquierda en la superficie legal, las FARC y el ELN se han ido convirtiendo cada vez más en lastres pesados de soportar y cada día más imposibles de ‘justificar’. La combinación de todas las formas de lucha ya no es sostenible ni defendible. La experiencia dual y trágica de la Unión Patriótica no puede repetirse ni alentarse, ni por sus creadores ni por sus destructores. El ‘doble discurso’ y la ‘doble moral’ ya no dan para tanta elasticidad oportunista, ni para tanto malabarismo verbal. Si esto ya es evidente por el lado de la derecha –y las AUC lo están sintiendo en carne propia en su tortuoso proceso de reincorporación a la sociedad- también lo es, y lo será cada vez más palpable, por el lado de la izquierda –donde los choques entre Lucho Garzón y el Polo Democrático a raíz del tema ‘valorización’ en Bogotá son apenas la punta del iceberg.

En este campo de la contradicción a superar entre ‘Democracia y Lucha armada ilegal’ no los veo tan alejados en estos días a Lucho Garzón de Uribe, ni a Gustavo Petro de Luis Carlos Restrepo. Al representante Petro lo veo, incluso, inclinado a ‘ponerle más dientes’ a la reglamentación de la ley de Justicia y Paz –no solo pensando en las AUC sino también en las FARC y el ELN. Esto último se abstiene de decirlo respecto de las guerrillas, tal vez con la esperanza política de no tener nunca que decirlo -por sustracción de materia- al intuir que ni las FARC ni el ELN se ‘someterán’ jamás a ‘negociar’ bajo estas condiciones.

Petro sabe que es ‘dueño de las palabras que calla y esclavo de las que pronuncia’. Por eso sabe muy bien contra quienes puede hoy irse lanza en ristre y contra quienes no. Con ello aparece incongruente pero salva la vida y preserva su libertad. No evita lanzar dardos envenenados contra las AUC cada vez que le viene en gana, pero se cuida muchísimo de decir cosas que sabe no pueden sino producir irritación –y algo más- en las FARC y el ELN.

El Gobierno ha utilizado –y tal vez abusado-, del nuevo modelo de ‘negociación’ con las AUC al aprovecharlo para enviarle mensajes a las FARC y al ELN, de tal manera que sepan a qué tendrán que atenerse. Éstos se desentienden de Ralito y no acusan recibo, así se vayan hundiendo, hasta el cuello, con más y más delitos atroces y crímenes de lesa humanidad, que ni sueñen con que los Garzón, los Navarro y los Petro les van a ‘acolitar’ más adelante. Ni hablemos de Uribe y los ‘uribistas’.

Aquí llego a lo medular: mientras el Gobierno nacional tiene puestos sus ojos en un faro orientado hacia adelante, y cada paso que da con las AUC lo va dando también en función del futuro con las FARC y el ELN, las AUC pareciera por momentos que insisten en poner sus ojos en el espejo retrovisor, pensando con el deseo que el Gobierno haga lo mismo que anteriores gobiernos hicieron con el EPL, el M-19, la Corriente de Renovación Socialista, el Quintín Lame y las propias Autodefensas de primera generación.

Este choque de visiones entre los equipos negociadores del Gobierno y las AUC puede transformarse en un choque de trenes –de consecuencias trágicas- si ambas visiones no se concilian rápidamente.

Si unos miran en exceso hacia atrás, y otros miran en exceso hacia adelante incurren a la larga en el mismo error: dejan de lado el presente, con sus grandes e inocultables limitaciones y con sus todavía amplias y abiertas posibilidades.

Las AUC, porque insisten en medir los resultados obtenidos con el rasero de los modelos de negociación del pasado, lo que les hace menospreciar las realistas y convenientes ofertas del Gobierno; el Gobierno, porque actúa como si el único sentido de esta negociación fuera utilizarla como rampa de lanzamiento de mensajes duros a las FARC y al ELN que los hagan caer en la cuenta del borde del precipicio sobre el que están situados. En el primer caso, los mensajes son del tipo: “si Navarro y Petro pasaron del monte a la política sin pasar por la cárcel ¿porqué nosotros sí tendremos que pasar por centros de reclusión?” En el segundo caso, los mensajes son del tipo: “vean cómo trata hoy el Gobierno a sus ‘amigos’ ‘paracos’, e imaginen cómo tratará mañana a sus ‘enemigos’ ‘guerrillos’”.
Así ambos –Gobierno nacional y AUC- por caminos diferentes minan la necesaria confianza mutua y evitan lo que resulta esencial para sus intereses: darle certezas y claridades al interlocutor en la Mesa y fuerza interna y externa a los acuerdos entre las partes.

¿Cómo puede entenderse que a esta hora de las negociaciones no exista claridad sobre si la fecha límite del 31 de diciembre de 2005 –en cuanto a desmovilizaciones- va a ser respetada o no, cuando ya han pasado más de dos años de la firma de los Acuerdos de Ralito? ¿Cómo puede entenderse que al día de hoy los comandantes de las AUC no tengan la certeza acerca de que no van a ser extraditados, ni entregados a jueces extranjeros?

La cuestión central no es si Cómbita o Itagüí. Ni siquiera si se trata de negociación, concesión de gracias o sometimiento a la Ley. Ya está claro que la era de la solución política negociada es cosa del pasado.

La cuestión central sigue siendo: La Paz o la Guerra.

O visto de otro modo: Las razones de Estado propias o ajenas.

Así la veo yo.

Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados también en
www.salvatoremancuso.com

octubre 04, 2005

Por la pronta y merecida libertad de ‘Adolfo Paz’ La política debe ganarle la batalla decisiva a la guerra

Colombia, 4 de octubre de 2005

Así la veo yo


Por RUBIÑO

Por ahora priman la sorpresa y el desconcierto pero pronto se verán por doquier, sobre las paredes y en las pancartas, también en las autopistas de internet, los pedidos de libertad por ‘Adolfo Paz’, convertido por los azares de la política nacional e internacional, en el preso político emblemático de las AUC. Esto puede darle un vuelco no solo al proceso de paz con las AUC sino también a la visión que desde el exterior se tiene sobre su seriedad y sus alcances.

A Dios le pido porque las AUC no sientan lo de ‘Adolfo Paz’ en Cómbita como una ‘puñalada por la espalda’ –algo más grave que el incumplimiento de lo acordado en la Mesa-, sino como otro desafío que hay que superar. La hora requiere que se hagan supremos esfuerzos por su pronta ‘libertad condicional’ y la de todos aquellos que –guerrilleros o autodefensas- quieren construir la paz.

El Gobierno nacional tiene sus razones y medita también sobre sus costos políticos. Es inevitable. Y sería carente de realismo pedirle al Gobierno lo que el Gobierno no puede dar.

Sin embargo, Colombia no puede estar condenada a la guerra por la debilidad de sus Gobiernos. Colombia tiene que hacerse oír en el mundo de tal manera que el mundo entienda finalmente sus razones.

Cuando las AUC aceptaron el llamado del Gobierno nacional a entablar negociaciones de paz sabían que las dificultades serían enormes. Andrés Pastrana, conservador de estirpe -en las antípodas de la ideología que dicen tener las FARC- pudo darse el ‘lujo’ de ser generoso con las FARC. A nadie se le iba a ocurrir pensar que se trataba de complicidad. ¡Qué va!, lo de Pastrana fue tenderle la mano al hasta entonces ‘enemigo’. Álvaro Uribe -quien comparte buena parte del universo ideológico de las AUC (las cuales han sido pre-uribistas desde su nacimiento)- no puede darse siquiera el ‘lujo’ de tener una mínima consideración con las AUC –ni hablar siquiera de visitarlas en Ralito-. Eso sería visto como complicidad, y por lo visto, de ahí a estar en Cómbita –incluso para el hoy Presidente- hay un paso. Para empujarlo no faltarían los Petro, Córdoba, Amnesty, Vivanco y compañía. Como vemos, ‘lo políticamente correcto’ acompañó a Pastrana hasta el final del Caguán. Por el contrario, Uribe carga desde el comienzo con el peso de lo ‘políticamente incorrecto’. Y no habrá Cómbita que cambie las cosas, porque así funciona el mundo de la política.

El 11 de septiembre de 2001 marcó un antes y un después definitivos en la consideración de la violencia organizada ‘paramilitarmente’ –de izquierda o derecha- utilizada como arma política. Aunque algunos insistan en lo contrario la realidad es que de aquí en adelante las armas juegan en contra, no solo de las AUC, sino también de las FARC y del ELN.

Hoy las AUC se anticipan al tratamiento que también recibirán las FARC y el ELN, así como las antiguas y nuevas fuerzas que se sumen al conflicto armado colombiano desde la ilegalidad.

Haber sido las AUC los primeros ‘negociadores políticos’ de la nueva época –post 11 de septiembre de 2001- las enfrenta crudamente con el efecto contrario al deseado, al haberse invertido las agujas de la Historia. Ahora, quienes proponen la paz y piden las concesiones consiguientes, reciben el tratamiento duro, no la palmadita en el hombro que recibieron al desmovilizarse el EPL, el M-19 y la Corriente de Renovación Socialista o el Quintín Lame. O los guerrilleros de Centroamérica.

La era de las negociaciones políticas con los guerrilleros, ‘contras’ o autodefensas se terminó. Lo sienten en carne propia las AUC, pero también lo sentirán en su momento las FARC y el ELN. Con Uribe o sin Uribe, porque esto no se lo inventó Uribe, ni morirá con él. Que no se engañen los amigos de las FARC y del ELN enlodando el proceso de Uribe con las AUC. Están escupiendo hacia el Cielo y esa saliva les caerá en la cara en su debido momento. Ningún colombiano olvidará los palos en las ruedas de la paz atravesados en la Mesa de Ralito.

Las condiciones que presenta la ley de Justicia y Paz son todavía benévolas si las evaluamos en función de lo que vendrá después. Quienes recomiendan al ELN y a las FARC esperar un régimen legal más benigno, o no saben lo que están diciendo, o persiguen el propósito de ‘monopolizar’ la izquierda democrática colombiana ahuyentando a los guerrilleros hacia el monte. Lo mismo pretenden algunos con las autodefensas, en este caso, con el perverso propósito de que sigan siendo éstas quienes suplan las todavía inocultables deficiencias del Estado a la hora de llevar a la práctica su loable –pero todavía falto de madurar- concepto de seguridad democrática.

El resultado es que el terrorismo seguirá haciendo de las suyas en los diversos rincones de Colombia. Las razones de guerra se impondrán sobre las razones de paz. Y no habiendo perdones ni consideraciones especiales para quienes dejen las armas, el incentivo por seguirlas empuñando seguirá primando. Al menos mientras exista el narcotráfico en la categoría de descomunal negocio y las debilidades del Estado sean tan ostensibles en vastas zonas del País.

La dirección de la coyuntura indica recrudecimiento de la violencia, crecimiento de las hostilidades y golpes muy duros a la credibilidad de los gobernantes que prometan una pacificación total e inminente.

Estas perspectivas no deben cambiar el rumbo de las AUC en la antesala de su desmovilización total, pero deben servir de acicate para redoblar sus esfuerzos en la dirección política. No se trata de ser dogmáticos –ni demasiado visibles ni previsibles a los ojos de los enemigos- sobre los caminos a seguir, pero sí se trata de ser pragmáticos y consecuentes con los postulados que movieron a sentarse en la Mesa de Negociación, aun a sabiendas que los tiempos no serían de negociación sino de imposición, y la ñapa mínima de alguna que otra gracia que el Gobierno y el Congreso estuvieran dispuestos a dar.

Dejen las AUC que la violencia siga su curso sin pretender detenerla un solo día más por vías ilegales y trabajen día y noche por el fortalecimiento del Estado y la democracia. Abandonen la idea de suplir al Estado y conviértanse en defensores de la sociedad desde lo civil. Ábranse caminos en la política y lleguen por vías democráticas e inobjetables a conducir los resortes del Estado.

De ahora en más el poder de las AUC será inversamente proporcional a las armas que manejen y será creciente en la medida en que interpreten fielmente el clamor de la sociedad por paz, democracia, crecimiento, bienestar y seguridad.

Cuando finalmente las AUC –mal que le pese a sus detractores y enemigos- sean fuertes en los Gobiernos nacionales y departamentales, regionales y locales, será el momento de volver a enfrentarse con la subversión armada y con lo que quede de las FARC y del ELN en pie de guerra. Volverán a encontrarse con la subversión remanente pero será desde el Estado y con los votos de los colombianos y las armas de la institucionalidad.

Para entonces –dramáticamente- habrán muerto millares de colombianos más, millares de colombianos que nunca imaginaron que el 11 de septiembre de 2001 y el negocio del narcotráfico serían fatales para Colombia y sus procesos de paz. Se clausuraron las vías de los procesos de paz al poner como destino de los jefes desmovilizados la cárcel, y como consecuencia se ha escalado una lucha a muerte contra guerrilleros y autodefensas. De la otra parte los guerrilleros se abrazaron más fuerte que nunca antes al narcotráfico. Y las nuevas generaciones de autodefensas ilegales tendrán fatalmente que hacer lo mismo. Porque, además, tampoco se abren las compuertas para negociaciones de sometimiento con los ‘narcos’. Es decir, todo va en la dirección de la guerra interminable. Y es para eso que habrá que estar preparados. No con armas los civiles, pero sí con política, y de la buena, que hará mucha falta.

Solamente las AUC produjeron el milagro en Colombia de ofrecer y dar la paz en medio de la guerra. Y se mostraron dispuestas a entregar, unos tras otros, todos sus fusiles, en condiciones más desventajosas que nunca antes un actor armado del conflicto. Pero este milagro difícilmente se repetirá. Los comandantes Castaño, Mancuso y ‘Adolfo Paz’ entre otros de las AUC, no son fáciles de replicar ni en las guerrillas ni en otras autodefensas. Las AUC hubiesen podido avanzar en lo suyo, descartar el inicio de negociaciones de paz y hoy las AUC se hubieran convertido en un dolor de cabeza tremendo no solo para Colombia sino también para Latinoamérica. Porque poderosas en lo económico y en lo militar, valientes frente a la criminalidad de las guerrillas, realistas ante la ausencia de pies sobre la tierra de las izquierdas y creativos ante la debilidad pusilánime de los Estados, una fuerza diferente de orientación cristiana y valores antagónicos respecto del marxismo y del capitalismo salvaje hubiese sembrado vientos que difícilmente no se habrían convertido en tempestades. Afortunadamente no fue así, pero lo que un día se insinuó bien podría concretarse con otros nombres pero en la misma dirección. Para evitar esto la política debe ganarle su batalla a la guerra.

Por fe en Colombia y voluntad de paz, ‘Adolfo Paz’ se sentó en la Mesa de Negociaciones y está hoy en la cárcel. Y por esa actitud de confianza en el diálogo y los acuerdos de Ralito corren el mismo riesgo otros comandantes de las AUC en idéntico calvario que ofende la razón y el corazón, y todavía estamos a tiempo de que sea enmendado.

No pasará mucho tiempo –no más del establecido en la Ley- antes de que todos los condenados en virtud de Justicia y Paz vuelvan a la libertad. El proceso de paz está obligado a dar seguridad jurídica, si no quiere desnaturalizarse por obra de sectarios y revanchistas. Primero, porque la ley de Justicia y Paz está para ser cumplida por unos y por otros, y segundo, porque el Pueblo colombiano está harto de morir en guerras ajenas, camufladas de revolución socialista, o de moralismo puritano, lo mismo da.

Hay una sola forma de frenar el desangre que se viene y es que los guerrilleros que sigan siendo guerrilleros y no se hayan convertido en otra cosa peor -sean de las FARC y del ELN- unan su voluntad de paz a las AUC desmovilizadas, y a quienes quieren salirse del infierno del narcotráfico, para que el Gobierno nacional pueda decirle al mundo que Colombia no merece y no quiere más guerras, y exige para ello un tratamiento distinto, acorde con sus problemas concretos y sus soluciones viables. Cómbita puede transformarse entonces –interinamente- desde hoy mismo, en una verdadera Casa de Paz, en algo que transmute el castigo en reconciliación, y el resentimiento en propuesta de unidad para la paz.

Sin embargo, no podemos ser optimistas en esta materia si queremos ser sensatos y alertar sobre las amenazas terroristas que se ciernen sobre Colombia.

Amenazas terroristas que duplican su daño ante las todavía manifiestas debilidades del Estado y de la sociedad.

Sobre esas debilidades del Estado y de la sociedad deben intentar las AUC desmovilizadas centrar su naciente actividad política legal
Finalmente, serán el Estado y la sociedad quienes prevalezcan sobre las amenazas terroristas.

A las AUC, que hoy se sienten traicionadas y dudan si la Paz es posible, hay que decirles que volver a la guerra es apostar a perdedores, mientras que ingresar a la legalidad civil es apostar a ganador.

Así ganarán finalmente su merecida libertad, no sólo ‘Adolfo Paz’, sino todos los colombianos honestos, pacíficos y de buena voluntad.
Así la veo yo.

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