mayo 24, 2007

Las Autodefensas toman distancia de cualquier extremismo

Si los ‘santos’ se bajan de sus altares será mejor para todos


SÍ-SE-PUEDE (6)


Por Juan Rubbini
www.lapazencolombia.blogspot.com
juanrubbini@hotmail.com




La sabiduría no reside tanto en el poder de decir como en el talento de escuchar.


Si los ‘santos’ logran escapar de ese ‘tic’ tan burgués, de pontificar sobre los ‘poderes’ y ‘milagros’ heredados, y silbando bajito y sin alardes descienden de sus altares de papel, se descubrirán tan humanos y falibles como el común de los colombianos.


El País no acierta cuando imagina que puede pasar del Infierno conocido al Paraíso apetecido apelando al fundamentalismo de los valores absolutos.


Es ingenuo y frustrante hacer de la Paz, la Justicia y la Verdad –por mencionar solo tres de los estados ideales de cualquier sociedad- características que pueden alcanzarse en un arranque de conversión súbita y solo a partir de la ley escrita y de la política de los congresistas y de los jueces.


¿O cómo llegan acaso los congresistas al Congreso y los jueces a su recinto si no es a partir de humanas dosis de guerra solapada, de injusticias estructurales o clientelistas y de mentiras hábilmente distribuidas?


Es bueno que exista socialmente el propósito de llegar cuanto antes al imperio de la Paz, la Justicia y la Verdad. Está bien que se intente el logro de la ley perfecta que haga posible simultáneamente el disfrute de la Paz, el reino de la Justicia –también de la justicia social- y el conocimiento de la Verdad verdadera. Todo ello es bueno con la condición que no se pierda de vista la realidad humana e histórica, y no se abandone el sentido de la justa medida y las proporciones adecuadas.


Los extremismos de cualquier naturaleza –incluso los extremismos de la bondad- ni son compatibles con la humanidad de carne y hueso, ni han solucionado jamás ningún problema salvo los de quienes se beneficiaron personalmente con tales extremismos.


¿De qué le ha servido a la fe de los creyentes el absolutismo de la Inquisición y la crueldad suprema de las Cruzadas, o el nepotismo lascivo de no pocos Papas y cardenales? ¿De qué le ha servido a la libertad el régimen de terror de los revolucionarios franceses? ¿De qué le ha servido a la igualdad de los humanos la dictadura totalitaria de los comunistas rusos, chinos o cubanos? ¿De qué les ha servido a los pobres de Colombia el justicialismo a la brava de las guerrillas? ¿De qué le ha servido a los desprotegidos del Estado la protección a la brava de los ‘paras’? Bueno es culantro, pero no tanto.


La sabiduría de los humanos racionalistas exige que ‘todo sea hecho en su medida y armoniosamente’. Los espiritualistas recomiendan no dejarse poseer por ningún deseo, porque los deseos esclavizan y atormentan el cerebro, de tal manera que aconsejan ‘desear poco y lo poco que es bueno desear, desearlo poco’. ¿Cómo compaginar esto con el consumismo que exacerba el capitalismo salvaje? ¿Cómo congeniar esto con el afán de poder que anima a los políticos, por igual a los ‘chavistas’ y a los ‘uribistas’, a los admiradores de Pinochet o de Fidel?


Mal que nos pese a los colombianos, nadie en el mundo está esperando que los colombianos salgamos de ‘Locombia’ para liderar el primer mundo, y que todo lo hagamos dicho y hecho. Nadie –y menos los demócratas de EU- están esperando que dejemos de producir la mejor cocaína del mundo –que ellos nos compran a manos llenas, cuanto más barato mejor- para echarnos a predicar las bondades del pacifismo y la democracia capitalista en los desiertos de Irak.


El fundamentalismo –cualquier fundamentalismo incluso el de la Paz, la Justicia y la Verdad- es mejor dejarlo encerrado en las mentes de los hipócritas que lo necesitan para encubrir sus miserias y sus rabos de paja. Los Pueblos –porque son razonables- solo aspiran a lograr aquello que es razonable, sin dejarse seducir y dominar ni por el ego, ni por el dinero, ni por el poder, mucho menos por ‘el qué dirán’.


Los colombianos sabemos que si los gringos y sus socios capitalistas dejan de poner sus divisas en el tráfico de drogas, el negocio de la cocaína se acaba solito. También sabemos que el negocio de algunos gringos no es acabar el negocio de la cocaína sino combatirlo, y lo seguirán combatiendo con la única condición de no acabarlo. Aquí no cabe entonces ningún fundamentalismo ‘antidroga’, sino la voluntad y firmeza de los colombianos en ‘racionalizar’ el problema y sus consecuencias con la finalidad de que produzcan –mientras lo acaban quienes tienen con qué acabarlo- el menor daño interno que sea posible.


Los colombianos sabemos que las guerrillas se equivocan en la guerra que han desatado en Colombia, pero llegamos a la conclusión que tampoco el Estado ha querido acabar con el conflicto armado, sino que ha caído en la tentación de vivir –y financiarse con dinero gringo- de la tragedia de la guerra y de cuando en cuando agitar el canto a la bandera de los procesos de paz sin ninguna voluntad de concretarla. Aquí no cabe entonces ningún fundamentalismo ‘antiguerrilla’, ni pacifista ni guerrerista, sino el ‘racionalismo’ de construir pacientemente y sin desespero el poder político que se tome el Estado y acabe desde el poder del Estado con la guerra.


En cuanto a las Autodefensas, los colombianos hemos visto que mientras el presidente Uribe se niega a ‘cogerles la caña’–tras cinco años de gobierno e impotencia contra el Secretariado- y concederle temporalmente dos municipios a las FARC (menos del 2 por mil de los municipios) para obtener la libertad de los miles de secuestrados y dialogar de cara al mundo sobre seguridad democrática y políticas de paz, los líderes de las Autodefensas han devuelto al Estado no menos del 30 % del territorio nacional, además de 17.000 fusiles.


Los fundamentalismos del Estado colombiano, de algunos políticos y de las FARC contrastan con los hechos contundentes de paz protagonizados por las Autodefensas en los últimos cuatro años. Contrastan también con la razonable posición del ELN en Cuba, donde parece estar a punto de dejar de lado su fundamentalismo revolucionario de otrora.


Mientras tanto, los analistas se sorprenden de lo relativamente bien posicionadas que aparecen las autodefensas en las encuestas, así como sacan cálculos a ojo de buen cubero donde la conclusión política es que entre el 40 y el 50 % de quienes simpatizan con Uribe, apoyan el papel que tuvieron las Autodefensas en la guerra y su proceso de paz a partir de 2002.


Pocos se sorprenderían entonces si Uribe presidente -¿y candidato?- pega el giro en los próximos meses del ‘fundamentalismo’ a la ‘razonabilidad’, de la confrontación abierta al diálogo con las FARC, del ‘guerrerismo’ del micrófono al ‘pacifismo’ racional.


Me animo a escribir que si Uribe da ese paso con las FARC, que el Pueblo colombiano acabaría mayoritariamente por entender y aplaudir –corazón de líder que se equivoca, rectifica cuando está a tiempo- recibiría de inmediato el apoyo efusivo y sin ambages de Autodefensas y Elenos, cuyo futuro tiende a acercarlos con la misma fuerza y necesidad histórica que el pasado los mantuvo enfrentados.


No se trata de exigir dementemente toda la verdad, ni toda la justicia, ni toda la paz –ese fundamentalismo platónico que todo lo vuelve finalmente imposible- sino de construir progresivamente con el arte del orfebre y la paciencia del campesino el poco de justicia, el poco de paz y el poco de verdad que nos permitan salir cuanto antes del mucho de injusticia, del poquito de paz y del casi nada de verdad con el que hemos vivido desde los tiempos de Bolívar y Santander hasta Uribe inclusive.


No será el fundamentalismo ni el absolutismo de los valores lo que nos ha de permitir avanzar en la dirección correcta. Los colombianos no somos demonios, pero tampoco somos ángeles. Tampoco es cierto que los ex guerrilleros se vuelven ángeles al desmovilizarse, ni que ya lo eran en el monte, ni que las autodefensas eran demonios en el monte y siguen siendo demonios tras su desmovilización. De ángeles y de demonios todos tenemos un poco, desde que nacemos hasta que morimos.


Al senador Petro no le gusta la extradición a EU pero sí le jala a la intervención en Colombia de la Corte Penal Internacional. Al senador Petro no le gusta que Colombia pierda soberanía frente a los EU –al menos mientras gobierne Bush- pero defiende a capa y espada el famoso ‘bloque de constitucionalidad’ y la Constitución del ‘91, como si el ‘bloque de constitucionalidad’ fuese un dogma de fe y Petro un papa de la Inquisición. ¿Acaso con la ‘Constitución del ‘91’ llegamos al fin de la Historia de Colombia? ¿Y después del Polo no hay izquierda que valga políticamente en Colombia ni en el ELN ni en las FARC ni en ningún otro lado?


Si a Colombia post-paramilitar le viene bien o no una ley de ‘punto final’ ello debe discutirse y votarse democráticamente, no le corresponde a ningún senador atribuirse la decisión, que es potestad de todos los colombianos definir de acuerdo con la Ley.


No creo que una ley de punto final, o de punto y aparte, resuelva todos los problemas. Pero tampoco creo que dejar las cosas como están, resuelva nada. El toro se lo toma por las astas, o las astas del toro nos terminan embistiendo a todos.


No se trata de pretender disponer ya de la sociedad perfecta. Una sociedad democrática –y perfectible- será siempre más humana –y por ello mismo más tolerante, tolerable y gozosa- que la utopía de los fanáticos y los fundamentalistas.


Está escrito en los Evangelios:


“Habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15, 7)

Así la veo yo.

Los artículos que componen la serie completa –iniciada en marzo de 2005- conformada por “Así la veo yo”, “Esencias y Matices”, “Chamuyo” Y “SÍ-SE-PUEDE”, están disponibles para su acceso y lectura en:

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mayo 06, 2007

Las ex AUC y el necesario distingo entre la autodefensa civil y el paramilitarismo de Estado

Los demócratas quieren ‘pulir’ a Uribe a cambio de no interponerse en el camino hacia su tercera presidencia


SÍ-SE-PUEDE (5)

Por Juan Rubbini



Si algo preocupa de veras a los Petro, Robledo y compañía, así como al Partido Liberal y residuos serpistas, es que el presidente Uribe se gane la buena voluntad del Partido Demócrata para lanzarse a una tercera candidatura. Eso no está tan lejos de lograrse si tenemos en cuenta que el desmonte del paramilitarismo de Estado es mucho más sencillo de lograr para un gobernante como Uribe que para cualquier otro de los que viven arrojándole piedras. Finalmente, la autodisolución de las autodefensas civiles es el primer paso y ya está prácticamente concluido. Lo que sigue -paramilitarismo de Estado- es más complejo pero no hay razones para que Uribe le haga el quite a esta condición que ponen los demócratas. Mucho menos si esto le abre el paso a su tercera presidencia. Del lado de los demócratas, no es difícil entender que tener en Colombia un presidente como Uribe -en el período 2010-2014- con amplio respaldo popular frente a la incógnita marrullera y seudo-socialista que significa Chávez es mucho menos riesgoso que un presidente antiuribista, que vaya a convertirse en el gran aliado que le sigue faltando a Chávez en este lado del mundo.


Los vientos de la ‘parapolítica’ están más embebidos de aires hipócritas y amarillistas que de contenidos sustanciales e históricos. Se pretende reducir la tormenta a los límites de un vaso de agua, que por un lado –no tan santo ni libre de culpas- ayude a vender periódicos y revistas como pan caliente, y de paso tienda una gigantesca nube de humo sobre todo aquello que de veras facilitaría la comprensión de los hechos, que no comenzaron con las AUC, ni con las ACCU, sino con políticas y geopolíticas de las cuales ningún gobierno colombiano –ni de los EEUU- ha sido ajeno desde los comienzos de la Guerra Fría –allá por finales de los ’40- y, particularmente, en América Latina, a partir de la Revolución Cubana en enero de 1959.


Fue desde la misma firma de los Acuerdos de Yalta –febrero de 1945- que operó la cruda realidad de una guerra mundial –como las que hubo dos con epicentro en Europa durante el siglo XX- que no quería repetirse en el corazón de Europa pero estaría destinada a perpetuarse en los rincones más empobrecidos y alejados del planeta –eso sí por fuera del territorio de los EEUU y de la Unión Soviética.


En Colombia se han resaltado justamente los ecos de la violencia que logró acallar el Frente Nacional, a partir de 1957 –hace cincuenta años- en su propósito de desactivar la guerra rural entre liberales y conservadores. Pero, en cambio, ¿inexplicablemente? han sido pocos y no tan profundos los análisis surgidos a partir del matrimonio del Frente Nacional con la Doctrina de la Seguridad Nacional, y particularmente con el tratamiento que se le dio al así llamado ‘enemigo interno’ en el marco de la guerra contra el comunismo internacional y su penetración en América Latina –en nuestro caso en Colombia- a través de la guerra irregular que plantearon las guerrillas, principalmente FARC y ELN, desde comienzos de los ’60.


Que la respuesta del Estado colombiano –con la bendición e instrucción de los EEUU- tuvo el ingrediente decisivo del ‘paramilitarismo de Estado’, como componente insustituible de lo que se llamó ‘unión pueblo y Fuerzas Armadas’ es algo sobre lo que el común de la nación colombiana no tiene mayor información. Son asuntos que parecen no haberle importado divulgar ni a los partidos que integraron el Frente Nacional, ni tampoco parecen importarle hoy a los Petro, Robledo y compañía que están más interesados en complacer a los EEUU –y convencerlos de su supuesto ‘izquierdismo light’ e inofensivo para el Imperio- que en denunciar cómo y desde dónde se sembraron los vientos que tantas tempestades han desatado en Colombia desde comienzos de los sesenta, cuando ni Salvatore Mancuso ni Carlos Castaño habían nacido. Mancuso nació en 1964 y Carlos Castaño en 1965, aunque leyendo cierta prensa y tratando de entender a ciertos políticos pareciera que ambos, Mancuso y Castaño –al momento de originarse las FARC y el ELN, y la contraguerrilla paramilitar de Estado, incluso los primeros brotes de autodefensa civil- fuesen ya en ese entonces –mediados de los ’60- hombres no solo adultos sino nacidos para la guerra.


Si la ley de Justicia y Paz sigue adelante con su cuenta regresiva en términos de versiones libres tal y cual ha sido sancionada por el Congreso, aplicada por la Fiscalía y ratificada –no sin salvedades y correcciones- por parte de la Corte Constitucional se encenderá en los próximos sesenta días la mecha que algunos esperan desate el caos institucional y llegue incluso, piensan otros, a desencadenar la fiebre de la crisis ministerial y quizás ¿por qué no? abrir la incendiaria cuestión de la sucesión presidencial.


Esto sucede no solo porque la ley de Justicia y Paz se ha quedado corta de miras y de alcances –y se convirtió exclusivamente en la Inquisición para las ex AUC- sino también porque el caso de las autodefensas es apenas un caso puntual dentro de una realidad de guerra y conflicto armado y político que comenzó a tomar cuerpo desde los tiempos de John F. Kennedy y de quien fuera el primer presidente del Frente Nacional, Alberto Lleras Camargo.


No se trata simplemente de poner el espejo retrovisor sino de avanzar desde hoy hacia la no repetición y la reconciliación, sobre el fundamento de la verdad, la justicia y la reparación. Esto requiere una verdad que excede en mucho lo que las autodefensas puedan aportar. Verdad integral y completa por parte de todos los actores legales e ilegales, nacionales y extranjeros, que exige cada día con mayor reclamo y vehemencia social que sean los ex presidentes, los ex ministros de Defensa y los ex jefes de las Fuerzas Armadas, al tiempo que todo el universo de las izquierdas –desde la ultraizquierda guerrillera, hasta la izquierda democrática- quienes dejen de hacerse el festín de los caníbales con los ex comandantes de las AUC –que aceptaron su desmovilización para iniciar el camino de la legitimación del Estado, la solución política negociada y su propio reconocimiento como actores políticos.


La coyuntura pone a los ex comandantes de las autodefensas en el tránsito histórico de asumir políticamente con sus testimonios la bandera de propiciar el desmantelamiento total y definitivo del ‘paramilitarismo de Estado’. Finalmente, este es el reclamo que el Partido Demócrata le está haciendo al presidente Uribe. Probablemente allá si ven con claridad lo que aquí permanece en penumbras, y lo ven desde el punto de vista del imperio que quiere perpetuarse y necesita hacerlo desde la legitimidad y los derechos humanos, y no desde el militarismo y su violencia sobre el resto del mundo, mucho menos si se trata de violencia ejercida en contra de la población civil.


Si el presidente Uribe decide continuar el camino abierto por las Autodefensas con su desmovilización y aceptación patriótica de la ley de Justicia y Paz, se abre para Colombia un horizonte donde no solo cabe un pacto estratégico de Álvaro Uribe con el Partido Demócrata, y con la democracia de EEUU, sino que se abre para Uribe el necesario consenso internacional que le sobra aquí para aspirar a un tercer mandato presidencial.


Todo reside en cómo se acierte, durante el gobierno Uribe, a partir del estrecho desfiladero de Justicia y Paz, en el mejor camino para concretar antes de 2010, a partir de aquí, el desmonte definitivo del ‘paramilitarismo de Estado’ y la total transformación de las autodefensas en un factor estabilizador y legitimador del sistema institucional y democrático. Esto vale también para que el ELN se ponga las pilas y decida de una vez su presente y su futuro.


Así tendrán los demócratas del norte no solo un país aliado en Sudamérica sino también un Estado que haya dejado definitivamente atrás los tiempos de la guerra sucia y los últimos residuos remanentes de lo que, bien o mal, fue la implementación a rajatabla en Colombia de la Doctrina de la Seguridad Nacional que se gestó en los Estados Unidos y de la cual republicanos y demócratas son tan responsables, como también lo fueron las guerrillas colombianas cuando convirtieron su guerra revolucionaria contra el Estado en una guerra de civiles contra civiles, con las consecuencias ya sabidas y padecidas.


Si en vez de seguir buscando los culpables aguas abajo -como sugieren los Petro y compañía, obsesionados con tumbar a Uribe-, los colombianos con Uribe a la cabeza inician el impostergable camino aguas arriba en el tiempo, al menos hasta la mitad del siglo pasado, allí encontraremos las coordenadas precisas y los actores con nombre y apellido, las políticas y las estrategias, de uno y otro bando.


Los ex comandantes de las autodefensas están parados exactamente sobre el lugar preciso desde el cual iniciar la marcha aguas arriba hacia donde nació la guerra. Pero no pueden hacerlo solos, porque no tienen con qué hacerlo. Los Bush y los Pelosi saben que las autodefensas cumplieron su parte y la seguirán cumpliendo –incluso en satisfacer lo que está pendiente con la Justicia de EEUU. Lo que dudan ambos es si Álvaro Uribe está dispuesto a hacerlo y si tiene los dientes suficientes para ‘intentarlo y no morir en el intento’. Eso está por verse pero quienes conocen la honestidad intelectual y el compromiso personal del Presidente con su país no dudan sobre su actitud presente y futura.


Yo tampoco lo dudo y me felicito, y felicito a los Mancuso y compañía que siguen abriendo trocha, no buscando culpables sino buscando soluciones. No limitándose a admitir su parte en el problema, sino insistiendo con convicciones democráticas sobre la necesidad y conveniencia nacionales de avanzar en lo que Justicia y Paz está comenzando a develar.


Las Autodefensas han sido –indudablemente- parte del problema, pero llevan unos cuantos años ya –especialmente desde 2002- proponiéndose y actuando como partes de la solución.


Eso lo sabe Colombia, lo está comenzando a saber el mundo y también lo sabe Uribe.


Así las cosas, si la candidatura de César Gaviria le está sonando a los liberales, y la de Lucho Garzón le sigue sonando a la izquierda democrática, ¿por qué no pensar seriamente que la tercera candidatura de Álvaro Uribe inició en los EEUU –nada menos que en las toldas demócratas- el camino de su pre-producción y puesta en marcha, eso sí con algunas condiciones, apenas obvias tratándose del Imperio. En todo caso son las mismas condiciones que fueron a implorar en Washington los ‘antiimperialistas’ Petro y los Robledo que –hasta donde sabemos- ni se arrodillaron ni se pusieron colorados por pedir la colaboración de los EEUU para sus planes políticos en Colombia


Si un 75 % de favorabilidad no es suficiente aval para lanzarse a la Presidencia ¿de qué sirven las encuestas? y ¿de qué sirve la democracia?


‘Vox populi, vox dei’, lo demás es ‘paja’, o vana retórica de quienes han luchado y no han podido en estos cinco años –ni desde el monte, ni desde el Congreso, ni desde la página impresa- contra el famoso ‘general teflón’ y el sentimiento pro-Uribe ampliamente mayoritario entre los colombianos.


Así la veo yo.


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