noviembre 25, 2009

146. Entre Chávez y Uribe ¿rondan los fantasmas de Stalin y Mussolini?



Contra la guerra perpetua la unión pacífica y democrática, incluso de los contrarios
Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
www.lapazencolombia.blogspot.com


“Nuestra fuerza pública Constitucional, civilista, subordinada, sometida a la justicia ordinaria para el conocimiento de delitos de lesa humanidad, apoyada por el pueblo, con eficacia, tiene que mostrarle a los violentos que existe toda la determinación de contenerlos para que ellos entiendan el lenguaje del diálogo y la opción de la paz. De lo contrario seguiremos navegando en las aguas inciertas que pueden llevar a la división de la República, a la instauración de un imperio guerrillero en parte del territorio o de un régimen ilegítimo de autodefensas, todo lo cual constituiría motivo de vergüenza ante las nuevas generaciones y la comunidad democrática internacional”… “La inclusión de la reforma de la fuerza pública, como tema de discusión con la insurgencia, tiene su momento: mientras las FARC sean un movimiento insurgente no es lógico consultarles la reforma de la institución estatal encargada de contenerlas. Sólo una vez se acuerde la paz y se inicie su tránsito a la vida política, tendrían todo el derecho a que sus opiniones sean incorporadas en estas decisiones oficiales” (Álvaro Uribe, Homenaje a los Generales Rito Alejo del Río y Fernando Millán, Bogotá, 29 de abril de 1999. En el libro Del escritorio de Álvaro Uribe, 2002)


Las FARC vienen manifestando públicamente durante los siete años de Uribe que visualizan el ‘canje de prisioneros por rehenes’ como la llave que puede abrir un proceso de paz serio y definitivo. Aceptó ‘Cano’ recientemente que ellos sí han aprendido de la larga historia de intentos fallidos, incluido el Caguán. Este elemento no ha sido tomado en serio por el Gobierno que sigue adelante con su intención de acabar militarmente a las guerrillas. Admitamos que tanto en las manifestaciones de las FARC como en la actitud del Gobierno primen estrategias que hagan de las palabras solamente palabras desvinculadas de los verdaderos propósitos.

Si esto último fuera cierto –al menos en tren de hipótesis- lo que no se entiende es porqué los candidatos y pre candidatos presidenciales no ponen sobre la mesa del debate nacional la cuestión humanitaria, pero también social y política, económica y geopolítica, cuyo eje central debiera situar un punto de equilibrio entre la voz de los fusiles y el diálogo civilizado y pacífico de las partes.

No faltan los ideólogos del uribismo que niegan la existencia de causas objetivas que expliquen la existencia de guerrillas en Colombia. Han ido avanzando sobre esta base hasta llegar a la conclusión de que no hay lugar a solución política negociada, mencionando que se trata de delincuencia desprovista de carácter político, que no constituye otra cosa que amenaza terrorista y narcotráfico. Se puede coincidir o no con este diagnóstico, pero donde no ha dejado de haber coincidencia es que ha sido la existencia de la guerrilla la que ha producido el efecto político denominado uribismo, así como desde unos cuantos años antes había producido otro efecto político denominado autodefensas que terminó constituyéndose en un particular estado de facto –o en un abigarrado archipiélago de mini-estados de facto- que impuso su propia ‘legalidad’, su bien pertrechada milicia y su hegemonía indisimulable y reconocida sobre buena parte del territorio nacional. Hasta el punto que fue este gobierno uribista el que aceptó una negociación política con las autodefensas, si bien acabó por desnaturalizarla, reducirla a una cuestión judicial y finalmente romper todos los acuerdos unilateralmente y extraditar a 14 de los dirigentes máximos que propiciaron, coordinaron y produjeron la desmovilización de más de 30.000combatientes.

La pregunta obvia que se plantea la comunidad internacional es por qué se inició una negociación política con las autodefensas y también con el ELN pero se ha evitado sentarse a conversar cara a cara con las FARC. ¿Son contradicciones internas del ‘uribismo’?, ¿son intereses políticos que se interponen?, ¿o realmente el Gobierno encontró que su legitimidad y prolongación en el tiempo –lleva dos períodos pero pretende al menos tres en cabeza de Uribe- depende más de prolongar el conflicto armado que de acabar con él por el único camino que racionalmente existe que es el de la negociación política?

Uribe ha hecho de la ‘seguridad democrática’ un gran negocio para su prestigio y favorabilidad, pero al costo humanitario y social, económico y geopolítico, de renunciar a la búsqueda de acuerdos políticos con los actores armados ilegales, ninguno de los cuales ha renunciado a la búsqueda de solucionar políticamente el conflicto. Esto genera una notable confusión en el mundo y comienza a generar dudas en Colombia que ni Uribe ni su gobierno están en condiciones de medir cuánto erosionará su credibilidad y capital político. Por eso los aspirantes a suceder a Uribe en la Presidencia de Colombia debieran reflexionar si tras el Caguán y Ralito no comienzan a madurar las condiciones objetivas y subjetivas para instalar nuevamente en la agenda política y en sus propias agendas la Paz como Política de Estado.

Los ideólogos del uribismo están empeñados en una campaña de erradicar de las mentes la posibilidad de estudiar siquiera la vía del diálogo y la búsqueda de consensos con guerrillas y autodefensas que permita ponerle fin al conflicto armado. Están empeñados en negar las causas, satanizar a los ilegales alzados en armas y no aceptar siquiera la existencia del conflicto armado. Detrás de esta visión extremista y maniquea anida el fantasma de la guerra perpetua, de la aniquilación física y espiritual del adversario, la pretensión de generar un unanimismo totalitario que constituye un peligro de cercenamiento fatal y progresivo de las libertades.

Ante esta perspectiva que pretende hacer de Uribe un instrumento de guerra, una máquina de muerte, cuesta creer que no se alcen voces uribistas que logren hacerle ver y entrar en razones que eviten la hecatombe que se está gestando y de la que finalmente Uribe lejos de sacar provecho acabará por ser crucificado en un estado de encrucijada permanente hasta descubrir azorado que ingresó a un laberinto cuya salida no le será posible ni tolerada por sus ensoberbecidos carceleros que acabarán por hacerlo responsable y culpable de todos los males y desgracias que se habrán cernido sobre Colombia y su gente desde la mala hora en que le hicieron creer que su poder no debía tener límite ni contrapeso alguno.

No se trata de unir a las guerrillas y las autodefensas, la oposición armada y la desarmada, los jueces y los fiscales, los medios y la sociedad civil, la izquierda y la derecha en un ‘Todos contra Uribe’ pero sí de hacer todos los esfuerzos al interior de cada componente de la sociedad que evite que la guerra se instale como política de Estado.

Se equivocan quienes piensan que con tal de evitar la reelección de Uribe todo vale. Es la misma equivocación que cometen aquellos que sostienen que con tal de hacer posible la reelección de Uribe todo vale.

Por el contrario, la coyuntura nacional e internacional, abre la posibilidad inédita de trabajar desde distintos ángulos y posiciones políticas en el común propósito de renunciar definitivamente a la guerra como remedio de nuestros males. No olvidemos que Uribe aceptó negociar con los ‘paras’ –aunque luego, por razones que seguimos sin entender se echó para atrás-, aceptó abrir diálogos con el ELN –aunque luego buscó todos los pretextos para clausurar el diálogo-, invitó a Chávez y Piedad para que tendieran puentes con las FARC –aunque luego desbarató lo andado con las peores maneras y arrebatos.

Sigo pensando que Uribe es todavía rescatable como hacedor de paz, pero cada vez es más notorio que se tiende sobre él una nube de áulica sinrazón que pretende utilizar sus ‘carnitas’, su ‘verbo encendido’ y sus votos, para lo más inhumano: la guerra como apocalipsis de mentes enfermizas que en su delirio han convertido a Colombia en carne de cañón, en holocausto que no debemos invocar ni en la peor pesadilla ni en la mejor borrachera.

Así la veo yo.


Los 145 artículos que componen la serie publicada –iniciada en de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com




También encontrarán allí los artículos de la serie PARADERO 2010 iniciada en diciembre de 2008.

noviembre 20, 2009

20. Sin la una, la otra guerra no tiene presente ni futuro



PARADERO 2010

La era está pariendo un corazón: defendamos su vida y su libertad



Por Rubiño
juanrubbini@hotmail.com
www.lapazencolombia.blogspot.com

Audio y video:
http://www.youtube.com/watch?v=7bN_O4nDHrs



“El periodo revolucionario en el que hemos entrado puede ser superado con fuerzas más profundas que las de la retórica, literaria o ideológica –eso se pone a prueba en nuestra sustancia. Es la hora de descubrir las cartas y mostrar lo que uno es. En una situación de griterío y de engaño, el pensamiento se hace peligroso por el simple hecho de ser justo, y los espíritus que poseen el sentido de la justa medida actúan como espejos que desvelan la nulidad del mundo de las sombras. Un pensamiento lógico, un verso límpido, una noble acción, y también el no participar en la bajeza, son hoy cosas que se yerguen como armas amenazadoras y que resultan tanto más punzantes cuanto menos se refieren al tiempo presente” (Ernst Jünger, Carta a su hermano Friedrich-George, 1934)

“Resultará imposible sentir respeto por quienes no hayan tenido ni corazón ni ojos para lo que ocurría en esos sitios” (Ernst Jünger, La paz, 1944)


Mi tesis es que la gravedad de la situación geopolítica incubada entre los gobiernos de Colombia y Venezuela constituye un riesgo cierto de conflicto armado, no ciertamente convencional sino protagonizado en una primera fase de incierta duración por paramilitares de uno y otro signo ideológico, consustanciados con los intereses políticos y estratégicos de ambos gobiernos enfrentados que preferirán no cargar con una orden de detención emanada por la CPI ni tampoco el sambenito de agresor mientras alientan que por otros medios la sangre sí llegue al río.

Ante estas circunstancias tanto las FARC, como el ELN y las cúpulas de las autodefensas rearmadas -y los desmovilizados que se encuentran recluidos en las cárceles de Colombia y los Estados Unidos- debieran hacer un esfuerzo perceptible, contundente y humanitario que revele que no se dejarán manipular ni están tomando partido por ninguna guerra entre países hermanos ni consienten que el conflicto armado y social interno sea exportado desde Colombia ni importado desde Venezuela por ninguno de los dos gobiernos que disponen de todos los medios diplomáticos –y deben utilizarlos sin dilaciones- para que no sean las poblaciones fronterizas, hermanadas por la geografía y la tradición, así como por el comercio y los lazos de afecto y vecindad existentes desde los tiempos de las luchas por la Independencia que los acercaron y los mantienen históricamente más afines y culturalmente hermanados que con cada uno de sus propios gobiernos, más interesados en defender sus prestigios políticos que las comunidades tan alejadas –y desamparadas- desde Bogotá y Caracas.

Guerrillas y ex autodefensas, enfrentados en los tiempos de la guerra interna, pero hermanados en su carácter de colombianos no deben perder esta magnífica ocasión de tender puentes hacia el diálogo que facilite e impulse el llamamiento a encontrar a través de la solución política negociada el elemento por excelencia que pueden poner a disposición de la paz amenazada hoy entre Colombia y Venezuela. Si para ello hay que hacer un llamamiento al Estado colombiano en sus diferentes expresiones políticas y jurídicas al efecto de reconsiderar la puesta en marcha de los recientes acuerdos entre EEUU y Colombia sobre las bases militares en territorio colombiano, tamaño gesto no sería desdeñado en ninguno de los países del continente preocupados por esta señal equívoca que seguramente ni Obama ni Uribe ni Chávez querrán desencadene un conflicto internacional de imprevisibles consecuencias en esta parte del mundo.

Colombia está ingresando al proceso electoral que definirá el nuevo Congreso y el nuevo Presidente en 2010, también Venezuela se prepara para escoger su representación política que llegará al Parlamento el año próximo. La tentación de utilizar las tensiones y hostilidades en la frontera para llevar agua al propio molino de las legítimas aspiraciones políticas no puede significar jugar con la vida y la muerte de comunidades fronterizas y lazos históricos entre pueblos hermanos. Tamaña irresponsabilidad no debe ser alentada por los ciudadanos de a pie de ninguno de los dos países, pero tampoco por quienes protagonizan o han protagonizado un conflicto armado desde ideales de justicia social, libertad y dignidad nacional. Si hoy estamos en las que estamos es porque la solución política al conflicto armado se ha venido demorando en Colombia por exagerado tiempo. Desde los años de Belisario Betancur hasta el presente han pasado más de dos décadas y medio. Un cuarto de siglo donde se pretendió de lado y lado, sabotear y esterilizar los caminos de solución política negociada, e imponer al adversario todo el peso de las armas, donde las voces que clamaron por hallar una solución política fueron acalladas, o menospreciadas, para que solo se escucharan las arengas militaristas y los partes de victoria con sus proclamas e incitaciones a proseguir la guerra, caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Por esa senda hemos llegado hasta aquí y si no faltan quienes quieren extender el conflicto armado e internacionalizarlo, llevando sus consecuencias y derivaciones más allá de las fronteras, no debieran los actores ilegales –o los que han sido alguna vez- del conflicto armado dejar pasar la ocasión para utilizar en favor de la paz en América del Sur su cuota de valentía y coraje para convertirse en hacedores de paz y justicia social, dentro y fuera de Colombia, comenzando por proponer la creación de un cordón humanitario que a modo de cordón umbilical facilite que del cuerpo dolido de la guerra colombiana de más de cincuenta años nazca la vida que nos merecemos en un clima de diálogo y reconciliación que desde las fronteras traiga a las capitales los vientos de paz.

Dos personas, como Piedad Córdoba y Mancuso, que por distintas vías se han involucrado en la solución política del conflicto armado y social colombiano, y suscitan sentimientos tan duros de rechazo –que pretenden estigmatizar el camino del diálogo y los procesos de paz- según sea el círculo donde se mencione su nombre y trayectoria, han hecho llamamientos públicos y por separado, en los últimos días, sobre la necesidad de unir esfuerzos con la sociedad y los Gobiernos para acabar la guerra, para evitar que nuevas víctimas se sumen a esta cadena de tragedias que se abate hace tantos años y ahora comienza a desbordarse hacia países vecinos y hermanos.

Ahora más que nunca, la libertad de los secuestrados debe convertirse en el primer paso de un proceso de diálogo hacia la paz. El símbolo viviente de unos actores armados dispuestos a liberar a sus rehenes y liberarse a sí mismos de las cadenas de la guerra debe ocupar las páginas de los principales medios informativos del mundo. Uribe podrá o no ser candidato presidencial, pero tampoco puede constituirse en una talanquera que impida que los rehenes recuperen de inmediato su libertad, y Colombia se libere de la guerra.

No de una, sino de dos guerras, porque sin la una la otra no tiene presente ni futuro.

Así la veo yo.


Los 20 artículos que componen la serie publicada –iniciada en diciembre de 2008- de PARADERO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
También encontrarán allí los artículos que integran la ASÍ LA VEO YO iniciada en MARZO de 2005 y dedicada al proceso de paz con las autodefensas.

noviembre 17, 2009

Carta abierta de Salvatore Mancuso al Presidente Álvaro Uribe

Penal de Warsaw, Virginia, EU, 10 de noviembre de 2009.

Doctor
ALVARO URIBE VELEZ
Presidente de la República de Colombia
E. S. M.











Excelentísimo Señor Presidente:


Con la disposición y el ánimo infinito de seguir contribuyendo a la construcción de la paz, la justicia, la reparación, la reconciliación, el fortalecimiento de la democracia, el desarrollo socio-económico y la reconstrucción de la verdad en un país marcado por la violencia irracional de un conflicto social armado que nos ha tocado heredar y padecer, y para honrar esos mismos compromisos ante las víctimas, ante Dios, mi conciencia, Colombia y el mundo entero, le reitero mi solicitud de mi última carta del 22 de marzo, de ser nombrado GESTOR DE PAZ, teniendo en cuenta que cumplo con absolutamente todos los requisitos legales y políticos establecidos por la ley (*1), necesarios para tal fin; véase que sí:

a) Ideé y como jefe del estado mayor negociador, lideré la negociación política de las autodefensas. Con mi ejemplo convencí y conduje desde la guerra en busca de la paz y la reconciliación a un ejército en alza, victorioso, curtido y poderoso de más de 30 mil combatientes bien pertrechados con casi 20 mil armas, logrando la desmovilización más grande y exitosa en toda la historia de Colombia y del mundo, tratándose de un ejército irregular. Hechos elocuentes e incontrovertibles de mi gestión.

b) Sigo teniendo una gran capacidad de persuasión, de mediación y facilitación, conozco a quienes fueron mis hombres, su espíritu, sus necesidades y sé que los rearmados y todos los actores del conflicto armado esperan la oportunidad que les dé confianza para reintegrarse a la sociedad, con un Estado que cumpla, que los proteja y les haga posible vivir con plenas garantías de derechos humanos, políticos, jurídicos y civiles; ellos necesitan y sabrán escuchar a alguien que les inspire confianza, que haya vivido y padecido el conflicto, que conozca sus causas, todas sus derivaciones y consecuencias, lo que lo mantiene y prolonga, que haya atravesado con honestidad el proceso de paz, que conozca la múltiple diversidad de requerimientos de la ley de justicia y paz creada para ello y sus graves vacíos, que dicha ley se la hayan aplicado en Colombia, y desde los Estados Unidos en el exilio forzado de la extradición, alguien que les dé claridad y seguridad en los pasos a dar y les muestre las soluciones dentro de la lógica de la negociación.

c) No existe en ninguna parte del mundo un proceso de paz con una ley equivalente a la nuestra, de la que se haya podido emular o aprender. Como tal, la ley de justicia y paz enmarcada dentro de los estándares internacionales de justicia transicional, es única, es un intento bien intencionado pero insuficiente, experimental e improvisado que requiere adecuarse a las exigencias de las realidades, de los hechos y su contexto, para que cobije todas las circunstancias, personas e instituciones involucradas en el conflicto armado; y yo soy el mejor ejemplo de aplicación como destinatario, conozco mejor que todos las fortalezas, debilidades y falencias de la ley y de este proceso y cómo mejorarlas y superarlas para que no fracasen.

d) Hasta hoy es incierto tanto para las víctimas como para los desmovilizados el proceso de paz y la aplicación de la ley de justicia y paz que haga viable la impartición de justicia, el esclarecimiento de la verdad, la reconciliación, la reparación y la obtención de una pena alternativa de manera pronta, en un tiempo que no sea violatorio de nuestros derechos fundamentales y que no exceda el máximo tiempo de condena de 8 años que otorga la ley como pena alternativa. Con la metodología de hoy no alcanzarán los años de este siglo para su aplicación. Por ahora, si comparamos, la justicia ordinaria se aplica en menor tiempo, es más rápida y sin tantos enredos metodológicos ni exigencias, y la condena máxima que otorga de 40 años (*2), se convierte realmente en una pena de 6 años físicos de cárcel. Lo que además significa que si en justicia y paz nos dan una pena alternativa superior a 6 años (*3), estaríamos recibiendo una condena mayor a la máxima pena que nos darían en justicia ordinaria si aportamos toda la colaboración que estamos entregando en justicia y paz.

e) Mi nombramiento como GESTOR DE PAZ, facilitaría mi innegable gestión humanitaria para concretar el alcance de la paz -con todas sus derivaciones-, la reconciliación y poder reconstruir la verdad, para lo que necesariamente debo tener interlocución con reglas claras para no ir a ser judicializado por ello, con todos los actores del conflicto, con las victimas y especialmente con quienes fueron mis hombres y compañeros de causa que se encuentran, unos en las cárceles debatiéndose entre avanzar o retirarse del proceso de justicia y paz, otros rearmados y muchos otros sin saber qué hacer, pero absolutamente todos en medio de tanta violencia, inseguridad jurídica, política y física, en medio del genocidio de más de 2.000 desmovilizados asesinados, de incumplimientos, de narcotráfico...., que nos produce tantas incertidumbres, desconfianzas y un estado de zozobra permanente al constatar, que la oferta real política de paz se ha convertido en más exclusión política, social, económica, aislamiento, cárcel quizás de por vida con las falencias de la ley, extradición o muerte. Ajustemos a las exigencias de las realidades actuales el proceso de paz y la ley de justicia y paz, para que no se conviertan en uno de los principales arietes en contra del propósito de afianzar la unidad nacional, de alcanzar la paz y la reconciliación.

f) Conozco desde las entrañas el conflicto armado colombiano, su vinculación al narcotráfico, al terrorismo, a la violencia...., mi labor como GESTOR DE PAZ contribuiría a solucionar estos graves problemas que tienen una gran incidencia en la geopolítica con los países vecinos y hacen más vulnerable a Colombia en su seguridad, en la preservación de sus fronteras y de nuestra defensa nacional.

g) Controlé en la guerra regiones de cultivos ilícitos y al desmovilizarme participé con el gobierno nacional en la erradicación de los mismos, corroborando con dolor y pesar de Colombia y el mundo que existen fallas en las estrategias de erradicación, que más parecen diseñadas para perpetuar los cultivos ilícitos que para acabarlos. Sé cómo reducirlos en más de un 90% en un tiempo no mayor a dos años y cómo reactivar las economías lícitas y productivas que los sustituyan.

Estoy privado de libertad, lejos de mi Patria y mis seres queridos, pagando culpas propias y ajenas, con mi fe puesta en las manos amorosas de Dios y arrepentido por los errores cometidos y los males causados cuando estuve involucrado en el conflicto armado colombiano; pido perdón por ello, y no me cansaré de hacerlo. Por ello y para alcanzar la paz y las reivindicaciones sociales necesarias para alcanzar esas metas, ideé, jaloné y dirigí el proceso de negociación política de paz que creamos conjuntamente con Usted y su gobierno, que condujo a la desmovilización más grande de un ejército irregular en la historia de Colombia y el mundo. He sido el motivador, ejemplo vivo de que la paz es posible, estimulando los alzados en armas, incluso a nuestros enemigos del pasado, para que venzan sus desconfianzas y temores en el esfuerzo conjunto por construir la paz donde quepamos todos.

Señor Presidente, le reitero mi pedido de ser nombrado GESTOR DE PAZ, con unas directrices concretas, detalladas y verificables en su cumplimiento, para poder contribuir en la recuperación de esta hermosa nación que todos soñamos con ver libre de violencia y en paz, también con los vecinos.

A partir de estas realidades no se entendería que no se incluya también nuestra colaboración después de la desmovilización en la tarea de alcanzar la paz, la reconciliación, la reinstitucionalización...evitando la prolongación del conflicto armado y sus secuelas de narcotráfico, corrupción, empobrecimiento, victimas, muerte...

Tengo toda la voluntad para que alcancemos la paz, pero ella sola no alcanza sin la voluntad suya y de su gobierno.

Con todo respeto,


SALVATORE MANCUSO GOMEZ


(*1). El art. 61 de la Ley 975 de 2005, reglamentado por los decretos 880 de 2008 y 614 de 2009, estatuye que quien contribuya de manera efectiva a la consecución de la paz y el logro de un acuerdo humanitario como miembro de un grupo armado al margen de la ley que llegue a acuerdos con el gobierno, como en mi caso, puede ser nombrado GESTOR DE PAZ, aun cuando el gestor se encuentre en cumplimiento de una medida de aseguramiento o una condena, como lo describe el inciso Segundo del artículo 6o del Decreto 614 del 21 de febrero de 2009.
(*2). Al momento de nuestra desmovilización estaba vigente la ley 600 que permite un máximo de 40 años de condena.
(*3). Rebajas: Hasta del 50% por declararse culpable. Hasta del 25% por colaboración (por favorabilidad de la ley 906). De aquí, 3/5 partes se hacen en la cárcel y a esto se le obtiene una redención de 1/3 parte por trabajo y/o estudio.

noviembre 12, 2009

144. Definitiva internacionalización del irresuelto conflicto colombiano




Chávez y Uribe apelan a la guerra para neutralizar sus oposiciones internas

Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
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"Schultz alertó en particular sobre el cáncer de Nicaragua, pregonando: "Tenemos que cercenarlo". Y no con medidas suaves: "Los acuerdos son un eufemismo de la capitulación si la sombra del poder no se cierne sobre la mesa de negociaciones", proclamaba Schultz, condenando a quienes defendían "medios utópicos, legalistas, como la mediación externa, las Naciones Unidas y la Corte Mundial, e ignorando el elemento de poder de la ecuación* (* George Schultz, Departamento de Estado, Current Policy, núm. 820)


Noam Chomsky, Hegemonía o supervivencia, El dominio mundial de EEUU



La firma de los acuerdos sobre la renovada presencia de inteligencia, aviones y recursos logísticos de EEUU en bases militares colombianas se suma al escenario internacional que rememora entre Colombia y Venezuela la crisis de los misiles rusos en la Cuba de los ‘60 que nos puso al borde de la crisis nuclear y un fatídico desenlace. Ayer la guerra fría, hoy la guerra al terrorismo y el narcotráfico, abonan el terreno de la lucha sin cuartel entre unipolares y multipolares, entre hegemónicos y revolucionarios, cuyas ondas mundiales expansivas abarcan de Turquía hasta Corea, desde Irán al cuerno oriental de África, sin dejar ya rincón del globo sin inquietar. Si queremos comprender el mundo en gestación y la previsible evolución del conflicto en Colombia cada día es más imprescindible adentrarse en los vericuetos de la historia mundial del siglo XX y mantenerse al día sobre qué está sucediendo particularmente en Asia y África, y cómo juegan sus cartas europeos y norteamericanos, halcones y palomas, fundamentalistas y nacionalistas, demócratas y autoritarios, en el mundo entero.

Colombia y Venezuela ingresan así del brazo mesiánico de Chávez y Uribe al umbral de la catástrofe, con el apoyo –explícito e implícito- de FARC y narcotráfico, y la manifiesta impotencia de las democráticas oposiciones venezolana y colombiana, el blanco apetecido por el delirio gobernante. Esto pone a prueba a ambas democracias y a ciudadanías que en ambos países descubren azorados que estamos asentados sobre polvorines prontos a estallar si no se hace entrar en razones y se le ponen límites y contrapesos a unos y otros que ávidos de seguir acumulando poder no dudan en desnaturalizar la democracia, promover el armamentismo y escalar los conflictos.

La frontera colombo-venezolana ingresa con el ‘factor bases’, las guerrillas colombianas y los ‘paramilitarismos cruzados’ a las grandes ligas de la geopolítica mundial y no se advierte en las dirigencias políticas de Bogotá y Caracas –ni oficialistas ni opositoras- nada que permita ser optimistas en el corto plazo, ante la inmediatez de los hechos que se suceden y que ya han llegado al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

La internacionalización del conflicto armado colombiano –que debió haberse evitado cuando aún era tiempo con políticas de estado consensuadas, negociaciones de paz suficientemente blindadas contra la impaciencia y facilitación internacional de máximo nivel- asoma a su nueva fase post Marulanda-Reyes de modo sombrío e inquietante tras la concatenación en el ánimo colectivo de los fracasos sucesivos y estrepitosos del Caguán y de Ralito (entre 1999 y 2006) en coincidencia con el despegue irreversible de la vocación revolucionaria de Chávez, las consecuencias mundiales del S11, la ultra derechización de Uribe y la globalización endémica del narcotráfico y sus capitales asociados vertical y horizontalmente.

Los estériles procesos de paz con guerrillas y autodefensas fueron presa de múltiples intereses y poderes oscuros inclinados hacia la concentración de la propiedad y el poder, la guerra como alienación y criminalización de la protesta, la exclusión social y marginación política no hallando en los gobiernos Pastrana y Uribe suficiente fortaleza de voluntad ni pulso firme de presidentes a la altura de sus responsabilidades con la paz, la reconciliación y la justicia social.

Las negociaciones de paz no eran imposibles –tampoco lo serían hoy- pero requerían por parte del Gobierno colombiano una amplitud de miras y un carácter ponderado y mesurado de estadistas y visionarios, una cuota de recursos y sacrificio personal y político involucrado, una determinación hacia la integración nacional y regional que ninguno de los dos presidentes puso en evidencia y mucho menos en juego. No se niegan ni desmerecen los avances habidos pero ni Pastrana ni Uribe han dado la talla en relación a los problemas heredados y esto seguramente tiene más que ver con la magnitud de lo que faltó por hacer que lo hecho con bienintencionado esfuerzo hasta aquí.

Esto sea dicho para que no se insista en poner desproporcionadas y evasivas culpas en quienes en esto menos responsabilidad sobre el fracaso han tenido, trátense de FARC, ELN o AUC. Errores graves -¿quién podría ponerlo en duda? cometieron guerrillas y autodefensas, pero quienes tuvieron el poder de encauzar las negociaciones y salvar los procesos fueron los gobiernos, quienes finalmente son los que tienen la sartén por el mango.

Esto no es para cargar las tintas sobre los presidentes sino para abandonar el lugar común de estigmatizar a los actores armados ilegales echando mano del sinfín de recursos retóricos, mediáticos y de instrumentación propagandística que tienen convencido a medio país que la guerra es el único remedio porque los subversivos y los sediciosos son moralmente irrecuperables y no tienen otro destino que ser perseguidos, encarcelados o dados de baja.

Nadie discute que a los delincuentes hay que someterlos a la Ley, tampoco que los delitos deben ser castigados. No se trata de que el Estado no defienda a los ciudadanos, ni que las fuerzas de seguridad no brinden seguridad. Sin embargo, para toda política de contención y represión no solo deben existir límites infranqueables previstos en la Ley, sino también necesaria complementación de políticas de prevención y persuasión. Llámense amenazas terroristas o guerrillas revolucionarias, autodefensas ilegales o bandas emergentes, Colombia no puede darse el lujo de prescindir de canales de diálogo y comunicación con los ilegales alzados en armas que desafían el orden constitucional, las fuerzas del orden y la libertad de los ciudadanos.

No se trata de legitimar el crimen, ni de cohonestar con los delincuentes –políticos o no políticos- sino de respetar toda dignidad humana, todo derecho humano, también, y con plena convicción, el de aquellos que han decidido ponerse al margen de la ley –incluso en contra de la ley- por razones que deben ser escuchadas, valoradas y atendidas sin prejuicios con infinita paciencia. Precisamente, porque urge atraer hacia la legalidad, la civilidad, la sana convivencia a decenas de miles de colombianos y colombianas que no por delincuentes –organizados o no- han perdido su condición humana, su derecho a manifestarse, ser escuchados y reincorporados a la sociedad.

El gobierno Uribe debe tomar en estos meses finales de su segundo mandato iniciativas audaces que evidencien que siete años de presidencia no han transcurrido en vano y que su legado al sucesor –o incluso su eventual continuidad- irán acompañados de una sana autocrítica sobre aquellos aspectos que aún no habiendo constituido su norte representan el sentimiento y voluntad de otros grupos diferentes al oficialismo uribista. Entre estos quiero mencionar aquí apenas tres temáticas sensibles interrelacionadas: 1) el caso de los secuestrados; 2) la solución política del conflicto armado; 3) la buena relación con los países vecinos.

Conocemos las razones que esgrime el Gobierno para actuar en estos frentes como lo ha hecho. No se niega la validez de los fundamentos ni el derecho que avala las posiciones sostenidas. Sin embargo, considero éticamente imprescindible y políticamente deseable que el presidente Uribe le dedique estos meses hasta mayo de 2010 a escuchar y atender razones que mantienen quienes difieren del Gobierno en estas cuestiones. Con el propósito de llegar al 7 de agosto de 2010 con un inventario consistente y representativo del pensamiento nacional acerca de qué hacer en el próximo cuatrienio para deshacer desde el Gobierno, el Congreso y la Justicia el nudo gordiano de la tragedia colombiana de los últimos sesenta años.

Nudo gordiano sobre el cual confluyen y se entrelazan los siguientes factores de desencuentro nacional:

1) la violencia como metodología de acción política;

2) la solución política negociada como alternativa a la solución militar y policiva;

3) la libertad inmediata y sin riesgos de todos los secuestrados;

4) la participación activa de los desmovilizados en la construcción de paz y
reconciliación, y su rol en el posconflicto;

5) la participación facilitadora de los gobiernos vecinos en la construcción de confianza entre los actores armados ilegales, el Gobierno colombiano y la Comunidad internacional;

6) el gran acuerdo nacional sobre Paz y Reconciliación;

7) la reparación integral de las víctimas;

8) la participación de los poderes del Estado en el diseño y garantías plenas de validación de los acuerdos y su verificación y cumplimiento;

9) las fórmulas pacíficas y negociadas de desactivación del narcotráfico y desmonte de los cultivos ilícitos;

10) la comisión de la verdad y nunca más en consonancia con estándares internacionales de justicia y derecho de Colombia a la Paz y Reconciliación.


Ni la solución política es por sí sola la panacea, ni la solución militar un remedio infalible. No hay derecho que pueda elevar la guerra al altar de las causas justas, ni causa justa que pueda reivindicar la guerra como camino principal. No toda solución política es buena pero tampoco la guerra puede darse el lujo de no ser acompañada en todo momento y con la misma acuciosidad por una política activa y prioritaria de paz.

La internacionalización del conflicto armado colombiano tiene todos los ingredientes –si prospera en el rumbo que va- de convertirse en el caballo de Troya que introduzca en Colombia las armas de destrucción masiva y tarde o temprano el riesgo nuclear. No se trata de etiquetar culpables ni de satanizar actores. Es tiempo de prevenir horrores inconmensurables desde la perspectiva de hoy y afianzar un clima continental de paz y progreso social. Clima que Colombia puede ayudar a vislumbrar a partir del modo en el que sepa resolver su conflicto interno devenido ya en internacional y cuyo derrame sobre los países vecinos y hermanos debe concitar el espíritu universal de paz.

Habitamos en América un rincón del mundo donde las experiencias, entre otras, de Guatemala, en tiempos de Arbenz, de Cuba y el Che, de Nicaragua y los sandinistas, con sus dilemas y enfrentamientos de liberación y hegemonía, involucraron vidas y sociedades sacrificadas en sus derechos y sus libertades, con menosprecio por la dignidad humana y desprecio por la justicia social. La historia de América Latina está jalonada de intervencionismo y demagogia, dictaduras sangrientas y aprendices de brujo, que mantienen relegados a nuestros pueblos en sus aspiraciones legítimas y pisoteadas, largamente postergadas por padecimientos y opresiones cuya injusticia clama al cielo.

No se trata de seguir echando leña al fuego ni de incendiar el territorio y enceguecer las mentes con fanatismos y caza de brujas. Es por esto que ni desde la izquierda ni desde la derecha, ni desde los privilegios ni desde las reivindicaciones, ni desde la economía ni desde la política se puede seguir azuzando la lucha de clases ni defendiendo el capitalismo salvaje, ni apelar a los caudillismos y los fanatismos, los sectarismos y las vanguardias iluminadas y proféticas de la violencia, ni los retardatarios que están dispuestos a todo con tal de conservar sus privilegios.

El próximo presidente de Colombia ha de serlo para la paz, no para la guerra, para la integración continental no para el aislamiento internacional, para un nuevo pacto de amistad y relanzamiento de las relaciones con el gobierno y el pueblo de los Estados Unidos, para que América consolide su unidad de Norte a Sur, de Este a Oeste, sin imperialismo ni hegemonía, con respeto por lo propio y también y sobre todo por el derecho a pensar distinto, por el derecho a buscar los propios destinos sin paternalismos ni imposiciones, sin violencia y sin chantajes.


Así la veo yo.


Los 144 artículos que componen la serie publicada –iniciada en de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en
www.lapazencolombia.blogspot.com

También encontrarán allí los artículos de la serie PARADERO 2010 iniciada en diciembre de 2008.

noviembre 03, 2009

19. Ante la Obsesión U por la guerra urge Obsesión ciudadana por la Paz

PARADERO 2010

En pos de la convergencia futura impulsemos la transversalidad presente

Por Rubiño
juanrubbini@hotmail.com
www.lapazencolombia.blogspot.com

Audio e Imágenes:
Mercedes Sosa, a su memoria
http://letras.terra.com.br/mercedes-sosa/63324/














Sólo le pido a Dios
Que el dolor no me sea indiferente,
Que la reseca muerte no me encuentre
Vacío y solo sin haber hecho lo suficiente.
Sólo le pido a Dios
Que lo injusto no me sea indiferente,
Que no me abofeteen la otra mejilla
Después que una garra me arañó esta suerte.
Sólo le pido a Dios
Que la guerra no me sea indiferente,
Es un monstruo grande y pisa fuerte
Toda la pobre inocencia de la gente.
Sólo le pido a Dios
Que el engaño no me sea indiferente
Si un traidor puede más que unos cuantos,
Que esos cuantos no lo olviden fácilmente.
Sólo le pido a Dios
Que el futuro no me sea indiferente,
Desahuciado está el que tiene que marchar
A vivir una cultura diferente.

(León Gieco, Sólo le pido a Dios)



Aunque Usted no lo crea la Copa de la Paz tiene a varios equipos –en guerra y desmovilizados- estudiando participar. El de Presidencia –autoexcluido por decisión de Uribe- se niega rotundamente aduciendo que le ha ido mejor –en encuestas y urnas- al descalificar y estigmatizar, combatir y reciclar, marginar y excluir, judicializar y extraditar a los jugadores rivales. Triste porque, para la paz, como para el amor, hacen faltan al menos dos, pero con uno que se niegue no hay paz posible, ni amor tampoco.

Me preguntan por qué no votaré por Uribe en 2010, si se trata de expectativas frustradas o algo más complejo. Tomé la decisión de abstenerme si hay referendo pero no escogí candidato presidencial. No votaré por Uribe, ni Santos ni Arias. No tengo dudas que Pardo honraría el cargo de Presidente y valoro a Fajardo como excelente candidato. Noemí representaría muy bien a Colombia -incluso como Presidenta. Lo que no me suena es que en la coyuntura actual el péndulo pase de Uribe a Petro. Aunque no le vendría nada mal a Colombia un Presidente desmovilizado. En cuanto a Vargas lo veo más sumando a un Gobierno de Pardo que encabezando el propio. Aunque no faltan quienes piensen que la cosa será precisamente al revés. No veo a Mockus en el podio presidencial pero sí me gustaría su presencia en el Gobierno.

Desde donde me ha tocado vivir este partido –los pasillos vecinos al camerino de uno de los equipos que aspiraba –y todavía aspira- ganar para Colombia la Copa de la Paz esperé mucho de Uribe en 2002, bastante menos cuatro años más tarde y ahora solo espero que no pase del 7 de agosto su permanencia en el poder. ¡No más tiempo de reposición, ni más tiempos suplementarios, juez!

Destaco lo de la paz porque le adjudico propiedades socialmente sanadoras y reconstituyentes que exceden en mucho la mera ausencia de guerra. “Es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”. Increíble pero cierto que los Castaño y Mancuso, muertos y extraditados en el intento de construir paz lo entendieran –como antes Navarro y Petro- y aplicaran a su entero riesgo y que los Uribe y ‘Cano’ sigan en las mismas, aunque, a decir verdad, en esto me resulta más inexplicable lo de Uribe que lo de Cano, incluso más éticamente imperdonable lo de un Presidente por aquello que Uribe si quiere puede, pero ‘Cano’ aunque quiera siempre le costará mucho más desde la clandestina ilegalidad y perseguido y acorralado. Con el fantasma de ser acusado por traición a la causa que siempre acecha a los revolucionarios que escogen el camino de la solución política negociada.
La paz no es el resultado final de la guerra, ni la guerra la gran partera de la Historia. La paz –ya se ha dicho- no es la meta, sino el camino que conduce al fin de la guerra. La paz debe instalarse hoy, sin demora. Podrá convivir con la guerra pero nunca tolerarla. La paz es construcción, no demolición, goza con la vida, no se congratula con la muerte, ni con la propia –esto se entiende- ni con la del enemigo –esto no se advierte en el lenguaje del Presidente ni en el de sus subordinados en la cadena de mando. ¿Amainará la obsesión de este Gobierno por la muerte –es decir, por la guerra- a partir de la competencia plena de la Corte Penal Internacional, bienvenida y sin salvedad ninguna a partir del 1 de noviembre? No creo, porque no entiende ni quiere entender en su terquedad, que su guerra nunca tuvo futuro y, además, la Justicia internacional le ha comenzado a roer el presente. Y para colmo de males está convencido este Gobierno que la Justicia es juez y parte de una “guerra jurídica”, nada menos.

Esto de empecinarse en el camino de la guerra –es decir, más y más víctimas, como si las habidas no fueran suficientes- es grave, muy grave, porque revela que tras siete años de tomar partido por la guerra, el Presidente sigue en las mismas. Hay quienes lo justifican diciendo que la guerra es para presionar una negociación, un maquiavelismo del tipo que el fin justifica los medios. Igualitico a las FARC en esto, aunque hoy son las FARC las que intuyen que si Uribe no continúa en la Presidencia la presión por lanzar propuestas serias y conducentes de paz les vendrá incluso desde su izquierda amiga, continental y vecina, norteamericana y europea también, a la cual no tendrán cómo decirle que no.

El conflicto armado ha atravesado experiencias fracasadas de procesos de paz, no cabe duda, es historia patria. Pero esto no es argumento válido para no insistir en propiciar procesos de paz, sino que obliga a perfeccionar y corregir la búsqueda, a proceder con ponderación en la crítica y autocrítica del porqué de los fracasos. Perseverar en el error es una estupidez –esto también se ha dicho- pero aquí y ahora en Colombia de lo que se trata es de dilucidar dónde radica el error. Si el error radica en buscar ya la paz desde las entrañas de la misma guerra y sus actores, o por el contrario, al insistir en pretender la paz como consecuencia de la victoria en la guerra, donde se imponga la rendición del enemigo y se decrete la paz, no como fruto de una negociación sino consecuencia de una rendición. Esto último es lo que piensa este Gobierno, y no hay indicios de que vaya a cambiar ni hoy, ni mañana ni nunca.

Es por estas diferencias abismales sobre cuál es el camino hacia la paz, por lo que me resisto a que el final del mandato de Uribe se prolongue un solo día más tras el 7 de agosto de 2010. Estoy convencido que el camino de la guerra no lleva a ninguna paz, y como es la paz de Colombia y del mundo mi razón de vivir, dejo claro a quien pudiera pensar diferente que no he sido, no soy ni seré nunca antiuribista.

No hay en esta posición nada personal, ningún rencor por esto o por aquello, no cabe y no sería honesto con quienes me leen. Si yo he logrado ubicarme en las graderías, tras algunos forcejeos intelectuales, al frente del círculo central, al Presidente le ha tocado por esas cosas de la vida –no lo envidio, más bien lo compadezco- ubicarse en un extremo y desde la ‘barra brava’. Desde donde él asiste al partido es más sencillo contagiarse del fanatismo que del respeto por el rival, lanzar el grito insultante que no la frase mesurada, incitar a la violencia que no el fair play, el puño dirigido a la cara del adversario que la mano tendida en son de paz.

Pensándolo un poco más, con solo cambiar algunos articulitos del reglamento el fútbol se podría transformar en boxeo, o el ring en plaza de toros. Y que la sangre decida y la muerte entre y escoja el vencedor.

Si de encrucijadas del alma se trata hace años resolví la mía: estoy dispuesto a morir por mis ideas pero matar para imponer las mías, jamás.

Y esto obliga -en Paz, Reconciliación, Justicia, Verdad y Reparación- también al Estado.

¡Ni más faltaba!


Así la veo yo.


Los 19 artículos que componen la serie publicada –iniciada en diciembre de 2008- de PARADERO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
También encontrarán allí los artículos que integran la ASÍ LA VEO YO iniciada en MARZO de 2005 y dedicada al proceso de paz con las autodefensas.