diciembre 16, 2010

173. En 2011 la nueva mejor amiga ha de ser la Paz

ASÍ LA VEO YO - Año 6

No más leña al fuego, no más sangre derramada
Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com


Ad portas de 2011 no solo los desmovilizados rasos de las AUC están en el ‘limbo’ sino que vivimos nuestro propio infierno todos quienes padecemos los daños que ocasiona el entero conflicto social, armado y político con sus corruptelas y conexiones ‘narcas’, paraestatales, de política nacional e internacional. No solo las trampas y atajos de la ilegalidad subsisten como caminos de acumular y corromper poder político, económico y militar sino que las emboscadas y leguleyadas de la legalidad dificultan la construcción del entramado de credibilidad entre las partes que haga posible avanzar en acuerdos de paz realistas y sostenibles.

Se entiende que el gobierno Santos manifieste indignación porque Yair Klein no sea enviado a Colombia –amparado como está por la Justicia europea y el Estado de Israel- para que responda aquí por sus acciones vinculadas al paramilitarismo de los ‘80. Pero ¿no está en mora el mismo gobierno Santos de solicitar a las autoridades de los EU la repatriación de los jefes de las autodefensas y de las Farc extraditados, cuya presencia en Colombia exige no solo el compromiso del Estado colombiano con Justicia y Paz, sino la exigencia de verdad y reparación propia de la Justicia transicional que el mismo Presidente Santos acaba de asumir, hace pocos días en Nueva York, ante la Corte Penal Internacional y las Naciones Unidas?

El Gobierno Santos ha impuesto una serie de condiciones previas a las Farc y Eln para sentarse a dialogar con sus representantes. Todas esas condiciones –y unas cuantas más- han sido efectivamente satisfechas por los ex jefes de las autodefensas desmovilizadas desde 2004 hasta el presente. ¿Qué impide entonces al Gobierno Santos su diálogo con quienes en Colombia y EU siguen cumpliendo sus compromisos con la Justicia y satisfaciendo sus estándares de Verdad, Justicia y Reparación pese a todas las dificultades, inseguridades físicas y jurídicas e incluso alejamiento del País que han conspirado y siguen conspirando contra la celeridad de los procesos y las exigencias de las víctimas y la ciudadanía?

Cursa en estos días en el Congreso de la República un proyecto de ley que intenta comenzar a poner orden en lo que sigue siendo un azaroso proceso de paz, cuyos méritos son indudables y sus logros incontrovertibles, pero que ha evidenciado a propios y extraños que Colombia aún está muy lejos de concretar en los hechos que desmovilización y justicia transicional funcionen adecuadamente.

No se trata de ensayar un memorial de agravios sobre incumplimientos de parte y parte, tampoco de satanizar al anterior gobierno ni de adjudicar a los ex jefes ‘paras’ toda suerte de epítetos y estigmas. Seguramente, habrá justificaciones –o al menos explicaciones más o menos creíbles- sobre el cúmulo de animadversiones, conjeturas y prejuicios que hicieron del ida y vuelta entre la Casa de Nariño y Santa Fe Ralito un camino de espinas y desencuentros que acabó con unos en prisión, con otros extraditados, con muchos cientos y hasta miles, muertos o de regreso en el monte, y con los más –los que hoy están más cerca del infierno que del limbo- incrédulos ante la palabra del Estado –que debiera ser sagrada- y sumidos entre la tentación de la violencia y el riesgo cierto de caer en el laberinto ‘kafkiano’ de un proceso ya no político, ya no de paz, sino de imprevisibles y dramáticas consecuencias para ellos, sus familias y sus comunidades.

Por eso me pregunto y pregunto al Gobierno Santos: si este Gobierno es la continuidad de las políticas del Gobierno Uribe con las debidas rectificaciones y mejoras en cada caso: desde las relaciones con los países vecinos hasta su nueva visión de la unidad continental, pasando por la armonía entre los Poderes de la Democracia, y la Unidad nacional como camino y meta de los colombianos, ¿no ha llegado el momento de incluir en la agenda nacional y gubernamental la revisión y actualización de ocho años de proceso de paz con las Autodefensas, y revivir el contacto humano y presencial con sus ex jefes y miembros representantes?

A nadie se le ocurre reivindicar todo lo que de males trajo al país la connivencia ilegal y antiética entre paramilitares y fuerzas del Estado, políticas, económicas o militares. También está claro que el fin no justifica los medios, ni desde la izquierda ni desde la derecha. Y que ante todo se trata de asegurar la no repetición de las acciones funestas y de no producir nuevas víctimas ni revictimizar a quienes ya sufrieron demasiado y demasiado injustamente. Todo esto es un aprendizaje que no podemos ni debemos desaprender los colombianos. Pero dicho esto, lo cierto es que quienes se desarmaron y desmovilizaron, creyeron en la palabra del Gobierno Uribe y apostaron todo a la paz y reconciliación, asumieron sus culpas y están cumpliendo con sus compromisos de Justicia, Verdad y Reparación, lo hicieron confiados no solo en Dios sino en que una segunda oportunidad tendrían en esta vida, en esta tierra colombiana, libres, vivos y en paz.
Así las cosas, para afianzar la unidad nacional, para seguir construyendo los cimientos de la paz y reconciliación entre quienes fueron enemigos en la guerra, y también entre víctimas y victimarios, entre culpables e inocentes, entre arrepentidos y dispuestos al perdón, ¿no cree Presidente Santos, no cree Vicepresidente Garzón, no creen señores ex jefes de las autodefensas, que ha llegado la hora del diálogo, del intercambio humano de sueños y temores, experiencias y propósitos, metas y acciones que conduzcan al definitivo final de la guerra, a la reconciliación sincera y fundante de una Colombia renovada y próspera?

El 7 de agosto de 2002 comenzamos a imaginar lo que sería Colombia sin paramilitarismo ni autodefensas, en el camino de llegar una década después a una Colombia pacificada y reconciliada, con las guerrillas desmovilizadas pero enteras en sus ideales y políticamente activas. Me atrevo a decir que ese fue el sueño de los Castaño y los Mancuso y seguramente también de Uribe y quienes iniciaron su Gobierno en 2002. No se trata de echar más leña al fuego ni de buscar culpables de lo que pudo haberse anticipado y verificado incluso en menos de una década.

Se trata en cambio de reconocernos con vida, y de obrar en consecuencia, con amor e inteligencia, diálogo y cooperación.

Porque a Colombia la salvamos entre todos, o no la salva nadie.


Así la veo yo.


FELIZ NAVIDAD, FELIZ AÑO, PERDONANDO SE ALCANZA EL PERDÓN.

Los 173 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

octubre 13, 2010

172. La cara del Santo hace el milagro



ASÍ LA VEO YO - Año 6

Los actores legales e ilegales y una conversación ‘tú a tú’

Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
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El Gobierno Santos debe tomar la iniciativa en cuestiones de paz. Dejar de hacer concesiones ‘guerreristas’ a quienes ‘viven’ del conflicto. Tomar la iniciativa significa poner sobre la mesa una invitación audaz que haga imposible a las guerrillas responder que no. Audaz, a estas alturas de la historia del conflicto armado, quiere decir: “pongámosle fin a esto y hagámoslo de tal manera que Colombia sea realmente un País donde quepamos Todos”. A buenos entendedores pocas palabras.

El conflicto no va a terminar, ni siquiera va a amainar –necesariamente- solo porque guerrillas y Gobierno se sienten a conversar. La paz es un proceso, un camino. Provocaciones y saboteos son previsibles de ambas partes y no deben hacer mella. Se trata de instituir un ‘cara a cara’, no de conversar por conversar –somos gente grande-, pero sí y ante todo de conversar, de ‘tú a tù’. Cada parte con sus argumentos, cada quien con lo que es, con su bagaje de historia, presente y futuro

Los guerrilleros consideran legítima su lucha y atendibles sus reivindicaciones. No faltan organizaciones y gobiernos extranjeros que ven con simpatía, o se explican su existencia. El Gobierno se sabe investido de legalidad constitucional y en ese marco su legitimidad no se discute. No lo discute la Comunidad internacional. Los guerrilleros no son los únicos ‘ilegales’ del conflicto, subsisten ‘paracos’ que vía ‘bacrim’ beben de las mismas aguas que Farc y Eln en cuanto a su conexión narca y su influencia en los cultivos ilícitos y las narcoeconomías. Ni qué decir que del árbol del Estado han colgado y siguen colgando unas cuantas manzanas que ni lucen podridas ni desamparadas.

Nadie, de buena fe, podrá negar –ni dejar de reconocer- que lo más relevante de la generación Castaño de autodefensas pactó una paz con verdad, justicia y reparación, y allí está rindiendo cuentas con la Justicia de acá y la de los Estados Unidos. Puede que esto no haya sido fruto de los acuerdos –sino más bien de los desacuerdos de Santa Fe Ralito- pero lo cierto es que ya se desmovilizaron, entregaron sus armas y se negaron a sumarse a los ‘nuevos paramilitarismos’ que aún hoy en ‘obra negra’ echaron los cimientos de la nueva ola del conflicto armado. Nueva ola con las que hoy nos toca bailar y que el Gobierno Uribe dejó florecer silvestre ¿reaseguro tal vez? por lo que fuera a pasar, pasado su Gobierno, entre guerrillas y Estado. O incluso, entre Chávez, Farc y Colombia.

Hoy estamos lidiando –los ciudadanos- con un estado de cosas que solo un demente podría observar con mirada triunfalista. ¿Cómo plantear siquiera como hipótesis la posibilidad de sentirse triunfalistas? ¿De qué triunfo nos están hablando? ¿A quién le ganó Uribe realmente en materia de ‘descomplejizar’ el conflicto? No se trata –hay que decirlo- que las guerrillas puedan cantar victoria en la situación en que se hallan –eso tampoco- ni que los nuevos mandos ‘paracos’ estén consolidados y sin pasar afugias, tampoco que los narcos se sientan seguros en alguna parte. Pero ninguno de ellos –me refiero a los ‘estamentos ilegales’ del conflicto- sienten como conjuntos que están viviendo el ‘fin del fin’. Ser capturados, o morir, son gajes del oficio, resultados que todo revolucionario o contrarrevolucionario, narco o delincuente, tiene asumido, y por una u otra razón decide correr el riesgo personal. Lo cierto es que los incentivos a delinquir, por delitos políticos o no, siguen existiendo a gran escala en la Colombia que nos dejó Uribe. Y esto es lo preocupante y lo que el Gobierno Santos debe resolver. No a las malas, que es imposible y a la vez indeseable, pero sí a las buenas, porque no solo es posible –aunque difícil- sino deseable y recomendable en términos de reducir al mínimo las futuras víctimas y la generación de nuevos victimarios.

De alguna manera, existe un ‘empate estratégico’, un ‘impasse’ donde el Gobierno puede exhibir resultados favorables a su causa, pero los ‘ilegales’ también cosechan uno que otro triunfo, mezclado con derrotas, pero son derrotas que aunque duelan y conmuevan no afectan la médula del conflicto, ni ponen en riesgo su equilibrio inestable, pero equilibrio al fin.

Así las cosas, Colombia no puede aspirar –mientras exista el conflicto armado- a ningún liderazgo en el área –como sugieren declaraciones de Santos-Holguín. Ni tampoco revolucionar y expandir su economía urbana y rural de tal manera que fluyan poderosas corrientes inversionistas y circuitos de comercio internacional –de ida y vuelta- que mejoren la productividad, el empleo y el ingreso nacional de los colombianos.

No solo el Gobierno, también las guerrillas deberán asumir que de este empate insatisfactorio para los propósitos de unos y de otros, ni siquiera ellos dos son los únicos interlocutores de los diálogos que lleven a construir el País donde quepamos Todos. El conflicto mutó con las décadas que han pasado y ya no están solos, Estado y guerrillas, sobre el escenario de la guerra y de la paz. Estado y guerrillas deben asumir que hay formas de ilegalidad que nacieron de las entrañas y orillas de la vieja confrontación y han crecido no solo económica y políticamente, sino que su capacidad de hacer daño es notable y seguirá creciendo si no se resuelven los problemas que explican la existencia de tanta ilegalidad inserta en el territorio nacional.

Colombia no surgirá como potencia regional sino de la confluencia social legitimada y legal de al menos cuatro elementos que hoy permanecen dislocados o ilegalmente sistematizados: Estado, guerrillas, ‘paras’ y ‘narcos’. Estas son las piezas del rompecabezas sobre las que el Gobierno Santos tiene el desafío de articular una ‘reingenierìa’ civilista, armónica y dentro de la legalidad. Este es el ‘modelo para armar’ y para el cual no hay otro camino que el diálogo y los acuerdos, con las debidas mediaciones, garantías y complacencia de la Comunidad internacional.

El Papa Ratzinger, el Papa teólogo, ha dicho hoy en Roma que "El hombre está en peligro porque vive como si Dios no existiera”.

Creyentes o no podemos parafrasear esta frase del Papa y decirnos en voz alta para que el mundo también escuche que “Colombia está en peligro porque aquí se mata y se muere como si una solución política y negociada no existiera”.

Así la veo yo.

Los 172 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

octubre 05, 2010

171. ‘Vamos bien’ pero ‘seguimos mal’

La Justicia tendrá sobre Uribe y su Gobierno la última palabra

Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com


Ser o no ser… poner sobre la balanza el precio de la paz y los costos de la guerra. Esta es la cuestión. La cuestión no es embriagarnos de triunfalismo o aprender a disimularlo, la cuestión es de honrar la vida o festejar la muerte. El enemigo no está enfrente, está en el interior de cada uno y tendremos que asumirlo. O haremos las paces con nosotros mismos y será con los demás, o nos declaramos en guerra contra nosotros mismos y saldremos de cacería a los enemigos para matar y morir de puros egoístas e indiferentes con nuestra vida y la de los demás…

La Justicia tendrá sobre Uribe y su Gobierno la última palabra. También la tendrá sobre los desmovilizados y extraditados de Justicia y Paz, incluso la Justicia tendrá la última palabra sobre los próximos pasos en materia de paz. Por esto urge dotar a la Justicia de todo aquello que le permita honrar su función con todos los medios y atributos que la coloquen a la altura de los inmensos desafíos que la historia le tiene reservados. La decisión política más trascendente que tiene Santos en sus manos es la de fortalecer la Justicia, darle su lugar y aceptar su veredicto.

Vivimos un tiempo de tormentas epocales, el ‘invierno’ se prolonga y profundiza no solo en el clima sino que atraviesa el territorio nacional y sacude los espíritus con paradigmas inusuales y bienvenidos, que de concretarse estarían anunciando la primavera anhelada: la tierra a quienes la necesitan y merecen, la reparación a quienes han sido victimizados, las regalías sin feudalismos ni ‘pernadas’, la seguridad a los ciudadanos, en las urbes y los campos. Si todo esto no es -hablando en colombiano-, el ‘nuevo nombre de la paz’ ¿qué significado tendría? ¿Y qué futuro sostenible podría representar si no va acompañado, todo este concierto de iniciativas legislativas, por el impuiso presidencial a la construcción de paz, donde uno por uno, todos los factores que hoy generan violencia reciban su tratamiento especial, su espacio de diálogo y acuerdos, y sepan a qué atenerse a cambio de su renuncia a la guerra y la ilegalidad?

‘Guerreristas’ los hay en todas partes, entre los ilegales y también en el Estado. Pacifistas también los hay en todas partes, al igual que incrédulos, escépticos y esperanzados. Hay de todo en la viña del Señor. Y a la viña del Señor no son ajenos y están llamados por igual, guerrilleros y paras, autodefensas y bandidos, narcos e integrantes de las fuerzas del Estado. Santos tiene el derecho, y la obligación constitucional, de darle una oportunidad a la paz. Ojalá no sea desaprovechada.

El Gobierno Santos ha querido soltar amarras del ‘furi-uribismo’ pero no se ha librado de navegar con unos cuantos furibistas a bordo y otros a remolque. La navegación del ‘santismo’ en estas condiciones no será sencilla y la amenaza del ‘motín de los uribistas’ estará latente por un tiempo que promete ser tan largo como la paciencia de unos y de otros se sostenga.

Nada nos asegura que Colombia esté andando de lo malo a lo menos malo aunque en el tiempo de los ‘mass media’ la política de los anuncios -tan pegajosa como contagiosa- quiera primar sobre la realidad de los hechos, y los proyectos abunden como sustitutos de las concreciones, o más bien, confundiendo las fantasías con los logros, las leyes con su efectivo cumplimiento.

La ‘unidad nacional’ en términos políticos, suele devenir en contra de algunos, más que en favor de todos. Los ‘furi-uribistas’ sienten que la ‘unidad nacional’ va en contravía de los intereses de los ‘uribistas’, los ‘santistas’ en cambio prefieren endulzar los sentimientos ‘uribistas’ con halagos retóricos y apelaciones al Libertador que al menos entre 2002 y 2010 destaca Santos que ha sido Uribe. Claro que las Farc allí están para recordarnos que de las Farc no nos libró Uribe, ni tampoco de las bandas emergentes, ni del narcotráfico, ni de la inseguridad. Los Libertadores ya no son lo que fueron, ni Uribe lo podrá ser aunque vuelva y revuelva a caballo de una Constituyente que así como se anuncia luce más a Destituyente, destituyente de Santos, se entiende. Y es esto último lo que los ‘santistas’ no admiten aunque deban tolerarlo, al menos hasta que la Presidencia de Santos haya llegado a mar abierto y se den las condiciones propicias para arrojar por la borda al mismísimo Libertador Uribe si insiste en reclamar como propria la Casa de Nari.

Si Uribe ya no es lo que fue y Santos todavía no es lo que aspira a ser, tampoco la oposición no-uribista es la que fue ni suelta pistas sobre hacia dónde quiere ir. Así las cosas Colombia navega sobre un mar de incertidumbres y, aunque quiera convencerse que su rumbo tiene un norte lo cierto es que hasta las Farc aspiran a tener otra oportunidad, al igual que los ‘paras’ rearmados recuperan el aire y la inspiración que los eleve al estatus político, el mismo al que aspiraba Castaño y la anterior generación de autodefensas cuando Uribe se cruzó en su camino y por políticamente incómodos los ‘anestesió’ primero, los ‘crucificó’ después y entre gallos y medianoche los extraditó para que en tierras gringas la Verdad perdiera el rastro.

¡A Dios le pido...! que el triunfalismo de los Rivera deje lugar a la sensatez de los Angelinos, y la renovación radical de los Vargas neutralice los embates regresivos y restauradores del dogma ‘uribista’, mientras la mirada periférica de Juan Manuel redescubre lo estratégico de resolver la cuestión del conflicto y su financiamiento, para que la tierra recupere su función social, los poderes de la democracia su equilibrio y las víctimas su dignidad.

No será fácil entenderse con las Farc ni repatriar a los extraditados pero vale más el intento de utilizar la llave que la tentación maniquea de la puerta cerrada, así como vale más dar rienda suelta a la ‘politización’ de los paras y guerrilleros que su exclusión egoísta y a todas luces injusta, si abandonaron las armas –o están dispuestos a hacerlo- pero no su condición humana, con sus derechos civiles y políticos.

El mundo entenderá finalmente el precio de la paz... pero cada día que pase estará menos dispuesto a seguir tolerando los costos de la guerra.


Así la veo yo.


Los 171 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

septiembre 15, 2010

170. ¿Cuánto tardará en aparecer un nuevo Carlos Castaño?

ASÍ LA VEO YO - Año 6

No hay situación por mala que sea que no pueda empeorar

Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com


Cada día es menos disimulable que la extradición de los desmovilizados ex jefes de las autodefensas resultó un tremendo error del Gobierno que ameritaría ser denunciado como obstrucción a la Justicia –no la de Estados Unidos, sino la de Colombia.

Justicia y Paz no salió de la nada. Mucho menos del fin de la guerra. No estaba en la mente de nadie cuando comenzó el proceso de paz con las autodefensas. Sin embargo, Justicia y Paz existe, y las leyes son para cumplirlas. O modificarlas, o derogarlas.

Justicia y Paz presupone que hay voluntad de sacar a flote la Verdad y de reparar a las víctimas. También presupone que el Estado dispondrá todo lo que hay que disponer para que la Justicia fluya, se administre y aplique. Todo dentro de los plazos, todo dentro de la Ley.

Justicia y Paz no fue elaborada para extraditar a nadie, menos para alejar la Verdad, obstruir la Justicia y re-victimizar a las víctimas. Si el Gobierno anterior al extraditar a los jefes de las autodefensas quiso asegurar su segunda reelección al costo de bloquear el flujo de verdad, ignorar a las víctimas y dejar en el limbo jurídico a los jefes desmovilizados extraditados, eso debe ser materia de investigación judicial. El poder discrecional del Ejecutivo no debe ser puesto al servicio de causas particulares contrarias al bien general, ni del ocultamiento de la Verdad y la obstrucción del debido proceso. La responsabilidad penal habrá que determinarla en Colombia, o reclamarla en las instancias internacionales, y si solo se trata de responsabilidades políticas ello deberá debatirse: razón más que suficiente para insistir en que los desmovilizados ex jefes de las autodefensas deben recuperar sus derechos políticos al reanudarse y completarse su proceso de paz.

No se debe echar al olvido lo sucedido con las interrumpidas negociaciones con las autodefensas. Porque de ello se han derivado nuevas desgracias, nuevos conflictos, nuevas víctimas. No se hace la paz con un grupo armado para darle argumentos fundados de hablar de incumplimientos del Estado, ni provocar que nuevas generaciones de ‘paras’ tengan sus buenas o malas razones para poner en marcha su sentido del derecho traicionado, de la palabra gubernamental incumplida.

¿Será que Santos se le mide a recomponer este galimatías y logra la aquiescencia de los Estados Unidos para repatriar a los extraditados que quieran seguir dentro de Justicia y Paz y cumplir no solo con aquella Justicia sino con esta Justicia de Colombia? Esto no solo obraría en beneficio de Justicia y Paz sino que abriría las puertas para que ‘disidentes’ de los desmovilizados reconsideren si no habría llegado el momento de cesar hostilidades y volver al redil de los diálogos de paz: en este caso, solo los Mancuso y demás –con su asentimiento- pueden dar fe que el proceso de paz continúa y los acuerdos serán finalmente reformulados, validados y cumplidos por las partes. Lo que no resulta realista ni serio es pensar que vaya a haber colaboración eficaz y fructífera entre ambas justicias a miles de kilómetros de distancia del epicentro de los acontecimientos que logre vencer la incomunicación de los extraditados con la realidad de tantos miles de víctimas, y tantos miles de hechos que no pueden ser esclarecidos sino con la presencia física de los imputados en Colombia.

¿Cuánto tardará en aparecer a la luz pública un nuevo Carlos Castaño? ¿Qué condiciones se están madurando para que el fenómeno de las nuevas autodefensas se manifieste a viva voz? ¿Cuál discurso político será el escogido para alentar en Colombia una nueva cruzada ilegal contra las guerrillas supérstites, con las que ni Uribe ha podido? ¿Quién asegura que el narcotráfico no se empeñe de lleno en la madre de todas las guerras para ganarse a sangre y fuego primero y desmovilizándose tras una negociación, su legitimación social y política? Aquello de que ‘los pueblos no delinquen’ puede ponerse a rodar nuevamente, esta vez, con el argumento del fracaso de Ralito y del mismo Caguán, no vistos como principal responsabilidad de los actores ilegales, sino como fruto de la decisión estratégica de un establecimiento económico y político con el fin de sostener y acumular poder y fuentes de enriquecimiento con la subsistencia de la guerra? Hace pocos días nos recordó Otto Morales Benítez que ya en su tiempo de alto consejero de paz del gobierno de Betancur en los ’80 los ‘enemigos agazapados de la paz’ existían en el mismo Gobierno que él integraba y agregó “no eran precisamente los militares, como muchos creyeron entonces”.

Si no nos hacemos las preguntas que son, la realidad nos abofeteará la cara sin clemencia. Si nos dejamos llevar del simulacro de victorias inexistentes y nos negamos a mirarnos en el espejo de los múltiples conflictos que nos someten a su Injusticia y Guerra, no solo la ley de Justicia y Paz será arrollada por los acontecimientos sino que los ejércitos ilegales que están reproduciéndose ante nuestra ceguera, bien puede que en vez de enfrentarse se alíen, en vez de desangrarse entre sí unan fuerzas, y transformen su historia de desencuentros ideológicos en una guerra de emancipación social. En sana dialéctica filosófica las tesis y las antítesis hallan, en el largo plazo de la Historia, su síntesis superadora. Y lo que no pasa en medio siglo, termina sucediendo en el arco de un decenio, o hasta menos, si las condiciones objetivas y las fuerzas subjetivas coinciden en tiempo, forma y lugar a caballo de coyunturas que el común de la gente no ve, y la miopía de las clases políticas impide avizorar.

Suena a coartada cínica y guerrerista el coro de aquellos que ante cada brutal hecho de guerra que han protagonizado las guerrillas desde el 7 de agosto pasado apelan al retórico –o apocalíptico, según se quiera ver- de “arreciar, arreciar, arreciar” pretendiendo que los incendios se apagan echándole más leña al fuego, o peor, regando gasolina sobre las llamas. ¿Será que pujan dentro del nuevo Gobierno dos líneas cuyos objetivos no solo difieren sino que se enfrentan? Y mientras unos quieren preparar el terreno para dialogar con los alzados en armas, otros insisten en cerrar cualquier puerta que conduzca a los diálogos de paz. Lo cierto es que no todos quienes hablan de victoria creen realmente en ello, sino que bajo esa falsedad invocada, sirven en realidad a los intereses de la guerra que generan enormes beneficios privados, donde las pérdidas se socializan pero las ganancias se privatizan. Sigan esa pista los escépticos que otra vez será cierto aquello de que ‘piensa mal y acertarás’. Hagan luego el mismo ejercicio pero con la legalización de la cocaína y similares. No todos quienes pujan por no legalizar lo hacen defendiendo principios morales, o situaciones de salud pública. Mimetizados en ese discurso están quienes sacan tajada de la ilegalización que permite la acumulación no solo de grandes fortunas, sino también la proliferación de infinidad de corruptelas que si para los narcos constituyen costos, para los beneficiarios significan ingresos, nada despreciables.

Tendremos indicios de hacia dónde se inclina Santos presidente en cuestiones de guerra y paz, cuando haya tenido lugar su primera visita oficial a los Estados Unidos, no antes, elemental Watson. Sabremos hacia dónde se dirigen Obama y Clinton en cuestiones de conflicto armado en Colombia cuando emitan señales sobre posibles diálogos o cuando trasciendan decisiones tomadas que nos permitan inferir, no nos precipitemos que los asuntos marchan lentos en palacio. Mientras tanto los alzados en armas continúan acumulando poder económico, que es el preludio de más armamento. Con ello se negociará la paz o se sustentará la guerra. Mientras se afinan los discursos políticos correspondientes a la nueva etapa post-Uribe, también asistiremos a pronunciamientos que desde el monte, desde los distintos montes y geografías, rurales y urbanos, pondrán sobre la mesa, qué tanto de verdad hay sobre la revitalización efectiva de las guerrillas, y qué tanto de político hay en las nuevas generaciones paras ‘post Ralito’.

Ni la guerra se gana con solo palabras, ni la paz se consigue solo con más guerra. Así como no cabe entrar en guerra sin claridad política, tampoco se puede soñar con caminos de paz si no es con luces políticas. Y esto vale para Gobierno y guerrillas, y también para nuevos y antiguos paras y… los ‘narcos’ tendrán que aprender que hay cuestiones que no se delegan, ni se hacen en cuerpo ajeno, por ejemplo la política de haute couture.

Si dentro del Gobierno Santos hay dos líneas, los ‘halcones’ y las ‘palomas’, y si dentro de las guerrillas hay quienes les hacen el juego a los ‘halcones’ y otros que buscan sintonizar con las ‘palomas’, habrá que indagar qué está pasando por la cabeza de los nuevos ‘paras’ y qué tanto recuerdan y aplican lo que aprendieron del discurso ‘pro-estado’ de Castaño y los ex jefes desmovilizados, o qué tanto lo han adaptado para sobrevivir como actores del conflicto tejiendo alianzas y buscando acercamientos no solo con ‘halcones’ y ‘palomas’ dentro del Gobierno, sino con guerrillas y ‘narcos’, y toda clase de ‘especies armadas’ que pululan en las junglas de Tarzán, y también las de cemento, que hoy no hay territorio vedado ni para la guerra ni para la paz, porque en todos, en absolutamente todos: o se hace política, o se la ve hacer.

Así la veo yo.


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septiembre 07, 2010

169. Porque el terrorismo es enemigo de los diálogos, urge dialogar, dialogar y dialogar


ASÍ LA VEO YO - Año 6



Terroristas producen terror, diálogos producen acuerdos y acercan la Paz

Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
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“El hombre cae ahora en la cuenta de que no es sino un accidente, un ser sin sentido, que sin razón alguna debe seguir el juego hasta el final” (Francis Bacon, pintor irlandés)


... Hay al menos dos personas que el Presidente Santos haría bien en escuchar, uno rebelde, está alzado en armas, otro desarmado, está lejos y espera.

El presidente Santos cavila en estos días acerca de la guerra y la paz. Intuyo se inclinará finalmente por la paz, no porque la guerra no sea lo más a mano y lo que conoce, sino porque es hombre de desafíos grandes, procurando alcanzar lo que ha sido inaccesible para generaciones de colombianos.

El conflicto social y armado es el gran tema de la segunda mitad del siglo XX en Colombia que enraizado en la propiedad de la tierra y alimentado por la vanidad humana golpea con su martillo inclemente la nuca de los colombianos en el campo y la ciudad. La malicia del egoísmo armado se complace con la prosecución de la tragedia y sus actores se mantienen en escena desinteresados del público que ora se lamenta, ora se tensa, ora se resigna humillado a que unos y otros sigan dándose bala y multiplicando las víctimas con el dinero ajeno, particular o del Estado, desde que allá en tiempos ya lejanos se apropiaron del rol de victimarios heredando a los suyos el maldito poder sobre la vida y la muerte, la libertad y el encierro, de quienes, desarmados, solo quieren vivir en paz.

Sin embargo, puede que la guerra tenga los días contados, y que quienes se benefician de ella solo estén apresurando sus crímenes para que el estallido de la paz no los sorprenda sin haber llenado sus alforjas con tan preciado caballero que es don dinero. ¿Quién le asegura a los actores armados que de un tajo la ilegalidad de las drogas no se transforme en legalidad? ¿Quién le asegura a quienes gobiernan Colombia que el dinero de los impuestos que pagan los contribuyentes gringos o europeos, seguirá fluyendo como limosna o maná del infierno para que el Estado colombiano siga jugando a la guerra con el producto del sacrificio fiscal de pueblos lejanos y escépticos de las virtudes de ‘estadistas’ de quienes han ocupado como señores feudales, en criollo y anacrónico medioevo, la Casa de Nariño?

... Hay al menos dos personas que quien está en el monte rebelde, armado hasta los dientes, haría bien en escuchar, uno es el Presidente de todos los colombianos, otro su enemigo de ayer, hoy desarmado y desterrado.

No faltará quien diga que sin el dinero del narcotráfico o de algún paìs poderoso aquí seguirá la guerra al modo de hutus y tutsis, a cuchillo y lanza, a pedradas si es el caso. Puede que sí, causas no faltan, puede que no, razones hay, pero aquí y ahora, en esta Colombia de comienzos del siglo XXI, las víctimas de tanto despojo e indiferencia están llegando al punto de la rebelión pacífica pero rebelión al fin, y esto coincide con vientos de legalización, despenalización, o como quieran llamarle al remedio que las utilidades groseras y descomunales del narcotráfico las reduzca a ‘proporciones razonables’ y sujetas a impuestos, tantos ingresos que han financiado los crímenes de los revolucionarios, de los contrarrevolucionarios y de los ejércitos de corruptos que se lucran de la política y los negocios financiados con la sangre de los colombianos.

Mientras se cuadran en los cielos los astros que sincronicen e hibridicen la rebelión desarmada y pacífica de las víctimas con la conversión de la producción y comercialización de drogas hoy ilícitas en negocios legales y decentes, veamos qué sucede con las brisas de paz que el Presidente Santos –no todo su Gobierno por lo que se ha visto y oído- ha insuflado con un ligero toque de flema inglesa en las esperanzas de reconciliación de los colombianos:

Exigirle condiciones a la contraparte en la guerra suena políticamente correcto desde el lado de la democracia, pero me temo que sea inoperante y hasta contraproducente en cuestiones de enemigos que lo son precisamente porque ni dan el brazo a torcer ni se someten a las directivas –ni las insinuaciones-, mucho menos las condiciones del otro, que es visto como un ‘absolutamente’ otro al cual se pretende eliminar o neutralizar. Precisamente, por esto, a partir de esto, es que el diálogo debe comenzar sin condicionar al otro. Ya se verá después del diálogo exploratorio, si se pasa a otra etapa de negociaciones, donde quepa la posibilidad de arribar a condiciones de cumplimiento verificable que viabilicen lo acordado inicialmente.

... Hay al menos dos personas que quien está solo y espera, desterrado y silenciado en su verdad, haría bien en escuchar, uno es el Presidente de todos los colombianos, otro su enemigo rebelde de ayer, hoy ávido de trabajar por la paz sin renunciar a sus sueños.

Como Jefe de Estado, el presidente Santos no debe olvidar que entre 2002 y 2006, las Autodefensas se sometieron a todas las condiciones que el entonces Jefe de Estado les puso. ¿Y cómo cumplió el Estado las que había aceptado en la Mesa? No sólo negándolas sino encarcelando a la contraparte y luego extraditándola. ¿Así cumple el Estado colombiano sus compromisos de paz y reconciliación? Ojo, que este antecedente, está pesando y seguirá pesando hasta que el Jefe de Estado reconozca que con las Autodefensas se ha incumplido de manera gravísima y ello deberá ser reparado antes o después, porque los procesos de paz en Colombia no podrán en lo sucesivo cargar con esa mancha denigrante que atenta contra la credibilidad de la Palabra del Gobierno y la Ley en materia tan sensible. Dicho de otra manera: ¿qué sentido tiene ponerle condiciones a las FARC, o al ELN, o a cualquier otro actor armado ilegal, cuando el Estado carga con el peso de un incumplimiento descomunal de sus propios compromisos acordados con uno de los actores armados, en este caso las Autodefensas desmovilizadas entre 2003 y 2006?

Sobre lo anterior pesa también el legítimo reclamo de reparación y verdad al que la sociedad colombiana no ha renunciado ni renunciará a partir de Justicia y Paz, ley transicional que exige la satisfacción de lo allí instituido. ¿Acaso el Jefe de Estado anterior no ha obstruido la Justicia, la de Justicia y Paz, nada menos, al extraditar –y alejar así de víctimas y subordinados y aliados de las autodefensas- a la casi totalidad de quienes protagonizaron las negociaciones de paz, como contraparte del Estado, incluyendo nada menos que al Jefe del Estado Mayor Negociador de las Autodefensas, Salvatore Mancuso. ¿Cómo puede pretender el Jefe de Estado que se pueda satisfacer los requerimientos de la Justicia de Colombia, a miles de kilómetros de distancia, incomunicados y aislados, tratándose de un fenómeno de guerra irregular, de la cual se lograron desmovilizar más de 30.000 ex combatientes que habían actuado en una guerra durante tantos años y con el saldo lamentable de miles de víctimas, cuya reparación se ha visto tan perjudicada como la verdad alejada e imposibilitada de salir a la luz, por la decisión en mala hora tomada por el presidente Uribe de extraditar a quienes condujeron ese proceso de la guerra a la paz.

Todos estos antecedentes pesan y seguirán pesando como gruesos obstáculos en los caminos de paz. Saberlos reconocer y desbrozar la ruta que lleve al diálogo y la reconciliación exige hacer un inventario de todo lo pendiente, acumulado y a la espera de hallarle solución que destrabe los impedimentos con medidas ecuánimes, realistas y audaces, porque no se trata de empresa sencilla sino, por el contrario, sumamente compleja y arriesgada.

Se me ocurre decir que así como las FARC deben repensar sus estrategias de paz, que seguramente las tienen, el Jefe de Estado y Presidente de los colombianos, tendrá que reflexionar, meditar y asumir decisiones que habrán de salir de los caminos ya transitados por sus antecesores, porque lo cierto es que con mejores o peores intenciones y logros, a todos ellos el reto de construir la Paz de Colombia le ha quedado grande.

Con Santos Presidente el derecho a la esperanza lo tenemos, merece la oportunidad y sabrá honrarla con su estilo y su talante: no sembremos escepticismo, no pequemos de impacientes, no pidamos imposibles, que lo posible existe y habrá de caminar y alzar vuelo si no le cortamos las piernas, si no le destrozamos las alas.

... Hay al menos una persona, el Presidente de todos los colombianos, que haría bien en tender los puentes para que un rebelde alzado de armas en el monte y otra persona desarmada que está sola y desterrada, se puedan reunir a conversar, sin condiciones, sin grilletes ni fusil, para saber de boca de los otros, para que los otros sepan de boca de uno, si el destino de Colombia, es que unos habiten el monte y otros se mueran de nostalgia, mientras otro gobierna entre la metralla y las víctimas.

O si hay otro camino, y la unidad nacional tiene también respuesta y mano tendida al corazón del rebelde y al que lejos de la Patria, a la tierra de todos sueña regresar, desmovilizado convencido, no para proseguir la guerra, sino para sumar su corazón al corazón de los demás.


Así la veo yo.


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agosto 31, 2010

168. El árbol de la ‘para-politico-logía’ y el bosque por descubrir


ASÍ LA VEO YO - Año 6


Hagamos las paces, paso a paso, década tras década, sin que nadie quede afuera


Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com


"Él deseaba la claridad sin equívocos, quería crear un mundo de una simplicidad tan clara que su soledad pudiera atarse a esa claridad como a un poste de hierro" (Hermann Broch, Los sonámbulos)


La ‘parapoliticología’ se ha convertido en una especialidad dentro del análisis político colombiano. No son muchos los especialistas –más bien son muy pocos y valiosos- y por ahora se han dedicado más al árbol que al bosque. Su previsible desarrollo futuro será –me auguro- hacia una mirada más abarcadora del entero conflicto con los matices ideológicos, políticos, económicos, culturales y sus raíces históricas de múltiples orígenes. Me auguro sea una mirada sin sesgos, con menos epítetos y descalificaciones, con más rigor y objetividad y menos ‘moralina’. Sin prejuicios y ojalá ningún otro interés que el conocimiento de la verdad.

Conciliar lo objetivo con lo subjetivo nunca ha sido sencillo –y menos en medio de una guerra- pero el intento vale el esfuerzo de ampliar la mirada y profundizar el análisis. Nos debemos también una buena historia del conflicto armado, y agrego: también nos debemos una buena novela –no una simple novela de aventuras a lo Walter Scott-, sino una novela que nos permita descubrir cómo llegamos hasta aquí, qué y quiénes somos dentro y fuera de nosotros mismos, qué papel jugamos, inmersos en este conflicto que parece no tener fin, en un contraste de espejos y de máscaras donde buenos y malos se confunden, se alternan, y finalmente se matan unos a otros, sin haberse conocido, sin siquiera quererse conocer, ni reconocer.

Lo anterior viene a cuento porque soplan –tenues, muy tenues pero perceptibles- vientos de paz –no solo con Chávez- sino también con las guerrillas, y no solo con las guerrillas, también con las autodefensas rearmadas, y ¿por qué no? con las ‘bacrim’ y subiendo la cuesta tal vez esté llegando la hora señalada de conversar ‘cara a cara’ con los empresarios narcos que han hecho de la prohibición y la ilegalidad su fuente de riquezas y poder. Si queremos la paz y la queremos definitiva no alcanzará con repetir mejoradas las experiencias que desde Rojas Pinilla hasta Uribe, pasando por Belisario, Barco, Gaviria, Samper, Pastrana, nos trajeron hasta esta orilla del conflicto armado, desbordando el país de víctimas y victimarios, herederos de tanta sangre derramada, de tanto campesino desplazado, de tanta libertad ultrajada y tanta injusticia empoderada.

Si nos comprometemos como Estado y como sociedad a no satanizar a ninguno de quienes acudan a la Mesa, menos aún meterlo en una cárcel y extraditarlo, peor aún someterlo a la pena de muerte –la que ayer acabó con la UP y hoy arrasa con los desmovilizados de las autodefensas- y, si somos capaces de dar suficientes garantías y dotarnos de garantes internacionales ‘más allá de toda sospecha’ y experimentados en asuntos de paz y reconciliación, también los ‘parapoliticólogos’ y los ‘violentólogos’, los ‘farcólogos’ y los ‘paracólogos’, los ‘narcólogos’ y los ‘criminólogos’, etc., etc, no habrá enemigo de la paz, ni ‘señor de la guerra’, ni ‘mercader de la muerte’ ni terrorista particular ni de Estado, que pueda contra la voluntad de paz y los hechos de paz y la inevitable paz que merece Colombia y no tiene por qué haber sido desterrada de la tierra de los colombianos.

La hoja de ruta de semejante procesión de sigilosos voceros no se reduce a reservadísimos encuentros en ciudades de difícil pronunciación e intrincada escritura, aunque se entiende que no puede iniciar por zonas despejadas ni asambleas departamentales, ni con salvoconductos del DAS –aunque fueran a salvo de chuzadas y persecuciones-, lo cual vuelve el primer paso todo un viaje de paciencia y prevenciones, un antesala de proporciones gigantescas situada en el marco de arquitecturas a prueba de balas y de mirones. En fin, si arribar a los acuerdos no será sencillo, tampoco lo será –no lo está siendo- sintonizar inicialmente la palabra precisa, armonizar el talante y el gesto, atravesar sin sucumbir el mar de reproches, el desierto de la mutua incomprensión.

Si acuden liberales y conservadores a explicar qué carajos fue la famosa Violencia y se detienen en los años 30 y 40 –en particular los 50- cuando ni FARC ni ELN ni AUC ni los CARTELES eran aún imputables de nada –de absolutamente nada- de lo que pasó luego, en los 70 y los 80, los 90 y este comienzo del nuevo siglo, estaremos mejor preparados para mirarnos –como antepasados de nosotros mismos- en los orígenes de aquellos vientos que trajeron después las tempestades que todos conocemos y padecemos y llegan hasta nuestros días. No se trata de partir desde tan lejos para quedarnos dormitando en la noche de los tiempos, pero sí de ser conscientes –como sociedad y como Estado- que toda consecuencia tiene sus causas, y si no las conocemos –o peor, no las queremos conocer- estamos condenados a volver siempre al mismo punto de origen, no los mismos, pero sí ‘con las mismas’.

Y si en el origen estuvo la tierra, su apropiación y despojo, también sabremos con detalles qué ni la guerra fría ni la revolución cubana explican toda la sangre que se vertió en los 60 y los 70, que tiene que ver –y mucho- con coyunturas internacionales, pero mucho –mucho más- con conflictos sociales y económicos, políticos y territoriales, internos, internos hasta la médula, y que alojaron en el vientre de la Patria el cáncer de las desigualdades y las guerras. Se deben estudiar y exponer los antecedentes de los problemas y de cada uno de los actores armados de hoy por décadas, y hasta que no haya acuerdos –no digo unanimidad, pero sí acuerdos- sobre cada período no se pasa al siguiente. Esto se puede estructurar, se debe estructurar con participación de todos aquellos que tienen algo que decir al respecto. La reconciliación que haga posible la paz de hoy no puede sino estar asentada sobre el reconocimiento del pasado, el perdón y la reparación de lo que haya que perdonar y reparar, de atrás hacia delante, de aquellos tiempos hasta estos tiempos.

No faltará quien diga: si ahora vamos hacia atrás no llegaremos nunca al presente, y así Colombia no tendrá jamás un futuro distinto a la guerra.

Mi modesta opinión es distinta: si los de ahora no hacemos las paces con nuestros orígenes –con las almas que padecieron en todo su dolor el pasado-, si no reconocemos sus angustias y desvelos, sus sueños y sus pesadillas, si no entramos en contacto con el eco de sus lamentos y sus ensueños, jamás comprenderemos que somos carne de aquella carne, espíritu de aquel espíritu, herederos de aquellos padres y madres que nos concibieron.

Si no nos reconocemos como descendientes de aquellos que nos depositaron en este valle de lágrimas, si no somos capaces de perdonar y reparar en cuerpo ajeno aquellas heridas y cicatrices sin cerrar, no sabremos nunca, no experimentaremos ni sentiremos nunca que por compartir en nuestra sangre aquella sangre de quienes fueron nuestros padres y abuelos y antepasados, somos hoy hermanos –diferentes, alejados, incluso enemigos y enfrentados- pero finalmente hermanos, de izquierda y de derecha, pero hermanos, dentro de la ley o fuera de la ley, pero hermanos.

Y si somos hermanos, esta tierra es nuestra casa, y si Colombia es nuestra casa –y así la sentimos-, será más fácil –y hasta inevitable- arreglarla en paz sin que nadie permanezca a la intemperie ni excluido del reencuentro familiar.

Por esto, por todo lo que está en juego, no creo de ninguna manera en las ‘precondiciones’ para iniciar los diálogos, mucho menos cuando esas ‘precondiciones’ son precisamente las razones que hacen necesario el diálogo, las venas abiertas y heridas que urge sanar y cerrar.

Pero bueno… si el Gobierno insiste con el tema de la libertad de todos los secuestrados –que para las FARC son prisioneros de guerra o retenidos por razones económicas- bien podrían las FARC encontrarle una salida humanitaria al asunto.

No por darle gusto al Gobierno, sino por fundar así el renovado diálogo con la sociedad y el mundo, que no pone esto como ‘precondición’ pero que recibiría tales libertades como un regalo, como un don del hermano al hermano, como un hecho que nos regocija el alma y sería un excelente augurio del tiempo por venir.

Así la veo yo.


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agosto 24, 2010

167. ¿Un Gobierno, a la vez actor del conflicto, podrá ser justamente ‘Juez y Parte’?

ASÍ LA VEO YO - Año 6

La llave de la paz y la cerrazón mental

Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com



“¿No queréis progreso? ¡Tendréis revoluciones!” (Víctor Hugo, a la Cámara de Diputados, en 1850)




Si me permiten la ‘licencia poética’ diré que el presidente Santos es al presidente Uribe lo que la primavera de Praga, en 1968, fue a los tanques rusos que invadieron Checoeslovaquia. Lo distinto es que aquí el orden temporal se invierte, porque si allá la ‘primavera de Praga’ precedió a los tanques rusos, en Colombia antes fue Uribe y ahora es Santos. Aunque si vamos a ser rigurosamente estrictos, no habría habido ‘primavera de Praga’ sin la Cortina de Hierro impuesta antes por la URSS.

Sin embargo, la comparación encierra una paradoja históricamente por develar. ¿Será que tras la ‘primavera de Santos’ seguirá en los próximos años un regreso de Uribe cargado si no de tanques, seguramente de tigre? Habrá que seguir con atención los movimientos de ‘Uribito’ Arias y la literatura de Jose Obdulio, no en clave de regreso al pasado sino de anticipo del futuro. Que el riesgo no está en la memoria sino en los deseos, al menos en los deseos de revanchas, de volver por aquello que algún dios nos convence que es de uno, o de unos pocos, lo mismo da.

¿Dónde veo la ‘primavera de Santos’? En el abrazo con Chávez y Correa, en negarse a utilizar la palabra guerra, en la invitación a la paz y la disposición a dialogar con los alzados en armas, en la mano tendida a la oposición, en la bandera de la unidad nacional, en las cordiales relaciones con la Justicia, en las buenas maneras con el Congreso, en el propósito de honrar a las víctimas, de acercar la justicia social, de multiplicar el empleo, de redistribuir la tierra haciendo justicia con los desplazados. Finalmente, la democracia y la constitución existen cimentadas sobre el individuo y su razón, sobre el pluralismo de pensamiento y la tolerancia. Sobre esto se establece lo demás, que viene por añadidura, aunque haya que trabajar duro para que tanta belleza se realice socialmente.

Cuando en mi columna anterior pedía a las FARC que asumieran o negaran su responsabilidad en el carro-bomba de Bogotá lo implícito era el interés por saber si Colombia puede contar con las FARC para el anuncio de la ‘primavera’ o si, por el contrario, aquellas añoran el regreso de Uribe y su régimen para combatirlo y ser su oposición armada. Al poco de caer Franco en España, las izquierdas acuñaron una frase que se hizo célebre por su ironía: “contra Franco estábamos mejor”. Si las FARC se proponen el retorno de Uribe al poder tienen con qué lograrlo, y aliados tácticos en la extrema derecha no le faltarán. Y es en este sentido que el carro-bomba podría ser una modestísima cuota iniclal. ¿O no?

Uno entiende que las FARC no se la van a pasar negando su autoría en todo aquello delincuencial en lo que no estén involucradas, aunque más no sea porque un día se olvidan de desmentir algo y ¡zas! se lo endilgan. También es cierto que en la guerra la desinformación es un arma como otras. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Porque hay casos de casos, y excepciones que confirman la regla. El bombazo del 12 de agosto, a las 5.27 am, en la Séptima con 67, -¿contra Caracol?- no era como para pasar de agache. Al menos no era para pasar de agache si se trata de hacer cierto lo de ‘conversemos, hombre’ lanzado por ‘Alfonso Cano’.

Altísimo precio están pagando los hoy presos y extraditados líderes de las Autodefensas por no haber logrado anclar su proceso de paz en el corazón y la mente de los colombianos. Por no haber caído en la cuenta que mientras sus comandantes realizaban hechos de paz, tangibles y evidentes, al desmovilizar más de 30.000 combatientes –como jamás realizó guerrilla alguna en Colombia- sus contradictores y sus enemigos supieron atribuir a sus intenciones los más deleznables y malignos propósitos invalidando así en los medios de comunicación lo que aquellos comandantes tenían en mente al decidir su adiós a las armas. Las Autodefensas se dejaron hacer el gol –que finalmente definió el resultado, hasta que Uribe suspendió el partido, que sigue suspendido- de que les robaran las intenciones, las desvirtuaran, se inventaran otras que no eran las de los Castaño y Mancuso, y así la mentira le comenzó a robar el show a la verdad que aún falta por conocer. Y hoy resulta que la opinión pública colombiana tiene registradas como intenciones de las autodefensas lo que el gobierno de Uribe y sus adversarios de izquierda y derecha han querido que las gentes pensaran de las intenciones de las autodefensas. Gravísimo, y si no se ocupan de darse a conocer en todo aquello que impacta a la sociedad las FARC y el ELN dejarán que sus enemigos las presenten en público como ellos quieren, no como ellas necesitan si quieren acumular voluntades para hacer la paz y remover las estructuras que haya que remover.

Las FARC –y también el ELN- deben saber que ni Chávez, ni Unasur, ni ningún poderoso de la Tierra podrán obrar milagros ni ganar el corazón de los colombianos para la paz y la reconciliación –incluso para el perdón-, si los comandantes guerrilleros –como los de Autodefensas todavía están a tiempo- no toman en sus manos un nuevo modo de comunicarse con el común de la gente, con la gente de a pie, y en general con la sociedad entera, a través no de eslóganes ni de cantos a su propia causa y epopeya, sino al trabajo conjunto, honesto y laborioso, por hacer de Colombia un remanso de paz, donde las primaveras no duren lo que un idilio fugaz, ni las víctimas sigan victimizándose en aras de una victoria asentada sobre más y más cadáveres y mutilados, lacerados en el cuerpo y en el alma por sueños de unos pocos que son las pesadillas de los más.

El gobierno también está demorado en admitir que le ha quedado grande ser ‘juez y parte’ en Justicia y Paz y que así como vamos no habrá justicia ni para las víctimas ni para los victimarios. Y esto es grave para Colombia porque perpetúa las condiciones que hacen posible el conflicto armado al cercenar el derecho a la verdad y la reparación. Y cuando digo que el Gobierno –por más ‘santo’ que sea- es ‘juez y parte’ es porque un gobierno que extradita la verdad de los desmovilizados y los aleja de sus antiguos cómplices y de sus víctimas, de sus fiscales y sus jueces, es una parte del Estado –involucrado como actor del conflicto además- que pretende erigirse en Juez sin otorgar las garantías de un juicio justo, ni tan siquiera los recursos materiales y logísticos para que se cumplan en tiempo y modo los procedimientos establecidos en la Ley.

Por esto, no suena lógico que el gobierno de Santos ponga condiciones a los alzados en armas para iniciar los diálogos cuando subsisten los efectos de un proceso de paz con las autodefensas donde el anterior Gobierno incumplió sus compromisos adquiridos en la mesa de Ralito y olímpicamente se ufana del ‘conejo’ monumental que hoy tiene a medio país y bastante más con ‘bacrim’ y otras yerbas haciendo de las suyas como consecuencia de un mal proceso de paz que debió ser perfecto, y lo pudo ser porque las condiciones estaban. Y sin embargo, no resultó ni perfecto, ni serio. Por responsabilidad también de un gobierno como el de Uribe poco interesado en desmontar todo paramilitarismo, y más aún alejado de toda intención seria de acabar con los cultivos ilícitos.

Si las FARC recurren a Unasur, si Eln apela a la comunidad internacional, si las autodefensas reivindican su derecho a tener un juicio justo y una reinserción cabal, es algo que obliga al nuevo gobierno a pensar bien su estrategia. Porque si bien es cierto, hoy vivimos una ‘primavera’ –y Dios quiera que se prolongue- no menos cierto es que entre la herencia recibida, no solo están los tres famosos huevos de Uribe, sino también uno que otro huevo podrido, entre ellos el ‘huevo roto de la confianza en el Estado’, en su palabra, en su compromiso con la paz.

Es sabido aquello de que ‘la confianza mata al hombre’ pero también es cierto que si no existe la confianza entre las partes, si no se estimula en el otro la confianza en la propia palabra, las llaves de la paz estarán sobre la mesa, pero ninguna puerta se abrirá con ellas.

Porque finalmente, lo que abre la puerta de la paz, no es la llave en sí misma, sino la mano que la lleva y la conduce al fin preciso, a la cerradura que todos tenemos en nuestra propia mente y corazón.

Así la veo yo.


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agosto 17, 2010

166. Es con nosotros y por nosotros con quienes debemos hacer las paces

ASÍ LA VEO YO - Año 6

Se pueden alentar los leves susurros que osan levantar vuelo entre la metralla y el fuego


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17 de agosto de 2010

Salvatore, en el día de tu cumpleaños:



Te escribo para que lleguen hasta ti mis augurios de feliz cumpleaños y los de mi esposa e hijos. No son las circunstancias que hubiésemos deseado pero ¿qué más nos toca ante la adversidad? sino tener la esperanza que habrá otros cumpleaños que podrás disfrutar plenamente en la compañía cercana de tus seres queridos.

Quisiéramos poderte regalar el don precioso de la libertad, pero no siendo esto posible, sí podemos augurarte que conserves y fortalezcas tu libertad interior, esa libertad de ser tú mismo, de seguir construyendo desde las limitaciones actuales las condiciones que hagan posible mañana también tu libertad exterior, tu libertad de hacer, de ir y de venir donde tú desees.

En estas semanas he estado leyendo mucho sobre el conflicto armado, sobre sus remotos orígenes, su azaroso desarrollo y las circunstancias que llegan, año tras año, hasta el presente. Cuanto más leo más me doy cuenta que estoy lejos aún de poder encerrar en unas pocas frases tanta tragedia y desencuentro entre colombianos. El curso de la historia ha sido tan lleno de crueldad e hipocresía, que así como resultan increíbles las verdades que intentan explicar los acontecimientos, ensombrecen el ánimo las tantas mentiras y los intereses inconfesables que se perciben apenas la mente comienza a atar cabos. Lo que constituye una constante es la tierra, la disputa que se centra sobre el poder que hace posible retenerla, atesorarla. Porque claro, la tierra no es como el billete que se puede llevar de un lado para otro. La tierra permanece estática y se somete a los poderosos de turno, quienes la atesoran, no siempre para producir riquezas, muchas veces solamente para exhibirla, autocomplacerse y sentirse fuertes con su posesión.

Los cultivos ilícitos son otra desgracia que vino a posarse sobre la tierra colombiana, pero eso fue después, bastante después que el conflicto armado y social, había comenzado. Los cultivos ilícitos explican los recursos que financian la guerra y la hacen expandirse por todo el territorio, pero aun sin los cultivos ilícitos el conflicto armado existiría, con menor intensidad, por las mismas razones de injusticia social e intereses económicos, y geopolíticos, que lo originaron, mucho antes incluso que el 9 de abril de 1948. Ante la realidad que nos golpea la patria, o se toma el camino del exilio, o se convive con el problema. Y si se convive, o se beneficia del conflicto o se perjudica. O se permanece neutral, o se intenta meterle mano con el ideal de ayudar a resolverlo. O se recurre al Estado para recibir la defensa, o se organiza la defensa asumiendo la realidad de facto, de que el Estado es uno mismo, al menos, es uno mismo en este espacio y este tiempo donde el destino nos ha puesto.

Tú eres el mejor testimonio de cómo habiendo ingresado al conflicto, porque atendiste el llamado amenazante que hicieron a tu puerta, no con la intención quienes golpeaban de protegerte sino de derribar la puerta y todo lo que estaba detrás, incluida tu honra, tu vida y tu libertad, te encuentras ahora privado de la libertad, mancillado en tu honra y tal vez para siempre amenazada tu vida. Entre aquel ayer y el día de hoy, padeciste en carne propia el dolor de las víctimas y el dolor de los victimarios, porque hay dolores inevitables que solo vienen con la guerra, que solo quien la ha vivido los puede sentir. Por eso dijiste alguna vez que la mejor guerra es la que no se hace, y la peor guerra es la que se pierde. Y también que sentías que ya habías vivido cien años. Por eso, por no perder la guerra –porque en el perder nos va la vida- se mata y ¡oh paradoja! se descubre muy pronto que ninguna muerte nos es ajena, y con cada muerte, amiga o enemiga, también muere uno. Por eso acabar con las guerras es la causa más grandiosa que la humanidad puede acometer y el ser humano asumir como ideal de vida.

Leyendo sobre el conflicto armado se lee bastante sobre los procesos de paz, los distintos intentos de ponerle fin a las hostilidades. Y siempre aparecen los enemigos de la paz. No se alcanza a instalar la idea del germen de un proceso de diálogo y aparecen de inmediato los comentarios insidiosos, la desinformación, los actos atroces, las amenazas, las estigmatizaciones, las calumnias. Colombia lleva casi tanto tiempo de conflicto armado como de intentos de consolidar procesos de paz. Hoy mismo, mientras unos toman el fusil, y otros colocan los explosivos, hay esfuerzos por crear condiciones que faciliten acercamientos de paz. Seguramente no faltan los jóvenes que son hoy mismo seducidos por las armas de la izquierda, o de la derecha, o de la sencilla defensa de la propiedad familiar. Es a esos jóvenes, adolescentes algunos, que tu ejemplo debiera llegarle. Con tus verdades de a puño, que incluyen lo bueno y lo malo, lo heroico y lo equivocado, de las razones y sinrazones, los argumentos y las falacias que te llevaron de la civilidad a la guerra y de la guerra a la cárcel, y de la cárcel al destierro en otra cárcel, pero siempre por las mismas consecuencias de una guerra de la cual un día solo te quisiste defender, que más adelante quisiste acabar con la victoria, y después con la misma buena fe y voluntad de siempre, pero con un espíritu renovado, te propusiste sumarte a las fuerzas pacíficas que comprendieron –a punta de tanta muerte y dolor- que la Paz no es solo la meta, es también el camino, el único camino por donde los que antes fueron enemigos se pueden reconciliar.

Quería escribirte esto para que supieras que si insisto en leer y leer, resumir y sacar conclusiones, reflexionar y escribir sobre estas cuestiones de la guerra y de la paz, es porque sé, estoy convencido, que tu esfuerzo de paz merece reconocimiento y solidaridad. Cuesta encontrar las palabras, se hace difícil sintetizar tantos años de sangre acumulada, de vidas destrozadas, de padecimientos incontables, sin poder avizorar todavía la luz al final del túnel. Se pueden registrar los intentos sanos de pacificar el país y los espíritus, se pueden alentar los leves susurros que osan levantar vuelo entre la metralla y el fuego, pero eso ha sido y sigue siendo insuficiente. Porque así como están quienes solo ven sus intereses, están aquellos que no quieren ver nada y prefieren vivir y morir en la oscuridad de sus mentes frívolas y la apatía de sus corazones indiferentes al horror.

Si con este cumpleaños te vas acercando a la mítica cumbre de los 50 que solemos estimar como la mitad de la vida, sobre todo en estos días en que una vida de 100 años ya no luce como una utopía –si nos manejamos bien, y Dios nos da salud- solo podemos augurarte que la segunda mitad de la vida no sea ni para la defensa ni mucho menos para la guerra, que allí donde hoy aún es necesaria la defensa jurídica florezcan mañana la ofrenda y la paz, o dicho de otro modo la ofrenda mansa y buena de tu segunda mitad de vida –la definitiva- a la causa de la paz, no solo de Colombia, también del mundo. No hay camino mejor, no lo puede haber, te lo aseguro yo, humildemente pero convencido, que cuanto más leo queriendo comprender las guerras, más comprendo que si aún estamos vivos, no hay mejor camino, que vivir en paz, construyéndola donde no la hay, disfrutándola donde ya llegó. Pero para esto la primera paz indispensable es la paz interior, de uno mismo con uno mismo, es a nosotros a quienes nos debemos perdonar primero y es con nosotros y por nosotros con quienes debemos hacer las paces.

Así la veo yo.

Feliz Cumpleaños, Juan


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agosto 12, 2010

165. Por favor, Señores Comandantes de las FARC, digan la Verdad

ASÍ LA VEO YO - Año 6

¡La Paz de Colombia sí tiene enemigos, no les demos papaya!




"Colombia está madura para la Paz", escribí en mi columna de la semana anterior. Hoy, a pocas horas del atentado con carrobomba en Bogotá, tengo que agregar que –aquí y ahora- la Paz de Colombia tiene criminales enemigos que no dudan en apelar al terrorismo con tal de hacer ‘respetar’ sus intereses.

A medida que iba conociendo los hechos y el alivio me regocijaba el alma con la buena noticia de que el atentado no produjo víctimas mortales, ni graves, fueron tomando cuerpo estas líneas que ahora escribo.

Como suele ocurrir en estos casos más demoran los medios en dar a conocer el alcance del acto terrorista que en comenzar a rodar las hipótesis sobre los posibles autores. Es un lugar común que los primeros dardos –con razón o sin razón- apunten a las FARC. Siempre sucede así. Hasta aquí todo dentro de lo previsible. Nadie desconoce que existen quienes están interesados en atribuir a las FARC lo que éstas ni realizaron ni pensaban realizar. Lo mismo sucedía antes con las autodefensas: házte la fama y échate a dormir que como en aquel film “el pasado te condena”.
Sin embargo, me permito razonar que así como es de sencillo lanzar hipótesis es de complejo desentrañar al cabo de unas pocas horas el fundamento de las mismas.

¿A quién perjudica el atentado? Me refiero ¿a quién perjudica que le sea adjudicada la autoría del atentado? En la coyuntura presente, a días nomás del trascendental discurso de Juan Manuel Santos el día de su posesión, y a cuarenta y ocho horas apenas de su encuentro con Chávez en Santa Marta, estoy convencido que a quienes realmente perjudica el atentado es a quienes como ‘Alfonso Cano’ están proponiendo que ‘Conversemos, hombre’ los colombianos y colombianas acerca del principio del fin del conflicto armado mediante el diálogo y la solución política.

Dicho lo anterior se me ocurre pensar que también se perjudican las intenciones del nuevo Presidente dispuesto a doblar la hoja no solo con el Gobierno de Venezuela sino también en la serie de desencuentros y encontronazos que se produjeron durante la Presidencia de Uribe con Ecuador, las Altas Cortes y la oposición política. Además, si Uribe ha querido pasar a la Historia como el Presidente que ganó la guerra interna –sin lograrlo, aunque haya avanzado bastante en esa dirección-, los primeros pasos del Presidente Santos indican que más le seduce a éste la posibilidad de convertirse en el Presidente que ganó la Paz para Colombia.

De buena fe y sin cálculo de ninguna naturaleza me atrevo a manifestar que no creo –de ninguna manera- que el Secretariado de las FARC –y mucho menos ‘Alfonso Cano’ estén detrás del atentado terrorista de esta mañana. No descarto, sin embargo, que las FARC tengan también sus ‘ruedas sueltas’ poco o nada interesadas en que la propuesta de diálogo con el Gobierno sea aceptada. Esto no debiera sorprendernos – la posible ausencia hoy de unidad monolítica al interior de las FARC- porque ni el liderazgo de ‘Cano’ está suficientemente consolidado tras la muerte de ‘Marulanda’ y ‘Reyes’, ni las comunicaciones son fluidas entre los distintos estamentos que toman decisiones. También –no lo menos importante- tengamos en cuenta que la infiltración está haciendo estragos en la periferia más expuesta, sobre todo urbana –y no solo allí- de los farianos. Esto es consecuencia de la ‘seguridad democrática’ y no deja de incubar riesgos de cara a un eventual cambio de estrategia en la política gubernamental de solución del conflicto armado. Cambio de estrategia que aún está en ‘veremos’ pero sobre lo cual se están tejiendo hipótesis que seguramente preocupan –y mucho- a quienes se benefician con la prosecución del conflicto, no solo en la delincuencia organizada sino también entre las ‘manzanas podridas’ que pululan alrededor del Estado y sus meandros.

Así las cosas, tal como yo las veo, no se me ocurre nada mejor que comedidamente pedir al Secretariado –y particularmente a ‘Alfonso Cano’- que asuman o nieguen su autoría del atentado de hoy. Si tienen alguna responsabilidad sobre el mismo, por favor, en nombre de quienes queremos construir la Paz de Colombia, lo digan, lo manifiesten con total claridad. No les pido que expliquen las posibles razones ni que las justifiquen, sencillamente pido que le hagan saber a los colombianos y colombianas que sí lo hicieron si es que lo hicieron.

Pero, con la misma intención clarificadora –y ‘revolucionariamente honesta’- les pido al Secretariado y a ‘Alfonso Cano’ que, de lo contrario, nieguen enfáticamente y sin dar lugar a duda alguna, cualquier tipo de responsabilidad por acción u omisión sobre el criminal atentado de hoy si es que no intervinieron esta vez.

Cualquier esfuerzo es poco si se trata de no ponerle talanqueras a lo que de por sí es ya muy difícil, como volver a ganar el corazón de los colombianos y colombianas hacia los diálogos de paz y la solución política concertada. Por algo se empieza, y lo de hoy –que afortunadamente no resultó tragedia- puede ser el punto de quiebre que logre sintonizar la virtud con la necesidad:

La virtud de reconocer y asumir las propias culpas –o reivindicar la inocencia ultrajada- y la necesidad –y vital importancia- de restablecer en Colombia –cuanto antes- las bases de la confianza y el diálogo, por encima de cualquier enemistad y fusil.

La hora exige credibilidad, verdad, compromiso con la paz y la justicia. No lo olvidemos, si queremos doblar la página, también en cuestiones de Violencia y Conflicto armado.


Así la veo yo.


Los 165 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

agosto 03, 2010

164. ¡Colombia está madura para la Paz!


ASÍ LA VEO YO - Año 6

Bienvenidos el mensaje de ‘Alfonso Cano’ y la respuesta de Angelino Garzón

El conflicto armado interno que, mutaciones mediante, siempre ha girado alrededor del asunto de la tierra, su propiedad, distribución, destino y productividad, será una de las herencias históricas que recibirá el presidente Santos. Él verá qué hace o qué no hace con la guerra interminable, su oportunidad de hacer la paz la tendrá, espero que no bote sus llaves al mar como sucedió con Pastrana ni las haga trizas como se vanagloria Uribe.

El Estado y los sucesivos Gobiernos tienen con Colombia y las víctimas deudas enormes, seguramente impagables en su totalidad –pero irrenunciables al fin-, porque ni las guerrillas ni los paramilitares se hubieran convertido a lo largo de cinco décadas en los actores del conflicto que han llegado a ser de no haber sido por la desidia, el maquiavelismo y la corrupción de tantas ‘manzanas podridas’ que parapetadas tras los oropeles oficiales jamás han cumplido con la verdad, la justicia y la reparación. Ni hicieron la paz ni la dejaron hacer.

Lo anterior no exime a los actores ilegales de sus muchas culpas y responsabilidades pero, a la hora de las inculpaciones y las condenas, el Estado y los Gobiernos no deben permanecer ajenos e intocables, como si no tuvieran arte y parte, y un prontuario escabroso y fétido sobre sus espaldas. Desde los tiempos de ‘La Violencia’ liberal y conservadora, las guerrillas liberales, la policía ‘chulavita’ y los ‘pájaros’ conservadores, pasando por la Guerra Fría y la Revolución Cubana, el Frente Nacional y las guerrillas comunistas, las primitivas autodefensas y la bonanza marimbera, el narcotráfico, el Cartel de Medellín y los comandos paramilitares del “Mexicano” Rodríguez Gacha, los hermanos Castaño, la combinación de formas de lucha, la guerrilla urbana del M 19, el holocausto del Palacio de Justicia y una larguísima lista de etcéteras, que incluye las ACCU y las AUC, los “Pepes” y el MAS, las narcoeconomías y los narcocultivos, el lavado de dinero, las fumigaciones y los secuestros… el Plan LASO (Latin American Security Operation) y el Plan Colombia, la Escuela de las Américas en Panamá, los vaivenes de la extradición, los jueces sin rostro, la ‘parapolítica’, el exterminio de la Unión Patriótica, las minas quiebrapatas, las motosierras y los encadenados de la selva, los ‘conejos’ a los procesos de paz, los niños de la guerra y Machuca y Bojayá con todo su horror. Y para coronar tanta desgracia los ‘falsos positivos’ y los espionajes a las Cortes y a los opositores políticos del Gobierno que se va, no al basurero de la Historia como dice Chávez, sino más bien al banquillo de los acusados donde no deben estar ausentes quienes desde el Gobierno de la seguridad democrática dilapidaron la oportunidad histórica de desmontar íntegramente los componentes armados, políticos y económicos del paramilitarismo y, traicionando los Acuerdos de Ralito, prefirieron reciclar a sus anchas el fenómeno paramilitar con las 'Bacrim' que no son sino la cruda manifestación que la paz de Colombia y el fin de todo paramilitarismo siempre fue ajeno a las intenciones del presidente Uribe. Se va el Gobierno que tuvo el descaro de negar la existencia del conflicto armado, de negar contra toda evidencia sus causas y razones, negándonos a los colombianos –durante largos ocho años- proseguir la fatigosa senda que hubiese hecho realidad la libertad de todos los secuestrados y el comienzo concertado del acordado fin del conflicto armado.

El gran error histórico de Uribe presidente ha sido desaprovechar sus victorias militares y desdeñar la preparación del terreno de las negociaciones y la solución política. La guerra por la guerra misma –y la obsesión por ver rendidos a sus pies a los enemigos- no es ninguna solución, sino para quienes se lucran de la guerra, que aquí y ahora, equivale a decir quienes se lucran del narcotráfico y sus eslabones. Plantear guerras imposibles de ganar es tan solo la coartada para no tener que admitir que lo que se propone es la perpetuación del conflicto, para sacar ventajas políticas o económicas, o ambas, y montarse sobre él con inconfesables propósitos, construidos sobre víctimas, víctimas y más víctimas.

En los recientes días desde rincones disímiles y hasta hoy enfrentados se han dado pasos y expresiones hacia la urgencia e importancia de hacer del próximo Gobierno, el Gobierno de la Paz de Colombia. Llamativas, reposadas y conducentes las palabras de Angelino Garzón, esperanzadas y convocantes las manifestaciones de la Iglesia Colombiana, propositivo y mesurado el mensaje de ‘Alfonso Cano’, novedoso, preciso y oportuno el intercambio epistolar entre ocho desmovilizados ex jefes paramilitares y el representante Iván Cepeda y el ex candidato presidencial Gustavo Petro. Y, sobre el mismo surco, semillas de paz, de no pocos columnistas que desde distintas vertientes ideológicas ponen su acento sobre la necesidad de abrir caminos de diálogo que comiencen a delinear el comienzo del fin de la crisis humanitaria que asola a Colombia hace tantos años.

Tratándose del conflicto armado interno más duradero y complejo de América Latina, donde la globalización del narcotráfico y la comercialización mundial de armas y precursores químicos, y la demanda generalizada y universal de cocaína y heroína, principalmente, influye en la política criminal y la Justicia de los países más poderosos del planeta, no cabe sino reclamar en la solución negociada y pacífica de la guerra colombiana la participación de la Comunidad Internacional, particularmente el acompañamiento discreto pero efectivo de los EEUU, la Unión Europea, UNASUR, la Corte Penal Internacional y las Naciones Unidas, así como la facilitación de la Santa Madre Iglesia y Organizaciones No Gubernamentales. Me atrevo a decir que tomar el ‘toro por los cachos’ de la solución definitiva del conflicto armado interno colombiano implicará un esfuerzo colosal que pondrá a prueba la solidez ética, diplomática y política no solo del Estado, el Gobierno y los actores ilegales, sino que está llamado a constituir el caso más relevante de pacificación concertada y reconciliación nacional que pudiera haberse dado en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Por esto y muchas cosas más que exceden los límites de esta columna, y que iremos desgranando en los próximos escritos, no cabe sino augurar y augurarnos que el doctor Juan Manuel Santos afronte el reto de ser el Presidente de la Paz de Colombia con la dedicación y sensibilidad, la atención y el espíritu que requiere la epopeya de reconciliación que honrará su Gobierno y su Memoria más que cualquier guerra ganada, más que cualquier sangre derramada.

¡Colombia está madura para la paz! Lance usted Presidente Santos -el próximo 7 de agosto- su mensaje al Mundo sobre esta verdad de a puño, que Colombia no lo defraudará.

Así la veo yo.

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julio 01, 2010

163. Con Santos y la Unidad nacional ganamos todos


ASÍ LA VEO YO - Año 6

Ya lo dijo Maturana: “también perder es ganar un poco”


Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces él se vuelve tu compañero (Nelson Mandela)

Nelson Mandela (nacido en 1918) es un político sudafricano premio Nobel de la Paz. Fue preso político por más de 25 años. En 1994 se convirtió en el primer presidente de raza negra de la República de Sudáfrica.



El candidato Santos no podía ganar sin presentarse como el sucesor de Uribe. Pero ahora que ya ganó, el presidente Santos recibirá la herencia con beneficio de inventario. Tomará lo que le sirve y desechará lo que conspira contra su éxito. Comenzará a trabajar por su propia reelección y no por el regreso de Uribe al poder. Ya verá Uribe si compite con Santos, y cómo le va si lo intenta. Que Uribe no será un hueso fácil de roer para Santos, no cabe duda. Lo que está por verse es cuán duro de roer será Santos si Uribe tiene en vista complicarle la vida.

Santos ganó inobjetablemente y también, ganó doble. A Mockus lo venció con holgura y a Uribe lo sorprendió con un mandato superior. La Unidad nacional puede más que la ‘seguridad democrática’, se soporta en ella pero va mucho más lejos y cala hondo. En el horizonte aparecen acuerdos políticos que con Uribe yacían enterrados, hay perspectivas de un Gobierno ‘de amplio entendimiento’ y hasta la oposición tiene motivos para ponerle el hombro al Presidente electo sin perder su necesaria y legítima vocación de poder. Entre verdes y polistas no solo la variedad ante la coalición oficialista está garantizada sino que la coyuntura es propicia para oposiciones de naturaleza diversa con intérpretes que compiten no solo con el Gobierno sino también entre sí.

Sin embargo, cabe esperar que la Unidad nacional no solo incluya a la sociedad pluralista y democrática sino que tienda puentes de acercamiento con quienes se oponen al Estado por fuera de la ley, incluso con quienes suplantan al Estado y ocupan espacios que disputan con las guerrillas y las fuerzas militares y de seguridad. Colombia ha hecho méritos por cerrar definitivamente la era del conflicto armado y sus secuelas de ‘parapolìtica’ y narcotráfico, ‘bandas emergentes’ y `clientelismo armado’. Si con Uribe la única ‘paz’ a la mano era la de los sepulcros, las extradiciones, los ‘falsos positivos’, las fumigaciones y sus propias y sucesivas reelecciones, todo adobado con ‘chuzadas’ a diestra y siniestra, presiones a la Justicia y estigmatización de los adversarios, ahora tras las presidenciales del 20 de junio, los problemas heredados se heredan y están a la vista o casi –se irán conociendo Justicia mediante-, pero el futuro ya no está hipotecado, ni el conflicto armado garantizado de por vida.

Lo que Uribe no ha querido reunir luce que Santos lo querrá armonizar. Y lo que Juan Manuel no podrá hacer solo lo tendrá que hacer la Unidad nacional, que si ha de ser tal ha de ser Unidad para la Paz, Unidad para acabar con la injusticia y la exclusión, Unidad para que sean posibles el Perdón y la Reconciliación, a partir de la Justicia, la Verdad y la Reparación.

Así como vamos, vamos bien. Con Santos no perdieron los verdes, ni los amarillos, ni siquiera los opositores armados. Tampoco perdieron los uribistas, ni los conservadores, ni los liberales. De alguna manera se cumplió lo que Mockus proclama: la democracia como un juego donde nadie pierde y todos ganan con la deliberación y los argumentos. Claro que esto es solo un boceto, apenas el comienzo. Pero comenzamos bien, y ser optimistas no siempre es de mal informados y mucho menos un pecado. Los periodos fundacionales tienen ese ‘no sé qué’ que los vuelve irresistibles y cautivantes, amables y deseables. Es algo más y más profundo que lo que suele en política llamarse ‘luna de miel’ y tomarse como algo natural pero con vencimiento cierto y cruel.

Cuando digo que nadie perdió con el triunfo de Santos incluyo también a Uribe y su primer anillo de incondicionales. Tal vez yo esté equivocado y sean ellos los únicos perdedores, pero sinceramente creo que su victoria consiste en que el triunfo democrático de hoy –la promesa y la meta de Unidad nacional- también los incluye y aunque no iban en la misma dirección ello es apenas un dolor de cabeza que ya se les pasará, mientras que si sus tesis ‘furibistas’ triunfaban íbamos todos los colombianos y colombianas –ellos también- de mal en ‘pior’, de culo pal’ estanque.

Por eso Juan Manuel, aunque no voté por Usted, aquí estoy y aquí me quedo, entre columnas y columnistas, con mis señales de humo –y una que otra vuvuzela- persiguiendo el sueño que guerrillas y autodefensas, sociedad, partidos y Estado finalmente acuerden que la Unidad nacional es con todos y para todos, sin vencedores ni vencidos.

Que la paz se hace entre quienes fueron enemigos, no entre ángeles, ni tampoco entre solo demonios.

Porque si se trata de causas justas y de justas causas, nada más Justo que la Paz, ni nada más injusto que la guerra.


Así la veo yo.

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junio 16, 2010

162. Santos y FARC, ¡no más de lo mismo, por favor!



ASÍ LA VEO YO - Año 6
162. Santos y FARC, ¡no más de lo mismo, por favor!
Rescatemos la Paz, no solo los prisioneros y secuestrados




Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
www.lapazencolombia.blogspot.com


No creo que detrás de las liberaciones del fin de semana haya existido cálculo electoral pero no coincido en esto con la mayoría de las personas del común que entre sonrisa y guiño opinan todo lo contrario. ¡Si lo conocerán a Uribe!, mucho más que yo seguro.

El rescate de los 4 integrantes de las fuerzas de seguridad prisioneros de las FARC –algunos de ellos privados de libertad por más de doce años- adquiere un valor simbólico que excede el abultado marcador que en favor del Gobierno signó la era Uribe. Sin embargo, el triunfalismo de los vencedores no debe asumirse como que vamos bien en materia de violencia y conflicto armado. No solo porque subsisten en su calvario una veintena de militares y policías sino porque hay centenares de civiles en poder de las guerrillas y la amenaza del secuestro no solo no ha desaparecido sino que incuba pesares mayores durante los próximos meses y años que no presagian nada bueno si el nuevo Gobierno insiste en resolver la tragedia humanitaria por vía de la imposible victoria militar y el exterminio de la oposición armada.

Hay algo de infinitamente peligroso en la ‘seguridad democrática’ tal como la entiende Uribe. Según esta visión del conflicto los buenos están de un lado y los malos están del otro. De aquel lado quienes violan las leyes son ‘narcoterroristas’ y quienes las violan de este lado son apenas ‘manzanas podridas’ cuando no víctimas de conspiraciones de la Justicia amangualada con narcotraficantes y fuerzas subversivas. Este discurso tosco y rudimentario -pero políticamente eficaz- no conduce al fin de la violencia pero sí proporciona éxitos electorales a quienes montados sobre este burdo maniqueísmo logran camuflar su fracaso en resolver los problemas con sus victorias en las urnas. Que este discurso pendenciero y guerrerista produce éxito electoral lo prueban las dos victorias de Uribe y la inminente victoria de Santos. Ocho años de militarismo y sofisticado control de la opinión pública han logrado transformar la perduración de la guerra –fracaso humanitario- en un triunfo de la ‘seguridad democrática’ y lo que es peor y más triste –socialmente hablando- un ‘triunfo’ de la sociedad colombiana.

Nos preparamos para cuatro años donde el secreto mejor guardado del nuevo Gobierno –al menos en las intenciones de los uribistas insertos en la coalición santista- no será sacar a las FARC de la guerra, sino perpetuarla, y junto a las FARC, proliferar todo tipo de nuevos paramilitarismos cuyos hilos demoníacos –no precisamente ‘santos’- serán manipulados desde la muy uribista ‘puerta giratoria’ que asegura que el viejo conflicto armado y su financiación narca se sigan reciclando en manos de sugestivos ‘alias’ de vidas delictivas cada vez más efímeras en lo individual pero cada vez mejor consolidadas como ‘sistemas de guerra’, curiosamente, ‘sistemas de guerra’ que cuentan para su supervivencia con operadores políticos y mediáticos dedicados específicamente a boicotear los procesos de diálogo y solución política. Y pretenderán hacerlo como defensores del legado de Uribe ante cualquier ‘desviacionismo’ de Santos. Constituyen estos especímenes auténticos ‘señores de la guerra’ sobre cuyo accionar la Justicia y la oposición tendrán que estar alerta, así como quienes adhieren al santismo genuinamente imbuidos de una filosofía de unidad nacional verdadera.

Ante este drama humanitario que se despliega ante nuestros ojos se intuye mejor de ‘qué callada manera’ el presidente Uribe abortó el proceso de paz con las autodefensas y desnaturalizó su esencia política y de lucha contra el narcotráfico, facilitando que nuevas bandas emergentes de la impericia estatal –y también de su cálculo político oficial- aseguraran que mientras unos eran traicionados, apresados, muertos y extraditados, otros ‘escogidos’ asumieran el rol de continuadores del ‘paramilitarismo’, en la reingeniería que del mismo ha logrado producir la ‘seguridad democrática’ cuyo objetivo final –y esto es lo que el electorado no ha logrado aún discernir- no es acabar con las guerrillas sino plantear como objetivo nacional una guerra imposible de ganar al solo efecto de lucrarse políticamente –y no solo políticamente- ya no de la victoria sino de la prosecución y reciclaje del viejo conflicto.

Estos ‘huevitos’ del conflicto armado y sus secuelas tan redituables para el discurso uribista son los que se pretenden preservar por al menos cuatro años más, a menos que el siniestro engaño sea puesto en evidencia por el nuevo frente cívico que se consolide entre la alianza ciudadana por la paz, la legalidad democrática e incluso y ¿por qué no? por Juan Manuel Santos presidente. Si desde el llano tuvo el coraje de reunirse con FARC, ELN y Autodefensas por qué no habría de hacerlo desde la legitimidad de su mandato presidencial cuando actores armados y desmovilizados den un paso adelante y ofrezcan su apoyo a la construcción de paz. Allí están a disposición los Mínimos de Paz que como común denominador de la concordia nacional acaba de presentar la Iglesia de Colombia a la consideración de todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que no se dejen seducir por los llamados de los interesados en agrandar las heridas y continuar la guerra.

Por ello será crucial que las FARC saquen sus propias conclusiones y comiencen a ponerle fin con hechos políticos a su ciclo de aislamiento del pueblo colombiano y de los ciudadanos que no quieren la continuación del conflicto armado ni quieren que dictaduras de ningún tipo ocupen el lugar de la democracia y de los demócratas.

Si las FARC escapan al cerco que las pretende limitar como apéndices de gobiernos extranjeros, o simples eslabones de la cadena del narcotráfico, convirtiéndolas en el ‘enemigo terrorista’ que justifica el ‘todo vale’ de gobiernos que habrán mal aprendido de las falacias de Uribe que lo importante no es ponerle fin al conflicto sino utilizarlo en propio provecho asegurando su reproducción y vigencia, pocas posibilidades existen que Colombia pueda liberarse del karma de su violencia endémica.

Prefiero imaginar que tras el 7 de agosto ni las FARC insistirán en el más de lo mismo, ni Santos proseguirá el mandato de Uribe, ni Mockus ni Petro pretenderán ser ‘más papistas que el papa’.

No votaré por la ‘unión nacional’ de los unos contra los otros, de los buenos contra los malos, ni de los militares de un lado contra los militares del otro. Pero si se trata de la Unión Nacional de todos con todos en un Gran Acuerdo Nacional sobre lo fundamental, donde quepan también las FARC y las Autodefensas, el ELN y las Bandas Emergentes, los buenos y los malos, las víctimas y los victimarios, entonces a eso le jalo, no solo porque atrae como desafío lo que luce imposible, sino porque de este gran equívoco que nos tiene en guerra desde hace décadas no saldremos sino con un nuevo comienzo, donde se trace la línea divisoria entre lo legal e ilegal, pero no hacia atrás sino hacia adelante, no en favor de unos pocos sino en beneficio de todos, y en especial, de quienes más sufren con las guerras.

Espero a partir del 7 de agosto ‘verdaderos positivos’ primero y principalmente, de Santos y las FARC, y a partir de allí todo debe ser posible, lo imposible también.

Colombia está ad portas no solo de un nuevo Gobierno, sino también de una nueva oposición. De un nuevo estilo y nuevos contenidos, de recetas nuevas, de metas diferentes, y entre tantas cosas buenas la mejor de todas ellas: el alma dispuesta al arrepentimiento y el perdón, al propósito de enmienda y la rectificación.

No se trata de llamar unión nacional a la división de la sociedad en réprobos y elegidos, ni de endiosar una seguridad inexistente y falaz, sino que todos deben ser invitados a la Mesa de la Paz y la Reconciliación, y no solo invitados, también seducidos y convocados como verdaderos hermanos y hermanas, ‘hijos pródigos’ que partieron a la guerra sin decir adiós y los queremos de regreso, a ellos también, libres, vivos y en paz.

Así la veo yo.

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junio 08, 2010

161. El 50 y 50 hoy suena a milagro, y el 80 a 20 me aterroriza


ASÍ LA VEO YO - Año 6

La abstención amenaza batir todos los récords


Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
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La real competición del 20 no parece ser entre Santos y Mockus, sino de ambos contra la abstención. La incógnita no consiste en si gana uno o el otro, eso no se discute y ni siquiera es tema de conversación.

Juan Manuel Santos no perderá la segunda vuelta. Eso está claro y que haya posibilidades matemáticas de perder no significa de ninguna manera que existan posibilidades políticas que hagan de Mockus el vencedor. Sin embargo, no es lo mismo ganar por un voto, que ganar por tres millones o por diez. Esto es lo que está en juego y por lo cual ni los verdes pueden darse el lujo de obtener menos de tres millones de votos –los de la primera vuelta- ni Santos de no repetir los seis millones y medio de votos del 30 de mayo.

Ni Santos ni Mockus generan pasión de multitudes, ni grandes amores ni grandes odios. Santos lidera la marea uribista que ya no está en su nivel más alto y Mockus presagia la marea de un tiempo que nos auguramos vendrá pero que aún no llega. Santos no es Uribe y Mockus no es Savonarola. No polarizan en un sentido o en otro, apenas aspiran a liderar como mejor puedan una sociedad que mansa y hasta resignadamente hubiera legitimado con su voto el tercer mandato de Uribe. Ambos llegaron a una final inesperada que ni ellos imaginaban antes que la Corte Constitucional desaprobara el referendo reeleccionista. Así las cosas, la doble vuelta invita más a la abstención que al voto y no compromete de ninguna manera el legado de Uribe. Ni la seguridad democrática, ni la confianza inversionista, corren riesgo alguno, y la cohesión social tan pegada de babas como la deja Uribe sólo podemos confiar que mejore sea con Santos, sea con Mockus.

Sin embargo, no resulta indiferente que el resultado del 20 se acerque al empate o se concrete la goleada que los nuevos santistas y los viejos uribistas predicen con entusiasmo. Hablar hoy de empate suena delirante, y para muchos ridículo y risible; así como pronosticar una votación para Santos que supere los diez millones de votos parece al alcance de la mano. El papel resiste cualquier cosa: desde la hipótesis del improbable empate –que para Mockus sería un triunfo resonante- hasta un resultado de diez millones a uno o dos millones que Mockus ciertamente no merece ni bien le haría a la democracia colombiana. Por eso me inclino a pensar que para bien de todos, incluidos ganadores y perdedores, lo más sano para el sistema democrático sería la victoria de uno o de otro por un margen respetable pero no apabullante. Le temo menos a los malos perdedores que a los malos ganadores. Entre otras cosas porque los malos ganadores se vanaglorian después gobernando y haciendo desastres con su capital político. En cambio los perdedores, es mejor que pierdan por poco así no se desalientan y hacen autocrítica, porque si pierden por mucho están tentados de arrojar la toalla y le dejan el terreno demasiado despejado al triunfalismo de los que ganaron.

Todo esto para decir que celebraré con espíritu democrático que gane Santos o que gane Mockus si también se da que quien gane no supere el 60 % y quien pierda no reciba menos del 40 %. Me asustaría un triunfo de 70 % a 30 %, y me aterrorizaría una victoria de 80 % a 20%. Es que la democracia no casa con el unanimismo, ni las abrumadoras mayorías son garantía suficiente para las inmensas minorías. Por esto y porque prefiero la alternancia al más de lo mismo, mi voto del 20 de junio está cantado. Y no solo por eso, también porque Mockus tiene un significado que va mucho más allá de lo meramente político, de lo solamente coyuntural. Mockus, con sus luces intermitentes y sus genialidades homeopáticas –habilidoso pero pecho frío dirían los argentinos del tablón-, encarna la Colombia que muchos quisiéramos si nos atreviéramos, la que nos quisiéramos merecer si no nos sintiéramos culpables, la que soñamos cuando de veras soñamos, la que está a la vuelta de la esquina si tan solo estuviéramos con ganas de dar unos pasos en vez de permanecer inmóviles, agobiados por el peso de las desilusiones y la muerte rondando la esquina.

Juan Manuel no tiene la culpa de todo lo que nos pasa, por eso no sentiría que pierde Colombia si él gana, ni que morirían las esperanzas de paz y progreso si él resulta elegido Presidente. No se trata de él, así como tampoco se trata de Mockus, es más lo que ellos representan que lo que ellos son, más lo que expresan quienes votan por ellos, que ellos mismos, que de no estar enfrentados hasta podrían ser una buena fórmula presidencial. A propósito: algo muy noble y bueno tienen ambos candidatos y eso me tranquiliza, el uno tiene a Angelino y el otro tiene a Fajardo.

Lo que me hace pensar que si lo de la Unidad Nacional es cierto y no pura carreta electoral tal vez la paz y la reconciliación estén tan cerca con unos que con otros, y esto sí que sería algo digno de aplaudir. Al menos Angelino Garzón declaró que si llega a la vicepresidencia tendrá en cuenta para su gestión los mínimos de paz que impulsa la Iglesia.

Por esto y mucho más, por pecar de optimista y creer en el bien por sobre todo mal mi voto es cantado pero no amarrado, mi corazón sereno y mi felicitación sincera, tanto al que gane como al que pierda, que ni uno es mesías ni el otro emperador, que ni el uno se las sabe todas ni el otro es dueño de la moral.

Que a este mundo no vinimos a enseñar sino a aprender.

Así la veo yo.

Los 161 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com