julio 31, 2007

Las Autodefensas y la ‘insoportable indefinición’ del Estado

La ‘crisis de la sedición’ reclama la autoridad de los 'verdaderos sabios'




SÍ-SE-PUEDE (11)








El proceso de paz con las Autodefensas, reducido a su expresión más elemental, no significa nada distinto que su desmovilización y desarme, acordado con sus líderes, a cambio de la reincorporación de todos sus integrantes, por parte del Estado, a la vida civil. Vida civil para un ex combatiente significa el abandono de la vida militar y, consecuentemente, la recuperación del ejercicio pleno de los derechos civiles y políticos, que son los soportes mínimos y necesarios de los derechos humanos. Este acuerdo sobre lo fundamental de la negociación –reincorporación a la vida civil- está escrito y firmado por ambas partes en el Acuerdo de Santa Fe de Ralito para Contribuir a la Paz de Colombia. Este documento, esencial para comprender los alcances mínimos de las negociaciones de paz entre el Estado y las Autodefensas tiene fecha 15 de julio de 2003.



Cuatro años después –¡nada menos que cuatro años después!- el Gobierno y la Corte Suprema se enfrascan en bizantinas discusiones sobre cuestiones legales e ideológicas que inexplicablemente están lejos de haberse resuelto en el seno del Estado. Y que por su indefinición someten al proceso de paz a una nueva crisis, crisis que revela una vez más –a propios y extraños- que el Estado colombiano está lejos todavía, no solo de ganar la guerra, sino, incluso, de consolidar la paz con aquellos grupos armados ilegales –en este caso las Autodefensas- que han dado muestras evidentes y contundentes de querer abandonar la ilegalidad y la guerra, a cambio de la legalidad y el disfrute pleno de los derechos humanos, entre ellos el derecho de participar en política. Si por el desayuno se sabe cómo será el almuerzo, se comprende mejor porqué el ELN salió rápidamente –en medio del despiste generalizado por la sentencia de la Corte- a proponer el referéndum ciudadano y aun el indulto para guerrilleros y paramilitares, es decir la solución política incluyente del constituyente primario. No se equivoca el ELN ni se equivocan las Autodefensas cuando intentan abrir caminos de paz que no acaben truncados en el laberinto del Estado que ni hace ni deja hacer.



El proceso de paz con las Autodefensas avanzó desde su inicio en medio de una doble percepción equivocada por parte de sus actores, que terminó confundiendo a la opinión y a los medios. Se creyó por parte de unos que negociando con las Autodefensas se estaba desmontando el ‘paramilitarismo’ –como si negociar con el ELN hoy significara acabar con todas las guerrillas-; por el otro lado, las Autodefensas creyeron de buena fe que negociar con el Gobierno significaba negociar con el Estado y obtener como mínimo seguridad jurídica nacional e internacional. Ni lo uno ni lo otro. Cuatro años después de la firma del Acuerdo de Ralito, ni el ‘paramilitarismo’ –ni las autodefensas- son fenómenos ilegales en vías de extinción –al menos no mientras subsistan las guerrillas y el narcotráfico-, ni el Estado colombiano se ha dotado de una doctrina, un instrumental jurídico y una praxis negociadora en nombre de la cual –y bajo cuyo amparo- el Gobierno pueda acordar con los actores armados ilegales una serie de puntos y de compromisos que no vayan a ser desautorizados más adelante –y de qué manera- por alguna Corte nacional, algún Fiscal, una que otra Procuraduría y la misma Corte Penal Internacional, sin olvidar en este entuerto la Justicia de los Estados Unidos para la cual Colombia es algo así como un Estado confederado más.



Se debate en estos días si la salida de la crisis es principalmente jurídica o requiere de una actuación política especial. En otras palabras, si están haciendo falta leyes distintas, o si lo que falla es la política. Como en lo del huevo y la gallina, cuesta acertar qué viene primero. Para aderezar la polémica se me ocurre pertinente sazonar la discusión con el ingrediente ‘académico’. El caos resultante de tantos conflictos acumulados, donde no sobra reabrir al debate el caso de ‘la Violencia’ entre liberales y conservadores, (para que nadie siga pensando que aquí solo se trató –y se trata- de ‘guerrillas y autodefensas’), es tan descomunal y desconcertante, que la mirada científica y perplejamente proclive a la complejidad y la síntesis de los académicos e investigadores, acaso está reclamando su propio lugar en la Historia, donde ni políticos ni jueces saben a qué atenerse y por eso los desaguisados que ‘cocinan’ y nos obligan a tragar impunemente.



A los colombianos nos falta disponer de un ‘modelo de interpretación del conflicto’ que nos presente en ‘escala reducida’ el comportamientos de cada actor del mismo, sus objetivos, sus intereses materiales e ideológicos, su discurso legitimador –que todos lo tienen- y el por qué y para qué de sus métodos de combate. Está visto que ni los jueces ni los políticos, ni los fiscales ni los medios, nos proporcionan la visión que los ciudadanos necesitamos para comprender lo que ha sucedido, lo que viene sucediendo y lo que probablemente sucederá en materia de conflicto, si no comenzamos a influir en el desarrollo de los acontecimientos y en la construcción de la solución.



Fue el ‘Che’ Guevara, que algo sabía de conflictos y de ideales, quien puso sobre la mesa de la discusión aquello de las causas objetivas y subjetivas. Siguiendo ese hilo del discurso ‘guevarista’ podríamos admitir que en todo conflicto hay razones de hecho y voluntad de los sujetos, injusticias que claman al cielo y unas cuantas personas que sienten el llamado a ser héroes y se introducen en los hechos para encarnar en la historia. Claro que en todos los conflictos no demoran en aparecer quienes se lucran de la guerra, sea porque proveen bienes y servicios que los guerreros necesitan, sea porque obtienen de los guerreros el camuflaje y los productos que su actividad delincuencial reclama para enriquecerse a sus anchas, mimetizarse con el entorno y no ser descubiertos.



Esto de la necesaria aproximación de los científicos e investigadores sociales a la realidad del conflicto ha querido verse, en ocasiones, como un brazo que es movido por los intereses de algún actor armado, y es probable que ello haya sucedido. Sin embargo, y habida cuenta que habrá que estar prevenido de los ‘sesgos ideológicos’ y la ‘combinación de todas las formas de lucha’, de unos y de otros, no podemos quedar sometidos los ciudadanos exclusivamente a los profesionales de la política y del derecho, que han demostrado ser eximios en aquello de ‘politizar la justicia’ cuando les conviene, o ‘judicializar la política’ cada vez que ello va en la dirección de sus propios intereses.



Si escribo todo esto es porque la ‘crisis de la sedición’ no se resuelve con pañitos tibios y uno que otro proyecto de ley que finalmente será ‘maltratado’ en el Congreso previo a su ‘mutilación’ en una u otra Corte. Esto fatalmente sucederá porque somos los mismos con las mismas, y así llevamos década tras década enredados en la receta del ‘más de lo mismo’. Hemos sido más avispados que inteligentes, más politiqueros que políticos, más leguleyos que abogados. Y así nos fue. Y así nos va. Y así nos irá si no cambiamos.



Para la construcción del ‘modelo de interpretación del conflicto colombiano’ no faltarían científicos y académicos, investigadores y hombres y mujeres cultos, que están dispuestos a evaluar y recomendar, analizar y vislumbrar, estudiar y enseñar, de manera objetiva, la gran matriz del problema, que, como todo problema, trae consigo sus principios de solución. No se vea esto como una ‘propuesta loca’ sino como un llamado a la racionalidad, la misma racionalidad que triunfa en otros campos del saber humano y de la cual los colombianos hemos sabido dar múltiples ejemplos. No descreo, por supuesto, de todos los políticos ni de todos los jueces, pero admito que el sistema en el que están inmersos, permeados por tantos intereses y por tanto conflicto acumulado, les ha vuelto imposible hallar por sí mismos el camino.



No debemos restarle importancia –a la hora de conceptuar la crisis presente- al hecho indubitable de que el valor futuro, a tres años, y descontado hoy, de la ‘seguridad democrática’ -con Uribe ya fuera de la Presidencia- ha comenzado a descender en la percepción de los colombianos –ni qué decir en los análisis prospectivos de los actores ilegales del conflicto-; si permitimos que la curva de credibilidad ciudadana en la victoria militar sobre las FARC y ELN siga descendiendo lo hará hasta el punto en que ni las guerrillas ni las hoy llamadas ‘bandas emergentes’ sentirán ningún atractivo para sentarse a negociar con el Gobierno. Por el contrario, los guerrilleros sentirán que Uribe no ha podido contra ellos y se verán tentados a poner, unos, fin a su ´repliegue estratégico’, en el caso de las FARC, y los otros, el ELN básicamente, a ponerle fin a su exploración de vías de negociación en Cuba.



La ‘crisis de la sedición’, si no es resuelta atinadamente –yo diría científicamente resuelta- dejando de lado los ‘bolivarianismos’ y los ‘santanderismos’ que nos han librado de ser colonia de España, pero que también se han confabulado para llegar hasta aquí, -doscientos años después del Grito de Independencia- podría desembocar en el peor de los mundos, es decir, en el fortalecimiento de las causas objetivas y subjetivas de quienes, por un lado se siguen considerando ‘revolucionarios’ y por el otro, de quienes sintiéndose ‘autodefensas’ ni han creído en este proceso de paz que acabó con sus líderes presos y estigmatizados, ad portas de ser extraditados, ni han creído nunca que subsistiendo las FARC pudieran ellos decirle adiós a la guerra. Ojo con esto. Si el proceso sigue a los tumbos como ha llegado hasta aquí, los ex comandantes recluidos y aislados en Itagüí y en La Picota, asfixiados políticamente por la coyuntura desfavorable, perderán definitivamente toda maniobrabilidad política y autoridad moral con sus ex subordinados y con las comunidades que fueron de su influencia, y éstos –abandonados a su suerte y descreídos sobre las promesas del Gobierno- tendrán poco que argumentar ante la prédica ‘sediciosa’ de quienes sientan que ha llegado la hora de romper amarras con el Estado y darle vida a una ‘nueva generación de autodefensas’ que tome distancias insalvables de quienes hasta ayer fueron sus líderes históricos y hoy -ya sin mando ni tropa ni armas- siguen padeciendo oprobios y vejámenes ‘institucionales’ en su travesía del desierto hacia la Paz sin haber llegado todavía, a estas alturas, ni cerca de la Tierra Prometida de la Reconciliación que nunca antes –ni en sus pesadillas más oscuras- pudieron suponer tan alejada y tan esquiva.



Colombia no saldrá de esta ‘crisis de la sedición’ apelando al voluntarismo y buena fe presidencial, ni a los ‘impulsos instintivos’ ni a los milagreros de ocasión. Solo cabe apelar a la ‘creatividad reflexiva’ de quienes estén dispuestos a sacrificar sus versos para pulir el territorio de la paz.



Si hay un País donde los políticos y los jueces deben ceder un espacio considerable de su poder a los hombres y mujeres dotados de ciencia… si hay un País donde la razón debe gobernar los sentimientos y las pasiones deben rendirle honor a los argumentos, este País es Colombia, este País debe admitir su crisis y dejar de relamer jubilosamente sus propias heridas, como si hallase en ello un insustituible y morboso placer.



Para los amantes de las utopías Colombia es el justo lugar en el preciso momento.





Pero hay algo que resulta imperativo a estas alturas:



Retirarle buena parte de su poder a la clase política y honrar la ciencia de quienes son verdaderos sabios.



(Nadie se sorprenda entonces si hoy –al escribir estas líneas- me siento más cerca de Sergio Fajardo y de Antanas Mockus que de Álvaro Uribe y Carlos Gaviria)





Así la veo yo.





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julio 18, 2007

Las Autodefensas y las elecciones de octubre


Holguín, Santos y aquello del 'vaso medio lleno o medio vacío'




SÍ-SE-PUEDE (10)



Por Juan Rubbini



Las Autodefensas no pueden permitirse pasar de agache ante las próximas elecciones de octubre, que algunos pícaros oportunistas quieren convertir en un plebiscito en contra de sus bases sociales y simpatizantes y en el primer paso hacia la proscripción definitiva de sus líderes históricos.

Resulta ridículo, y hasta indecoroso, que quienes no dudan en invitar a las FARC y el ELN para que abandonen la lucha armada y se sumen a sus movimientos políticos pretendan que ‘autodefensas desmovilizados’ den un paso al costado en materia de participación política.

Argumentar que, hasta que no haya desaparecido el paramilitarismo, los desmovilizados de las Autodefensas no pueden participar en política ni ser candidatos es lo mismo que decir que los Petro y los Navarro no pueden hacer política porque las guerrillas no han desaparecido en Colombia.

¿O será que Petro y compañía deliran por su ‘elitismo de izquierda’ con construir el país a la medida de sus intereses políticos y para ello necesitan callar las voces de Mancuso, ‘Báez’ y compañía, pero también –aunque todavía digan lo contrario- apartar definitivamente de la democracia a quienes son hoy los máximos comandantes de las FARC y del ELN? ¿Será que ese ‘país de excluidos’ y ‘minusválidos políticos’ es el mismo que idealizan las clases políticas tradicionales, incluidos muchos que hoy gobiernan y legislan bajo la sombra del ‘uribismo’? No se entiende que se quiera ignorar a estas alturas que los procesos de paz desembocan necesariamente en los derechos políticos plenos para sus protagonistas.

Tiene razón el vicepresidente Santos cuando asevera que el proceso de paz con las Autodefensas está a mitad de camino. Sobre la mitad del camino que falta los negociadores del Gobierno están en deuda -¿deuda que no será acaso exigible legalmente desde la condición de ‘miembros representantes’ revitalizada en mayo pasado?- de sentarse a la mesa y reanudar las negociaciones políticas. Sin embargo, parece que después de lograda la reelección en 2006, a este ‘futuro ex Gobierno’ le resulta más ‘políticamente correcto’ trasladarse a La Habana, o a Caracas, que acercarse a Itagüí.
Sobre la mitad del proceso de paz, que ya se avanzó, mucha razón tiene el ministro Holguín Sardi cuando expresa que haberse desmovilizado como Autodefensa no le quita de por sí a ningún ciudadano sus derechos políticos. Cercenar esos derechos sería no solo un despropósito político sino además una violación de la Constitución y la ley, explica el ministro de Justicia, nada menos.

Lo anterior no significa soslayar que las Autodefensas requieren apelar, en esta coyuntura especialmente, a toda su prudencia y sentido de las proporciones para que, desarmados de fusiles y armados de razones y argumentos, no pretendan dar pasos más largos que los que hoy les permiten sus pies y su maniobrabilidad política actual. No es tiempo de pedirle apoyo a la sociedad sino de ofrecerle compromiso social a la sociedad, no es momento de dictar cátedras de cómo gobernar sino de proponer avanzar de la mano hacia las soluciones que el País y las regiones necesitan.

Las Autodefensas comienzan a caminar en la legalidad política en momentos que ni siquiera son de posconflicto sino de graves perturbaciones sociales donde subsiste el conflicto endémico con las guerrillas, y también sigue boyante el narcotráfico, donde estalla el terrorismo sus miserias humanas y donde la distribución del ingreso sigue siendo inequitativa e insultante.

En estas condiciones no cabe gritar victoria ni tampoco hundirse en el pesimismo, mucho menos renunciar a la vía política democrática como quisieran quienes ven en las autodefensas desmovilizadas y su participación cívica un peligroso adversario que viene a competir en contra de sus monopolios privilegiados y sus roscas clientelistas bien aceitadas.

Las Autodefensas no pueden ilusoriamente creer, sin embargo, que, en los términos de la ley 975 podrán acceder para todos sus integrantes –y mucho menos para sus máximos líderes- a la plenitud de los derechos políticos. A esto no podrá llegarse si no es a través de un arduo camino que solo estará comenzando a ser transitado cuando el reloj del ‘segundo tiempo’ del proceso de paz haya sido activado.

En este contexto, cabe la analogía del ‘vaso medio lleno’ y del ‘vaso medio vacío’. Holguín ve el vaso medio lleno y acierta, Santos ve el vaso medio vacío y también acierta, aunque se equivoca de buena fe cuando recomienda a las ‘autodefensas abstenerse’ de cara a la coyuntura de octubre próximo. La condición del político, la que lo define en esencia, es precisamente no abstenerse políticamente, lo contrario no solo sería sospechoso sino además resulta imposible.

Lo interesante es que el debate comenzó a salir a la opinión pública y no demorará en ser recogido por políticos y analistas. Las Autodefensas no pueden quedar por fuera del debate, siendo como son los actores centrales de los hechos que se discuten. Pero mientras, quienes han puesto sus pies sobre las arenas calientes de la franca lid por los votos, deben saber que su compromiso mayor no es con su pasado sino con el presente y el futuro de Colombia, quienes aún permanecen en las cárceles deben, prioritariamente, insistir en superar la etapa judicial poniendo en la verdad histórica y el corazón de las víctimas todo su empeño y su propio corazón.

Habrá quienes pretendan cerrarles a las Autodefensas todos los caminos de su acceso a la vida política. No creo equivocarme si me anticipo a diagnosticar que serán los mismos que ostensible o veladamente pretenden hacerlo también con quienes desde las filas de las FARC y del ELN continúan peleando con las armas por aquello en lo que creen.

Luce paradójica la conclusión a la que llego, pero se me hace que de ahora en adelante, ‘no habrá para un autodefensa desmovilizado nada mejor que un guerrillero dispuesto a desmovilizarse si se crean las condiciones para hacerlo’. Y viceversa. Nadie, mejor que un combatiente que ha combatido, para entender las razones y el sentido del honor y la dignidad del enemigo. Nadie, mejor que un pecador que ha pecado, para entender el sentido de la virtud y su poder sanador y reparador.

Que una cosa es la guerra con sus intereses y la propaganda política con sus sofismas, y otra, bien distinta, y más humana, la íntima vivencia y convicción, que aun siendo enemigos, seguimos siendo hermanos hijos del mismo Sol y de la misma Luna.

Ojalá esto lo comprendan y lo apliquen quienes hasta aquí han hecho de la política solo una carrera política, y del ejercicio del poder –legal o ilegal- solo un abuso de autoridad y autoritarismo.

Y pueda decirse, entonces, con razón, que finalmente llegaron a gobernar en Colombia quienes en vez de ser honrados por los cargos que ocuparon, honraron con sus decisiones y comportamientos los cargos que ocuparon.

Que a la hora de gobernar da lo mismo que sea en el Estado, en las guerrillas o las autodefensas: Siempre se corre el riesgo que algún 'mandamás' llegue a creerse aquello de que ‘El Estado soy yo’. Sobran víctimas y dolientes que pueden dar fe de la validez de este aserto, en Colombia y en todo el mundo, en estos tiempos y en todos los tiempos, que no es tan cierto aquello de que todo tiempo pasado fue mejor.


Así la veo yo.


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julio 11, 2007

Las Autodefensas y la gran responsabilidad de sus miembros representantes



Quebrar la inercia carcelaria y hacer valer su conciencia política


SÍ-SE-PUEDE (9)


Por Juan Rubbini
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Las Autodefensas, ahora que han vuelto a tener vigentes, por resolución presidencial, a sus miembros representantes, deben esmerarse por concretar en la mesa su poder de definir, con el Gobierno, la agenda donde transite la ‘hoja de ruta’ de la anhelada reincorporación a la vida civil y política con plenos derechos. En esto, nada más y nada menos, consiste el poder político que les concede la negociación con el Gobierno en esta etapa del proceso. No ejercerlo por parte de las Autodefensas, y sobre todo no ejercerlo de cara al país, demora las soluciones de seguridad y reinstitucionalización del Estado en las zonas que fueron de su influencia, y favorece el empoderamiento ilegal allí de todo tipo de delincuencias que no solo afectan la política de seguridad democrática de este gobierno sino que atentan contra el estado de las cosas que recibirá como pesada herencia –particularmente en las regiones alejadas de Bogotá- quien asuma la presidencia en 2010.



Urge evidenciar, ante los fiscales y las víctimas, la dimensión humana de la histórica desmovilización de las autodefensas, así como mostrar el rostro humanista y reparador de la presentación ante los tribunales de Justicia y Paz. Urge, de parte de las Autodefensas, agotar todos los esfuerzos que sean necesarios para colaborar en los procesos y organizar y agilizar sus trámites. Lo agradecerán eternamente las víctimas y lo reconocerá el país. Lo contrario no solo no conviene a la reconciliación sino que enrarece la seguridad jurídica de los procesos de paz con las autodefensas y las guerrillas. Es este proceso el que marcará el alcance, la profundidad y la credibilidad de los que sigan. Los que todavía creen que será a la inversa, no solo se equivocan en lo que les toca sino que tampoco aciertan en lo que espera a las guerrillas desmovilizadas en el futuro. Los procesos serán cada vez más duros y las penas alternativas menos benignas.



No se trata de aminorar la marcha sino de redoblarla y pasar cuanto antes por el estrecho desfiladero. Y esto es válido para las Autodefensas y también para las guerrillas. Por eso, la condición de miembros representantes revitalizada por la contraparte presidencial no solo constituye la prueba reina que todos esperábamos acerca de que el proceso no está terminado, ni se agota en lo judicial, sino que, por el contrario es el comienzo de un arduo camino hacia el reconocimiento político pleno que no se puede minimizar ni soslayar.



Y que tampoco puede considerarse ya un asunto entre este Gobierno y las Autodefensas, sino que ahora sí, más que nunca antes, ha de verse como un asunto entre las Autodefensas desmovilizadas y el Estado colombiano, presidido el Gobierno hoy por Uribe pero a partir de 2010 por el ciudadano, o la ciudadana, que lo suceda. Esto hay que tenerlo en cuenta, porque finalmente la seguridad jurídica del entero proceso de paz con las Autodefensas descansará en la naturaleza de los Acuerdos finales que se vayan a firmar y su aceptación social y política, no por parte de un Gobierno sino del Estado, no por parte de una parcialidad política sino de la entera sociedad y sus organizaciones. Solo entonces, con estos requisitos cumplidos, la Comunidad internacional le dará al proceso con las Autodefensas credibilidad suficiente, y la Corte Penal Internacional estará satisfecha. Así las cosas no es poca la responsabilidad que asumen los miembros representantes de las Autodefensas ante la Historia de Colombia y su propia reivindicación social y política.



Mientras Gustavo Petro le reclama al Polo por su escasa predisposición a tomar distancia de las FARC y sus crímenes de lesa humanidad, sus dirigentes siguen enredados confundiendo oposición con ‘antiuribismo’, control político con polarización, y así les va ante las perspectivas electorales de octubre, y así les fue el domingo en Bogotá donde María Emma cayó en medio del ‘fuego amigo’ y Samuel Moreno ganó a lo Pirro. Esta vez sí que ‘ganar Samuel fue perder no poco, sino mucho’ para el Polo.



Otros que siguen sin hallar el rumbo son los liberales oficialistas que, a falta de liderazgo en su partido, comienzan a coquetearle, unos a Germán Vargas Lleras y otros a Juan Manuel Santos. Ante tamaña confusión ideológica Lucho Garzón bien podría estar reflexionando que más vale ‘cambio radical’ en mano –o mejor dicho, a la mano- que seguir apostando – a partir de enero desde el llano y sin las llaves de Bogotá- a la cada vez más lejana unidad de la izquierda, o a la etérea sintonía del Polo con la izquierda liberal.



El ‘uribismo’ ha comenzado a sentir –prematuramente- los efectos del sol en sus espaldas –han pasado 5 sobre 8 años en el poder- y nada que aparece el Uribe fundador y artesano del ‘movimiento uribista’. Uribe dejará sobre los hombros de la gente su herencia política y se retirará en 2010 como lo hacen todos los presidentes, con un canto a la bandera y un parte de victoria sobre una victoria inexistente. Suena escéptico lo que estoy escribiendo pero no veo por dónde le queden a Uribe más conejos en su galera, ni más campañas presidenciales que conducir.



No creo equivocarme si me aventuro a predecir que iremos ingresando mes a mes en un terreno cada vez más escabroso donde la gobernabilidad de Uribe dependerá crecientemente de la mano que le tienda quien comience a ser visualizado por la opinión como el próximo presidente de Colombia. Si esa mano no aparece pronto, si no se tiende hacia Uribe o si, por el contrario, se le niega y empuña altiva con crispación, viviremos tiempos difíciles, donde pagaremos un alto precio los ciudadanos por no haber contado, en la era del 'uribismo', con un presidente ni con una clase dirigente -no solamente política- que alentase y concretase el Gran Acuerdo Nacional.



¿Cómo se puede aminorar los riesgos enunciados? Alentando el espíritu de concordia y convocando al consenso sobre lo fundamental. Si las marchas de la semana pasada no son capitalizadas por la unión de los colombianos lo serán por quienes alientan la lucha de clases y la desunión nacional. En esto el presidente y su gobierno tienen la palabra, y esa palabra no puede significar más de lo mismo, ni se pueden seguir estimulando desde el poder los discursos guerreristas. No se trata de ganar la guerra sino de acabarla, no se trata de imponerle la ley a los que están por fuera de ella, sino de que se revisen todas las leyes –comenzando por la Constitución- para descubrir por donde se nos cuelan la violencia, la pobreza y todas las desgracias endémicas –incluido el narcotráfico- que nos tienen como nos tienen.



Los pueblos no delinquen, ni se vuelven terroristas, si no existen condiciones sociales y culturales que promueven el irrespeto de las leyes y de las autoridades. Los pueblos no se suicidan, ni se vuelven asesinos de sus hermanos, si no prevalecen condiciones materiales y espirituales que descomponen sus criterios y comportamientos. No se trata de negar la existencia de un conflicto armado y social porque precisamente esa negación es parte del problema. No se trata tampoco de alentar el terrorismo de los civiles armados ni del Estado falto de soluciones, se trata de no ser ciegos ante la realidad social ni sordos ante los reclamos populares.



Si este Gobierno no quiere solidarizarse en los hechos con las víctimas y los dolientes de la tragedia nacional, nada impide que los ciudadanos se unan y se organicen por encima de sus diferencias políticas o de cualquier tipo para exigirle a quienes aspiran a gobernarnos que asuman ante la realidad de los hechos, no una posición oficialista u opositora, sino una posición colombiana de no más a la guerra, de no más terrorismo de ninguna naturaleza.



Sobre este frente hay tres situaciones que urge volver una prioridad nacional de los ciudadanos y de la democracia, los tres tienen que ver que con dolores muy hondos y lacerantes de la sociedad. Ninguna de estas tres situaciones, por su gravedad, puede quedar retenida bajo el fuego dialéctico cruzado de uribistas y antiuribistas.




Estas tres situaciones son:

1. Acuerdo humanitario para liberar a todos los secuestrados.

2. Hoja de ruta que convierta en un activo nacional el proceso con las Autodefensas.

3. Acompañamiento nacional que haga irreversible el proceso con el ELN.




Estas tres prioridades son apenas el comienzo del post-conflicto, pero son tareas necesarias no suficientes. Las demoras en que estamos incurriendo como sociedad son demoras excesivamente caras en términos de víctimas. Nos hemos perdido en laberintos cenagosos y tormentosos por hacer de esto una cuestión entre buenos y malos, entre ángeles y demonios. El precio que hemos pagado es que al cabo de cincuenta años de conflictos entre hermanos –verdaderas mini guerras civiles que no queremos reconocer como guerras- todos somos hoy más demonios que ángeles, y si algo nos queda de ángeles no podemos sino volcarlo en beneficio de las víctimas, para reparar las pasadas y evitar las próximas.



Si Uribe quiere quedar estigmatizado en la Historia como quien pudo pero no quiso acabar con las guerras en Colombia, nada condena a los colombianos a que no sean la misma sociedad y sus actores quienes tomen el toro por sus cachos. Sobran antecedentes valiosos y heroicos en esta materia. La paz de los colombianos no puede quedar en manos de una campaña electoral o del humor de tal o cual presidente.



Volviendo a los tres puntos arriba enunciados y reconsiderando la gestión que Juan Manuel Santos realizara en tiempos de Samper presidente, ¿no será que ha llegado el momento de volver a poner el asunto de la paz y la Constituyente por la reconciliación en la agenda nacional?



Bien podrían los líderes presos en Itagüí sumarse al clamor nacional y de paso, reintegrarse al seno de las luchas por la paz que los llevó a desmovilizarse impulsando en su ‘hoja de ruta’ con el Gobierno este triple enunciado mencionado más arriba.



No me suena imposible que las Autodefensas, el ELN y las FARC acepten la mediación de algún honorable ciudadano, o grupo de notables ciudadanos, tendiente a abrir los caminos que hagan posible construir entre los mismos actores no estatales del conflicto los primeros bocetos de la anhelada paz y reconciliación.



No se trata de quien tenga o no el monopolio de hacer la paz, sino de quiénes estén dispuestos a ponerse a andar en pos de construirla.



Que las leyes se hacen y se deshacen, porque son papeles, y los hombres y las mujeres toman en sus manos sus destinos para no sucumbir en manos de sus verdugos, ni de los Poncio Pilatos de turno.


Así la veo yo.


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julio 04, 2007

Las Autodefensas quieren Paz, el ELN también

La masacre de las FARC exige diálogo entre todas las partes



SÍ-SE-PUEDE (8)








Las Autodefensas aciertan al profundizar su discurso político de legítima defensa ante la agresión guerrillera y la ausencia de Estado.


En su proceso de paz las Autodefensas han ido descubriendo no pocas afinidades con algunos fines guerrilleros y grietas abismales con el modo en que la clase política asume tradicionalmente la conducción del Estado. Las Autodefensas son ahora menos complacientes con los políticos de oficio del establecimiento y bastante más comprensivas con los civiles que se han hecho guerrilleros o han sido sus amigos.


Esto no significa que ideológicamente las Autodefensas se hayan pasado a la izquierda, pero sí se ha vuelto más compatible políticamente su carisma de centro derecha con el centro izquierda de algunos dirigentes políticos. En todo caso, si antes los distanciaba la dicotomía derecha-izquierda, hoy ha comenzado a acercarlos el común desplazamiento desde las orillas al centro. Nada impediría entonces la constitución futura de un movimiento político nacional cuyo cuerpo de centro esté enriquecido por el brazo de centro-derecha que aportarían las Autodefensas desmovilizadas. Aquí caben los Garzones, desde Lucho hasta Angelino. Y por qué no, quizás también el ELN desmovilizado.


Sin embargo, si el Polo se polariza hacia la extrema izquierda y prefiere aliarse con la izquierda liberal y comunista, puede que le suene la flauta a Cambio Radical, y sea entonces Germán Vargas Lleras quien logre el hit de incorporar las Autodefensas desmovilizadas a su coalición de centro-derecha, heredera directa del uribismo en el primer post-Uribe presidente.


Han quedado trazados arriba dos probables escenarios para 2010, el primero donde un fuerte movimiento nacional de centro, con brazos a la izquierda y a la derecha, compite con dos extremismos, uno a su izquierda y otro a su derecha. Aquí las Autodefensas se situarían con mayor comodidad dentro de ese gran movimiento nacional, eludiendo la tentación de aportarle a una derecha neta. En el segundo escenario, lo que primaría es la confrontación de dos coaliciones, una de centro derecha y otra de centro izquierda. En este, caso las Autodefensas escogerían ubicarse en la coalición de centro derecha. Lo curioso de este panorama es que en un caso aparece Lucho Garzón y en el otro Germán Vargas Lleras como los dos posibles candidatos con quienes las Autodefensas desmovilizadas tendrían más afinidad en 2010. ¿Podría entonces aventurarse una posible fórmula presidencial unificada entre Germán Vargas Lleras y Lucho Garzón destinada a cambiarle a Colombia su dolorosa cara del conflicto armado y social? Tal vez al propio Uribe no le disgustaría la idea ¿Pero qué cara pondrían los Santos y los César Gaviria, los Petro y los Carlos Gaviria, los duros del Establecimiento y de los Medios, y sobre todo los viudos del poder de Uribe?


Paso a paso la Historia teje su trama mientras de coyuntura en coyuntura nada se detiene ni se aquieta bajo la luz del sol. Tres años de distancia son muchos en cualquier parte, y en Colombia son una eternidad por la infinidad de sucesos nuevos que se generan todos los días.


La masacre cometida por las FARC que ocasionó la muerte de los once diputados del Valle bien pudo haber ocurrido a raíz del fuego cruzado. Eso solo lo saben las FARC y el supuesto grupo de ‘paramilitares’ que manifiestan las FARC originó el ataque. Casi todo lo que gira alrededor del conflicto –excepción de las víctimas- es supuesto, incluidos los ‘falsos positivos’ y la ubicación de los secuestrados y del mismo Secretariado de las FARC.


En los claroscuros del conflicto armado se difunde la teoría de que lo que hay es terrorismo de un lado y democracia del otro, así como florece la contraria de que lo que hay es guerrillas revolucionarias de un lado y militares y paramilitares ‘contrarrevolucionarios’ del otro. Ambas posiciones tienen algo de verdad y bastante de propaganda, y también tienen en común que sus voceros, como dice el ex presidente López Michelsen, "buscan la victoria no la solución".


Entre ambos extremos de la contradictoria y tozuda realidad los gestos de las Autodefensas y el ELN van ocupando silenciosamente su lugar apaciguador y razonable. Unos desde Itagüí y otros desde Cuba no pierden las esperanzas de mostrarles al Gobierno y a las FARC un camino creíble donde se concilien armoniosamente la justicia social y la democracia, la libre iniciativa y la inclusión participativa.


Tanto las Autodefensas como el ELN saben que la guerra es la continuación de la política por otros medios, y también que la guerra no puede sustituir indefinidamente a la política porque la política se agota si no se la ejerce. Ambos saben que en un proceso de paz lo judicial no agota lo político, así como lo político no puede desentenderse de lo humanitario. No cabe justificar el secuestro ni tampoco arriesgar la vida de los secuestrados. No puede haber territorio vedado a la Ley y la Democracia, así como tampoco puede haber territorio vedado al diálogo y la reconciliación de los colombianos. Ni el conflicto armado nació con la seguridad democrática ni tampoco se extinguió por su sola aparición. Seguramente las guerrillas cometen actos terroristas, y a nadie le cabe duda que el Estado colombiano ha incurrido en terrorismo de Estado, o en paramilitarismo de Estado, que no es lo mismo pero da igual.


Si las guerrillas nacieron por el abandono del Estado a la población más débil, también se sabe que las autodefensas proliferaron porque el abandono del Estado a la población más vulnerable las volvió indefensas ante las agresiones de las guerrillas. Todos sabemos en Colombia que el conflicto armado tiene tres actores principales: guerrilla, autodefensas y Estado, y dos combustibles principales: el dinero del narcotráfico y el dinero de los contribuyentes gringos. Duele decirlo pero en cualquier mesa de ‘negociación parcelada’ si no se dan cita todos estos actores la mesa estará coja, se mantendrá a duras penas un poco de tiempo y acabará derrumbándose como una casa de naipes ante el primer soplido.


Estimular que la gente salga a la calle a manifestarse contra el secuestro en las condiciones actuales se presta para todo, alimenta las confusiones y crea una sensación de unidad nacional que no deja de ser ficticia y frágil. Hasta las FARC están en contra del secuestro y dicen recurrir a él para así despertar de su insensibilidad al Estado. Entonces acudirán a la marcha quienes quieren ‘acabar’ con las ‘retenciones’ para revolucionar desde el poder las reglas de la democracia y de paso secuestrarla por una generación o dos. Quienes están con el acuerdo humanitario y quienes quieren el rescate a sangre y fuego. Quienes fueron secuestrados y hoy están libres, junto con aquellos que hoy están libres y mañana serán secuestrados. En un cambalache de este tipo uno no sabe a qué atenerse, y parece que a esto le apuestan desde el Gobierno y desde las FARC, que ningún ciudadano sepa a qué atenerse, y ante el dilema solo atine a arrojar la moneda y ponerse de un lado o del otro de pura emoción, con poco pensamiento y reflexión, eso sí en la misma marcha que nadie sabe de dónde viene ni hacia dónde va.


Prefiero el trabajo esforzado por la paz real que desde Itagüí y desde Cuba se teje en medio de la guerra que prosigue para recomponer el mínimo orden de los conceptos que permitan elaborar un consenso nacional alrededor de la paz y la reconciliación. La unidad prevalece sobre el conflicto, lo intuyen las Autodefensas y el ELN, cuyas diferencias ideológicas no excluyen sino alientan la convergencia democrática y el reordenamiento institucional.


Soy escéptico sobre el efecto benéfico de las marchas multitudinarias y bulliciosas que se ofrecen como alternativa al diálogo entre los actores del conflicto, creo más en los acercamientos reservados y prudentes que están en condiciones de generar las partes si se animan a dar el paso que están comenzando a dar las Autodefensas y el ELN. Tal vez el presidente de Francia si se siente seguro para dar el paso puede obrar el milagro de la mesa común, una mesa en donde además de ELN, Autodefensas y FARC, ni el Estado colombiano, ni los EEUU ni los narcos colombianos pueden estar ausentes.


Si Enrique IV para salvar su país francés de la presión española, expresó aquello de que "París bien vale una misa", hoy, en Colombia, parafraseando aquello, se puede aceptar que:


"Por la Paz de Colombia bien podemos todos reunirnos en París"


Así la veo yo.


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