febrero 28, 2006

¿Las AUC, el ELN y las FARC tras una nueva Constitución?


Colombia quiere ganar la paz, no la guerra

Esencias y matices (4)


Por JUAN A. RUBBINI MELATO
juan_rubbini@yahoo.com.ar



La injusticia social de las democracias sin Pueblo y su ‘contracara’ de los dogmas revolucionarios han terminado por vaciar en el ánimo de la gente a las leyes de su misión reguladora y al Estado de su papel rector y cohesionante. Hoy se trata no solo de marchar hacia la integración del País de Regiones sino también hacia la inclusión de todos en el País de Todos. Es vana la idea del triunfo militar de los unos sobre los otros, así como resulta inviable condenar a unos y absolver a otros. No se trata de sobrevivir en la precariedad del desorden establecido sino que se trata de comenzar una etapa nueva donde las FARC, las AUC y el ELN no deban volverse estudiosos del derecho penal para defenderse ante los Tribunales sino más bien defensores inobjetables del nuevo marco constitucional que ellos también habrán colaborado en dar a luz para que la vida y el desarrollo humano y social sean posibles en Colombia.

El camino transitado en Ralito por las AUC ha comenzado a producir consecuencias en los otros actores armados ilegales. Los vientos que soplan desde La Habana dan cuenta de la apuesta por la Paz en la visión que el ELN tiene hoy sobre su próximo futuro político. Con las FARC el asunto sigue siendo muy complejo y de pronóstico incierto, aunque gestiones de buena voluntad como las de Álvaro Leyva estén orientadas en la buena dirección de parar la guerra, iniciativas -las del ‘otro Álvaro’- que todos sabemos en Colombia no se realizan ‘a espaldas’ del Secretariado.

La coyuntura electoral ayuda más de lo que se cree en los propósitos del acercamiento y diálogo entre las partes. Ayuda ciertamente porque tanto el Gobierno como las guerrillas –ni qué decir los candidatos diferentes a Uribe- quieren mostrarse ante los sufridos electores como predispuestos a las soluciones políticas y negociadas. Esto, sin embargo, es más visible hoy en el ELN que en las FARC, y en el Gobierno más con relación al ELN que con relación a las FARC.

Las AUC primero y ahora el ELN se han decidido en favor de su olfato político por encima de consideraciones estrictamente militares. El Gobierno y las FARC, en cambio, siguen ‘cañando’ y jugando a que la guerra no les duele y que si por ellos fuese puede durar un siglo más. Sin embargo, el tiempo de un nuevo ciclo de conversaciones de paz con las FARC se está acercando. El péndulo va y viene sin consultar con los intereses de las partes, sino que va y regresa porque esa es su naturaleza y ni Uribe ni ‘Marulanda’ pueden contra ello.

Lo anterior no significa que estemos volviendo a los insensatos e improvisados tiempos del Caguán, pero indica que los momentos dialécticos de negación de la solución política del conflicto y de la afirmación sin más de la solución militar están próximos a expirar. El conflicto armado interno está regresando a la órbita de lo político y quienes insistan –de un lado o del otro- en su obsesión por la victoria militar quedarán relegados al cuarto de san Alejo. Entre otras cosas por restricciones de presupuesto. Ni la bonanza cocalera durará toda la vida, ni el Plan Colombia puede subsistir sin resultados proporcionales a la inversión.

No se vea en esto el triunfo de las FARC ni la derrota de Uribe, sino el fracaso del ‘guerrerismo’ que alienta en uno y otro bando más por producto de la terquedad que del convencimiento. Porque ni locas que estuvieran las FARC en creerse a pie juntillas su letanía de la ‘guerra popular prolongada’, ni loco que estuviera el Presidente creyendo que EEUU le financiará a Colombia por los siglos de los siglos una guerra que nadie sabe para dónde va ni qué intereses finalmente defiende.

Lo que tanto las FARC como Uribe necesitan en estos meses es una buena serie de razones para parar la guerra sin que ello sea visto como una claudicación ante el adversario. Cualquier atisbo de que aquí habrá ‘vencedores y vencidos’ ahuyentaría prematuramente cualquier paso que tanto las FARC como el Gobierno estén dispuestos a dar. Por eso la hora reclama cautela y buen juicio, y esto vale tanto para los ‘uribistas’ como para quienes desde la acera de enfrente se solazan en el ‘antiuribismo’ más como una cuestión visceral que como una respuesta políticamente seria.

La inminente culminación del proceso de desmovilización de las AUC, el inicio de la ronda exploratoria formal entre ELN y Gobierno y la triangulación Leyva-FARC-AUC irrumpen en la campaña electoral como datos imposibles de soslayar. La molestia nacional e internacional por la indefinición en que está sumida la odisea del hasta hoy inexistente retorno de los secuestrados a la libertad ha crecido notoriamente en los últimos meses y ya el clima al respecto se está volviendo insoportable no solo para el Gobierno sino también para las FARC.

Así las cosas, están asomando sobre el escenario elementos novedosos y propicios para que Colombia inicie un proceso de pacificación integral no a partir de la victoria militar de unos sobre otros sino desde la construcción por consenso de un nuevo modelo de inclusión social, político y económico del País y sus regiones, del que también participen todos los actores armados ilegales sin excepción.

‘Zapatero a tus zapatos’. Si algo ha resultado nefasto en el primer cuatrienio de Uribe ha sido aquello de que por querer erigir al Presidente como un líder militar Colombia ha desperdiciado su excelente liderazgo político. Si esta ligereza no pone hoy en riesgo, ni de lejos, su propósito de ser reelegido es porque no existe a estas horas, disputando con él, un líder alternativo que reúna carisma, competencia y credibilidad que esté en condiciones de superarlo, y también por otra cosa importante: el Pueblo colombiano cree en la honestidad y buena fe del Presidente y confía en su capacidad de rectificar el rumbo cuando llegue el momento de modificarlo. No lo cree tan rígido ni tan terco como lo solemos ver los analistas.

Pero en estas materias lo de verdad definitorio en términos políticos no es tanto que la gente crea o no crea hoy en Uribe sino hasta cuándo creerá la gente si no se ven resultados. ¿Qué puede sucederle a Colombia si la fe del Pueblo en su Presidente reelecto se desmorona dentro de un año, cuando 2010 esté todavía demasiado lejos? Para que esto no suceda la clave no reside ya en ganar la guerra sino en lograr instalar la visión realista de que se está ganando la paz. Urge dar pasos en esa dirección antes de que sea demasiado tarde.

Los primeros que están viendo el riesgo que se corre son los ‘paras’ y los ‘elenos’ porque son ellos quienes con su ‘negociación’ han legitimado la política de Uribe y correrán de ahora en más con los costos de esa adhesión si la confiabilidad popular se viene abajo. Unos por haber vuelto más indefenso al País frente a las FARC, y los otros por haber ´traicionado’ sus ideales revolucionarios al creer en un nuevo ‘flautista de Hamelín’.

Porque en definitiva lo que el Pueblo de Colombia intentó sin éxito con Pastrana no es algo esencialmente diferente de lo que también ha intentado hasta ahora sin éxito con Uribe. Tanto en el primer caso como en el segundo lo que siempre ha estado en juego es el intento de dejar atrás la pesadilla de la guerra y concretar el mismo sueño: ganar la paz.

Más allá de los matices propios de Uribe o de Pastrana no se trata ni se trató entonces esencialmente de ganar la guerra, sino de ganar la paz. Seguir alimentando el equívoco de que lo que colombianas y colombianos quieren es ganar la guerra suena tan descabellado como incendiario tras casi cuatro años de ‘ofensiva militar’, por no agregarle a estos cuatro años los cuarenta anteriores.

Al hablar de ‘ganar la guerra’ o de ‘ganar la paz’ no se trata de un simple juego de palabras, porque los esfuerzos del gobernante van en una dirección y tienen un énfasis si lo que se quiere es ganar la guerra, mientras que tienen otras características bastante diferentes si lo que se quiere es ganar la paz.

Tras más de 40 años de conflicto armado Colombia comienza a sacudirse de encima su tentación de querer ganar la guerra por derecha con los militares o por izquierda con los ‘elenos’ y los ‘farianos’. Los pasos de las AUC, el andar renovado del ELN, las correrías de Álvaro Leyva y el clamor creciente por los secuestrados son síntomas del mismo despertar colectivo, fatigado hasta el hartazgo y la náusea por décadas de conflicto armado.

La esperanza es siempre la última en morir y en Colombia sigue viva, sigue intacta. No la hagamos desfallecer, ni la dejemos morir.

No se trata de insistir en ponerle condiciones al adversario, sino de despojarse de las propias prevenciones y arriesgar hasta donde sea posible e incluso un poco más con el objetivo inicial de parar la guerra.

Se trata de devolverle su espacio a la política y silenciar –al menos por un tiempo- los fusiles: cambiar la ‘ofensiva militar’ por la ‘ofensiva política’.

Y después de lograr esto no veo por dónde pueda ‘saltar la liebre’ en las actuales condiciones de Colombia sino convocando –antes de fin de este año si resulta posible- a dotarnos de una nueva Constitución que puede que no sea la última, pero que sí debemos procurar entre todos –sin exclusiones- que sea la mejor de las conocidas.

Así la veo yo.


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febrero 21, 2006

Con AUC y ELN fuera del conflicto, habría más sorpresas para las FARC

Estado, democracia e izquierda en busca de la legitimidad perdida

Por JUAN A. RUBBINI MELATO
juan_rubbini@yahoo.com.ar


La legitimidad de las ideas no brota de la boca de los fusiles sino de la consistencia de los argumentos. Quienes tienen razones se equivocan en recurrir a la violencia. La sobredosis de fuerza constituye violencia y la violencia vuelve huecas las razones. La violencia genera tarde o temprano la reacción violenta o soterrada de los violentados y el lúgubre conteo de los muertos y mutilados reemplaza la euforia inicial de quienes se creían destinados a vencer. No es que la historia haya llegado a su fin sino que las revoluciones del siglo XXI no se hacen con las armas. Con las armas sólo se hacen contrarrevoluciones, de derecha o de izquierda, pero revoluciones no. En el ocaso de su Revolución tropical, hasta Fidel entiende a estas horas que lo suyo fue una esperanza revolucionaria que trocó a poco de andar en contrarrevolución destinada al fracaso. Pinochet y Castro, diferentes en su ideología pero igualmente cegados por el poder de las armas y el todo-vale de sus dictaduras, hallarán finalmente su puesto en la Historia entre aquellos gobernantes que violentaron a sus Pueblos para imponer su verdad sobre las verdades de los demás.

La democracia puede que sea apenas el menos malo de los sistemas políticos conocidos pero constituye el piso mínimo necesario para seguir progresando socialmente por debate y consenso, sin asesinos ni asesinados. Es de la sustancia del sistema democrático y del Estado que lo sustenta su permanente posibilidad de reforma. Por eso suena a burla siniestra cuando se pretende que quienes mueren defendiendo desde la legalidad la sociedad democrática -los militares y policías asesinados por las guerrillas- no son víctimas del conflicto. O cuando se insiste en que las guerrillas no atacan a la sociedad civil sino al Estado como si las madres, las novias, las viudas, los huérfanos y los seres queridos de los militares y policías asesinados por las guerrillas no fueran miembros de la sociedad civil. Por no hablar de las múltiples ocasiones en que las guerrillas reivindican la felicidad del pueblo y se ensañan directamente con la población civil sometiéndola al secuestro, a las minas antipersona, al boleteo y a los paros armados y voladura de puentes y torres de energía. El pecado político en estos casos no reside nunca en ser de izquierda o derecha, sino en practicar sistemáticamente no solamente la violencia, sino además la hipocresía.

Las AUC comprendieron finalmente que su cuota de violencia debía ser cercenada para legitimar el Estado y las instituciones democráticas. El ELN ha comprendido en buena hora que su máquina de violencia debe ser desmantelada cuanto antes para legitimar el desarrollo de las corrientes de izquierda en la democracia colombiana y posibilitar la gobernabilidad alternativa a partir de lo local y las regiones de la que hemos escuchado hablar en estos días a ‘Antonio García’ desde La Habana. Contra detractores y enemigos políticos las AUC y el ELN están coincidiendo mucho en los hechos y bastante en el discurso con su apuesta por la libre práctica democrática. Y seguramente seguirán coincidiendo mucho más dado que lo local y las regiones de las que habla ‘Antonio García’ son los mismos territorios y pobladores abandonados por el Estado de los que tanto han hablado durante estos años de Ralito los máximos líderes de las AUC. No parecen lejanos los tiempos en que ‘paras’ y ‘elenos’ desmovilizados compartan escenarios y metodologías que viabilicen la democracia en la provincia de Colombia.

Sin embargo, a la derecha y a la izquierda de las AUC y del ELN hay quienes todavía insisten -como las FARC y los ‘guerreristas en cuerpo ajeno’ de todo pelambre ideológico- en que solo cabe la ofensiva final y la victoria armada de los unos sobre los otros para que el Apocalipsis revolucionario o contrarrevolucionario traiga la paz definitiva. Las sombras macabras de la guerra y de los guerreristas siguen asolando el País. Es importante pero no alcanza con los ‘paras’ y los ‘elenos’ por fuera del conflicto armado. Es necesario pero no suficiente el esfuerzo desplegado hasta aquí por los ‘Francisco Galán’ y ‘Antonio García’ de un lado, y los Castaño y los Mancuso por el otro.

Se me ocurre pensar que así como unos –los elenos- entienden el fondo del asunto de las FARC aunque hoy tomen alternativas diferentes, y otros –los ‘paras’- han conocido de primera mano en Ralito el pensamiento del Gobierno, ambos, si se diseña el camino y los instrumentos pueden cumplir un rol insustituible para que las ‘violencias cruzadas’ de farianos y antifarianos no sigan estallando y haciendo trizas el clamor de paz que anida en el pueblo colombiano.

Se equivoca el Gobierno si piensa que los procesos de paz con ‘paras’ y ‘elenos’ no pueden encontrarse en algún punto del camino. Y más todavía yerra el Gobierno si piensa que tal encuentro es inconveniente e innecesario.

Como también se equivocan las FARC si le apuestan a la derrota de Uribe y están dispuestos a servir de ‘patos de la boda’ entre antiuribistas todoterreno y delincuentes y oportunistas de toda laya. Y más todavía se equivocan las FARC si trabajan sobre la base de que el Gobierno se seguirá equivocando en materia de guerra y de paz.

Con los ‘paras’ y el ELN dentro del campo de los no violentos y legales, la ofensiva militar del Gobierno contra los grupos armados ilegales de origen político –en la práctica solo las FARC, porque los ‘narcos’ no reivindican lo político- pierde interés público y valor político frente a la cuestión prioritaria de lo social y el desarrollo humano de las comunidades.

Las FARC han vivido hasta aquí del cuento –muy pocas veces verídico- de que han sabido resistir los embates de la fuerza pública. El escenario a futuro del conflicto armado que plantea la desmovilización de ‘paras’ y ‘elenos’ bien podría poner a las FARC en la fatigosa y azarosa tarea de embarcarse en la ofensiva frente a un Estado dispuesto a bajarle el tono a su 'militarismo' para concentrarse en mejorar la defensa de las vidas, las libertades y los patrimonios de los colombianos, en el campo y en la ciudad.

Si el próximo Gobierno que asumirá el 7 de agosto abandona sus poses guerreristas y se pone a la defensiva frente al terrorismo de las FARC no solo economizará esfuerzos que necesitan mejor destino sino que ganará aliados internos y externos que terminarán de hundir –aun más- a las FARC en el barro de su propia necedad ‘militarista’.

No se trata de que el Gobierno abandone la guerra, sino de algo distinto: de que abandone la idea de que puede ganar la guerra a través de la ofensiva militar.

Finalmente, cuando un Pueblo se siente defendido por el Estado y le deja a sus enemigos el papel del agresor, se vuelve más comprometido e inteligente en su defensa y más solidario con su Estado y su democracia. Habrá puesto el balón de la guerra en el terreno del adversario y eso hace la diferencia entre los demócratas y los violentos.

La victoria no se logrará entonces en el territorio del enemigo ni con las armas que usa el enemigo, sino en el propio territorio y con la fuerza de las convicciones democráticas. El desafío es pasar de la autodefensa ilegal y la ofensiva guerrerista a la defensa de la democracia y las libertades.

Lo que no podía siquiera imaginarse en 2002, con los ‘paras’ y los ‘elenos’ en el campo de batalla, bien podría estar dispuesto a llevarlo a la práctica quien asuma la Presidencia el próximo 7 de agosto.

Para el Gobierno, cederle la ofensiva militar a las FARC y asumir la defensa militar es lo políticamente correcto en el nuevo escenario del conflicto armado que plantea la desmovilización de ‘paras’ y ‘elenos’.

Solamente así los procesos de paz en curso y la misma Ley de Justicia y Paz tendrán algún sentido práctico en términos de reconciliación y reparación. No sólo dos de los actores armados ilegales habrán dado un paso decisivo en pos de la paz. También el Estado habrá demostrado que puede y quiere cambiar.


Así la veo yo.


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febrero 14, 2006

El silencio de las AUC y las carambolas del ELN - El pacto Liberal-FARC y la refundación del Partido Liberal

Esencias y matices



Por JUAN A. RUBBINI MELATO
juan_rubbini@yahoo.com.ar




El mutismo de las AUC es llamativo y produce perplejidad. Sus consignas parecen ser ‘desensillar hasta que aclare’ y ‘mutis por el foro’ mientras se adelanta el proceso eleccionario. Aunque sorpresiva, no suena descabellada la actitud de llamarse a silencio y pasar de ser locuaces actores de la guerra a reflexivos espectadores de la política. Porque hablar no hablan las AUC, pero que observan, observan. Y que se preparan, se preparan. Hijo de tigre, sale pintado. Y las AUC son hijas del Pueblo y de la falta de Estado, póngale la firma, y su karma no puede sino ser la política.

Mientras tanto las FARC no dejan pasar semana sin que ‘Raúl Reyes’ recicle declaraciones de los últimos años, corte y pegue en su computador y envíe comunicados que suenan a pruebas de supervivencia de su longeva organización. Como si temieran las FARC que Colombia y el mundo las dieran por perdidas y se aprestaran a borrarlas de su agenda.

Por las AUC, a falta de sus voces, están retumbando sus hechos de paz: han superado los veinte mil desmovilizados y anunciado la decisión irrevocable de presentarse ante los Jueces de la Ley de Justicia y Paz.

Las FARC siguen patinando en el barro de su ‘antiuribismo’, y no le han encontrado solución a su dilema de ‘más guerrilla’ o ‘más terrorismo’. Como fieras al acecho algunos de sus ‘duros’ aguardan la oportunidad de golpear sin contemplaciones en las vísperas de la elección presidencial. La atrocidad madrileña que despidió a Aznar y catapultó a Rodríguez Zapatero podría replicarse si por estos alucinados fuera. Por su parte y para no quedar del todo afuera de la campaña electoral su ‘ala política’ le apuesta sus buenas fichas al oficialismo liberal. Y no porque crean mucho en Serpa ni en Pardo sino porque ‘aterroriza’ a las FARC el escenario de un triunfo de Uribe acompañado de una victoria del Polo sobre el Partido Liberal.

Si lo políticamente correcto llevó a las AUC a las negociaciones de Ralito, las FARC creen que con Serpa –o con Pardo- volverán para ellas los buenos tiempos del Caguán. Desconocen que los votos por Uribe fueron un castigo al oficialismo liberal tanto como a las mismas FARC. Así fue en 2002 y para allá vamos este año y eso temen quienes tejen el pacto.

El ‘pacto Liberal-FARC’ no solo tiene raíces históricas que se hunden en los tiempos ‘de la violencia’ de mitad del siglo pasado, sino que algunos ‘iluminados’ creen que allí estaría la clave del ‘compromiso histórico’ que permitiría derrotar en las urnas y ‘con las armas’ al candidato-presidente. Sumar todas las formas de lucha permitiría no solo al oficialismo liberal y a las FARC derrotar a Uribe sino algo más cercano y posible, Petro mediante: asestarle al Polo de Lucho y de Navarro una derrota decisiva.

Es aquí donde el ajedrez del ELN con Uribe se transforma en una partida de billar con carambolas a tres bandas: las FARC, las AUC y el Polo.

Si algo de fondo mueve a los comandantes del ELN a negociar con Uribe es su sentido de la oportunidad histórica irrepetible. Las FARC les rondan para devorarlos militarmente, las AUC les han tomado ventaja en la real-politik y el Polo se apresta a librar dos grandes batallas: una interna contra la infiltración ‘chavista’ y otra de ‘grandes ligas’ contra el Partido Liberal.

Si el pacto Liberal-FARC funciona en las ‘urnas’ no solo el Polo de Lucho y Navarro sería el gran derrotado, sino que el ELN quedaría atado al destino de las FARC, para la guerra o para la paz, y eso es lo último que quisiera el ELN.

Los diálogos del ELN con el Gobierno en La Habana no solo ‘legitiman’ a Uribe ante el público de izquierda –en la Comunidad internacional principalmente- sino que curan en salud al ‘enfermo-Colombia’ de las consecuencias de seguir adelante con el incipiente pacto Liberal-FARC, haciéndole así un pase-gol al Polo que el Polo no puede sino agradecer en silencio.

Lo que uno se pregunta entonces es si hoy Uribe se está acercando al Polo abriéndole espacio al ELN después de haber logrado desmovilizar y mantener calladas a las AUC. Si así fuera uno entiende mejor los esfuerzos de Navarro –con la bendición de Lucho- por acercar al Polo hacia el centro. Ese mismo centro hacia donde va Uribe en su afán por desalojar al oficialismo liberal y empujarlo hacia la izquierda que hoy ‘adora’ a Chávez, esa misma izquierda donde quisieran confluir los ‘liberales’ que han vivido a la sombra de Serpa, el partido Comunista y las mismas FARC cuando se ponen serias y dejan de ‘cañar’.

Mal que le pese a algunos ‘uribistas’ Uribe sigue siendo Liberal y en su segundo mandato bien podría inclinarse hacia la refundación del Partido Liberal por sus bases populares. Esa posibilidad histórica sería el mejor regalo que Uribe presidente podría hacerle a los liberales de carne y hueso durante su segunda Presidencia. No sería de extrañar que en esa empresa pudieran ser invitados a participar algunos ex actores ilegales del conflicto armado, incluso ex comandantes elenos y de autodefensas –y también de las FARC- que tras su desmovilización encontrarían en el seno del Partido Liberal su destino político, su personal modo de reconciliarse con los más pobres y dolidos de Colombia, con los que han sufrido tanto por los horrores de la guerra.

El silencio de las AUC no es ajeno al proceso de reconversión política que atraviesa Colombia donde las carambolas que se ha propuesto lograr el ELN se verían entorpecidas por cualquier confusión que pudieran generar con sus declaraciones y comunicados los Castaño, Mancuso y compañía. A los ex comandantes de las AUC su delicada situación legal los inhibe durante su tránsito pleno a la civilidad de cualquier comentario –ni se diga injerencia- sobre la coyuntura política nacional.

Resulta válido aquí aquello de que en ‘boca cerrada no entran moscas’ y lo de que ‘el ojo no es ojo porque lo vean, sino que es ojo porque ve’. Lo primero es un aliciente para conservar el propio silencio, lo segundo una invitación para sobreponer lo esencial sobre lo secundario.

En eso me las imagino a las AUC reflexivas y silenciosas de estos días de ‘efervescencia política’. Y hacen bien. En observar y no acalorarse por lo que escuchan.

No siempre el que calla otorga. Ni el que calla, callará siempre.

Así la veo yo.


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febrero 07, 2006

Las AUC y la metáfora del 35 % - La Historia pasa, los mitos quedan

Por JUAN A. RUBBINI MELATO



Amigos lectores: Me corresponde decirles que Rubiño se da por satisfecho con sus 40 columnas de 2005. Tan satisfecho, que con los últimos brindis del Año Viejo decidió abrir un paréntesis en ellas. Paternal y generoso me cede sin restricciones y con buenos augurios el privilegio de escribir ‘Así la veo yo’. En éstas me encuentran a partir de hoy, en la nueva serie que inauguro aquí y que he querido titular Esencias y matices.

……

El oficialismo liberal, la izquierda y buena parte del ‘uribismo’ están empeñados hoy en demostrar quién es más diestro en adelantar ‘cruzadas’ que pretenden demoler construcciones que nunca han sido tales: los ‘imaginarios’ molinos de viento del 35 % que anunció Salvatore Mancuso hace cuatro años cuando las AUC irrumpieron –con simbolismo cuidadosamente escogido- para poner sobre la mesa de la política nacional su representatividad política.

Desde entonces mucha agua ha corrido debajo de los puentes. Las AUC están a pocos días de completar la desmovilización más grande que jamás ha habido en Colombia y en el mundo, de grupo civil armado al margen de la ley alguno, como fruto de una negociación política de paz. La cifra inicialmente estimada de 18.000 combatientes ha sido superada con holgura y serán finalmente alrededor de 22.000 las mujeres y hombres que le habrán dicho adiós a las armas desde las filas de las Autodefensas.

‘La metáfora del 35 %’ fue interpretada de diferentes maneras y ha concitado rechazos y adhesiones de perfiles asimétricos. Unos la vieron como ‘la prueba del delito’, otros, menos literales, hablaron de ‘cañazo’. No faltaron quienes pidieron nombres y confesiones, tampoco quienes encontraron la coartada perfecta para encubrir el fracaso de su trabajo político. Lo cierto es que ‘la metáfora del 35 %’ ingresó a la categoría de mito político nacional cuando Vicente Castaño la depositó –a mediados de 2005, en reportaje a Semana- en el insondable universo de la ‘amistad política’.

Precisamente aquí, en el campo rara vez constante y mensurable de la ‘amistad política’ es donde yacen las simientes de la tormenta actual. ¿Puede una metáfora trascender su inmaterialidad y volverse maza contundente? ¿Puede un mito encarnar en el proceso histórico y cambiar su rumbo de manera consistente? ¿O será que la influencia de los medios de comunicación crea una atmósfera decididamente virtual donde ingresamos al campo de la política no desde los hechos reales sino desde su ‘novelización’ y puesta en escena de la trama, realizadas no por estrategas da la política sino por creativos directores del mundo de la imagen?

Al completarse la desmovilización de las AUC y al aceptar éstas acogerse a los términos y los ‘beneficios’ contenidos en la Ley de Justicia y Paz los ex comandantes ingresan de la mano de la política en el ámbito de los juicios, las condenas y las penas. Está claro que la Ley de Justicia y Paz está montada sobre un estrado de culpa, no sobre un escenario donde sea posible la reivindicación histórica del grupo armado ilegal. No cabe entonces esperar la absolución ni la posibilidad de acudir a las dilaciones interminables que diluyan las condenas y posterguen sine die su pago en libertad contante y sonante.

Durante el tránsito ante los tribunales más que a confesiones individuales asistiremos a la aceptación colectiva y política de cargos judiciales. No cabe esperar la modificación sustancial de los trazos gruesos, tal vez sea inevitable la modificación irrelevante de alguno que otro trazo fino. Quienes acepten someterse a la Ley de Justicia y Paz deben saber que allí solo cabe recibir con estoicismo las condenas y que resulta inútil ejercitar la defensa más allá de los elementales principios que sustentan el sentido común y el razonamiento práctico.

Si la Ley de Justicia y Paz solo haya cabida dentro del ‘punto final’ que todo proceso de negociación política requiere se entiende mejor que algo de Justicia habrá que resignar en favor de la Paz. Y este ‘sacrificio’ de Justicia no solo debe ser visto desde la perspectiva de la reducción de penas, sino también desde la necesidad de aceptar los cargos sin darle más ‘largas’ al asunto que las ‘mínimas’ inherentes al debido proceso. Si la balanza de Justicia y Paz opera eficazmente ni las penas durarán todo el tiempo que quisieran los inquisidores ni las culpas que habrá que cargar sobre las espaldas son todas las que realmente fueron.

Es aquí donde ‘la metáfora del 35 %’ vuelve y juega, y necesita ser transformada prácticamente hasta duplicarse. Aquí reside el gran desafío de las AUC después de su desmovilización. Y también del Gobierno nacional y de la sociedad colombiana si se quiere que el camino de la solución política negociada del conflicto armado comience con las AUC pero no se cierre con ellas. El contexto internacional pondría en grave riesgo la seguridad jurídica de los acuerdos de paz y del mismo trámite de aplicación de la Ley de Justicia y Paz si no se logra, al menos, que el 70 % de las colombianas y los colombianos avale libremente -sin manipulación- el ‘punto final’ que se avecina con las AUC.

Las próximas elecciones parlamentarias sepultarán definitivamente la ‘metáfora del 35 %’ y sus novelescos molinos de viento aunque el mito sobre ‘los amigos de las AUC’ subsista en la memoria colectiva porque con los mitos no se puede hacer nada en términos humanos más que estudiarlos y descifrarlos.

¿Qué tan necesaria y efectiva fue la utilización de ‘la metáfora del 35 %’ durante los cuatro años de este Congreso pronto a renovarse el 12 de marzo? Sigo pensando –como desde el primer día- que la Paz de Colombia está más cerca hoy que hace cuatro años. Y que buena parte de esta Historia se ha escrito y se seguirá escribiendo a partir de ese 35 %. Si esto es así cabe lo que dicen los italianos: ‘se non é vero e ben trovato’ (‘si no es verdad, está bien pensado’).

Así la veo yo.


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