diciembre 13, 2005

Uribe y las AUC: dos fenómenos políticos distintos y exitosos

La necesidad imperiosa de ‘revolucionar’ la política colombiana


Colombia, 13 de diciembre de 2005


Así la veo yo



Por RUBIÑO


Llegados al umbral de las Fiestas de Navidad y Fin de Año, se completan hoy las primeras cuarenta ‘columnas semanales de Rubiño’ que, desde marzo, se fueron jalonando, unas tras otras, discurriendo sobre la realidad incontrastable del fenómeno político más sorpresivo -también más desconocido y estigmatizado- de los últimos veinte años en Colombia: las AUC.

Es el tremendo éxito de las AUC, como organización político-militar, lo que explica las invectivas de sus enemigos guerrilleros y los venenos que destilan los ´pro-guerrillos de superficie’, en la prensa y por internet, en contra de los ´paras´. Ni qué hablar de aquellos políticos ‘tradicionales-tradicionales’, y ‘tradicionales-independientes’, o ‘ex guerrilleros-ya tradicionales’, que se desvelan pensando en cómo cerrarle el camino a la inédita competencia que se les viene ‘piernas arriba’ por parte de los desmovilizados comandantes de las AUC y sus ‘cuadros’ políticos y bases sociales.

Hay una cifra –la del famoso 35 % que lanzara Salvatore Mancuso en 2002 y sobre cuyos hilos tejiera políticamente Vicente Castaño en su reportaje de este año a SEMANA- que les ha quitado el sueño durante todos estos años a tantos ‘mercaderes de la política’. Porque la cifra puede ser correcta o puede ser solo ‘cañazo’ pero lo evidente políticamente es que ha resultado creíble y, sobre todo, ha dado en el blanco.

Algunos dirán que el fenómeno Uribe también ha sido sorpresivo y contundente y que su éxito supera en mucho lo que hasta aquí han logrado alcanzar las AUC. Es que una cosa es subir las escaleras por la alfombra roja y liberal de los caminos de la legalidad política, y otra, bien distinta, es hacerlo desde el infierno de los condenados a la guerra y desde el bando de los ‘excomulgados’ por la izquierda colombiana y mundial. Resulta evidente que ambos –Uribe y las AUC-, no son santos de la devoción de las izquierdas, sino todo lo contrario. Sin embargo, a pesar de ser emblemas de lo que César Gaviria llamaría ‘la nueva derecha’, Álvaro Uribe y las AUC, son fenómenos llamados a ‘revolucionar’ la política colombiana y a dejar huellas imposibles de soslayar de aquí en adelante. Incluso bien puede suceder que habiendo partido de orígenes tan diferentes y de lugares tan distintos de la geografía política colombiana no pueda descartarse –en todo caso después de 2006- que los caminos del futuro ex presidente Uribe –algún día lo será- y las ex AUC –ya completamente desmovilizadas- hallen más puntos de encuentro que los muy pocos y espinosos de la Mesa de Ralito, y más motivos de coincidencias ideológicas y programáticas que las casi nulas habidas durante el Proceso de Paz.

Mientras el fenómeno Uribe y su sintonía favorable con la Opinión pública no puede calificarse precisamente de un éxito organizacional sino de un caso excepcional de carisma y liderazgo personal, el fenómeno de las AUC –exitosas en la guerra y pioneras en la construcción de paz- es un caso poco estudiado todavía de organización colectiva eficaz –de lo cual el ‘uribismo’ está muy lejos de poder felicitarse. Nunca con tan poco se logró tanto como las AUC han logrado desde sus antecedentes fundacionales –en todo caso no más de dos décadas si nos queremos remontar atrás de la década de los 90’- hasta hoy. La comparación con las FARC y el ELN no resiste análisis alguno en cuanto al éxito que han alcanzado en la ilegalidad las AUC –en lo militar y en lo político- y los fracasos que han acompañado más de cuarenta años de delincuencia política guerrillera. ¿Qué queda hoy de lo que intentaron en materia revolucionaria los líderes que le dieron vida al ELN? ¿Pensaron alguna vez que terminarían aceptando una ley como la de Justicia y Paz, sin ningún apoyo social de masas, y sin otro salvavidas distinto del que que pueden brindarle sus escasos simpatizantes en la civilidad, uno que otro político que aspira agradar a Chávez, algunos obispos y sacerdotes, un puñado de congresistas y cuatro o cinco columnistas bienintencionados y perdonavidas con el ELN? ¿Qué queda hoy de las FARC y de su otrora mandamás e indiscutido Secretariado, sino una red cada día más inmanejable de energúmenos salvajes armados hasta los dientes, descompuestos por los dólares del narcotráfico, envilecidos por sus prácticas inhumanas contra inermes secuestrados, y no dispuestos a seguir otras directivas que los de sus propios intereses personales y de secta sin otro horizonte que seguir asesinando civiles y uniformados?

Por distintos caminos y sobre estos desvaríos de las FARC y del ELN es que Uribe y las AUC han ido construyendo su propio capital político. El éxito de ambos se apoya seguramente en méritos propios pero no podría haberse abierto paso sin el fracaso estrepitoso y trágico de las guerrillas comunistas. Fracaso que no solamente es militar y político sino que fundamentalmente constituye una debacle ética, una pérdida de humanidad que ha ido volviendo a las FARC y al ELN cadáveres insepultos cuya presencia acabará volviéndose insoportable aun para ellos mismos. Y no es que las AUC no se hayan encontrado en algún momento de la guerra ante una situación parecida, solamente que en este caso las AUC supieron decir basta cuando todavía era el momento, cuando no era ya irremisiblemente tarde. Puede que ‘Francisco Galán’ esté percibiendo hoy algo similar a lo que vislumbraron hace unos años los hermanos Castaño y Salvatore Mancuso, y también ‘Adolfo Paz’ y los demás comandantes AUC cuando asumieron la voz de sus conciencias y el clamor de su propia humanidad en crisis y supieron pegar el ‘volantazo’ a pocos metros del abismo.

Es mucho el trecho que va desde el Uribe político, presidente y candidato y su inexistente organización ‘uribista’ que sigue siendo ni ‘chicha ni limoná’ y corre el riesgo de convertirse en un aparato clientelista más, un mero ‘oficialismo uribista’ sin otro horizonte que el aprovechamiento personal y sectario de la coyuntura.

Tanto Uribe como las AUC le deben buena parte de su éxito al fracaso de las clases políticas incapaces de extender y volver participativa la democracia, de fortalecer el Estado y derrotar la criminalidad en el País. Sin embargo, no se pueden explicar los triunfos propios solamente por el fracaso de los adversarios y de los enemigos. Porque esto último solo ofrece el escenario y la oportunidad pero es en definitiva el actor político quien debe mostrar sus bondades para que la ciudadanía lo premie con el voto o con el respaldo popular.

No se entienda, sin embargo, este cierre que le estoy dando a las columnas de Rubiño en el 2005, como dos cheques en blanco, uno a la orden de Álvaro Uribe y otro en favor de las AUC. Por el contrario, valorar los méritos y apreciar los triunfos no significa estimular el ‘culto a la personalidad’ ni los ‘comités de aplausos’, sino solicitar el mayor compromiso con los colombianos y colombianas por parte de quienes han demostrado con su modo de hacer la guerra y la paz –y también la política- que son ‘distintos’. Dueños de un carisma y de una capacidad para transformar sus sueños personales en sueños colectivos, acerca de que ‘sí se puede’ si se trata de que Colombia supere sus males y sus desgracias.

Uribe tiene frente a sí el enorme desafío de traducir su excelente sintonía con la Opinión pública en un poder organizacional democrático que transforme a Colombia y multiplique la calidad de vida de su población. Para ello deberá encontrar el camino de la paz, reducir notablemente las desigualdades sociales, recuperar la seguridad, atraer las inversiones internacionales, erradicar la corrupción e integrar a Colombia a los circuitos comerciales y financieros que irrigan con desarrollo sostenible la globalización.

Las AUC tienen por lo pronto que ser fieles a la palabra empeñada en Santa Fe de Ralito y desmontar en los plazos previstos –mediados de febrero- todas sus estructuras armadas ilegales. El compromiso asumido con el País y también con sus miles de ex combatientes desmovilizados y con las poblaciones que hallaron en las AUC protección y formas elementales de asociación comunitaria no puede quedar al garete ni exclusivamente en manos de burócratas estatales. Los ex comandantes deben asumir el deber de darle sepultura digna a su criatura y declarar solemnemente ante el mundo que las AUC han dejado de existir con el último combatiente desmovilizado y el último fusil entregado.

Reconocer la muerte de las AUC es dar el auténtico salto de la orilla de la ilegalidad a la orilla de la legalidad. Es hacer visible e irreversible el tránsito de la guerra hacia la paz. Es volver cada ex comandante y ex combatiente a la vida ciudadana. Es el regreso victorioso desde la despedida del fusil al abrazo de la familia.

Lo que sigue después de febrero de 2006 está en la conciencia íntima y la vocación profunda de cada ex integrante de las AUC. Unos preferirán no regresar nunca más al escenario público. Otros escogerán solicitar su admisión en las filas de los distintos matices y canales que ofrece la vital –y prolífica- política colombiana. Nunca ha habido, en el momento del ingreso a las AUC, discriminaciones entre liberales, conservadores, independientes, católicos, cristianos e incluso vertientes del socialismo democrático y hasta ex guerrilleros. Cada uno ingresó a las AUC con sus colores partidarios, su fe religiosa, su agnosticismo o ateísmo, y sus preferencias ideológicas o doctrinarias, y jamás se les pidió que abandonaran aquello en que creían. Algunos ex comandantes querrán ser reconocidos por su empuje empresarial y su aporte al desarrollo de las regiones donde han nacido o donde la vida y la guerra los fue llevando. No es de descartar que algunos soliciten su ingreso a algunas de las Fuerzas Militares y de Seguridad, y habrá quienes quieran adelantar estudios en el País o en el exterior.

Por supuesto, habrá quienes impulsen la creación de un movimiento político que le dé cabida a aquellos que fueron integrantes de las ex AUC y que quieran abrirse un camino nuevo en el mundo de la política partidaria. No es aquí donde abriré hipótesis sobre las posibles alternativas. Ese es material para el 2006 cuando el ‘paso a paso’ y ‘el acto de fe’ de las desmovilizaciones haya concluido exitosamente. No es el momento para imaginar los caminos futuros de las ex AUC sino para celebrar que el gran fenómeno de la política colombiana de los últimos veinte años esté alcanzando una de sus metas soñada: el salto de la orilla de la ‘ilegalidad armada’ a la orilla de la ‘legalidad desarmada’.

Que es lo mismo que decir que ya los colombianos y las colombianas no podrán contar con las AUC para defenderse tácticamente de la subversión armada pero sí podrán contar con sus ex integrantes para algo infinitamente más importante y estratégicamente decisivo: extender y profundizar el ejercicio de la democracia, fortalecer en toda su amplitud el Estado social de derecho y ganar la guerra contra la pobreza, la marginación y la falta de oportunidades.

No es el momento de llorar temerosos o nostálgicos por el final de las AUC sino de ‘resucitar al tercer día’ revestidos del Hombre Nuevo y dispuestos a ser más y mejores, reconciliados con los hermanos y hermanas colombianos, con Dios y con la Patria, y con los más de cuarenta millones de colombianos y colombianas que quieren vivir en Paz, Libres y Dignos, con Democracia y Justicia Social.

Espero que nos volvamos a encontrar, ya en 2006, con las AUC en el ultímisimo tramo de su desmovilización al ciento por ciento, el Gobierno y el ELN negociando con seriedad y sin levantarse de la Mesa, y el Gobierno y las FARC definiendo en firme las condiciones para la Libertad de todos los secuestrados.

Solo así habrá motivos reales para sentirse optimistas en la recta final de las campañas al Congreso y a la Presidencia.

Les adelanto que en lo que tiene que ver con la Presidencia, en la primera vuelta votaré por Antanas Mockus, y en la segunda, si es que la hay -que yo no creo- mi voto será por Álvaro Uribe.

Y no es que quiera quedar bien con Dios y con el diablo –los políticos y los analistas políticos no somos finalmente ángeles ni demonios, sino seres humanos de carne y hueso, con nuestras fortalezas y debilidades humanas- sino que al anunciar públicamente mis intenciones de voto persigo con fe democrática conciliar el Presente con el Futuro, mi propia vida con la vida de mis hijos y mis nietos.

Esa Colombia próspera y feliz que quizás nunca veremos los de nuestra generación pero que los que vienen llegando y vendrán después de nosotros merecen y por cuyo logro bien vale arriesgar hoy y siempre la propia vida y jugársela por la Paz.

Así la veo yo.

¡FELICES FIESTAS A TODOS!



Los artículos que forman la serie completa de “Así la veo yo’’ pueden ser consultados en
www.lapazencolombia.blogspot.com y en www.salvatoremancuso.com

diciembre 06, 2005

AUC, FARC, ELN: Las puertas se han de abrir igual para todos

La Historia los absolverá sin distingos – a guerrilleros y autodefensas- si hoy le dicen sí a la Paz de Colombia
Colombia, 6 de diciembre de 2005

Así la veo yo


Por RUBIÑO



Es de esperar que quienes por estos días se sientan a conversar con ‘Francisco Galán’ en representación de la sociedad civil, el mundo de la política y la Comunidad internacional –ni hablar de lo que le corresponde en estos asuntos al Gobierno nacional- le hagan suficiente claridad al hoy habitante de la ‘Casa de Paz’ sobre lo que deben esperar el ELN, y sus comandantes y combatientes, en cumplimiento de los estándares internacionalmente aceptados –y nacionalmente asumidos- de verdad, justicia y reparación en el caso de concretar exitosamente un proceso de paz. No vaya a imaginar el ELN que existe una inmunidad o fuero particular –una especie de ‘permiso para delinquir y matar’- que los exime de pasar por el mismo camino de Justicia que hoy transitan las AUC en su retorno a la vida civil.

Si el deseable proceso con el ELN está próximo a comenzar, no vaya a ser que se alimente de promesas y demagogias triunfalistas imposibles de satisfacer. Con razón los comandantes elenos se sentirían engañados y ello podría producir un desastroso regreso a sus hostilidades habituales –minas antipersona, secuestros, asesinatos, extorsiones, cultivos ilícitos, atentados a las torres de energía, voladura de oleoductos y clientelismo armado.

También sonaría a incitación para que ardiera Troya si se intentase algún tipo de discriminación positiva en favor de la desmovilización del ELN que significara que los desmovilizados de las AUC vayan a ser medidos judicialmente por un rasero distinto que obrase en perjuicio de las AUC el ejercicio de una discriminación negativa. Nunca la ley es más injusta que cuando se aplica de manera dispar, o peor aún, cuando unos sufren el castigo de la ley y otros pasan indemnes ante los jueces –o ni siquiera ante ellos- como si jamás hubiesen delinquido, o se obrase frente a ellos presumiendo que sus delitos son desde el vamos amnistiables o indultables en virtud de las ideas políticas que sostienen al momento de delinquir.

Esto es bueno decirlo y que la Opinión pública comience el debate al respecto porque resulta sugestivo –llamativamente sugestivo- que ni en los Editoriales de los periódicos ni en los artículos de los columnistas que siguen el conflicto haya habido hasta aquí ninguna referencia a la aplicación de la Ley de Justicia y Paz a los ‘elenos’ como si con el ELN la cosa fuera a ser distinta que con las AUC o -no sé que sería peor- como si se estuviera atrayendo con el doble señuelo de la 'negociación política' y la 'convención nacional' al ELN a algún tipo de encerrona político-mediática donde hoy rigiese aquello de que ‘silencio todos’, que ‘de esto no se habla’, por ahora.

Lo anterior viene a cuento porque a continuación me detendré en un tema que se relaciona con la reincorporación a la legalidad de los integrantes de las AUC y también a la reinserción futura de las FARC y del ELN. Y lo hago –este análisis- partiendo del principio constitucional de la igualdad de los ciudadanos ante la Ley.

Ahora que las AUC van llegando a la meta de desmovilización de su aparato militar ilegal han comenzado algunas crónicas periodísticas a emitir llamados de alerta acerca de los espacios que, en términos de seguridad rural y urbana -para la población y sus comunidades más vulnerables- las autodefensas están dejando vacíos y que procuran aprovechar las FARC y otros actores armados ilegales.

La cuestión clave, para la interpretación histórica, del rol estratégico cumplido por las AUC en el ‘frente social de facto’ de resistencia y liberación 'paso a paso', regional y nacional, contra las guerrillas comunistas -que ha sido tabú en la prensa y en la academia durante todos estos años- comienza a insinuarse como prolegómeno del debate público que los colombianos aún nos debemos al respecto. Y digo público, porque en privado, desde lo más íntimamente familiar, los colombianos sabemos exactamente por qué las Autodefensas han sido necesarias para la contención de las bandas subversivas y el más conveniente equilibrio militar del conflicto desatado por las guerrillas ante la desidia, indolencia y debilidad manifiestas del Estado. En este terreno no faltan quienes juzgan prematuro el retiro de las AUC del escenario de la guerra inconclusa. No son pocos los que sostienen que Uribe es la excepción en la política colombiana –y no la regla- lo cual augura nefastos días más allá de los tiempos de su Presidencia.

Cuántas frivolidades se han repetido en todo este tiempo de diálogos en Santa Fe de Ralito acerca de que las AUC son el brazo militar del narcotráfico, o desalmados criminales defensores de sus propios intereses legales e ilegales. Cuántas supuestas 'contrarreformas agrarias' atribuidas a las AUC fueron ventiladas como científicamente comprobadas mientras sus comandantes se sentaban a conversar de paz con el Gobierno.

Entre las verdades ‘represadas’ que saldrán a relucir –especialmente si la seguridad democrática continúa manifestando huecos dolorosos como los más recientes en el Cauca, el Valle, Arauca, Huila y el Guaviare- están aquellas referidas al silencioso y sacrificado papel desempeñado por miles de combatientes de las AUC al neutralizar durante años los corredores estratégicos de las FARC y del ELN regados por los rincones más apartados del territorio nacional. Las AUC constituyeron un auténtico ‘tapón del Darién” en vastas extensiones del País para las ambiciones y la voracidad de las guerrillas. Que este ´tapón´ se esté quitando sin que el Estado esté llegando a tiempo en su reemplazo solo se explica porque el Gobierno actuó con dosis inocultables de soberbia y excesivamente confiado en sus propias fuerzas en la Mesa de Ralito. Cada vez que las AUC buscaron en la Mesa fórmulas para prevenir y evitar el ‘desborde’ guerrillero una vez se retirara el ‘tapón de las autodefensas’ la respuesta del Gobierno fue siempre la misma: ‘sabemos lo que hacemos y lo estamos haciendo bien’. Amanecerá y veremos. Dios quiera que los videos y fotografías de las desmovilizaciones y los fusiles entregados por las AUC no se conviertan mañana en la trágica Crónica de Muertes Anunciadas - de lo que pudo haberse evitado con esas mismas armas y combatientes hoy desmovilizados, o prontos a hacerlo en estos días. Y no porque las AUC como tales hubiesen debido permanecer en el escenario del conflicto sino porque el Estado bien podría haber acordado con los integrantes de las ex AUC lo que finalmente no se hizo: el empalme eficaz entre lo ilegal que sale y lo legal que llega para hacerle frente a la inminencia del peligro que acecha.

Paradójicamente, una buen parte de esos mismos miles de ex combatientes de las AUC que hicieron frente a las FARC y al ELN, en las condiciones más adversas y peligrosas, hoy deambulan angustiados por las calles inseguras sin conseguir empleo y sin recibir siquiera los ingresos y la atención humanitaria que el Gobierno se comprometió a cumplir como contraprestación a su desmovilización.

Los Gobiernos que ganan las guerras que los Pueblos necesitan ganar son aquellos que se preocupan más por la seguridad y el bienestar de su población que por los costos políticos que tienen que pagar. Si el presidente Uribe quiere pasar a la Historia como el gobernante que fortaleció a Colombia y eliminó definitivamente la amenaza guerrillera no puede darse el lujo de prescindir olímpicamente de los servicios de más de veinte mil combatientes contraguerrilleros que le dijeron sí a Colombia cuando el Estado desertaba de sus obligaciones y su clase política estaba más ocupada en cortejar a las FARC y al ELN que en combatirlos.

Cuando el último combatiente de las AUC haya entregado sus armas al Alto Comisionado para la Paz y cuando la totalidad de sus comandantes se haya acogido a la Ley de Justicia y Paz no habrá ninguna ‘razón razonable’ que impida que los ex combatientes rasos y los ex comandantes de las AUC, que no estén pagando condenas, sean convocados para servir al Estado colombiano en materia de seguridad.

¡Cómo puede Colombia desaprovechar y dejar botados al garete los conocimientos y la experiencia militar en el terreno de quienes integraron las AUC! No se trata –obviamente- de incorporarlos obligatoriamente pero sí de abrirles las puertas como ciudadanos –no como grupo- y brindarles la posibilidad de servir a la Patria en el cumplimiento de la misión sagrada de defender las Instituciones y la Constitución. No serían pocos los desmovilizados de las AUC que acudirían al llamado.

Es plausible que el Gobierno nacional siga realizando esfuerzos para hacer entrar en razones a las FARC y al ELN y sentarse a negociar políticamente –y sin intermediarios- su reincorporación a la civilidad. Es encomiable que el presidente Uribe esté dispuesto a pagar un costo político bastante alto por la libertad de los miles de secuestrados en manos de las guerrillas. Nadie entendería que desde el Gobierno no se alentasen valientes esfuerzos personales como los que viene realizando ‘Francisco Galán’ desde la Casa de Paz.

Lo que no encuentra explicación válida –más allá de los costos políticos que cierto ‘uribismo’ oportunista teme pagar- es por qué se les tienen cercenados a los ex miembros de las AUC sus derechos de servir a la Patria, bajo las órdenes de los mandos jerárquicos de las Fuerzas Militares y Policiales del Estado, con la finalidad de sumar su aporte experimentado y su probada valentía al fortalecimiento de la seguridad pública.

Servir a las fuerzas militares de la Nación no es solamente un aporte valioso a la guerra que Colombia quiere ganar definitivamente contra la subversión terrorista; es también colaborar en el sostenimiento de un aparato militar de disuasión que fortalezca el poder negociador del Estado legítimo de todos los colombianos y colombianas.

No es hilar muy fino, ni tampoco mirar demasiado lejos, si comenzamos a vislumbrar que una de las posibles derivaciones de la paz final con las guerrillas sea la incorporación de sus ex comandantes, combatientes y milicianos a las fuerzas del orden de la Constitución en los territorios donde ellos han vivido y padecido las privaciones y los horrores de la guerra durante años y años.

Lo que aquí se plantea en función de los ex autodefensas es entonces el anticipo audaz de lo que casi seguramente tocará hacer algún día con los ex guerrilleros. Las Fuerzas Militares de Colombia serán entonces el regazo protector y amoroso que la Patria disponga para recibir en su seno a quienes vivieron en la guerra irregular una parte crucial de su vida anterior.

De habilitarse este camino de ingreso a las fuerzas de seguridad del Estado –para quienes tengan acendrada vocación militar- los ex AUC en estos días, como ojalá mañana los ex FARC y ex ELN, sentirán que Colombia no los abandonó en el momento de la desmovilización, así como seguramente los había abandonado antes cuando por razones aparentemente diferentes –pero finalmente las mismas- el Estado ausente e irresponsable se alejó del cumplimiento de sus obligaciones en favor de la preservación y defensa de los derechos ciudadanos desentendiéndose de la justicia social y de la seguridad ciudadana rural y urbana.

No tiene sentido ni resiste ningún análisis serio que si en los próximos años un ex AUC o un ex FARC o ELN pueden aspirar a la Presidencia de la Nación –de la misma manera que Navarro -ex guerrillero del M-19- es pre-candidato hoy y fue candidato antes- no pueda un ex autodefensa o un ex guerrillero aspirar a los máximos honores y cargos en las Fuerzas de Seguridad del Estado si se prepara disciplinadamente para ello y cumple a cabalidad los reglamentos y estudios correspondientes.

Colombia debe demostrarse a sí misma que en la tarea de construir la Paz los ‘imposibles’ no existen y que no hay territorios vedados, ni en la política ni en las armas de la Nación, para aquellos que han tenido o tendrán en el futuro la valentía de encabezar procesos de paz o de participar de ellos, el coraje de abandonar las fuerzas armadas ilegales, la firme decisión de someterse a la Justicia, honrar la verdad y reparar a las víctimas.

Lo anterior significa que en el mundo de la vida legal las puertas de la reincorporación plena deberán abrirse por igual, de par en par, para todos quienes junto a su desmovilización y entrega de armas hayan dado fe de sus convicciones democráticas y tenido el coraje de pedir perdón público por sus errores con disposición plena para reconciliarse con sus anteriores enemigos y con la sociedad entera.


Así la veo yo.


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